Dunkerque
7. Evasión a Dunkerque
Siete
Evasión a Dunkerque
Para quienes seguían combatiendo a los alemanes el 28 de mayo, la rendición de
los belgas era ya cosa del pasado. La principal consecuencia de la capitulación de
Leopoldo fue la apertura de un hueco de más de treinta kilómetros entre el flanco
izquierdo de la 3ª División de Montgomery y la localidad costera de Nieuport, a
treinta y dos kilómetros de Dunkerque. Monty lo solventó llamando en su auxilio al
12º Regimiento de Lanceros, un venerable regimiento de caballería equipado con
blindados ligeros Morris CS9 al que dio orden de demoler todos los puentes del canal
del Yser desde el flanco de la división hasta el mar.
Fue una intervención oportuna: apenas diez minutos después de que el puente de
la carretera entre Dixmude y Furnes fuera volado, llegó el primer grupo de motoristas
enemigos, seguido por los camiones que transportaban a la infantería. A los alemanes
les sorprendió encontrar el puente destrozado, y más aún toparse con los blindados
británicos, que estaban esperándolos. Todos los motoristas y gran parte de los
soldados resultaron heridos o muertos. De haber llegado más tarde los Lanceros, los
alemanes habrían cruzado la línea del canal en su avance hacia Dunkerque.
En Nieuport, sin embargo, solo se había destruido un puente. El otro seguía
intacto. Y aunque el Escuadrón B del 12º de Lanceros se esforzó durante todo el día
por impedir que los alemanes entraran en la ciudad, no pudo encontrarse a ningún
ingeniero que se encargara de la demolición del puente. Al caer la noche, un oficial y
dos sargentos trataron de destruirlo con granadas de mano, acercándose a rastras todo
lo que pudieron. Pero justo cuando se disponían a arrojar los explosivos, los alemanes
lanzaron una bengala y los tres hombres quedaron al descubierto. Consiguieron
lanzar las granadas, pero no dañar el puente. Uno de los sargentos murió y los otros
dos pudieron escapar a la carrera. Al poco tiempo la ciudad estaba en llamas y los
Lanceros tuvieron que retirarse. El camino quedaba, pues, expedito para que los
alemanes avanzaran por la costa hasta Dunkerque.
La 12ª Brigada de Infantería fue enviada de inmediato a Nieuport para cortarles el
paso, pero hubo problemas con la organización del transporte y las tropas tardaron
horas en llegar. Entre tanto, se mandó urgentemente a dos compañías de Ingenieros
Reales a destruir los puentes restantes, con lo que se consiguió mantener a los
alemanes a raya hasta que llegó por fin la 12ª Brigada de Infantería. Así pues, al este
de Dunkerque, los alemanes aún no habían logrado romper las líneas aliadas.
Al suroeste, la 2ª División de Infantería estaba encargada de contener el avance
alemán en un tramo de veinticuatro kilómetros del canal de La Bassée. Era esta una
tarea crucial, además de compleja. El grueso de las fuerzas británicas se estaba
replegando justo detrás del canal mientras una asombrosa variedad de tropas
enemigas trataba de romper el frente, entre ellas las Divisiones Panzer 3ª, 4ª y 7ª y la División SS Totenkopf. Levantada ya la orden de detenerse, los Panzer ansiaban
recuperar el tiempo perdido.
La mañana del 27 de mayo, la infantería y los tanques alemanes atacaron la
localidad de St. Venant, situada al norte del canal y defendida por los Fusileros
Galeses y el Regimiento Real de Infantería Ligera de Durham. Aunque los batallones
británicos lograron contener al enemigo casi todo el día, al anochecer la mayor parte
de sus hombres habían muerto o caído prisioneros. Un batallón de artillería de los
Highlanders de Argyll y Sutherland[13] fracasó en su tentativa de llegar a Merville,
mientras que más al sur, en dirección a Béthune, el 2º Batallón del Regimiento Real
de Norfolk (en cuyas filas habían luchado tan valerosamente Peter Barclay, Ernie
Leggett y George Gristock en el Escalda) defendía el frente del feroz asalto de los
Stuka y los Panzer.
El soldado Robert Brown pertenecía al 2º Batallón de Norfolk. La mañana del 27
de mayo, estaba montando guardia cerca de una casa de labranza cuando vio aparecer
tras él una ametralladora montada sobre una motocicleta alemana con sidecar.
Regresó a toda prisa al puesto de mando de su batallón para informar de que el
enemigo había conseguido colarse por su retaguardia. Él y otro soldado pasaron casi
todo el día apostados en un retrete exterior, en cuya pared de ladrillo abrieron
troneras por las que disparar. Otros miembros del diezmado batallón hicieron lo
mismo en establos, vaquerías y graneros de los alrededores. En conjunto, se las
arreglaron para formar una línea defensiva sólida y pasaron casi todo el día
combatiendo.
A última hora de la tarde, el oficial al mando hizo una ronda recabando opiniones:
¿debían seguir luchando o rendirse? Algunos dijeron que rendirse, pero Brown optó
por continuar. «Teníamos la moral tan alta», cuenta, «que ni se me pasaba por la
cabeza que me hicieran prisionero, o me mataran o hirieran. La verdad es que nos
limitábamos a disparar y a gastar bromas». Al final, sin embargo, el oficial les ordenó
deponer las armas y añadió que, si alguien creía que podía escapar, tenía todo el
derecho a intentarlo. Brown y dos amigos, que habían visto humo carretera abajo,
echaron a andar en esa dirección confiando en que el humo los ocultara a ojos del
enemigo. Al poco rato, sin embargo, tuvieron que meterse en una zanja de la cuneta,
donde unos soldados alemanes los descubrieron y les ordenaron salir con las manos
en alto.
