Donde termina la noche

Isabel Cañas · Capítulo 1 de 36

Páginas del PDF

Donde termina la noche

1. Andrés

1

ANDRÉS

 

Hacienda San Isidro

Noviembre de 1823

Al sur, el horizonte era una línea perfecta que ni siquiera alteraba el borrón de caballos sacudiendo la cabeza en la distancia. El camino, vacío, bostezaba.

El carruaje se había ido.

Yo estaba de espaldas a las puertas de la hacienda San Isidro. Detrás de mí, los altos muros de estuco blanco surgían de la tierra oscura y agrietada y se elevaban como los huesos de un monstruo muerto hacía mucho tiempo. Más allá de los muros, más allá de la casa principal y de las tumbas recién excavadas detrás de la capilla, los tlachiqueros llevaban sus machetes a los puntiagudos campos de maguey. De niño, vagar por los campos me enseñó que la carne del agave no cede como la del hombre. Los tlachiqueros levantan los machetes y los bajan una y otra vez, y con cada golpe sordo buscan la dulce savia del corazón, se familiarizan más íntimamente con la cesión de la carne bajo el metal, con la cosecha de corazones.

Una brisa serpenteaba hacia el valle desde las colinas oscuras. El frío seco hacía que me picaran las mejillas y se me humedecieran los ojos. Había llegado el momento de dar media vuelta. De regresar a mi vida. Pero la idea de darle la espalda, de contemplar en soledad las pesadas puertas de madera de San Isidro, hacía que me sudaran las palmas de las manos.

Tiempo atrás había apretado la mandíbula y cruzado el umbral de San Isidro por una razón. Había atravesado las puertas como un joven temerario de leyendas de viajes a los infiernos por una razón.

Esa razón se había ido.

Y yo seguía en medio del camino de tierra que conducía lejos de San Isidro, lejos de Apan, con los ojos fijos en el horizonte y el fervor de un pecador ante su santo. Como si la fuerza de mi dolor bastara para trascender la voluntad de Dios y traer de vuelta ese carruaje. Traer de vuelta a la mujer que me habían arrebatado. El eco de los cascos y las nubes de polvo que levantaban se enroscaban en el aire como el incienso de copal y se burlaban de mí.

Dicen que la vida mortal está vacía sin el amor de Dios. Que el dolor de las heridas de la soledad se atenúa obedeciéndolo, porque sirviendo a Dios encontramos el amor perfecto y nos sentimos completos.

Pero si Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, si es tres en uno en la Trinidad, entonces Dios no sabe nada de la soledad.

Dios no sabe nada de estar de espaldas a una mañana gris ni de caer de rodillas en el polvo. De que se te hundan los hombros bajo el peso de saber lo que significaba no estar solo y de la aguda consciencia del vacío en el pecho.

Dios no sabe nada de la soledad, porque Dios nunca ha sentido la compañía como los mortales, aferrándose unos a otros en una oscuridad tan completa y punzante que desgarra la carne de los huesos, confiando unos en otros incluso cuando el cálido aliento del diablo les roza el cogote.

Las piedras afiladas me atravesaron los pantalones gastados y se me clavaron en las rótulas cuando me arrodillé. Me costaba respirar y estaba demasiado agotado para llorar. Sabía lo que sentía el maguey. Conocía el gemido del machete. Sabía que mi pecho cedía bajo el peso de su caída. Sabía lo que era que se cosechara mi corazón y que el dulce aguamiel dejara rastros húmedos en mi pecho hueco. Mis heridas eran estigmas pecaminosos que se encogían de dolor y supuraban al sol.

Dios no sabe nada de la soledad.

La soledad es arrodillarse en el polvo mientras contemplas un horizonte vacío.

Al final, lo que me rompió no fueron las sombras resbaladizas ni la risa disonante de San Isidro. No fue el miedo lo que me abrió el pecho en canal.

Fue perderla.

OceanofPDF.com