El Enigma de Cambises
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Por entonces, los padres de Tara ya se habían separado, pero a ella apenas la afectó, pues su vida junto a Daniel era lo más importante. Al terminar sus estudios consiguió un puesto de profesora ayudante, pero todo su interés seguía centrado en sus relaciones con Daniel, como si gravitase en un universo paralelo. Se sentía inmensamente feliz.
—¿Hay algo mejor? —exclamó ella una noche después de hacer el amor de un modo especialmente intenso—. ¿Qué más puedo desear?
—¿Qué más deseas? —preguntó Daniel.
—Nada —repuso ella, acurrucándose a su lado—. No deseo nada más en este mundo.
Cuando Tara le habló a su padre de la relación que mantenía con Daniel, él dijo en tono risueño:
—Ese muchacho tiene muchísimo talento. Es uno de los mejores especialistas, tuve el privilegio de ser profesor suyo. Formáis muy buena pareja. —Hizo una pausa y añadió—: Pero ve con cuidado, Tara. Toda persona con talento tiene su lado oscuro. No dejes que te haga daño.
—No me lo hará, papá —dijo ella—. Estoy segura de que no me lo hará. Curiosamente, Tara achacaba más a su padre el daño que le había hecho Daniel que a éste mismo, como si hubiese sido su advertencia la que lo provocase. El salón de té Ahwa Wadood era un local destartalado con el suelo cubierto de serrín y mesas rodeadas de viejos que jugaban al dominó y tomaban té. Lo vio nada más entrar, al fondo, fumando una pipa shisha, con la cabeza inclinada sobre una mesa de backgammon, concentrado en el juego. Estaba casi igual que la última vez que lo había visto, hacía ya seis años, aunque llevaba el pelo más largo y estaba más bronceado. Ella lo miró fijamente por un instante, hizo acopio de fuerzas y fue hasta su mesa.
—¡Tara! —exclamó él al verla.
Se la quedó mirando atónito con sus grandes ojos negros. Ella le devolvió la mirada, sin decir nada. Pero, de pronto, se inclinó hacia la mesa y le dio una bofetada.
—¡Cabrón! —masculló.
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Luxor, colinas de Tebas
El loco estaba en cuclillas frente a la hoguera, removiendo las ascuas con un palo. A su alrededor los riscos se alzaban majestuosos. Aparte de él no había más señal de vida que el ocasional aullido de un perro salvaje. Una media luna esplendorosa colgaba en el cielo.
Él miraba las llamas. Tenía el rostro sucio y demacrado. Mechones de pelo apelmazado caían sobre sus hombros. Podía ver dioses en el fuego: extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza de animal. Una de ellas tenía la cabeza de chacal, otra de pájaro y una tercera lucía un elaborado peinado y tenía cabeza de cocodrilo. Lo fascinaban y lo asustaban al mismo tiempo.
Empezó a balancear el cuerpo, musitando unas palabras ininteligibles, hipnotizado por las imágenes que veía delante de él. Las llamas le revelaban secretos: una estancia oscura, un féretro, joyas, objetos apilados contra una pared, espadas, escudos, puñales. Estaba boquiabierto de puro asombro.
De pronto las llamas se oscurecieron, pero sólo por un momento, y cuando volvieron a brillar la estancia se desvaneció y en su lugar apareció
otra cosa. Un desierto. Kilómetros de arena ardiente y un enorme ejército marchando por ella. Oyó
el sonido metálico de las armaduras, el ruido de los cascos de las monturas, una canción. Y también otro sonido, lejano, semejante al rugido de un león. Parecía proceder de debajo de la arena, y cada vez era más fuerte, ahogando los demás sonidos.
El loco empezó a parpadear y a jadear. Se tapó los oídos porque el estruendo era ensordecedor. Las llamas seguían muy vivas, empezó a soplar viento, y entonces vio, horrorizado, que la arena del desierto empezaba a burbujear como agua hirviendo, hasta levantarse frente a él en forma de ola gigantesca que engulló a todo el ejército. Gritó y se dejó caer hacia atrás, convencido de que también él sería devorado por la arena. Empezó a gatear, se incorporó a los pocos metros y echó a correr hacia las colinas como alma que lleva el diablo.
—¡No! ¡Oh, Alá, protégeme! ¡Ten piedad de mi alma, Alá!
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El Cairo
Jenny lo había descrito como la «semana Mike Tyson» de Tara. Primero la dejó
Daniel, después, casi de inmediato, se enteró de que su madre padecía un cáncer incurable. Habían sido dos golpes tremendos, uno detrás del otro, que casi la dejaron fuera de combate. «Ni Mike Tyson te los hubiese propinado tan fuertes», le dijo Jenny. Al pensar en lo ocurrido (y en los últimos seis años no había hecho otra cosa que pensar en ello) comprendía que los síntomas habían sido claros desde el principio, aunque ella no los viese.
A pesar de su intimidad, una parte de Daniel siempre había estado alejada de ella. En cuanto terminaban de hacer el amor él se sumía en sus lecturas, como si le asustase la intensidad de los sentimientos que acababa de exteriorizar. Hablaban mucho y, sin embargo, nunca le había revelado nada realmente íntimo. Durante el año y medio que pasaron juntos ella no había sabido prácticamente nada de su pasado. No encontraba la forma de ahondar. Era como dar con un lecho de piedra apenas por debajo de la superficie.
Daniel había nacido en París, pero al perder a sus padres en accidente de automóvil cuando tenía diez años había ido a vivir con una tía a Inglaterra.
Se había graduado en Oxford con las máximas calificaciones. Eso era todo.
Parecía como si se hubiera sumido en la historia de Egipto para compensar la falta de un pasado propio. Sí, los síntomas eran claros, pero ella no había querido verlos. Lo amaba demasiado.
El final se produjo de un modo totalmente imprevisto. Llegó una tarde a su apartamento, dieciocho meses después de haber empezado sus relaciones. Se abrazaron, se besaron y él, apartándose de su lado, le dijo con una mirada huidiza:
—Acabo de recibir una notificación del Consejo Superior del Patrimonio Cultural. Me han otorgado una concesión para excavar en el Valle de los Reyes. Dirigiré mi propia expedición.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó ella, echándosele al cuello—. Estoy muy orgullosa de ti.
Tara siguió abrazada a él unos momentos, pero enseguida se apartó al notar que él no correspondía a su abrazo. Por lo visto, aquello no era todo lo que tenía que decirle.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
La mirada de Daniel se hizo aún más huidiza.
—Pues que esto significa que tendré que vivir en Egipto una temporada.
Ella se echó a reír.
—Claro que eso significa que tendrás que vivir en Egipto. No esperarías poder ir y venir en el día, ¿verdad?
Daniel sonrió, pero con el rostro extrañamente inexpresivo.
—Que me permitan excavar en uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo es una enorme responsabilidad, Tara. Y un gran honor. Voy a necesitar... concentrar toda mi atención en el trabajo.
