Donde mueren las olas
Capítulo 47
–Según el cuaderno, amarró en el puerto deportivo de Salterns el domingo a las 2:17 de la madrugada -observó Carpenter.
–Si ahí lo dice, debe de ser cierto.
–También dice que salió de Lymington el sábado por la mañana a las 10:09. – El policía hizo unos cálculos mentales-. Eso quiere decir que tardó catorce horas en recorrer unas treinta millas. Debe de ser un récord, ¿no?
Aproximadamente dos nudos por hora. ¿Es eso todo lo que da de sí este barco?
–Depende del viento y la marea. En días buenos alcanza los seis nudos, pero el promedio es de cuatro. En realidad el sábado debí de recorrer unas sesenta millas, porque estuve dando bordadas continuamente. – Bostezó para luego proseguir-: Como les he dicho, a veces puedes tardar varias horas en recorrer unas millas, y el sábado fue un mal día.
–¿Por qué no utilizó el motor?
–No quise hacerlo. No tenía prisa. – Adoptó una expresión de desconfianza-. ¿Qué tiene esto que ver con esa mujer que apareció en la playa?
–Nada, seguramente -contestó Carpenter con naturalidad-. Sólo estamos atando algunos cabos sueltos antes de redactar el informe. – Hizo una pausa y, tras mirar al joven concienzudamente, añadió-: Mire, antes yo también navegaba, y si quiere que le diga la verdad, no me creo que tardara catorce horas en llegar a Poole. De entrada, a última hora de la tarde, los vientos de tierra le habrían hecho aumentar la velocidad por encima de los dos nudos.
Creo que debió de llegar hasta más allá de la isla Purbeck, quizá con la intención de ir a Weymouth, y que al darse cuenta de lo tarde que se estaba haciendo, cambió de rumbo y se dirigió a Poole. ¿Estoy en lo cierto?
–No. Estuve unas horas al pairo frente a Christchurch, para pescar y echar un sueñecito. Por eso tardé tanto.
Carpenter no le creyó.
–Hace un momento la explicación estaba en las bordadas. Ahora resulta que paró a pescar. ¿En qué quedamos?
–Las dos cosas son ciertas.
–Y ¿cómo es que no las menciona en el cuaderno de bitácora?
–No me pareció importante.
Carpenter asintió y dijo:
–Tiene usted un concepto del tiempo un poco… -buscó una palabra adecuada- individualista, señor Harding. Por ejemplo, ayer le dijo al agente de policía que quería ir caminando hasta Lulworth Cove, pero Lulworth está a más de cuarenta kilómetros del puerto deportivo de Salterns, ochenta kilómetros en total si pensaba regresar a pie. Es una distancia muy ambiciosa para una excursión de doce horas, ¿no le parece? Sobre todo teniendo en cuenta que le dijo al capitán de puerto de Salterns que regresaría a última hora de la tarde.
A Harding se le iluminó la cara, como si aquello le hiciera mucha gracia, y dijo:
–Desde el mar la distancia parece mucho menor.
–¿Llegó a Lulworth?
–¡Qué va! – exclamó Harding, jovial-. Cuando llegué a Chapman's Pool estaba completamente reventado.
–Eso podría deberse a que viaja usted ligero de equipaje.
–¿A qué se refiere?
–Llevaba un teléfono móvil, señor Harding, pero nada más. Es decir, que salió dispuesto a recorrer ochenta kilómetros a pie uno de los días más calurosos del año sin agua, sin dinero, sin crema de protección solar, sin ropa de recambio y sin sombrero. ¿Siempre es así de descuidado con su salud?
Harding torció el gesto y dijo:
–De acuerdo, fue una estupidez. Lo reconozco. Por eso di media vuelta cuando su colega se llevó a los chicos. Por si le interesa, sepa que el viaje de regreso me llevó el doble de horas que el de ida, porque estaba agotado.
–Unas cuatro horas, ¿no? – calculó Galbraith.
–Seis, creo. Me puse en marcha cuando ellos se fueron, sobre las 12:30, y llegué al puerto hacia las 18:15. Me bebí cinco litros de agua, comí un poco y salí hacia Lymington media hora más tarde.
–¿Quiere decir que tardó tres horas en llegar a Chapman's Pool? –
preguntó Galbraith.
–Más o menos.
–Entonces debió de salir del puerto poco después de las 7:30, porque si no, no habría podido llamar a la policía a las 10:43.
–Si usted lo dice…
–No, yo no digo nada. Según la información que tenemos, usted pagó su atracadero a las ocho en punto, lo cual quiere decir que no pudo salir del puerto hasta pasados unos minutos.
Harding se cogió las manos detrás de la cabeza y miró al detective.
–De acuerdo, me marché a las ocho -dijo-. ¿Qué problema hay?
–El problema es que es imposible que usted recorriera a pie veinticinco kilómetros por un escarpado sendero en dos horas y media. – Hizo una pausa mientras le sostenía la mirada a Harding-. Y eso incluye el tiempo que debió de perder esperando el ferry.
Harding respondió sin vacilar:
–No tomé el sendero de la costa, al menos al principio. Una pareja a la que conocí en el ferry y que se dirigía al parque que hay cerca de Durlston Head me llevó en su coche. Me dejaron junto a las verjas que hay en el camino del faro, y allí fue donde tomé el sendero.
–¿A qué hora fue eso?
Harding miró el techo y contestó:
–A las 10:43 menos el tiempo que se tarde en ir desde Durlston Head hasta Chapman's Pool, supongo. Mire, ayer consulté mi reloj por primera vez justo antes de hacer esa llamada al 999. Hasta entonces no me había importado un carajo la hora que era. – Volvió a mirar a Galbraith, y había irritación en su mirada-. No soporto vivir pendiente del reloj. Obligar a la gente a ajustarse a evaluaciones arbitrarias de lo que debería durar algo es una forma de terrorismo social. Por eso me gusta navegar. El tiempo es irrelevante, y tú no puedes hacer nada para remediarlo.
–¿Qué coche llevaba esa pareja? – preguntó Carpenter, sin dejarse impresionar por las divagaciones filosóficas del joven.
–No lo sé. Un turismo. No me fijo mucho en los coches.
–¿De qué color era?
–Creo que azul.
–¿Cómo era la pareja?
–No hablamos mucho. Tenían puesta una cinta de Manic Street Preachers. La estuvimos escuchando.
–¿Podría describirlos, señor Harding?
–Pues no, la verdad. Eran normales. Me pasé casi todo el trayecto mirándoles el cogote. Ella era rubia, y él moreno. – Cogió la botella de whisky; empezaba a agotársele la paciencia-. Pero veamos, ¿a qué vienen
tantas preguntas? ¿Qué coño importa lo que tardé entre ir de A a B, ni a quién me encontré por el camino? ¿Aplican el tercer grado a todos los ciudadanos que llaman al 999?
–Sólo estamos atando cabos, señor Harding.
–Eso ya lo ha dicho antes.
–¿Está seguro de que no se dirigía a Chapman's Pool, en lugar de a Lulworth Cove?
–Sí.
Hubo un silencio. Carpenter miró a Harding mientras éste seguía jugueteando con la botella de whisky.
–¿Había algún pasajero en su barco el sábado? – preguntó el policía.
–No.
–¿Está seguro?
–Por supuesto. ¿No le parece que lo habría visto? Mi barco no es el Queen Elizabeth.
Carpenter hojeó el cuaderno de bitácora y preguntó:
–¿Lleva alguna vez pasajeros?
–Eso no es asunto suyo.
–Puede que no, pero nos han dicho que le gustan a usted las faldas. –
Levantó una ceja y añadió-: Dicen que suele llevar mujeres a su barco. Lo que no sé es si alguna vez las lleva a navegar, o si toda la acción tiene lugar en la cabina mientras el barco está amarrado a la boya.
Harding se tomó su tiempo para responder.
–A algunas las llevo a navegar -admitió.
–¿Ocurre eso muy a menudo?
–Una vez al mes, más o menos -contestó el actor después de otra pausa.
Carpenter dejó el cuaderno de bitácora en la mesa y tamborileó con los dedos encima de él.
–Entonces ¿por qué no las menciona aquí? Es su obligación registrar los nombres de todas las personas que suben a bordo, por si ocurre un accidente, ¿no? ¿O es que no le importa que alguien pudiera ahogarse porque los guardacostas sólo lo buscarían a usted?
–Eso es ridículo -dijo Harding con desdén-. Para que ocurriera algo así el barco tendría que zozobrar, y en ese caso el cuaderno de bitácora se perdería.
–¿Alguna vez se ha caído por la borda alguna de sus pasajeras?
Harding sacudió la cabeza, pero no dijo nada. Miró con desconfianza a los policías, analizando su humor como una serpiente que saca la lengua para analizar un olor detectado en el aire. Todos sus movimientos estaban perfectamente calculados, y Galbraith lo observó con sangre fría, sin olvidar que se hallaba ante un actor. Tenía la impresión de que Harding se estaba divirtiendo con aquella conversación, pero no se le ocurría por qué, a menos que Harding no supiera que la investigación estaba relacionada con un caso de violación y asesinato y estuviera aprovechando aquella experiencia de un interrogatorio para practicar técnicas de interpretación.
–¿Conoce a una mujer llamada Kate Sumner? – preguntó Carpenter.
Harding apartó la botella y se inclinó hacia delante con agresividad.
