Donde termina la noche

Isabel Cañas · Capítulo 3 de 36

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Donde termina la noche

Capítulo 3

 

El tour que me hizo Rodolfo por la casa principal fue breve. Me dijo que el ama de llaves, Ana Luisa, me enseñaría su funcionamiento con más detalle más tarde. Aunque había pasado su infancia en esa casa y tenía muchos buenos recuerdos de ella, durante la guerra iba y venía con demasiado poca frecuencia como para entender tan bien como ella cómo funcionaba.

Las paredes de la casa eran gruesas, estucadas y encaladas, y aunque fuera brillaba el sol, unas sombras frías cubrían los pasillos. El edificio estaba dispuesto en forma de U alrededor de un patio central y tenía dos pisos solo en esta zona, la más grande. La parte sur albergaba la cocina y las despensas, y era el dominio de Ana Luisa. En el extremo norte del ala central, una escalera conducía a un piso superior formado por dormitorios, la suite del patrón y varios salones vacíos.

Mientras Rodolfo y yo volvíamos a la planta baja, vi un pasaje estrecho a la derecha del pie de la escalera. Habían tapiado apresuradamente la puerta con maderas disparejas y clavos oxidados.

—Juana me dijo que había daños en el ala norte —me dijo Rodolfo al darse cuenta de que me había detenido porque la puerta me había llamado la atención. Me cogió suavemente de la mano y me apartó de ella—. Un terremoto, o una inundación, no lo recuerdo. Haré que Mendoza se ocupe de las reparaciones.

Cuando entramos en un comedor de gala, levanté la barbilla y seguí con la mirada los azulejos moriscos importados de la península por sus antepasados, que llegaban hasta el alto techo. Una cornisa estrecha recorría la circunferencia de la habitación, a unos tres metros y medio del suelo.

Rodolfo siguió mi mirada.

—Cuando mis padres celebraban fiestas aquí, los criados subían candelabros a la cornisa —me dijo—. Era tan luminoso como una ópera. — Al recordarlo, su sonrisa se desvaneció y una sombra le cruzó el rostro—. No subas ahí. Una vez se cayó una criada.

Sus palabras golpearon el aire desafinadas, distantes y ligeramente disonantes.

Me estremecí. A diferencia de lo que había dicho Juana, «corriente de aire» no era el término que yo habría elegido para describir el frío que hacía en la casa. Se me hundía en los huesos como garras. El aire quieto olía a rancio, como un almacén subterráneo. Quería abrir todas las ventanas para que entrara el aire fresco y la luz.

Pero Rodolfo me hizo avanzar rápidamente y cerró de golpe la puerta tras de sí.

—Esta noche cenaremos en algún lugar más cómodo —me dijo.

«Mañana», le prometí a la habitación. Mañana arrojaría luz en todos sus rincones sombríos y ordenaría que mezclaran pintura para arreglar el estuco manchado de hollín.

Desde detrás de la puerta, la habitación se rio de mí.

Me quedé inmóvil. Rodolfo siguió andando y mi mano se soltó de la suya.

¿Había oído mal? ¿Me lo estaba imaginando? Estaba segura de haber oído una risa ligera y burbujeante, como la de un niño travieso, atravesar la pesada puerta de madera.

Pero estaba vacía. Sabía que la sala al otro lado de esa puerta estaba vacía. Acababa de verla.

—Vamos, querida. —La sonrisa de Rodolfo era demasiado forzada—. Hay mucho que ver antes de la cena.

Y lo había. Jardines, cuadras, habitaciones del servicio doméstico, el pueblo, donde vivían los tlachiqueros y los trabajadores del campo, el almacén general, la capilla… San Isidro era un mundo en sí mismo.

Rodolfo me dejó al cuidado de Ana Luisa para que me mostrara el resto de la casa y de inmediato deseé que no lo hubiera hecho. Era brusca y sin sentido del humor.

—Este es el salón verde —me dijo señalando una habitación, pero sin entrar.

Tenía una sola chimenea manchada de hollín. Las paredes eran blancas, y las tablas del suelo estaban rayadas y desgastadas.

—No es verde. —Mi voz sonó hueca en el espacio vacío.

—La alfombra antes lo era —se limitó a contestarme Ana Luisa.