Brown se levantó con los brazos en alto. Cuando los alemanes se le acercaron, le
impresionó su aspecto: los escudos de las SS, las insignias con calaveras y los fusiles
automáticos. «Pero nos trataron tan razonablemente como cabe tratar a un enemigo»,
añade Brown. «Los empujones, golpes y gritos habituales». El resto del batallón fue
apresado en otra parte y, como veremos, recibió un trato muy distinto.
Al concluir los combates en el canal de La Bassée, solo sobrevivía un 10% de la
división, que sin embargo había logrado proteger al ejército británico en su retirada.
Gracias a ello, la noche del 27 al 28 de mayo el grueso de la Fuerza Expedicionaria Británica se hallaba ya sana y salva al norte del río Lys.
Resulta interesante leer los informes alemanes sobre la batalla. El diario de
campaña del XLI Cuerpo Panzer describe en su entrada del 27 de mayo a un enemigo
que «lucha tenazmente y permanece en su puesto hasta el último hombre». De hecho,
tan tenaz era el enemigo que «el Cuerpo no consigue ganar terreno que merezca la
pena mencionar ni al este ni al noroeste». El diario del XXXIX Cuerpo aporta dos
detalles interesantes: observa, en primer lugar, que los alemanes «sufrieron bajas
considerables al atacar el canal de La Bassée, defendido con obstinación por el
enemigo» y, en segundo lugar, que «el flujo de tropas anglo-francesas» que se
dirigían hacia el canal de la Mancha no había podido ser «interceptado a tiempo ni
con efectividad suficiente».
Cabría esperar tales informes tras una derrota, pero los alemanes no habían sido
vencidos: por el contrario, habían destruido una división británica casi en su
totalidad. De hecho, de haber organizado un ataque concentrado en los flancos, muy
bien podrían haber roto las líneas enemigas y haber puesto fin a la guerra. Pero,
incluso sin un ataque concentrado, gran parte del I Ejército francés se hallaba ahora
atrapado al sur, sometido a ataques simultáneos por el este y el oeste e incapaz de
llegar al Lys.
Tras la heroica hazaña de la 2ª División, sus escasos supervivientes se sumaron al
éxodo británico hacia el norte y pudieron vivir un día más para luchar (y ser
evacuados). La mayoría de los prisioneros fueron trasladados lejos de allí. Pero para
los supervivientes del batallón de Robert Brown, apresados por la División SS
Totenkopf, el día acabó con espantosa brusquedad. En un pueblecito que llevaba el
paradójico nombre de Le Paradis, los alemanes les hicieron desnudarse hasta la
cintura, los condujeron a un prado, los alinearon frente a la pared de un granero y los
fusilaron con ráfagas de ametralladora. Solo sobrevivieron dos hombres de los
noventa y nueve que formaban el grupo: Bill O’Callaghan y Albert Pooley, de
Transmisiones. O’Callaghan recibió un disparo en el brazo y Pooley resultó herido en
una pierna. Ambos se quedaron tumbados, sepultados bajo los cuerpos destrozados
de sus compañeros, mientras los hombres de las SS remataban a todo aquel que se
movía o emitía algún gemido.
Sobrevivieron los dos a la guerra y en 1948 testificaron en el juicio por crímenes
de guerra contra Fritz Knoechlein, comandante de la compañía alemana responsable
de los fusilamientos. La conducta de los alemanes ha intentado justificarse de
diversas maneras, desde la creencia de que los británicos estaban usando balas dum-
dum (expansivas), prohibidas por la ley, a la rabia que se apoderó de la compañía
debido al gran número de bajas que sufrió durante un enfrentamiento anterior con los
Royal Scots. Ninguna excusa es suficiente, sin embargo. Los hombres de Knoechlein
asesinaron a sangre fría a sus prisioneros. De los varios oficiales de las SS presentes
en ese momento, solo uno protestó, lo que le valió ser tachado de «conejo asustado»
por sus compañeros. Knoechlein fue declarado culpable y ejecutado en enero de 1949.
No fue este un incidente aislado. En Wormhoudt, al día siguiente, fueron
asesinados varios hombres de los Regimientos de Warwickshire y Cheshire, así como
numerosos artilleros y soldados franceses, a manos de miembros del Leibstandarte SS
Adolf Hitler. En este caso, sin embargo, el comandante de la compañía alemana,
Wilhelm Mohnke, nunca fue llevado ante la justicia. Murió en 2001, a la edad de
noventa años.
Y aunque no pueda culparse al ejército alemán de estas atrocidades (las unidades
de las SS responsables de estos crímenes estaban adscritas organizativamente al
Partido Nazi), la Wehrmacht estuvo implicada, como mínimo, en una masacre: la que
se produjo en la localidad de Vinkt, en los alrededores de Gante, donde, entre el 26 y
el 28 de mayo de 1940, el 337º Regimiento de Infantería alemán mató a un centenar
de civiles. Algunos (entre ellos un anciano de ochenta y nueve años) fueron fusilados
en presencia de sus familiares y allegados. Otros fueron empleados como escudos
humanos cuando los alemanes cruzaron un puente y ejecutados luego aleatoriamente.
