El muchacho que giraba

Gertrude Friedberg · Capítulo 1 de 39

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El muchacho que giraba

Primera Parte

1

La primera vez que la señora Nagy notó algo fue en la playa, cuando Derv tenía tres años. Si hubiese sabido en qué fijarse, tal vez habría visto que él era así desde un principio. ¿Pero qué madre midió alguna vez los movimientos y vueltas de un bebé alrededor de la cuna o incluso de un corralito para juegos?

Estaban en la playa. Derv jugaba feliz con la arena, volcándola de un recipiente a otro de una serie de tazas coloreadas, un pasatiempo modesto en comparación con los aparatos motorizados que manipulaban la mayor parte de los niños que había allí.

La señora Nagy, sentada contra un apoyo de lona, enfrentaba el desfile de bañistas. Era el primer año del retroceso ante los excesos de los años sesenta y tanto los hombres como las mujeres iban cubiertos de la cabeza a los pies por los nuevos trajes de baño pegados a la piel, largos hasta el tobillo, vivificados por volados de metalseda alrededor de la cintura de las mujeres y grandes superficies de cautín sobre los hombros de los varones. Hacía poco los parasoles habían resucitado del pasado, y las mujeres vestidas por completo se movían en todas partes, coqueteando con los vistosos adornos sobre un hombro u otro y usándolos incluso dentro del agua donde, bastante fuertes como para resistir cualquier oleaje, servían como salvavidas, señales o, invertidos, como recipiente flotante para los niños.

Cerca, sobre una plaza empedrada, una compañía de boy scouts recibía instrucciones sobre maniobras elementales de parte de un instructor joven y exasperado.

—¡Vuelta izquierda! —gritó.

Algunos se volvieron a la izquierda, algunos a la derecha, otros se quedaron parados indecisos y torcieron el cuello para mirar a los demás.

—¡Vuelta derecha! —propuso el instructor—. ¡Media vuelta izquierda!

Derv alzó la cabeza y observó, dejando que la corriente de arena, sin guía, fluyera otra vez a la playa. La señora Nagy clavó un bastón de lectura en la arena, enganchó un libro en la parte superior, ajustó el tornapáginas eléctrico y se echó hacia atrás a leer. Tenía un rostro cuadrado, firme, con una nariz ancha levemente respingada que le sentaba bien y serenos ojos verdes bajo una capa de apretados rizos negros. Su cuerpo era compacto y pesado, sus movimientos descansados y lentos, pero precisos.

—Dije «media vuelta izquierda» —chilló el instructor en un quejido de frustración—. ¿Qué diablos les pasa, muchachos? Vamos, empecemos desde el principio.

Los miró implorante, con los ojos abarcándolos para obligarlos a una respuesta precisa.

—¡Atención!

El agua lamía la arena con suavidad, el instructor gritaba y el sol bañaba todo mientras la señora Nagy seguía leyendo. Un momento después el sonido inesperado de pies al pasar o tal vez una risa la volvió a la escena. Un grupito de bañistas se había reunido a observar, todos los rostros fijos en una expresión de maravillada diversión. La mirada de la señora Nagy siguió la de ellos y se sentó bruscamente, derribando el libro y su sostén. Los bañistas no observaban a los boy scouts vacilantes, rotantes, en marcha, ni al cloqueante instructor sino a un niñito que estaba parado detrás de toda la tropa. Era Derv.

—¡Vuelta izquierda! —gritó el instructor, inconsciente del nuevo recluta incorporado a su compañía—. Vuelta derecha. Media vuelta izquierda. Media vuelta derecha. Marquen el paso. En marcha. Izquierda derecha, izquierda, derecha. Compañía, izquierda… ¡march! Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Compañía, derecha… ¡march!

