Donde termina la noche
5. Andrés
5
ANDRÉS
Apan
Diciembre de 1820
Tres años antes
Mientras cabalgaba por el campo del distrito de Tulancingo, el valle de Apan me llamaba como el crepúsculo de verano. La constatación agridulce de que casi estaba en casa fue suave al principio, apenas rozaba mis sentidos, y después se apoderó de mí de golpe, rápida y totalmente. A unos kilómetros del pueblo les dije a mis compañeros de viaje que mi mula tenía una piedra en la herradura y que siguieran adelante. Me reuniría con ellos en breve.
Desmonté.
Durante siete años en el seminario de Guadalajara, la Inquisición se había cernido sobre mi hombro como el sudario de la muerte, siempre vigilante, con su aliento pegajoso en mi nuca. Desde los dieciséis años hasta que me ordené, sofoqué mis sentidos ahogándolos en latín, filosofía y penitencia. Recé hasta quedarme ronco. Recurrí al cilicio cuando me dijeron que me purificaría. Doblé las partes más oscuras de mí mismo y metí mi espíritu retorcido en una caja que permaneció cerrada.
Pero cuando mis pies tocaron la tierra del valle, el eje del mundo se desplazó. El campo invernal azotado por el viento y los cielos bajos y grises volvieron su mirada soñolienta hacia mí. Me vieron, me reconocieron y asintieron despacio y satisfechos, como los antiguos gigantes. Recorrí con la mirada las colinas oscuras que se enroscaban alrededor del valle como nudillos. Por primera vez en siete años sentí los espíritus que zumbaban por este pequeño rincón de la creación, incluso cuando ya nadie recordaba sus nombres.
El hecho de que el valle me reconociera me alcanzó como un rugido, como una ola, y temblé bajo el sarape, demasiado grande. Durante años me había escondido tras gruesos muros, solo. Mi secreto me separaba de los demás estudiantes del seminario. El miedo a que me descubrieran gobernaba cada uno de mis pensamientos y pasos. Me oculté hasta tal punto que viví a un pelo de la asfixia.
Ahora me veían.
Ahora, lo que más temía se extendía como una sombra en mi pecho. Aquí, lejos de los ojos de la Inquisición, las partes de mí que había metido en una caja empezaban a desplegarse, suaves y curiosas como columnas de humo, y tensaban la cerradura y la bisagra.
Las empujé hacia abajo.
«Dile que rezo por que vuelva a San Isidro. Los pájaros rezan por que vuelva a San Isidro».
La oración de mi abuela recibió respuesta. Estaba casi en casa. Pero ¿qué sería de mí ahora que lo estaba?
Mi llegada quedó engullida de inmediato por los preparativos para la festividad de la Virgen de Guadalupe. El padre Guillermo y el padre Vicente tenían una idea concreta para la procesión de la imagen de la Virgen y San Juan Diego por las calles de Apan, y me dejaron claro cuál era mi lugar: cargar a hombros el paso que llevaba a la Virgen y al santo junto con otros hombres del pueblo. El padre Guillermo era demasiado viejo para esas cosas, dijo el padre Vicente, y él, bueno, él estaría al frente de la procesión, ¿no?
Ese era mi lugar como sacerdote joven, un sacerdote sin destino, sin parroquia y sin esperanza de hacer carrera en una ciudad. Era el lugar adecuado para un sacerdote mestizo a ojos del padre Vicente. Tenía razón. Más de la que creía. Aunque yo hubiera sido un hombre ambicioso, aunque hubiera entrado en el sacerdocio con la intención de cubrir mi vida de plata y comodidad, como tantos hombres a los que conocí en el seminario, no podía cambiar lo que era.
Conocía al padre Guillermo desde antes de irme a Guadalajara. Cuántas veces me encontró dormido debajo de los bancos de la iglesia cuando era pequeño y me llevó de vuelta con mi madre al amanecer, acurrucado en sus brazos como un gatito somnoliento. Si Guillermo adivinó la razón por la que hui de casa en plena noche buscando el silencio de la casa de Dios, nunca lo dijo. Fue él quien escribió a Guadalajara y vio con buenos ojos mi traslado a la pequeña parroquia de Apan y, cuando llegué, polvoriento y agotado tras semanas de camino, fue él quien me abrazó. A pesar de su nerviosismo, su pompa y su deseo de complacer a los ricos hacendados que financiaban las reformas de la iglesia, confiaba en Guillermo. Pero él nunca había vivido en las haciendas, como yo de niño. Había muchas cosas que nunca podría entender.