–¿Y a usted qué le importa?
–Eso no es una respuesta. Permítame que le repita la pregunta. ¿Conoce usted a una mujer llamada Kate Sumner?
–Sí.
–¿La conoce bien?
–Bastante bien.
–¿Qué quiere decir «bastante»?
–Eso no es asunto suyo.
–Se equivoca. Le aseguro que sí es asunto mío. El cadáver que sacaron de la playa en helicóptero era el suyo.
La reacción de Harding lo sorprendió.
–Me lo imaginaba -dijo.
Al otro lado de la extensión de agua, las luces de Swanage destellaban como brillantes joyas en la oscuridad. Detrás, el sol poniente desaparecía en el horizonte. Danny Spender bostezaba continuamente, agotado tras la dura jornada y las tres horas de exposición al fresco aire del mar. Iba apoyado sobre Ingram, mientras su hermano mayor dirigía, orgulloso, el timón de la Miss Creant.
–Era un marrano -dijo de pronto.
–¿Quién?
–Ese hombre de ayer.
–¿Por qué? – preguntó Ingram, disimulando su curiosidad.
–Mientras rescataban a la mujer, no paraba de frotarse el pito con el teléfono -contestó Danny.
Ingram miró a Paul para ver si les estaba escuchando, pero el mayor de los chicos estaba embelesado con el timón y no les prestaba atención.
–¿Le vio hacerlo la señora Jenner? – preguntó el policía.
Danny cerró los ojos y dijo:
–No. Dejó de hacerlo en cuanto apareció ella. Paul dice que estaba limpiando el teléfono, ya sabe, como hacen los jugadores de bolos con la bola para que corra más. Pero no es verdad. Estaba haciendo marranadas.
–¿Por qué crees que a Paul le cae tan simpático?
El chico volvió a bostezar.
–Porque no se enfadó con él por haber estado espiando a una nudista.
Papá se habría enfadado mucho. Se puso furioso una vez, cuando Paul se agenció unas revistas pornográficas. Yo las encontré muy aburridas, pero a Paul le parecían interesantes.
–Disculpen -dijo el comisario Carpenter al oír su teléfono. Lo sacó y abrió el micrófono-. Sí, Campbell. De acuerdo… Adelante.
Mientras hablaba mantenía la vista clavada en un punto situado por encima de la cabeza de Harding, y su pronunciado ceño parecía aún más profundo por efecto de las sombras proyectadas por la lámpara de gas. El sargento Campbell le estaba explicando su entrevista con Tony Bridges.
Pegó el auricular a su oreja cuando el sargento mencionó el nombre «Bibi», y bajó un poco la vista para mirar a Harding.
Mientras tanto, Galbraith observaba a Steven Harding. El hombre se esforzaba por enterarse de lo que estaba diciendo el interlocutor del comisario, consciente de que seguramente el tema de conversación era él.
Mantuvo la vista clavada en la mesa durante la mayor parte del tiempo, pero en una o dos ocasiones levantó los ojos y miró a Galbraith, y éste se sintió extrañamente identificado con él, como si él y Harding, por el hecho de no participar en aquella conversación, se hubieran alineado contra Carpenter. Galbraith no percibía a Harding como culpable, no intuía que estaba sentado con un violador; sin embargo, sabía por experiencia que aquello no significaba nada. Los sociópatas podían ser tan encantadores e inofensivos como el resto de los mortales, y el que no lo viera así siempre era una víctima en potencia.
Galbraith reanudó su inspección del interior del barco, identificando las formas en la oscuridad. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, y ahora distinguía más cosas que unos minutos atrás. Con excepción de la mesa de navegación, donde se amontonaban los papeles, todo lo demás estaba guardado en armarios o estantes, y no había nada que indicara la presencia de una mujer. Era un espacio masculino de tablones de madera, asientos de piel negra y accesorios dorados, sin colores que adornaran aquella austera sencillez. Monacal, pensó con aprobación. Su casa, una casa ruidosa y llena de juguetes decorada por su esposa, que trabajaba en el National Childbirth Trust, estaba demasiado abarrotada y pensada para los niños.
La cocina, situada a un lado de la escalera, fue lo que más le interesó.
Estaba construida en un hueco junto a los escalones, y contenía un pequeño fregadero y un hornillo de gas empotrado en una encimera de teca, con armarios debajo y estantes encima. Le habían llamado la atención unos cuantos artículos escondidos en un rincón, y que había logrado identificar como un trozo de queso envuelto en un envase de plástico con la etiqueta de Tesco's, y una bolsa de manzanas. Notó cómo Harding lo miraba, y se preguntó si el joven sabría que un forense podía decir lo que había comido una víctima antes de morir.
Carpenter apagó el teléfono y lo dejó sobre el cuaderno de bitácora.
–Ha dicho que se imaginaba que el cadáver era el de Kate Sumner -le recordó a Harding.
–Así es.
–¿Podría explicarse mejor? ¿Cuándo y por qué lo imaginó?
–No he querido decir que me imaginara que fuera ella, sino que tenía que ser alguien a quien yo conociera, porque de lo contrario, no habrían venido a verme a mi barco. – Se encogió de hombros y agregó-: Si someten a este seguimiento a todas las personas que llaman a la policía, no me extraña que el país esté atestado de delincuentes en libertad.
Carpenter chascó la lengua, aunque el ceño no desapareció de su rostro.
Sin dejar de mirar fijamente al joven, dijo:
–No se crea nunca lo que lea en los periódicos, Steven. Se lo aseguro: siempre acabamos atrapando a los malos. – Observó al actor y agregó-: Hábleme de Kate Sumner. ¿Se conocían mucho?
–Qué va. Muy poco -contestó Harding con displicencia-. Desde que se instaló en Lymington con su marido la habré visto cuatro o cinco veces. La vi un día en la calle; no podía hacer pasar la sillita de su hija por el tramo de adoquines que hay cerca de la antigua aduana. Le eché una mano, charlamos un poco y luego ella subió por High Street. Después de eso, cada vez que me veía se paraba para preguntarme cómo estaba.
–¿Le caía simpática?
Harding desvió la mirada hacia el teléfono mientras reflexionaba sobre aquella pregunta.
–No estaba mal. Nada del otro mundo.
–¿Qué me dice de William Sumner? – preguntó Gal-braith-. ¿Le cae simpático?
–Apenas lo conozco. Parece buena gente.
–Según él, se ven ustedes con cierta frecuencia. Dice que hasta lo ha invitado a su casa.
El joven se encogió de hombros.
–¿Y qué? Hay mucha gente que me invita a su casa. Eso no significa que seamos amigos íntimos. La gente de Lymington es muy sociable.
–El señor Sumner me dijo que le había enseñado usted unas fotografías suyas aparecidas en una revista gay. Yo diría que para hacer eso hay que tener un grado considerable de amistad.
–No veo por qué -repuso Harding con una sonrisa-. Esas fotos no están nada mal. Hay que reconocer que a él no le entusiasmaron, pero ése es su problema. Ese Will Sumner es un tipo muy formal. Él no enseñaría la polla por nada del mundo, aunque se estuviera muriendo de hambre, y mucho menos en una revista gay.
–Tenía entendido que apenas se conocían.
–No necesito conocerlo mucho; basta con verlo. Seguro que cuando tenía dieciocho años ya aparentaba la edad que tiene ahora.
Galbraith estaba de acuerdo con él, y eso hacía que le costara aún más entender por qué Kate había elegido a Sumner como marido.
–De todos modos, no es muy corriente eso de ir enseñando fotografías pornográficas a los conocidos. ¿Acostumbra usted hacerlo? ¿Las ha enseñado en el club náutico, por ejemplo?
–No.
–¿Por qué no?
Harding no contestó.
–A lo mejor sólo se las enseña a los maridos de sus amigas -apuntó Galbraith arqueando una ceja-. Es un buen sistema para convencer a un hombre de que no va detrás de su esposa. Si el marido se piensa que eres homosexual, creerá que está a salvo, ¿no? ¿Fue por eso que se las enseñó?
–Ahora no me acuerdo. Supongo que yo estaba harto y que él me estaba poniendo nervioso.
–¿Se acostaba usted con su esposa, Steven?
–No diga estupideces -repuso Harding con enojo-. Ya le he dicho que apenas la conocía.
–Entonces, lo que nos han dicho de que ella no lo dejaba en paz y que usted estaba harto no es cierto, ¿no? – dijo Carpenter.
Harding no contestó.
–¿Subió Kate alguna vez a este barco?
–No.
–¿Está seguro?
Por primera vez, los agentes detectaron nerviosismo en Harding. El actor volvió a encorvarse sobre la mesa y se pasó la lengua por los resecos labios.
–Mire, no sé de qué va todo esto. Vale, una tía se ahoga y resulta que yo la conocía, no demasiado bien, pero sí, la conocía. Reconozco que es una extraña coincidencia que yo estuviera allí cuando la encontraron, pero mire, yo siempre me encuentro a gente que conozco. Suele pasarnos a los que navegamos: siempre te encuentras a gente con la que tomaste una copa quizá dos años atrás.
–Sí, pero ahí reside precisamente el problema -dijo Galbraith con tono razonable-. Según tenemos entendido, Kate Sumner no navegaba. Usted mismo ha dicho que Kate nunca había estado a bordo del Crazy Daze.
