Donde termina la noche
Capítulo 4
Rodolfo, Juana y yo volvimos a reunirnos para cenar en un pequeño salón cerca de la cocina que habían reconvertido en comedor. Las ventanas daban a la parte trasera de la casa, a una terraza rodeada de pilares y arcos desde la que se veía un jardín muerto con aves del paraíso marchitas y esqueletos negros de macizos de flores. Unas nubes bien cargadas habían cubierto el valle. Mientras nos sentábamos, la hija de Ana Luisa, Paloma, cerró los postigos de las ventanas para protegernos de la lluvia. Para los tres, el salón era más acogedor que el comedor de gala, pero no tardé en desear que no lo hubiera sido tanto.
—Te pido disculpas por el estado de las flores —me dijo Rodolfo. Su mirada recorrió los postigos mientras Paloma se alejaba tímidamente hacia la cocina—. Juana se preocupa más del maguey que de los jardines.
Juana resopló. Levanté la mirada de mi plato, sorprendida. Por más que me desagradaran mis primos en la casa de mi tío Sebastián, estaba acostumbrada a sus buenos modales. Así me criaron también.
—El maguey es resistente —dijo en tono inexpresivo—. Es un rasgo admirable.
Los ojos de Rodolfo se deslizaron por la mesa hacia ella. Su azul ya no era brillante, sino gélido.
—La belleza también es un rasgo admirable —le dijo. Una réplica en broma, pero que hizo sin la menor calidez—. Y el maguey carece de ella, creo.
—Será que no lo miras lo suficiente. —Su tono crispado dejaba claro lo poco que le importaba lo que él pensara sobre cualquier tema, tanto el maguey como cualquier otra cosa.
Con razón Rodolfo nunca me había hablado de su hermana. El ambiente entre ellos se cortaba con cuchillo.
—El jardín es hermoso, querido —mentí forzando una alegría en mi voz que sonó hueca en la sala. Rodolfo me miró de reojo, incrédulo. Apoyé la mano en su rodilla por debajo de la mesa y froté el pulgar contra la tela de sus pantalones en un intento calculado de acabar con la tensión—. Mi madre me enseñó algo de jardinería cuando vivíamos en Cuernavaca — añadí—. Dame algo de tiempo y cuando vuelvas no lo reconocerás.
En dos semanas, Rodolfo volvería a la capital. Me había acompañado a Apan para protegerme de los bandoleros, pero su labor política le impedía quedarse en el campo. El gobierno provisional tenía la intención de convocar elecciones para presidente, y si algo había aprendido fisgando furtivamente en la correspondencia de Rodolfo, era que su mentor, Guadalupe Victoria, quería ganarlas.
Rodolfo abrió la boca para contestar, pero su hermana lo interrumpió.
—No necesitamos jardines —dijo con dureza, sin molestarse en mirarme. Me despachó con tanta eficacia como si me hubiera dado una bofetada—. Lo que necesitamos es evitar que San Cristóbal saquee nuestra tierra.
—Yo decido lo que necesitamos y lo que no —replicó Rodolfo. Su repentino cambio de humor hizo que un temblor de sorpresa me recorriera la columna vertebral—. Si doña Beatriz quiere un jardín, tendrá un jardín. La palabra de mi esposa es la mía en esta casa, ¿entendido?
Si Juana lo había entendido, no lo dijo.
—Me retiro —anunció a la sala en general con una sonrisa falsa, y tiró la servilleta sobre la mesa con un ruido descortés.
Me quedé rígida mientras se alejaba de la mesa y, después, con un brusco «buenas noches», se marchó.
Si el rencor entre Rodolfo y Juana se enfrió durante las dos semanas que este pasó con nosotras en San Isidro, yo no lo vi. A ella no la vi en absoluto. Era como si se hubiera desvanecido entre las recias hileras de magueyes que cortaban los campos debajo de la casa principal, efímera como un fantasma.
No nos acompañó cuando Rodolfo y yo fuimos a Apan para la misa del domingo.
Era mi primera visita al pueblo y la primera vez que me verían los hacendados de las demás haciendas y sus esposas. Algo en el aire cambió cuando atravesamos las puertas de la hacienda y me relajé en mi asiento. Apoyé la cabeza en el hombro de Rodolfo y me mecí con el movimiento del carruaje, escuchando lo que me contaba sobre los hacendados a los que me presentaría después de misa.