Como su voz, la casa estaba desprovista de color. Blanco, marrón, sombras, hollín… Así era la paleta borrosa de San Isidro. Cuando el sol empezaba a ponerse y Ana Luisa había terminado de mostrarme el patio de los criados y la pulcra capilla, yo estaba agotada. La casa y los terrenos estaban en diversos estados de deterioro. El enorme esfuerzo que supondría prepararlos antes de que viniera mi madre me intimidaba. Pero mientras Ana Luisa y yo volvíamos a la casa, la contemplé desde el patio, desde la siniestra puerta oscura hasta las tejas rotas del tejado, y no pude evitar que me subiera a la garganta un aleteo de emoción.

Esa casa era mía. Aquí estaba a salvo.

 

Hace siete meses, salté de la cama en plena noche. Unos golpes en algún lugar de la casa y los gritos desde la calle me habían despertado. Con el corazón en la garganta, me tambaleé hacia el pasillo oscuro, agarré el picaporte de la puerta del salón con manos sudorosas y tropecé con la alfombra. Luces y sombras bailaban burlonamente en las sillas refinadas, el delicado papel de las paredes y el viejo mapa de las batallas de mi padre, clavado en la pared opuesta a las ventanas del segundo piso.

Corrí hacia las ventanas. El fuego invadía la calle. Había decenas de hombres con uniforme militar blandiendo antorchas y mosquetes oscuros coronados con largas bayonetas cuyo acero sonreía con avidez a la luz de las llamas.

Uno de ellos golpeó la puerta gritando el nombre de mi padre.

¿Dónde estaba mi padre? Seguramente sabría lo que significaba…

Y entonces mi padre abrió la puerta. Estaba entre ellos, despeinado y con una bata alrededor de su cuerpo nervudo. Parecía más cansado de lo que jamás lo había visto. Las sombras acentuaban la delgadez de su rostro.

Pero sus ojos ardían de odio cuando miró a los hombres que lo rodeaban. Empezó a hablar, pero, aunque yo hubiera pegado la oreja a la ventana, no habría podido oírlo, ni desde tan arriba ni con el estruendo de los gritos. Me quedé paralizada mientras los hombres agarraban a mi padre por los brazos y lo arrastraban desde la casa hasta la calle. Parecía tan débil y frágil…

«Traidor». Una sola palabra se elevaba por encima del estruendo. «Traidor».

Después se marcharon.

Solo un grupo pequeño se quedó atrás. Con el rostro ensombrecido, cogieron las culatas de los mosquetes y las golpearon contra las ventanas de la primera planta. Los cristales se hicieron añicos. Los hombres lanzaron un líquido brillante y antorchas a través de los fragmentos irregulares de los cristales rotos. Después se dispersaron en la noche y no pude moverme, ni siquiera cuando el olor a madera quemada invadió mi habitación y las tablas del suelo se calentaron bajo mis rodillas.

Mi padre no era un traidor. Aunque el hombre que se convirtió en emperador y mi padre empezaron la guerra en bandos diferentes —mi padre, con los insurgentes y Agustín de Iturbide, con los españoles—, al final trabajaron codo con codo. Mi padre luchó por la independencia. Por México. Todas las batallas que él y yo marcamos en su mapa con tinta roja eran por México, todas.

El grito de mi madre me atravesó el cráneo. Me aparté de golpe de la ventana. Se me enganchó el talón con la pata de una silla y acabé tirada en la alfombra. El calor me quemaba los pulmones y hacía denso el aire. El humo se elevaba en delicadas columnas a través de las tablas del suelo mientras me arrastraba a cuatro patas.

El mapa. Me levanté dando tumbos, me dirigí a la pared, alcancé los alfileres que lo sujetaban y resoplé cuando se me chamuscaron las yemas de los dedos.

—¡Beatriz!

Lo arranqué y lo doblé con manos temblorosas mientras corría hacia la voz de mi madre. Me picaban los ojos por el humo y la tos me oprimía las costillas.

—¡Mamá!

No veía nada ni podía respirar mientras bajaba la escalera hacia la puerta trasera. Mi madre me agarró y me arrastró a la calle. El calor hacía que la espalda nos sudara y que nos salieran ampollas. Tosíamos, descalzas y aturdidas por el frío de la noche.

Mi madre había ido a las habitaciones de los criados para despertar al personal de la casa, pero había encontrado las camas vacías y frías. ¿Lo sabían? ¿Lo sabían y habían huido para salvar el pellejo sin decirnos nada?

Debían de saberlo. Alguien debió de contarles lo que descubrimos a la pálida y frágil luz de la mañana siguiente: que habían depuesto a Agustín de Iturbide, emperador de México. Exiliado. En un barco a Italia. ¿Y sus aliados? ¿Incluso los que habían sido insurgentes, como mi padre? Detenidos y ejecutados.