–Eso no quiere decir que no aceptara una invitación. Ayer había un Beneteau francés, el Mirage anclado en Chapman's Pool. Lo vi con los prismáticos de los chicos. La semana pasada estaba amarrado en Berthon; lo sé porque una chica que viaja en ese barco me preguntó el código de los lavabos. Esos franceses también podían conocer a Kate. Berthon está en Lymington, ¿no? Kate vive en Lymington. A lo mejor la llevaron a dar un paseo.
–Es una posibilidad -concedió Carpenter. Vio cómo Galbraith anotaba algo-. ¿Recuerda cómo se llamaba la chica, por casualidad?
Harding negó con la cabeza.
–¿Conoce usted a alguien más que pudiera llevar a Kate a navegar el sábado?
–No. Como ya le he dicho, nos conocíamos poco. Pero seguro que ella tenía amigos que podían invitarla a ir en barco. Por aquí todo el mundo conoce a alguien que tiene un barco.
Galbraith señaló la cocina y preguntó:
–¿Fue usted de compras el sábado por la mañana antes de salir hacia Poole?
–¿Y eso qué importa? – repuso Harding con agresividad.
–Simple curiosidad. ¿Compró el queso y las manzanas que tiene en la cocina el sábado por la mañana?
–Sí.
–¿Se encontró a Kate Sumner en el pueblo?
Harding vaciló antes de responder:
–Sí. Estaba delante de Tesco's con su hija.
–¿Qué hora era?
–Las nueve y media, más o menos. – Volvió a coger la botella de whisky y la tumbó; colocó el dedo índice sobre el cuello de la botella y la hizo rodar lentamente-. No me entretuve mucho porque quería marcharme pronto, y ella estaba buscando unas sandalias para su hija. Nos saludamos y cada uno se fue por su lado.
–¿La invitó a dar un paseo en su barco? – preguntó Carpenter.
–No. – Harding dejó de interesarse por la botella y la dejó con el cuello apuntando hacia el pecho del comisario, como si fuera el cañón de un rifle-.
Miren, no sé qué creen que he hecho – dijo, cada vez más enojado-, pero estoy seguro de que no tienen derecho a interrogarme de esta forma. ¿No deberían grabar esta conversación?
–No grabamos las conversaciones con las personas que sólo nos ayudan con nuestras investigaciones, señor Harding -explicó Carpenter gentilmente-. Por norma, sólo grabamos las conversaciones tras informar a una persona de que es sospechosa de algún delito. Esas entrevistas sólo pueden llevarse a cabo en una comisaría, donde los agentes cuentan con material adecuado para introducir una cinta virgen en una grabadora delante
del sospechoso. – Sonrió sin hostilidad y añadió-: De todos modos, si usted así lo prefiere, puede venir con nosotros a Winfrith, donde lo interrogaremos como testigo voluntario y podremos grabar la conversación.
–De eso nada. Yo no me muevo del barco. – Harding extendió los brazos a lo largo del respaldo del sofá y se sujetó al borde de teca como si con eso quisiera enfatizar sus palabras. Al hacerlo, rozó con la mano derecha un trozo de tela que estaba atrapado entre el borde del sofá y el estante que había detrás, y Harding lo miró un momento antes de cogerlo y ocultarlo en el puño.
Hubo un breve silencio.
–¿Tiene usted una novia en Lymington? – preguntó Carpenter.
–Es posible.
–¿Puedo preguntarle cómo se llama?
–No.
–Su agente nos dio un nombre. Dijo que se llamaba Bibi, o Didi.
–Eso es asunto suyo.
A Galbraith le interesaba más lo que Harding tenía escondido en el puño, porque había visto qué era.
–¿Tiene usted hijos? – le preguntó.
–No.
–¿Y su novia?
Harding no contestó.
–Eso que tiene en la mano es un babero -señaló el comisario-, lo cual me hace suponer que alguien que ha estado en este barco tiene hijos.
Harding abrió el puño y dejó caer el babero en el sofá.
–Lleva años aquí. No soy muy ordenado.
Carpenter dio una palmada en la mesa, y el teléfono y la botella de whisky se tambalearon.
–Me está poniendo nervioso, señor Harding -dijo con severidad-. Esto no es ninguna obra de teatro, sino una investigación sobre la muerte de una mujer. Ha admitido que conocía a Kate Sumner y que la vio la mañana del día en que ella se ahogó, pero si no sabe cómo pudo aparecer en una playa de Dorset cuando se suponía que ella y su hija estaban en Lymington, le aconsejo que conteste nuestras preguntas con la mayor franqueza y sinceridad. Déjeme plantearle de nuevo la pregunta. – Entrecerró los ojos y
dijo-: ¿Ha estado últimamente en este barco con una amiga suya que tiene hijos?
–Quizá -dijo Harding.
–Eso no es ninguna respuesta. O sí o no.
Harding volvió a inclinarse sobre la mesa.
–Tengo varias amigas con hijos -dijo de mala gana-, y muchas han estado en mi barco.
Estoy intentando recordar quién ha sido la última.
–Me gustaría que me diera los nombres de todas ellas -dijo Carpenter con gravedad.
–Pues no pienso dárselos -repuso Harding con repentina decisión-, y tampoco pienso contestar más preguntas, al menos sin la presencia de un abogado y sin que se esté grabando la conversación. No sé qué demonios se supone que he hecho, pero se equivoca si cree que conseguirá incriminarme por ello.
–Estamos intentando averiguar cómo se ahogó Kate Sumner en Egmont Bight.
Carpenter enderezó la botella de whisky y colocó un dedo sobre la boca.
–¿Por qué se emborrachó anoche, señor Harding?
El joven miró al comisario, pero no dijo nada.
–Miente usted descaradamente, amigo. Ayer dijo que se había criado en una granja de Cornualles, cuando lo cierto es que creció encima de una tienda de pescado frito de Lymington. A su agente le dijo que su novia se llamaba Bibi, cuando lo cierto es que Bibi es la chica con la que su amigo sale desde hace cuatro meses. Le dijo a William Sumner que era homosexual, cuando por aquí todos los que lo conocen lo tienen por un Casanova. ¿Qué le pasa? ¿Tan aburrida es su vida que tiene que animarla con mentiras?
Un débil rubor tiñó las mejillas de Harding.
–¡Desgraciado! – susurró con furia.
Carpenter juntó las yemas de los dedos y lo miró fijamente.
–¿Tiene algún inconveniente en que echemos un vistazo por el barco, señor Harding?
–Si tienen una orden de registro, no.
–No la tenemos.
Harding los miró con expresión triunfante.
–Entonces ni lo sueñen.
El comisario lo miró un momento y dijo:
–Kate Sumner fue brutalmente violada antes de ser arrojada al mar, y todos los indicios apuntan a que la violación tuvo lugar a bordo de un barco.
Ahora, déjeme que le explique las normas sobre registros, señor Harding.
Cuando no cuenta con el consentimiento del propietario del local, la policía tiene varias opciones, una de las cuales (suponiendo que tenga suficientes motivos para sospechar que el propietario es culpable de un delito) consiste en detenerlo y a continuación registrar sus locales para impedir que se deshaga de posibles pruebas. ¿Es usted consciente de lo que eso significa, teniendo en cuenta que la violación y el asesinato son delitos graves?
Harding se había quedado lívido.
–Contésteme, por favor -exigió Carpenter-. ¿Es usted consciente de lo que eso significa?
–Si me niego me detendrán.
Carpenter asintió con la cabeza.
–No puedo creer que se estén comportando así. No pueden ir por ahí acusando a la gente de violación para registrar su barco impunemente. Eso es abuso de poder.
–Se olvida usted de los indicios. – El agente enumeró los puntos con los dedos de las manos -: Uno: ha admitido usted que el sábado a las 9:30 se encontró a Kate Sumner poco antes de zarpar; dos: no ha podido ofrecer una explicación razonable de por qué tardó catorce horas en ir de Lymington a Poole; tres: ha dado explicaciones contradictorias de por qué estaba en el sendero de la costa, cerca de donde fue hallado el cadáver de Kate Sumner; cuatro: su barco estaba amarrado a la hora y en las proximidades de donde encontraron a la hija de Kate Sumner deambulando sola y traumatizada; cinco: parece usted poco dispuesto o incapaz de responder satisfactoriamente a sencillas preguntas… -Se interrumpió y preguntó-: ¿Quiere que continúe?
Harding había acabado por perder la compostura, y ahora parecía muy asustado.
–Todo eso no son más que coincidencias -protestó.
–¿Incluido el hecho de que encontraran a Hannah cerca del puerto deportivo de Salterns?
–Supongo… -Harding se detuvo bruscamente, con expresión de alarma-. No sé de qué están hablando -dijo elevando la voz-. ¡Mierda!
Necesito pensar.
–¿Necesita pensar? Pues piense que si cuando registremos este barco descubrimos una sola huella dactilar que corresponda a Kate Sumner…
–Está bien, está bien -le interrumpió Harding respirando ruidosamente por la nariz y haciendo ademanes tranquilizadores, como si fueran los detectives, y no él, los que necesitaran calmarse-. Kate y su hija estuvieron en este barco, pero no fue el sábado.
–¿Cuándo fue?
–No me acuerdo.
–Eso no me sirve, Steven. ¿Hace poco? ¿Hace mucho? ¿En qué circunstancias? ¿Las trajo usted hasta aquí en su bote? ¿Era Kate una de sus conquistas? ¿Se acostó con ella?
