Dunkerque
9. Un milagro
Nueve
Un milagro
A última hora del 30 de mayo, la cifra total de evacuados ascendía a 126.606: casi
el tripe de lo que preveía el Almirantazgo. Las últimas noticias que llegaban del
perímetro, defendido aún por varios millares de hombres, permitían suponer que las
defensas aguantarían cuarenta y ocho horas más. La falta de visibilidad mantenía
alejada a la Luftwaffe. Y ese día, por primera vez, habían embarcado más soldados en
las playas (29.512) que en el espigón (24.311).
En ciertos aspectos era preferible estar en las playas. La arena surtía un curioso
efecto sobre las bombas. Si una bomba cae sobre una superficie dura y rígida, la
metralla se expande y causa heridas severas en un radio amplio. «Pero si caían en la
arena», cuenta John Wells, un artillero del Princessa, «oías un golpe sordo y te caía
encima un montón de arena, pero nada más». Arthur Lobb, del Cuerpo de Intendencia
Militar Real, recuerda los estallidos de las bombas en la arena como una sensación
extraña, un lento agitarse de la tierra bajo los pies.
No puede deducirse de ello que las playas fueran un lugar más seguro. Murieron
muchos hombres bombardeados en las dunas y, como recuerda Robert Halliday, de
los Ingenieros Reales, allí costaba encontrar un sitio donde cobijarse de los ataques
aéreos. Y salir de las playas podía ser igualmente difícil. A veces no se presentaba
ningún barco. El 30 de mayo, el sargento Leonard Howard, de los Ingenieros Reales,
se metió en el agua con la esperanza de subirse a algún barco, pero tuvo que desistir:
no llegaba ninguno. Y a menudo, cuando sí llegaban, los soldados tenían que luchar a
brazo partido y competir entre sí para subir a bordo. Ese mismo día, cuando Arthur
Joscelyne acercó su gabarra del Támesis a la costa, los soldados corrieron a montar
en ella. «Podíamos haber volcado en cualquier momento», cuenta. Un oficial naval se
irguió en la proa, sacó su pistola y amenazó con disparar al que embarcara sin
permiso. Como niños esperando a que un adulto se hiciera cargo de la situación, los
soldados se calmaron y fueron subiendo en orden. «Estaban en un estado tan
lamentable que se tumbaban en cualquier parte y se quedaban dormidos», recuerda
Joscelyne.
Leonard Howard fue testigo de cómo se resolvió, de forma mucho más brutal, una
situación parecida. Una barca se acercó a la playa y se subieron a ella tantos soldados
que parecía a punto de naufragar. El marinero que dirigía la embarcación ordenó a un
soldado que se agarraba tenazmente a la popa que se soltara. Como no obedeció, el
marinero le pegó un tiro en la cabeza. En opinión de Howard hizo lo correcto, aunque
fuera una atrocidad. «Había tal caos en la playa», cuenta, «que esas cosas no parecían
fuera de lugar».
No fue un hecho aislado: hubo casos parecidos, casi siempre protagonizados por
hombres que, empujados por las circunstancias, actuaban de manera extrema e impropia de su carácter. Las tropas se hallaban inmersas en una situación atroz, en la
que hasta los detalles más nimios les recordaban la suerte que podían correr en
cualquier momento. El jueves, el mismo día en que Leonard Howard vio cómo
mataban a aquel soldado, Colin Ashford, del Regimiento de Infantería Ligera de
Highland, recuerda que vio cómo el mar arrojaba a la playa los cadáveres de decenas
de jóvenes. «Estaban allí, tumbados en distintas posturas. Algunos todavía agarraban
sus fusiles. Había cientos. Hasta donde alcanzaba la vista». Ashford cree que los
cadáveres procedían de un vapor de ruedas que se había hundido cerca de allí.[30]
Otro veterano recuerda que lo que causaba más espanto era ver los cadáveres mecidos
por el oleaje, una vivencia que aparece reflejada en la película, cuando un personaje
empuja delicadamente un cadáver para apartarlo de sí.
Igual de perturbadores resultaban los actos de maldad premeditada. Un oficial
había conseguido hacerse con una barca de remos y estaba metido en el mar, con el
agua hasta la cintura, vigilando la barca a la espera de que llegaran sus hombres,
cuando le rodeó un grupo de soldados que le quitaron la barca a punta de pistola y,
sonriéndose, lo apartaron a empujones. Es importante recordar historias como esta. El
mundo entero, para bien y para mal, estaba representado en aquellas playas, y los
mitos en torno a la evacuación no deben hacérnoslo olvidar.
Con todo, hubo al menos un oficial que tuvo una experiencia muy distinta. El
capitán George Ledger, del Regimiento de Infantería Ligera de Durham, estaba
guardando cola en la playa el 1 de junio. «Parecía que no había ninguna guerra»,
recuerda. No vio ningún desorden, aunque sí se fijó en que, cuando aparecía un
avión, los soldados abandonaban la cola y corrían a refugiarse en las dunas.
No cabe duda de que la mejora de la organización se tradujo en un mejor
comportamiento y una mayor tranquilidad. Vic Viner, un oficial de veintitrés años,
fue enviado a Bray-Dunes para «organizar el caos». Su cometido —que también
realizaban otros oficiales a lo largo de los kilómetros y kilómetros que medían las
playas— consistía en mantener el orden en una cola. Le recomendaron echar mano de
su pistola si alguno empezaba a desmandarse. «¡Tira a matar, hijo!».
Viner se vio en apuros cuando un oficial se salió de la cola que tenía a su cargo y
empezó a gritar:
—¡Soy capitán! ¡Debería ir delante!
—¡Quédese donde está! —le ordenó Viner.
—¿Con quién diablos te crees que estás hablando? —le espetó el oficial.
Viner sacó su pistola mientras un sargento trataba de calmar al oficial:
—Hágale caso, señor, o le matará.
El oficial miró a Viner y Viner le sostuvo la mirada. La cola entera los observaba.
Finalmente, el oficial se dio por vencido y regresó a su puesto.
Viner tuvo que sacar su arma en otras dos ocasiones, pero aquellos hombres
«estaban traumatizados», explica, «y querían volver a Inglaterra». Durante el tiempo
que estuvo en la playa, ninguno de los soldados de su fila tuvo que esperar más de tres días para embarcar, aunque a veces tenían que pasar hasta diez horas metidos en
el mar, con agua a la altura del pecho. Recuerda que había ocasiones en que el mar
estaba tan revuelto que los soldados no podían subir a las barcas. Los Stukas solían
atacar dos o tres veces al día, aunque también podían presentarse con más frecuencia.
Vine reconoce que él tuvo más suerte que los soldados que prestaban servicio en
otros puntos del perímetro, porque los obuses de la artillería alemana no llegaban a
Bray-Dunes.
Hay una imagen que le atormenta especialmente:
Hubo muchos que se suicidaron. Se metían en el agua. «¡Venga, vuelve aquí!». «¡No, me marcho!».
«¿Adónde vas?». «Me vuelvo a casa. Inglaterra está allí». Yo les decía: «Ya lo sé, pero si te metes en el
agua te vas a ahogar…». Y aun así se metían. Estaban rendidos y desmoralizados. Eso es algo que no
consigo quitarme de la cabeza.
Este testimonio constituye una imagen tan potente que inspiró una escena de la
película. Y hay muchos otros testimonios que lo confirman. Leonard Howard cuenta
que había hombres que se metían corriendo en el agua, abrumados por lo que se
estaba viviendo en las playas. «Estaban sometidos a una tensión espantosa, y uno no
podía hacer nada por ellos».