—Les han disparado por la espalda por cobardes. Eso he oído —dijo mi prima Josefa, con los ojos llorosos, al otro lado de la mesa del desayuno, haciendo una mueca maliciosa por debajo de su nariz romana.

Como no teníamos adónde ir, mi madre se dirigió a la casa de la única familia que le quedaba en México, los únicos que siguieron hablando con ella después de casarse con mi padre, un hombre de casta inferior a la suya: la de Sebastián Valenzuela, el hijo del primo de su padre.

—Pero el tío Sebastián nos odia —gemí mientras caminábamos temblando, porque el sudor que nos había empapado con el calor de la casa se volvía gélido en la noche.

Rodeamos la pared de la parte trasera de la casa de mi tío y nos desplomamos en los escalones embarrados que daban a las habitaciones de los criados. El mapa de mi padre estaba arrugado contra mi camisón, porque lo había apretado entre el bíceps y el tórax para protegerlo mientras corríamos por los oscuros y sinuosos callejones de la capital. Mi madre dijo que no podía confiar en ningún amigo suyo ni de mi padre. No después de lo que había pasado. Tuvimos que ir allí.

—No tenemos otra opción —me dijo.

Pero Sebastián sí.

Su mujer, Fernanda, lo dejó perfectamente claro cuando nos acogió a mi madre y a mí. Podría habernos dejado en la puerta. Podría habernos rechazado, y Sebastián no habría cuestionado su decisión.

Era verdad, y yo lo sabía. Mi tío no nos quería, nunca nos había querido, y solo nos acogió por lo que le quedaba de lealtad infantil por una prima a la que la familia había repudiado hacía mucho tiempo.

Nos acogió, pero el primer día que pasamos en su casa, durante la cena, nos sermoneó en tono condescendiente asegurando que mi padre había tomado las decisiones equivocadas durante toda la guerra, primero apoyando a los insurgentes y, después, comprometiéndose y formando una coalición con los conservadores monárquicos.

Aunque estaba agotada y hambrienta, se me quitó el hambre. Observaba la comida, que se enfriaba en mi plato, inmóvil.

—Es una tragedia, pero tenía que pasar —reflexionó mi tío Sebastián con aires de experto.

Sus largas patillas canosas temblaban con cada bocado que daba con glotonería.

No sabía si la sensación que se apoderó de mi garganta significaba que iba a vomitar o a llorar. La humillación me abrasaba las mejillas. Mi padre arriesgó su vida por la independencia, y yo tenía un mapa que lo demostraba. Sus rivales debieron de traicionarlo o mintieron sobre él. Y lo asesinaron. Levanté la cabeza y miré fijamente a mi tío. Abrí la boca…

Un ligero codazo.

Mi madre. Nunca elevaba la voz por encima de un susurro, sus movimientos no eran sino elegantes y suaves, pero su mensaje estaba absolutamente claro: «No digas nada».

Me mordí la lengua. El filete sobre mi plato se emborronó cuando el calor de las lágrimas me escoció los ojos.

Mi madre tenía razón.

Si mi tío Sebastián decidía echarnos, mi madre y yo no tendríamos adónde ir. Darme cuenta de que nadie nos acogería fue como una bofetada. Nuestras vidas dependían de complacer al primo de mi madre y a su esposa mezquina y entrometida, que no dejaba de decirle palabras envenenadas.

Me obligué a meterme en la boca la comida, que se me pegaba a la garganta seca como pegamento.

Esa noche, acurrucada frente a mi madre en la única cama estrecha que mi tía Fernanda nos había dejado, lloré tanto que creí que se me iban a romper las costillas. Mi madre me apartaba el pelo sudoroso que se me pegaba a la frente y me besaba las mejillas calientes.

—Tienes que ser fuerte —me dijo—. Debemos sobrellevarlo con dignidad.

Con dignidad.

Quería decir en silencio.

No podía heredar la propiedad de mi padre. No podía trabajar. No podía cuidar de mi madre, que estaba cada vez más pálida y demacrada. Dependía de la caridad de mi tío y de la escasa buena voluntad de mi amargada tía. No tenía nada. Llevaba la ropa de mis primas y no me permitían estudiar ni salir por temor a que mi presencia redujera la estima del apellido Valenzuela a ojos de los demás criollos y peninsulares. Yo era un cuerpo sin voz, una sombra que se fundía con las paredes de una casa demasiado llena de gente.

Y entonces conocí a Rodolfo.

