Donde mueren las olas
Extracto de La mente del violador, de Helen Barry
Para Marigold y Anthony
Quiero expresar mi agradecimiento a Sally y John Priestley de XII Bar Blues, y a Encombe House Estate.
Domingo 10 de agosto de 1997, 1:45 h.
Se dejaba llevar por las olas, cayendo de sus crestas y volviendo a despertar, más y más desesperada, cada vez que el agua salada le bajaba ardiendo por la garganta. Durante los intermitentes períodos de lucidez en que recordaba, con profundo asombro, lo que le había pasado, no era el acto brutal de la violación lo que permanecía indeleblemente grabado en su memoria, sino el momento en que le habían roto los dedos.
Domingo 10 de agosto de 1997, 5:00 h.
La niña estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, como una diminuta estatua de Buda, y la pálida luz del amanecer suavizaba el tono de su semblante. Él no sentía nada por ella, ni siquiera la más elemental compasión, pero no podía tocarla. La niña lo contemplaba con la misma solemnidad con que él la contemplaba a ella, cautivado por su inmovilidad.
A él no le habría costado nada romperle el cuello, pero le pareció intuir una sabiduría ancestral en su concentrada mirada, y esa idea lo asustaba. ¿Era consciente la niña de lo que él acababa de hacer?
Extracto de La mente del violador, de Helen Barry
Los expertos consideran que la violación es un ejercicio de dominación masculina, una reafirmación patológica de poder, frecuentemente provocada por un sentimiento de odio hacia el sexo femenino en general o por un sentimiento de frustración motivado por un individuo en concreto. Al obligar a una mujer a aceptar la penetración, el hombre no sólo demuestra su superioridad física, sino también su derecho a plantar su simiente donde y cuando se le antoje. Eso ha elevado al violador a la categoría de personaje legendario -diabólico, peligroso, astuto -, y el hecho de que pocos violadores merezcan semejantes calificativos pasa a un segundo plano ante el temor que inspira ¡a leyenda.
En un elevado porcentaje de casos (incluidas las violaciones domésticas, entre novios y las que tienen lugar dentro de un grupo), el
violador es un individuo inepto que pretende reforzar su pobre imagen de sí mismo atacando a una persona a la que considera más débil. Es un hombre de escasa inteligencia, poco sociable y con un profundo sentido de su propia inferioridad respecto al resto de la sociedad. Es más habitual que el violador tenga un arraigado temor a las mujeres que un sentimiento de superioridad, y eso seguramente se debe a su incapacidad de establecer relaciones satisfactorias.
Para ese tipo de personas la pornografía se convierte en un medio para lograr un fin, porque necesitan la masturbación tanto como un heroinómano necesita su dosis de droga. Sin orgasmo, el adicto al sexo no experimenta nada. Sin embargo, su carácter obsesivo, combinado con su falta de éxito, lo convierte en un compañero poco atractivo para el tipo de mujer que su complejo de inferioridad necesita, es decir, una mujer que atrae a hombres de éxito. Si es que tiene alguna relación, su pareja será una mujer que ya ha sido utilizada y maltratada por otros hombres, lo cual no hace más que exacerbar los sentimientos de ineptitud e inferioridad del violador.
Podría argumentarse que el violador, una persona de limitada inteligencia, limitada sensibilidad y limitada capacidad para relacionarse, debería inspirar más lástima que temor, porque su peligro radica en la supremacía que la sociedad le ha atribuido sobre el llamado sexo débil.
Cada vez que jueces y periódicos demonizan y mitifican al violador como un peligroso predador, no hacen más que reforzar la idea de que el pene es un símbolo de poder.
La mujer estaba tumbada boca arriba en la playa de guijarros, a los pies de Houns-tout Cliff, contemplando el despejado cielo; el cabello rubio claro, que se le había secado al sol, formaba una apretada masa de rizos.
Tenía arena adherida al abdomen, y parecía que llevara una prenda de tela fina, pero los círculos oscuros de sus pezones y el vello del pubis demostraban que estaba desnuda. Tenía un brazo doblado lánguidamente alrededor de la cabeza, mientras que el otro descansaba, con la palma de la mano hacia arriba, sobre los guijarros, y los dedos eran mecidos por las pequeñas olas que los acariciaban a medida que subía la marea; las piernas,
relajadas y separadas sin el menor pudor, parecían invitar al calor del sol a que penetrara directamente en su cuerpo.
Por encima de ella se alzaba la escarpada ladera de pizarra de Houns-tout Cliff, con las irregulares franjas de resistente vegetación que se aferraba a sus salientes. En invierno y otoño estaba a menudo envuelta en niebla y lluvia, pero ahora, iluminada por el brillante sol estival, parecía un lugar apacible. A dos kilómetros de distancia en dirección oeste, por el camino de Dorset, que avanzaba pegado a la parte más alta de los acantilados hasta Weymouth, un grupo de excursionistas se acercaba sin prisas, deteniéndose de vez en cuando para ver cómo los cormoranes se lanzaban en picado hacia el mar como diminutos misiles teledirigidos.
Hacia el este, por el camino de Swanage, un paseante solitario pasó por delante de la capilla normanda del cabo St Alban de camino hacia el crisol rodeado de rocas de Chapman's Pool, cuyas transparentes y azules aguas constituían un atractivo fondeadero cuando soplaban vientos flojos de tierra. Debido a las empinadas cuestas que rodeaban la cala, muy poca gente llegaba por tierra a sus playas, pero los fines de semana de buen tiempo, a la hora de comer, fondeaban allí más de diez barcos, meciéndose al compás de las olas que pasaban por debajo de ellos.
De momento, sólo un barco, un Princess de 32 pies, había asomado por el canal de entrada, y el traqueteo de la cadena del ancla se distinguía por encima del ruido de los motores. Detrás de él, y a escasa distancia, apareció la proa de un Fairline Squadron que acababa de doblar el cabo St Alban, sorteando a los yates que se mecían suavemente. Eran las diez y cuarto de uno de los domingos más calurosos del año, pero a la mujer que tomaba el sol desnuda, al otro lado de Egmont Point, no parecían importarle ni el calor abrasador ni la posibilidad de tener compañía.
Los hermanos Spender, Paul y Daniel, habían visto a la nudista al rodear el cabo con sus cañas de pescar, y ahora estaban encaramados en un saliente poco firme, unos treinta metros por encima de ella y hacia su derecha. Se estaban turnando para mirarla con los caros prismáticos de su padre, que se habían llevado de la casa de veraneo alquilada sin que él se enterara, envueltos en un fardo de camisetas y avíos de pesca. Llevaban una semana de vacaciones y todavía les quedaba otra, y para el mayor de los dos hermanos la pesca no era más que un pretexto. Aquella remota región de la isla Purbeck no ofrecía grandes atractivos para un adolescente en ciernes,
pues había pocos habitantes, pocas distracciones y ni una sola playa de arena. Lo que él llevaba días deseando hacer era espiar a las mujeres en biquini que tomaban el sol en las lujosas lanchas que fondeaban en Chapman's Pool.
–Mamá nos dijo que no escaláramos los acantilados porque es peligroso
-susurró Danny, el virtuoso hermano de diez años, menos interesado que su hermano por las nudistas.
–Cierra el pico.
–Si se entera de que hemos estado espiando a una nudista nos castigará.
–Lo que pasa es que estás asustado porque nunca habías visto a una mujer desnuda.