Y mientras la escuadra chapuceaba en movimientos incoherentes, Derv respondía a cada orden con precisión instantánea, las piernas cortas y rollizas girando en virtuosos ángulos rectos o de 180 grados, marchando en gradaciones binarias y deteniéndose a intervalos completos sobre el pie derecho. Su rostro, de frente alta y ancha y barbilla pequeña, delicadamente hendida, exhibía una sonrisa gloriosa. Los luminosos ojos verdes clavados a lo lejos parecían no observar ni al confundido instructor, ni a los muñecos discordantes ni al atónito público. Ni siquiera parecía escuchar. Lo que hacía mover sus piernas tal vez fuera un dispositivo de fina percepción enterrado muy dentro de él.

—En mi vida he visto algo así —dijo un hombre cuya hombrera de adorno, azul y plata, le llegaba a las orejas. Varias de las mujeres enfundaron con impaciencia sus parasoles en las vainas de la cintura, para ver mejor. Los boy scouts, cada vez que una media vuelta ejecutada con corrección ubicaba a Derv frente a ellos, soltaban risitas y señalaban con generosa admiración.

Bastó un momento para que el orgullo creciera y estallara dentro de la señora Nagy. Después se impuso la fría razón y supo lo que debía hacer. Se puso en pie y se abrochó un volado amarillo alrededor de la cintura. Esperó que una ráfaga de órdenes llegara a un «Descanso», y se acercó a Derv.

—Junta tus tazas coloreadas, Derv —le dijo con serenidad—. Nos vamos a casa.

Sonreía con amabilidad, pero no miró a nadie mientras guiaba a Derv y oía las frases: «¿Ese es su hijo?»; «Esa es la madre». «Es lo más extraño que haya…» «Habría que estar muy orgullosa de tener un…»

Los boy scouts nunca regresaron a la playa, y para evitar toparse con renovados comentarios sobre el incidente la señora Nagy tomó sus baños diarios de sol y mar en una zona distinta de la costa. En los años noventa, cuando se instalaban playas artificiales por todas partes, eso no era difícil.

Los Nagy vivían en el distrito de Nueva Inglaterra. Su casa estaba pintada de un color rosa profundo, que tenía su razón de ser en la gradación del rosado al escarlata asignada a la zona por los observadores a vuelo de pájaro. Por lo demás la calle, bordeada de árboles y con prados de césped artificial, se veía muy semejante a los años anteriores. Un leve aspecto como de tela de araña podía rastrearse hasta la red casi invisible que estiraba sus delgados filamentos de duraloi muy por encima de la calle, para protegerla de la caída de vehículos aéreos.

Dentro de la casa, todas las paredes habían sido barridas hacia afuera, dado que el techo podía dejar caer una pared, opaca o transparente, dondequiera que uno la necesitara. La tiranía de las colgaduras y cortinas había dado paso a bordes vistosos alrededor de las permaventanas, que admitían el aire limpio sin necesidad de abrir y la luz correcta sin necesidad de regular persianas.

Un día lluvioso en que la señora Nagy y su hijito se vieron obligados a quedarse en casa, Derv dijo:

—Quiero marchar como aquellos muchachos.

A ella no le importaba mientras no hubiese extraños para mirar y maravillarse. Alzó la pared que había bajado tras ellos para sentirse al abrigo de las ventanas lluviosas. El cuarto, con sus amplias superficies despejadas, era ideal para marchar.

—Tú dime las cosas —dijo Derv, ubicándose firme ante ella.

La señora Nagy se hizo cargo de buena gana. Derv fijó los ojos en el rostro vigoroso y móvil de la madre. Su fornida silueta, enfundada en el vestido suelto que llevaba, le otorgaba un agradable aspecto confiable que Derv, en especial, encontraba muy atrayente.