A veces se veía a hombres nadando mar adentro. Unos soldados que iban a bordo
de un bote salvavidas avistaron a un hombre que nadaba hacia Inglaterra cargado
todavía con casi todos sus pertrechos. Al ver el bote, les pidió socorro a gritos y ellos
suplicaron al patrón de la barca que fuera a recogerlo. Pero se negó. Dándose la
vuelta, les dijo, habría arriesgado la vida de todos los que iban a bordo y abandonó a
aquel soldado a su suerte.
A pesar de que los hombres que esperaban en las playas tenían más
probabilidades de ser evacuados, no todo el mundo estaba dispuesto a sumarse a las
colas. Mientras Robert Halliday construía su balsa con los tablones que arrancaba a
camiones inutilizados, en las playas tenían lugar toda clase de actividades. George
Wagner, aquel joven ingeniero apasionado del baile, recuerda que la mayoría de los
hombres pasaban el rato tumbados en las dunas sin hacer nada. Él encontró una moto
y estuvo paseándose con ella por la playa, de un lado para otro. Colin Ashford, gran
aficionado a la pintura, dibujó un destructor fondeado frente a la costa.[31] Y, en lugar
de guardar cola («No le veía el sentido»), Norman Prior pasaba el rato ayudando a
otros, empujando barquitas cargadas de soldados para que superaran los bajíos, donde
corrían peligro de encallar.
Una de las tareas más productivas a las que podían dedicarse los soldados era la
construcción de muelles a base de camiones, otro excelente ejemplo de improvisación
forzosa. No está claro de quién fue la idea, pero no cabe duda de que el primero de
estos muelles se construyó el 30 de mayo en Bray-Dunes. Los camiones abandonados
se llevaban hasta la playa, donde se procedía a lastrarlos con sacos de arena y a
reventarles los neumáticos a balazos. Luego se ataban unos con otros, en fila, y se colocaban tablones sobre los techos para formar una pasarela. Cuando subía la marea,
la cadena de vehículos llegaba hasta muy lejos, mar adentro. Se construyeron diez
muelles de este tipo, algunos incluso provistos con barandillas. Gracias a ellos la tasa
de rescate aumentó drásticamente.[32]
En las playas también podían verse escenas conmovedoras cuando los hombres de
más edad trataban de tranquilizar a sus camaradas más jóvenes. «Sabíamos el
calvario por el que estaban pasando los chicos que tenían un carácter más débil»,
escribe un suboficial, «así que los ayudábamos todo lo que podíamos». Incluso se vio
a un sargento veterano, de pelo canoso, consolando a un joven que había apoyado la
cabeza sobre su regazo.
Inevitablemente, abundaban las muestras de miedo y angustia, así como las
conductas desquiciadas. Un oficial, aterrorizado por los ataques aéreos, se ponía un
corcho de champán entre los dientes cada vez que se acercaba un avión. Aseguraba
que de ese modo notaba menos presión en la boca si estallaba una bomba. El miedo a
menudo empujaba a los soldados a rezar. Algunos oraban para sus adentros. George
Purton, del Cuerpo de Intendencia Militar Real, solía rezar a pesar de no ser una
persona religiosa: «¡Por favor, Dios mío, ayúdame!». Otros asistían a misas
improvisadas en la playa. Norman Prior se hallaba cantando un himno cuando un
avión comenzó a ametrallar a la congregación. «No sé qué fue del sacerdote», cuenta,
«pero nos dispersamos, y los más lentos acabaron muertos o heridos».
Algunos se daban por vencidos y renunciaban a escapar. Conocidos como los
«habitantes de las dunas», se construían casitas en la arena cavando hoyos y
tapándolos con planchas de chapa y desechos encontrados aquí y allá. La gente
trataba de evadirse de la realidad de muy diversas maneras. Una de ellas era
construirse una morada en las dunas; la locura era otra; el suicido, una tercera. Al
llegar a las playas, Patrick Barrass, del Regimiento de Essex, dio con una cuarta
forma de evasión: encontró una ambulancia abandonada en la arena, montó en ella y
se echó a dormir. «Dejé fuera el trasiego de la guerra», cuenta. Las playas eran la
madriguera del conejo por la que el ejército británico trataba de escapar, si no hacia
Inglaterra, sí hacia un lugar menos tangible.
Una consecuencia notable de la retirada y la evacuación subsiguiente fue la
formación de una meritocracia en la que el carisma y el liderazgo naturales se
imponían al rango y la jerarquía. Todos los presentes se hallaban en condiciones
físicas parecidas, vestían uniformes casi idénticos, comían la misma comida y tenían
las mismas posibilidades de sobrevivir. Buen ejemplo de ello fue la conversación que
mantuvieron un soldado raso y el general Harold Alexander, comandante de la 1ª
División de Infantería.
—Usted tiene pinta de mandamás. A lo mejor puede decirme dónde encontrar un
barco que nos lleve a Inglaterra —le dijo el soldado.
Alexander se quedó pensando un momento; luego señaló con el dedo y contestó:
—Siga a esa gente, hijo.
—Gracias, jefe —repuso el soldado—. Llevo recorridos cien kilómetros y es
usted el mejor tío con el que me he encontrado.
En medio del desgobierno que reinaba en Dunkerque, el soldado se sentía con
derecho a dirigirse a Alexander como a un igual. Y el general, dueño de sí mismo y
poseedor de un aire de autoridad natural, fue capaz de contestarle sin sentirse
menoscabado.
Pero muchos otros oficiales no tenían el temple de Alexander, y el desorden de
Dunkerque puso en evidencia las fallas de su carácter. George Purton se negó a
obedecer las instrucciones de un oficial en Dunkerque. «Normalmente me habrían
juzgado en una corte marcial», cuenta, «pero no fue así». Durante una temporada,
aunque fuera brevemente, las normas habituales dejaron de aplicarse dentro del
perímetro de Dunkerque.
Cabe preguntarse, en cualquier caso, hasta qué punto estaban asustados los
soldados inmersos en aquella extrañeza cotidiana y sometidos a un peligro constante.
George Wagner asegura que no tuvo miedo. «Siempre tuve la sensación de que
iba a volver a casa», cuenta. Ted Oates, por su parte, adoptó una postura sumamente
filosófica: «Me acuerdo de que cuando estaba en las playas pensaba: “Bueno, si me
hacen prisionero, podré aprender alemán”».
Arthur Lobb, en cambio, experimentaba una angustia constante, acosado por el
temor a no sobrevivir. George Purton se preguntaba cómo iba a salir de allí. Vic
Viner, que estuvo en las playas más tiempo que nadie, reconoce que le dominaba el
pánico cada vez que aparecían los Stukas, y cuenta que veinte años después esa
tensión afloró en forma de crisis nerviosa. Y el grumete Stanley Allen, que servía en
el HMS Windsor y tuvo oportunidad de observar de cerca el comportamiento de los
soldados, comenzó a temer que Dunkerque representara el fin del modo de vida
británico.
Teniendo en cuenta estos sentimientos y las condiciones de vida de los soldados,
el hecho de que se mantuviera la disciplina en las playas pone de relieve el
optimismo, el espíritu combativo y la determinación que poseían aquellos hombres.
Todo lo cual no serviría de nada si no había barcos para trasladarlos a Inglaterra.
Hasta el viernes 31 de mayo, sexto día de la Operación Dinamo, no se difundió en
Gran Bretaña la noticia de la evacuación. Los titulares de los periódicos derrochaban
optimismo: «Decenas de miles de soldados vuelven a casa sanos y salvos. Siguen
llegando en gran cantidad, de noche y de día», proclamaba en su primera plana el
Daily Express. El editorial del Daily Mail afirmaba:
Hoy se han aligerado nuestros corazones. Hoy, nuestro orgullo por el coraje de los británicos se mezcla
con el regocijo. Nos sentimos orgullosos de cómo han resistido los hombres de nuestra raza en la hercúlea
batalla del canal. Y nos llena de júbilo que una parte considerable del Ejército británico haya escapado de
lo que parecía una aniquilación segura.
