Donde termina la noche
6. Beatriz
6
BEATRIZ
El presente
Una mañana, después de desayunar, Rodolfo ensilló su caballo y se despidió de mí a las puertas de San Isidro.
Me acunó la barbilla con una mano y analizó mi rostro.
—¿Estás segura?
Era la tercera vez que me preguntaba si iba a estar bien en San Isidro. Había dormido a ratos, me había despertado antes que él y me había quedado mirando las telarañas entre las vigas de cedro de Nicaragua de nuestro dormitorio. Había muchas cosas en el ambiente de la casa que me hacían sentir extraña.
Quizá era que varias generaciones habían vivido aquí antes que yo y habían dormido bajo las mismas vigas. Cada una la había hecho suya. Yo también la haría mía.
—Por supuesto, querido —le contesté—. Tengo que instalarme. Dejarla presentable para mi madre. Ya sabes cómo es con el orden en la casa. —No lo sabía. Aun así sonrió. Era un político, un actor, incluso con su mujer. Hice una pausa sopesando la sensatez de lo que estaba a punto de decir, pero seguí adelante de todos modos—. Prométeme que le entregarás mis cartas. En persona, si tienes tiempo.
Mi madre odiaba todo lo que representaba Rodolfo. No le daría la bienvenida, y menos si iba a entregarle mensajes de mi parte, su hija traidora. Pero tenía que intentarlo, aunque no hubiera respondido a ninguna de mis cartas.
—Por supuesto —me dijo, y me besó. Un roce de labios breve y casto. Su piel tenía un toque de cítricos de la loción para después del afeitado—. No dudes en escribirme si necesitas algo. Lo que sea.
Dicho esto, Rodolfo montó en su yegua baya y cabalgó hacia el sur. Esperé hasta que su oscuro sombrero no fue más que una mancha en el horizonte y volví sobre mis pasos a través de los patios, con el sol de media mañana calentándome el sombrero. Ahora que se había ido, había algo que tenía que hacer antes que nada.
Una vez dentro de la casa, me dirigí a la primera planta. La suite del patrón estaba dividida en cuatro habitaciones. La primera era una especie de salón, sin muchos muebles y llena de baúles con la ropa que había traído de la capital. Las únicas ventanas estaban situadas en lo alto de la pared y eran demasiado estrechas para mi gusto; no tenían cristales y estaban cubiertas con viejas contraventanas de cedro. Rodolfo me había explicado que así eran las casas de campo. Sería difícil adaptarme después de años cosiendo junto a los grandes ventanales acristalados del salón de mi madre en la capital.
La siguiente habitación era un salón, una especie de estudio. Rodolfo había dejado allí varios libros de sus años de formación: textos militares, una Biblia y la República, de Platón. Una puerta en el lado izquierdo conducía a la alcoba, que a su vez daba a la habitación para lavar la ropa.
Me arrodillé ante el primer baúl. La cerradura se abrió y levanté la pesada tapa. Encima de mi ropa de cama, ropa interior y medias había un pequeño cuadrado de papel doblado. Lo cogí, me lo acerqué a la nariz e inhalé profundamente. Había algo en el olor a papel que era mi padre. Era su mapa, lo único que pude arrancar de mi hogar antes de huir.
Lo llevé, junto con un puñado de alfileres, al estudio y lo clavé en la pared, por encima del escritorio de Rodolfo. Sí, la habitación todavía estaba llena de polvo y necesitaba desesperadamente que la ventilaran. Era demasiado oscura. Pero ahora mi padre estaba en la pared, dirigiendo ejércitos con sus X en rojo y el rastro del lápiz de carbón.
Esta diminuta parte de la casa era ahora mi hogar, y no descansaría hasta que el resto también lo fuera.
Hasta que llegara el primer envío de muebles de la capital, vería qué se podía hacer con los jardines. Me apreté las cintas del sombrero, saqué un par de guantes de un baúl y me dirigí a la terraza trasera. Mientras Rodolfo estuvo en la casa, me crucé de brazos y luché contra los impulsos de limpiarla yo misma. Rodolfo aún no sabía que se me habían endurecido las manos trabajando en la casa de mi tía Fernanda, y mi intención era seguir haciéndolo.