—Pues claro que tendrás que concentrar toda tu atención.
—Exacto. Absolutamente toda mi atención.
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El tono en que lo dijo la estremeció, como si fuese el anticipo de una convulsión aún mayor. Tara dio un paso atrás, buscando la mirada de Daniel, pero sin encontrarla.
—¿Qué pretendes decirme?
Al no obtener respuesta Tara se acercó de nuevo a él y le tomó ambas manos.
—No importa. Podré vivir sin ti durante unos meses. No te preocupes por mí. Había una botella de vodka sobre la mesa, detrás de él. Daniel se soltó de sus manos y se sirvió un vaso.
—Se trata de algo más.
Tara volvió a estremecerse.
—No entiendo qué tratas de decirme.
Él apuró el vaso de un trago y la miró.
—Se ha terminado, Tara.
—¿Terminado?
—Lamento ser tan brusco, pero no sé decírtelo de otro modo. He estado esperando una oportunidad como ésta durante toda mi vida, y no puedo dejar que nada se interponga; ni siquiera tú.
Ella lo miró fijamente por unos instantes y luego, como si la hubiesen golpeado en la boca del estómago, se tambaleó hacia atrás. Se le nubló la vista y tuvo que sujetarse del marco de la puerta para no caer.
—Pero ¿cómo iba yo a interponerme...?
—No sabría explicártelo, Tara. Es sólo que he de concentrarme exclusivamente en mi trabajo. Nada debe entorpecerlo.
—¡Entorpecerlo! —Tuvo que dominarse para encontrar las palabras—.
¿De modo que eso piensas de mí? ¿Que entorpecería tu trabajo?
—No he querido decir eso. Es que debo sentirme libre... No puedo tener ataduras. Lo siento. De verdad que lo siento. El tiempo que he pasado contigo ha sido la mejor época de mi vida, pero...
—Has encontrado algo mejor.
Daniel permaneció unos momentos en silencio.
—Sí —dijo al fin.
Tara se desplomó entonces al suelo, avergonzada de su reacción y de sus lágrimas, pero incapaz de dominarse.
—¡Oh, Dios! —exclamó con voz entrecortada—. Oh, Dios, Daniel, no me hagas esto.
Veinte minutos después, cuando hubo salido del apartamento, se sintió terriblemente vacía. Durante dos días no supo nada de él, hasta que, incapaz de contenerse, volvió a su apartamento. Pero Daniel ya no estaba.
—Se ha marchado —le dijo un estudiante que vivía en el piso de abajo
—. Creo que a Egipto. Un nuevo inquilino ocupará el apartamento la semana que viene. Ni siquiera le había dejado una nota.
Deseó morirse. No llegó más allá de comprar cinco tubos de aspirinas y una botella de vodka.
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Aquella misma semana supo que su madre padecía cáncer y la tragedia hizo que en parte disminuyera el dolor que sentía por el hecho de que Daniel la hubiese abandonado.
Tara cuidó de su madre durante los cuatro meses que le quedaban de vida y, a medida que la veía extinguirse, fue asimilando el final de sus relaciones con Daniel. Al morir su madre, Tara se encargó de organizar el funeral y luego marchó por un año al extranjero, primero a Australia y luego a Latinoamérica. A su regreso compró un apartamento, consiguió el empleo en el zoo y recobró parte de su equilibrio emocional.
Sin embargo, el dolor nunca cesó del todo. Tuvo otras relaciones, pero siempre terminaba por retraerse, temerosa de volver a sufrir aunque sólo fuese una décima parte del tormento que había pasado cuando Daniel la dejó. Y no había vuelto a saber nada de él. Hasta aquella noche.
—Me temo que me lo merecía —dijo Daniel. —Desde luego.
Salieron del salón de té oyendo cuchicheos a sus espaldas. Fueron por la calle Ahmed Maher hacia el corazón del barrio islámico de la ciudad, pasando por delante de tenderetes donde vendían lámparas y pipas shisha, ropa y verduras. El aire olía a especias, a excrementos de animales de carga y a basura. Un concierto de ruidos distintos los ensordecía: el martilleo de los artesanos de los talleres del barrio, música y concierto de cláxones y, desde la entrada de una tienda, el lento y rítmico rechinar de una máquina de hacer fideos.
Al llegar a un cruce torcieron a la izquierda a través de una puerta de piedra ornamentada, con dos altos minaretes a los lados. De allí partía una calle estrecha, más bulliciosa aún que la que acababan de dejar. Al cabo de cincuenta metros se adentraron en una callejuela y se detuvieron frente a un portón de madera. Era la entrada del hotel Salah al-Din.
Daniel empujó la puerta y accedieron a un pequeño patio con una fuente seca en el centro y una galería de madera.
—Hogar, dulce hogar —dijo.
Su habitación estaba en la última planta, daba al patio y era sencilla pero limpia. Encendió la luz, cerró los postigos y sirvió dos whiskies dobles. Desde abajo les llegaba el traqueteo de las carretas y un murmullo de voces.
—No sé qué decir —musitó él tras un largo silencio.
—Podrías excusarte, por lo menos.
—¿Y de qué serviría?
—No sería un mal comienzo.
—Bueno, pues perdona, Tara. Lo siento de verdad.
Había un paquete de puros encima de la mesilla de noche del lado de Daniel, que sacó uno, lo encendió, dio una calada y exhaló una densa nube de humo. Daniel parecía incómodo, nervioso. La miraba y de inmediato desviaba la vista. Con la intensa luz de las lámparas Tara reparó en que había envejecido más de lo que había pensado. Tenía canas y arrugas en la frente. Pero seguía siendo guapísimo.
—¿Desde cuándo fumas puros? —preguntó ella. Daniel se encogió de hombros.
—Desde hace años. Carter los fumaba. Supongo que empecé para ver si así se me contagiaba su suerte.
—¿Y ha surtido efecto?
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—No mucho.
Daniel volvió a llenar los vasos. Se oyó el claxon insistente de una motocicleta que trataba de abrirse paso entre la gente.
—Y bien, ¿cómo me has encontrado? —preguntó él—. Supongo que no habrás entrado en el salón de té por casualidad.
—Encontré la nota que le dejaste a mi padre.
—Ah, ya. ¿Cómo está?
Tara le contó lo ocurrido.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Daniel-. ¡Cuánto lo siento! No sabía nada.
—Dejó el vaso encima de la mesilla de noche, se acercó a ella y alargó los brazos para atraerla hacia sí, pero Tara levantó una mano, impidiéndoselo
—. Lo siento —añadió—. Si hay algo que pueda hacer...
—Todo está solucionado.
—Bueno, pero si necesitas...
—Ya te he dicho que todo está solucionado.
Daniel asintió con la cabeza y se apartó. Se produjo otro largo silencio.