—Su política cambia muy despacio, pero eran aliados de mi padre y seguirán siendo los nuestros, si su tolerancia con Juana es indicio de su paciencia. —Colocó mis manos enguantadas en su regazo y las sostuvo pasando el pulgar distraídamente por el encaje. Aunque yo tenía los ojos cerrados, imaginé su media sonrisa irónica al decirme, con un toque de diversión cómplice—: Además, la sociedad del campo es bastante incompetente comparada con la de la capital.
Tardamos una hora en llegar al centro de Apan. Cuando Rodolfo me ayudó a bajar del carruaje, me llamó la atención lo pequeño que era el pueblo. Rodolfo me dijo que allí vivían unas tres mil personas y quizá mil más repartidas por las haciendas de los alrededores, pero ¿qué era esa cantidad para mí, que me había acostumbrado a la densidad de la capital? Ahora lo veía con mis propios ojos. El pueblo en sí —la plaza de armas central frente a la parroquia, correos, el cuartel y varios otros edificios— era tan pequeño que podríamos haberlo atravesado en diez minutos en carruaje.
Unos cipreses enfermizos bordeaban el camino que conducía a la iglesia. Aunque su fachada delantera era sencilla, decorada solo con piedra tallada, sus paredes de estuco estaban impecablemente encaladas, tan luminosas contra el cielo azul como las nubes. Una campana sonó desde una sola torre anunciando el inicio de la misa.
Había elegido mi atuendo con colores recatados, gris claro y verde, y me alegré de haberlo hecho así cuando entramos. Aunque mi vestido en ningún caso era el más elaborado, era de lejos el de mejor calidad y atraía las miradas de los habitantes del pueblo mientras caminaba junto a Rodolfo por el pasillo de la iglesia. Mi mantilla revoloteaba suavemente contra mi mejilla mientras hacía una genuflexión y me sentaba en un banco reservado para nosotros y otros hacendados cerca del altar.
En la capital, yo había sido simplemente la hija de un general entre tantos otros; aquí era doña Beatriz de Solórzano, la esposa de uno de los hacendados más ricos, sofisticado y misteriosos. En los instantes de silencio previos a que empezara la misa, los susurros se extendían por los bancos a mis espaldas.
Lo disfrutaba. Acaricié ese poder y lo sostuve junto a mi pecho mientras empezaba el rito. San Isidro no era lo que había imaginado cuando me casé con Rodolfo, pero ese poder sí lo era. Esta era mi nueva vida. Esto era lo que había ganado.
La misa duró una hora larga de incienso y murmullos, de levantarse y sentarse. Todos nos movíamos, hablábamos y respondíamos como una sola persona. Tras tantos años repitiéndolos, los pasos de baile estaban grabados en nosotros como el ritmo de una canción de cuna. Los ritos latinos siempre me habían parecido, en el mejor de los casos, monótonos, pero, ahora que a mi alrededor había hacendados a los que observar, prestaba menos atención que de costumbre. En lugar de mirar al rechoncho sacerdote canoso y a su asistente mestizo con aspecto de cuervo, que estaban tras el altar, mi atención revoloteaba entre los bancos, de una cabeza a otra, como un colibrí. ¿Cuál de estos extraños sería un amigo? ¿Quién podría ser un enemigo?
Después de la misa, Rodolfo empezó con las presentaciones: Severo Piña y Cuevas y su esposa, Encarnación, de la hacienda Ocotepec, un par de hermanos Muñoz de la hacienda Alcantarilla, y el anciano Atenógenes Moreno y su esposa, María José, de San Antonio Ometusco. Todas eran haciendas productoras de pulque y, a juzgar por la seda fina y las ropas majestuosas peninsulares de las esposas, habían sobrevivido a once años de guerra civil tan bien como la familia de Rodolfo.
—Qué bien que la hermana de su esposo ya no esté sola —me dijo doña María José Moreno cogiéndome la mano y colocándomela bajo su brazo cariñosamente mientras seguíamos a su esposo, Atenógenes, y a Rodolfo hacia la puerta de la iglesia. Tenía el pelo plateado debajo de la mantilla y la espalda ligeramente jorobada por la edad—. Hay viudas que dirigen sus haciendas, es cierto. Tengo que presentarle a la viuda del viejo Herrera. Ella también vivía en la capital y dirige la hacienda Buenavista desde hace casi diez años. Pero doña Juana… es un personaje curioso. Me alegro de que ahora tenga a una persona tan refinada como usted para que tome ejemplo.