–Ni tú tampoco -musitó el hermano menor con indignación-. Además, es una marrana. Seguro que la está viendo todo el mundo.
Paul, que era dos años mayor, recibió ese comentario con el desdén que merecía, pues no se habían cruzado con nadie por el camino, y se concentró en aquel cuerpo maravillosamente accesible. No alcanzaba a distinguir la cara de la mujer, pero el aumento de las lentes era tan fabuloso que veía el resto de detalles a la perfección. Paul no tenía suficiente experiencia sobre el desnudo femenino como para que le llamaran la atención los cardenales que aquella mujer tenía en el cuerpo, pero en cualquier caso no se habría fijado en ellos. Él había soñado muchas veces que se le presentaba una ocasión como aquélla y podía explorar a su antojo el cuerpo desnudo de una mujer, aunque fuera a través de unos prismáticos. La suave curva de sus pechos le pareció insoportablemente erótica, y se detuvo en los pezones, preguntándose qué tacto tendrían, y cómo reaccionarían a una caricia.
Recorrió cariñosamente el abdomen, deteniéndose en el ombligo, antes de volver a lo que más le interesaba: las piernas abiertas y lo que había entre ellas. Avanzó un poco ayudándose con los codos, retorciéndose como una serpiente.
–¿Qué haces? – preguntó Danny con desconfianza, arrastrándose también detrás de su hermano-. ¿Porquerías?
–Claro que no. – Paul le dio un golpe en el brazo-. ¿Es que nunca piensas en nada que no sea en hacer porquerías? Ten cuidado, cochino, o se lo contaré a papá.
Durante la pelea que se desencadenó -un acalorado combate de brazos entrelazados y patadas-, al hermano mayor se le cayeron los prismáticos
Zeiss, que se precipitaron por la pendiente provocando una avalancha de esquisto. Los niños, aterrados, abandonaron la pelea y se asomaron al borde para ver, desconsolados, qué había sido de los prismáticos.
–Si se han roto será culpa tuya -susurró Danny-. Se te han caído a ti.
Pero por una vez su hermano no mordió el anzuelo. Le interesaba más la persistente inmovilidad de aquel cuerpo. De pronto comprendió, con súbita aprensión, que se había estado masturbando mientras contemplaba a una mujer muerta.
Las transparentes aguas de Chapman's Pool ondulaban suavemente hacia la playa de guijarros de la bahía, donde formaban una franja de espuma. Hasta ahora había tres barcos anclados allí; dos llevaban bandera inglesa: el Lady Rose, un Princess, y el Gregory's Girl, un Fairline Squadron; el Mirage, un Beneteau, llevaba bandera francesa. Sólo en el Gregory's Girl se veía alguna actividad; un hombre y una mujer intentaban arreglar el cabrestante del pescante del bote, que se había atascado. En el Lady Rose había una pareja ligera de ropa que, embadurnada de aceite, tomaba el sol tumbada en el puente, con los ojos cerrados; mientras en el Mirage, una quinceañera provista de una cámara de vídeo enfocaba distraídamente una larga panorámica de la empinada ladera de West Hill, en busca de algo que valiera la pena filmar.
Nadie se fijó en la precipitada huida de los hermanos Spender por la bahía, aunque la francesita sí vio al hombre que bajaba solo por la ladera, dirigiéndose hacia ellos. Como miraba a través de la cámara, sólo alcanzó a ver al atractivo joven que aparecía en el encuadre, y su sensible corazón dio un vuelco de emoción al imaginarse otro encuentro fortuito con aquel guapo inglés. Lo había conocido dos días atrás en el puerto deportivo Berthon, en Lymington, cuando, con una espléndida sonrisa, él le había proporcionado el código que abría la puerta de los lavabos, y ahora ella no podía creer que él estuviera allí, en aquel antro de aburrimiento y aislamiento que sus padres describían como una de las joyas de Inglaterra.
Para ella, que tenía una imaginación inagotable, aquel joven guardaba un asombroso parecido con Jean-Claude van Damme, con su camiseta sin mangas y sus pantalones cortos ceñidos -moreno, musculoso, con cabello
oscuro y lacio peinado hacia atrás, sonrientes ojos castaños, barba de dos días-, y en la embellecida narración de su propia vida, romántica e ingenua, ella se imaginaba que se desmayaba en los fuertes brazos de él y que se enamoraban locamente. Aprovechando la oportunidad que le brindaba la cámara, observó cómo al joven se le tensaban los músculos al dejar la mochila en el suelo, pero de pronto los frenéticos movimientos de los hermanos Spender ocuparon la lente de la cámara. La joven soltó un gruñido, apagó la cámara e, incrédula, se quedó mirando a los niños, que, desde aquella distancia, parecían dar brincos de alegría.
Pero si era demasiado joven para tener hijos… Se encogió de hombros con un gesto típicamente francés. Con los ingleses nunca se sabía.
Detrás del chucho que zigzagueaba enérgicamente en busca de un rastro, el caballo descendía cuidadosamente por el sendero que conducía de Hill Bottom a Chapman's Pool. Algunos tramos estaban asfaltados, pues por allí había habido una carretera, y también algunos edificios, que llevaban mucho tiempo abandonados y derruidos. Maggie Jenner había vivido casi siempre en aquella región, pero nunca supo por qué los escasos habitantes de aquel rincón de la isla se habían marchado dejando que el tiempo hiciera estragos en sus viviendas. En una ocasión alguien le había contado que chapman era un término arcaico que significaba comerciante o mercachifle, pero ella no alcanzaba a imaginar con qué mercancía se podía comerciar en aquel remoto lugar. Quizás era más sencillo y la bahía debía su nombre a que un vendedor ambulante se había ahogado en ella. Cada vez que tomaba aquel sendero pensaba que tenía que averiguarlo, pero en cuanto volvía a casa se olvidaba de ello.
Los jardines que en su día habían florecido allí habían dejado un persistente legado de rosas, malvarrosas y hortensias entre los matojos, y pensó en lo agradable que sería tener una casa en medio de aquella jungla, encarada al sur, hacia el canal, y vivir con la única compañía de su perro y sus caballos. Debido a la amenaza de desprendimientos en los acantilados, el acceso de vehículos a Chapman's Pool estaba prohibido, y en Hill Bottom y Kingston había verjas que cerraban el camino; y aquella tranquilidad ejercía una potente atracción. Pero el aislamiento y la soledad se estaban convirtiendo casi en una obsesión para ella, y de vez en cuando eso la preocupaba.
Mientras cavilaba, oyó un vehículo que se acercaba avanzando lentamente entre baches y agujeros, así que silbó para que Bertie se colocara detrás de Sir Jasper. Se volvió sobre la silla de montar, suponiendo que sería un tractor, y frunció el entrecejo al ver el Range Rover de la policía. El automóvil aminoró la marcha al llegar a su altura, y Maggie reconoció a Nick Ingram, que iba al volante. El policía le sonrió y siguió adelante, dejando una nube de polvo en el camino.
Los servicios de emergencia se pusieron en marcha tras una llamada al 999 efectuada desde un teléfono móvil a las 10:43. La persona que llamó dijo llamarse Steven Harding, y explicó que había encontrado a dos niños que aseguraban haber visto un cadáver en la playa de Egmont Bight. Los detalles no estaban claros, porque los niños no mencionaron que la mujer estaba desnuda, y su nerviosismo y su atropellada forma de hablar hicieron pensar a Harding que «la mujer de la playa» era la madre de los niños, que se había caído por el precipicio mientras miraba con unos prismáticos. De ahí que la policía y los guardacostas actuaran suponiendo que la mujer todavía estaba viva.