Tara se preguntó qué hacía allí, qué pretendía conseguir. Las volutas del humo del cigarro ascendían hacia la lámpara del techo.
—¿Qué ha sido de ti durante estos seis años? —preguntó ella, consciente de la superficialidad de la pregunta.
Daniel apuró el whisky.
—Nada especial —contestó—. He estado excavando, he dado conferencias y he escrito dos libros.
—¿Ahora vives aquí?
—Sí, en Luxor. Sólo estaré en El Cairo unos días, por cuestiones profesionales.
—Ignoraba que seguías en contacto con mi padre.
—No seguía en contacto con él —repuso Daniel-. La última vez que le telefoneé
fue... —Dejó la frase sin terminar. Se sirvió otro whisky y añadió—: Pero pensé que sería agradable verlo de nuevo. Supongo que por nostalgia de los viejos tiempos. Dudo de que me hubiese contestado. Me odiaba por lo que te hice.
—Pues ya somos dos.
—Sí, claro.
Se terminaron la botella de whisky, intercambiándose noticias, procurando no salir de temas superficiales. El ruido procedente de la calle se hizo más intenso hasta que, lentamente, fue disminuyendo a medida que cerraban las tiendas.
—Ni siquiera me has escrito en todos estos años —dijo ella jugueteando con el vaso entre las manos.
Ya era tarde y Tara tenía la mente embotada por la bebida y el cansancio. La calle se hallaba en silencio y desierta. El viento la barría, como si la ciudad estuviese mudando la piel.
—¿Habrías querido que te escribiese?
Ella reflexionó por unos instantes y luego meneó la cabeza.
—No.
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Tara estaba sentada en el borde de la cama y Daniel en un raído sofá, junto a la pared.
—Me destrozaste la vida.
Él la miró y sus ojos se encontraron fugazmente. Luego ella echó la cabeza hacia atrás y apuró el whisky.
—Lo nuestro ya es historia. Se terminó, Daniel.
Pero, en su fuero interno, Tara sabía que no se había terminado del todo.
Que aún estaba por tomar una importante decisión. En la calle, al otro lado de la arcada de piedra por debajo de la que habían pasado, el Mercedes negro aparcó junto al bordillo.
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Luxor
—¿Y no sabes nada de un nuevo descubrimiento? —preguntó Jalifa en tono cansado, apagando el cigarrillo en un vaso de café vacío. El hombre que tenía delante meneó la cabeza.
—¿Una tumba? ¿Un escondrijo? ¿Algo fuera de lo corriente? —insistió Jalifa.
—No.
—Vamos, Omar. Si hay algo terminaremos por encontrarlo. De modo que será
mejor que nos lo digas.
El hombre se encogió de hombros y se sonó la nariz con la manga de la túnica.
—Yo no sé nada —porfió—. Nada en absoluto. Pierden el tiempo conmigo. Eran las ocho de la mañana y Jalifa no se había acostado en toda la noche. Le dolían los ojos, tenía la boca seca y la cabeza embotada.
Durante más de diecisiete horas, sin más que breves interrupciones para comer y para rezar, él y Sariya habían estado interrogando a todas las personas de Luxor conocidas por estar relacionadas con el tráfico de antigüedades, confiando en dar con una pista que les ayudase a aclarar el caso de Abu Nayar. Durante la tarde del día anterior, toda la noche y lo que llevaban de la mañana había desfilado por la comisaría de Sharia el-Karnak una serie de conocidos tratantes.
Todos ellos habían dado las mismas respuestas a las mismas preguntas: no sabían nada acerca de nuevos descubrimientos; no sabían nada acerca de que hubiese en el mercado nuevas antigüedades. Por lo demás, todos aseguraron que si se enteraban de algo se pondrían en contacto con ellos.
Fue como escuchar la misma cinta una y otra vez.
Jalifa encendió otro cigarrillo. La verdad era que no le apetecía, pero necesitaba algo que le ayudase a mantenerse despierto.
—¿Cómo es posible que alguien como Abu Nayar pudiera permitirse comprarle a su madre un televisor y una nevera nuevos? —preguntó.
—¿Y cómo demonios voy a saberlo? —refunfuñó Omar, que era un hombre menudo, fibroso, de pelo muy corto y nariz bulbosa—. Apenas lo conocía.
—Había encontrado algo, ¿verdad?
—Si usted lo dice...
—Encontró algo y lo mataron a causa de ello. Y tú sabes de qué se trataba.
—Yo no sé nada.
—Tú eres un Abd el-Faruk, Omar. No ocurre nada en Luxor sin que tu familia se entere.
—Pues en este caso, no. ¿Cuántas veces tengo que repetírselo? No sé nada. Nada.
Jalifa se levantó y fue hacia la ventana exhalando el humo del cigarrillo.
Sabía que estaba perdiendo el tiempo. Omar no hablaría. Era inútil insistir.
—Está bien, Omar —dijo en tono hastiado, sin volverse—. Puedes marcharte. Llámame si te enteras de algo.
—Descuide —dijo Omar apresurándose a levantarse para salir—. Lo llamaré de inmediato.
Omar salió del despacho y Jalifa y Sariya se quedaron a solas.
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—¿Cuántos faltan? —preguntó el inspector.
—Ninguno —repuso Sariya inclinándose hacia delante y frotándose los ojos—. Ya los hemos interrogado a todos.
Jalifa se sentó en una silla, se repantigó y encendió otro cigarrillo, sin reparar en que se había dejado uno encendido en el cenicero, encima del alféizar. Quizá estuviese equivocado. Tal vez la muerte de Nayar no tuviese nada que ver con las antigüedades. A juzgar por lo que había oído, había muchas otras razones por las que hubieran podido querer matar a Nayar. No contaba con ninguna prueba que relacionase su muerte con el tráfico de antigüedades. Y, sin embargo, tenía una intuición. No podía explicarlo, pero presentía que la muerte de Nayar guardaba alguna relación con aquél. Lo presentía del mismo modo que a veces los arqueólogos intuyen que están muy cerca de hacer un descubrimiento importante. Era un sexto sentido. En cuanto vio el escarabeo tatuado en el cuerpo de la víctima, tuvo la certeza de que en aquel caso el presente sólo podía explicarse en función del pasado. Poseía indicios suficientes para pensar que no estaba desencaminado en sus pesquisas. Nayar se hallaba definitivamente involucrado en el tráfico de antigüedades. Estaba claro que poco antes de su muerte se había hecho con una importante cantidad de dinero, que no procedía, desde luego, de las chapuzas que hacía para mantener a su familia. Cuando la había interrogado la tarde anterior, su esposa había negado, sorprendida, que Nayar anduviese en esa clase de negocios, pero lo había hecho antes de que él lo mencionase. Por otro lado, la reacción de las personas a las que había interrogado no le había convencido.
—Miedo —dijo exhalando el humo del cigarrillo y siguiéndolo con la mirada hasta que se desvaneció.