Vicente era nuevo, sustituía al viejo padre Alejandro, que durante años había caminado junto al espectro de la muerte. En cuanto me encontré con la mirada de halcón de Vicente, una espiral de miedo me atenazó los huesos. No podía confiar en él, ni respecto de mí, ni de mis secretos, ni de las luchas de mi pueblo.
Los sacerdotes salieron de la iglesia por la parte de atrás para empezar la procesión, y yo me coloqué en mi lugar entre los otros tres vecinos elegidos para llevar el paso de la Virgen: el jefe anciano de correos, un panadero también canoso y su hijo, delgado como un junco, que no aparentaba más de doce años. Nueve años de insurgencia no habían dejado a ninguna familia ilesa. No había un ciudadano, ni un hacendado, ni un aldeano que no hubiera perdido a un hijo, un hermano o un sobrino en la flor de la vida. Si no en las batallas que destrozaron el campo y lo tiñeron de negro con sangre, por la tuberculosis, la gangrena o el tifus.
Me coloqué en mi sitio y levanté el paso de la Virgen sobre el hombro izquierdo. Estábamos desequilibrados, porque yo era más alto que el panadero, así que tendría que encorvarme para mantener a la Virgen en equilibrio.
«¿Todo bien, padre Andrés?».
Miré al hijo del panadero y gruñí que sí. Más allá de él estaban los bajos muros de piedra del cementerio. Volví la cara rápidamente.
Ahora había más miembros de mi familia bajo tierra que caminando por ella, pero no había presentado mis respetos a los que yacían detrás de la parroquia de Apan. Mis hermanos no estaban allí. Antonio e Hildo habían muerto en batalla en Veracruz y Guadalajara; solo el Señor sabía dónde descansaban. El tercero, Diego, había desaparecido en algún lugar cerca de Tulancingo el año anterior. Estaba vivo, lo sabía, retenido en alguna parte, pero ninguna de mis frenéticas cartas a todos los insurgentes que conocía tuvo respuesta. Mi abuela no estaba allí. La enterraron cerca de su casa, en el pueblo de la hacienda San Isidro. Habría querido que enterraran a mi madre cerca de ella, en la tierra donde había nacido, la tierra que era su hogar, la tierra donde su familia había vivido durante siete generaciones, pero estaba en el cementerio detrás de mí.
Iría pronto. Pero ahora no. Todavía no.
Por orden del padre Vicente, empezamos a rodear la iglesia en dirección a la plaza de armas. Apan tenía cuatro calles y una maraña de callejones, era gris y tranquilo la mayoría de los días, pero se desbordaba el día de la festividad de la Virgen. Los habitantes de las haciendas se habían desplazado al pueblo para la misa y la procesión. Se habían puesto sus mejores galas; los hombres, camisas almidonadas y las mujeres, bordados brillantes, pero a medida que avanzábamos despacio detrás de los padres Vicente y Guillermo, se hacía evidente lo descolorida y remendada que estaba su ropa. Había demasiados rostros demacrados, demasiados pies sin zapatos, aunque estábamos en pleno invierno. La guerra no dejó ninguna zona del campo intacta, pero dejó su marca más profunda en los que menos tenían.
Pero cada vez que miraba hacia arriba, veía unos ojos brillantes como un cielo otoñal. Ardiendo de curiosidad. Que no se dirigían a la Virgen y al apasionado Juan Diego, sino más abajo.
A mí.
Yo sabía lo que veían.
No veían al hijo de Esteban Villalobos, antaño capataz sevillano del viejo Solórzano en la hacienda San Isidro y, después, ayudante del caudillo, el militar local que mantenía el orden en Apan y las haciendas aledañas. Un matón y borracho que había vuelto a España hacía siete años.
