El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 1 de 4 · parte 2/4

Páginas del PDF

El Enigma de Cambises

Start

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Tal vez todo marchase bien.

«Aunque... no hay que descartar que nos alegremos mucho de vernos durante cinco minutos y que luego empecemos a discutir como de costumbre», había pensado Tara con una sonrisa mientras el avión empezaba a descender.

—Supongo que sabrá que se estrellan muchos más aviones en la maniobra de aterrizaje que durante el despegue —le había comentado su compañera de asiento como si tal cosa.

Tara se había limitado a encogerse de hombros y a pedirle más cubitos de hielo a la azafata.

Tara apareció en la terminal de llegadas internacionales casi una hora después de que el avión hubiese aterrizado. El control de pasaportes había sido desesperantemente lento, igual que la recogida de equipajes, debido a que los agentes de seguridad llevaban a cabo registros de maletas al azar.

—Ese Saif Al-Thar no para de causar problemas —le comentó un pasajero—

Terminará por paralizar el país.

Antes de que a ella le diese tiempo a preguntarle a qué se refería, el pasajero vio su equipaje y, tras indicarle a un mozo que lo recogiese, se mezcló con la gente. En cuanto apareció su bolsa, unos minutos después, Tara se la colgó del hombro y fue, ya muy impaciente, a pasar la inspección de aduanas.

Desde que su padre le había dicho que iría a recibirla, lo había imaginado aguardándola frente a la puerta de llegadas internacionales.

Pensaba que ambos darían un salto de alegría y correrían a abrazarse, pero la única persona que la aguardaba era un taxista que buscaba clientes.

Recorrió con la mirada la hilera de rostros, pero no vio a su padre.

Había mucho movimiento en la terminal: despedidas y reencuentros, niños

que jugaban entre las sillas de plástico y grupos de turistas que se arremolinaban junto a sus abrumados guías. También muchos agentes de policía, con uniforme negro y metralleta en bandolera.

Tara aguardó un rato en la terminal y por fin se dirigió al vestíbulo de entrada. Un guía turístico la confundió con una de las mujeres de su grupo y la apremió para que subiese al autocar. Tara volvió a entrar en la terminal y estuvo caminando arriba

21

y abajo durante una hora. Después fue a cambiar dinero, compró un café y fue a sentarse en un lugar estratégico desde donde podía ver la entrada. Al cabo de otra hora llamó a su padre desde un teléfono público, primero al campamento de excavaciones y después al apartamento que tenía en el centro de El Cairo, pero no contestó. Pensó que quizá el taxi en que acudía a recibirla estuviera atrapado en un atasco. Suponía que habría ido en taxi, porque no tenía coche ni sabía conducir. También cabía la posibilidad de que estuviese enfermo o de que, sencillamente, hubiese olvidado que habían quedado en que iría a recibirla (un olvido nada sorprendente tratándose de su padre). Sin embargo, pensó Tara, no podía haberse olvidado. En esta ocasión, no. La alegría que había manifestado al saber que iba a verlo le había parecido muy auténtica. De modo que sólo estaba retrasándose, eso era todo. Fue a por otro café, se instaló en la misma silla de antes y abrió un libro.

«¡Vaya! —pensó—. He olvidado comprarle el Times.»

22

Luxor, la mañana siguiente

El inspector Yusuf Ez el-Din Jalifa se levantó antes de amanecer y, después de ducharse y vestirse, fue al salón a rezar sus oraciones. Se sentía cansado e irritable, como todas las mañanas. El ritual del rezo, que lo obligaba a arrodillarse, inclinarse una y otra vez y orar, le servía para despejarse. Después se sentía fresco, tranquilo y fortalecido. Como todas las mañanas.

—Wa lillah al-shukr —dijo en voz baja para sí mientras iba a la cocina a prepararse café—. Gracias a Dios, el Omnipotente.

Puso agua a hervir, encendió un cigarrillo y miró a una mujer que tendía ropa en la azotea de la casa de enfrente, que quedaba justo por debajo del nivel de la ventana de su cocina, a unos tres metros de distancia. Más de una vez se había preguntado si sería posible saltar desde su casa a la de ella,

salvando el hueco de la calleja que los separaba. Quizá lo hubiese intentado de haber sido más joven. Su hermano Alí sí que se hubiese atrevido. Pero Alí había muerto, y él ahora tenía responsabilidades. Debería haber dado un salto de veinte metros hasta el suelo, pero con esposa y tres hijos pequeños no podía permitirse correr esos riesgos. O quizá eso sólo fuese una excusa.

Porque la verdad era que nunca le habían gustado las alturas. Echó café y azúcar al agua caliente y dejó que hirviese hasta que la infusión estuvo a punto de rebosar. Luego la vertió en un vaso y fue al vestíbulo principal, un espacio en semipenumbra al que daban todas las habitaciones del apartamento. Llevaba seis meses construyendo una fuente, y el suelo era un caos de sacos de cemento, baldosas y tubos de plástico. Era una fuente pequeña que podía haber terminado perfectamente en dos semanas, pero siempre surgía algo que lo interrumpía, y las semanas se habían convertido en meses. Aún tenía el trabajo a medio terminar. La verdad era que, aunque la fuente fuese pequeña, apenas cabía en aquel espacio, y su esposa se había quejado del desorden y el gasto que ocasionaba. Pero él siempre había querido tener una fuente, y además le daría un toque alegre al apartamento, que era bastante triste. Se agachó e introdujo los dedos en un montón de arena, pensando que quizá le diese tiempo a colocar unas cuantas baldosas antes de ir a la oficina.

Oyó sonar el teléfono.

—Para ti —le dijo su esposa con voz adormilada al entrar él en el dormitorio—. Es Mohamed Sariya.

Su esposa le pasó el auricular y se levantó. Se acercó a la cuna de su hijo pequeño, lo tomó en brazos y fue a la cocina. Enseguida entró su hijo mayor, que subió a la cama y empezó a dar saltos.

—¡Baja de ahí, Alí! —lo reprendió su padre, apartándolo—. ¡Basta ya!

¿Qué pasa, Mohamed? Es muy temprano.

La voz de su ayudante resonó al otro lado de la línea. Jalifa sostuvo el teléfono con la mano derecha mientras utilizaba la izquierda para mantener alejado a su hijo.

—¿Dónde? —preguntó. Su ayudante parecía nervioso—. ¿Dónde estás ahora?

El hijo de Jalifa reía y trataba de pegarle con una almohada.

—¡Te he dicho que pares, Alí! Perdona... De acuerdo. No te muevas de ahí. Y no dejes que se acerque nadie. Llegaré enseguida.

Jalifa colgó el auricular, cogió a su hijo por los pies, lo volvió boca abajo y se los besó. El niño se echó a reír.

—Sí, sí, papá, ¡hazme el avión!

23

—Ya verás cuando te tire por la ventana —dijo Jalifa en tono de broma

—. A ver si así vuelas de verdad y me dejas tranquilo.