—¿Qué?
—Estaban asustados, Mohamed; todos ellos. Muy asustados.
—No me sorprende. Podrían caerles cinco años por traficar con antigüedades robadas.
Jalifa miró a su ayudante entre volutas de humo.
—No es a nosotros a quienes temen —declaró—, sino a otra cosa, o a otras personas.
—No entiendo —dijo Sariya enarcando las cejas.
—Alguien los tiene asustados, Mohamed. Trataban de ocultarlo, pero estaban muertos de miedo. Lo he notado al enseñarles la fotografía de Nayar. Se han quedado pálidos, como si temiesen que pudiera ocurrirles lo mismo. Todos los anticuarios de Luxor están aterrorizados. Nunca he visto nada parecido.
—¿Cree que saben quién lo mato?
—Por lo menos lo sospechan. Pero no hablarán. De lo que estoy seguro es de que temen más a quien haya matado a Nayar que a nosotros.
Sariya bostezó y Jalifa reparó en que tenía más empastes que dientes.
—¿Y con quién cree que podemos tener que vérnoslas? —preguntó el sargento—.
¿Gente de aquí? ¿Mafias de El Cairo? ¿Fundamentalistas?
El inspector se encogió de hombros.
—Podría ser cualquiera. Pero de una cosa estoy seguro: se trata de algo gordo.
—¿Cree que quizá encontró una nueva tumba?
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—Posiblemente. O tal vez la descubriese otro y Nayar se enterase.
También podría tratarse de algunos objetos. Pero, en cualquier caso, debe de ser algo muy valioso. Algo que justifique el que lo hayan matado.
Jalifa arrojó la colilla por la ventana y Sariya volvió a bostezar.
—Perdón. Llevo una temporada que apenas duermo. Ya sabe..., con el nuevo bebé...
—Claro —dijo Jalifa con una sonrisa—. ¿Cuántos tienes ya?
—Cinco.
—No sé de dónde sacas tanta energía. —Jalifa meneó la cabeza—. Yo tengo tres y casi me matan de sueño.
—Debería comer más garbanzos —dijo Sariya—. Dan mucha resistencia. A Jalifa le hizo tanta gracia la convicción con que su ayudante le dio el consejo que se echó a reír. Por un instante Sariya pareció ofendido, pero enseguida se echó a reír también.
—Vete a casa, Mohamed—le dijo el inspector—. Come un buen plato de garbanzos, duerme un poco y relájate. Luego ve a la orilla occidental y habla con la esposa y las hijas de Nayar. A ver qué averiguas.
Sariya se levantó y se puso la chaqueta que había colgado en el respaldo de una silla. Se dirigía hacia la puerta cuando dio media vuelta y dijo:
—Una cosa...
—¿Sí?
—¿Cree en las maldiciones, inspector? —preguntó sin mirarlo.
—¿En las maldiciones?
—Sí, en las antiguas maldiciones, como la de Tutankamón.
—¿La de que aquellos que perturbasen el sueño de los muertos tendrían un terrible final? —preguntó Jalifa.
—Algo parecido.
—¿Crees que nos enfrentamos a algo parecido a una maldición?
Sariya se encogió de hombros.
—No, Mohamed. No creo en las maldiciones. En mi opinión, no son más que supercherías —dijo Jalifa, que abrió su paquete de cigarrillos y, al ver que estaba vacío, lo estrujó y lo arrojó a un rincón del despacho—. Pero en lo que sí creo es en la maldad; en algo que se apodera de la mente y el corazón de un hombre y lo convierte en un monstruo. He visto muchos casos. Es contra la maldad contra lo que nos enfrentamos. Contra la maldad en estado puro. —Se inclinó hacia delante, empezó a darse masajes en los párpados con los pulgares y añadió—: Que Alá nos guíe. Que Alá nos dé fuerzas.
Más tarde, después de desayunar un par de huevos duros y un poco de queso, Jalifa cruzó el río y tomó un taxi hasta Dra Abu el-Naga. Una vez allí pagó las veinticinco piastras de la carrera y echó a caminar hacia el templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari, que siempre había sido uno de sus monumentos favoritos. Era un complejo impresionante de patios, terrazas y columnatas, excavado en la roca viva al pie de la pared de un acantilado de cien metros de altura. Siempre lo sobrecogía la audacia de la construcción.
Era una de las maravillas de Luxor, de todo Egipto y del mundo. Aunque
también era una maravilla empañada por la tragedia. En 1997, sesenta y dos personas, casi todas ellas turistas, habían muerto allí a manos de los 67
fundamentalistas. Jalifa había interrogado por entonces a algunas personas de un poblado próximo y había sido uno de los primeros policías en llegar al lugar del atentado. Estuvo meses despertándose por la noche bañado en sudor, oyendo de nuevo el chapoteo de sus pies sobre el suelo, cubierto de sangre. Desde aquel día, siempre que veía el templo su admiración se mezclaba con un estremecimiento en ocasiones cercano a la náusea.
Siguió caminando hasta llegar a una hilera de tiendas de recuerdos, situadas a la derecha de la carretera. Los dueños estaban en la entrada, llamando la atención de los turistas, invitándolos insistentemente a entrar a ver sus artículos, los mejores y más baratos de Egipto: postales, bisutería, sombreros para protegerse del sol y estatuillas de alabastro. Uno de ellos abordó a Jalifa mostrándole una camiseta con un llamativo jeroglífico estampado. Pero el inspector lo alejó, giró hacia la derecha, cruzó un aparcamiento asfaltado y se detuvo al llegar frente a un tráiler en el que se habían instalado los lavabos.
—¡Suleimán! —llamó—. ¡Eh, Suleimán! ¿Está ahí?
Un hombre menudo con una galabeya de color verde pálido emergió de la caravana cojeando ligeramente. Una larga cicatriz cruzaba su frente en diagonal, desde el ojo izquierdo hasta el nacimiento del cabello.
—Vaya, ¿es usted, inspector Jalifa...?
—Salaam Aleikum. ¿Cómo está, amigo mío?
—Kwayyis, hamdulilah —repuso Suleimán con una sonrisa—. Bien.
Doy gracias a Alá por ello. ¿Tomará una taza de té conmigo?
—Sí, gracias.
—¡Siéntese, siéntese!
Suleimán señaló hacia un banco de madera que estaba a la sombra de un edificio cercano y puso a hervir agua en una tetera detrás de la caravana.
Cuando tuvo preparado el té, sirvió dos vasos y fue hacia el banco, pisando con cuidado, como si temiese tropezar. Le dio un vaso a Jalifa y se sentó, dejando el suyo en el banco, a su lado. Jalifa le tendió una bolsa de plástico.
—Cigarrillos.
Suleimán metió la mano en la bolsa y sacó un cartón de cigarrillos Cleopatra.
—No tenía que haberme traído nada, inspector. Soy yo quien está en deuda con usted.