Debido a la dificultad de evacuar a una persona gravemente herida de la playa, los guardacostas enviaron un helicóptero de rescate desde Portland.
Entretanto, el agente Nick Ingram, que en ese momento investigaba un robo, se acercaba por el sendero que bordeaba la mal llamada West Hill, en la ladera oriental de Chapman's Pool. Había tenido que cortar la cadena de la verja de Hill Bottom con unas tenazas, y, mientras abandonaba su Range Rover junto a los cobertizos de los pescadores, confió en que los turistas no le siguieran. No estaba de humor para tratar con mirones.
La única forma de llegar desde los cobertizos hasta la playa donde yacía la mujer era por el mismo camino que habían tomado los niños: bordeando la bahía a pie y luego subiendo por las rocas de Egmont Point. Era un duro paseo para cualquiera que llevara uniforme, y Nick Ingram, que medía casi dos metros y pesaba más de cien kilos, estaba empapado de sudor cuando llegó junto a la mujer. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas, para recobrar el aliento, mientras oía el ruido ensordecedor del helicóptero y la corriente de aire que éste provocaba le agitaba la húmeda camisa. Aquello le parecía una grosera intromisión en el escenario de una muerte. Pese al calor que hacía, la mujer tenía la piel fría, y los ojos habían empezado a empañársele. Al policía le impresionó lo diminuta que parecía, allí tendida,
sola, al pie del acantilado, y lo insignificante que parecía su mano, que se mecía en la espuma.
Le sorprendió su desnudez, más aun cuando no había allí toallas, ropa, calzado ni ningún otro objeto personal. Ingram reparó en que la mujer tenía cardenales en los brazos, el cuello y el pecho, pero le pareció más probable que se los hubiera hecho al revolcarse sobre las rocas, impulsada por la marea, que al caer desde un acantilado. Volvió a inclinarse sobre el cadáver, en busca de alguna señal que indicara cómo había llegado hasta allí, pero tuvo que apartarse rápidamente, pues en ese momento la camilla bajaba sobre su cabeza.
El ruido del helicóptero y la voz amplificada que le daba instrucciones al policía atrajo a los curiosos. Un grupo de excursionistas se detuvo en lo alto del acantilado para contemplar la escena, mientras las personas que había a bordo de los barcos fondeados en Chapman's Pool se acercaban a la playa en sus botes para contemplar de cerca la operación. Reinaba cierto optimismo, porque todo el mundo daba por sentado que no estarían realizando el rescate a menos que la mujer siguiera con vida, y cuando la camilla empezó a elevarse hubo aplausos y vítores. La mayoría de la gente pensó que la mujer se había caído del precipicio; unos cuantos pensaron que quizá se había internado en el Chapman's Pool y había tenido dificultades para volver. Nadie sospechó que la habían asesinado.
Salvo Nick Ingram, quizá, que fue quien colocó el menudo y ya rígido cadáver en la camilla, indignado al ver cómo la muerte le había robado la dignidad a una mujer hermosa. Como siempre, la victoria le correspondía al ladrón, y no a la víctima.
Siguiendo las instrucciones de la operadora que atendió su llamada de emergencia, Steven Harding acompañó a los niños hasta el coche de policía que estaba aparcado junto a los cobertizos de los pescadores, donde los tres se quedaron esperando hasta que regresó su ocupante. Los hermanos, silenciosos y exhaustos tras su carrera por Chapman's Pool, querían marcharse de allí, pero su acompañante, un actor de veinticuatro años que se tomaba muy en serio su papel de cuidador, los intimidaba demasiado.
El joven vigilaba atentamente a los reservados niños (pensando que estaban demasiado impresionados para hablar) mientras intentaba animarlos contándoles lo que alcanzaba a ver de la operación de rescate. Salpicaba su discurso de expresiones como «Sois unos héroes», «Vuestra madre estará
orgullosa de vosotros», «Es una suerte tener unos hijos tan responsables».
Pero hasta que el helicóptero no inició el regreso a Poole y el joven se volvió hacia ellos con una sonrisa de ánimo y les dijo: «Ahora ya no tenéis que preocuparos por nada. Mamá está en buenas manos», los niños no se dieron cuenta de su error. No se les había ocurrido que lo que parecían comentarios generales sobre su madre se referían concretamente a «la mujer de la playa».
–Pero si no es nuestra madre -dijo Paul.
–Nuestra madre se va a enfadar mucho -dijo Danny con su voz de soprano, envalentonado por la disposición de su hermano a interrumpir aquel prolongado silencio-. Nos ha dicho que si llegamos tarde a comer nos pondrá una semana a pan y agua. – Era un niño muy imaginativo-. Y
todavía se enfadará más cuando le diga que ha sido porque Paul quería mirar a una nudista.
–Cállate -le espetó su hermano.
–Además, me ha hecho escalar el acantilado porque desde allí la veía mejor. Papá lo va a matar por estropear los prismáticos.
–Que te calles.
–Todo ha sido culpa tuya. No debiste soltarlos. ¡Maníaco! – añadió Danny con malicia, con la seguridad de que su acompañante lo protegería.
Harding vio cómo lágrimas de humillación se agolpaban en los ojos del hermano mayor. No hacía falta darle muchas vueltas a los comentarios de Danny («nudista», «ver mejor», «prismáticos» y «maníaco») para hacerse una idea de lo ocurrido.
–Espero que valiera la pena -dijo Harding con naturalidad-. La primera mujer a la que vi desnuda era tan fea y tan vieja, que tardé tres años en volver a tener ganas de ver a otra. Vivía en la casa de al lado, y era gorda como un elefante.
–¿Cómo era la siguiente? – preguntó Danny.
Harding miró al hermano mayor.
–Tenía unas buenas tetas -dijo guiñándole un ojo a Paul.
–Ésta también -comentó Danny.
–Pero estaba muerta -añadió su hermano.
–Mira, seguramente no estaba muerta. A veces resulta difícil distinguirlo.
–Estaba muerta -insistió Paul con desánimo-. Danny y yo hemos bajado a recoger los prismáticos. – Desenredó la camiseta para enseñarle el estuche, lleno de arañazos, de unos prismáticos Zeiss-. Lo he comprobado, por si acaso. Creo que se ahogó y que la marea la trajo hasta aquí. – Volvió a sumirse en un triste silencio.
–Quería hacerle el boca a boca -dijo Danny-, pero tenía los ojos muy raros, por eso no lo hizo.
Harding volvió a mirar al hermano mayor, esta vez con gesto comprensivo.
–La policía tendrá que identificarla -dijo-, y seguramente os pedirán que la describáis. – Le pasó la mano por el cabello a Danny y añadió-: Será mejor que cuando lo hagáis no mencionéis lo de los ojos raros ni lo de las tetas bonitas.
Danny se separó de él y dijo:
–Yo no diré nada.
El joven asintió con la cabeza.
–Buen chico. – Le cogió los prismáticos a Paul y examinó las lentes; luego los enfocó y miró el Beneteau de Chapman's Pool-. ¿La habéis reconocido? – preguntó.