No veían al recién ordenado padre Juan Andrés Villalobos, un sacerdote formado en Guadalajara, que solía rezar ante un retablo de catedral resplandeciente con más oro del que habían visto en su vida.
Veían a mi abuela. Alejandra Pérez, mi sijtli, a la que sus muchos nietos y buena parte de los habitantes del campo llamaban Titi.
Era poco probable que la vieran en mis rasgos, que eran más de mi padre español que de mi madre. No. Sabía que sentían la presencia de Titi. Quizá incluso sentían el movimiento de la tierra bajo sus pies y la atención de los cielos inclinándose hacia mí. «Ahí —decían—. Ese. Mirad».
Y miraron. Hicieron como que contemplaban a la Virgen y se santiguaron cuando los bendijo el incensario de oro oscilante del padre Vicente, pero yo sabía que me miraban a mí, que estaba debajo de las rodillas de madera de Juan Diego.
Mantuve la vista clavada en el camino polvoriento que tenía por delante.
Los habitantes de la hacienda San Isidro estaban agrupados casi al final de la procesión, delante de la iglesia. Levanté la cabeza y vi a mi prima Paloma con otras chicas de su edad. Cambió de postura, expectante, estiró el cuello y observó la procesión. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, una sonrisa le iluminó el rostro como un rayo. Casi tropecé, como Cristo en el camino al Calvario, por el impacto de ver a alguien tan familiar después de tantos años separados. Había vuelto a Apan, sí, pero ahora, en presencia de Paloma, sentía que estaba en casa.
Estaban allí todos los habitantes de la hacienda, a los que conocía de toda la vida: mi tía y madre de Paloma, Ana Luisa, y el viejo capataz Mendoza, que había sustituido a mi padre después de sus indiscreciones. Me observaron con unos intensos ojos negros, por primera vez en siete años, reconociéndome como uno de los suyos.
Sabía que esperaban que ocupara el lugar de Titi.
Pero ¿cómo iba a hacerlo? Me había ordenado. Había seguido el camino que Titi y mi madre insistieron en que tomara. No había muerto en la última década de guerra, ni por gangrena ni por la bayoneta de un gachupín. Había eludido la vigilancia de la Inquisición y me había convertido en un hombre de la Iglesia.
«Te enseñarán cosas que yo no puedo enseñarte —me dijo Titi hace muchos años, cuando me dejó en el camino al seminario—. Además — añadió con un brillo astuto en los ojos y dándome palmaditas en el pecho, consciente de que la palma de su mano se apoyaba directamente en la oscuridad que rodeaba mi corazón—, ¿no estarás bien escondido?».
Los habitantes de San Isidro necesitaban algo más que otro sacerdote. Necesitaban a mi abuela. Yo la necesitaba. Echaba de menos su olor a jabón de pino, el dorso venoso de sus manos, tan suave al tacto, sus dedos nudosos y sus muñecas fuertes y seguras mientras se trenzaban el pelo blanco o molían hierbas en el molcajete para curar el dolor de estómago de un familiar. Echaba de menos el brillo travieso de sus ojos oscuros, que mi madre, Lucero, había heredado y que me habría gustado tener a mí. Echaba de menos incluso sus consejos, tan crípticos que resultaban exasperantes. Necesitaba que me mostrara cómo ser sacerdote y su heredero a la vez, cómo cuidar de su rebaño y desviar con calma las devastadoras sospechas del padre Vicente.
Pero estaba muerta.
Cerré los ojos mientras la procesión se detenía ante la puerta principal de la iglesia.
«Por favor. —La oración llegó hasta el cielo, a Dios y a los espíritus que dormían en el vientre de las colinas que rodeaban el valle. No sabía rezar de otra manera—. Guíame».
Cuando los abrí, vi al padre Vicente estrechando manos y bendiciendo a los miembros de un grupo de hacendados. Sus sedas y sombreros elegantes destacaban entre la multitud, chillones como pavos reales en plena hambruna. Los viejos patrones de la hacienda Ocotepec y Alcantarilla se quitaban el sombrero ante el padre Vicente, y sus mujeres e hijas, de pelo claro, le estrechaban la mano enguantada. Ni siquiera los hacendados habían escapado a los estragos de la guerra. Sus hijos habían ido a luchar por los gachupines, los españoles, y en el campo solo quedaron viejos y niños para defender las haciendas contra los insurgentes.