—No me debe nada.
—¿Nada? ¡Le debo la vida!
Cuatro años atrás, Suleimán al-Rashid trabajaba de vigilante en el templo. Estaba de servicio el día en que los fundamentalistas habían cometido el atentado. Lo alcanzaron con un disparo en la cabeza al tratar de proteger a un grupo de mujeres y niños suizos. Después del ataque lo dieron por muerto, pero Jalifa examinó el cuerpo y al notar que aún le latía el corazón llamó a una ambulancia, que lo trasladó de inmediato al hospital.
Estuvo debatiéndose varias semanas entre la vida y la muerte, y al fin se recuperó. Pero quedó ciego y no pudo volver a su trabajo de vigilante del templo. De modo que le encontraron empleo como encargado de uno de los móviles.
—¿Cómo está esa cabeza? —preguntó Jalifa.
Suleimán se encogió de hombros y se frotó las sienes.
—Regular —repuso—. Hoy me duele un poco.
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—¿Va al médico?
—¡Médicos! ¡Menudos son!
—Si le duele, debería hacer que le vieran.
—Ya estoy bien como estoy. Gracias.
Suleimán siempre había sido un hombre orgulloso y Jalifa sabía que era mejor no insistir. Le preguntó por su esposa y por sus hijos y bromeó con él porque su equipo favorito, el El-Ahli, había perdido contra el suyo, el El-Zamalk, en el reciente derby cairota. Luego permanecieron en silencio por unos instantes. Jalifa observó a un grupo de turistas que descendía de un autocar.
—Necesito su ayuda, Suleimán —dijo entonces.
—Cuente con ella. Sólo tiene que pedirme lo que necesite.
Jalifa tomó un sorbo de té. Se sentía mal por implicar a un amigo.
Suleimán ya había sufrido mucho. Pero podía más su sentido del deber, y necesitaba información. Suleimán siempre estaba al corriente de cuanto ocurría.
—Creo que se ha hecho un nuevo descubrimiento —dijo el inspector—.
Una tumba o un escondrijo. Algo importante. Nadie suelta prenda y eso es sorprendente, a menos que no sea sólo la codicia lo que los induzca a no
hablar, sino el temor. Las personas a las que he interrogado hasta ahora están muy asustadas. —Apuró el té y añadió—: ¿Ha oído usted algo?
Suleimán guardó silencio y siguió frotándose las sienes.
—Preferiría no preguntárselo, créame —prosiguió Jalifa—. Pero ya han matado a un hombre y no quiero que muera nadie más.
Suleimán siguió en silencio.
—¿Se ha descubierto una nueva tumba? —inquirió Jalifa—. Creo que ocurren pocas cosas por aquí de las que usted no se entere.
—Sí. He oído rumores —dijo al fin Suleimán—. Nada concreto. Como usted ha dicho, la gente está asustada. —Volvió la cabeza en dirección a las colinas, dirigiendo sus ojos ciegos hacia los resplandecientes muros de roca de color pardoamarillento.
—¿Cree que nos vigilan? —preguntó Jalifa mirando en la misma dirección.
—Sí, inspector. Nos vigilan. Están en todas partes, como las hormigas.
—¿Quiénes están en todas partes? ¿Qué sabe usted, Suleimán? ¿Qué ha oído?
Suleimán bebió unos sorbos de té. Jalifa reparó en que le lagrimeaban los ojos.
—Rumores —musitó Suleimán—. Rumores —repitió—. Palabras sueltas.
—¿Por ejemplo?
—Que han encontrado una tumba —repuso en voz baja Suleimán.
—¿Y?
—Que contiene algo extraordinario, de un valor incalculable.
Jalifa meneó el vaso para remover los posos.
—¿Tiene idea de dónde la han descubierto?
Suleimán señaló hacia las colinas con un movimiento de la cabeza.
—Por ahí arriba —dijo.
—Eso es muy vago. ¿No puede concretar más?
—No.
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—¿Está seguro?
—Seguro.
Se produjo una larga pausa. Oyeron un rebuzno a sus espaldas y a una pareja de europeos discutir con un taxista sobre el precio de la carrera.
—¿Por qué está todo el mundo tan asustado, Suleimán? —preguntó Jalifa en tono amable—. ¿A quién temen?
Silencio.
—¿Contra quién tendré que vérmelas? —persistió el inspector.
Suleimán se levantó y recogió los dos vasos vacíos, como si no hubiese oído la pregunta.
—¿Quiénes son, Suleimán?
Suleimán echó a andar hacia el tráiler.
—Saif al-Thar —dijo sin volver la cabeza—. Es a Saif al-Thar a quien temen. Lo lamento, inspector. Tengo trabajo que hacer. Me alegro de que haya venido. Subió los tres peldaños del tráiler y desapareció en el interior cerrando la puerta tras de sí. Jalifa encendió un cigarrillo y se recostó contra el respaldo del banco.
—Saif al-Thar —susurró—. ¿Cómo no he pensado antes que se trataba de ti?
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Abu Simbel
El joven egipcio se mezcló entre la gente con su gorra de béisbol calada hasta las cejas. Su aspecto no era distinto del de otros turistas que se arremolinaban alrededor de la base de las cuatro gigantescas estatuas, salvo porque parecía musitar para sí y no mostrar excesivo interés en las enormes esculturas sedentes. Su atención se concentraba en los tres agentes de policía con uniforme blanco que estaban sentados en un banco cercano.
Miró el reloj, descolgó la bolsa que llevaba al hombro y la abrió. Era media mañana. Un contingente de turistas estadounidenses comenzó a descender de dos autocares. Todos llevaban camisetas amarillas. Casi al instante, los rodeó un enjambre de vendedores de postales y baratijas.
El joven puso una rodilla en tierra y metió las manos en la bolsa. A su izquierda, un nutrido grupo de turistas japoneses escuchaba a una guía, que sostenía en alto un banderín blanco para que viesen dónde estaba.
—El gran templo fue construido por el faraón Ramsés II en el siglo XIII antes de Cristo —gritó—. Y lo consagró a los dioses Ra, Amón y Ptah...
Uno de los tres agentes estaba mirando al joven de la bolsa. Sus dos compañeros fumaban y charlaban.
—Las cuatro estatuas sedentes representan al rey-dios Ramsés. Tienen más de veinte metros de altura...
Los turistas estadounidenses habían empezado a llegar. Reían y charlaban. Uno de ellos llevaba una cámara de vídeo y estaba dándole instrucciones a su esposa para que se adelantase, se situase más a la izquierda y sonriese. El joven egipcio se irguió con una mano dentro de la bolsa. El agente que seguía observándolo les hizo una seña a sus compañeros, que interrumpieron la conversación y miraron también al joven.
—Las estatuas más pequeñas que están entre las piernas de Ramsés representan a la madre del rey, Muttuya, a su esposa favorita, Nefertari, y a varios de sus hijos —
explicó la guía.