Dejó caer al niño en la cama y fue a la cocina, donde Zainab, su esposa, estaba preparando más café mientras le daba el pecho al pequeño. Del salón llegaba la voz de su hija, que estaba cantando.

—¿Cómo está esta mañana? —le preguntó a su esposa, tocándole al niño los dedos de los pies.

—Hambriento —repuso ella con una sonrisa—, como siempre. Ha salido a su padre. ¿Quieres desayunar?

—No tengo tiempo —repuso Jalifa—. He de ir de inmediato a la orilla oeste.

—¿Sin desayunar? ¿Ha ocurrido algo?

—¿Qué? —dijo él, distraído, echando un nuevo vistazo a la vecina que tendía la ropa en la azotea de enfrente—. Ah, un cadáver. Probablemente no vendré a almorzar.

Cruzó el Nilo en una de las lanchas pintadas con vivos colores que iban y venían entre las dos orillas. En otras circunstancias habría tomado el ferry, pero tenía prisa y merecía la pena pagar un poco más. Cuando estaban a punto de zarpar, un viejo que llevaba una caja de madera bajo el brazo se acercó corriendo, se cogió a la barandilla de la lancha y saltó a bordo.

—Buenos días, inspector —saludó el viejo entre jadeos, dejando la caja a los pies de Jalifa—. ¿Quiere que le limpie los zapatos?

—No pierdes ocasión, ¿eh, Ibrahim?

El viejo se echó a reír mostrando dos hileras desiguales de dientes de oro.

—Uno tiene que comer —dijo—. Y también ha de llevar los zapatos relucientes. Así que los dos salimos ganando.

—Está bien. Pero rápido. Tengo mucho que hacer y no podré entretenerme cuando lleguemos a la otra orilla.

—Ya me conoce, inspector. Soy el limpiabotas más rápido de Luxor. El viejo sacó trapos, un cepillo y crema, y le dio una palmada a la tapa de la caja indicándole a Jalifa que apoyase un pie. Un muchachito de rostro inexpresivo iba a popa al mando del fueraborda, mientras la lancha se

deslizaba por el curso tranquilo del río. Al fondo se veían las colinas de Tebas, cuyo color pasaba del gris al amarillo a medida que la luz del día se hacía más intensa. Otras lanchas cruzaban también el río. En una de ellas, a la derecha de la de Jalifa, iba un grupo de turistas japoneses. Probablemente se dirigían a sobrevolar en globo el Valle de los Reyes, pensó Jalifa al ver el sol elevarse. Era algo que siempre había deseado hacer, pero no podía permitirse pagar los trescientos dólares por persona que costaba el viaje. Y

lo más probable era que nunca pudiese permitírselo, porque la policía ganaba sueldos muy bajos.

Al llegar a la orilla occidental, la lancha pasó entre otras dos y se deslizó sobre la grava. El viejo dio los últimos toques a las punteras de los zapatos de Jalifa, y luego, con una palmada, le indicó que ya había terminado. El detective sacó dos libras egipcias y le dio una al limpiabotas y otra al muchacho de la lancha, quien le dijo:

—Lo esperaré.

—No, no es necesario —repuso Jalifa—. Hasta pronto, Ibrahim.

El detective dio media vuelta y subió por la orilla hasta donde un grupo aguardaba la llegada del ferry. Fue abriéndose paso entre la gente, enfiló por un

24

sendero estrechísimo que discurría entre un muro y una alambrada oxidada y se adentró por un sendero de tierra paralelo al río. Los campesinos trabajaban en los campos, cosechando maíz y caña de azúcar.

Dos hombres estaban metidos hasta la cintura en un canal de irrigación limpiándolo de malas hierbas. Grupos de niños con inmaculadas camisas blancas pasaron corriendo por su lado hacia la escuela. Empezaba a apretar el calor.

Jalifa encendió otro cigarrillo y aceleró el paso. Tardó veinte minutos en llegar hasta donde estaba el cadáver. Los edificios del oeste de Luxor se veían ahora a lo lejos, difuminados, y sus zapatos recién lustrados ya estaban cubiertos de polvo. Tras cruzar un cañaveral vio al sargento Sariya, acuclillado junto a lo que parecía un montón de harapos mojados. Al ver que Jalifa se acercaba, se levantó.

—Ya he llamado al hospital. No tardarán en llegar.

Jalifa asintió con la cabeza y descendió hasta el borde del agua. El cadáver estaba boca abajo, con los brazos extendidos y de bruces en el barro. Tenía la camisa hecha trizas y ensangrentada. De cintura para abajo

aún estaba en el agua, que lo hacía agitarse levemente, como alguien que se moviese durante el sueño. Empezaba a oler mal.

—¿Cuándo lo han encontrado?

—Poco antes de amanecer —contestó Sariya—. Probablemente ha llegado flotando desde la parte alta del río. Ha debido de alcanzarlo la hélice de alguna embarcación. Por eso tiene esos grandes cortes en los brazos.

—¿Estaba así cuando has llegado? ¿No has tocado nada? —Sariya meneó la cabeza.

Jalifa se puso en cuclillas junto al cadáver y examinó el terreno alrededor. Le levantó el antebrazo y vio que tenía un tatuaje un poco más arriba de la muñeca.

—Un escarabeo —dijo esbozando una sonrisa—. No puede ser más inoportuno.

—¿Inoportuno? ¿Por qué?

—Pues porque para los antiguos egipcios el escarabeo era símbolo de renacimiento y renovación. Y no tiene pinta de que eso pueda aplicarse a nuestro amigo aquí presente. ¿Sabes quién ha informado?

Sariya negó con la cabeza.

—No ha querido dar su nombre. Ha llamado a la comisaría desde un teléfono público y ha dicho que encontró el cadáver al ir a pescar.

—¿Estás seguro de que llamaba desde un teléfono público?

—Casi seguro. Se ha quedado a media frase, como si se le hubiesen acabado las monedas.

Jalifa guardó silencio unos momentos, pensativo. Después alzó la cabeza y asintió mirando en dirección a una arboleda que estaba a unos cincuenta metros, tras la cual se veía el tejado de una casa. El delgado cable del tendido telefónico era claramente visible entre los aleros. Sariya enarcó las cejas.

—¿Y bien?

—Pues que el teléfono público más cercano está a dos kilómetros, en la ciudad.

¿Por qué no ha llamado desde aquí?

—Probablemente estaría nervioso. No se topa uno todos los días con un cadáver.

25

—Pues precisamente por eso. Lo lógico es que quisiera avisar cuanto antes. ¿Y

por qué no ha querido dar su nombre? Ya sabes cómo es la gente de por aquí, no pierde ocasión de salir en las noticias.

—¿Sospecha que sabía algo?

Jalifa se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero es un poco raro. Es como si no quisiera que se sepa que ha sido él quien ha encontrado el cadáver. Como si estuviese asustado.

Una garza remontó el vuelo desde el cañaveral y describió un arco río abajo. Jalifa se la quedó mirando por unos momentos. Después sacudió la cabeza y volvió a concentrar su atención en el cadáver. Le registró los bolsillos y sacó un cortaplumas, un encendedor barato y un trozo de papel mojado y doblado, que dejó encima del cuerpo y desdobló cuidadosamente.