Pero ¿de verdad se aligeraron los corazones de los británicos? Un examen atento de los archivos de Mass Observation revela un panorama más complejo e interesante.
El informe del 1 de junio acerca del estado anímico general de la ciudadanía afirma
que la noticia de la evacuación había animado a la gente, pero no de forma
arrolladora:
La gente no tiene muy claro qué pensar de la situación militar, pero opina en general que debemos
tomárnoslo como una derrota. Subyace sin embargo la sensación de que esto servirá para levantarnos la
moral y de que pronto demostraremos a los alemanes de qué está hecha la nación británica.
De estas palabras cabe deducir que, en esta fase inicial de su creación, el «espíritu
de Dunkerque» adoptó la forma de una sensación de alivio espontáneo y
generalizado. No hizo falta imponerlo desde arriba, lo que se constata en una nota
que Mass Observation envió a varios ministros del gobierno al día siguiente,
afirmando que la inmensa mayoría del pueblo británico apoyaba sinceramente la
guerra y deseaba seguir luchando. «Pero este estado anímico solo podrá mantenerse
mediante un liderazgo audaz y un uso imaginativo y decidido de la propaganda».
Dicho de otra manera, el pueblo británico estaba fabricando su propio espíritu de
Dunkerque, y la tarea del gobierno consistía en promover, alentar y dar forma a ese
espíritu. Fue en este contexto en el que Churchill daría su discurso y J. B. Priestley su
charla radiofónica unos días después.
No debe pensarse, sin embargo, que todo el país compartía los mismos
sentimientos y actuaba de la misma forma. Los informes del 1 de junio ponen de
relieve que, aunque la noticia de la evacuación animó a la ciudadanía, también fue
motivo de inquietud. Una corresponsal de Mass Observation, una mujer de treinta y
dos años que vivía en Birmingham, se sintió incapaz de pensar y hablar sobre la
evacuación. Una amiga suya había recibido una postal de su hermano, recién
retornado de Francia, diciéndole que ya le contaría «cómo ese desgraciado de Hitler
ha machacado a la BEF». La mujer anota en su diario que, aunque no era de lágrima
fácil, no paraba de llorar desde que conocía la suerte que había corrido el ejército.
Aun así, añade: «Están todos contentos, en absoluto deprimidos. Tienen espasmos
momentáneos de incertidumbre, pero no por eso se entristecen».
Le daba muchísimo miedo una invasión alemana y tenía la impresión de que la
mayoría de la gente ignoraba lo que eso supondría: las matanzas, el tumulto y el
terror que causaría. Ese día se armó de valor y siguió adelante como pudo, pero
estaba convencida de que iba a pasar algo malo. Era —cuenta— como saber que
tienes cita en el dentista para una extracción.
Sus palabras y sentimientos contradictorios, que oscilaban entre el miedo, el
coraje impostado y la banalidad, constituyen un vívido reflejo de aquel periodo. Así
nos habríamos comportado todos, ustedes y yo, de haber estado en el «frente
doméstico». Unos días después, al igual que los soldados de las playas, aquella mujer
de Birmingham se refugió en su propia trinchera: «Si me preocupo y me angustio,
solo conseguiré debilitar aún más mi estado nervioso. Por eso he creado una especie de laguna mental en torno a la batalla».
Pero, como gran parte de la población británica, también trató de encauzar sus
miedos de una manera más productiva. «Me gustaría colaborar en tareas de defensa
local o algo así», escribe. Y corrobora el informe de Mass Observation del 1 de junio
cuando añade que la gente parecía «dispuesta a hacer montones de cosas para ayudar
en la guerra». Había surgido la marea de la solidaridad, esa unidad espontánea que en
breve se adueñaría del país, cambiándolo para siempre.
Mientras las tropas sufrían en Francia y Bélgica, en Inglaterra el espíritu de
Dunkerque surgió como una respuesta al miedo y una alternativa a la evasión. Pero,
para sobrevivir, había que equilibrar (y fomentar) el miedo mediante la esperanza.
En Francia, mientras tanto, el viernes 31 de mayo lord Gort entregó el mando al
carismático general Alexander y regresó a Inglaterra.[33] Gort deseaba quedarse hasta
el final, pero Churchill no se lo permitió: sabía cómo explotaría la maquinaria
propagandística de Goebbels la eventual captura del comandante de la Fuerza
Expedicionaria Británica. Le harían desfilar delante de las cámaras nazis y le
fotografiarían, sumiso y cabizbajo, al lado de Hitler. La sola idea resultaba
intolerable.
Entre tanto, en Dunkerque, las cosas se complicaban. El 31 de mayo se levantó un
viento fresco que provocó un fuerte oleaje, pero el problema más acuciante era la
falta de embarcaciones. El día anterior habían llegado en gran número, por lo que
pudo evacuarse a casi treinta mil soldados de las playas. Pero hacían falta muchas
más. A primera hora de la mañana, las tropas no podían hacer otra cosa que mirar con
anhelo los navíos civiles y militares fondeados mar adentro. Para colmo de males, los
alemanes volvieron a bombardear el espigón y fue necesario desviar a más barcos de
pasajeros hacia las playas. Pero las cosas estaban a punto de cambiar.
El viernes 31 de mayo nació la leyenda de Dunkerque. Aquel día llegó de verdad
la Armada. Una procesión de barcos de cabotaje, lanchas, gabarras, botes salvavidas,
barcazas, pataches, pesqueros, barcas a motor, esquifes, pinazas, lanchas de
salvamento, remolcadores, yates y Dios sabe qué más salió de Ramsgate y puso
rumbo a Dunkerque. El convoy medía casi ocho kilómetros de longitud. Para
Frederick Eldred, que servía a bordo del HMS Harvester, era una imagen maravillosa.
«Casi como una escena de vacaciones», cuenta, «con tantos barcos de todo tipo». El
teniente de aviación Frank Howell, del Escuadrón 609, sobrevoló el convoy.[34] En
una carta dirigida a su hermano escribió: «La flotilla que hacía la travesía entre
Inglaterra y Dunkerque era digna de verse. Nunca volveré a ver tal cantidad de barcos
de todas clases y tamaños en un trecho de mar como aquel».
Pero los barcos no aparecieron por arte de magia. Hacía ya dos semanas que se
sopesaba la posibilidad de que fueran necesarios. La iniciativa partió, en un principio,
del almirante sir Lionel Preston, jefe de un oscuro departamento del Almirantazgo
conocido como Parque de Pequeñas Embarcaciones. El 14 de mayo, el almirante
Preston hizo que se publicara un anuncio en los noticiarios radiofónicos de la BBC (y en una revista de marinería) ordenando a los propietarios de embarcaciones de recreo
autopropulsadas de cierto tamaño que las hicieran llegar al Almirantazgo en un plazo
de catorce días. Así comenzó la requisa de yates y barcos a motor, que en principio
no estuvo relacionada con la evacuación de Dunkerque. En aquel momento, Preston
buscaba embarcaciones para que cumplieran diversas funciones defensivas en
territorio inglés, entre ellas el barrido de minas magnéticas.