Atravesé los fríos pasillos y me dirigí al salón con las pesadas puertas dobles de cedro que daban a la terraza. Las abrí e inhalé profundamente la fresca mañana.
Estaba resentida con cada callo que me había hecho siguiendo las órdenes de mi tía Fernanda, con cada corte accidental en la cocina. Pero ¿aquí? El jardín que tenía delante era mío, podía arreglarlo y, aunque estaba marchito y marrón, surgió en mí un cariño feroz por él. Era mío e iba a arreglarlo para mi madre. Ya la imaginaba de pie junto a mí en esa terraza, con los ojos verdes levantados hacia el brillante cielo azul.
Pasé mis primeros años en una hacienda en Cuernavaca, en una gran plantación de azúcar con la familia numerosa de mi padre, la parte Hernández, la que tenía menos sangre andaluza, como eufemísticamente describía su tez más oscura y el tupido pelo negro. La casa principal de piedra cubierta de enredaderas se extendía perezosamente entre palmeras y fuentes de doscientos años de antigüedad, y estaba habitada por generaciones de primos, pero nosotros vivíamos en una casa más pequeña, separados de la mayor parte de la familia. Porque aunque su tía, la matriarca de la hacienda, quería a mi padre, solo ella toleró su decisión de unirse a la insurgencia contra España. Nuestra pequeña cabaña había sido de un capataz o jardinero fallecido hacía mucho tiempo y estaba conectada a la casa principal por arcos cubiertos de gruesas enredaderas de un verde exuberante acentuado por buganvillas colgantes. A mi madre no le importaba aquel aire descuidado. Le encantaba que el bullicioso crecimiento de los jardines amenazara con apoderarse de los edificios de la hacienda y envolverlos en un abrazo verdoso. Tenía muy buena mano con todo lo vivo y verde, y cuando mi padre estaba luchando, pasaba horas con su sombrero de ala ancha recorriendo la propiedad con el jardinero principal, hablando sobre riego y poda.
El clima árido y las hierbas muertas del césped frente a mí no eran exactamente la misma paleta con la que mi madre había trabajado en Cuernavaca, pero no tenía duda de que haría sus milagros en los jardines de San Isidro. Las hierbas altas susurraban unas contra otras y chismorreaban como tías mientras me dirigía hacia el muro trasero del jardín, donde había una escalera alta de madera apoyada. Aunque los peldaños inferiores estaban astillados y agrietados, los siguientes soportaron mi peso. Subí hasta que pude mirar por encima de la hilera de ladrillos que bordeaba la parte superior, mellada por el paso del tiempo.
San Isidro se construyó en un terreno elevado al noroeste del pueblo. La temporada de lluvias acababa de terminar. El verde que se extendía desde sus laderas hasta los límites del pueblo parecía tan suave como una de las alfombras de mi madre. Su tonalidad era más marrón y terrosa que los audaces trazos de Cuernavaca y su color solo quedaba interrumpido por los puntos blancos de las ovejas y las sobrias hileras de los campos de maguey de la hacienda.
Allí, en el rincón más alejado de los campos, las siluetas oscuras de los tlachiqueros blandían machetes en forma de arco o caminaban a zancadas entre las hileras de magueyes. De vez en cuando una voz masculina se elevaba entre ellos, un grito de sorpresa o una carcajada mientras drenaban el aguamiel que se acumula en el corazón de la planta de maguey y que se fermenta para hacer pulque.
Entrecerré los ojos contra el sol naciente. La silueta de una mujer caminaba entre ellos. Supe que era Juana por el balanceo decidido de la falda y el sombrero de ala ancha.
Quizá podría entender la intensa dedicación de Juana a la hacienda. Para Rodolfo, San Isidro era una fuente de ingresos garantizados durante la transición del poder entre España y México, entre el emperador y la república. Era un regalo del cielo. Pero ¿para Juana? El dinero que generaba para su familia le permitía ser libre. Vivía bien sin haberse casado, un privilegio envidiable en tiempos tanto de guerra como de paz. Hasta donde yo sabía, había vivido en la hacienda toda su vida. Y entonces ¿por qué en la cena con Rodolfo se mostró tan desdeñosa con mi deseo de mejorar los jardines? ¿Tan repugnantes eran mis intentos de revivir los terrenos marchitos?
