
De varios colores
Valera pasaba de los setenta y ya casi no veía cuando juntó estos cuentos, y en el prólogo lo confiesa sin coquetería: no pretende enseñar nada, ni moralizar, ni probar tesis, sólo entretenerse. De ahí la mezcla. Un expósito criado en un castillo asturiano y luego novicio en una abadía de los Pirineos, que acaba batiéndose en un juicio de Dios en Oviedo por el señor que lo echó a los perros; una chica de diecisiete años que despacha sola toda la trama por teléfono; un fraile del XVII empeñado en probar que a cierta señorita no la visita el demonio, sino un duende nacido de un beso; dos cuentos japoneses traídos de Tokio. Al final hay un melodrama en verso, seis muertes violentas en un cuarto de hora, que él mismo declara sin valor literario antes de imprimirlo.