Con el paso de los días, sin embargo, la evacuación, que en principio se consideró
prácticamente inviable, pasó a ser no solo posible, sino inevitable. Y al apuntalarse
esa posibilidad, el almirante Ramsay hizo saber que se necesitarían gran cantidad de
embarcaciones para evacuar a las tropas desde las playas de Dunkerque. El 27 de
mayo, al día siguiente de comenzar la Operación Dinamo, esa necesidad se hizo
urgente. Pero organizar las embarcaciones privadas enviadas en respuesta al
llamamiento de la BBC requería tiempo. Se decidió, por tanto, requisar directamente
las embarcaciones en todos los astilleros del curso del Támesis y los estuarios
costeros. El almirante Preston autorizó a Douglas Tough, del astillero Tough Brothers
en Teddington, para que confiscara cualquier embarcación que considerara apta.
Algunas estaban ya en su astillero; otras las encontró en sus viajes por el río. Algunos
propietarios cedían sus embarcaciones gustosamente, mientras que otros trataban de
resistirse en vano. Un hombre que creyó que le estaban robando su barco lo persiguió
por el Támesis y llamó a la policía.
Tough consiguió reunir más de un centenar de barcos en su astillero, y lo mismo
hicieron otros propietarios de astilleros y fabricantes de barcos. Entre tanto, el
personal del almirante Ramsay buscaba navíos en otros lugares, desde lanchas de
desembarco a botes salvavidas de transatlánticos. Las embarcaciones, despojadas de
todo aquello que no fuera imprescindible, eran remolcadas hasta Sheerness, donde se
las dotaba de una tripulación temporal, normalmente compuesta por miembros de la
Marina Real.[35] Esto tuvo una consecuencia desafortunada, y es que se impidió a
numerosos propietarios que conocían sus navíos a la perfección llevarlos a Francia y
se entregó su mando a personal naval retirado o a reservistas que desconocían el
manejo de las embarcaciones. El resultado fue el predecible: muchos barcos sufrieron
averías y otros se hundieron en los bajíos. La noche del 28 de mayo la BBC difundió
otro llamamiento, esta vez solicitando la comparecencia de civiles con conocimientos
náuticos. El Almirantazgo reconocía así, tácitamente, su error. No solo necesitaba
embarcaciones: también necesitaba personal que supiera manejarlas con eficacia. De
todos los elementos improvisados que intervinieron en la Operación Dinamo,
ninguno fue tuvo un carácter tan casero como la formación de esta flotilla de
Pequeñas Embarcaciones.
El cuaderno de bitácora de uno de estos barcos, el Sun IV, un remolcador del
Támesis, muestra cómo funcionaba el procedimiento. El 31 de mayo salió de los
muelles de Tilbury rumbo a Ramsgate, adonde llegó antes del mediodía. A primera
hora de la tarde, mientras se le dotaba de armamento, subieron a bordo dos oficiales navales y varios marineros que se encargarían de tripularlo. Después zarpó hacia
Dunkerque remolcando a nueve embarcaciones de menor tamaño.
Unas horas después, cuando iba camino de Francia, se vio afectado por la estela
de un destructor. Se hundió por babor y tres de los marineros cayeron al mar. A uno
de ellos lo recogió rápidamente un barco cercano, pero otro quedó a la deriva,
gritando que no sabía nadar. El Sun IV viró rápidamente, desenganchó las
embarcaciones que remolcaba y aminoró la marcha para buscar a los marineros
desaparecidos. Uno de ellos fue avistado y rescatado; el otro desapareció. Tras diez
minutos de búsqueda infructuosa, el remolcador volvió a recoger sus embarcaciones
y se sumó a la flotilla. Había sufrido su primer percance mortal antes incluso de
avistar la costa francesa. Esa noche, a las 22:30, el Sun IV fondeó frente a las playas
de Dunkerque y comenzó a enviar a sus barcas a la orilla. En total, recogieron a
ochenta y dos soldados que fueron trasladados a bordo del remolcador. Luego regresó
a Ramsgate, donde desembarcó a los soldados, y el procedimiento volvió a repetirse.
Ese mismo día partió de Leigh-on-Sea una flotilla de seis pequeños barcos
pesqueros tripulados por civiles. Uno de ellos, el Leona, se salvó por poco de recibir
el impacto de cuatro bombas mientras navegaba hacia Dunkerque. «Pasaron tan
cerca», cuenta Alf Leggett, uno de sus tripulantes, «que cuando cayeron vi las letras
amarillas que llevaban impresas». Leggett y sus compañeros de tripulación, todos
ellos pescadores, no habían visto nunca una bomba, y se pusieron tan nerviosos que
se acercaron todos a un lado del barco y orinaron por encima de la borda.
Otro de los pesqueros, el Renown, tuvo problemas con el motor a primera hora de
la mañana siguiente y fue remolcado por otro barco de pesca, el Letitia, al que a su
vez remolcaba un barco de cabotaje. Mientras el convoy se acercaba a Ramsgate en la
oscuridad, el Letitia rozó una mina de contacto provista de un detonador de acción
retardada. Pasó de largo sin que nadie se percatara de ello, pero la mina estalló junto
al Renown, que iba varias brazas más atrás. Llovieron astillas de madera sobre la
cubierta del Letitia y la cuerda de remolque se aflojó. Del Renown y sus cuatro
tripulantes no quedó nada.
Un tercer pesquero, el Endeavour, también tuvo que ser remolcado esa noche
debido a una avería del timón, tras trasladar con éxito a numerosos soldados desde las
playas y el espigón. Llegó a salvo a Ramsgate con toda una dotación de soldados a
bordo. El barco existe todavía hoy y aparece en la película de Chris Nolan.
De hecho, aparecen numerosos barcos que tomaron parte en la evacuación, lo que
atestigua la fidelidad histórica del film. El hecho de que estos navíos se conserven en
tan buen estado demuestra la excelente labor de sus dueños, de sus muchos
admiradores y de la Asociación de Pequeñas Embarcaciones de Dunkerque. El
Endeavour es un buen ejemplo de ello: tras hundirse en 1987, fue rescatado por
miembros del Club de Submarinismo Nautilus. Con un poco de suerte y viento
propicio, tiene un largo futuro por delante.
Además del Endeavour, aparecen en la película los yates Elvin, Hilfranor, Mary Jane, Mimosa, Nyula, White Heather y Papillon, el queche Caronia, el vapor de
ruedas Princess Elizabeth, la lancha motora New Britannic y la torpedera MTB 102.
Vale la pena contar su historia.
Cuando el capitán de corbeta retirado Archie Buchanan sintonizó las noticias de
la BBC la noche del martes 28 de mayo, escuchó el llamamiento del Almirantazgo
pidiendo que se presentaran todas aquellas personas que tuvieran experiencia en
navegación de cabotaje y mecánica naval. Buchanan se personó en un astillero de
Suffolk donde lo pusieron al mando del yate a motor Elvin, con una tripulación
compuesta por un pescador jubilado y un escritor de cuentos náuticos.
Navegaron siguiendo la línea costera sin necesidad de cartas náuticas, pues el
pescador pilotaba el Elvin de memoria. Arribaron a Ramsgate el viernes por la tarde y
casi de inmediato les ordenaron regresar a Suffolk. Pero, nada más llegar allí,
Buchanan recibió una llamada telefónica que les ordenaba volver a Ramsgate, donde
sin embargo les prohibieron zarpar hacia Dunkerque. Según las autoridades, el Elvin
era demasiado lento para hacer la travesía, y sus tripulantes demasiado inexpertos
para confiarles esa misión. Buchanan y sus compañeros estaban tan hartos del trato
recibido que zarparon sin autorización.
«No teníamos ni idea de en qué consistía la operación, ni de lo que teníamos que
hacer», recuerda. «Con el barco a oscuras, seguimos la derrota que llevaban los
demás barcos y luego enfilamos hacia los incendios de Dunkerque».