«Juana, Juana».
Una voz sonó detrás de mí. Tan débil que podría haber sido la brisa serpenteando entre la hierba.
Volví la cabeza hacia la casa. El techo de tejas rojas parecía demasiado pesado para las paredes. El hecho de que el edificio estuviera situado en una suave pendiente le hacía parecer achaparrado. Las alas, apiñadas unas encima de otras, con los hombros superpuestos en varios ángulos y alturas, parecían una boca con demasiados dientes.
El peldaño de la escalera en el que tenía los pies apoyados se rompió con un frágil chasquido.
Mi aliento abandonó mis pulmones no en un grito, sino en un aullido mientras caía. Extendí los brazos, me agarré a la parte superior de la pared y gruñí al darme un golpe en la cara contra el estuco.
Madre de Dios.
Me quedé allí colgando un buen rato, con el corazón acelerado. No me iba a pasar nada. Una caída desde esa altura no podría hacerme daño. La pared era solo de la altura de Rodolfo, es decir, no muy alta.
Me preparé y me solté. Caí en cuclillas y me levanté. La brisa me escoció en la mejilla. Debía de haberme raspado la piel al rozar la pared.
—Buenos días, doña Beatriz.
Me di la vuelta hacia la puerta de la cocina.
Ana Luisa, canosa y vestida con una blusa blanca y una falda azul claro de aldeana, estaba en la puerta.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Inspeccionando el terreno —le contesté levantando la barbilla y alisándome la falda. Recé para que no hubiera visto la caída ni notara el rasguño en la mejilla—. ¿Por qué el jardín está en este estado? —añadí con la esperanza de que mi pregunta la distrajera de mi estado de nervios.
—No me había dado cuenta, doña Beatriz —me contestó astutamente. Su tono era más seco que la hierba marrón que crujió bajo mis zapatos cuando me acerqué a ella. A medida que me acercaba, noté que su ropa desprendía un fuerte olor a incienso—. No he estado en este jardín en meses. Desde… —Algo en sus ojos se volvió distante, y estuve segura de que cambió el rumbo de la frase a la mitad—. Desde que el patrón estuvo aquí la última vez. Nos quedamos en nuestras casas y utilizamos la cocina de allí, y doña Juana cree que no vale la pena vivir en la casa sola.
Como ama de llaves, Ana Luisa ocupaba una posición elevada entre las personas que trabajaban en la hacienda, solo superada por el capataz José Mendoza. Como yo había trabajado con los criados de mi tía Fernanda, sabía que ese lugar en la jerarquía de una casa y contar con la confianza de la señora significaban autonomía. Libertad. Conocía ese deseo, tan intenso como un dolor de muelas, y había aprendido a reconocerlo en otras mujeres. Era un destello ardiente de anhelo en sus ojos cuando creían que nadie las miraba. La determinación de una mano apretada en un puño por debajo de la mesa. Con tantos hermanos y esposos, padres y patrones asesinados en la guerra, cada vez más mujeres en la capital podían desenvainar sus cuchillos y coger lo que ahora era suyo. Yo no era diferente. Y dudaba que las mujeres del campo lo fueran, ya fueran hijas o viudas de hacendados o amas de llaves como Ana Luisa.
Mi llegada había suplantado a Juana como autoridad natural y había sacudido la jerarquía de la hacienda. Quizá Ana Luisa me veía como una amenaza al cómodo orden de su mundo.
Quizá tenía razón.
—Tengo planes de volver a hacer habitable este lugar, y el jardín no es una excepción —le dije levantando la barbilla como había visto hacer mil veces a mi tía Fernanda—. Mi madre vendrá de la capital dentro de unas semanas y quiero que todo esté perfecto para su llegada.
Las oscuras cejas de Ana Luisa se alzaron ligeramente ante mi tono. Asintió una vez, solemnemente y sin adornos, y después cogió un trapo colgado de un gancho junto a la puerta de la cocina y siguió limpiando.
—Como usted diga, doña Beatriz.
El olor a incienso de copal se hizo más fuerte cuando entró por la puerta. Se me hizo un nudo en la garganta. No por el fuerte olor —que me pareció poco habitual, pero no desagradable—, sino por una súbita oleada de vergüenza.