–¡No, maldita sea! – contestó Harding, furioso-. Esa mujer era insoportable. No me dejaba vivir, estaba empeñada en que me la follara, y quería que fuera simpático con su hija. Se pasaba el día rondando por el pontón del combustible, por si yo iba a repostar. Me ponía histérico, se lo aseguro.
–A ver si lo he entendido bien -murmuró Carpenter con sarcasmo-. Para que ella dejara de perseguirlo, la invitó a su barco, ¿no?
–Pensé que si era amable con ella… ¡Bah! Adelante, pueden registrar el maldito barco. No van a encontrar nada.
Carpenter le hizo una señal a Galbraith con la cabeza.
–Puedes empezar por la cabina. ¿Tiene otra lámpara, Steven?
Harding negó con la cabeza.
Galbraith descolgó una linterna del mamparo de popa y la encendió.
–Esto servirá -dijo.
Abrió la puerta de la cabina e iluminó con la linterna; casi inmediatamente se fijó en un montoncito de ropa que había en el estante de babor. Con la punta del bolígrafo apartó una blusa fina, unos sujetadores y unas bragas, y debajo de esas prendas encontró unos zapatitos de niño. Los iluminó y se apartó para que Carpenter y Harding pudieran verlos.
–¿De quién son estos zapatos, señor Harding?
Harding no contestó.
–¿De quién es esta ropa de mujer?
Harding seguía callado; el agente dijo:
–Si puede explicar qué hacen estas prendas en su barco, Steven, le aconsejo que lo haga ahora.
–Son de mi novia -respondió el joven con un nudo en la garganta-.
Tiene un hijo. Los zapatos son del niño.
–¿Quién es ella, Steven?
–No puedo decírselo. Está casada, y no tiene nada que ver con todo esto.
Galbraith salió de la cabina con uno de los zapatos colgado de la punta del bolígrafo.
–Hay un nombre escrito en la tira, jefe. H. Sumner. Y aquí hay unas manchas en el suelo.
–Iluminó unas manchas oscuras junto a la litera-. Parecen recientes.
–¿Quiere decirme de qué son esas manchas, Steven?
Con un ágil movimiento, el joven cogió la botella de whisky con ambas manos, blandiéndola violentamente y obligando a Galbraith a refugiarse en la cabina.
–¡Basta! – gritó al tiempo que se desplazaba hacia la mesa de trabajo-.
No se van a salir con la suya. Y ahora, apártense antes de que haga algo de lo que tenga que arrepentirme. ¡Déjenme en paz! ¡Necesito pensar!
A Harding le sorprendió la facilidad con que Galbraith le arrebató la botella y lo hizo girar, colocándolo de cara al tabique recubierto de teca mientras le esposaba las muñecas a la espalda.
–Tendrá todo el tiempo que quiera para pensar en la celda -dijo el comisario fríamente, y tumbó al joven boca abajo en el sofá-. Queda detenido como sospechoso de asesinato. No tiene que decir nada ahora, pero si explica algo ante el tribunal que no mencionó en el interrogatorio, podría perjudicar su defensa. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra.
De no ser porque William Sumner tenía la llave de la puerta, Sandy Griffiths habría dudado de que viviera en Langton Cottage, porque daba la impresión de que apenas conocía la casa. De hecho, el agente que la acompañaba estaba mejor informado que el propio Sumner, pues había visto cómo los policías encargados de registrar la casa examinaban minuciosamente las habitaciones. Sumner miraba a Griffiths con expresión de perplejidad cada vez que ella le formulaba una pregunta. ¿En qué
armario estaba el té? Sumner no lo sabía. ¿Dónde guardaba Kate los pañales de Hannah? No lo sabía. ¿Qué toalla era la de la niña? No lo sabía. ¿Podía al menos acompañarla a la habitación de Hannah para que la acostara?
Steven miró hacia la escalera.
–Está arriba -dijo-. No tiene pérdida.
Sumner parecía fascinado por la invasión de su casa por parte del equipo de investigadores.
–¿Qué buscaban?-preguntó.
–Cualquier cosa relacionada con la desaparición de Kate -contestó Griffiths.
–¿Significa eso que creen que lo hice yo?
Griffiths se colocó a Hannah sobre la cadera y le apoyó la cabeza en el hombro.
–Es lo que se hace normalmente, William, pero no creo que debamos hablar de eso ahora. Le sugiero que se lo pregunte mañana al inspector Galbraith.
Pero Sumner no hizo caso a la agente. Se quedó mirando una fotografía de su esposa que había en la repisa de la chimenea y dijo:
–Yo no podría haberlo hecho. Estaba en Liverpool.
A requerimiento de la policía de Dorsetshire, la policía de Liverpool ya había iniciado las investigaciones preliminares en el hotel Regal. Era demasiado pronto para sacar conclusiones, por supuesto, pero la cuenta que Sumner había pagado aquella mañana tenía una lectura interesante. Pese a haber utilizado mucho el teléfono, la cafetería, el restaurante y el bar los dos primeros días, había un período de veinticuatro horas, entre la hora del almuerzo del sábado y una consumición en el bar el domingo a mediodía, durante el cual Sumner no había utilizado ningún servicio del hotel.
A la mañana siguiente, durante los veinte minutos que estuvo esperando en el salón de Langton Cottage para hablar con William Sumner, John Galbraith se enteró de dos cosas sobre la difunta Kate. La primera, que era una mujer vanidosa. Todas las fotografías que había a la vista eran suyas, o de ella y Hannah, y el policía buscó sin éxito alguna imagen de William, o de una anciana que pudiera ser la madre de William. Como no las encontró,
se puso a contar las fotografías que había -trece-; en todas ellas aparecía el mismo rostro sonriente enmarcado por la melena de rizos dorados. ¿Se trataba de un caso de narcisismo extremo, o de un profundo complejo de inferioridad que necesitaba un constante recordatorio de que ser fotogénico era una virtud como cualquier otra?
La segunda cosa que averiguó fue que él no habría podido vivir con aquella mujer. Al parecer, a Kate Sumner le encantaba ponerle volantes a todo: a las cortinas de encaje, al bastidor de la barra, a las butacas… Hasta las pantallas de las lámparas tenían borlas. No había nada en la casa, ni siquiera las paredes, que hubiera escapado a su afición por los adornos.
Langton Cottage era una casa construida en el siglo XIX, con techos con vigas y chimeneas de ladrillo, y en lugar de las paredes blancas que habrían hecho destacar esos elementos, Kate había cubierto las paredes del salón -
seguramente con un gasto considerable- de papel pintado imitando el estilo Regency, adornado con franjas doradas, lazos blancos y cestas de fruta de llamativos colores. Galbraith se estremeció ante aquella profanación de lo que podría haber sido un hermoso salón, e inconscientemente lo comparó con la sencilla decoración del balandro de Steven Harding, que ahora el equipo de la policía científica estaba revisando con microscopio mientras Harding, ejerciendo su derecho a guardar silencio, esperaba en una celda de la comisaría.
Rope Walk era una tranquila avenida bordeada de árboles situada al oeste del club náutico Royal Lymington y del Municipal, y saltaba a la vista que Langton Cottage no era una casa barata. El martes a las ocho de la mañana, cuando llamó a la puerta tras haber dormido sólo dos horas, Galbraith se preguntó a cuánto habría ascendido la hipoteca y cuánto ganaría William con su empleo de director científico de un laboratorio farmacéutico. No entendía por qué se habían marchado de Chichester, sobre todo teniendo en cuenta que ni Kate ni William tenían ningún lazo con Lymington.
La agente Griffiths le abrió la puerta e hizo una mueca cuando Galbraith le dijo que quería hablar con Sumner.
–No creo que esté en condiciones de mantener una conversación -
susurró la agente-, Hannah ha pasado la noche llorando, y su padre no ha dormido mucho más que yo.
–Vaya, así que no soy el único.
–Tú tampoco has dormido mucho, ¿eh?
Galbraith sonrió y preguntó:
–¿Cómo está Sumner?
–No muy bien. No para de llorar y de decir que no hay derecho. – Bajó un poco la voz y añadió-: Estoy preocupada por Hannah. Es evidente que le tiene miedo a su padre. Se pone a berrear en cuanto él entra en la habitación, y se calma al verlo salir. Al final, anoche le dije que fuera a acostarse, para ver si así yo conseguía hacer dormir a la niña.
Galbraith parecía interesado.
–¿Cómo reacciona Sumner?
–Eso es lo más extraño: no reacciona. Lo ignora, como si estuviera acostumbrado a las pataletas de su hija.
–¿Te ha explicado por qué se comporta así?
–Lo único que dijo es que como pasa muy pocas horas en casa nunca ha tenido ocasión de establecer un vínculo afectivo firme con la niña.
Seguramente es verdad. Me da la impresión de que Kate la tenía envuelta en algodones. En esta casa hay tantos artilugios de seguridad que no entiendo cómo Hannah habría podido aprender algo. Todas las puertas tienen pestillos de seguridad, hasta el armario de su propio dormitorio; eso quiere decir que la niña no puede explorar, no puede elegir la ropa que va a ponerse ni hacer un desastre de vez en cuando. Tiene casi tres años, pero todavía duerme en una cuna. Es muy raro. Su cuarto parece una celda. Todo este despliegue no es normal, y la verdad, no me sorprende que Hannah sea una niña retraída.