–No -dijo Paul, nervioso.
–¿Era una señora mayor?
–No.
–¿Era guapa?
Paul sacudió los hombros y contestó:
–Supongo.
–¿Gorda?
–No. Era muy delgada, y rubia.
Harding enfocó el yate.
–Esos cacharros son como tanques -murmuró mientras contemplaba la bahía con los prismáticos-. Bueno, por fuera están un poco arañados, pero las lentes están intactas. Vuestro padre no se enfadará demasiado.
Maggie Jenner no se habría implicado en aquel asunto si Bertie hubiera respondido a su silbido, pero como todos los perros, estaba sordo cuando le convenía. Maggie había desmontado cuando el ruido del helicóptero asustó a su caballo, y la curiosidad le había hecho bajar andando mientras se realizaba el rescate. Rodeó los cobertizos de la playa con el caballo y el
perro, y Bertie, nervioso con toda aquella confusión, fue directamente hacia la entrepierna de Paul Spender, frotando el morro contra los pantalones cortos del chico y olfateándolo con entusiasmo.
Maggie silbó, pero el perro no le hizo caso.
-¡Bertie! -gritó-. ¡Ven aquí!
Era una bestia enorme, resultado de una noche de juerga de una perra loba irlandesa, y le colgaban hilos de saliva de las mandíbulas. Sacudió la peluda cabeza y le salpicó de baba los pantalones a Paul; el niño, asustado, se quedó inmóvil.
– ¡Bertie!
–No pasa nada -dijo Harding sujetando al perro por el collar y apartándolo del niño-. Sólo intenta ser simpático. – Le acarició la cabeza al perro-. ¿Verdad, bonito?
Los hermanos, poco convencidos, se dirigieron rápidamente al otro lado del coche de policía.
–Ha sido una mañana muy dura para ellos -explicó Harding chascando la lengua y acompañando a Bertie junto a su dueña-. ¿Se estará quieto si lo suelto?
–Está nervioso -contestó Maggie; sacó una correa y se la ató al collar.
Luego sujetó el extremo al estribo del caballo-. Los dos hijos de mi hermano lo adoran, y él no entiende por qué los otros niños no lo adoran también. – Sonrió y añadió-: Tú debes de tener perros. O eso, o eres muy valiente. La mayoría de la gente le tiene miedo a Bertie.
–Me crié en una granja -explicó Harding mientras le acariciaba el morro a Sir Jasper y contemplaba a Maggie con admiración.
Maggie, que como mínimo tenía diez años más que él, era una mujer alta y delgada, con media melena castaña y unos ojos oscuros que se entrecerraron, desconfiados, ante la calculadora mirada del actor. Supo exactamente qué clase de hombre era Harding cuando le miró la mano izquierda y vio que no llevaba anillo de casado.
–Gracias por tu ayuda -dijo Maggie con cierta brusquedad-. Ahora ya puedo arreglármelas sola.
Harding se enderezó y dijo:
–Buena suerte. Ha sido un placer conocerte.
Maggie era consciente de que la desconfianza que le inspiraban los hombres alcanzaba ya proporciones patológicas, y con cierto sentimiento de
culpa se preguntó si habría juzgado mal a aquel joven.
–Espero que mi perro no haya asustado a tus chicos -dijo, más sosegada.
Harding rió y repuso:
–No son hijos míos. Sólo los acompaño hasta que vuelva la policía. Han encontrado a una mujer muerta en la playa, y los pobrecitos están muy impresionados. Les harías un favor si los convencieras de que Bertie no tenía malas intenciones. Los pobres podrían desarrollar canofobia además de necrofobia.
Maggie, indecisa, miró hacia el coche de policía. Los niños parecían asustados, y ella no quería sentirse culpable.
–¿Y si les decimos que vengan -propuso Harding al advertir la vacilación de Maggie- y les dejamos acariciarlo ahora que está atado?
–Está bien -accedió ella con poco entusiasmo-. Si crees que eso los ayudará… -Pero no estaba convencida. Tenía la sensación de que, una vez más, se estaba dejando arrastrar hacia algo que no sabría controlar.
Pasado el mediodía, el agente Ingram volvió y encontró a Maggie Jenner, Steven Harding y los hermanos Spender esperándolo. Sir Jasper y Bertie estaban un poco más allá, protegidos por la sombra de un árbol, y Nick no pudo evitar admirar a Maggie. A veces pensaba que ella no tenía ni idea de lo atractiva que era; otras veces, en cambio, sospechaba que sus poses eran deliberadas. Se secó la frente con un pañuelo blanco, preguntándose quién sería aquel guaperas, y cómo se las ingeniaban él y Maggie para mantenerse tan frescos bajo el intenso sol de aquella mañana de domingo. Ambos lo miraban y reían, e Ingram dedujo, como habría hecho cualquiera, que se reían de él.
–Buenos días, señorita Jenner -dijo con exagerada formalidad.
Ella lo saludó con un gesto.
–Hola, Nick.
Ingram se volvió hacia Harding con mirada inquisidora.
–¿Puedo ayudarle en algo?
–Me parece que no -respondió el joven con una atractiva sonrisa-. Creo que somos nosotros los que tenemos que ayudarle a usted.
Ingram había nacido y se había criado en Dorsetshire, y no tenía tiempo para gilipollas con pantaloncitos cortos y bronceado artificial.
–¿Cómo es eso? – Su voz tenía un deje de sarcasmo que hizo que Maggie Jenner frunciera el entrecejo.
–Cuando llamé al 999, me pidieron que acompañara a estos niños hasta el coche patrulla. Son los que encontraron el cadáver. – Les dio unas palmadas en los hombros y añadió-: Son unos héroes. Maggie y yo les hemos dicho que merecen una medalla.
A Ingram no le hizo ninguna gracia que Harding se refiriera a Maggie por su nombre de pila, pero puso en duda el entusiasmo de ella por ser tratada con tanta familiaridad por semejante fantasma. Maggie tenía mejor gusto. Ingram dirigió su atención a Paul y Danny Spender. El mensaje que había recibido era muy claro. Dos niños habían visto caer a su madre por un precipicio con unos prismáticos. En cuanto vio el cadáver, Ingram comprendió que no podía haber caído por el acantilado, y ahora, al ver a los niños, puso en duda el resto de la información, porque estaban demasiado tranquilos.
–¿Conocíais a esa mujer? – les preguntó.
Los niños negaron con la cabeza.
Ingram abrió la puerta del coche y sacó un bloc y un lápiz.
–¿Le importaría decirme cómo ha llegado a la conclusión de que esa mujer estaba muerta? – le preguntó a Harding.
–Me lo han dicho los niños.
–¿Es eso cierto? – Ingram examinó al joven y luego, deliberadamente, lamió la punta del lápiz porque sabía que eso molestaría a Maggie-. ¿Puede decirme su nombre y su dirección, por favor, y el nombre de la persona para la que trabaja, si es que trabaja?
–Me llamo Steven Harding y soy actor. – Le dio una dirección de Londres-. Ahí es donde podrá encontrarme entre semana, pero si tiene algún problema para localizarme siempre puede llamar a mi agente, Graham Barlow, de la agencia Barlow. – Le dio otra dirección de Londres-. Graham lleva mi agenda -añadió.