El joven egipcio, que seguía musitando, elevó de pronto la voz. Varias personas se volvieron a mirarlo. Él cerró los ojos por un instante y luego, con una amplia sonrisa, sacó la mano de la bolsa empuñando un subfusil Heckler and Koch, al tiempo que se quitaba la gorra y dejaba ver una cicatriz vertical en el entrecejo.
—¡Saif al-Thar! —gritó, y apretó el gatillo.
Se oyó un «clic» pero el arma no se disparó.
Los tres agentes se pusieron en pie empuñando sus fusiles. Los turistas permanecieron donde estaban, horrorizados. Por un momento reinó el silencio, mientras el terrorista apretaba frenéticamente una y otra vez el gatillo. De pronto, el subfusil se disparó y proyectó una lluvia de balas contra la gente. Los proyectiles alcanzaron a numerosas personas y provocaron un baño de sangre. Quienes no fueron alcanzados echaron a correr enloquecidos, unos alejándose del terrorista y otros, ofuscados, lanzándose hacia él. Era un clamor de gritos de dolor y de pánico. El hombre de la cámara de vídeo se desplomó y los tres policías también fueron abatidos. El joven cantaba y reía a la vez que disparaba.
Las ráfagas duraron sólo unos diez segundos, los suficientes para dejar el lugar sembrado de cadáveres a los pies de las cuatro estatuas. El subfusil volvió a encasquillarse y de nuevo se hizo el silencio. El terrorista porfió con el arma por unos instantes y finalmente la dejó caer al suelo y echó a correr hacia el desierto. Pero no
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fue muy lejos. Cinco de los vendedores de baratijas lo persiguieron, lo alcanzaron, lo arrastraron por el suelo y lo patearon con sus pies desnudos.
—¡Saif al-Thar! —gritaba el joven, que echaba sangre por la nariz y por la boca, pero sin dejar de reír—. ¡Saif al-Thar!
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El Cairo
Tara despertó sobresaltada. Se incorporó y al mirar alrededor, vio que se encontraba en la habitación del hotel de Daniel. Se maldijo al pensar que quizá
hubiesen... Pero entonces reparó en que estaba completamente vestida y vio sábanas en el sofá, donde al parecer había dormido él. Miró el reloj. Era casi mediodía.
—¡Joder! —masculló saltando de la cama.
Le dolía la cabeza y le palpitaban las sienes.
Vio una botella de agua mineral junto a la cama, la destapó y bebió un largo trago. A sus oídos llegó el bullicio de la calle. Daniel no estaba, y al parecer no había dejado ninguna nota.
Se sintió inexplicablemente sucia por el encuentro de la noche anterior, como si haber ido allí equivaliese a haberse traicionado. Pensó en abandonar la habitación rápidamente, antes de que él regresara. Se terminó la botella de agua y escribió una nota sin dejarle sus señas, excusándose por haberse quedado dormida. A continuación recogió su bolso y se marchó.
Una vez en la calle se encaminó hacia la arcada de piedra por debajo de la cual habían pasado la noche anterior. Pero, luego, temerosa de topar con Daniel, dio media vuelta y avivó el paso en dirección contraria, internándose por las callejuelas del barrio islámico.
Hacía calor y el aire era casi irrespirable. Las calles estaban atestadas a aquella hora y para avanzar tenía que abrirse paso entre la gente. Se cruzó con unas mujeres que llevaban cestas en la cabeza llenas de pan tierno, pasó junto a varios vendedores ambulantes y unos niños montados en sendos asnos. En otras circunstancias, aquel ambiente le hubiese resultado atractivo; los sonidos y olores exóticos; los coloristas tenderetes, con sus cestitos de dátiles y de pétalos secos de hibisco, las jaulas de conejos, patos y pollos. Pero estaba demasiado cansada y confusa para admirar el colorido.
De pronto, oyó unos ruidos estridentes; el martilleo procedente de los talleres de los artesanos del barrio, los motores de las motocicletas, la música de las radios a todo volumen. Se sintió aturdida y desorientada.
Además, el olor a basura y a especias empezó a producirle náuseas, aparte de que las callejas eran tan estrechas y había tanta gente que sentía
claustrofobia. Pasó por delante de un grupo de muchachos que descargaban planchas de bronce de un camión, de una niña que estaba de pie encima de un montón de sacos de yute, de dos viejos que jugaban al dominó en la acera. Tenía la sensación de que todos la miraban. Un hombre que estaba en un andamio de madera le gritó algo, pero ella no hizo caso y siguió avanzando a trompicones, impaciente por encontrarse de nuevo en la fresca y silenciosa habitación de su hotel.
Al cabo de diez minutos llegó frente a una pollería. El dueño mataba pollos en la acera. Sacaba a los animales de una jaula, los degollaba con un cuchillo y los echaba en un barril de plástico, todavía aleteando débilmente.
Un semicírculo de curiosos se había congregado a mirar y Tara se unió a ellos. El espectáculo le repugnaba, pero no podía evitar sentir curiosidad.
Estaba tan hipnotizada viendo degollar a los pollos, que al principio no reparó en los dos hombres que la observaban. Pero al cabo de un par de minutos los vio. Eran dos tipos con barba, vestidos con galabeya y turbantes negros. Ambos la miraban fijamente.
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Ella les sostuvo la mirada por un instante y luego volvió a prestar atención a la degollina. El pollero echó otros dos pollos al barril y entonces Tara volvió a mirar a los barbudos, que seguían sin quitarle ojo con expresión impasible. Había algo en su aspecto que inquietó a Tara, que pronto se separó del grupo y siguió su camino. Los barbudos aguardaron unos momentos y luego fueron tras ella.
Cuando sólo había recorrido unos cincuenta metros, Tara se detuvo ante una tienda en la que vendían tableros de backgammon. Los barbudos se detuvieron a su vez sin preocuparse en disimular que la vigilaban. Al reanudar la marcha, los barbudos fueron tras ella manteniendo unos treinta metros de distancia, sin perderla de vista. Tara apresuró la marcha y giró a la derecha en una esquina. A los pocos pasos advirtió que continuaban siguiéndola y empezó a ponerse nerviosa. La calle era aún más estrecha que la anterior, y se angostaba a medida que avanzaba, como si las fachadas de los edificios de ambos lados fuesen mandíbulas que amenazasen con triturarla. Cada vez era más difícil pasar entre el gentío. Más adelante vio otra bocacalle, a la derecha, y se abrió camino para girar por allí. Era una callejuela desierta, y por un segundo sintió alivio al cesar los apretones.
Pero de inmediato temió haber cometido un error, pues al no haber nadie a quien pedir ayuda corría aún más peligro. Giró en redondo con la intención
de regresar a la otra calle, pero sus perseguidores habían acelerado el paso más de lo que ella suponía y ahora estaban a menos de diez metros. Se los quedó mirando unos instantes y luego dio media vuelta y echó a correr. A los pocos segundos notó que le pisaban los talones.