Oí la voz de mi tía Fernanda al dar las órdenes. De repente estaba de vuelta en su casa, me cogía del brazo y me llevaba a la cocina, donde estaban haciendo los preparativos para una cena.
Una cena a la que sin duda no estaba invitada.
«Por supuesto, ya sabes que no pueden verte», me había dicho mi tía dejando la marca de unas medias lunas con las uñas en mi antebrazo. Me ardieron las mejillas, ya demasiado oscuras para ella. Había dado a conocer su opinión sobre la herencia de mi padre. No merecía la pena repetirlo. «Entretanto, tienes que ser útil —me dijo, y la dulzura empalagosa de su voz se deslizó por mi nuca—. Así quizá valgas algo».
Por más que intentara pasarla por alto, la voz de mi tía Fernanda permanecía allí, con un ligero olor a podrido que no podía desterrar. La oía cada vez que me ponía el sombrero de ala ancha y los guantes, y cada vez que comprobaba mi aspecto en el espejo. Gracias a ella, cada vez que cogía del brazo a Rodolfo, una pequeña parte de mí, herida, quería alejarse de él, de lo que era evidente que no merecía.
Y la oí en mi voz al darle una orden a Ana Luisa.
La vergüenza me picó en la parte posterior de la garganta.
Ahora que Rodolfo se había marchado, yo era la señora de la casa. Llevaba semanas esperando ese momento, pero ahora que la autoridad era mía y solo mía, no sabía cómo ejercerla.
Le di la espalda a Ana Luisa y a la cocina y me dirigí al jardín delantero por el pasillo oscuro y húmedo. Una vez allí, apoyé las manos en las caderas y miré con el ceño fruncido las aves del paraíso marchitas, el maguey silvestre aislado y la maleza que había invadido los macizos de flores junto a la puerta principal como un general inspeccionando el campo de batalla.
Temía que Ana Luisa no se molestara en disimular lo mal que le caía. Mi posición era inestable y arremetían contra mí. No debería volver a hablar con tanta dureza. Al cimentar su autoridad con altivez y frialdad, mi tía Fernanda había sembrado odio y dolor en mí y en la mayoría de sus criados.
Pero entonces ¿cómo establecería mi lugar como señora de la casa? No tenía la autoridad innata de Rodolfo como hombre. Ni la de Juana como criolla e hija de un hacendado.
Tendría que encontrar mi camino. De algún modo. Tenía que hacerlo antes de que llegara mi madre.
Si es que respondía a mis cartas en las que le rogaba que viniera. Solo podía esperar que soportara ver a Rodolfo.
Aparté ese pensamiento, me puse los guantes de cuero y me dirigí a los macizos de flores. Arranqué las malas hierbas impetuosamente y dejé montones de flores muertas a mi paso. Con la excepción de un descanso para comer y una breve siesta al fresco de la casa, seguí hasta que las sombras se alargaron en el patio.
—¿Qué demonios está haciendo?
Pegué un brinco.
Juana estaba ante mí, observando con el ceño fruncido el borde de mi sombrero manchado de sudor y mi vestido sucio. Tenía las mejillas rosadas por el sol y el sudor le oscurecía la blusa debajo de las axilas y de la garganta.
—Mi hermano diría que tenemos para esto criados, señora de Solórzano —me dijo arrastrando las palabras.
Aparté de golpe las manos de la tierra y me sacudí los guantes.
¿Estaba burlándose de mí? No pude analizar su expresión mientras me incorporaba y me sacudía la falda. Era evidente por la única vez que cenamos juntos que Juana no tenía en alta estima lo que pensaba Rodolfo. Ni viceversa. Y tampoco creía que cuidar los jardines fuera tan importante como ocuparse del maguey. Pero ¿por qué?
—Mi esposo diría que admira a las mujeres que entienden la cantidad de trabajo que implica administrar una propiedad.
Lo había oído hablar sobre la educación de las mujeres con sus colegas y la importancia de que las viudas administraran sus haciendas después de la guerra, así que tergiversé sus palabras para que pareciera que aprobaban mi comportamiento.
Juana resopló suavemente. Inspeccionó los boquetes que mi trabajo había dejado en el suelo.
—Puede que las admire, sí. Pero no suele casarse con ellas.