—Es un billete de tren —dijo inclinándose a mirar las letras semiborradas— Un billete de vuelta a El Cairo, con fecha de hace cuatro días.

Sariya le tendió una bolsa de plástico y el inspector dejó caer en su interior todo lo que encontró en los bolsillos del cadáver.

—A ver... échame una mano —pidió.

Se acuclillaron ambos junto al cuerpo, pasaron las manos por debajo de éste y le dieron la vuelta. En cuanto le vio el rostro, Sariya se echó hacia atrás y empezó a dar arcadas.

—¡Allabu akbar! —dijo con voz entrecortada—. ¡Dios todopoderoso!

Jalifa se mordió el labio inferior. Había visto muchos cadáveres en su vida, pero ninguno con semejantes mutilaciones. Incluso bajo la capa de barro se apreciaba que apenas quedaba nada del rostro. La cuenca del ojo izquierdo estaba vacía; la nariz era un amasijo de cartílagos y tiras de carne.

El inspector lo contempló como si quisiera convencerse de que se trataba en efecto del cadáver de una persona. Luego se levantó, se acercó a Sariya y puso una mano sobre su hombro.

—¿Estás bien?

Sariya asintió, se presionó un lado de la nariz con el índice y expulsó mucosidad en la arena.

—¿Qué ha podido ocurrirle? —preguntó.

—No lo sé. Quizá la hélice de una embarcación, como has sugerido antes, aunque no veo cómo una hélice ha podido vaciarle un ojo o causarle esas heridas.

—¿Insinúa que se lo han hecho deliberadamente?

—No, sólo digo que una hélice no lo habría rajado, lo habría triturado.

Fíjate en los cortes... —Advirtió que su ayudante iba a vomitar de nuevo y decidió no insistir—. Tendremos que aguardar el informe de la autopsia —

añadió.

A continuación encendió dos cigarrillos y le pasó uno a Sariya, que le dio una calada, lo arrojó al suelo enseguida y gateó cuesta arriba para volver a vomitar. Jalifa se acercó al agua y miró hacia la otra orilla, donde había una hilera de embarcaciones que realizaban cruceros por el Nilo. Por detrás asomaba el templo de Karnak. Una feluca cruzó por su campo de visión, con su enorme vela triangular que daba la impresión de rasgar el horizonte como una cuchilla. Tiró la colilla al agua y suspiró. O

mucho se equivocaba o tardaría bastante en poder trabajar de nuevo en su fuente.

26

Mientras el inspector Jalifa estaba junto a la orilla un grupo de turistas montados en asnos se dirigían hacia las colinas que se alzaban a su espalda.

Eran unos veinte, la mayoría estadounidenses, avanzaban en fila india, con un joven guía egipcio en cabeza y otro por detrás para evitar que alguien se rezagase. Varios de ellos se aferraban nerviosos a sus sillas. Hacían muecas de inquietud, asustados por lo empinado del sendero, tan abrupto que el lento paso de los asnos los zarandeaba de continuo. Una de las turistas, una mujer alta y fornida con los hombros quemados por el sol, no lo estaba pasando nada bien.

—Nadie nos advirtió de que la pendiente era tan pronunciada —protestó a voz en cuello—. Nos dijeron que era un camino... muy sencillo. ¡Por el amor de Dios!

Otros iban más relajados y se volvían a menudo para no perder detalle de la espectacularidad de la vista. El sol ya estaba bastante alto y la llanura resplandecía y reverberaba a causa del calor. A lo lejos se veía el Nilo, plateado y sinuoso, y más allá

el abigarrado conjunto de Luxor oriental, una franja del desierto y montañas que se recortaban contra el cielo blanco y azul. El guía se detenía a menudo para señalarles algunas de las vistas: los colosos de Memnón, estatuas de más de quince metros de altura que representaban al faraón Amenofis III pero que, desde lejos, parecían muñecos; las ruinas del templo funerario de Ramsés II, y el amplio recinto del templo funerario de Ramsés

III en Medinet Habu. Los que estaban menos nerviosos sacaron fotografías.

Aparte del traqueteo, del ruido de los cascos de las monturas y las voces extemporáneas de la estadounidense de los hombros quemados, ascendieron casi en silencio, sobrecogidos por el escenario.

—Esto es más espectacular que Minnesota, ¿verdad? —musitó un turista mirando a su esposa.

Por fin llegaron a lo alto de la colina, donde el camino se ensanchaba, se hacía más liso y seguía cuesta abajo por el otro lado, hacia un valle ancho y pedregoso.

—Es el Valle de los Reyes —gritó el guía—. Ahora deben sujetarse bien a sus monturas, porque bajaremos por un camino muy empinado.

De pronto, uno de los turistas gritó sobresaltado.

No habían hecho más que coronar la colina, con los asnos esquivando las piedras del sendero, cuando un viejo asomó por detrás de un peñasco.

Vestía una galabeya mugrienta y raída y su cabello apelmazado le llegaba hasta los hombros y le daba un aspecto salvaje. Llevaba en la mano un paquete envuelto en papel marrón. Se acercó

corriendo al grupo.

—Hola, buenos días, buenas noches —dijo atropelladamente—. Miren esto, por favor, amigos. Tengo algo que sé que les gustará.

El guía le gritó algo en árabe, pero el viejo hizo caso omiso y se acercó a una de las turistas, una joven que llevaba un sombrero de paja. Tendió el paquete hacia ella, retiró el envoltorio y le mostró un gato esculpido en piedra de color oscuro.

—Vea, vea, señorita, es una escultura muy bonita. Cómprela, cómprela.

Necesito comer. Cómpremela, hermosa señorita. —Le acercó más el gato mientras con la otra mano hacía ostensibles ademanes para indicar que tenía hambre—. Cómprela, cómprela. Hace tres días que no como. Por favor.

La joven continuó mirando al frente, como si no lo oyera. Él la siguió a lo largo de unos metros pero terminó por desistir y abordó entonces al siguiente turista.

—Mire, señor, mire esta preciosa escultura. Es de muy buena calidad.

¿Cuánto quiere pagar? Dígame cuánto quiere pagar.

—No le haga caso —le gritó el guía—. Está loco.

27

—Sí, sí, loco, loco —dijo el viejo, echándose a reír y dando una patada en el suelo—. Loco, loco. Por favor, cómprela. No tengo para comer. Es de

la mejor calidad. Dígame cuánto quiere pagar.

Como aquel turista también lo desdeñó, el viejo empezó a correr de un lado al otro de la fila, ofreciendo el gato con gritos cada vez más ásperos y desesperados.

—Si no les gusta el gato, tengo otras esculturas. Muchas, muchas esculturas. Por favor, por favor, cómprenme algo. ¿Antigüedades? Tengo antigüedades. Auténticas. Si necesitan un guía soy muy buen guía, conozco estas colinas como la palma de mi mano. Les enseñaré los reyes y las reinas del valle por poco dinero. Les enseñaré una tumba muy bonita. Una tumba nueva que nadie conoce. Tengo hambre. Hace tres días que no como.

