Donde termina la noche

Isabel Cañas · Capítulo 2 de 36

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Donde termina la noche

2. Beatriz

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BEATRIZ

 

Septiembre de 1823

Dos meses antes

La puerta del coche chirrió cuando la abrió Rodolfo. Parpadeé mientras mis ojos se ajustaban a la luz que se derramaba sobre mi falda y mi rostro, y cogí con toda la elegancia que pude la mano que Rodolfo me ofrecía. Las horas que había pasado encerrada en el carruaje por los caminos rurales accidentados me habían dejado con ganas de salir de esa caja sofocante y aspirar una bocanada de aire fresco, pero me contuve. Conocía mi papel de esposa delicada y dócil. Interpretarlo ya me había alejado de la capital y del tormento de la casa de mi tío y me había traído al valle de Apan.

Me trajo aquí y me dejó ante una gran puerta de madera oscura encajada entre paredes de estuco blanco; entrecerré los ojos bajo la luz cegadora del cielo azul de septiembre, con los hombros anchos y las manos firmes de don Rodolfo Eligio Solórzano a mi lado.

A la luz del sol, sus rizos brillaban como el bronce, y sus ojos eran casi tan claros como el cielo.

—Esto es San Isidro —me dijo.

La hacienda San Isidro. Recorrí con los ojos la pesada puerta, los bordes de hierro forjado, los altos picos oscuros en las paredes y la buganvilla marchita que serpenteaba por ellas, con flores y espinas descoloridas y agonizantes.

No era exactamente lo que esperaba, porque me había criado en los jardines verdes y exuberantes de una hacienda de Cuernavaca, pero era mi nueva conquista. Mi salvación.

Era mía.

 

Cuando conocí a Rodolfo, en un baile para celebrar la fundación de la República, me dijo que su familia era propietaria de una hacienda que producía pulque desde hacía casi doscientos años.

«Ah —pensé mientras observaba las agudas facciones de su rostro bien afeitado coquetear con las sombras del salón de baile, iluminado por velas —. Por eso su familia no perdió su dinero durante la guerra». La industria crecerá y se hundirá, los hombres quemarán la tierra y se matarán entre sí por emperadores o repúblicas, pero siempre querrán beber.

Bailamos la siguiente canción, y la siguiente. Me miraba con una intensidad que supe que era una herramienta impagable.

—Háblame de la hacienda —le dije.

Me contó que era una casa grande que se extendía sobre las colinas bajas al norte de Apan, con vistas a campos espigados de maguey. Varias generaciones de su familia habían vivido allí antes de la guerra de independencia de España, cultivando agave y produciendo pulque, una cerveza amarga, que enviaban a los mercados sedientos de la capital. Me dijo que había jardines llenos de aves del paraíso, que las golondrinas invadían el aire y que tenía amplias y bulliciosas cocinas para alimentar a todos los tlachiqueros, a los criados y a la familia. Celebraban las festividades en una capilla de la propiedad, adornada con cuadros de santos y con un altar tallado por el vástago de la familia en el siglo XVII y cubierto de oro por generaciones posteriores, más ricas.

—¿La echas de menos? —le pregunté.

No me contestó directamente. Lo que hizo fue describir las puestas de sol en el valle de Apan: primero de un dorado intenso que iba oscureciéndose hasta convertirse en ámbar y después, rápidamente, la noche se apoderaba del sol como si una vela se apagara. La oscuridad en el valle era tan profunda que parecía casi azul, y cuando las tormentas se deslizaban por encima de las escarpadas colinas hacia el valle, los relámpagos se derramaban como mercurio sobre los campos de maguey y le conferían un tono plateado a las puntas afiladas de las plantas, que parecían los cascos puntiagudos de los conquistadores.

«Será mía», pensé entonces. Una repentina intuición que me llevó con el brazo fuerte y confiado de un amante a los siguientes pasos de baile.

Y fue mía.

Por primera vez desde marzo, tenía una casa.

¿Y por qué no me sentí segura cuando la enorme puerta de la hacienda San Isidro se abrió con un gemido y Rodolfo y yo entramos al primer patio de la finca?

Un delicado temblor, como el de las alas de una mariposa, revoloteó en la parte posterior de mi garganta mientras contemplaba la hacienda.