Pese a una breve avería durante el viaje, el Elvin llegó al espigón el lunes a
primera hora de la mañana. En aquel momento, la mayoría de los soldados que
quedaban en Dunkerque eran franceses, y un [36] poilu les gritó «Combien de
soldats?». Buchanan entendió lo que decía: ¿cuántos hombres podían subir a bordo?
Y aunque no sabía cómo se decía «veinticinco» en francés, sí sabía cómo se decía
«treinta». «Trente!», gritó. Y de este modo el Elvin embarcó más hombres de los que
teóricamente podía transportar.
Buchanan confiaba en poder trasladarlos a otro navío durante la travesía, pero el
Elvin avanzaba tan despacio que se quedó rezagado. «No teníamos ni idea de dónde
estaba el corredor que habían limpiado de minas», recuerda Buchanan, «pero como el
barco tenía un calado de un metro cinco y había bastante profundidad, no creíamos
que hubiera mucho peligro de encontrarnos con minas». Llegaron sanos y salvos a
Ramsgate con veinticinco soldados franceses y ocho británicos a bordo, de modo que
puede afirmarse sin lugar a dudas que el Elvin cumplió con su deber. De hecho, si
hay alguna historia que represente de forma ejemplar el espíritu de Dunkerque, es la
de este barco y su variopinta tripulación.
El Hilfranor (que debía su extraño nombre a las tres hijas de su primer
propietario: Hilda, Frances y Nora) era uno de los barcos confiscados en Teddington
por Douglas Tough, quien se encargó de desmantelar sus camarotes para dejar más
sitio a las tropas. Al llegar a Dunkerque, una bomba lanzada por un Stuka resquebrajó
el casco y el navío quedó abandonado. Un grupo de soldados franceses desesperados volvió a meterlo en el agua y zarpó en él. Fueron achicando el agua como pudieron
hasta que el barco comenzó a zozobrar en los bancos de arena de Goodwin y tuvo que
ser remolcado hasta Ramsgate por un dragaminas que pasaba por allí.
El New Britannic, construido en 1930, era una lancha motora de dieciséis metros
de eslora con la cubierta al aire y provista de un potente motor. Con licencia para
transportar ciento diecisiete pasajeros, zarpó de Ramsgate la tarde del martes 28 de
mayo y llegó a Dunkerque el miércoles por la mañana. Al llegar comenzó a embarcar
tropas en la playa de La Panne y a trasladarlas a destructores y buques de pasajeros
fondeados frente a la costa. Era, por su diseño, una embarcación especialmente
idónea para esa labor, y se calcula que trasladó a más de tres mil soldados en el
transcurso de la evacuación. Fue una de las auténticas mulas de carga de la Operación
Dinamo, embarcaciones cuya importancia difícilmente puede exagerarse. Regresó a
Ramsgate llevando a ochenta y tres evacuados a bordo.
El White Heather transportó menos soldados que el New Britannic, pero su
peripecia fue muy parecida. El 1 de junio zarpó hacia Dunkerque, donde trasladó a
numerosos soldados desde las playas a los buques más grandes antes de hacer tres
viajes de ida y vuelta a Inglaterra transportando tropas. Rebautizado con el nombre de
RIIS 1, posteriormente fue adquirido por el comodoro de la Asociación de Pequeñas
Embarcaciones de Dunkerque.
El Princess Elizabeth, un ferri de la isla de Wight, sirvió en principio como
dragaminas durante la Operación Dinamo. Limpió de minas el corredor marítimo que
pasaba delante de las playas en cuatro ocasiones. Se trataba de un trabajo
extremadamente peligroso que provocó el hundimiento de tres barcos. El 29 de mayo
recogió a soldados de la playa de La Panne junto con otros seis dragaminas. Regresó
dos veces más a Dunkerque y por último, el 4 de junio, al concluir la evacuación,
trasladó a trescientos veintinueve soldados franceses a Inglaterra. En sus cuatro
travesías, rescató a un total de mil seiscientos setenta y tres hombres.
Es probable que muchos de los pequeños navíos que tomaron parte en la
Operación Dinamo nunca obtengan el reconocimiento que merecen, pues no ha
quedado constancia documental de su labor, si es que alguna vez la hubo. Acerca del
papel que desempeñó el Papillon solo quedan algunas notas pertenecientes a un
comandante naval de Dover que se han conservado por casualidad. Este yate a motor
fue requisado y enviado a Dunkerque el 2 de junio con una tripulación de cuatro
voluntarios civiles, a pesar de que se sabía que tenía una avería mecánica. Regresó a
Dover al día siguiente.
El Caronia era un pesquero de 1927, cuyos costes de construcción pudieron
pagarse con los beneficios de las capturas de sardinas de su primer verano faenando.
Confiscado por la Marina, es uno de esos pequeños navíos cuya peripecia en
Dunkerque probablemente nunca conoceremos. El papel que desempeñó durante los
años sesenta, cuando se empleó para transportar suministros a la emisora pirata Radio
Caroline, está mucho mejor documentado.
El Mimosa, el Mary Jane y el Nyula son otros tres navíos cuyas hazañas se
conocen solo hasta cierto punto. Se sabe que el Mimosa hizo tres viajes de ida y
vuelta a Dunkerque al mando del capitán de corbeta Dixon. El Mary Jane, por su
parte, era un barco singularmente cómodo y bien equipado para su época. Uffa Fox,
un conocido diseñador de yates británico, lo describió como «uno de los yates más
confortables en los que he dormido». Queda por saber si encendieron su modernísima
calefacción central para los soldados de la Fuerza Expedicionaria Británica. El Nyula
hizo su primera aparición pública en 1933, durante la Exposición de Embarcaciones a
Motor del Olympia, en Londres, donde fue descrito como «un elegante crucero de
doce metros de eslora, sin duda uno de los barcos más interesantes y marineros de la
feria». Tras prestar servicio en Dunkerque, fue equipado con un cañón alemán de la I
Guerra Mundial.
La torpedera MTB 102 constituye un caso de supervivencia notable. Como uno
de esos personajes de novela que aparecen siempre en el momento clave, su nombre
surge una y otra vez a lo largo de la Operación Dinamo. Equipado con un radar
primitivo, recibió orden de presentarse en Dover el primer día de la evacuación. Al
día siguiente, el almirante Ramsay ordenó a la tripulación «zarpar a toda prisa hacia
Dunkerque y presentarse ante el capitán William Tennant para ver en qué podían
ayudar».
El 31 de mayo, estaba previsto que el MTB 102 llevara a lord Gort y a su estado
mayor de regreso a Inglaterra, pero (como era habitual) hubo un problema de
comunicaciones y la torpedera acabó embarcando a soldados en La Panne antes de
regresar a Dover. Al día siguiente fue a recoger al almirante Wake-Walker al HMS
Keith y lo trasladó sano y salvo a Dunkerque. Cuando el almirante volvió a subir a
bordo para regresar a Dover, la tripulación izó a modo de bandera un trapo de cocina
en el que había pintado precipitadamente la cruz de San Jorge. Posteriormente
trasladó por última vez a Dover tanto al capitán Tennant como al general Alexander
después de que completaran su labor, pero regresó a Dunkerque el 5 de junio con el
almirante Wake-Walker, encargado de dejar el puerto inutilizable para los alemanes.
Todos estos navíos tomaron parte en un gran acontecimiento histórico y han
participado también en su recreación cinematográfica, en la que hacen de sí mismos.