Estaba al final de la fila y el muchacho que cerraba la marcha apremió a su asno y apartó al viejo dándole con el pie en las costillas. El viejo cayó al suelo envuelto en polvo y los turistas siguieron su camino.

—¡Gracias, gracias a todos! —clamó el viejo en tono irónico, retorciéndose como un animal herido. ¡Vuestra ayuda me ha sido de mucha utilidad! No quieren gato, ni tumba ni guía. ¡Me moriré! ¡Me moriré!

Hundió el rostro en el polvo y se puso a dar puñetazos en el suelo. Pero los turistas ya no lo veían, porque habían empezado a descender hacia el Valle de los Reyes. El sendero era muy empinado, tal como el guía les había anunciado, y además a la derecha se abría un precipicio con una pared casi vertical. La mujer de los hombros quemados se agarró al cuello del asno, temblando, tan asustada que ni siquiera le salían las palabras para quejarse.

A lo lejos se oían los lamentos del loco, que fueron extinguiéndose hasta cesar por completo.

28

El Cairo

Tara aguardó en el aeropuerto hasta pasadas las diez de la mañana.

Tenía los ojos enrojecidos de no haber dormido y se sentía aturdida y cansada. Había llamado a su padre cada media hora y dado vueltas y más vueltas por la terminal. Incluso había tomado un taxi para ir a la terminal de vuelos nacionales, por si su padre se había equivocado. Pero no dio con él.

No estaba en el aeropuerto. No estaba en el campamento de excavaciones ni en su apartamento de El Cairo. Sus vacaciones empezaban mal.

Volvió a sentarse por enésima vez en su asiento y miró alrededor. En aquellos momentos entraba y salía mucha gente, por lo que le habría resultado muy difícil detectar a su padre. Así que se levantó, se acercó a un

teléfono público y llamó al campamento y al apartamento por última vez.

Luego, con la bolsa de viaje colgada del hombro, salió y subió a un taxi.

—¿A El Cairo? —le preguntó el taxista, un tipo corpulento con un bigote poblado y los dedos manchados de nicotina.

—No —repuso Tara, dejándose caer desmayadamente en el asiento—, a Saqqara.

Su padre había estado trabajando en Saqqara, la necrópolis de Menfis, la antigua capital egipcia, durante gran parte de los últimos cincuenta años.

Había dirigido excavaciones en otros lugares de Egipto, desde Tanis y Sais, en el norte, hasta Qustul y Nauri, en el alto Sudán, pero su lugar predilecto siempre había sido Saqqara. Todos los años se instalaba en su campamento y permanecía allí tres o cuatro meses, trabajando en una pequeña zona de ruinas semienterradas en la arena, desvelando unos pocos metros más de historia. Algunos años no excavaba sino que pasaba el tiempo dedicado a trabajos de restauración o a registrar los hallazgos del año anterior.

El padre de Tara llevaba allí una existencia muy austera, casi monacal.

No tenía más compañía que la del cocinero y un pequeño grupo de voluntarios. Pero Tara estaba convencida de que no había lugar en el mundo donde su padre se sintiese más feliz. Sus frecuentes cartas revelaban, por la minuciosidad con que describía el progreso de su trabajo, una satisfacción que no guardaba relación alguna con cualquier otro aspecto de su vida. Por eso se sorprendió tanto cuando le pidió que fuese a Egipto para pasar unos días juntos. Porque aquél era su mundo, su lugar exclusivo, y no cabía duda de que debía de desear mucho su compañía para hacerle semejante invitación.

El viaje desde el aeropuerto no fue cómodo. El taxista no parecía tener ni idea de las normas de seguridad en carretera. Adelantaba en las curvas aunque de frente viniesen otros vehículos a toda velocidad. En uno de los tramos, paralelo a una fétida acequia, aceleró para adelantar a una camioneta y, al ver un camión que se acercaba en sentido contrario, Tara supuso que reduciría la velocidad para volver al carril por el que circulaban.

Pero, en lugar de ello, el taxista empezó a hacer sonar el claxon y pisó a fondo el acelerador adelantando a la camioneta, que, a su vez, aceleró como si aquello fuese una carrera. El camión se acercaba por momentos, y a Tara se le hizo un nudo en el estómago, convencida de que se estrellarían.

Sólo en el último momento, cuando la colisión parecía inevitable, el taxista dio un golpe de volante a la derecha cerrándole el paso a la camioneta, que

tuvo que frenar bruscamente, y esquivó el camión por cuestión de centímetros.

—¿Se ha asustado? —le preguntó el taxista riendo.

29

—Pues la verdad es que sí —respondió ella con acritud.

Por fin, Tara comprobó con alivio que giraban a la derecha y enfilaban una carretera de tres carriles. Al cabo de unos pocos kilómetros se detuvieron al pie de una escarpadura arenosa de pendiente muy pronunciada, en lo alto de la cual se elevaba una pirámide.

—Las entradas se sacan ahí —le dijo el taxista señalando una garita.

—No necesito entrada. Mi padre trabaja aquí. He venido a visitarlo. El taxista asomó la cabeza por la ventanilla y le gritó algo al taquillero.

Tuvieron una breve conversación en árabe y luego un hombre joven salió de la garita y se asomó al interior del taxi mirando a Tara.

—¿Trabaja aquí su padre?

—Sí, es el profesor Michael Mullray.

—¡Oh! ¡Bienvenida, señorita! —exclamó el joven con una amplia sonrisa—. Todo el mundo conoce al doctor Mullray. Es el egiptólogo más famoso del mundo. Somos amigos. Me enseñó el inglés que sé. La acompañaré al campamento. El joven abrió la puerta del lado del acompañante, subió al asiento y le indicó al taxista por dónde tenía que ir.

—Me llamo Hassan —se presentó al arrancar el taxi—. Trabajo aquí, en la oficina principal. Nuevamente bienvenida —añadió tendiéndole la mano.

—Había quedado con mi padre en que iría a recogerme al aeropuerto —

dijo ella, estrechándosela—. Quizá no nos hemos visto. ¿Sabe usted si está aquí?

—No. Acabo de llegar. Probablemente se encuentre en el campamento.

Usted se parece mucho a él, ¿sabe? Seguro que también es una gran profesora. Siguieron por la carretera hasta lo alto de la escarpadura y luego giraron a la derecha por un sendero muy irregular que discurría paralelo al borde de un llano desértico. La pirámide quedaba ahora a su espalda, cerca de otras dos más pequeñas, ambas en ruinas. A la derecha, la retícula de campos de cultivo de la cuenca del Nilo reverberaba a causa del calor de la mañana, y a la izquierda el desierto se extendía hasta perderse en el horizonte.

A unos cien metros del principio del sendero, en un pequeño enclave, Hassan le indicó al taxista que se detuviese.

—Ésta es la oficina principal de Saqqara —explicó señalando hacia un barracón grande, pintado de amarillo, que estaba a su derecha—. Yo he de quedarme aquí. La casa del campamento de su padre está más adelante. Si tiene algún problema, vuelva aquí.