Los edificios eran sólidos y desgarbados, como extremidades torpemente separadas de un monstruo congelado en plena adolescencia. La temporada de lluvias estaba terminando. A esas alturas de septiembre, el jardín debería haber sido de tonos esmeralda, pero la escasa vegetación que crecía en el patio exterior era tan marrón como la tierra. Los magueyes silvestres se esparcían como malas hierbas, colgaban a ambos lados de una capilla gris —que alguna vez debió de ser blanca— y salpicaban el césped que conducía a la casa. Unas aves del paraíso en descomposición se apiñaban en lechos dispersos, con la cabeza inclinada con sumisión ante nosotros mientras nuestras botas crujían por el camino de grava. El aire parecía más pesado dentro de los muros de San Isidro, más denso, como si hubiera entrado en un sueño extraño y silencioso donde el estuco engullía incluso el canto de los pájaros.

Pasamos por delante de la capilla hasta un patio interior. Allí, Rodolfo hizo un gesto a dos filas de criados que se cuadraron delante de sus aposentos y la cocina y nos esperaban para saludarnos. Antes de que agacharan la cabeza, doce pares de ojos negros y brillantes me miraron, fríos y evaluadores.

Después de explicarme que los tlachiqueros estaban en los campos hasta el anochecer, Rodolfo hizo las presentaciones: José Mendoza, que había sido la mano derecha del capataz Esteban Villalobos, al que habían despedido, llevaba más de diez años ocupándose del registro. Era la máxima autoridad cuando Rodolfo estaba en la capital. Mendoza se quitó el sombrero manchado y se lo colocó sobre el pecho. Tenía las manos deformadas por la edad y el trabajo. Parecía lo bastante mayor para ser mi abuelo.

Ana Luisa, el ama de llaves, era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo gris peinado con una severa raya en medio y dos trenzas ceñidas alrededor de la cabeza formando una corona solemne. Su hija, Paloma —la doble de Ana Luisa, con el pelo negro azabache y las mejillas más redondas —, estaba a su lado. Otros nombres pasaron sobre mí como el agua. Los escuché, pero no recordé ninguno, porque me llamó la atención una figura en una puerta arqueada en la entrada más alejada del patio de los criados.

Una mujer se acercó a nosotros, alta como un soldado y con la misma arrogancia. Llevaba una falda azul descolorida lo bastante corta para dejar al descubierto unas botas de montar de cuero manchadas de sudor. Un sombrero de ala ancha le colgaba de la espalda sujeto con un cordón alrededor del cuello, pero, a juzgar por su tez, rara vez lo utilizaba. Tenía la piel bronceada y el pelo con mechas doradas por las largas horas al sol.

«Mantente alejada del sol o nunca encontrarás marido», me susurró una vez mi tía Fernanda sarcásticamente, pellizcándome el dorso de la mano. Aunque ella nunca había conocido a mi padre, y mi madre se negaba a revelar información sobre cuán mezclada era su herencia, a mi tía Fernanda no le importaba. Mi pelo y mi rostro le daban suficiente munición para considerarme despreciable. Para negarse a dejarme estar junto a sus hijas, cuya piel pálida era de color crema, en el baile en el que conocí a Rodolfo.

Al final, el comportamiento de Fernanda hizo que yo encontrara un marido de oro, y sus hijas no. El destino había sido cruel conmigo, pero a veces su mezquindad jugaba a mi favor.

La mujer se detuvo directamente frente a mí. Sus ojos claros eran el espejo de los de Rodolfo y su pelo era del mismo color, dorado por el sol y alborotado. Me dirigió una mirada rápida y franca, desde mis brillantes zapatos negros —que acumulaban polvo deprisa— hasta mis guantes y mi sombrero.

—Llegáis temprano —dijo—. ¿Es esta mi nueva hermana?

Mis labios se separaron por la sorpresa. ¿Quién? Rodolfo solo había mencionado a una hermana una vez de pasada. Se llamaba Juana. Me dijo que era unos años menor que él, que tenía veintiocho, una edad que me llevó a suponer que estaba casada. Nunca la había mencionado cuando hablaba de San Isidro.