–Supongo que habrás pensado que a lo mejor la niña le tiene miedo porque vio cómo él mataba a su madre -murmuró Galbraith.
Sandy Griffiths hizo un ademán de duda y repuso:
–Yo no lo tengo tan claro. Sumner ha hecho una lista de colegas que pueden atestiguar que estaba en Liverpool el sábado por la noche, y si esa coartada se confirma, es imposible que a la una de la madrugada estuviera en Dorset arrojando a su esposa por la borda.
–No. Pero aun así… -Apretó los labios, pensativo-. ¿Sabes que la policía científica no ha encontrado ni un solo medicamento en esta casa? Ni siquiera paracetamol. Es un poco extraño, teniendo en cuenta que William es investigador farmacéutico.
–A lo mejor es por eso que no tiene medicamentos. Porque sabe lo que llevan.
–Mmmm. O porque se deshizo de ellos antes de que llegáramos nosotros. – Miró hacia la escalera y preguntó-: ¿Te cae bien?
–No demasiado -admitió ella-, pero no me hagas mucho caso. Siempre he sido muy mala juzgando a los hombres. En mi opinión no le habrían venido mal un par de bofetadas hace treinta años, para enseñarle modales, pero por lo visto tiene a las mujeres por criadas.
Galbraith rió y dijo:
–¿Crees que podrás aguantarlo?
Ella se frotó los ojos y contestó:
–¡Quién sabe! Tu colega se ha marchado hace cerca de media hora, y supongo que tendré un poco de descanso cuando se lleven a William a identificar el cadáver y hablar con el médico que examinó a Hannah. El problema es que no creo que la niña quiera separarse de mí. Se me pega como una lapa. Utilizo la habitación de invitados para echarme una cabezada cuando puedo, y he pensado que tendría que buscarme un sustituto mientras ella duerme para así poder quedarme aquí. Pero tendré que hablar con mi jefe para que busque a alguien. – Suspiró y dijo-: Supongo que quieres que vaya a despertar a William.
Él le dio unas palmadas en el hombro y dijo:
–No, ya lo haré yo. Enséñame dónde está su habitación.
–Vas a despertar a Hannah -protestó la agente-. Si se pone a llorar antes de que me haya fumado un cigarrillo y tomado un café, te mato. Estoy agotada. No soportaría más llantos sin una buena dosis de cafeína y nicotina.
–¿Se te quitarán las ganas de tener hijos?
–Se me quitarán las ganas de tener marido. Habría sido más fácil si no hubiera tenido a Sumner detrás de mí todo el tiempo como un alma en pena.
– Abrió la puerta del salón y agregó -: Puedes esperar aquí. Te encantará. Es como un santuario.
Galbraith oyó pasos en la escalera; se volvió hacia la puerta y vio entrar a Sumner. Tenía cuarenta y tantos años, pero hoy parecía mucho mayor, y Galbraith sospechó que Harding habría sido más cruel al describirlo si lo hubiera visto en aquella situación. Iba sin afeitar y sin peinar, y su rostro denotaba cansancio, aunque era imposible saber si era debido al dolor o a la
falta de sueño. Sin embargo tenía la mirada bastante despierta, lo cual no le pasó desapercibido a Galbraith. La falta de sueño no implicaba necesariamente aturdimiento mental.
–Buenos días, señor Sumner -dijo el detective-. Lamento molestarlo a estas horas, pero tengo que hacerle unas preguntas más, y me temo que no pueden esperar.
–No se preocupe. Siéntese. Creo que anoche no fui de gran ayuda, pero estaba tan cansado que no podía ni pensar. – Se sentó en una butaca y le cedió el sofá a Galbraith-, He redactado las listas que me pidió. Están en la mesa de la cocina.
–Gracias. – Galbraith lo miró inquisitivamente-. ¿Ha podido dormir?
–No mucho. No podía dejar de pensar en lo ocurrido. Es todo tan absurdo. Si se hubieran ahogado las dos lo entendería, pero no tiene sentido que Kate esté muerta y Hannah esté viva.
Galbraith le dio la razón. Carpenter y él habían estado cavilando sobre aquello casi toda la noche. ¿Por qué Kate tuvo que nadar para salvarse mientras que a la niña le perdonaron la vida? La mejor explicación -que el barco era el Crazy Daze, que Hannah había estado a bordo pero que había conseguido escaparse mientras Harding iba a pie a Chapman's Pool- no respondía a las preguntas de por qué no habían lanzado a la niña por la borda junto con la madre, por qué a Harding no le preocupaba que la gente de otros barcos que había en el puerto deportivo donde había dejado sola a la niña la oyeran llorar, y quién había alimentado y cambiado a Hannah en las horas anteriores a que la encontraran.
–¿Ha tenido tiempo de revisar el armario de su esposa, señor Sumner?
¿Sabe si falta alguna prenda?
–Que yo sepa, no. Pero eso no significa nada -añadió-. La verdad es que no suelo fijarme mucho en la ropa.
–¿Alguna maleta?
–Creo que no.
–Muy bien. – Abrió su maletín en el sofá-. Voy a enseñarle algunas prendas, señor Sumner. Dígame si reconoce alguna. – Sacó una bolsa de plástico que contenía la blusa que habían encontrado en el Crazy Daze, y se la enseñó a Sumner.
Éste sacudió la cabeza.
–No es de Kate -dijo.
–¿Cómo puede estar tan seguro -preguntó Galbraith, sorprendido-, si no se fijaba en la ropa de su esposa?
–Porque es amarilla. Kate odiaba el color amarillo. Decía que a los rubios no les favorecía. – Hizo un ademán hacia la puerta-. Si se fija, verá que en la casa no hay nada de color amarillo.
–Entiendo. – Galbraith sacó las bolsas que contenían el sujetador y las bragas-. ¿Sabe si estas prendas son de su esposa?
Sumner cogió las bolsas, examinando el contenido a través del plástico transparente.
–Me sorprendería mucho que lo fueran -dijo devolviéndoselas al policía-. A ella le gustaban los encajes y los volantes, y esas prendas son muy sencillas. Si quiere puede compararlas con la ropa interior que hay en sus cajones. Ya verá lo que quiero decir.
Galbraith asintió y dijo:
–Lo haré, gracias. – Sacó la bolsa con los zapatitos de niño y los colocó sobre la palma de su mano-. ¿Y estos zapatos?
Sumner volvió a sacudir la cabeza.
–Lo siento. Para mí, todos los zapatos de niño son iguales.
–Llevan el nombre de su hija en la parte interior de la tira.
–Entonces han de ser de Hannah -dijo encogiéndose de hombros.
–No necesariamente. Son demasiado pequeños para una niña de tres años, y cualquiera puede escribir un nombre en unos zapatos.
–¿Por qué iba alguien a hacer eso?
–Para fingir algo, quizá.
Sumner frunció el entrecejo y preguntó:
–¿Dónde los encontró?
–Lo siento, pero de momento no puedo decírselo. – Volvió a enseñarle los zapatos-. ¿Cree que Hannah los reconocería? Quizá sean viejos.
–Puede ser -dijo Sumner-. Que la agente Griffiths se los enseñe. No tiene sentido que lo intente yo. Cada vez que me ve se pone a gritar. – Pasó la mano por el brazo de la butaca y añadió -: El problema es que como trabajo tanto, la niña no ha tenido ocasión de conocerme bien.
Galbraith le sonrió con comprensión, pero se preguntó si aquella afirmación sería sincera. Después de todo, ¿quién podía contradecirle? Kate estaba muerta, Hannah no pronunciaba ni una sola palabra, y los vecinos decían que no sabían gran cosa sobre William. Ni sobre Kate.
«La verdad es que sólo he hablado con él un par de veces, y no me impresionó demasiado. Él trabaja mucho, desde luego, pero no son una pareja muy sociable. Ella era muy agradable, pero no puede decirse que fuéramos amigos. Ya sabe lo que pasa. Los vecinos no se pueden elegir…»
«William no es una persona muy sociable. En una ocasión Kate me dijo que su marido se pasaba las noches y los fines de semana analizando fórmulas en el ordenador mientras ella miraba culebrones en la televisión.
Es espantoso que Kate haya muerto así. Ojalá hubiera tenido más tiempo para hablar con ella. Debía de sentirse muy sola. Todas las demás trabajamos, así que ella, que se quedaba en casa, era un caso raro…»
«William Sumner es un bravucón. Un día le llamó la atención a mi esposa sobre una de las vallas que separan nuestros jardines. Dijo que había que cambiarla, y cuando ella le dijo que era su hiedra la que la estaba tumbando, él la amenazó con denunciarla. Ése es el único contacto que hemos tenido con él, y con eso tuvimos bastante. No me cae nada bien…»
«Yo veía más a Kate que a William. Formaban una pareja extraña.
Nunca hacían nada juntos. A veces me preguntaba si se querían. Kate era muy agradable, pero casi nunca hablaba de William. La verdad, creo que no tenían muchas cosas en común…»
–Tengo entendido que Hannah se ha pasado la noche llorando. ¿Lo hace a menudo?
–No -contestó Sumner sin vacilar-, pero supongo que porque Kate siempre la cogía en brazos cuando estaba inquieta. La pobrecita debe de echar de menos a su madre.
–Así pues, ¿no ha notado ningún cambio en su comportamiento?
–Pues no.