Hassan se apeó, y le dijo algo al taxista, que arrancó de inmediato. Tras recorrer unos tres kilómetros, se detuvieron frente a una casa de una sola planta al borde de la escarpadura. Era un edificio rectangular, destartalado y pintado de un color rosa pálido, con un jardín arenoso. A un lado había una enorme sierra de excavaciones, junto a una vetusta cisterna de madera, y al otro una pila de cajones de madera, a cuya sombra dormitaba un perro sarnoso. Todas las ventanas estaban cerradas. El lugar parecía desierto.

El taxista dijo que la esperaría. Debía de suponer que, puesto que su padre no estaba, su clienta volvería a El Cairo, donde conocía buenos hoteles. Tara declinó el ofrecimiento y bajó del vehículo. Sacó su bolsa del maletero, pagó y se encaminó

hacia la casa. El taxi dio media vuelta y se alejó levantando polvo. Tara cruzó el jardín y reparó en lo que parecía una hilera de bloques de piedra pintados bajo una lona

30

alquitranada en un rincón. Fue hasta la puerta delantera y llamó. Pero nadie contestó. Probó a hacer girar el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave.

—¡Papá! ¡Soy Tara!

Silencio.

Rodeó la casa hasta una umbría terraza con macetas llenas de geranios y cactos, unos limoneros de troncos retorcidos y dos bancos de piedra. La vista que daba al este era fabulosa, a lo largo de las verdes llanuras de la cuenca del Nilo, pero no se fijó entonces en eso, sino que se quitó las gafas de sol, se acercó a una de las ventanas de la casa y miró a través de las rendijas de los postigos. El interior estaba oscuro y sólo podía ver el borde de una mesa y el lomo de un libro que estaba encima de éste. Miró a través de los postigos de otra ventana y vio una cama y un par de botas de trabajo.

Luego fue hasta la parte delantera y volvió a aporrear la puerta. Silencio.

Regresó al sendero, se detuvo unos instantes a mirar a izquierda y derecha, volvió a la terraza y se sentó en uno de los bancos de piedra.

Empezaba a preocuparse. Su padre la había dejado plantada muchas veces, demasiadas, pero intuía que en esta ocasión no se trataba de un

plantón. Quizá

hubiese enfermado o hubiera sufrido un accidente. Empezó a imaginar situaciones a cual más preocupante. Se levantó y volvió a aporrear los postigos, más movida por un sentimiento de frustración que porque realmente esperara que su padre estuviese dentro.

—¿Dónde estás, papá? —musitó para sí—. ¿Dónde demonios estás?

Siguió allí por espacio de casi dos horas, yendo de un lado a otro, mirando a través de los postigos y aporreando la puerta. Tenía la frente empapada de sudor y los ojos hinchados de agotamiento. Unos niños que jugaban abajo, en el pueblo, la vieron y fueron hacia ella gateando por la pendiente, gritando «¡Bolígrafos!

¡Bolígrafos!». Ella sacó varios de la bolsa, se los tendió y les preguntó si habían visto a un hombre alto de cabello blanco. No parecían entenderla, y en cuanto tuvieron sus bolígrafos se marcharon dejándola sola con las moscas, el calor y la silenciosa casa cerrada.

A mediodía, tan cansada que a duras penas lograba mantenerse despierta, decidió ir en busca de Hassan. Sabía que si su padre se había retrasado por alguna razón se enfadaría con ella por alarmarse y alarmar a los demás, pero se sentía demasiado preocupada por él para que le importase su reacción. Escribió una nota y la deslizó por debajo de la puerta principal dejando que asomara una punta. Luego se encaminó por el sendero hacia la mole de la pirámide. El sol era abrasador y no se oían más que sus pisadas y el zumbido de los insectos.

Llevaba caminando unos cinco minutos, con la cabeza gacha, cuando un fugaz destello a su derecha llamó su atención. Se detuvo y miró en esa dirección, haciendo pantalla con la mano. Había gente de pie a unos doscientos metros, en lo alto de un montículo. Estaban demasiado lejos y el sol brillaba mucho como para poder distinguirlos, pero al parecer eran muy altos e iban vestidos de blanco. Vio otro fugaz destello y comprendió que debían de ser las lentes de unos prismáticos. Desvió la mirada diciéndose que seguramente se trataba de turistas que miraban hacia las ruinas; pero de pronto se dijo que quizá fuesen arqueólogos y que, por lo tanto, conocerían a su padre. Volvió a mirar hacia el montículo, pero ya no vio a nadie.

Recorrió las dunas con la mirada, pero sin éxito, de modo que prosiguió el camino, temiendo haber tenido una alucinación debido al agotamiento y la preocupación. Le dolía la cabeza, sentía pinchazos en las sienes y estaba sedienta.

31

Tardó veinte minutos en llegar a la oficina principal, con la blusa empapada de sudor y los labios resecos. Encontró a Hassan y le contó lo que pasaba.

—Estoy seguro de que no ocurre nada anormal —le aseguró él, ofreciéndole asiento en su despacho—. Quizá su padre haya salido a caminar, o a excavar.

—¿Sin dejar una nota?

—A lo mejor está esperándola en El Cairo.

—He llamado a su apartamento y no contesta.

—¿Sabía que usted llegaba hoy?

—Por supuesto que lo sabía —repuso ella en tono áspero.

Se produjo un breve silencio y ella se apresuró a excusarse.

—Perdone. Estoy cansada y muy preocupada.

—Me hago cargo, señorita Mullray. Pero tranquilícese, por favor. Lo localizaremos.

Hassan tenía un walkie-talkie encima de la mesa. Lo cogió, pulsó un botón y dijo con voz clara:

—Doctor Mullray.

Se oyeron sonidos de estática y luego varias voces que respondieron una tras otra. Hassan escuchó, volvió a hablar y finalmente dejó el walkie-talkie sobre la mesa.

—No ha salido a excavar, ni lo han visto —explicó—. Espere aquí, por favor. —

Salió del despacho y entró en el contiguo. Tara lo oyó hablar con alguien. Regresó al cabo de un minuto—. Estuvo en El Cairo ayer por la mañana y regresó a Saqqara por la tarde. Nadie ha vuelto a verlo desde entonces —dijo, y marcó un número de teléfono.

Al cabo de unos momentos se oyó una voz a través del micrófono. Tuvo otra breve conversación y colgó.

—Era Ahmed —anunció Hassan frunciendo el entrecejo—. El taxista de su padre. Dice que su padre le pidió que fuese a recogerlo al campamento anoche para llevarlo al aeropuerto, pero que cuando llegó, ya no estaba. Ahora también yo estoy preocupado. No es normal en él. —

Permaneció en silencio unos momentos, tamborileando con los dedos sobre la mesa. Luego abrió un cajón y sacó un manojo de llaves—. Son duplicados de las llaves de la casa del campamento. Vamos a ver. Al salir

del despacho Hassan señaló hacia un destartalado Fiat blanco que había aparcado enfrente.

