De nadie más

Darlene Ryan · Capítulo 4 de 16

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De nadie más

Capítulo tres

—Justin , tienes que parar —dije finalmente.

No me escuchó. Me acerqué a él y le di un golpe en el brazo con el dorso de la mano.

—Párate —le dije otra vez. —¿Por qué?

—Tengo que sacarle el aire a la niña.

—¿Y qué? Hazlo.

—Para hacerlo tengo que sacarla de su asiento, estúpido —Briana lloraba y tuve que decirlo gritando para que pudiera oírme—. ¡Para!

Justin resopló.

—Está bien —dijo a regañadientes.

Aflojó la marcha, se salió de la carretera y se detuvo sobre la gravilla.

Apagó la camioneta, sacó la llave y salió. Lo escuché maldecir.

Briana seguía gritando. Tenía la cara roja y los ojos apretados. Dios mío,

¿cómo alguien tan pequeño puede hacer tanto ruido? Sus gritos me habían hecho un nudo en el estómago.

La saqué del asiento. Pesaba más de lo que yo pensaba y agitaba los brazos y las piernas de un lado para otro. No había tomado mucha leche, pero yo sabía que tenía que sacarle los gases.

Cuando decidí que Briana se quedaría conmigo, fui a la librería y compré el libro más grande sobre bebés que pude encontrar. Y me lo leí de punta a cabo. Había tomado clases de niñera en el ymca, pero eso había

sido tres años atrás, y no le había prestado mucha atención, porque en realidad fue idea de mi papá. Él quería que me pudiera ganar mi propio dinero en lugar de tener que dármelo él.

—¡Shh! —le dije. La cargé sobre mi hombro de la forma que lo habían explicado en las clases. Entre lo que recordaba de las clases y el libro sabía bastante sobre bebés. Le pasé la mano por la espalda y se retorció y se sacudió, pero no eructó. Tosió un par de veces y hasta trató de encaramárseme por sobre el hombro. Lloró la mayor parte del tiempo y yo también quería llorar.

—Por favor, chiquitita, eructa —le susurré al oído.

Podía escuchar a Justin, caminando de un lado para el otro detrás de la camioneta. Después de varios minutos regresó y abrió la puerta del lado del chofer.

—¿Puedes hacer que se calle? —me pidió.

—¡Cállate tu! —fue lo que le dije.

Justin me miró y me dijo:

—Evie, esto ha sido un error. Tenemos que regresar.

—¡No! —el corazón me empezó a latir con tanta fuerza que me parecía que se podía escuchar—. Yo no voy a regresar.

Abracé a Briana.

—Yo no voy a abandonar a mi hijita otra vez. No lo voy a hacer.

Briana empezó a gritar aún más alto.

—Oye, la vas a asfixiar —dijo Justin—. La estás apretando muy duro.

Hasta yo puedo saber eso.

Aflojé un poco los brazos.

—Al único lugar que voy es a Montreal y nadie me va a quitar a mi hija

—lo miré con determinación para que supiera que hablaba completamente en serio.

—Dios mío —dijo finalmente, tirando la puerta y alejándose otra vez.

Pude escuchar cómo pateaba las piedras del camino contra las ruedas de atrás.

Puse a Briana otra vez en su asiento. Yo tenía cereal para bebés, algunos con bananas. A lo mejor eso le gustaba. Era una marca orgánica, así que

seria bueno para ella.

Busqué una cucharita y un platito con unos ositos que había comprado en WalMart. Abrí el cereal que tenía banana. Olía muy bueno. Mezclado con agua, me recordaba a la pasta que usábamos en la clase de trabajos manuales en quinto grado. Briana movió la cabeza de derecha a izquierda, rechazando la cuchara.

—Vamos, preciosa, pruébalo, por favor —traté de forzar la cuchara en su boca, pero no muy duro. Hizo una mueca y le dio un manotazo a la cuchara.

Justin abrió la puerta otra vez y se recostó en el asiento. No logré que Briana abriera la boca. Entonces me acordé de algo que mi mamá hacía cuando cuidaba a los niños del vecino. Levanté la cuchara frente a ella.

—Aquí viene el avión, hacia el aeropuerto —dije, haciéndola dar dos vueltas en el aire—. Ya estamos listos para aterrizar. Abre el hangar.

No sirvió de nada. Los labios de Briana estaban apretados.

—Por favor, Briana —le supliqué.

En ese momento, Justin se acercó, metió el dedo en el plato y se lo metió en la boca. Puso cara de asco, dio media vuelta y escupió por la ventana.

—¡Eso sabe a porquería! —dijo, limpiándose la boca con la mano—. No me extraña que no se quiera comer esa cosa.

Me viré y le di un golpe en la cabeza.

—Eres un imbécil —le grité—. Metiste tus dedos sucios en la comida de la niña.

—Cálmate, fue sólo un dedo —dijo, mostrándomelo—. No te alteres.

Actúas como si yo hubiera escupido en la comida o algo parecido.

—¿Sí? Ya no puedo darle esta comida porque está llena de gérmenes.

—En caso de que no lo hayas notado, ella no ha comido nada.

—Eres un puerco —le dije—. Ahora está toda contaminada.

—Me alegro. Eso quiere decir que no necesitamos esto más —dijo Justin. Agarró el plato y lo lanzó como un frisbee entre los arbustos—.

Ahora nos vamos a casa y vas a devolver a esa niña. Esto es un verdadero desastre.

No pude evitarlo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me corrían por la cara. Traté de secármelas, pero no podía parar de llorar. Tenía un nudo en la garganta. Abracé el asiento de la bebé.

—Por favor, Justin, por favor —le supliqué—. Es mi hijita y yo la quiero. No puedo dársela a nadie.Yo soy su familia. Nosotros somos su familia, no ellos.

Me limpié la nariz con la manga de la blusa.

—Por favor. Yo no puedo regresar —dije sollozando.

Los ojos de Justin reflejaban ira y tenía los dientes apretados. Dio media vuelta y tiró la puerta. Luego, le dio dos patadas a la camioneta. Escuché cómo se alejaba. Todo se quedó en silencio.

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