–El médico que la examinó cuando la llevaron a la comisaría de Poole estaba preocupado por ella. La describió como una niña exageradamente retraída, con retraso en el desarrollo, y dijo que seguramente sufría algún tipo de trauma psicológico. Sin embargo, usted dice que el comportamiento de Hannah es normal.
Sumner se ruborizó ligeramente, como si le hubieran pillado en falta.
–Siempre ha sido un poco… rara, por decirlo así. Yo temía que fuera autista, o sorda, así que le hicimos unas pruebas, pero el pediatra nos dijo que no le pasaba nada y nos recomendó que nos armáramos de paciencia.
Dijo que los niños son manipuladores, y que si Kate hiciera menos cosas
por ella la niña se vería obligada a pedir lo que quería, y así desaparecería el problema.
–¿Cuándo fue eso?
–Hará unos seis meses.
–¿Cómo se llama su pediatra?
–Doctor Attwater.
–¿Siguió Kate sus consejos?
Sumner negó con la cabeza.
–No estaba convencida. Ella siempre sabía lo que Hannah quería, y no creía que hubiera necesidad de obligarla a hablar antes de que estuviera preparada para hacerlo.
Galbraith anotó el nombre del pediatra.
–Usted es un hombre inteligente, señor Sumner -dijo a continuación-, y estoy seguro de que sabe por qué le estoy haciendo estas preguntas.
La sombra de una sonrisa pasó por el cansado rostro de Sumner.
–Prefiero que me llame William -dijo-. Sí, claro que me doy cuenta. Mi hija llora cada vez que me ve; mi esposa tenía todas las oportunidades que quería para engañarme, porque yo casi nunca estaba en casa; estoy molesto porque yo no quería venir a vivir a Lymington; la hipoteca de esta casa es demasiado elevada y me gustaría librarme de ella; Kate se sentía sola porque no había hecho muchos amigos; y es más habitual que a una mujer la asesine su pareja por despecho que un desconocido por lujuria. Lo único que tengo a mi favor es una coartada a toda prueba, y créame, me he pasado la noche dándole gracias a Dios por ello.
Según las leyes, los sospechosos contra los que todavía no hay cargos sólo pueden permanecer retenidos un tiempo limitado, y la urgencia para encontrar pruebas contra Steven Harding aumentaba a medida que pasaban las horas. De hecho, las pruebas brillaban por su ausencia. Las manchas que había en el suelo de la cabina del barco, que en principio parecieron tan prometedoras, resultaron ser de vómito provocado por el whisky -se detectó sangre del grupo A, el de Harding-, y un examen microscópico del barco no arrojó ninguna prueba de que allí hubiera tenido lugar ningún acto violento.
Si las conclusiones del forense eran acertadas -«magulladuras y rasguños en la espalda (sobre todo en los omóplatos y en las nalgas) y la parte interior de los muslos, que indican relaciones sexuales forzadas sobre una superficie dura como una cubierta o un suelo sin moqueta; pequeñas
pérdidas de sangre debido a escoriaciones en la vagina»-, en los tablones de madera de la cubierta, el salón o la cabina se habrían encontrado restos de sangre, piel o incluso semen. Pero no fue así. En los tablones de cubierta había mucha sal, pero aunque eso podía indicar que Harding había fregado el suelo con agua de mar para borrar las pruebas, era lógico que hubiera sal seca en un barco de vela.
Como cabía la posibilidad de que Harding hubiera colocado una manta o una alfombra sobre la superficie dura antes de obligar a Kate Sumner a tumbarse, examinaron todos los objetos de tela que había a bordo, pero con resultados negativos, pese a que lo más lógico era que de haber utilizado algo así, Harding lo hubiera tirado por la borda junto con la ropa de Kate y todo lo que pudiera relacionarla con el barco. Volvieron a examinar minuciosamente el cadáver de Kate, con la esperanza de que se le hubieran quedado astillas de madera debajo de la piel que pudieran relacionarla con el Crazy Daze, pero o el agua de mar las había eliminado por completo de las heridas abiertas, o no había llegado a haberlas. Lo mismo ocurría con las uñas, que tenía rotas: si habían tenido algo debajo, ya había desaparecido.
Sólo las sábanas de la cabina conservaban restos de semen, pero dado que la ropa de cama llevaba mucho tiempo sin lavarse, resultaba imposible determinar si aquellas manchas correspondían a una relación reciente. De hecho, como sólo se encontraron dos pelos en las almohadas y las sábanas -
ambos rubios, pero ninguno de los dos pertenecía a Kate-, la conclusión fue que, lejos de ser el promiscuo semental que había retratado el capitán de puerto, Steven Harding era en realidad un masturbador solitario.
En la mesita que había junto a la cama encontraron una pequeña cantidad de marihuana y una caja de condones sin abrir, junto con tres envoltorios vacíos de Mates. No encontraron condones usados. Examinaron todos los recipientes buscando benzodiacepina, Rohipnol o algún otro hipnótico, en vano. Tampoco encontraron fotografías ni revistas pornográficas. En el posterior registro del coche y el piso de Londres de Harding tampoco se encontraron indicios de ningún tipo, aunque en el piso había treinta películas para adultos. La policía obtuvo una orden de registro para registrar la casa de Tony Bridges en Lymington, pero no encontraron nada que incriminara a Steven Harding o que lo relacionara con Kate Sumner. Pese a las concienzudas investigaciones, la policía no encontró ningún otro local perteneciente o utilizado por Harding, y con excepción de
un testigo que dijo haberlo visto hablando con Kate delante de Tesco's el sábado por la mañana, nadie los había visto juntos.
Había huellas dactilares que demostraban que Kate y Hannah Sumner habían estado a bordo del Crazy Daze, pero la mayoría tenía otras encima, pocas de ellas de Steven Harding, lo que hizo dudar a los investigadores que la visita de Kate hubiera sido reciente. Despertó interés el hallazgo de veinticinco muestras diferentes de huellas dactilares, sin contar las de Carpenter, Galbraith, Kate, Hannah y Steven -por su tamaño, al menos cinco de esas muestras podían corresponder a niños de corta edad-, en el salón del Crazy Daze; algunas de esas huellas correspondían con las encontradas en casa de Bridges, pero muy pocas aparecían en la cabina del barco. Por lo tanto, se podía afirmar que Harding había recibido a varias personas a bordo, aunque la naturaleza de la relación con esas personas seguía siendo un misterio. Harding lo explicó diciendo que siempre invitaba a otros navegantes cuando amarraba en un puerto deportivo, y, como no había nada que demostrara lo contrario, la policía aceptó esa explicación.
Con todo, esa gran cantidad de huellas siguió despertando su curiosidad.
En vista del queso y las manzanas que había en la cocina, la policía tenía grandes esperanzas en el análisis de los últimos alimentos ingeridos por Kate Sumner, pero el forense señaló que era imposible relacionar los alimentos semidigeridos con una determinada compra. Una golden delicious de Tesco's sometida al efecto de los ácidos gástricos mostraba el mismo esquema químico que una golden delicious de Sainsbury's. Ni siquiera el babero resultó concluyente, pues las huellas dactilares demostraron que aunque Steven Harding y otras dos personas no identificadas lo habían tocado, Kate Sumner no lo había hecho.
A instancias de Nick Ingram, la policía se fijó en la única mochila encontrada en el barco: una mochila negra triangular con un montón de envoltorios de caramelos dentro. Ni Paul ni Danny Spender habían sabido ofrecer una descripción precisa de la mochila -Danny: «era grande y negra»; Paul: «era muy grande, creo que verde»-, pero la policía no tenía ningún indicio de lo que había contenido el domingo por la mañana, o la certeza de que fuera la que habían visto los niños. Steven Harding, sorprendido por el interés de la policía por su mochila, afirmó que era la que había utilizado aquel día y explicó que la había dejado en la ladera de la colina porque dentro llevaba una botella de agua, y no había querido bajarla
hasta la orilla para tener que volver a subir cargando con ella. Más adelante dijo que el agente Ingram no le había preguntado nada sobre una mochila, y que por eso él no la había mencionado.
Lo que acabó con las sospechas de la policía fueron las palabras de una cajera de la tienda Tesco's de Lymington. «Claro que conozco a Steve -dijo tras identificarlo por la fotografía-. Viene todos los sábados a buscar provisiones. ¿Si lo vi hablando con una mujer rubia y una niña la semana pasada? Sí. Él las vio cuando estaba a punto de marcharse y dijo:
“¡Mierda!”. Yo le pregunté: “¿Qué pasa?”, y él me contestó: “Esa mujer. Ya verás como se para a hablar conmigo. Siempre lo hace”, y yo le dije: “Es muy guapa”. Él contestó: “Ya, pero está casada, y yo tengo prisa”. Y Steve tenía razón. La mujer se paró a hablar con él, pero él no se entretuvo; señaló su reloj y se largó. ¿Quiere saber mi opinión? Steve tenía un plan interesante y no quería retrasarse. Cuando él se marchó, la mujer se quedó como ofendida, pero no me extraña. Steve está como un tren. Yo también le iría detrás si no fuera porque ya tengo tres nietos.»
William Sumner dijo saber poco sobre el funcionamiento de Langton Cottage y de los desplazamientos habituales de su esposa.
–Paso doce horas fuera de casa, desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche -le dijo a Galbraith como si estuviera orgulloso de ello-.
Estaba más al tanto de la rutina de Kate cuando vivíamos en Chichester, seguramente porque yo conocía a la gente y las tiendas de las que ella me hablaba. Las cosas se te quedan más cuando reconoces los nombres. Aquí todo es muy diferente.