—Parece disgustada —me dijo Juana con cierto tono de diversión después de que Rodolfo me presentara. No fue cálido—. ¿No le advirtió Rodolfo de mi existencia? —Tenía los labios secos y más delgados de lo que se consideraba atractivo. Desaparecieron del todo cuando sonrió. Sus dientes eran demasiado brillantes, nivelados y de color marfil, como las teclas de un piano—. No se preocupe, me mantengo sola. Ni siquiera me cruzaré en su camino. Vivo allí. —Señaló con su barbilla afilada por encima de la fila de criados, hacia un grupo de edificios bajos entre la casa y la capilla.

¿No vivía en la casa de la familia?

—¿Por qué? —le pregunté.

El rostro de Juana cambió y se recompuso.

—En la casa hay muchas corrientes de aire en esta época del año —me contestó en tono ligero—. ¿No es así, Rodolfo?

El rostro de Rodolfo pareció un poco tenso cuando asintió y le devolvió la sonrisa. Me sorprendió darme cuenta de que se avergonzaba de ella. ¿Por qué? Juana era diferente, sin duda, pero había en ella una franqueza que me recordaba a la actitud práctica de mi padre. Una autoridad sencilla y relajada que atraía la atención de todos los criados.

Casi sentía que el aire que me rodeaba se desplazaba hacia ella y su innegable gravedad. Rodolfo no era el dueño de esa casa.

La dueña era Juana.

Un miedo asfixiante se desplegó en mi pecho. Reaccioné enderezándome y echando los hombros hacia atrás, como solía hacer mi padre. No había nada que temer. Esa hacienda era mía. Me había casado con el patrón, y Juana había decidido vivir entre los criados. Debía alegrarme de que Rodolfo se avergonzara tanto de Juana que apenas hablaba de ella. No era una amenaza para mí. Que se quedara en ese patio central, en las casas de los criados. La casa principal la dirigiría yo. Mis dominios.

Estos pensamientos calmaron la sacudida inquietante de mi estómago mientras charlábamos con Juana y al rato, dejamos a los criados con su trabajo y cruzamos la puerta arqueada hacia el patio interior.

Rodolfo me había preguntado dos veces si quería quedarme en la capital, en el viejo piso barroco de su familia, pero me negué. Quería la casa. Quería llevarme a mi madre lejos de tía Fernanda, traerla aquí y enseñársela. Quería demostrarle a mi madre que casarme con Rodolfo había sido lo correcto. Que mi elección nos abriría una puerta a una nueva vida.

Y ahora, cuando por fin me enfrentaba a la casa, a la inclinación de su techo desportillado, a sus ventanas oscuras y sus paredes de estuco blanco desgastadas por el tiempo, un sentimiento salvaje se apoderó de mí.

«Atrás».

La columna vertebral se me quedó rígida. Quería alejarme del patio de un salto, como si me hubiera quemado.

Pero me negué a flaquear. Apreté con más fuerza la mano de Rodolfo y desterré esa sensación. Era una tontería. Juana me había cogido desprevenida, pero no era razón para huir. No cuando había ganado tanto.

Cuando no tenía adónde ir.

El aire era denso y silencioso, y solo se oían nuestros pasos cuando llegamos a unos escalones bajos y anchos que conducían a la puerta principal. Subí el primero y me quedé inmóvil. Un grito ahogado me robó el aliento de los labios.

Había una rata muerta tirada en el tercer escalón, con la cabeza inclinada hacia atrás en un ángulo fracturado y la lengua rígida le sobresalía entre los dientes amarillentos. Quizá se había caído del techo, pero tenía el cráneo abierto, como si la hubieran lanzado desde mucha altura con una fuerza increíble. Los sesos brillantes derramados por el escalón de piedra formaban una mancha podrida de color rosa totalmente cubierta de moscas negras.

Rodolfo soltó un débil grito de sorpresa y tiró de mí hacia atrás.

La risa de Juana sonó por encima de nuestras cabezas. Estaba detrás de nosotros y se colocó a mi lado.

—Oh, aquí los gatos exageran un poco —dijo alegremente, como si estuviera dando explicaciones a un sobrino problemático—. ¿Le molestan los gatos?

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