Pero en la película aparecen muchas otras embarcaciones inspiradas en los auténticos
navíos que tomaron parte en la evacuación. Así, por ejemplo, se escucha al capitán
Bolton preguntarle a un patrón si es de Deal, porque su embarcación es un sencillo
pero elegante esquife de casco trincado de esa localidad costera. Durante la
evacuación, un esquife de Deal llamado Dumpling hizo siete viajes entre las playas y
los buques más grandes, hasta que se hundió arrastrado por la estela de un destructor.
Fue un final ignominioso para una embarcación construida en tiempos de Napoleón y
cuyo verdadero patrón tenía más de setenta años. Otro esquife de Deal que estuvo
presente en Dunkerque, el Lady Haig, todavía se conserva, felizmente.
Pero no son solo los barcos los que están inspirados en la realidad. El espectador puede ver atisbos de Tennant, Wake-Walker, Clouston y Ramsay en los oficiales
navales de la película. Y George, el chico que cruza el canal de la Mancha en el
Moonstone, es una amalgama especialmente interesante de personajes históricos.
Uno de ellos es Harold Porter, que a sus dieciocho años formaba parte de la
tripulación del Renown, el barco que resultó destruido por una mina de contacto, con
todos sus tripulantes a bordo. El 7 de junio de 1940, el Daily Mirror decía lo
siguiente acerca de Harold:
El muchacho de dieciocho años que ha pasado a engrosar las filas de los héroes de Dunkerque era un
mal estudiante. Debido a su mala salud, nunca se distinguió en el aula ni en el campo de deportes. Pero un
día le dijo a su padre: «Siento no ganar ningún premio, pero algún día mi nombre estará escrito en el
cuadro de honor del colegio».
El personaje de George comparte también algunos rasgos con Joe Reed, un
grumete de quince años que viajaba a bordo del New Britannic, la lancha motora que
aparece en la película. Se cuenta que Joe se lanzó una docena de veces al agua para
socorrer a hombres heridos y ayudarlos a subir a la lancha durante un ataque de la
aviación alemana. El 5 de junio de 1940, su padre declaró al Daily Express: «Era un
chico valiente. Pero mi abuelo, mi padre y yo mismo hemos cruzado el Canal, y me
parecía que el chico podía valerse solo».
El cadete de marina Reg Vine tenía también quince años. Su madre había muerto
hacía poco y su padre los había abandonado. Un día, a finales de mayo de 1940, un
subteniente le mandó ir «a la costa» en una lancha llamada Rummy II. Al día
siguiente viajó por el Támesis hasta Ramsgate, donde le entregaron un fusil. La
lancha salió entonces al mar remolcada por otro barco. Solo entonces supo Reg que el
Rummy II tenía por misión rescatar a soldados británicos y que su cometido
consistiría en hacer de remero en un bote salvavidas.
Cuando la lancha se acercó a la costa, Reg oyó un estruendo como no había oído
otro igual en su vida. Entonces vio pasar flotando varios trozos de cuerpos y se
mareó. Para que se le asentara el estómago, trató de imaginar que estaba en el
matadero de su tío y que aquellos despojos pertenecían a animales.
A su llegada a Dunkerque, el Rummy II fue enviado a La Panne. Los cadetes de
marina que iban a bordo, entre ellos Reg, se pasaban el día remando para llevar a los
soldados de la playa a la lancha, que a su vez los trasladaba a navíos anclados mar
adentro: una cadena en la que el bote salvavidas de Reg ocupaba un extremo, y los
destructores de la Marina Real el otro. Como dato interesante, Reg recuerda haber
visto cómo los soldados franceses desnudaban los cadáveres de soldados ingleses
para ponerse sus uniformes.
El grumete Gerald Ashcroft, por su parte, formaba parte de la tripulación del
Sundowner, una pinaza de diecinueve metros de eslora cuyo patrón, Charles
Lightoller, era el oficial de mayor rango que sobrevivió al hundimiento del Titanic en
1912. La Marina quiso requisar el Sundowner, pero Lightoller persuadió a las autoridades de que, teniendo en cuenta su experiencia como marino (había
comandado un destructor en la I Guerra Mundial), era el más indicado para llevar el
barco a Dunkerque. «Te advierto que no va a ser un viaje de placer», le dijo
Lightoller a Gerald, «pero, si quieres venir con nosotros, te llevamos encantados». El
Sundowner rescató a ciento treinta soldados de un destructor siniestrado. Ashcroft
recuerda que los hombres estaban muy deprimidos cuando subieron a bordo: decían
constantemente que habían defraudado a su país. «Pero intentamos hacerles
comprender que no era así», cuenta Ashcroft.
Otro personaje real que tiene rasgos en común con George es Albert Barnes, que
a sus catorce años era posiblemente el civil más joven que tomó parte en la Operación
Dinamo. En aquel momento trabajaba como mozo de cocina en el Sun XII, un
remolcador del Támesis. No le avisaron de que el remolcador zarpaba hacia
Dunkerque, y no tuvo tiempo de decirles a sus padres que se marchaba. Cuando por
fin volvió a casa, se dio un baño y pasó veinticuatro horas durmiendo. «Después
volví al trabajo, como siempre», cuenta. «A fregar, a limpiar y a preparar té».
El personaje de George, como todos los de la película, no parece estar basado en
un único individuo. Es una amalgama, la personificación de un tipo de adolescente
que existía en 1940.
Uno de estos jóvenes era Jim Thorpe, que por entonces contaba diecisiete años de
edad. Mientras escribo estas líneas, Jim es casi con toda seguridad el último
superviviente de quienes acudieron a Dunkerque a bordo de aquellos barquitos.
Nacido en noviembre de 1922, actualmente vive en Maryland, Estados Unidos.
Cuando hablé con él a finales de marzo de 2017, me explicó que su hermano Arthur,
gran amante de la navegación, había vivido a orillas del Támesis. A últimos de mayo
de 1940, Arthur se puso en contacto con él para pedirle ayuda. «¿Qué necesitas?», le
preguntó Jim. «Necesito a alguien como tú para el fin de semana», contestó su
hermano.
Cuando llegó el momento de zarpar, Jim todavía ignoraba adónde se dirigían.
«Vamos a ayudar a unas personas», fue lo único que le dijo Arthur. Pero hacía buen
tiempo y Jim llegó sano y salvo a la costa francesa, rodeado por muchas otras
embarcaciones. Le impresionó la cantidad de soldados que había en las playas y el
hecho de que guardaran cola metidos en el agua hasta el pecho.
Acercaron el barco a la orilla todo lo que se atrevieron y apagaron el motor. Los
hombres empezaron de inmediato a subir a bordo. «Era un poco caótico», cuenta Jim.
«Había muchísima gente intentado subir al mismo tiempo, así que yo les decía
“¡Esperen un momento! ¡Esperen un momento!”». Una vez subían a bordo, Jim los
dirigía hacia la parte delantera del barco para que dejaran despejada la popa a fin de
que pudieran arrancar los motores.
Recuerda que hizo muchas veces la travesía del Canal; que un avión alemán
ametralló su barco y que los soldados que iban a bordo abrieron fuego con sus fusiles.
Pero ¿era consciente de la importancia de su labor?
«No. Uno no piensa en esas cosas. Piensa en… en recoger a esos hombres, que
intentaban hacer algo por los demás. Pensabas “¡Vamos a sacarlos de ahí!”».
Hasta ahora, en el transcurso de nuestro relato, nos hemos encontrado con
diversos tipos de pequeños navíos y con su tripulación, pero en el entorno caótico de
Dunkerque, donde reinaba la improvisación, había algunas embarcaciones muy poco
convencionales, tripuladas por personajes de todo tipo. Cuando Robert Newborough
se alejaba de Dunkerque en un buque de la Flota de la Fuerza Aérea de la Marina
Real, avistó una canoa que iba en dirección contraria.