Me dio unas palmaditas en la mano con el cariño distraído de una abuela, pero un toque de advertencia subrayaba la suavidad de su voz. Mantuve la expresión cuidadosamente inmóvil mientras guardaba esa información. Quizá los hacendados no fueran tan tolerantes con Juana como Rodolfo creía.
Doña María José levantó los ojos legañosos y los entrecerró al otro lado de su mantilla.
—Es usted casi tan hermosa como doña María Catalina, aunque bastante más morena. Quizá aguante el campo mejor que ella. Pobrecilla. Qué constitución tan delicada.
Las palabras me golpearon como agua helada en la cara. La primera esposa de Rodolfo. Por supuesto que la traerían a colación. Le dirigí una mirada de preocupación y asentí. Era la primera vez que me relacionaba con alguien que conocía a la esposa anterior de Rodolfo y que no se limitaba a compartir chismes maliciosos. Debería haberle preguntado la verdad sobre la muerte prematura de la primera señora de Solórzano.
Pero la idea me repugnaba. Menos hermosa o no, bastante más morena o no, ahora yo era la señora de Solórzano. Rodolfo y todo lo que fue suyo eran míos, ganados en una lucha justa.
El odio me picaba bajo la piel mientras miraba a doña María José. Las mujeres como ella se creían sensatas cuando daban consejos a las recién casadas, así que desvié la conversación de mujeres muertas y mi complexión haciéndole preguntas vacías sobre el matrimonio, asintiendo y sonriendo cuando sabía que debía hacerlo mientras me contestaba. Pero tenía la cabeza en otra parte.
«Es un personaje… curioso».
Ser curioso implicaba chismes, y los chismes —malintencionados o no — siempre brotaban de una semilla. Quizá era la irreverencia de Juana sobre su aspecto lo que inspiraba las habladurías. Quizá era su brusquedad. Sin duda, no despertaba la simpatía que su difunta cuñada suscitaba en sus conocidos.
Estos pensamientos me persiguieron hasta la noche y se enroscaban entre mis dedos mientras me trenzaba el pelo a la luz de las velas, sentada en una silla frente a mi tocador. No le conté a Rodolfo mi conversación con doña María José, aunque las preguntas se desplegaban en mi pecho como malas hierbas, y sus raíces se agarraban con fuerza a mis costillas.
Todavía no podía pedirle demasiado. Nuestra intimidad de recién casados era irregular. Conocía el cálido olor de su garganta y el ritmo de su respiración mientras dormía, pero no los pensamientos que se reproducían tras su rostro. Entre nosotros se extendían silencios desconocidos, largos y plagados de secretos. ¿Qué temía Rodolfo? ¿Por qué me había ocultado la existencia de Juana? Si tanto amaba San Isidro, ¿por qué evitarlo durante tantos años?
Tenía muchas preguntas por hacer, pero me mordí la lengua. Me volví y miré la cama, detrás de mí. Rodolfo ya respiraba profundamente, enredado en las sábanas blancas. Un mechón de pelo broncíneo le caía sobre la frente y la nariz recta y puntiaguda. Un príncipe durmiente bajo un delicado sudario.
Por guapo que fuera, yo no tenía inclinaciones románticas hacia Rodolfo cuando acepté su oferta. Aunque me cortejó con dulces letanías de mis excelentes cualidades —mi fuerza, mi sonrisa amable, mi risa y mis ojos—, no creía que se hubiera casado conmigo por quien yo era. Mi aspecto pudo convencerlo de mirar más allá de las ideas políticas de mi padre. Al fin y al cabo, yo era una recién llegada a la sociedad de la capital y sabía que era hermosa. Estas dos verdades me convirtieron en un misterio tentador para hombres con mentalidad de conquistador.
Pero yo era también una persona que no hacía caso de las murmuraciones ni de los rumores en torno a su viudez, y Rodolfo quería una esposa que no hiciera demasiadas preguntas. Decidí arriesgarme con sus secretos. Nuestra relación se basaba en una sola cosa: mi mundo era una habitación oscura y sin ventanas, y él era una puerta.
Me volví hacia el espejo y seguí trenzándome el pelo. Un dolor invadía poco a poco mi pecho, un dolor pesado y dulce, afilado como un cristal roto. Echaba de menos a mi madre. Echaba de menos a mi padre. Echaba de menos quién era antes de que lo perdiéramos todo, una persona que veía a sus padres bromear y reírse, que los veía cogidos de la mano leyendo junto al fuego por la noche o susurrando con complicidad detrás de una puerta que creían que estaba totalmente cerrada.