—Iremos en coche.

Condujo deprisa por el accidentado sendero y se detuvo frente a la casa.

Fueron hasta la puerta delantera. Tara reparó rápidamente en que la nota que había dejado asomando bajo la puerta ya no estaba. El corazón le latía con fuerza. Probó a hacer girar el picaporte, pero la puerta seguía cerrada con llave. Hassan eligió una llave del manojo y la introdujo en la cerradura.

Le dio dos vueltas, abrió y entró seguido de Tara.

La puerta daba directamente a una estancia rectangular encalada. Sólo había una mesa alargada, un sofá apolillado y una chimenea. A izquierda y derecha estaban las puertas de otras estancias o habitaciones, en una de las cuales Tara vio los pies de una cama de madera. El interior estaba oscuro y frío, y la atmósfera impregnada de un tenue olor dulzón, que Tara asoció enseguida a humo de cigarros. Hassan abrió

32

una ventana y la luz del sol inundó la estancia. Al instante, Tara vio el cuerpo, recostado contra la pared del fondo.

—¡Oh, Dios! —exclamó con la voz entrecortada—. ¡Oh, no!

Corrió hacia el cuerpo, se arrodilló junto a él y le tomó la mano. La notó fría y rígida. Su padre estaba muerto.

—Papá —musitó, acariciándole el cabello enmarañado—. ¡Papá!

Luxor

El inspector Jalifa miraba al cadáver recordando el día en que habían llevado el cuerpo de su padre a su casa. Él tenía seis años y no entendía lo que pasaba. Pusieron el cuerpo encima de la mesa del salón. Su madre, llorando y tirando de sus negras vestiduras se arrodilló a sus pies, y él y su hermano Alí se quedaron de pie junto a su cabeza, con las manos entrelazadas, mirando al rostro de su padre, pálido y polvoriento.

—No te preocupes, mamá —dijo Alí—. Yo cuidaré de ti y de Yusuf. Lo juro. El accidente ocurrió a pocas manzanas de su casa. Un autocar turístico, que circulaba a excesiva velocidad por las estrechas calles del barrio, perdió el control y se estrelló contra un precario andamio de madera en el que estaba trabajando su padre, provocando el derrumbe de toda la estructura. Murieron tres hombres, su padre entre ellos, aplastados bajo una tonelada de cascotes y vigas. La empresa propietaria del autocar se negó a

asumir responsabilidades y los familiares de los muertos nunca fueron indemnizados. Ninguno de los turistas resultó herido.

Por entonces vivían en Nazlat al-Samman, al pie de la altiplanicie de Gizeh, en una choza de adobe, desde cuyo tejado podía ver la Esfinge y las pirámides. Su hermano Alí era seis años mayor que él, fuerte, inteligente y valiente. Y Jalifa lo adoraba. Lo seguía a todas partes, imitaba sus andares y hablaba como él. Fiel a su palabra, después de la muerte de su padre Alí abandonó los estudios y se puso a trabajar para mantener a la familia.

Encontró empleo en un establo de camellos, para limpiar las cuadras y reparar las sillas. También hacía funciones de camellero, llevando a pasear a los turistas. Los domingos, Alí dejaba que Jalifa lo ayudase, pero a pesar de los ruegos de éste, Alí quería que durante el resto de la semana se limitara a estudiar.

—Aprende, Yusuf —le decía—. Prepárate bien. Haz todo lo que yo no puedo hacer. Quiero sentirme orgulloso de ti.

Años después, Jalifa descubrió que, además de mantenerlos, vestirlos y pagar el alquiler, Alí había ahorrado para que, cuando llegase el momento, Jalifa pudiera ir a la universidad. Le debía mucho a su hermano; se lo debía todo. Por eso le había puesto su nombre a su hijo mayor, como un modo de reconocer la deuda que tenía con él. Pero Alí había muerto sin llegar a conocer a su sobrino, y lo añoraba muchísimo. No pasaba día sin que lamentase amargamente lo ocurrido.

Jalifa meneó la cabeza y volvió a concentrarse en el caso que tenía entre manos. Estaba en una estancia embaldosada del sótano del hospital general de Luxor. Tenía enfrente el cadáver que habían encontrado aquella mañana, desnudo y boca arriba en una mesa. Un ventilador giraba por encima de su cabeza. La sala de disección del doctor Anwar, el forense del centro, era fría y aséptica, sin más luz que la de una lámpara. El forense se inclinó sobre el cadáver con sus guantes quirúrgicos.

33

—Es curioso —musitó para sí—. Nunca había visto nada parecido. Es muy curioso.

Habían fotografiado el cadáver en el lugar donde lo habían encontrado; luego lo habían metido en una bolsa de plástico y lo habían llevado a Luxor en barco. Se había necesitado mucho papeleo antes de poder examinarlo, y ya estaba muy entrada la tarde. El inspector había enviado a Sariya a hacer averiguaciones, por si se había denunciado la desaparición de alguna

persona en un radio de treinta kilómetros, con lo que, de paso, le ahorraba a su ayudante el espectáculo de la autopsia. También a él se le hacía difícil presenciarla. Estaba desesperado por fumar, y cada dos por tres llevaba la mano al bolsillo para sacar su paquete de Cleopatra, aunque, por supuesto, no llegaba a hacerlo. El doctor Anwar era muy riguroso con respecto a la prohibición de fumar en el depósito de cadáveres.

—Bueno... ¿qué puede decirme, doctor? —preguntó Jalifa, recostado contra la fría pared de azulejos, jugueteando con un botón de su camisa.

—Pues... que está muerto —contestó Anwar, y profirió una risotada dándose una palmada en el vientre. Sus bromas eran tan famosas como su aversión al tabaco—. Perdone. Ha sido un comentario de mal gusto —se excusó. Pero al volver a inclinarse hacia el cadáver se echó a reír de nuevo

—. Pues... que está muerto —repitió para sí—

. La verdad es que tiene gracia. Bien, ¿qué quiere saber, inspector?

—¿Edad?

—Difícil de precisar, pero yo diría que veintitantos, o acaso treinta.

—¿Cuánto tiempo lleva muerto?

—Unas dieciocho horas, puede que veinte, veinticuatro, como máximo.

—¿Y ha estado en el agua durante todo ese tiempo?

—Yo diría que sí.

—¿Qué distancia cree que haya podido recorrer en el agua durante esas horas?

—Ni idea. Yo entiendo de cadáveres, pero no sé nada de corrientes fluviales. Jalifa sonrió.

—¿Causa de la muerte?

—Me parece que es obvia —repuso Anwar mirando el rostro mutilado.

Le habían limpiado el barro y su aspecto era aún más horrible que cuando Jalifa lo había visto la primera vez. Parecía un trozo de carne desgarrada.

También tenía heridas en el resto del cuerpo; en los brazos, en las piernas, en el plexo solar y en las caderas. Incluso tenía una pequeña incisión en el escroto, que Anwar había señalado con expresión risueña. Jalifa pensaba que el forense ponía excesivo entusiasmo en su trabajo.

