Donde mueren las olas
Declaración
Undía, a finales de enero de 1994, Kate entró en mi despacho sobre las tres y media de la tarde y me dijo que se iba a casar con William Sumner.
La noticia me sentó muy mal, y apenas recuerdo nada de lo que pasó a continuación. Por lo visto me desmayé, y cuando recobré el sentido estaba en el hospital. Me dijeron que había sufrido una crisis cardíaca. Después le confesé a mi esposa todo lo que había pasado.
Que yo sepa, William Sumner no sabe nada de la relación que tuve con Kate antes de su boda. Yo no se lo he contado, ni le he dado a entender nunca que fuéramos ni siquiera amigos. Claro que he pensado que su hija podría ser hija mía, pero nunca se lo he comentado a nadie porque no pretendo reclamar a la niña.
No he tenido ningún contacto con Kate Hill Sumner desde aquel día de enero de 1994 en que ella me comunicó su decisión de casarse con William Sumner.
James Purdy.
Declaración
Testigo: Vivienne Purdy, The Gables, Drew Street, Fareham Entrevistador: inspector Galbraith
Me enteré de la aventura de mi marido con Kate Hill cuatro semanas después del infarto que tuvo en enero de 1994. No recuerdo la fecha exacta, pero fue el día en que Kate se casó con William Sumner o el día después.
Me encontré a James llorando y eso me preocupó porque se estaba recuperando muy bien. Mimarido me explicó que lloraba porque había sufrido un desengaño amoroso.
Su confesión ni me sorprendió ni me dolió. James y yo llevamos muchos años casados, y yo sabía perfectamente que él tenía una relación con otra mujer. Mimarido nunca ha sabido mentir. Lo único que sentí fue alivio al ver que finalmente había decidido contármelo todo. No sentí ninguna animosidad hacia Kate.
Quizá me tomen por una insensible, pero perder al hombre con el que llevo treinta años viviendo no habría supuesto una desgracia para mí. De hecho, en cierto modo lo habría considerado una oportunidad para empezar una nueva vida, libre de deberes y responsabilidades. Antes de los sucesos de 1993-1994, James era un padre y un marido ejemplar, pero su familia siempre había ocupado un lugar inferior que sus ambiciones y deseos
personales. Cuando me di cuenta de que tenía una aventura, indagué discretamente sobre la situación económica en que quedaría yo si el divorcio resultaba inevitable, y comprobé que la división de nuestras propiedades me conferiría una libertad considerable. Hace diez años reemprendí mi profesión de maestra, y gano un buen sueldo. También me he preocupado por cobrar una buena pensión. Por consiguiente, si James me hubiera pedido el divorcio yo no habría dudado en concedérselo. Mis hijos ya son mayores y, aunque les entristecería que sus padres se separaran, yo sabía que James seguiría interesándose por ellos.
En la primavera de 1994 le expliqué todo esto a James, y le enseñé la correspondencia que había mantenido con mi abogado y mi contable. Creo que eso le hizo ver claramente las opciones que tenía, y que descartó por completo la posibilidad de seguir viendo a Kate Hill. No quiero pecar de engreída, pero creo que mi marido se dio cuenta de que mi presencia en su vida ya no estaba garantizada, y que para él eso era mucho más importante que su relación con Kate Hill. Puedo decir con toda sinceridad que no les guardo ningún rencor a James ni a Kate porque fui yo la que ganó con aquella experiencia. Ahora tengo mucha más seguridad en mí misma y en mi futuro.
Supe que William y Kate Sumner habían tenido una niña en otoño de 1994. Mediante un sencillo cálculo comprendí que la niña podía ser de mi marido. Sin embargo, no hablé de eso con James. Ni con nadie, por supuesto. No me pareció que tuviera sentido hacer sufrir más a las partes implicadas, particularmente a la niña.
No conozco personalmente a Kate Hill ni a su marido.
Vivienne Purdy.
Nick Ingram dejó a Maggie y Celia en la cocina de Broxton House para llamar a la comisaría de Winfrith. Habló con Carpenter y le explicó lo que había hecho Harding aquella mañana.
–Lo han llevado al hospital de Poole. Todavía tengo que hablar con él sobre la agresión, pero mientras tanto quizá quiera someterlo a vigilancia.
No creo que vaya a ningún sitio de momento, porque tienen que darle
puntos en el brazo, pero me da la impresión de que ahora está fuera de control, de lo contrario no habría agredido a la señorita Jenner.