—¿A dónde narices va? —le gritó Newborough a su único ocupante.
—¡Puedo llevarlos uno a uno! —contestó el remero.
Pero quizás el medio de transporte menos fiable que había en esos momentos en
el Canal lo divisó el patrón del yate a vapor Killarney, que pasó junto a un oficial
francés y dos soldados belgas que trataban de llegar a Inglaterra montados sobre una
puerta. Y en equilibrio sobre la puerta, entre los tres pasajeros, había seis grandes
botellas de vino.
Otra pequeña embarcación poco corriente, aunque por otros motivos, era el
Advance, una lancha motora tripulada por tres civiles barbudos con aspecto de
piratas. Como comentó alguien en su momento, «solo les faltaba la bandera». Pero
aún más curioso que su apariencia física fue el hecho de que, a las cuarenta y ocho
horas de volver a Inglaterra, dos miembros de su tripulación fueran detenidos por la
policía por formar parte de la Unión de Fascistas Británicos, conforme a lo
establecido en la Regulación de Defensa 18B.
Pero, pese a lo variopintos que eran los tripulantes de estas embarcaciones, parece
ser que no había entre ellos mujeres. La Asociación de Pequeñas Embarcaciones de
Dunkerque no tiene constancia de que participaran mujeres en el convoy, a pesar de
que un titular aparecido en el Times el 6 de junio de 1940 afirmaba «Mujeres entre las
tripulaciones voluntarias». El artículo informaba de que al menos una mujer había
recibido permiso para pilotar una embarcación rumbo a Dunkerque. Al parecer, lo
consiguió telefoneando al Almirantazgo con una voz tan grave que la confundieron
con un hombre. Por desgracia esta anécdota no ha podido confirmarse. En los días
posteriores a la Operación Dinamo circuló una cantidad prodigiosa de rumores sin
fundamento, algunos de los cuales llegaron incluso a las páginas del Times.
Las leyendas populares, al igual que la rumorología, tienden a arraigar tras un
gran acontecimiento histórico. Hasta no hace mucho tiempo, se creía que el milagro
de Dunkerque era obra únicamente de los legendarios barquitos, tripulados por
aguerridos ingleses al estilo de Clem Miniver,[37] que salían del pub una cálida noche
de verano, montaban en sus barcos y regresaban dos días después, agotados y sin
afeitar, y jamás hablaban de las cosas horribles que habían visto. Era, desde luego, un
tópico, una exageración con escaso fundamento en la realidad. Pero la opinión
revisionista según la cual las pequeñas embarcaciones apenas rescataron a soldados y
no fueron más que un colofón insignificante a una evacuación llevada a cabo por la Marina Real es igual de engañosa.
Lo cierto es que los pequeños navíos (una cantidad sorprendente de los cuales
llevaba tripulación civil) desempeñaron un papel de vital importancia en la Operación
Dinamo. La evacuación se vio reforzada, a un nivel muy elemental, por la llegada de
estas flotillas. Pero, aparte de esto, las pequeñas embarcaciones trasladaron a más
soldados a Inglaterra de lo que se ha querido reconocer nunca. Ello se debe a que
muchas de ellas, abarrotadas de soldados, fueron remolcadas por buques más grandes
en la travesía por el canal de la Mancha. Cuando el convoy llegaba a Inglaterra, el
barco pequeño atracaba junto al grande, los soldados pasaban de uno a otro y de allí
al muelle, de ahí que no se reconociera el mérito de estas embarcaciones, que a
menudo ni siquiera figuraban como participantes en la operación de rescate.
Pero aunque las pequeñas embarcaciones no hicieran otra cosa que trasladar
hombres de las playas a los buques más grandes, sirvieron para rescatar a todos y
cada uno de los hombres a los que embarcaron. Sin su contribución, esas tropas se
habrían quedado en las playas y habrían sido apresadas por el enemigo. Teniendo esto
en cuenta, la contribución de los pequeños navíos resulta crucial, incluso sin
necesidad de preguntarnos cómo influyó su aventura en la creación del espíritu de
Dunkerque.
El viernes 31 de mayo, cuando comenzaron a llegar las flotillas y la evacuación
cobró impulso, el perímetro defensivo en torno a Dunkerque había empezado a
estrecharse. La consecuencia inmediata fue que los seis mil hombres que había en La
Panne tuvieron que marchar por la playa para llegar a Bray-Dunes. El coronel
Stephen Hollway, de los Ingenieros Reales, recuerda que estaba esperando en la playa
de La Panne cuando le dijeron que no llegarían más barcos. Luego perdió el
conocimiento, no sabe si por el estallido de un obús o debido al agotamiento, y
cuando volvió en sí el sábado a primera hora de la mañana no quedaba ni un alma en
la playa. Las playas del este de Dunkerque habían sido abandonadas.
Dentro de la película, este es un momento muy revelador. En medio de aquella
tierra de nadie, Tommy, Gibson, Alex y los Highlanders se refugian en un pesquero
holandés varado. Las tropas aliadas han desaparecido y los alemanes están a punto de
llegar. Y aunque apenas se tiene constancia de que participaran barcos holandeses en
la operación (aparte de los omnipresentes schuits), se sabe que un bote holandés, el
Johanna, llegó a Dunkerque a finales de mayo.
El viernes 31, entre tanto, Winston Churchill voló a París en un avión Flamingo,
como tenía por costumbre, para reunirse con varios miembros del Consejo Supremo
Aliado. Británicos y franceses se sentaron en torno a la mesa, unos frente a otros, y
Churchill pudo darles por fin buenas noticias. A mediodía del viernes —dijo— ya
habían sido evacuados ciento sesenta y cinco mil hombres, muchos más de los que
esperaba nadie.
—¿Cuántos franceses? —preguntó Weygand.
—De momento, solo quince mil —contestó Churchill, lo cual no era tan buena noticia.
Weygand se preguntó en voz alta cómo iba a enfrentarse a la opinión pública
francesa siendo tan dispares las cifras de evacuados. Habría que evacuar a más
franceses. Churchill estuvo de acuerdo. Deseoso de que Francia siguiera luchando,
había resuelto que las relaciones anglo-francesas debían mejorar. A partir de ese
momento —explicó—, embarcarían tropas británicas y francesas en igual número.
Las autoridades francesas redactaron a continuación el borrador de un telegrama
dirigido al almirante Abrial, en el Bastión 32. En él se le comunicaba que, una vez
hubiera caído el perímetro, las fuerzas británicas tendrían prioridad sobre las
francesas.
Al oír estas palabas, Churchill estalló, presa de una emoción sincera. «Non!»,
gritó. «Partage… Bra dessus, bras dessous!». Y, para que no quedara duda alguna de
lo que quería decir, acompañó las palabras con el gesto de ir cogido del brazo de otra
persona. Pero eso no fue todo. En el calor del momento, prometió que los británicos
defenderían el perímetro hasta el final para facilitar la huida de los franceses.
En realidad, había pocas posibilidades de que se diera esa situación. Era casi
inevitable que los franceses acabaran defendiendo su país cuando los británicos
regresaran al suyo. Los franceses recordarían más adelante la promesa de Churchill
como un clásico ejemplo de perfidia británica, tan grave como el hecho de que les
ocultara su intención de evacuar a las tropas.[38]
Las relaciones entre los soldados británicos y los franceses dependían siempre de
las circunstancias y de los individuos concretos. No cabe duda de que hubo
resentimientos por ambas partes: en el caso de los franceses, por la supuesta traición
británica, y en el de los británicos por la presunta ineficacia del ejército galo. Esas
rencillas aflorarondurante la evacuación. Como puede verse en la película, a los
soldados franceses se les impedía hacer cola y subir a los barcos. Robert Newborough
recuerda que procuraba recoger a las tropas británicas antes que a las extranjeras.