Algunos fueron asesinados a tiros tras haber sido obligados a cavar sus propias
tumbas, en un momento en que el ejército belga ya se había rendido.
Fueron malos tiempos para la BEF, que se replegaba sometida a una presión casi
irresistible mientras sus aliados se rendían o fragmentaban. Los obstáculos y las
malas noticias se acumulaban incesantemente con el paso de las horas. La canción
We’re going to hang out the washing on the Siegfried Line [Vamos a tender la colada
en la Línea Siegfried], que antes se cantaba con alborozo, se entonaba ahora con
lúgubre ironía. Pese a todo, con el paso de los días, el dominio ininterrumpido de
ciertas plazas clave, como La Bassée, permitió mantener abierto el corredor aliado y
que las tropas británicas cruzaran, con notable peligro, el territorio ocupado por los
alemanes, como los israelitas atravesando el mar Rojo. Por otra parte, los aliados
consolidaron el control sobre algunas de estas plazas, como Gravelines, la localidad
en la que Bill Reeves, del Regimiento Real de Tanques, cortó el paso a los alemanes
el 24 de mayo, defendida ahora en profundidad por la 68ª División francesa.
Otra plaza importante era Cassel. Se ordenó a efectivos del 2º Batallón del
Regimiento de Gloucestershire y al 4º Batallón del Regimiento de Oxfordshire y
Buckinghamshire que defendieran el pueblo (una loma estratégica situada en la
carretera de Dunkerque) del avance de la 6ª División Panzer. Compañías de ambos
batallones se dispersaron por la localidad para defender puntos clave, mientras varios
pelotones montaban guardia a las afueras del pueblo.
El 27 de mayo, el pelotón 8 de la Compañía A de Gloucestershire, capitaneado
por el subteniente Roy Cresswell, se trasladó a un búnker de cemento sin terminar
que había al norte del pueblo. El búnker ya estaba ocupado por refugiados franceses y
belgas, y el pelotón llevaba consigo galletas, una lata casi llena de paté de carne y
unos cuantos huevos. A lo largo de ese día, los soldados convirtieron el búnker en una
posición defendible tapando las entradas con sacos de arena y abriendo troneras para los Bren y los fusiles anticarro.
Al atardecer vieron avanzar a los alemanes a unos seiscientos metros de distancia
y abrieron fuego. Cayeron varios soldados enemigos. Esa noche, los alemanes
regresaron en mayor número. De pronto estalló un proyectil dentro del búnker,
hiriendo a un soldado en la cabeza y el cuello. Uno de los atacantes se acercó lo
suficiente para empezar a golpear la puerta, pero fue abatido por una granada de
mano. Finalmente, los británicos consiguieron repeler el ataque. Contaron, además,
con una ventaja: las balas incendiarias alemanas prendieron fuego a un almiar
cercano que ardió con grandes llamaradas, lo que permitió al pelotón vigilar el
exterior toda la noche.
La mañana del 28 de mayo, el enemigo atacó de nuevo. Los británicos
consiguieron repeler el asalto, pero el número de bajas crecía y casi todos los
miembros del pelotón habían sido alcanzados por fragmentos de metralla y esquirlas
de cemento que las balas arrancaban de las paredes al rebotar. La comida empezaba a
escasear y, como no llegaban nuevas provisiones, el pelotón sobrevivía a base de ron
y agua (menos los heridos, a los que se les negaba el ron).
A la mañana siguiente, los alemanes llevaron frente al búnker a un prisionero
británico de la Artillería Real, a fin de que persuadiese al pelotón de que se rindiera.
El prisionero, el capitán Derick Lorraine, había sido herido dos días antes y enviado
en una ambulancia a un puesto de evacuación de heridos junto con otros tres
hombres. Los alemanes capturaron la ambulancia por el camino y se llevaron al
conductor. Los cuatros heridos permanecieron dentro del vehículo, sin tratamiento ni
comida, dos días con sus noches. Al tercer día, unos soldados alemanes ordenaron
salir de la ambulancia al capitán Lorraine, lo condujeron al búnker que ocupaba el
pelotón de Gloucestershire y le ordenaron dar una vuelta a su alrededor para
convencer a sus ocupantes de que debían rendirse. Lorraine protestó, alegando que
tenía la pierna herida y no podía caminar. Pero los alemanes le apuntaron a la cara
con una pistola, dejándole claro lo que ocurriría si se negaba.
Así pues, Derick Lorraine, herido y hambriento, caminó renqueando lentamente
en torno al búnker con ayuda de un bastón, mientras gritaba: «¡Aquí un oficial
británico herido!». Cresswell empezó a hablar, pero Lorraine le dijo rápidamente en
voz baja: «¡No contesten!». Luego miró a un alemán muerto y añadió «Hay muchos
ingleses y alemanes así por aquí». Mientras decía esto, levantó los ojos
elocuentemente, mirando hacia el techo del búnker.
Cresswell comprendió lo que intentaba decirle: que los alemanes se habían
apostado allá arriba. Cuando Lorraine se hubo alejado, se oyó una explosión
repentina y un humo acre inundó el búnker. Los alemanes del techo estaban tratando
de hacer salir al pelotón mediante el procedimiento de destapar una tronera
condenada con cemento, rellenarla de paja, escombros y gasolina y prenderle fuego
con granadas de mano. Cresswell y sus hombres tenían máscaras antigás. Se las
pusieron rápidamente y taponaron el agujero del techo con una manta. El fuego siguió ardiendo toda la noche, pero los británicos consiguieron mantener el humo
bajo control.