El único joven era uno de pelo castaño claro y penetrantes ojos azules, cuyo rostro beatífico parecía tallado y pintado para una estatua de un retablo bañado en oro. Estaba apartado de los demás y recibió el efusivo saludo del padre Guillermo con una media sonrisa calculada.
Tardé un momento en entender por qué me resultaba tan familiar.
—¡Don Rodolfo! —gritó el padre Guillermo.
Era hijo del viejo Solórzano. Seguramente ahora era el patrón de la hacienda San Isidro. Lo había visto de lejos en la propiedad cuando era pequeño. Sabía que a los niños del pueblo no les importaba, e incluso de vez en cuando jugaban con él a perseguir ranas en el arroyo junto a la casa. Ahora no podía ser más diferente de los aldeanos. Llevaba ropa elegantemente confeccionada que le marcaba la silueta. Le cogía del brazo una mujer criolla, a la que presentó al padre Guillermo como su nueva esposa, doña María Catalina.
Le dijo que la había traído de la capital para protegerla del tifus. De momento se quedaría en la hacienda San Isidro con su hermana.
—¿Quiere eso decir que usted volverá pronto a la capital, don Rodolfo? —le preguntó el padre Guillermo.
—Sí. —Volvió la cara para mirar a los demás hacendados y, a continuación, se inclinó hacia el padre Guillermo y bajó la voz—. Las cosas están cambiando muy deprisa y la capital no es segura. —Bajó la voz aún más. Nadie habría podido oírlo entre la conmoción general de la multitud, pero mi abuela me había dejado muchos dones. Mi oído, acostumbrado desde hacía mucho tiempo a escuchar los estados de ánimo cambiantes de los campos y los cielos, era agudo como el de un coyote—. Debe velar por doña Catalina, padre —le dijo Rodolfo—. Ya me entiende… Mis ideas políticas no son populares entre los amigos de mi padre.
—Que en paz descanse —murmuró el padre Guillermo asintiendo sutilmente con la cabeza.
La curiosidad me agudizó los oídos, aunque me esforcé por mantener el rostro tan impasible como el de un santo. No ser popular entre los hacendados criollos conservadores, que se aferraban a su riqueza y a la monarquía, significaba que Rodolfo simpatizaba con los insurgentes y la independencia. No era raro que hijos de los hacendados le dieran la vuelta a la tortilla y apoyaran a los insurgentes, aunque no lo esperaba del hijo del antaño cruel Solórzano. Quizá Rodolfo era diferente de los demás criollos. Quizá, ahora que el viejo Solórzano estaba muerto, los habitantes de San Isidro sufrirían menos bajo la vigilancia del joven.
Miré a la mujer que lo cogía del brazo. Parecía salida de un cuadro. Su carita afilada estaba coronada por un cabello claro como el maíz. Sus ojos eran como los de una cierva, oscuros y separados. Cuando revolotearon en mi dirección, se deslizaron justo sobre mí. Pasaron por encima de los habitantes del pueblo, sin verlos, y volvieron a centrarse en el padre Guillermo.
Ay, eran de esos ojos que no se fijaban en rostros que no fueran peninsulares o criollos. Había muchos así entre los hacendados y sus familias. ¿Cómo una mujer así podría sobrevivir sin personas como ella, sola en el campo, en esa enorme casa en el centro de la hacienda San Isidro? Parecía hecha de caro azúcar blanco, como las mujeres a las que solo había visto en Guadalajara. Irreal como un fantasma pálido en la orilla de un río. Había visto a mujeres como ella en Guadalajara, mujeres ricas y piadosas, con manos suaves como un abrigo de piel de cordero para la primavera, absolutamente incapaces de trabajar. Estas personas no podrían sobrevivir mucho tiempo en el campo.
Me pregunté entonces si los cambios que insinuaba don Rodolfo acabarían por fin con la guerra. Estaba seguro de que, en cuanto acabara, su esposa de algodón de azúcar volvería a las comodidades de la capital, con tifus o sin él.
Qué equivocado estaba.
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