Consideraba que era su deber. «A veces», cuenta, «uno se ponía un poco grosero y
decía, “¡Británicos solamente!”». Parece, no obstante, que después de que Churchill
diera la orden de que se evacuara por igual a británicos y franceses, se hicieron
esfuerzos decididos por cumplir su mandato. Y pese a que el perímetro defensivo iba
estrechándose, el viernes 31 de mayo fue el día más fructífero de la operación en
cuanto a número de evacuados. Embarcaron un total de 68.014 hombres: 22.942
desde las playas y 45.072 desde el espigón. En total, 194.620 evacuados hasta ese
momento.
El primer barco que zarpó de Dunkerque a la mañana siguiente fue el
Whippingham, un transbordador de ruedas de la isla de Wight, con dos mil
setecientos soldados a bordo. De una cifra tan elevada cabe deducir que las
autoridades sabían que el tiempo se agotaba. El Whippingham estuvo a punto de
naufragar cuando las tropas, asustadas por los bombardeos, se agolparon en un lado
de la cubierta del buque.
Un poco después, en torno a las ocho de la mañana, el almirante Wake-Walker se
hallaba en el puente del destructor HMS Keith, frente a Bray-Dunes, cuando apareció
a lo lejos una escuadrilla de Stukas. Tres de ellos se fueron derechos hacia el Keith.
Así comenzó el primero de cinco ataques consecutivos. El primero falló por poco: la
bomba más cercana cayó a unos diez metros del buque. Durante el segundo
bombardeo, una bomba cayó por la chimenea central abriendo un boquete en la parte
inferior del casco. Fondeada allí cerca se encontraba la torpedera MTB 102, que se
acercó a socorrer al Keith. El almirante Wake-Walker aguardó el momento más
propicio para cambiar de barco. El tercer ataque y el cuarto debilitaron aún más al
destructor, que se hundió a las 9:15, tras una última acometida de la aviación
alemana. Lo único que quedó del HMS Keith fue una gran mancha de combustible en
la que los soldados forcejeaban, vomitaban y perecían ahogados.
Ese mismo día se decidió detener el embarque de tropas a plena luz del día desde
el espigón y las playas. Las baterías alemanas dominaban algunos tramos del canal de
la Mancha, y todos los embarques necesarios podrían llevarse a cabo en la seguridad
relativa que ofrecía la noche.
El sábado fue un día agridulce para los aliados. Se perdieron más barcos que
nunca, pero el número de evacuados fue casi tan elevado como la víspera: 64.429 en
total, de los cuales 47.081 embarcaron en el espigón. El total acumulado ascendía ya
a 259.049.
Empezaba a vislumbrarse el final de la evacuación, pero llegados a este punto
merece la pena hacer un alto para tratar de imaginar cómo era la vida dentro del
perímetro defensivo. Quizá, para un recién llegado, lo más impresionante fuera el
ruido. Había mucho ruido en Dunkerque: disparaban cañones de todo tipo; volaban y
estallaban obuses; chillaban los Stukas (cuando iban provistos de sirenas)… No todo
sucedía al mismo tiempo, claro, pero el ruido ambiente era tan fuerte que casi todo el
mundo se quejaba de tener «garganta de Dunkerque»: una ronquera dolorosa que no
remitía.
Un sonido muy frecuente en las playas durante los momentos de relativa calma
era una especie de suspiro suave, semejante al que producía el viento al pasar por los
cables telegráficos. Era en realidad el ruido que hacían los heridos al quejarse. A
menudo se oían canciones. Entre las más populares en Dunkerque se hallaban algunas
de corte irónico como Oh I Do Like to Be Beside the Seaside [Oh, cómo me gusta
estar en la playa], We’re Going to Hang out the Washing on the Siegfried Line y
Three Hundred Men Went to Walk, Walk along the Sand Dunes [Trescientos hombres
fueron a caminar, a caminar por las dunas] (con la melodía de One Man Went to Mow
[Un hombre fue a segar]). Entre las canciones patrióticas, la más cantada era There’ll
Always be an England [Siempre habrá una Inglaterra]. Y el tema Home on the Range
[Hogar en la pradera] estaba de moda en aquella época.
A los franceses, por su parte, se les oía cantar con frecuencia La Marsellesa.
Algunas expresiones muy usadas por los soldados eran «It’s a Blighty move»,[39] en el sentido de «Me vuelvo a Inglaterra» y «Make for the black smoke» [Tirar para el
humo negro], en el sentido de «encaminarse a Dunkerque». Al margen de lo que se
estuviera hablando, los exabruptos ayudaban a los hombres a dar fuerza a sus
argumentos. Pero sin duda uno de los sonidos más sobrecogedores que podía oírse en
Dunkerque era el silencio que sobrevenía tras un ataque. «La quietud, cuando cesaba
el fuego», escribía una enfermera anónima del QUAIMS, «era más perceptible que el
ruido constante».
El sábado 2 de junio, cuando los esfuerzos británicos alcanzaron su punto
culminante, el general Alexander recibió orden de resistir a toda costa, a fin de
evacuar al mayor número de tropas que fuera posible. El capitán Tennant calculaba
que quedaban unos cinco mil soldados por embarcar, además de los cuatro mil que
defendían el perímetro y que en esos momentos estaban replegándose. Ramsay
sospechaba que había cerca de dos mil hombres más escondidos en la ciudad (donde
muchos se habían quedado después de que Anthony Rhodes saliera de su sótano, una
semana antes). A pesar de las dificultades, se esperaba poder evacuarlos a todos en un
plazo máximo de doce horas.[40] Con ese fin, Tennant dirigió una exhortación de
tintes nelsonianos a las tripulaciones de los destructores y dragaminas: «La
evacuación final está prevista para esta noche y la nación confía en que la Marina
cumpla con su deber. Quiero que todos los barcos informen lo antes posible de si
están preparados para responder a las demandas que se le hacen a nuestro valor y a
nuestra capacidad de resistencia».
A las cinco de la tarde, una enorme flota zarpó de Dover para recoger a los
últimos restos de la Fuerza Expedicionaria Británica y evacuar a tantas tropas
francesas como fuera posible. Los primeros navíos llegaron a Dunkerque a las 6:45
de la tarde y de inmediato empezaron a cargar tropas en gran número. El King
George V, un vapor del río Clyde, trasladó a mil cuatrocientos sesenta hombres desde
el espigón, mientras que el destructor Venomous evacuó a mil quinientos. Las últimas
tropas de la retaguardia británica, unos dos mil hombres, fueron evacuadas en el St.
Helier, un vapor de las islas del Canal. El capitán William Tennant envió un escueto
mensaje («B. E. F. evacuada») y embarcó en el MTB 102 rumbo a Dover.
La evacuación, sin embargo, continuó, en un intento por rescatar al mayor
número posible de tropas francesas. El último barco en zarpar del espigón, a las 3:05
de la madrugada del 4 de junio, fue el Tynwald, un vapor de la isla de Man, con tres
mil hombres a bordo. Esa noche embarcaron veinte mil soldados franceses. El último
barco salió de Dunkerque a las 3:40 de la madrugada, cuando los alemanes estaban a
solo cinco kilómetros de distancia. En tierra quedaban unos doce mil soldados
franceses que caerían presa del enemigo.
La Operación Dinamo se dio por terminada a las 2:23 de la tarde del martes 4 de
junio.