–¿Mencionó alguna vez a Steven Harding? – preguntó Galbraith.
–¿Es el desgraciado que tenía los zapatos de Hannah? – preguntó Sumner.
Galbraith sacudió la cabeza.
–Iremos más deprisa si no se adelanta usted a los hechos, William.
Déjeme recordarle que todavía no sabemos si esos zapatos son de Hannah.
– Le sostuvo la mirada y añadió-: Y por cierto, permítame que le recuerde que si empieza usted a especular con cualquier cosa relacionada con este caso, podría perjudicar la investigación. Y eso podría significar que el asesino de Kate quedara libre.
–Lo siento. – Sumner hizo un ademán de disculpa-. Siga, por favor.
–¿Mencionó Kate a Steven Harding? – volvió a preguntar Galbraith.
–No.
Refiriéndose a las listas de nombres que Sumner le había proporcionado, Galbraith preguntó:
–¿Alguno de estos hombres son antiguos novios de Kate? Los de Portsmouth, por ejemplo. ¿Sabe si su esposa había salido con alguno de ellos antes de empezar a salir con usted?
Sumner volvió a negar con la cabeza.
–Todos están casados.
A Galbraith le sorprendió la ingenuidad de aquella respuesta, pero no insistió. A continuación intentó averiguar algunos datos sobre la vida de Kate, pero no le resultó fácil. La breve historia que le relató William destacaba más por las lagunas que por los detalles. El apellido de soltera de Kate era Hill, pero William ni siquiera sabía si era el apellido de su madre o de su padre.
–Creo que no estaban casados -dijo.
–¿Y Kate nunca llegó a conocerlo?
–No. Las dejó cuando ella era muy pequeña.
Kate y su madre vivían en un piso alquilado de protección oficial en Birmingham, aunque William no sabía dónde estaba ese piso, a qué escuela había ido Kate, dónde había estudiado secretariado ni dónde había trabajado antes de entrar en Pharmatec UK. Galbraith le preguntó si Kate tenía alguna amiga de aquella época con la que hubiera seguido en contacto, pero a William le parecía que no. Sumner sacó una agenda del cajón de un pequeño escritorio y le dijo a Galbraith que podía comprobarlo él mismo.
–Pero ahí no encontrará a nadie de Birmingham.
–¿Cuándo se marchó su esposa de Birmingham?
–Cuando murió su madre. En una ocasión me dijo que quería alejarse al máximo de la ciudad donde había crecido, y que por eso se fue a Portsmouth y alquiló un piso encima de una tienda en un barrio modesto.
–¿Le dijo por qué?
–Debía de creer que si se quedaba allí le costaría más salir adelante. Era muy ambiciosa.
–¿Se refiere a una carrera? – preguntó Galbraith sorprendido, recordando la afirmación que Sumner había hecho el día anterior respecto a que la única ambición de Kate era tener su propia familia-. Tenía entendido que no le importó dejar de trabajar cuando se quedó embarazada.
Hubo un breve silencio, tras el cual Sumner preguntó:
–Supongo que querrá hablar con mi madre, ¿no?
Galbraith asintió con la cabeza.
Sumner suspiró y dijo:
–Kate no le gustaba, así que le dirá que era una caza-fortunas. Quizá no se lo diga directamente, pero se lo insinuará. Cuando quiere sabe ser muy virulenta. – Miró el suelo.
–¿Es verdad?
–Yo creo que no. Lo único que Kate quería era que sus hijos tuvieran algo mejor que lo que ella había tenido. Yo la admiraba por ello.
–Pero su madre no.
–Eso no tiene importancia. A mi madre nunca le gustó ninguna de las chicas que llevé a casa, lo cual seguramente explica por qué tardé tanto en casarme.
Galbraith miró una de las fotografías de Kate que había sobre la repisa de la chimenea.
–¿Tenía su esposa un carácter fuerte?
–Sí, ya lo creo. Era muy testaruda. – Esbozó una mueca e hizo un ademán que abarcaba toda la sala-. Éste era su sueño. Tener su propia casa.
Reconocimiento social. Respetabilidad. Por eso estoy tan convencido de que jamás habría tenido una aventura amorosa. Kate no se habría arriesgado a perder esto por nada del mundo.
¿Otra muestra de ingenuidad?, pensó Galbraith.
–Quizá no se diera cuenta de que su conducta implicaba un riesgo -
sugirió el inspector-. Usted mismo ha dicho que casi nunca está en casa, así que Kate habría podido tener una aventura sin que usted se enterara.
Sumner sacudió la cabeza y replicó:
–Usted no lo entiende. Lo que se lo habría impedido no era el miedo a que yo me enterara. A mí me tenía en el bolsillo desde el día que la vi. –
Esbozó una sonrisa irónica y agregó-: Mi esposa era una puritana anticuada.
Lo que gobernaba su vida era el miedo a que se enteraran otros. Le importaba mucho la respetabilidad.
El detective estuvo a punto de preguntarle si alguna vez había querido a su esposa, pero se abstuvo. Cualquiera que fuese la respuesta de William Sumner, no le habría creído. Sentía la misma aversión instintiva hacia William que Sandy Griffiths, pero no estaba seguro de si se trataba de una
antipatía química o una repulsión natural inspirada por el inquebrantable presentimiento de que William había matado a su esposa.
La siguiente escala de Galbraith fue The Old Convent, en el número 2
de Osborne Crescent, Chichester, donde vivía, en unas viviendas vigiladas para ancianos, la madre de William Sumner. El edificio era una escuela convertida en una docena de pequeños apartamentos con un vigilante interno. Antes de entrar, el policía se fijó en las casas pareadas de los años treinta, rectangulares y sólidas, que había en la acera de enfrente, y se preguntó cuál habrían ocupado los Sumner antes de venderla para comprar Langton Cottage. Eran todas tan parecidas que resultaba imposible adivinarlo, y Galbraith comprendió que Kate hubiera estado deseando marcharse de allí. Ser respetable no tenía por qué ser sinómino de ser aburrido.
Angela Sumner lo sorprendió, pues no era como él la había imaginado.
Esperaba encontrar a una anciana esnob y autocrática con opiniones reaccionarias, pero lo que encontró fue a una mujer agresiva y con agallas, confinada a una silla de ruedas por culpa de la artritis reumatoide, pero con unos ojos rebosantes de buen humor. La señora Sumner le dijo que metiera su placa por la ranura del buzón antes de dejarlo entrar en su casa, y después lo guió por el pasillo con su silla de ruedas eléctrica hasta el salón.
–Supongo que ya habrá sometido a William al tercer grado -dijo-, y ahora espera que yo confirme o contradiga lo que él le ha contado.
–¿Ha hablado con su hijo? – preguntó Galbraith, sonriente.
La mujer asintió con la cabeza y señaló una butaca.
–Me telefoneó ayer por la noche para decirme que Kate había muerto.
El policía se sentó en la butaca que la señora Sumner le señalaba.
–¿Le dijo cómo?
–Sí -respondió ella-. Y me sorprendió, aunque la verdad es que ya imaginé que debía de haber ocurrido alguna desgracia en cuanto vi la fotografía de Hannah por la televisión. Kate jamás habría abandonado a su hija, porque la adoraba.
–¿Por qué no llamó usted misma a la policía cuando reconoció la fotografía de Hannah? – preguntó Galbraith-. ¿Por qué le dijo a William que llamara?
La señora Sumner suspiró y dijo:
–Porque no podía creer que fuera Hannah. Verá, no me entraba en la cabeza que Hannah estuviera deambulando sola por un pueblo que no conoce, y no quería causar más problemas. Telefoneé a Langton Cottage un montón de veces, y ayer por la mañana, cuando comprendí que no me iban a contestar, llamé a la secretaria de William y ella me dijo dónde estaba mi hijo.
–¿Por qué temía causar problemas?
La señora Sumner tardó un momento en contestar.
–Digamos que, de haberme equivocado, Kate no se habría creído que yo no tenía malas intenciones. Verá, no he visto a Hannah desde hace un año, cuando se marcharon de aquí, y ésa es otra razón por la que no estaba convencida de que fuera mi nieta. A esa edad los niños cambian muy deprisa.
No era una gran respuesta, pero de momento Galbraith no quiso insistir.
–Entonces, ¿usted no sabía que William se había ido a Liverpool?
–No, pero eso no debería extrañarle. No pretendo que mi hijo me diga constantemente dónde está. William me llama por teléfono una vez por semana, y pasa por aquí de vez en cuando de camino hacia Lymington, pero no estamos el uno encima del otro.
–De todos modos, esto debe de ser una novedad para usted -apuntó Galbraith-. ¿No vivían William y usted en la misma casa antes de que él se casara?
–¿Y cree usted que eso significa que yo estaba al corriente de lo que hacía mi hijo? – replicó la señora Sumnertras soltar una risita-. Permítame que le diga que es evidente que no tiene hijos mayores, inspector. Da lo mismo que vivan con uno o por su cuenta; no hay forma de vigilarlos.
–Tengo uno de siete y otro de cinco que ya llevan una vida social mucho más emocionante que la que yo he tenido jamás. Y cada vez es peor,
¿verdad?
–Eso depende de si usted les deja emprender el vuelo o no. Yo creo que cuanta más libertad les dé, más fácil será que lo valoren cuando se hagan mayores. Mi marido convirtió la casa en dos pisos hace unos quince años.