–¿Qué pretendía hacer? ¿Violarla?
–No lo sé. Dice que gritó a Harding cuando el caballo salió corriendo y por eso él le pegó.
–Ya. – Carpenter caviló durante unos instantes-. Tenía entendido que según Galbraith y usted a Harding le interesaban los niños.
–Estoy dispuesto a que me demuestren lo contrario.
–¿Cuál es la primera norma del buen policía?
–Tener una mentalidad abierta.
–El trabajo de campo primero, las conclusiones después. – Hubo otro breve silencio-. Desde que leyó su fax, el inspector está convencido de que William Sumner es el culpable. Si resulta que nuestro hombre es Harding, no le va a gustar nada.
–Lo siento, señor. Si me da un par de horas para que vuelva al cabo, veré si puedo averiguar qué se llevaba entre manos. Acabaré antes que si usted envía a uno de sus hombres.
Pero Maggie y Celia Jenner le retrasaron. Celia tenía tanto dolor que no podía sentarse, y se quedó plantada en medio de la cocina, apoyada en sus dos bastones, como una mantis religiosa. Entretanto, Maggie hablaba por los codos a causa de los nervios.
–Lo siento -decía una y otra vez; cogió una manta sucia y apestosa de la despensa y se la echó sobre los hombros-. Tengo mucho frío.
Ingram la sentó sin miramientos en una silla y le dijo que se quedara allí mientras él se ocupaba de su madre.
–A ver -le dijo a Celia-, ¿cómo estará más cómoda, tumbada en la cama o sentada en una silla?
–Tumbada.
–Entonces prepararé una cama en la planta baja. ¿Qué habitación prefiere?
–Ninguna -repuso ella, rebelde-. Me sentiría como una inválida.
Ingram se cruzó de brazos y la miró con ceño.
–No tengo tiempo para discusiones, señora Jenner. Usted no puede subir, de modo que la cama tendrá que bajar. – Como ella no contestó, él añadió-: Está bien, lo decidiré yo mismo.
–En el salón -dijo Celia cuando él se dirigía hacia el vestíbulo-. Y saque la cama de la habitación que hay al fondo del pasillo.
Ingram sabía que los reparos de Celia no se debían al temor a que la tomaran por una inválida, sino al poco interés que tenía en que el policía subiera al piso de arriba. Cuando lo vio, Ingram se dio cuenta de los apuros que tenían las Jenner. Las puertas de todas las habitaciones, ocho en total, estaban abiertas y no había ni un solo mueble en ninguna, excepto en la de Celia. Olía a polvo y a humedad, y a Ingram no le sorprendió que la salud de Celia hubiera empezado a deteriorarse. Recordó las quejas de Jane Fielding, que había tenido que vender la herencia de la familia para cuidar a sus suegros, pero comparada con la de las Jenner su situación era privilegiada.
La habitación del fondo del pasillo era la de Celia. Ingram tardó menos de diez minutos en desmontar la cama y volver a montarla en el salón, colocándola cerca de las ventanas con vistas al jardín. La vista no era muy inspiradora, pues el jardín estaba muy descuidado, pero al menos el salón conservaba parte de su antiguo esplendor, con todos los cuadros y los muebles intactos. Ingram pensó que muy pocos amigos de Celia debían de saber que el recibidor y el salón representaban todo lo que quedaba de su fortuna. ¿Qué clase de locura era la que hacía vivir así a la gente? ¿El orgullo? ¿El temor a que los demás se enteraran de sus fracasos? ¿La vergüenza?
Ingram volvió a la cocina.
–¿Cómo piensa hacerlo? – le preguntó a Celia-. ¿De la manera fácil o de la difícil?
Ella intentaba contener las lágrimas.
–Es usted la criatura más provocadora que conozco -dijo-. Está empeñado en acabar con mi dignidad, ¿verdad?
Ingram colocó un brazo bajo las rodillas de Celia y el otro detrás de su espalda, y la levantó con cuidado.
–¿Por qué no? – murmuró-. Quizá sea la única ocasión de desquitarme.
–No quiero hablar con usted -dijo William Sumner con enojo, plantado en la puerta principal impidiéndole el paso al inspector Galbraith. Tenía las mejillas encendidas y mientras hablaba se tiraba de los dedos haciendo crujir las articulaciones-. Estoy harto de que la policía se pasee por mi casa, y de responder preguntas. ¿Por qué no me dejan en paz?