Bravo por Graham, pensó Ingram agriamente, esforzándose para contener sus prejuicios contra los jóvenes apuestos como aquél. Guaperas, londinense, actor… La dirección que Harding le había dado era de Highbury, e Ingram habría apostado a que aquel fantasma era seguidor del Arsenal, no porque hubiera ido alguna vez a algún partido, sino porque había leído Fever Pitch, o había visto la película.
–Y ¿qué ha traído a un actor por estos pagos, señor Harding? – preguntó Ingram.
Harding explicó que estaba pasando el fin de semana en Poole y que aquel día pensaba ir caminando hasta Lulworth Cove. Dio unos golpecitos en el teléfono móvil que llevaba enganchado a la cinturilla, y dijo que era una suerte, porque de otro modo los niños habrían tenido que ir hasta Worth Matravers para pedir ayuda.
–Veo que viaja usted ligero -observó Ingram echando un vistazo al teléfono-. ¿No le da miedo deshidratarse? Hay un buen trecho hasta Lulworth.
El joven se encogió de hombros.
–He cambiado de opinión. No me había dado cuenta de lo lejos que está.
Ingram preguntó a los chicos su nombre y su dirección, además de pedirles una breve descripción de lo ocurrido. Los niños le dijeron que habían visto a la mujer en la playa cuando bordeaban Egmont Point, a las diez en punto.
–¿Y después? – preguntó el policía-. ¿Habéis bajado a ver si estaba muerta y habéis ido a pedir ayuda?
Los niños asintieron.
–No os habéis dado mucha prisa, ¿verdad?
–Iban como una bala -terció Harding saliendo en su defensa-. Yo los he visto.
–Si no recuerdo mal, usted llamó al teléfono de emergencia a las 10:43.
Y dos chavales sanos no tardan casi tres cuartos de hora en recorrer Chapman's Pool. – Miró a Harding-. Y ya que hablamos de informaciones confusas, quizá quiera explicarme por qué el mensaje que recibí decía que dos niños habían visto caer a su madre por un precipicio mientras utilizaban unos prismáticos.
Maggie iba a decir algo en defensa de los niños, pero la mirada intimidadora de Ingram le hizo cambiar de opinión.
–Tiene razón, fue un malentendido -dijo Harding apartándose un oscuro mechón de los ojos con una sacudida de la cabeza-. Estos dos chicos -dijo rodeándole los hombros a Paul- subían a toda velocidad por la colina gritando y chillando algo sobre una mujer que había en la playa, detrás del cabo, y de unos prismáticos que se habían caído, y yo me precipité con mis deducciones. La verdad es que estábamos un poco alterados. Ellos estaban preocupados por los prismáticos, y yo creí que hablaban de su madre. – Le
cogió los Zeiss a Paul y se los dio a Ingram -. Estos prismáticos son de su padre. Se les cayeron cuando vieron a la mujer. Están muy preocupados por cómo va a reaccionar su padre cuando vea cómo han quedado, pero Maggie y yo les hemos convencido de que cuando sepa lo bien que se han portado, no se enfadará.
–¿Conoce al padre de esos niños? – preguntó Ingram mientras examinaba los prismáticos.
–No, claro que no. Acabo de conocer a los chicos.
–Entonces no tiene la seguridad de que estos prismáticos sean suyos.
–No, claro. – Harding, vacilante, miró a Paul y vio la mirada de pánico del chico-. Venga, hombre -dijo bruscamente-. ¿De dónde quiere que los hayan sacado?
–De la playa. Habéis dicho que visteis a la mujer cuando pasasteis Egmont Point -les recordó a Paul y Danny.
Los niños, asustados, asintieron.
–Entonces, ¿cómo es que estos prismáticos están como si se hubieran caído por un acantilado? ¿No será que los encontrasteis junto a la mujer y decidisteis quedároslos?
Los niños, ruborizados de ansiedad ante la posibilidad de que se descubriera su voyeurismo, lo miraron con aire culpable. Ninguno de los dos contestó.
–Mire, no hay para tanto -dijo Harding-. Sólo querían distraerse un poco. La mujer estaba desnuda, así que subieron para verla mejor. No se dieron cuenta de que estaba muerta hasta que se les cayeron los prismáticos y tuvieron que bajar a recogerlos.
–Y usted lo ha visto todo, ¿no es así?
–No -admitió Harding-. Ya le he dicho que yo venía desde el cabo St Alban.
Ingram se volvió para contemplar el lejano promontorio, con su diminuta capilla normanda en lo alto, dedicada a san Alban.
–Desde allí arriba hay una buena vista de Egmont Bight -dijo-, sobre todo en un día despejado como hoy.
–Sólo con unos prismáticos -dijo Harding.
Ingram sonrió mientras miraba al joven de arriba abajo.
–Cierto -coincidió-. Dígame, ¿dónde se encontraron usted y los chicos?
Harding señaló el camino que bordeaba la costa.
–Empezaron a gritarme cuando estaban subiendo Emmetts Hill, y yo bajé a reunirme con ellos.
–Veo que conoce bien esta zona.
–Así es.
–¿Cómo es eso, si dice que vive en Londres?
–Vengo mucho por aquí. Londres se pone insoportable en verano.
Ingram echó un vistazo a la empinada ladera.
–Esta colina se llama West Hill -comentó-. Emmetts Hill es la siguiente.
Harding se encogió de hombros y dijo:
–De acuerdo. No conozco la zona tan bien como usted, pero casi siempre vengo en barco, y en las cartas marinas no se menciona West Hill.
Toda esta escarpadura recibe el nombre de Emmetts Hill. Los niños y yo nos hemos encontrado más o menos allí. – Señaló un punto de la verde ladera de la colina.
Ingram reparó en el ceño de desaprobación de Paul Spender, pero no hizo ningún comentario.
–¿Dónde está su barco ahora, señor Harding? – preguntó.
–En Poole. Anoche lo saqué, pero como apenas hay viento y me apetecía hacer un poco de ejercicio -dijo Harding mirando a Ingram con una sonrisa infantil- me decidí a usar los pies.
–¿Cómo se llama su barco?
-Crazy Daze.
–¿Dónde lo amarra normalmente?
–En Lymington.
–¿Vino usted de Lymington ayer?
–Sí.
–¿Solo?
Harding vaciló un instante y dijo:
–Sí.
Ingram le sostuvo la mirada.
–¿Piensa salir a navegar esta noche?
–Sí, eso tenía planeado, aunque si el viento no mejora tendré que utilizar el motor.
El agente asintió con la cabeza, aparentemente satisfecho.
–Bueno, muchas gracias, señor Harding. Me parece que no necesito entretenerlo más. Voy a llevar a estos chicos a su casa y a comprobar lo de
los prismáticos.
Harding se dio cuenta de que Paul y Danny se le acercaban sigilosamente para sentirse protegidos.
–Le explicará a sus padres el buen trabajo que han hecho, ¿verdad, agente? Tenga en cuenta que, de no ser por ellos, esa pobre mujer podría haber seguido ahí flotando hasta que volviera a bajar la marea. Se merecen una medalla, y no una bronca de su padre.
–Está muy bien informado.
–Confíe en mí. Conozco bien esta costa. Hay una corriente continua sur-sureste que va hacia el cabo St Alban, y si esa corriente la hubiera arrastrado, esa mujer no habría aparecido. Hay una resaca del demonio.
Supongo que habría ido a parar al fondo.
