Donde mueren las olas

Minette Walters · Capítulo 11 de 16

Páginas del PDF

Donde mueren las olas

Declaración

–¿Por qué no? Maggie le confirmará que eso es lo más parecido a una disculpa que podría obtener de mí.

El policía esbozó una sonrisa, cogió a Celia en brazos y echó a andar hacia la casa.

–¿Es la testarudez una virtud?

–Yo no soy testaruda; soy una mujer de principios.

–Bueno, pues si no tuviera usted tantos principios -repuso Ingram con ironía-, ahora estaría en el hospital de Poole recibiendo el tratamiento adecuado.

–Mire, si yo fuera tan tozuda como usted imagina, ni siquiera estaría en esta situación. Me niego a que se hable de mi trasero por teléfono.

–¿Qué espera? ¿Otra disculpa?

Celia lo miró.

–Por el amor de Dios, bájeme -ordenó-. Esto no es digno de una mujer de mi edad. ¿Qué pensaría mi hija si me viera así?

Ingram no le hizo caso y siguió andando hacia la puerta principal. No dejó a Celia en el suelo hasta que oyó ruido de pasos. Maggie, aturullada y casi sin aliento, apareció por la esquina de la casa, con un bastón en cada mano. Se los entregó a su madre.

–No puede montar -le dijo a Nick mientras se inclinaba para recobrar el aliento-. Son las órdenes del médico. Pero gracias a Dios mi madre nunca sigue los consejos de nadie. Yo sola no lo habría logrado, y sin Sir Jasper no habría podido recuperar a Stinger.

Nick ayudó a Celia sujetándola por los codos mientras ella se aguantaba con los bastones.

–¿Por qué no me ha mandado a paseo por teléfono? – preguntó el policía.

Celia empezó a caminar con los bastones, como un enorme cangrejo.

–No sea ridículo -murmuró irritada-. Ése es el error que cometí la última vez.

Declaración

Testimonio: James Purdy, director gerente, Pharmatec UK

Entrevistador: inspector Galbraith

Undía, en verano de 1993, me quedé hasta tarde en el despacho. Creía que no quedaba nadie más en el edificio. Al salir, sobre las nueve de la noche, vi que todavía había luz en uno de los despachos del fondo del pasillo. Era el despacho de Kate Hill, secretaria del director de servicios, Michael Sprate, y como me sorprendió que siguiera trabajando tan tarde, entré para hablar con ella. Kate ya me había llamado la atención cuando llegó a la empresa por su talla. Era delgada y bajita, de cabello rubio y hermosos ojos azules. Yo la encontraba muy atractiva, pero ése no fue el motivo por el que aquella noche entré en su despacho. Ella nunca me había dado a entender que estuviera interesada en mí. Por eso me llevé una sorpresa cuando se levantó y me dijo que se había quedado hasta tarde con la esperanza de que yo fuese a verla.

No me siento orgulloso de lo que pasó después. Tengo 58 años y llevo 33 casado, y nadie me había hecho lo que Kate me hizo aquella noche. Ya sé que parece absurdo, pero es el sueño de casi todos los hombres: que un día entrarán en una habitación y una mujer hermosa se les ofrecerá por las buenas. Después estuve preocupado porque supuse que ella debía de tener algún otro motivo para hacerlo. Pasé unos días muerto de miedo. Temía que Kate se tomara excesivas libertades conmigo, y en el peor de los casos que intentara algún tipo de extorsión. Sin embargo, ella fue sumamente discreta, no me pidió nada a cambio, y siempre fue muy educada conmigo. Cuando comprendí que no tenía nada que temer me obsesioné con Kate, hasta el punto de que soñaba con ella todas las noches.Un par de semanas más tarde, volví a encontrarla en su despacho, y la experiencia se repitió. Yo le pregunté por qué lo hacía, y ella contestó: «Porque quiero». A partir de ese momento ya no pude controlarme. En cierto modo ella es lo más hermoso que me ha pasado en la vida y no me arrepiento de nuestra aventura. Pero sin embargo la recuerdo como una pesadilla. Kate me partió el corazón en más de una ocasión, pero aún lo pasé peor cuando me enteré de que había muerto. Seguimos viéndonos durante varios meses, hasta enero de 1994, casi siempre en el piso de Kate, aunque en un par de ocasiones la llevé a un hotel de Londres con la excusa de un viaje de negocios. Yo estaba dispuesto a divorciarme de mi esposa para casarme con Kate, aunque siempre he querido a mi esposa y jamás le haría daño a propósito. Kate fue como una especie de enfermedad que alteró temporalmente mi equilibrio, porque una vez exorcizado, volví a la normalidad.