Sabedores de que los ocupantes del búnker no cederían fácilmente, los alemanes
recrudecieron sus ataques al día siguiente. Cuando el fuego enemigo se hizo tan
intenso que las balas empezaron a entrar por las rendijas de las troneras, Cresswell les
dijo a sus hombres que cuando oscureciera intentarían escapar hacia Dunkerque. A
las 5:30 de la tarde, sin embargo, quedó claro que el búnker estaba completamente
rodeado y que no había escapatoria. El pelotón, que llevaba tres días sin comer, sin
atención médica y subsistiendo a base de un poco de ron y agua, se rindió finalmente.
Mientras tanto, en Cassel, la guarnición británica logró resistir hasta que recibió
orden de sumarse al repliegue hacia Dunkerque. Los heridos (y un camillero que se
ofreció a acompañarlos) permanecieron en casas de la localidad, con algo de comida
y la esperanza de que los alemanes los trataran bien. El subteniente Julian Fane fue
uno de los varios centenares de miembros del Regimiento de Gloucestershire que se
unieron a la retirada. En algún punto del camino, los alemanes divisaron a su
compañía y les gritaron: «¡Hitler va ganando la guerra! ¡Están perdidos! ¡Salgan si no
quieren que los acribillemos!». Fane, que había oído hablar de las masacres
perpetradas por las SS, informó a sus hombres del trato que podían esperar de los
alemanes. Lógicamente, los soldados prefirieron no rendirse. Esperaron un tiempo y
luego, de pronto, echaron a correr hacia un bosque cruzando un descampado. Muchos
de ellos murieron o resultaron heridos por el fuego de las ametralladoras.
Tras cuatro noches de marcha, Fane y su grupo, que había quedado reducido a
diez hombres en total, llegaron a Dunkerque. Fane había visto a un oficial ahogarse
en su propia sangre, y a un suboficial saltar por los aires cuando una bala trazadora
acertó en la munición que llevaba en su bandolera. Había tomado muy poco alimento,
las botas le hacían daño y tenía una herida en el brazo. En cierto momento se había
acercado a un soldado alemán, tomándolo por francés, y le había pedido indicaciones.
Y sin embargo había sobrevivido.
Así pues, el corredor aguantaba y una abigarrada procesión de tropas seguía
desfilando por él. El sargento Leonard Howard, de los Ingenieros Reales recuerda
que pasó dieciséis horas andando y corriendo. Su grupo, reducido y desharrapado, se
detenía únicamente cuando los alemanes los atacaban con Stukas, obuses,
ametralladoras o armas de menos calibre. «Lo único en lo que pensábamos todos era
en sobrevivir», cuenta. Y recuerda que un soldado veterano, un suboficial, caminaba
por la carretera con las lágrimas corriéndole por la cara y mascullando: «¡Nunca
pensé que vería al ejército británico así!».
El soldado raso Fred Clapham, del Regimiento de Infantería Ligera de Durham,
guarda memoria de un problema más prosaico. Mientras avanzaba a pie por el
corredor, con el calor de principios de verano, los calzoncillos largos de lana le
rozaban los genitales. Oficiales y soldados marchaban separando las piernas todo lo
posible. «Debía de ser una estampa bastante cómica», cuenta Clapham.
Los alemanes, mientras tanto, arrojaban hojas volanderas sobre las tropas aliadas
instándolas a rendirse. La más común contenía un mapa sorprendentemente preciso
en el que las tropas británicas aparecían rodeadas e iba acompañado por comentarios
en inglés y francés. La leyenda en inglés rezaba: «¡Soldados británicos! ¡Mirad este
mapa, que muestra vuestra verdadera situación! Vuestras tropas están completamente
rodeadas. ¡Dejad de luchar! ¡Deponed las armas!».
Había tantos folletos circulando que casi todos los soldados británicos recuerdan
haberlos visto. Los alemanes los lanzaban en enormes cilindros, cada uno de ellos
con doce mil quinientas hojas volanderas y sujetos con largos flejes metálicos. Las
tripulaciones de la Luftwaffe cargaban los cilindros en los bombarderos utilizando las
compuertas que daban salida a las bombas, como si cargaran explosivos. Al llegar a
una altitud predeterminada, arrojaban los cilindros, que llevaban mechas preparadas
para estallar a cierta altura, de modo que se rompieran los flejes. Entonces las hojas
se dispersaban y caían al suelo separadas por doce o quince metros de distancia, en
un radio de entre cinco y siete kilómetros cuadrados, aunque a veces caían más
juntas. Los soldados británicos solían usarlas como papel higiénico, o como mapa
para orientarse hacia Dunkerque, puesto que carecían casi por completo de planos
oficiales.
Los alemanes eran muy conscientes de que los británicos trataban de escapar. Ya
el 26 de mayo, apenas un día después de que lord Gort tomara su valerosa decisión, el
diario de campaña del XIX Cuerpo mencionaba «la evacuación de las tropas
inglesas» y advertía de que trataban de «escapar hacia Dunkerque», cosa que había
que impedir. Curiosamente, los franceses estaban menos al tanto que los alemanes de
los planes de evacuación británicos. Hasta el 28 de mayo, el general Blanchard,
comandante del I Ejército francés, no fue informado oficialmente por las autoridades
británicas de su intención de evacuar a sus tropas.[14]
A menudo, sin embargo, los últimos en enterarse de la evacuación fueron los
propios soldados británicos. Algunos no supieron por qué se retiraban casi hasta el
final, y pensaron que tal vez fuera un castigo por su mal comportamiento, o quizá que
su unidad necesitaba un descanso. Muchos ignoraban qué implicaba aquello incluso
cuando los informaban de que iban camino de Dunkerque. Algunos, los más
despistados, pensaban que Dunkerque estaba en Escocia.