—Lo que quiero decir es...

—Sí, ya lo sé, ya lo sé —lo interrumpió Anwar—. Bromeaba. Lo que usted quiere saber es qué ha causado esas heridas. —Se inclinó de nuevo sobre la mesa de disección y se quitó los guantes, que produjeron un chasquido al desprenderse de sus manos—. Bien. Empecemos por el

principio. Murió a causa de los traumatismos y la pérdida de sangre como consecuencia de las heridas que puede ver. Había relativamente poca agua en sus pulmones, lo que significa que no se ahogó y que luego recibió las heridas, sino que le infligieron éstas en tierra y después lanzaron el cuerpo al río. Probablemente no muy lejos de donde sus hombres lo encontraron, inspector.

—¿No pudo ser la hélice de una embarcación lo que le produjo las heridas?

34

—De ningún modo. Serían heridas muy distintas, menos limpias. La carne habría quedado triturada en muchos puntos.

—¿Un cocodrilo?

—¡No diga tonterías, Jalifa! A este hombre lo mutilaron deliberadamente. Y, además, para su información, no hay cocodrilos al norte de Asuán. Y, por supuesto, ningún cocodrilo que fume. —El forense señaló los brazos, el pecho y la cara del cadáver—. —Tres quemaduras; aquí, aquí y aquí. Probablemente de cigarro. Son demasiado grandes para ser de un cigarrillo.

Anwar hurgó en un bolsillo, sacó una bolsa de anacardos y le ofreció a Jalifa, que rehusó.

—Como quiera —dijo Anwar, que echó la cabeza hacia atrás y se echó en la boca unos cuantos anacardos.

Jalifa lo observó asombrado de que pudiese comer en presencia de aquel rostro espantoso.

—¿Y los cortes? ¿Qué se los produjo?

—No tengo ni idea —contestó Anwar sin dejar de masticar—. Un objeto metálico, afilado, probablemente un cuchillo. He visto muchas heridas de cuchillo, pero ninguna como éstas.

—¿Qué quiere decir?

—Pues que las heridas no son tan limpias como las que produce un cuchillo. Es difícil de explicar. Se trata más de una intuición que de una deducción científica. No cabe duda de que fue una hoja afilada, pero no me resulta familiar. Fíjese en ésta, por ejemplo. —El forense señaló una herida que el cadáver tenía en el pecho—. De haber sido infligida con un cuchillo

—prosiguió—, sería más estrecha y menos... tosca. Y, fíjese, es ligeramente más profunda en un lado que en otro. No me pida más precisiones, Jalifa,

porque no puedo dárselas. Sólo hay que aceptar que se las hicieron con un arma inusual.

Sacó un bloc del bolsillo y tomó notas mientras seguía masticando de un modo tan ruidoso que resonaba en la sala.

—¿Puede decirme algo más acerca de la víctima? —preguntó Jalifa.

—Pues... que le gustaba beber. Tenía altos niveles de alcohol en la sangre. Y

parece que era una persona interesada en el antiguo Egipto.

—¿Lo dice por el escarabeo tatuado?

—Exactamente. No es muy frecuente. Y fíjese en esto.

Jalifa se acercó a la mesa.

—¿Ve estos hematomas en los brazos? Son señales que indican que lo sujetaron... así —dijo Anwar, situándose detrás del inspector y agarrándolo de los brazos al tiempo que le hundía los pulgares—. El rodal del morado del brazo izquierdo es más ancho y llega casi al tríceps, lo que sugiere que probablemente lo sujetaron entre dos. Y por la extensión de los hematomas cabe deducir que ofreció mucha resistencia.

Jalifa asintió con la cabeza y tomó nota.

—De modo que me inclino a pensar que fueron tres personas —

aventuró el detective—. Dos lo sujetaron y un tercero utilizó el arma, fuera cual fuese. Anwar asintió con la cabeza y fue hacia la puerta. Se asomó al pasillo y llamó a los camilleros, que al cabo de unos momentos aparecieron empujando una camilla de

35

ruedas. Levantaron el cuerpo de la mesa, lo depositaron sobre la camilla, lo cubrieron con una sábana y salieron de la sala.

El doctor Anwar se terminó los anacardos, fue hasta un lavabo y se lavó las manos. En la sala no se oía más que el runrún del ventilador.

—La verdad es que estoy muy sorprendido —dijo el forense en un tono carente de su habitual socarronería—. Llevo treinta años examinando cadáveres y nunca he visto nada parecido. Es algo... —Se interrumpió mientras se enjabonaba las manos de espaldas a Jalifa—. Es algo... —

añadió—. No sé cómo expresarlo. Impío.

—No creía que fuese usted religioso.

—Y no lo soy. Pero no se me ocurre otro modo de describir lo que le hicieron a ese hombre. No es sólo que lo matasen, sino que hicieron una verdadera carnicería con él.

Anwar cerró el grifo y empezó a secarse las manos.

—Encuentre a quienes lo hicieron, Jalifa. Encuéntrelos pronto, y enciérrelos. Lo dijo con una firmeza que sorprendió al inspector.

—Haré lo que pueda —dijo Jalifa—. Si está en condiciones de darme cualquier otra información, no deje de llamarme. Guardó el bloc y fue hacia la puerta, pero Anwar lo retuvo.

—Hay algo más —dijo—. Es sólo una intuición, pero creo que quizá fuese escultor, de esos que hacen estatuillas para los turistas. Tenía mucho polvo de alabastro bajo las uñas, y sus antebrazos eran muy musculosos, lo que quizá sea indicio de que trabajaba con un martillo y un cincel. Puede que me equivoque, pero yo empezaría a indagar en las tiendas donde venden objetos de alabastro. Jalifa le dio las gracias y fue hacia el pasillo sacando del bolsillo el paquete de Cleopatra. Oyó la voz del doctor Anwar a su espalda.

—¡Y no encienda el cigarrillo hasta que haya salido del hospital!

36

El Cairo

—Odiaba los puros —dijo Tara.

El funcionario de la embajada la miró desconcertado.

—¿Cómo ha dicho?

—Los cigarros. Mi padre los detestaba. En realidad detestaba el tabaco.

Decía que era un hábito tan repugnante como leer The Guardian.

—Ah —dijo el funcionario más perplejo que antes—. Entiendo.

—Al entrar en la casa noté olor a humo de cigarro.

El funcionario, un joven agregado llamado Crispin Oates, miró al frente e hizo sonar insistentemente el claxon, nervioso por la lentitud con que lo obligaba a circular el camión que iba delante.

—¿Y cree que eso es importante?

—Como le he dicho, mi padre detestaba el tabaco.

Oates se encogió de hombros.

—Pues entonces debió de ser otro quien fumase.

—Eso es exactamente lo que me intriga —reconoció Tara—. Había prohibido totalmente fumar en la casa. No hacía excepciones. Lo sé porque una vez me contó

por carta que iba a despedir a un voluntario por infringir la norma. Un motorista los adelantó por la derecha y se cruzó por delante de ellos, obligando a Oates a pisar el freno.