Me quité los guantes para ocultar la curiosidad en mi expresión. Así que Juana nunca había pillado a María Catalina quitando las malas hierbas del jardín, eso seguro. ¿Qué más sabía sobre la primera esposa de mi marido? Habían vivido juntas en la hacienda durante un tiempo, ¿no?
—Esta noche cenaré con usted —me dijo Juana de repente.
Lo dijo como si fuera ella la anfitriona y no yo, como si la casa fuera suya y no mía. Me tragué la réplica que acudió a mis labios.
La animosidad entre mi esposo y su hermana, el hecho de que Juana fuera tan peculiar para doña María José y las esposas de los demás hacendados, los rumores sobre la difunta María Catalina… Había muchas cosas que no sabía sobre la hacienda San Isidro.
Cosas que Juana sí sabía.
Si le cayera bien, si no me viera como una amenaza para su estilo de vida aquí, quizá confiaría en mí.
Encontraría mi lugar como señora de la casa. La haría mía. Pero no podía correr el riesgo de enemistarme con Juana, todavía no.
Entró en la casa y la seguí.
—¿Le gusta esto? —me preguntó con la barbilla levantada, recorriendo con la mirada el techo alto de la entrada. Era una pregunta frívola, al parecer perfectamente inocente, pero algo incierto acechaba por debajo.
—Es…
Dejé la frase inconclusa. Juana se dio la vuelta y me miró. La luz del atardecer que entraba por la puerta abierta iluminaba su rostro y bailaba sobre los mechones broncíneos que se le habían soltado del recogido que llevaba en la nuca. Sus grandes ojos claros buscaron los míos con tanta franqueza que no pude evitar responder de la misma manera. Decir exactamente lo que pensaba mientras me desataba el sombrero y me lo quitaba del pelo sudoroso.
—Quiero arrancar el tejado. Parece la única forma de que entre la cantidad de aire fresco que quiero.
Juana soltó una carcajada sorprendida que se elevó hasta el techo y se enredó en las telarañas.
—Creía que Rodolfo había dicho que eras hija de un general, no de un artillero.
Un cálido placer se desplegó por mi pecho al hacer reír a Juana, pero no tardó en enfriarse. Rodolfo le había hablado de mí. ¿Por qué a mí no me había dicho absolutamente nada de ella? ¿Qué otros secretos me ocultaba sobre San Isidro? ¿Sobre su primera esposa?
—¿Qué otros planes violentos tiene para renovar el ambiente?
Lo que quería era golpear las paredes con un machete de tlachiquero para abrir más ventanas.
—Color —le contesté secamente.
—¿Y si a la casa no le gusta el color? —bromeó Juana.
¿Estaba jugando conmigo o intentaba ser amigable? En la capital, las mujeres jugaban al ajedrez con las palabras, se movían disimuladamente entre porcelana y seda para controlarse unas a otras, para proteger su territorio y para sacar a las demás del tablero. Yo solo había estado cerca de mi madre. Incluso mis primas y amigas de antes de que muriera mi padre tenían garras afiladas y eran evasivas, y me mantenían a raya con pullas y miradas de soslayo.
—A la casa le gustará lo que yo le diga que le guste —le contesté cruzando los brazos sobre el pecho. «Porque es mi casa», añadí para mis adentros—. Empezaremos con el azul.
Los labios finos de Juana desaparecieron al sonreír.
—Me cae usted bien —me dijo sin rodeos—. ¿Qué tonos de azul tiene en mente, general Beatriz?
Aflojé los brazos cruzados. Desde la muerte de mi padre, las experiencias me habían colocado una piedra tras otra en el pecho y habían construido muros tan impenetrables que mi madre me comentó lo difícil que se había vuelto llegar a mi corazón. Aun así, me gustó que me dijera que le caía bien.
Con un gesto le indiqué a Juana que me siguiera a la escalera.
—He traído sedas de la capital —le dije—. Azules como nunca ha visto.
Tras un momento de duda, las botas de Juana me siguieron por el pasillo.
Como no decía nada, llené el silencio explicándole qué haría en cada habitación a medida que pasábamos por ellas. Reformaría el comedor para que fuera como el nuestro en la capital, donde en su momento mi padre y mi madre recibieron a generales. Los salones los decoraría con colores que le gustaran a mi madre, como amarillos y rosas claros.