Ingram sonrió y dijo:
–Me refería a que está bien informado acerca de la mujer, señor Harding. Cualquiera diría que la ha visto usted con sus propios ojos.
–¿Por qué has sido tan antipático con él? – preguntó Maggie mientras el policía llevaba a los niños a la parte trasera de su Range Rover y se quedaba mirando a Harding, que subía por la colina. Ingram era tan alto y tan corpulento que le hacía sombra a Maggie, literal y figuradamente; ella pensaba a menudo que aquel hombre no la irritaría tanto si de vez en cuando él reconociera aquel hecho. Maggie sólo se sentía cómoda en su presencia cuando lo miraba desde la silla de un caballo, pero esas ocasiones no eran tan frecuentes como para que su amor propio pudiera fortalecerse.
Como el policía no le contestaba, Maggie, impaciente, miró a los hermanos, ahora sentados en el asiento trasero-. Con los niños tampoco te has lucido mucho. Seguro que la próxima vez se lo pensarán mejor antes de ayudar a un policía.
Harding desapareció por una curva del camino; Ingram miró a Maggie con una sonrisa en los labios.
–¿Por qué dice que he sido antipático, señorita Jenner?
–¡Vamos, por favor! Pero si prácticamente le has llamado mentiroso.
–Porque estaba mintiendo.
–¿Sobre qué?
–Todavía no estoy seguro. Lo sabré cuando haya hecho algunas averiguaciones.
–¿Qué pasa? ¿Es un asunto de hombres? – preguntó ella con una voz suavizada por viejos rencores reprimidos. Ingram era el policía de aquella comunidad desde hacía cinco años, y ella tenía muchos motivos para estar resentida. A veces, cuando estaba profundamente deprimida, lo culpaba a él de todo. Otras veces era más honesta y reconocía que él se había limitado a realizar su trabajo.
–Es probable. – Ingram percibía el olor a cuadra de la ropa de Maggie: una mezcla de heno y estiércol que le gustaba y le repugnaba al mismo tiempo.
–En ese caso, ¿no habría sido más sencillo sacar la polla y retarle a medirla con la suya? – preguntó ella con sarcasmo.
–Habría perdido yo.
–Eso sin duda.
–Ah, veo que se fijó usted en ese detalle -dijo él, ensanchando la sonrisa.
–Lo difícil habría sido no fijarse. Con esos pantaloncillos que lleva… A lo mejor era la cartera. Desde luego, no había mucho sitio donde guardarla.
–No -dijo él-. ¿No lo encontró interesante?
Maggie lo miró con desconfianza, preguntándose si se estaría burlando de ella.
–¿En qué sentido? – preguntó.
–Hay que ser idiota para hacer una excursión de Poole a Lulworth sin dinero y sin agua.
–A lo mejor pensaba pedir agua por el camino, o telefonear a algún amigo para que fuera a rescatarlo. ¿Qué importa eso? Lo único que hizo fue interpretar el papel de buen samaritano con esos niños.
–Creo que mentía respecto a lo que estaba haciendo aquí. ¿Dio alguna otra explicación antes de que apareciera yo?
Ella reflexionó un momento.
–Hablamos de perros y caballos. Les explicó a los chicos que había crecido en una granja de Cornualles.
Ingram abrió la puerta del coche.
–Alo mejor es que la gente que usa teléfonos móviles no me inspira confianza -comentó.
–Hoy en día todo el mundo tiene teléfono móvil. Hasta yo tengo uno.
Ingram recorrió con la mirada la esbelta figura de la mujer, enfundada en una ceñida camisa de algodón y unos vaqueros.
–Pero usted no se lo lleva cuando va de paseo por el campo, y ese tipo sí. Por lo visto, lo único que se lleva es el teléfono.
–Deberías agradecérselo -replicó ella-. De no ser por él, no habrías encontrado a esa mujer tan deprisa.
–De acuerdo. El señor Harding estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado, con el material adecuado para informar de la presencia de un cadáver en la playa, y sería una grosería preguntarse por qué. – Se sentó al volante del Range Rover-. Buenos días, señorita Jenner. Déle recuerdos a su madre de mi parte. – Cerró la puerta y encendió el motor.
Los hermanos Spender no sabían a quién agradecer su tranquilo regreso a casa. ¿Al actor, por haberle pedido al policía que fuera tolerante? ¿O al policía, porque, después de todo, era un tipo decente? Ingram no habló mucho durante el trayecto al chalet alquilado, y se limitó a advertirles que los acantilados eran peligrosos y que era una temeridad escalarlos, por tentadores que fueran los motivos para hacerlo. A sus padres les hizo un breve y expurgado relato de lo ocurrido, el cual concluyó sugiriendo que, ya que los niños no habían podido ir a pescar, él podía llevarlos a pescar en su barca alguna noche.
–No es ninguna lancha -les dijo-, sino un pequeño bote de pesca, pero en esta época del año hay lubinas, y con un poco de suerte pescaremos una o dos. – No los rodeó con el brazo ni los llamó héroes, pero en cambio les propuso algo interesante.
A continuación, Ingram fue a una granja un tanto aislada cuyos propietarios, una pareja de ancianos, habían denunciado el robo de tres valiosos cuadros durante la noche. Ingram se dirigía hacia allí cuando tuvo que desviarse a Chapman's Pool.
–Ay, Nick, lo siento de veras -dijo, atribulada, la nuera de la pareja, que ya sobrepasaba los setenta años-. Créeme, mis suegros sabían que íbamos a subastar esos cuadros. Peter lleva un año hablándoles de ese asunto, pero ellos son tan olvidadizos que cada vez que lo hace tiene que empezar desde el principio. Peter figura como apoderado, así que todo es perfectamente legal, pero cuando Winnie me dijo que te había llamado, quise morirme. Y
para colmo, un domingo. Yo paso cada mañana para ver si están bien, pero
a veces… -Puso los ojos en blanco, expresando sin necesidad de palabras lo que pensaba de sus nonagenarios suegros.
–Para eso estamos, Jane -la tranquilizó el policía, dándole una palmadita en el hombro.
–Nada de eso. Tú deberías estar persiguiendo criminales -repuso ella haciéndose eco de la opinión de gran parte de la población, que veía a la policía sólo como perseguidores de ladrones. Exhaló un hondo suspiro y agregó-: El problema es que sus gastos superan con mucho sus ingresos, pero no hay manera de que lo entiendan. Sólo en ayuda doméstica gastan más de diez mil libras al año. Peter va a tener que vender la plata de la familia para llegar a fin de mes. Por lo visto los pobres se creen que viven en los años veinte, cuando una criada cobraba cinco chelines por semana.
Yo me pongo enferma, de verdad. Deberían estar en una residencia, pero Peter es incapaz de obligarlos; es demasiado blando con ellos. Aunque mis suegros tampoco podrían pagarla. ¡Hombre, ni siquiera nosotros podríamos pagarla! Todo sería diferente si Celia Jenner no nos hubiera convencido de que nos jugáramos todo lo que teníamos con el maldito marido de Maggie, pero… -Hizo un gesto de desesperación y se encogió de hombros-. A veces me enfurezco tanto que me pondría a gritar, y lo único que me impide hacerlo es el temor de que si lo hago, el grito va a durar eternamente.
–Nada dura eternamente -dijo Ingram.
–Ya lo sé, pero a veces tengo la tentación de echarle una mano a la eternidad. Es una lástima que ya no se pueda comprar arsénico. Antes era más fácil.