—¡Maldito imbécil!

Guardaron silencio por unos instantes, hasta que el joven diplomático se decidió

a decir:

—La verdad es que no sé qué conclusión puede sacar de eso.

—Ni yo —admitió Tara, suspirando—. Sólo que... es insólito que la casa oliese a humo de cigarro. No puedo quitármelo de la cabeza.

—Supongo que se debe a la fuerte impresión que ha sufrido.

—Sí —dijo Tara con expresión resignada—. Quizá se deba a eso.

Circulaban por una carretera sobreelevada que conducía al centro de El Cairo. Casi había oscurecido y las luces de la ciudad se extendían a lo lejos, a su alrededor y por debajo de ellos. Seguía haciendo calor, y Tara tuvo que bajar la ventanilla para que entrase el aire, que agitó su cabello.

Sentía un extraño distanciamiento, como si los acontecimientos de las últimas horas fuesen parte de un sueño. Había aguardado junto al cadáver de su padre durante una hora, hasta que llegó el médico, que examinó superficialmente el cuerpo y les dijo lo que ya sabían, que había muerto, probablemente a causa de un infarto, aunque no pudiese certificarlo hasta hacer una autopsia. Después llegó la ambulancia, y a continuación dos policías de paisano que interrogaron a Tara acerca de la edad de su padre, su salud, su nacionalidad y su profesión. No había sido más que un

«condenado arqueólogo», había respondido ella, crispada; ¿acaso habían pensado otra cosa?

También a ellos les comentó lo del olor a humo de cigarro y que su padre tenía terminantemente prohibido fumar en la casa. Los policías tomaron nota pero no parecieron conceder mucha importancia a aquel detalle.

37

Tara no había derramado una lágrima en ningún momento. En realidad, su primera reacción ante la muerte de su padre fue... que no reaccionó.

Mientras los observaba meter el cadáver en la ambulancia no había sentido absolutamente nada, como si se tratase de un desconocido.

—Papá ha muerto —musitó para sí, como incitándose a reaccionar—.

Ha muerto. Las palabras, sin embargo, no surtieron ningún efecto. Trató de recordar algunos buenos momentos junto a él (por Navidad, una visita al zoo, o aquel cumpleaños en que le había regalado la gargantilla), pero no logró establecer ninguna conexión emocional con ellos. Lo único que sintió

—y se avergonzaba— fue una profunda decepción porque sus vacaciones se hubiesen ido al traste.

«Voy a tener que pasar las próximas dos semanas rellenando impresos y organizando el funeral —pensó—. ¡Menudas vacaciones! »

Oates llegó justo cuando la ambulancia arrancaba. La embajada fue informada de la muerte de su padre en cuanto descubrieron el cadáver. El agregado era rubio, de barbilla pequeña, veintitantos años e inequívocamente inglés. Le dio el pésame educadamente pero sin excesiva convicción, de un modo que hacía suponer que ya lo había hecho otras muchas veces. Cambió unas palabras con el médico y le preguntó a Tara dónde se alojaba.

—Aquí —respondió ella—. O, por lo menos, ése era el plan. Aunque supongo que ahora no es un lugar muy apropiado.

—Creo que lo mejor será que la lleve a El Cairo y que se aloje en un hotel. Haré

un par de llamadas.

Sacó un móvil de la chaqueta del traje (¡Cómo podía nadie llevar traje con ese calor!, pensó Tara), salió de la casa y regresó al cabo de unos minutos.

—Ya está —anunció—. Tiene habitación reservada en el Ramsés Hilton. Bueno... como no creo que haya mucho más que hacer aquí, cuando usted quiera... Tara se entretuvo unos minutos más en la casa, mirando las estanterías de libros y el apolillado sofá, imaginando a su padre relajándose allí después de un día de excavaciones, y luego fue con Oates al coche.

—Es curioso —dijo el diplomático al arrancar—, llevo tres años en El Cairo y es la primera vez que vengo a Saqqara. Nunca me ha interesado mucho la arqueología.

—Ni a mí —dijo Tara con tristeza.

Ya había oscurecido cuando llegaron al hotel, un feo rascacielos que se alzaba junto al Nilo, en una intersección de calles muy transitadas. En el interior, ostentoso e intensamente iluminado, había un enorme vestíbulo de mármol al que daban varios bares, salones y tiendas y por el que no paraban de pasar mozos con uniforme rojo portando maletas de diseño. La refrigeración estaba tan fuerte que casi hacía frío, algo que a Tara le pareció un alivio después del calor que había pasado. Su habitación estaba en la planta catorce y era espaciosa, pulcra y aséptica. Dejó

la bolsa sobre la cama y se quitó los zapatos con sendas sacudidas de los pies.

—Bien, la dejo que se instale —dijo Oates junto a la puerta—. He oído que el restaurante del hotel es bastante bueno, y cuenta con servicio de habitaciones.

—Gracias —dijo Tara—, pero no tengo mucho apetito.

—Me hago cargo —dijo Oates ya con la mano en el pomo de la puerta

—. Mañana habrá que cumplir con algunas formalidades. Si le parece bien pasaré a recogerla a las once para ir a la embajada.

Tara asintió con la cabeza.

38

—Ah, una cosa más —agregó Oates—. No es aconsejable que salga por la noche, especialmente si va sola. No quiero alarmarla, pero en estos momentos es un poco peligroso para los turistas. Últimamente ha habido muchos atentados de los fundamentalistas. Es mejor ir con cuidado.

Tara pensó en el hombre con el que había hablado por unos momentos en la sala de recogida de equipajes del aeropuerto.

—Ya. El grupo de Saif Al-Thar —dijo al recordar el nombre que había mencionado el del aeropuerto.

—Exacto. —Oates asintió—. Son un hatajo de lunáticos. Cuanto más los reprimen las autoridades, más problemas causan. Hay zonas del país a las que prácticamente no se puede acceder. —Le tendió una tarjeta y añadió

—: Espero que duerma bien, y no dude en llamarme si necesita algo.

Oates le estrechó la mano con ademán protocolario y a continuación salió. En cuanto Oates se hubo marchado, Tara sacó una cerveza del minibar y se sentó en la cama. Telefoneó a Jenny a Inglaterra y le dejó un mensaje en el contestador, informándole de dónde estaba y pidiéndole que la llamase lo antes posible. Debía hacer otras llamadas, a la hermana de su padre y a la Universidad Americana, donde él había sido profesor invitado de arqueología de Oriente Próximo. Pero decidió que las haría al día siguiente. Salió al balcón y miró hacia la calle. Un Mercedes negro acababa de detenerse frente al hotel, bloqueando parcialmente la calle. Los coches que iban detrás se vieron obligados a rodearlo, con la consiguiente irritación de los conductores, a juzgar por el concierto de cláxones que siguió. Al principio Tara no prestó atención al Mercedes, pero al abrirse la puerta del lado del acompañante y ver al hombre que bajó se puso tensa. No estaba segura, pero se parecía al que había visto a lo lejos en Saqqara mirando con

Seguir: parte 3 de 4