El 27 de mayo, Anthony Rhodes, de los Ingenieros Reales, se quedó atónito
cuando su coronel le informó de que su unidad iba a ser evacuada desde Dunkerque.
«Vamos a intentar algo esencialmente británico», le dijo el coronel. «Me apostaría
algo a que solo a los británicos se les ocurre intentar algo tan descabellado». No
animó mucho a sus hombres cuando les explicó que todavía no se habían hecho
planes para la evacuación y que iban a tener que jugársela.
Para algunos resultó desconcertante y para otros descorazonador que les
ordenaran abandonar y destruir sus vehículos y su equipamiento. A unos ocho
kilómetros de Dunkerque, Fred Carter y su grupo de Ingenieros Reales recibieron orden de alejarse de sus camiones y volarlos con granadas de mano, y, mientras se
replegaba desde Poperinghe, Peter Hadley, del Regimiento Real de Sussex, pasó
junto a una hilera ininterrumpida de vehículos destrozados. Pese a que comprendía
por qué había que destruirlos(no debían caer en manos del enemigo), le asombró el
sacrificio de una maquinaria que prácticamente no había tenido uso y que había
costado millones y millones de libras.
Los vehículos, por tanto, empezaron a escasear. En cierta ocasión, un grupo de
soldados que avanzaba a pie por el corredor paró a un transporte ligero para pedir que
los llevara. El oficial al mando se negó y, cuando el vehículo ya se alejaba, uno de los
soldados disparó con su fusil y dio al conductor, que quedó inválido de por vida.
A veces reinaba tal confusión que los soldados apresados por los alemanes
conseguían escapar en medio del tumulto. Un prisionero pasó tres días trabajando en
las cocinas de los alemanes, hasta que logró escabullirse. Los que seguían libres, a
menudo pasaban días y días sin dormir. Un soldado descubrió que podía mantenerse
despierto frotándose los ojos con granos de café (y tener café a mano ya era un golpe
de suerte).
Pese a que les habían ordenado dejar atrás a los heridos, los hombres no querían
abandonar a sus compañeros, pero tampoco tenían fuerzas para cargar con ellos
durante días. Ello explica por qué a menudo se veía a los heridos montados en
carretillas.
En las proximidades de Dunkerque, las carreteras estaban completamente
congestionadas. Hombres, caballos y vehículos motorizados se agolpaban en la
oscuridad, formando un inmenso organismo en retirada. Peter Hadley descubrió que
el único modo de mantener juntos a sus hombres era pedirles que se agarraran al
compañero que llevaban delante y gritar de cuando en cuando el nombre de la unidad
para atraer a los que se despistaban. Pero para entonces muchos soldados habían
perdido a sus batallones y avanzaban en grupos más reducidos. Uno pensó que iba
caminando con cuatro amigos, hasta que se volvió y vio que detrás de él había una
veintena de desconocidos. En tales circunstancias, cualquiera que tuviera cierta
autoridad natural se convertía en un líder. La jerarquía militar empezaba a diluirse.
Al entrar en Dunkerque el 27 de mayo, Anthony Irwin, del Regimiento de Sussex,
se detuvo en un cerro desde el que se dominaba la ciudad y contempló los muelles,
prácticamente arrasados por los ataques de la Luftwaffe. Mientras bajaba
precipitadamente por la ladera, al sol, oyó explosiones. Unos minutos después llegó
al lugar de donde procedía el ruido. Un convoy de ambulancias, todas ellas
señalizadas con cruces rojas, ardía disperso por la carretera. Los alemanes lo habían
bombardeado. Se oían gritos procedentes del interior de los coches y había cuerpos
tirados en la calzada, pero, al ver que ya había gente echando una mano, Irwin pasó
de largo.
Anthony Rhodes entró en Dunkerque ese mismo día, por un puente del canal de
Bergues. Los civiles franceses con los que habló parecían estar al corriente de que los británicos iban a ser evacuados. Abandonaban en su mayoría la ciudad, temerosos de
que la Luftwaffe la arrasara por completo, con todos sus ocupantes dentro. Y, en
efecto, un rato después los bombarderos alemanes taparon el sol y el ruido de sus
motores fue en aumento. «Fue como si hubiera una serie de terremotos a nuestro
alrededor, uno detrás de otro», cuenta Rhodes. El puente se vio afectado por las
explosiones y dos grandes camiones que había junto a él desaparecieron,
pulverizados en apenas treinta segundos.
Peter Hadley, entre tanto, llegó a un pueblecito situado unos kilómetros al este de
Dunkerque. Desde allí divisó, justo delante de él, una franja azul. Dio el alto a sus
hombres, les ordenó que se juntaran y los condujo en perfecto orden por espacio de
unos centenares de metros. La escena que contemplaron al llegar a Bray-Dunes era
sobrecogedora. Una playa de arena se extendía a derecha e izquierda, hasta muy
lejos. Justo enfrente estaba el mar; detrás de la playa había dunas cubiertas de hierba,
y sobre ellas se hallaban los hombres de la Fuerza Expedicionaria Británica.