—¡Socorro! —gritó con voz ahogada y débil, como si lo hiciese a través de una gruesa tela.
Cincuenta metros más adelante se adentró por otro callejón, luego giró a la derecha y después a la izquierda, sin importarle ya hacia dónde pudiese ir, sin otro propósito que alejarse de aquellos hombres. Se detuvo y llamó a uno de los portones que flanqueaban el callejón, pero nadie contestó, y al cabo de unos segundos reemprendió la carrera. Oía las pisadas de sus perseguidores, que resonaban de tal manera que parecían oírse también por delante de ella. Había perdido por completo el sentido de la orientación.
Creyó que la cabeza le estallaría de un momento a otro, y el pánico le hizo sentir náuseas.
Siguió corriendo, zigzagueando por el laberinto de callejas, hasta que al fin llegó
a un plazoleta iluminada por el sol, de la que partían tres calles en distintas direcciones. Había una gran palmera en el centro y un hombre sentado a su sombra. Tara corrió hacia él.
—Por favor. Por favor, ¡ayúdeme! —le rogó.
El hombre alzó la vista. Tenía.los ojos de un color blanco lechoso.
—Una limosna —dijo alargando una mano—. Una limosna.
—No —dijo ella entre dientes, desesperada—. Nada de limosna. ¡Le estoy pidiendo ayuda!
—Una limosna —repitió el ciego, agarrándola de la manga de la blusa
—. Una limosna.
Tara tiró de la manga pero el hombre no la soltó.
—¡Una limosna! ¡Una limosna! —persistió el ciego.
Tara oyó gritos y ruido de pisadas, pero no procedían de la calle por la que había llegado a la plaza, sino de una de las otras tres. Miró alrededor, tratando de detectar de cuál de las calles procedían las pisadas, que resonaban como si alguien hiciese sonar un tambor. Por un instante permaneció inmóvil, sin saber hacia dónde ir. Luego, 74
sobreponiéndose al pánico, tiró de la manga de su blusa con fuerza y logró que el ciego la soltase. Optó por echar a correr hacia la calle opuesta a
aquélla por la que había venido. Pero antes de que le diese tiempo a internarse en ella, vio a los dos barbudos correr en su dirección. Giró en redondo y, como impulsada por una intuición, fue hacia la calle por la que había desembocado en la plaza. Al verla ir hacia allí los barbudos aminoraron el paso y, de otra de las bocacalles, asomó entonces el gigantón que Tara había visto en Saqqara y frente a su hotel. Llevaba un traje arrugado y su cara pecosa estaba perlada de sudor. La miró fijamente, jadeando, se llevó una mano al bolsillo y sacó lo que parecía una pequeña paleta de albañil.
—¿Dónde está? —masculló avanzando hacia ella—. ¿Dónde está la pieza?
—No sé de qué me habla —repuso Tara con voz entrecortada—. Creo que se equivoca de persona.
—¿Dónde está? —insistió él—. La pieza que falta. Los jeroglíficos.
¿Dónde están los jeroglíficos?
El gigantón estaba ahora casi en mitad de la plaza, muy cerca de la palmera.
—¡Una limosna! —gimoteó el ciego, cogiendo al gigantón de una manga de la chaqueta—. ¡Una limosna!
El gigantón trató de soltarse, pero no pudo. Lanzó una maldición al ciego y lo golpeó en la nariz con la paleta. Se oyó un crujido, como si acabasen de partir una rama, y un grito de dolor. Tara aprovechó el momento de distracción del gigantón y echó a correr hacia una de las calles.
Pero de nuevo oyó que la perseguían. Giró a la izquierda y pasó por debajo de una arcada y por una especie de túnel que conducía a un patio en el que había muchas mujeres lavando la ropa. Pasó por su lado y por debajo de otra arcada salió a una calle, bastante transitada en aquellos momentos, llena de tenderetes. Aminoró el paso para recobrar aliento y luego siguió adelante. Pero, casi de inmediato, unas fuertes manos la agarraron por detrás y la obligaron a volverse.
—¡No! —gritó ella—. ¡Suélteme!
Tara se rebulló como una fiera dando puñetazos sin saber dónde ni a quién.
—¡Tara!
—¡Suélteme!
—¡Tara!
Era Daniel. Al alzar la vista hacia él vio los dos minaretes gemelos que se elevaban hacia el pálido cielo de la tarde. A pocos pasos estaba la arcada de piedra cercana al hotel. Después de tantas vueltas no había hecho más que regresar al punto de partida.
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—¡Quieren matarme! —gritó fuera de sí—. Quieren matarme. Y creo que son los mismos que mataron a mi padre.
—¿Quién? ¿Quién quiere matarte?
—Ellos.
Tara dio media vuelta y señaló hacia la calle. Pero había tanta gente que, aunque sus perseguidores hubiesen estado allí, habría sido imposible verlos.
Siguió mirando hacia la gente con expresión de impotencia y luego, volviéndose hacia Daniel, apoyó
la cabeza en su hombro y lo abrazó.
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Luxor
Al alejarse del templo de Hatshepsut, reflexionando en lo que Suleimán le había dicho, Jalifa pasó por delante de dos muchachos que subían hacia Dra Abu el-Naga a lomos de sendos camellos. Reían y fustigaban a sus monturas con palos, urgiéndolas con los tradicionales gritos de los camelleros Yalla besara! y Yalla nimsheh!, que significan «¡deprisa!» y
«¡vamos! ». Los siguió con la mirada y, de pronto, el presente pareció evaporarse y retrotraerlo a su infancia; de nuevo se vio en el establo de camellos de Gizeh con su hermano Alí, en los viejos tiempos, antes de la tragedia. Jalifa nunca había estado seguro del momento en que Alí había empezado a relacionarse con Saif al-Thar. No había sido algo súbito, sino una integración gradual, una especie de lento efecto dominó que había empujado inexorablemente a su hermano, alejándolo de sus amigos y de la familia para conducirlo por el camino de la violencia. Jalifa había pensado a menudo que, de haber reparado antes en ello, de haber comprendido lo mucho que estaba cambiando Alí, de lo mucho que estaba endureciéndose, quizá hubiese podido hacer algo para evitarlo. Pero no lo notó. O tal vez prefirió convencerse a sí mismo de que las cosas no eran tan graves como parecían. Ésa fue la causa de que Alí muriese. Y se culpaba por ello. El Islam siempre había sido parte de sus vidas, y, como ocurría con cualquier otra gran confesión religiosa, había un elemento de ira en ella. Jalifa recordaba que el imán de su mezquita local, en su jutba de los viernes, la emprendía contra los sionistas, los estadounidenses y el gobierno de Egipto, advirtiendo que los infieles querían destruir la umma, la comunidad musulmana. No le cabía duda de que las palabras del imán habían arraigado en la mente de Alí. Y, si era sincero consigo mismo, tampoco podía negar que habían arraigado en su propia mente. Porque, gran parte de lo que decía
el imán era cierto. Había mucha maldad y mucha corrupción en el mundo.