—Mentí sobre las corrientes de aire en la casa —me dijo Juana en voz baja mientras subíamos por la escalera. Me volví y la miré. Estaba ojerosa. Aunque seguía mis pasos, su atención se deslizó por la barandilla de hierro forjado hacia el ala norte—. La verdad es… que todo esto me abruma. Hay mucho por hacer —dijo. Y en tono más animado añadió—: Antaño había mucha gente aquí. Lo recuerdo antes de la guerra, más que Rodolfo. Cuando nuestros padres hacían fiestas, se llenaba de personas. Las cocinas estaban repletas de criados y la casa siempre estaba impecable.
—¿Dónde están ahora todos los criados?
Abrí la puerta y le indiqué que entrara en el salón de mi dormitorio sin dejar de escucharla atentamente.
—Los despedí —me contestó Juana—. No podíamos permitirnos nada de eso durante la guerra. Cuando nuestro padre murió y Rodolfo se unió a los insurgentes, me quedé sola. Ningún hacendado iba a ayudarme después de lo que había hecho mi hermano. Imagínese, un Solórzano uniéndose a los insurgentes. Como si se hubiera unido a los indios que saqueaban las haciendas. Nuestro padre era muy respetado en el distrito, pero después de eso… —Negó con la cabeza e hizo un sonido desdeñoso.
Pronunció despacio las palabras «indio» e «insurgentes». Chasqueé la lengua con suavidad para indicarle que no aprobaba su tono. Por un momento pensé en comentarle que esa gente era la fuerza a la que se habían unido todos los hacendados conservadores y monárquicos al final de la guerra, que esos insurgentes eran ahora los hombres que gobernaban la República. Esas mismas personas fueron las que hicieron posible la paz, lo que permitió que la hacienda San Isidro siguiera sacando beneficios vendiendo pulque. Hicieron posible la vida de Juana. Me volví y me fijé en que una expresión pétrea y determinada se había asentado en sus rasgos. Pensé que mejor me mordía la lengua.
—De mí dependía mantener la hacienda en funcionamiento. Ana Luisa fue mi única ayuda —siguió diciendo, ajena a mi silencio—. Tuve que administrar el dinero con cuidado. Era eso o vender la tierra.
Ahora entendía más el estado decrépito de la casa. No era que a Juana le importara más el maguey que el jardín. Descuidó la casa que había sido de su familia durante generaciones porque habría hecho cualquier cosa por conservar la tierra. Una hacienda así era la libertad. Yo también me había sacrificado para tener una autonomía como la suya.
Quizá ella y yo teníamos más en común de lo que pensé al principio. Quizá no tendríamos que luchar por la propiedad y podríamos ser aliadas. Incluso amigas, a pesar de nuestras diferencias.
Me arrodillé ante el baúl que contenía mis sedas. Tenía una falda azul oscuro, una de las pocas cosas que mi madre me compró antes de que le comunicara mi compromiso con Rodolfo. Me había enfadado con ella por gastar nuestros preciados ahorros en algo tan frívolo como un regalo de cumpleaños, pero ahora quería utilizar ese color por toda la casa en su honor: fundas de sillas, porcelana y cristal. La cerradura emitió un clic. Abrí el cofre.
—¡Dios mío! —gritó Juana.
Sus botas arañaron el suelo al saltar hacia atrás.
Un líquido oscuro empapaba las sedas del baúl. Me quedé inmóvil. Un olor metálico me invadió la nariz. La cabeza me daba vueltas. Mis sedas. Los regalos de mi madre, los artículos de una vida que ya no tenía, a la que me aferraba y que atesoraba.
Estaban… mojadas. ¿Cómo era posible? Había llovido mientras atravesábamos las montañas hacía dos semanas, pero los baúles estaban cubiertos.
Extendí la mano…
—¡No lo toque! —me gritó Juana.
Las yemas de mis dedos rozaron el líquido cálido y pegajoso. Las retiré rápidamente.
Estaban rojas. De un rojo sangre.
Un zumbido como de mil abejas me invadió los oídos. Una gota gruesa de color escarlata goteó de mi mano hasta el baúl, donde aterrizó con un chasquido.
Mis sedas. Estaban empapadas en sangre.
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