Unos cuantos kilómetros al este se encontraba La Panne, la localidad costera en la
que lord Gort estaba montando su nuevo (y último) cuartel general. El 30 de mayo,
Frederic Wake-Walker, oficial de Marina del Hebe, un buque de Su Majestad,
contemplaba la escena desde La Panne, en dirección oeste. Era, afirma:
Una de las imágenes más sorprendentes y patéticas que he visto nunca. Los dieciséis kilómetros que
medía la playa estaban cubiertos casi en su totalidad, desde las dunas a la orilla, por decenas de miles de
hombres. Algunos estaban metidos hasta la rodilla o la cintura en el agua, esperando su turno para montar
en aquellos penosos barquitos. Parecía imposible que pudiéramos llevarnos de allí siquiera a una parte de
aquellos hombres.
Para que la evacuación tuviera alguna posibilidad de efectuarse, era necesario
defender el perímetro en torno a Dunkerque y las playas, a fin de impedir que los
alemanes aniquilaran a los soldados que habían llegado a través del corredor. La
batalla no había terminado, ni mucho menos. Gort encargó la defensa del perímetro al
teniente general sir Robert Adam, comandante del III Cuerpo de Ejército.
El perímetro tendría que ser lo bastante grande para proteger Dunkerque, las
playas y la inmensa muchedumbre que se agolpaba en ellas. Además, tendría que
tener amplitud suficiente para que los alemanes solo pudieran bombardear las playas
con sus cañones más potentes. Y al mismo tiempo debía ser lo bastante reducido para
que pudiera defenderlo un número limitado de tropas. Tendría, además, que
aprovechar el curso de los canales, que constituían barreras defensivas ya existentes.
Para que cumpliera todos estos requisitos, debía tener unos cuarenta kilómetros
de longitud por doce de ancho. Se acordó que las tropas francesas defendieran el
sector que se extendía desde el puerto de Dunkerque hacia el oeste, mientras que los
británicos cubrirían la zona entre Dunkerque y Nieuport, al este. El encargado de
encontrar y organizar a las tropas necesarias para la operación —dos labores cruciales
— fue el general de brigada Edward Lawson, que en tiempos de paz había sido
director general del periódico Daily Telegraph. Con frecuencia, al relatarse la historia de lo sucedido en Dunkerque, se olvida la rapidez con que se formaron las unidades
encargadas del perímetro y la tenacidad con que defendieron sus posiciones, aun a
sabiendas de que posiblemente sacrificarían sus vidas en el intento.
Mientras su unidad se replegaba en las inmediaciones de Poperinghe, al
subteniente Jimmy Langley, de los Coldstream Guards, se le acercó su brigadier.
«Estupendas noticias, Jimmy», le dijo. «¡Las mejores!». Langley se preguntó qué
podía ser tan maravilloso, aparte de la rendición inmediata de los alemanes. El
brigadier contestó que su batallón iba a encargarse de defender un tramo del
perímetro a lo largo del canal de Bergues-Hondschoote.
A su llegada el 29 de mayo, la Compañía Nº 3 de Langley comenzó a excavar
trincheras siguiendo el curso del canal, hasta una casona de campo en la que se
instalaría su puesto de mando. La compañía, diezmada por los combates, había
quedado reducida a treinta y siete hombres. Pero, requisando el contenido de los
camiones inutilizados que encontraban en las cunetas, consiguieron hacerse con un
buen arsenal. Recogieron en total doce ametralladoras Bren, tres viejas
ametralladoras Lewis, un fusil anticarro y treinta mil balas. Langley encontró además
varios uniformes de combate nuevos, una brújula, una radio y quinientos cigarrillos
que fueron muy bien recibidos.
Durante los dos días siguientes, Langley y sus hombres vieron pasar una
procesión constante de tropas francesas y británicas que, cruzando el canal, se
dirigían haciaDunkerque. Entre ellas había soldados de toda condición: impecables
Guardias Galeses que venían de combatir en Arrás, franceses desmoralizados y
británicos zarrapastrosos procedentes de diversas unidades. A Langley le impresionó
especialmente un cabo que cargaba con dos ametralladoras Bren cuyas correas se le
habían clavado en la carne de la clavícula. Cuando trató de requisar las armas, el cabo
se negó a entregárselas. Su comandante fallecido —le dijo— le había ordenado
llevarlas de vuelta a Inglaterra, donde pronto harían falta. Langley le sirvió un poco
de whisky en el té, le puso unos vendajes debajo de las correas y le deseó buena
suerte.
Langley veía pasar soldados sin cesar, pero en cambio solo vio pasar un avión y le
disparó con saña. Por fortuna el aparato siguió volando tranquilamente. Era un
Lysander británico a bordo del cual viajaba lord Gort, inspeccionando desde el aire el
perímetro defensivo.
Después de que el avión se perdiera de vista, y cuando el flujo de las tropas en
retirada se había reducido a un goteo, aparecieron los alemanes. Algunos hombres de
Langley estaban apostados en el desván de la casona, de cuya techumbre habían
retirado tejas para colocar sus ametralladoras. Los alemanes, de pie en un campo a
unos seiscientos metros de distancia, eran un blanco fácil. El resultado fue, según
Langley, una masacre que le puso enfermo.