Lo que los israelíes estaban haciendo con los palestinos era imperdonable.
Los pobres y los menesterosos eran ignorados, mientras que los ricos se enriquecían cada vez más.
Sin embargo, Jalifa nunca asoció estos problemas con el recurso de la violencia. En cambio, Alí había cruzado lentamente el puente que conducía a la lucha armada. Al principio, todo fue bastante inocente, y se limitaba a conversaciones, lecturas y reuniones ocasionales. Más adelante empezó a asistir a asambleas, a repartir octavillas e incluso a hablar en público. Cada vez dedicaba menos tiempo a sus libros de historia y más a las obras religiosas.
—¿Qué es la historia sin la fe? —le dijo a Jalifa en una ocasión—. La verdad no se encuentra en las obras de los hombres sino en la palabra de Dios. Alí hizo muchas cosas buenas, y eso fue lo que indujo a Jalifa a pensar que no había nada que temer en el cambio que se estaba produciendo en su hermano. Alí
había recaudado dinero para los pobres; había dedicado parte de su tiempo a enseñar a niños analfabetos; y había hablado en nombre de quienes no tenían voz. Sin embargo, su retórica se fue endureciendo hasta llegar a impregnarse de ira. Terminó
por implicarse en las organizaciones fundamentalistas, uniéndose a facciones cada vez más extremistas, hasta sumirse en un torbellino en el que la fe y la ira se confundían. Y, al cabo de cierto tiempo, inevitablemente, se unió a la organización de Saif al-Thar. Saif al-Thar. Aquel nombre estaba grabado a fuego en la mente de Jalifa. Él había corrompido a Alí. Él lo había inducido a hacer las cosas que hizo. Y él también era quien lo había enviado a una muerte terrible hacía catorce años. Y ahora, con el caso de Nayar, el círculo parecía cerrarse. Ahora no se limitaba a investigar un asesinato, sino que también quería vengarse. Saif al-Thar. Estaba 76
seguro de que había sido él. El pasado siempre termina por darnos alcance, por mucho que corramos.
El insistente sonido de un claxon lo arrancó de sus reflexiones. Iba tan ensimismado que no vio el autocar de turistas que se le echaba encima.
Saltó a la acera a tiempo y buscó con la mirada a los dos jóvenes camelleros, pero ya habían desaparecido por una esquina.
Jalifa encendió un cigarrillo, dirigió la mirada hacia el autocar que había estado a punto de atropellarlo y luego prosiguió su camino por la calle, cuyo asfalto reverberaba con el calor del mediodía.
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El Cairo
—No debería haberte dejado —dijo Daniel.
—¿Te refieres a esta mañana o a hace seis años?
Daniel la miró.
—Concretamente a esta mañana —repuso.
Estaban de nuevo en la habitación del hotel, Tara en el sofá, con las piernas encogidas y el mentón apoyado en las rodillas, y Daniel de pie junto a la ventana. Ella se había tomado un whisky pero aún temblaba al recordar lo que acababa de ocurrir.
—Estaba citado con una persona en el museo —prosiguió él—. Y me entretuve más de lo que esperaba. Tendría que haberte prevenido acerca de cómo es este barrio. Puede ser peligroso para los extranjeros, sobre todo si son mujeres. Hay ladrones, navajeros...
—Ésos no eran navajeros —lo interrumpió Tara—. Los conozco.
Daniel enarcó las cejas.
—Por lo menos a uno de ellos —puntualizó Tara—. Lo vi en Saqqara el día que encontré a mi padre muerto, y más tarde en el hotel. No es egipcio.
—¿Y dices que te han seguido?
—Sí.
Daniel guardó silencio por unos instantes y luego se acercó al sofá, se sentó
junto a ella y le tomó una mano.
—Has pasado un par de días difíciles, Tara. Primero lo de tu padre, y ahora esto. Creo que quizá estés sacando las cosas de quicio.
—No me trates como a una niña —le espetó ella, retirando la mano—.
No son figuraciones de una histérica. Ese tipo me ha seguido, me vigila. No sé por qué, pero me vigila. —Se levantó y fue hasta la ventana. Observó los tejados. Hacía calor y notó
gotas de sudor entre sus pechos—. Ese tipo me dijo algo sobre una pieza que faltaba
—prosiguió—. Insistió en preguntarme dónde se encontraba. Al parecer está
convencido de que tengo algo que le pertenece; Dios sabe el qué, pero cree que lo tengo yo. —Se volvió hacia Daniel y agregó—: Y también debió de pensar que lo tenía mi padre. Estuvo en la casa de Saqqara, y probablemente en el apartamento de mi padre. Dejó un inconfundible olor a cigarro. Aquí pasa algo grave, Daniel, te lo aseguro.
Daniel guardó silencio. La miró fijamente con sus grandes ojos negros.
Sacó un puro del bolsillo de su camisa y lo encendió.
—Pasa algo grave, Daniel —repitió ella, volviéndose de nuevo hacia la ventana—. Créeme, por favor.
Se produjo un breve silencio y luego lo oyó acercársele. Daniel posó las manos sobre sus hombros. Ella se rebulló, rechazándolo, pero cuando volvió a posarlas, se quedó inmóvil. No pudo evitar sentirse confortada por la energía y el calor de aquellas manos.
—Te creo, Tara —dijo él en tono cariñoso.
La hizo girar y la atrajo hacia sí, y aunque ella se resistió por unos segundos, finalmente apoyó la cabeza sobre su hombro y se echó a llorar.
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—No sé qué hacer, Daniel. No sé qué está pasando. Alguien trata de matarme y ni siquiera sé por qué. En la embajada les he hablado de ello, pero no me creen. Piensan que son imaginaciones mías. Y no lo son.
—Bueno, bueno... —dijo él—. Ya verás como no ocurre nada. La estrechó entre sus brazos y ella se dejó abrazar a pesar de saber lo peligroso que era estar tan cerca de aquel hombre. Pero no pudo evitarlo.
Permanecieron abrazados hasta que él la apartó con gentileza y le pasó los dedos por los ojos para enjugarle las lágrimas.
—¿Has dicho que eran tres?
Tara asintió con la cabeza.
—Dos egipcios y un europeo, o estadounidense —repuso—, muy alto, con una marca de nacimiento en la cara. Y ya te he dicho que lo vi también en Saqqara y frente a mi hotel.
—¿Y qué te dijo exactamente?
—Me preguntó dónde estaba la pieza. Y lo repitió varias veces:
«¿Dónde está la pieza que falta?».
—¿Y eso fue todo?
—También dijo algo acerca de unos jeroglíficos.
Daniel frunció el entrecejo.