Yo solía ser una persona que quería eso. Que lo anhelaba. Quería lo que tenía mi madre cuando mi padre la besaba en la frente y le pasaba el pulgar por la mejilla antes de irse a la batalla. Fuera lo que fuese lo que hacía que mi madre mirara por la ventana, inquieta e incómoda, cada vez que él tenía que volver. Fuera lo que fuese lo que les hacía verse el uno al otro por lo que eran, no por su clase o su casta.
Mis padres lucharon por casarse a pesar de sus diferencias, a pesar de los prejuicios de la familia de mi madre, porque tenían eso por lo que luchar. Y eso era lo que yo quería. Alguien que no me viera más morena que otra persona, ni casi tan hermosa como otra persona. No la hija de alguien. No una pieza con la que jugar en una partida mayor. Alguien que me viera por lo que era y me valorara por ello.
¿Y qué tenía?
A un extraño cuyos labios me dejaban fría y el peso de cuyas caricias en la oscuridad no inspiraban ningún deseo en mí. Preguntas que se arremolinan sin respuesta en mi cabeza. Cartas a mi madre enviadas y sin respuesta. Una casa sin familia. Un vacío en el pecho que se abría, me desgarraba y crecía tanto como intentaba comprimirlo.
Me mordí el labio en cuanto empezó a temblar. Sí, me había apoderado del apellido Solórzano a pesar de que apenas conocía al hombre que lo llevaba. Sí, me había casado con un hombre que se interpuso entre mi madre y yo, un hombre al que no amaba.
Sacrifiqué ese sueño porque sobrevivir era más importante que sentirme sola.
Y ahora tenía un techo sobre mi cabeza. Una hacienda a mi nombre. Una renta arraigada en la tierra, firme y resguardada de las tempestades de la guerra y la peste.
Un futuro.
Agradecía a Rodolfo que me hubiera sacado de la oscuridad. Que me hubiera librado de la pobreza. Quizá, en los días que me sentía más tierna, incluso le tenía cariño por haberme cambiado la vida. Quizá algún día podría incluso aprender a amarlo por ello.
Un destello de color en el espejo me llamó la atención. Dos luces rojas me miraban desde una esquina oscura debajo de la ventana.
Parpadeé y habían desaparecido.
Se me erizó el pelo de la nuca. Una sensación extraña recorrió mis hombros.
Me observaban.
Me volví hacia la esquina con los ojos muy abiertos, desesperados, y escudriñé la oscuridad.
La luz de la vela moribunda apenas alcanzaba los pies de la cama. Unas sombras negras envolvían la habitación, más oscuras junto a las paredes.
En la habitación solo estaba Rodolfo, dormido. Allí no había nada.
Respiré hondo y exhalé con fuerza para aclararme las ideas. Estaba agotada por el viaje a la ciudad y por haber conocido a tanta gente. Me abrumaba el enorme trabajo que iba a suponerme arreglar la casa. Me había imaginado los destellos rojos. Me había imaginado la sensación de que me observaban. Eso o había sido uno de los gatos de los que había hablado Juana cuando llegué a San Isidro.
Sí, tuvo que ser un gato.
Más tranquila con esta explicación, me volví de nuevo hacia el tocador y apagué la vela. Avancé a tientas por la húmeda oscuridad hasta la cama, me deslicé entre las sábanas y me dejé atraer por el calor de Rodolfo como una polilla por las llamas. Él se estremeció con el roce frío de mis pies y se acercó adormilado hacia mí. La paz de su sueño y de su solidez se apoderó de mí. Cerré los ojos.
Su peso sobre el colchón era muy diferente de cuando había compartido cama con mi madre en la casa de mi tía Fernanda. Por muy agradecida que estuviera, fantaseaba distraídamente con el momento en que se marchara a la capital y, por primera vez en muchos muchos meses, tuviera una cama para mí sola. Y más cosas. Mi casa. Mi mundo. Frené estos pensamientos eligiendo colores de pintura para las diferentes habitaciones de la planta baja y tentar así al sueño a que me llevara con él.
Hasta mucho después, mientras me mecía en el oscuro umbral del sueño, no me di cuenta de que, desde que había llegado a la hacienda San Isidro, no había visto un solo gato.
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