Esa misma tarde comenzó la batalla en serio con un ataque alemán a la derecha de
la casona, una posición que ocupaban en parte la Compañía Nº 1 y en parte una compañía del Regimiento Fronterizo. Mientras las Bren de Langley disparaban
constantemente tratando de apoyar a las compañías vecinas, los alemanes acercaron
un cañón anticarro y apuntaron a la casona. No pasó nada durante un rato; luego,
Langley oyó un tremendo estampido y un objeto de colores vivos comenzó a rebotar
por el desván, hasta que se detuvo junto al tiro de la chimenea. Era un obús
incendiario anticarro. Los defensores cogieron sus armas y bajaron corriendo las
escaleras mientras otros cuatro obuses caían en el desván.
El ataque alemán se recrudecía y, mientras Langley conferenciaba con el
comandante Angus McCorquodale, se les acercó el capitán al mando de la compañía
del Regimiento Fronterizo situada a la derecha. Los informó de que los alemanes se
estaban agrupando para lanzar un ataque y propuso retirar a sus tropas.
McCorquodale le ordenó quedarse donde estaba y luchar, pero el capitán contestó
que ello contravenía las órdenes de su coronel, que le había dado instrucciones de
retirar a sus hombres cuando fuera posible. McCorquodale señaló un gran chopo que
había carretera abajo y dijo: «Si usted o alguno de sus hombres van más allá de ese
árbol, les dispararemos».
El capitán hizo amago de protestar, pero McCorquodale lo interrumpió. «Vuelva a
su puesto», le dijo, «o le pego un tiro aquí mismo y envío a uno de mis oficiales a
tomar el mando».
El capitán regresó en silencio a su posición. McCorquodale cogió un fusil y
ordenó a Langley que fuera a buscar uno. «Apunte a las tres menos diez», dijo.
«Dispare a matar en cuanto pasen del árbol. ¿Está claro?».
Un rato después apareció el capitán acompañado por dos hombres. Permanecieron
junto al árbol unos instantes, mientras Langley y McCorquodale apuntaban. Luego, el
capitán fue más allá del árbol. Los oficiales de los Guardias dispararon a la vez, el
capitán cayó y sus dos compañeros huyeron a la carrera en dirección contraria. El
batallón del Regimiento Fronterizo se quedó donde estaba.
Poco después, la artillería enemiga abrió fuego a todo lo largo de la posición que
ocupaban los Guardias, a lo que siguió un ataque que los británicos lograron repeler.
Cuando se hizo de nuevo la calma, los oficiales de la Compañía Nº 2, situada a la
izquierda, se acercaron a hacerles una visita. McCorquodale ordenó a su asistente que
fuera a la casa a buscar una botella de jerez, vasos y una mesa. En medio del campo
de batalla, los cuatro oficiales (a tres de los cuales les quedaban menos de
veinticuatro horas de vida) se pusieron en pie y brindaron «por la gallardía y
competencia del enemigo». Y cuando empezaron de nuevo las descargas de la
artillería, se retiraron a sus posiciones y siguieron luchando.
Esa misma tarde, el oficial al mando de la Compañía Nº 1 murió mientras trataba
de recuperar una Bren de una posición que había quedado descubierta. Ya solo
quedaba un oficial en el flanco derecho, el subteniente Ronald Speed, que había
llegado al batallón apenas unas semanas antes. Langley informó a McCorquodale de
que Speed quería replegarse a la posición de la Compañía Nº 3.
McCorquodale le pasó su petaca y le dijo que obligara a Speed a bebérsela entera.
«Si no quiere o si después sigue hablando de retirarse, péguele un tiro y hágase cargo
del mando de la compañía», ordenó tranquilamente. «No pueden retirarse».
Langley regresó a la posición de Speed, le dio la petaca y le aconsejó que bebiera.
Por suerte, lo hizo. Langley le informó de que no debía replegarse.
Speed asintió con un gesto. Media hora después estaba muerto.
Las siguientes dos horas transcurrieron confusamente. Langley recuerda que
comió estofado de pollo; que dejó que una anciana se refugiara en la casa y que la
mujer se puso a despotricar, furiosa con los alemanes por invadir países ajenos; que
incendió tres tanques alemanes disparando con su Bren, y que se agachó junto al
comandante McCorquodale mientras agonizaba. «Estoy cansado, muy, muy
cansado», le dijo el comandante. Después, con su último aliento, sonrió y le mandó
regresar a su puesto.
Mientras sus hombres y él se defendían a la desesperada dentro de la casa,
Langley recibió un disparo en el brazo, que le quedó colgando, inutilizado, y le
manchó de sangre todo el uniforme. Sus compañeros lo llevaron abajo y lo colocaron
en una carretilla. No sentía dolor, sino sed, cuando lo subieron a una ambulancia que
lo trasladó hasta la playa. Allí lo transportaron hasta el borde del agua tumbado en
una camilla. Pero, como no podía ponerse en pie, no le permitieron subir a una barca.