–¿En serio?
–Ya sabes a qué me refiero -dijo ella sonriendo.
–A ver si voy a tener que ordenar que les hagan la autopsia a los padres de Peter cuando por fin estiren la pata.
–No estaría de más. Pero al paso qué vamos, yo me moriré antes que ellos.
El policía sonrió y se despidió. No quería oír hablar de muertes. Todavía tenía el tacto de la piel de aquella mujer en las manos. Mientras iba hacia el coche pensó que lo que ahora necesitaba era una ducha.
La niña, rubia, caminaba decidida por una acera de Lilliput, en Poole, plantando una regordeta pierna ante otra. Eran las 10:30 de la mañana del domingo, así que había poca gente, y nadie se molestó en averiguar por qué
la niña iba sola. Después, cuando varios testigos se presentaron para explicar a la policía que la habían visto, las excusas fueron diversas: «Me pareció que sabía adónde iba», «Una mujer iba unos veinte metros detrás de ella, y pensé que era la madre de la niña», «Supuse que alguien se pararía»,
«Tenía prisa», «Soy un hombre. Podrían lincharme por recoger a una niñita por la calle».
Finalmente fue una pareja de ancianos, los Green, quienes tuvieron el sentido común, el tiempo y el valor para actuar. Acababan de salir de la iglesia y, como hacían cada semana, dieron un paseo nostálgico por Lilliput para admirar los edificios art déco que milagrosamente habían sobrevivido a la fiebre de la posguerra, durante la cual se demolió todo lo que se salía de lo normal para construir edificios de hormigón y de ladrillo rojo. Lilliput se extendía a lo largo de la curva oriental de la bahía de Poole y, entre los restos arquitectónicos, había elegantes chalets con jardines impecables y casas art déco con ventanas como ojos de buey. A los Green les encantaba.
Les recordaba a su juventud.
Cuando pasaban por delante de la bocacalle que conducía al puerto deportivo de Salterns, la señora Green se fijó en la niña.
–Mira -dijo con tono de desaprobación-. ¿Cómo se les ocurre dejar sola a una niña tan pequeña? Sólo con que tropezara, podría atropellada un coche.
El señor Green aminoró la marcha.
–¿Dónde está su madre? – preguntó.
Su mujer se volvió.
–Pues no lo sé -dijo-. Creía que era esa mujer que va detrás de ella, pero se ha parado a mirar un escaparate.
El señor Green era militar retirado.
–Tendríamos que hacer algo -dijo con firmeza; paró el coche y puso la marcha atrás. Sacó un puño por la ventanilla al ver que un conductor le pitaba tras esquivar por los pelos el parachoques trasero de su coche-.
Malditos domingueros -dijo-. Habría que prohibirles circular.
–Tienes toda la razón, cariño -dijo la señora Green mientras abría la puerta.
Cogió a la niñita en brazos y la sentó sobre las rodillas mientras su marido conducía hacia la comisaría de Poole. Fue un trayecto muy pesado, porque la velocidad habitual del señor Green era de treinta kilómetros por
hora, y eso hizo estragos en la carretera de dirección única que rodeaba el centro urbano.
La niña parecía sentirse muy cómoda en el coche, y sonreía mirando por la ventanilla; pero una vez en la comisaría, resultó imposible separarla de su rescatadora. Se abrazó con fuerza al cuello de la anciana, pegando la cara contra su hombro y aferrándose a ella como una lapa.
Cuando les dijeron que nadie había denunciado la desaparición de una niña, los Green se sentaron, con una paciencia encomiable, y se prepararon para una larga espera.
–No me explico que su madre no se haya dado cuenta de su desaparición -comentó la señora Green-. Yo no perdía a mis hijos de vista ni un minuto.
–Quizás esté trabajando -dijo la agente de policía que se encargaba de hacer las averiguaciones.
–Pues no debería ser así -reprobó el señor Green-. Una chiquilla de esta edad necesita a su madre. – Le lanzó una mirada de complicidad a la agente Griffiths, y añadió-: Debería pedir que la examinara un médico. Usted ya me entiende. Hoy en día hay mucha gente rara. Mucho indecente suelto.
Pedófilos. Delincuentes sexuales. ¿Sabe a qué me refiero?
–Sí, señor, lo sé perfectamente, y no se preocupe -dijo la agente dando unos golpecitos con el bolígrafo en el papel que tenía delante-, el médico es el primero de mi lista. Pero si no le importa, iremos paso a paso. Hemos tenido varios casos como éste, y hemos comprobado que el mejor método consiste en no precipitarse. – Se volvió hacia la mujer-. ¿Le ha dicho cómo se llama?
La señora Green negó con la cabeza.
–No ha pronunciado ni una sola palabra. Si quiere que le diga la verdad, dudo que sepa hablar.
–¿Qué edad diría usted que tiene?
–Dieciocho meses, dos años como máximo. – Le levantó el borde del vestido de algodón, dejando al descubierto unas braguitas desechables-. La pobrecita todavía lleva pañales.
A la agente le pareció que dos años eran pocos, y añadió uno más para el papeleo. Las mujeres como la señora Green habían criado a sus hijos con pañales de tela, y como eso implicaba lavar mucho, les habían enseñado
muy pronto a controlar los esfínteres. Ellas no entendían que un niño de tres años todavía pudiera llevar pañales.
De todos modos, en el caso de aquella niña la edad no tenía demasiada importancia. Tanto si tenía dieciocho meses como si tenía dos años o tres, de lo que no cabía duda era de que no hablaba.
Como no tenía nada más que hacer aquel domingo por la tarde, la francesita del Beneteau, que había observado con interés las conversaciones de Harding con los hermanos Spender, Maggie Jenner y el agente Ingram a través del zoom de su cámara de vídeo, remó hasta la orilla y subió por la empinada ladera de West Hill para ver si resolvía aquel misterio. No había que ser muy listo para deducir que los dos niños eran los que habían encontrado a la mujer que habían sacado de la playa en helicóptero, y que el atractivo inglés se había encargado de avisar a la policía, pero ella sentía curiosidad por saber por qué había aparecido de nuevo el joven en la ladera, media hora después de que el coche de policía se marchara, para recoger la mochila que había dejado allí. Le había visto sacar unos prismáticos y examinar la bahía y los acantilados antes de bajar a la playa, donde se quedó contemplando el mar. Ella lo filmó varios minutos, pero no averiguó nada, y al final decidió abandonar aquel rompecabezas.
Pasarían cinco días hasta que el padre de la niña descubriese aquella cinta y la humillase ante la policía inglesa…
Aquella tarde, a las seis, el Fairline Squadron levó anclas y salió lentamente de Chapman's Pool hacia el cabo St Alban. Había dos jovencitas lánguidas sentadas a ambos lados de su padre en el puente de mando; la más reciente compañera del padre iba sentada en el asiento de detrás, sola y excluida. En cuanto abandonó las aguas poco profundas de la entrada de la bahía, los motores del barco rugieron a toda potencia, alcanzando los veinticinco nudos en el viaje de regreso a Poole, y labrando una estela en la superficie del mar.