Cuando entró en ese baile en el que se celebraba la fundación de la República, cuando sus anchos hombros llenaron la entrada, una sensación de paz se apoderó de la sala. La atmósfera cambió y los murmullos se silenciaron. Él era sólido. De confianza. Tenía una voz autoritaria, profunda y como la miel, y su pelo broncíneo brillaba a la luz de las velas. Era delicado y sereno, con la autoridad silenciosa y segura de sí misma de un ídolo en su templo.

Se me cortó la respiración. No por su sonrisa torcida y relajada, ni por la coquetería casi tímida con la que se acercó a mí para pedirme un baile. No porque su juventud y su condición de viudo le otorgaran una reputación romántica y trágica entre Josefa y sus amigas, que se reían, nerviosas. Sino por el silencio en el que la sala lo observaba. Eso era lo que yo deseaba. Quería tener una sala en la palma de mi mano, decirle que no se moviera, que se callara.

Si Rodolfo era consciente de la fuerza de sus encantos, no se le notó. Por supuesto que no se le notaría. Era militar, un protegido de Guadalupe Victoria, uno de los generales que formaron el gobierno provisional que derrocó y sustituyó al emperador.

Al final de nuestro primer baile, me di cuenta de que un político como Rodolfo no pasaría por alto el legado de mi padre durante mucho tiempo. Si no lo asustó cuando nos presentaron, cuando le dijeron mis apellidos (Hernández Valenzuela, lo que señalaba el de mi padre y de mi madre), quizá lo asustaría más tarde.

Y a mis veinte años, el reloj avanzaba deprisa. O me casaba pronto, mientras aún se me veía fresca, virginal y deseable, o no me casaría nunca.

Así que cuando tuve claro que mi risa y mis ojos, los de mi madre, brillantes como el jade de Chiapas, le atraían como a las abejas el jarabe de piloncillo, lo aproveché.

Cuando le comuniqué a mi madre que iba a casarme con don Rodolfo Eligio Solórzano Ibarra, dejó sin gracia el bordado en su regazo, boquiabierta por la sorpresa. Los meses transcurridos desde la muerte de mi padre le habían pasado factura. Su piel pálida ya no recordaba a la porcelana fina, sino al papel descolorido y desmoronado. Unas sombras violetas colgaban bajo sus ojos, que habían perdido su vigor. Sus mejillas, una vez altivas, estaban hundidas y delgadas por el agotamiento.

—Tú… Solórzano —me dijo jadeando—. Es uno de los hombres de Victoria.

Crucé los brazos sobre mi pecho. Sí, sirvió a uno de los líderes del partido político que se había vuelto contra mi padre.

—Si quieres salir de esta casa y dejar de remendar las sábanas de la tía Fernanda, es la única opción. ¿No lo entiendes? —repliqué.

«Mira a tu alrededor», quería gritarle. Mi madre se casó por amor y quemó puentes a su paso. Yo no tenía ese privilegio. No podía permitirme su idealismo. Y menos cuando Rodolfo me había pedido que me casara con él y tenía la oportunidad de sacarnos de la casa de mi tía Fernanda. Podría asegurarnos una vida digna. El nombre de Rodolfo, su dinero y su tierra podrían darnos alas para volar.

Mi madre cerró la boca, bajó los ojos al bordado y no me dijo una palabra más. Ni entonces, ni en las semanas previas a la boda.

Pasé por alto que no viniera a la boda. Mantuve la cabeza alta bajo mi mantilla de encaje y no hice caso de los rumores sobre la familia de Rodolfo. Sobre líos amorosos pasados y enfermedades misteriosas que mi tía Fernanda, que tenía envidia, le contaba a todo el que la quisiera escuchar. Sus labios chasqueaban como botas en el barro y sus susurros me arañaban la nuca como unas uñas secas y demasiado largas.

«He oído decir que a su primera esposa la asesinaron unos bandoleros en el camino de Apan». «¿En serio? Yo he oído decir que murió de tifus». «He oído decir que la secuestraron unos insurgentes». «He oído decir que el cocinero la envenenó».

Rodolfo era mi salvación. Me aferré a él como un náufrago se agarra a una madera a la deriva en una inundación. Su solidez. Su apellido. Su título. Sus hombros, que se recortaban en el cielo cegador de Apan como las montañas que rodean el valle, y sus manos callosas y honestas, que me llevaron hasta la puerta de San Isidro.

Él era seguro. Él tenía razón. Yo había tomado la única decisión que garantizaba que me libraría del sombrío destino al que nos había condenado el asesinato de mi padre.

Solo rezaba para que un día mi madre viera mi decisión de casarme con él como lo que era: la llave hacia una nueva vida.

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