La camilla ocuparía el espacio de cuatro hombres —le dijeron— y solo se evacuaba a
los heridos que podían caminar. Finalmente, lo trasladaron a un puesto de socorro a
las afueras de Dunkerque. Fue allí donde los alemanes le hicieron prisionero, cuando
por fin llegaron.[15]
Existía el peligro, no obstante, de que todos los esfuerzos de los Coldstream
Guards y de los oficiales y la tropa que defendían el perímetro quedaran invalidados
por las discusiones políticas que tenían lugar en Londres en esos momentos. El 28 de
mayo, Winston Churchill le comentó a sir Roger Keyes que lord Gort no creía que la
BEF tuviera «muchas oportunidades» de sobrevivir. Poco después, el primer ministro
declaró ante el Parlamento que, a pesar de que la situación era «extremadamente
grave», Inglaterra debía confiar en su capacidad de superar «el desastre y el dolor,
hasta derrotar definitivamente a sus enemigos». Tras comparecer ante la Cámara,
Churchill asistió a dos reuniones, primero con su gabinete de guerra y después con el
gobierno en su totalidad. No sería exagerado calificar estas reuniones como las
deliberaciones políticas más importantes que han tenido lugar en Gran Bretaña en los
últimos cien años.
Churchill debatió con el gabinete de guerra la oferta de Italia de actuar como
mediadora en las negociaciones de paz entre el Reino Unido y Alemania. Lord
Halifax, secretario de Exteriores y antiguo rival de Churchill por el puesto de primer
ministro, opinaba que Inglaterra debía sopesar la posibilidad de hacer concesiones,
siempre y cuando no pusieran en peligro su independencia. Era de sentido común, a
su modo de ver. Podían negociar desde una posición más ventajosa en ese momento que tres meses más tarde, cuando tal vez la situación hubiera empeorado. Churchill se
negó, alegando que los términos de paz que exigiría Hitler dejarían a Gran Bretaña
completamente a su merced, en ese momento y en cualquier otro.
Neville Chamberlain tomó la palabra para decir que no veía qué había de malo en
dejar claro que, aunque Inglaterra lucharía hasta el fin para conservar su
independencia, podía tomar en consideración los términos de paz que se le ofrecieran,
siempre y cuando fueran razonables.
Churchill respondió como era típico en él: las naciones que caían luchando —
afirmó—, volvían a levantarse, pero las que se rendían dócilmente estaban acabadas.
La respuesta del viceprimer ministro Clement Atlee, que intervino a continuación, fue
más pragmática: una vez dieran comienzo las negociaciones —dijo—, sería
imposible levantar la moral del pueblo británico.
La oratoria de Churchill, cuyo estilo solía oscilar entre Edward Gibbon y el
Enrique V de Shakespeare, a veces podía parecer un acierto magistral y a veces una
banalidad, pero nunca dio mejores resultados que en la reunión subsiguiente con los
veinticinco miembros del consejo de ministros. Muchos de aquellos hombres no
compartían las ideas de Churchill en tiempos de paz. Algunos, como los militantes
socialistas Herbert Morrison y Ernest Bevin, jamás hubieran imaginado que
formarían parte de un gobierno presidido por él. Todos ellos, no obstante, le
escucharon atentamente cuando habló de la situación que se vivía en Francia y de la
probabilidad de que los alemanes trataran de invadir Inglaterra. Le escucharon
cuando reconoció que había considerado la posibilidad de negociar con Hitler, al que
se refirió como «ese hombre», y cuando advirtió de que cualquier tratado de paz
convertiría al Reino Unido en un estado esclavo. «Estoy convencido», afirmó ante su
público absorto, «de que todos ustedes se levantarían y me arrancarían por la fuerza
de mi puesto si contemplara, aunque solo fuera por un momento, la posibilidad de
negociar o deponer las armas. Si la larga historia de esta isla nuestra ha de llegar a su
fin, que sea únicamente cuando cada uno de nosotros yazga en el suelo, ahogándose
en su propia sangre».
En la atmósfera enrarecida del gabinete de guerra podían expresarse ciertas
actitudes, pero era allí, en el pleno del gobierno —un microcosmos más
representativo del país— donde Churchill podía empezar a evaluar cómo serían
acogidas sus palabras en los pubs y cuartos de estar de los británicos. Y su discurso
entusiasmó a los ministros. Se oyeron vítores en toda la mesa, escribió el laborista
Hugh Dalton, ministro de Economía de Guerra, y añadió que nadie expresó el menor
atisbo de desacuerdo. Churchill volvió a reunirse esa misma noche con el gabinete de
guerra para informar enfáticamente a sus miembros de que no habría capitulación. La
lucha continuaba. La guerra aún no había terminado.
De haber concluido estas reuniones de otra manera (de haber decidido Gran
Bretaña negociar con «ese hombre»), el sacrificio hecho por las tropas británicas,
francesas y belgas habría servido de poco, pues es casi seguro que la guerra habría llegado a su fin poco después. Hoy en día tendemos a olvidar lo cerca que estuvo
Inglaterra de hacer las paces con Hitler, lo cerca que estuvo de convertirse en un
gobierno títere, de efectuar detenciones masivas de judíos, disidentes y de cualquier
otra persona que desagradara a las autoridades, de suprimir ideas y disensiones, de
aplicar leyes y medidas como las descritas en el capítulo anterior.
Para lord Halifax, Gran Bretaña era una entidad geográfica, un país de colinas,
valles, páramos y tolmos, un mundo como el descrito por H. E. Bates en sus novelas,
lo bastante duradero como para resistir a cualquier tiranía que detentara el poder. Para
Churchill, era algo más. Era el modelo original de la libertad, un país cuya existencia
dependía de la independencia y el imperio de la ley. Si esas cosas se extinguían, su
supervivencia no significaría nada. Y aunque ambas visiones eran, cada una a su
modo, sentimentales y almibaradas, la de Churchill se aproximaba más a la verdad…
y era mucho más humana.