El calor y el alcohol los habían sumido a todos en un estado soporífero, sobre todo al padre, que se había cansado en su intento por complacer a sus hijas; después de conectar el piloto automático, nombró vigía a la mayor de las niñas y cerró los ojos. Notaba las dagas de la furia de su novia clavadas en la espalda; exhaló un suspiro y lamentó no haberla dejado en tierra. Era la última de una larga serie de lo que sus hijas llamaban «Barbies» y, como
de costumbre, las niñas se habían propuesto pisotear los frágiles brotes de aquella nueva relación. Qué dura es la vida, pensó el padre, resentido.
–¡Cuidado, papá! – gritó de pronto su hija-. Vamos directos hacia una roca.
El hombre viró el timón hacia estribor, y lo que su hija había tomado por una roca se alejó por babor para quedarse danzando en la estela del barco.
–Soy demasiado viejo para estos sustos -dijo el padre con voz trémula mientras devolvía el barco de trescientas mil libras a su rumbo e intentaba recordar si tenía el seguro al día-. ¿Qué demonios era eso? No puede ser una roca. En esta zona no hay rocas.
Las dos hijas, con los ojos entrecerrados, intentaron distinguir aquella cosa negra y oscilante que habían dejado atrás.
–Parece un bidón de gasoil -dijo la mayor.
–Joder -exclamó el padre-. El que ha lanzado eso por la borda merece que lo maten. Si llegamos a chocar con él, podría habernos abierto una brecha.
Su novia, que seguía contemplando aquella cosa que se alejaba, pensó que más bien parecía un bote volcado, pero no quiso expresar su opinión por temor a convertirse de nuevo en blanco de las burlas de las niñas. Aquel día ya había soportado bastante escarnio, y lamentaba haber accedido a acompañar a la familia en aquella excursión.
–Esta mañana me he encontrado a Nick Ingram -comentó Maggie mientras preparaba el té en la cocina de su madre, en Broxton House.
En su tiempo había sido una cocina muy bonita, con las paredes cubiertas de aparadores de roble viejo, llenos de cazos de cobre y hermosas piezas de loza, y con una mesa de refectorio del siglo XVIII de dos metros y medio de largo en el centro. Ahora era una cocina normal y corriente.
Todo lo que tenía algún valor se había vendido. Los aparadores de madera habían sido sustituidos por unos vulgares armarios blancos, y donde antes resplandecía la mesa monacal había una mesa de plástico de jardín. Maggie solía pensar que tendría mejor aspecto si la limpiaran de vez en cuando, pero la artritis de la madre y el agotamiento crónico de la hija, fruto de sus esfuerzos por ganar algo de dinero con los caballos, habían hecho descender la limpieza en su escala de valores. Si Dios existía, no se ocupaba demasiado de Broxton House. Maggie habría cortado por lo sano y se
habría mudado hacía mucho tiempo si su madre hubiera accedido a mudarse también. Pero los sentimientos de culpabilidad la tenían esclavizada.
Ahora vivía en un apartamento encima de las cuadras, al otro lado del jardín, y sólo visitaba la casa de vez en cuando. Aquella espantosa desnudez era un cruel recordatorio de que la pobreza de su madre era culpa suya.
–He bajado con Jasper a Chapman's Pool. Una mujer se ha ahogado en Egmont Bight, y Nick ha tenido que guiar el helicóptero para que recogiera el cadáver.
–Imagino que sería una turista.
–Seguramente -dijo Maggie al tiempo que le daba una taza a su madre-.
Si hubiera sido alguien de por aquí, Nick me lo habría dicho.
–¡Típico! – exclamó Celia con enojo-. Y Dorset tendrá que pagar la factura del helicóptero porque una inepta de otro condado no aprendió a nadar cuando debía. Y nosotros, a pagar impuestos.
–Pero si nunca los pagas -replicó Maggie, pensando en los avisos que se acumulaban en el escritorio del salón.
Su madre ignoró el comentario.
–¿Cómo estaba Nick? – preguntó.
–Acalorado -contestó la hija, recordando lo colorado que estaba al regresar al coche-, y no de muy buen humor. – Se quedó mirando la taza de té, reuniendo el valor para plantear el espinoso tema del dinero, o mejor dicho, del poco dinero que entraba del negocio de mantenimiento y alquiler de caballos que dirigía-. Tenemos que hablar de las cuadras -dijo bruscamente.
Celia se resistía a tocar ese punto.
–Tú tampoco habrías estado de buen humor si acabaras de ver el cadáver de un ahogado. – Su voz adoptó un tono coloquial, preludio inequívoco de una serie de anécdotas-. Recuerdo que vi uno flotando en el Ganges cuando vivía con mis padres en la India. Fue durante las vacaciones de verano. Yo tenía unos quince años. Fue algo espantoso, tuve pesadillas durante semanas. Mi madre me dijo…
Maggie dejó de escucharla y se concentró en un largo pelo negro que a Celia le había salido en la barbilla, pensando que tenía que arrancárselo. El pelo se erizaba agresivamente mientras la mujer hablaba, como uno de los bigotes de Bertie, pero ellas nunca habían tenido suficiente confianza como para que Maggie pudiera comentárselo. Celia, que tenía sesenta y tres años,
todavía era una mujer atractiva con el mismo cabello castaño oscuro que su hija, al que de vez en cuando daba reflejos de color, pero las preocupaciones resultantes de su apurada situación le estaban pasando factura, y le habían salido unas profundas arrugas alrededor de la boca y los ojos.
Cuando finalmente Celia respiró, Maggie volvió al tema de las cuadras.
–He estado sumando los ingresos del mes pasado -dijo-, y nos faltan doscientas libras. ¿Has vuelto a perdonarle el recibo a Mary Spencer-Graham?
–Eso es asunto mío -dijo Celia.
–No, no lo es, mamá -repuso Maggie exhalando un suspiro-. No podemos permitirnos el lujo de hacer caridad. Si Mary no paga, no podemos cuidar su caballo. Es así de sencillo. No le daría tanta importancia de no ser porque ya le cobramos lo mínimo, pero con eso apenas cubrimos el forraje de Moondust. Deberías ser un poco más dura con ella, en serio.
–¿Cómo quieres que lo sea? Mary está casi tan arruinada como nosotras, y es por culpa nuestra.
Maggie sacudió la cabeza.
–Eso no es cierto. Ella perdió diez mil libras, una miseria comparado con lo que perdimos nosotras. Lo que pasa es que sabe que basta con que lloriquee para que tú le perdones el recibo. – Hizo un gesto impaciente hacia el salón y añadió-: Si no reunimos dinero, no podemos pagar las facturas, y eso quiere decir que o nos decidimos a dárselo todo a Matthew y nos vamos a vivir a un piso de protección oficial, o tendrás que ir a verlo con la gorra en la mano y pedirle que te dé algún tipo de asignación. – Tras mencionar a su hermano, se encogió de hombros y agregó-: Si creyera que valía la pena intentarlo, iría yo misma, pero sabes tan bien como yo que Matthew me cerraría la puerta en las narices.
Celia sonrió amargamente y dijo:
–¿Qué te hace pensar que si lo intentara yo obtendría otro resultado? Su esposa no me soporta. Ella jamás accedería a mantener a su suegra y a su cuñada en lo que ella considera un lujo asiático, cuando lo que más le gustaría sería vernos en la miseria.
–Ya lo sé -reconoció Maggie-, y nos lo merecemos. No debimos hacer aquellos comentarios sobre su traje de novia.
–Era difícil callarse -dijo Celia con aspereza-. Cuando la vio, al vicario estuvo a punto de darle un infarto.