Nosotros vivíamos abajo y William ocupaba el piso de arriba, y podían pasar días enteros sin que nos cruzáramos. Llevábamos vidas separadas, y eso no cambió mucho tras la muerte de mi marido. Yo fui perdiendo
independencia, por supuesto, pero espero no haber sido nunca una carga para William.
Galbraith sonrió y dijo:
–Seguro que no lo ha sido, pero él debía de estar un poco preocupado, sabiendo que algún día se casaría y ustedes dos tendrían que organizarse de otro modo.
La señora Sumner negó con la cabeza.
–Al contrario. Yo estaba deseando que mi hijo se casara, pero él nunca se mostró muy inclinado a hacerlo. Le encantaba navegar, y pasaba gran parte de su tiempo libre en su Contessa. Tenía sus amigas, pero no salía en serio con ninguna.
–¿Se alegró usted cuando William se casó con Kate?
Hubo un breve silencio, hasta que la señora Sumner respondió:
–¿Por qué no iba a alegrarme?
Galbraith se encogió de hombros y dijo:
–Por nada. Es simple curiosidad.
–Seguro que mi hijo le ha dicho que yo creía que Kate era una cazafortunas -dijo de pronto la mujer.
–Exacto.
–Bueno, no me gusta decir mentiras. – Se apartó un mechón de la mejilla y añadió-: De todos modos, no tiene sentido que finja que me alegré, cuando por aquí todo el mundo le dirá que no fue así. Kate era una cazafortunas, en efecto, pero no por eso pensé que mi hijo cometía una locura casándose con ella, sino porque tenían muy pocas cosas en común.
Ella era diez años más joven, no tenía educación y estaba obsesionada con las cosas materiales. Una vez me dijo que para ella lo más emocionante de la vida era ir de compras. – Sacudió la cabeza, sin entender que una cosa tan mundana pudiera causar tanta satisfacción-. Francamente, no veía nada que pudiera mantenerlos unidos. A ella no le interesaba navegar, y se negaba a participar en esa faceta de la vida de William.
–¿Siguió él navegando después de casarse?
–Sí, claro. A ella no le importaba que William saliera a navegar, siempre que no tuviera que acompañarlo.
–¿Conocía ella a algún amigo de William que también navegara?
–No en el sentido a que usted se refiere.
–¿Qué sentido, señora Sumner?
–William me dijo que usted creía que Kate tenía una aventura.
–No podemos descartar esa posibilidad.
–Yo creo que sí. Kate sabía valorar las cosas, y sin duda había calculado el precio del adulterio valorando lo que perdería si William se enteraba. En cualquier caso, no habría podido tener una aventura con ninguno de los amigos de William en Chichester. A ellos les sorprendió más que a mí la esposa que había elegido. Kate no se esforzaba por adaptarse, y además había una gran diferencia de edad entre ella y los amigos de mi hijo. La verdad es que todos estaban desconcertados por la estupidez que ella demostraba en su conversación. Kate no tenía opiniones propias sobre nada, excepto los culebrones, la música pop y las estrellas de cine.
–Entonces, ¿qué era lo que a William le atraía de ella? Él es inteligente, y desde luego no parece una persona a la que le gusten las conversaciones estúpidas.
–El sexo, por supuesto -contestó la señora Sumner con una sonrisa de resignación-. Mi hijo estaba harto de mujeres inteligentes. Recuerdo que me dijo que la novia que había tenido antes de Kate… -suspiró-. Se llamaba Wendy Plater y era una chica estupenda, muy… apropiada. En fin, para ella el mejor preludio erótico consistía en hablar de los efectos de la actividad sexual en el metabolismo. Yo le dije que la encontraba interesante, y William rió y dijo que, si podía elegir, él prefería la estimulación física.
Sin mudar la expresión, Galbraith dijo:
–Me parece que no debe de ser el único, señora Sumner.
–No se lo discuto, inspector. En cualquier caso, es evidente que Kate tenía mucha más experiencia que él, pese a ser diez años más joven. Ella sabía que William quería tener hijos, y se quedó embarazada en un visto y no visto. – Al policía le pareció que la mujer tenía sus reservas-. Para ella, el matrimonio consistía en malcriar al marido hasta límites insospechables, y William disfrutaba con ello. Él no tenía que hacer otra cosa que ir al trabajo cada día. Era la relación más anticuada que pueda imaginar: la esposa como admiradora incondicional y sirvienta, y el marido como único sostén de la familia. Creo que es lo que llaman una relación pasiva-agresiva, donde la mujer controla al hombre haciéndole depender de ella mientras parece que es ella la que depende de él.
–¿Y a usted no le gustaba?
–No, pero porque no tenía nada que ver con mi concepto del matrimonio. El matrimonio debe ser la unión de dos mentes además de la unión de dos cuerpos; si no, se convierte en un páramo donde no crece nada. De lo único que ella sabía hablar con un poco de entusiasmo era de sus expediciones a las tiendas y de a quién se había encontrado por la calle, y evidentemente William no le prestaba ninguna atención.
Galbraith se preguntó si la señora Sumner se habría percatado de que todavía tenían que descartar a William de la lista de sospechosos.
–¿Qué insinúa? ¿Que su hijo se aburría con ella?
–No, no creo que se aburriera -contestó la mujer tras reflexionar sobre aquella pregunta-. Creo que William había llegado a la conclusión de que la tenía en el bolsillo. Por eso su jornada laboral era cada vez más larga, y por eso no puso reparos cuando ella le propuso irse a vivir a Lymington. A Kate le parecía bien todo lo que él hacía, así que William no tenía que molestarse en dedicarle tiempo a su esposa. En su relación no había ni gota de desafío.
– Hizo una pausa-. Yo confiaba en que cuando tuvieran hijos tendrían algo que compartir, pero Kate se apropió de Hannah en cuanto nació, como si la niña fuera cosa exclusivamente de mujeres; creo que la pobre criatura puso aún más distancia entre sus padres. Hannah se ponía a llorar cada vez que William intentaba cogerla en brazos, y él pronto se aburrió de la niña. Yo le llamé la atención a Kate sobre ese tema; de hecho, le dije que no le hacía ningún bien a la niña sobreprotegiéndola, pero lo único que conseguí fue que se enfadara conmigo. – Suspiró y añadió-: No debí meterme donde no me llamaban. Por eso se marcharon, claro.
–¿De Chichester?
–Sí. Y cometieron un error. Hicieron demasiados cambios en su vida en muy poco tiempo. William tuvo que liquidar la hipoteca de mi piso cuando vendió la casa de enfrente, y luego tuvo que meterse en otra mucho mayor para comprar Langton Cottage. Vendió su barco y dejó de navegar. Y para colmo, ahora tiene que hacer un montón de kilómetros cada día para ir a trabajar. Y todo eso, ¿para qué? Para vivir en una casa que ni siquiera le entusiasmaba.
Galbraith intentó disimular su interés y preguntó:
–Entonces, ¿por qué se marcharon?
–Porque Kate quería irse.
–Pero si no se llevaban muy bien, ¿por qué cedió William?
–Por la posibilidad de tener relaciones sexuales regulares. Pero yo no he dicho que no se llevaran bien.
–Ha dicho que William no tenía que molestarse en dedicarle tiempo a Kate. ¿No es lo mismo?
–No, en absoluto. Desde el punto de vista de William, ella era la esposa ideal. Le cuidaba la casa, le daba hijos y no le molestaba que saliera a navegar. – Esbozó una amarga sonrisa-. Se llevaban de perlas mientras él pagara la hipoteca y le proporcionara a Kate el estatus al que ella se estaba acostumbrando rápidamente. Ya sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero Kate era terriblemente vulgar. Las pocas amigas que tenía eran espantosas, unos auténticos loros. – Se estremeció y dijo-:
¡Espantosas!
Galbraith la miró sin disimular su curiosidad, y dijo:
–A usted no le gustaba su nuera, ¿verdad?
La señora Sumner volvió a reflexionar.
–No, no me gustaba -contestó-. Pero no porque fuera antipática o desagradable, sino porque era la mujer más egocéntrica que jamás he conocido. Si en algún momento ella no era el centro de atención, se las ingeniaba para serlo. Y si no me cree, fíjese en Hannah. ¿Por qué se empeñó en que la niña dependiera tanto de ella? Pues porque no soportaba competir con el afecto de los demás.
Galbraith recordó las fotografías que había visto en Langton Cottage, y su deducción de que Kate era una mujer vanidosa.
–Si no fue una aventura que acabó mal, ¿qué cree usted que pasó? ¿Qué fue lo que la convenció para subir a bordo de un barco con Hannah, cuando detestaba tanto navegar?
–Vaya pregunta tan extraña -dijo la mujer, sorprendida-. Nada podría haberla convencido. Es evidente que subió a ese barco a la fuerza. ¿Qué le hace dudarlo? Cualquiera que estuviera dispuesto a violarla y matarla, y a abandonar a su hija sola en la calle, no tendría reparos en emplear amenazas para coaccionarla.
–Ya, sólo que los puertos deportivos son sitios muy concurridos, y nadie vio a una mujer y una niña subir a un barco a la fuerza. – De hecho, hasta el momento la policía no había encontrado ningún testigo que las hubiera visto en ninguno de los puntos de acceso a los barcos a lo largo de todo el río