Un momento más tarde la señora Nagy pensó que lo estaba haciendo bastante bien. Derv era perfecto. A juzgar por la complacida intensidad con que cumplía cada orden, uno habría pensado que girar a izquierda o derecha serían las únicas elecciones que encontraría dignas de tomar en cuenta en toda su vida. La señora Nagy intercaló una interpretación en tono de comedia del instructor, evocando boy scouts imaginarios que tropezaban a cada lado de Derv, a quienes les gritaba, poniendo a Derv como el ejemplo espléndido que debía avergonzarlos. Derv, ahogado en risa, no erraba un paso. Pero poco a poco sus risitas fueron disminuyendo hasta desaparecer y una expresión de inquietud le invadió la cara.

La señora Nagy, llena de remordimientos por haberlo llevado demasiado lejos, dijo:

—Compañía, dispersarse.

—No —dijo Derv.

—Es suficiente.

—No. No. —Le empezó a temblar el labio inferior.

—Estás cansado.

—Pero no terminaste.

—Sí que terminé. Dije: «Compañía, alto» y dije: «Compañía, dispersarse». Ahora puedes hacer lo que quieras.

—¡Está mal! ¡Yo no terminé! —Lloraba y pataleaba. Era algo muy poco común en él.

—Chiquito, ¿qué pasa?

—¡Eres mala! Lo hiciste mal. Me hiciste girar demasiado.

—¿Mareado? ¿Estás mareado? Derv, ¿qué pasa?

—Demasiado a la izquierda. Izquierda, izquierda. No dijiste a la derecha lo suficiente. Estoy todo enroscado, enroscado, enroscado, en…

Dejaba escapar sollozos de bebé.

—¡Media vuelta derecha! —dijo la señora Nagy, aturdida.

Él ejecutó la maniobra, un soldado lleno de angustia.

—¡Otra vez! —sollozó.

—¡Media vuelta derecha!

El pie derecho se movió otra vez, giró y resonó. El llanto se detuvo como por encanto.

—¡Una más!

—Media vuelta derecha.

Él giró otra vez, suspiró, hipó y sonrió.

—¿Otra vez? —preguntó la señora Nagy.

—No, basta.

Sin otra instrucción —y la señora Nagy no habría sabido qué orden dar en ese momento, como no fuese: «¡Compañía, sonarse la nariz!»— él rompió filas y se sentó ante su tablero de tarugos como si no hubiese pasado nada.

Esa noche la señora Nagy debatía en el dormitorio si debía contárselo o no al esposo.

El señor Nagy era un hombre alto, inquieto, de brazos largos y manos grandes, de alta frente huesuda y profundas arrugas ceñudas entre sus desgreñadas cejas rubias. Cuando miraba a alguien, echaba la cabeza hacia adelante y achicaba los ojos, haciendo que la pequeña cicatriz blanca del extremo del ojo entrecerrado desapareciese. Su mandíbula estaba hendida al medio, una carencia menor de tejido que suavizaba su rostro por lo demás áspero y huesudo.

El señor Nagy trabajaba en una terminal de traspaso de datos, siendo su tarea retirar los datos pedidos de las numerosas bóvedas de información que tachonaban el país y reencauzar la información electrónicamente hacia donde la necesitaban.

—No me cuentes nada —decía el señor Nagy con frecuencia—. Y no me pidas nada. Me están contando y pidiéndome cosas todo el día.

Su modo de pasearse incansable, con las manos tras las caderas, dándose casi de narices contra una pared antes de volverse en dirección opuesta, le daba un aspecto de irritación permanente contra algún confinamiento imaginario.

Por fortuna, en esa época los dormitorios eran despejados y prolijos y éste le ofrecía al señor Nagy una superficie adecuada. A lo largo de una pared se alineaban las inevitables unidades de almacenamiento. A medio camino de la otra había un engañoso dispositivo en forma de estantes. Si uno dejaba caer algo sobre él, el sector así asaltado retrocedía al interior de la pared y reaparecía vacío, una vez dejada la carga en una bandeja que la archivaba hasta que se la necesitara.

Sobre el estante automático, un espejo empotrado se veía y se comportaba como siempre lo han hecho los espejos.

En ese preciso momento retenía la imagen del señor Nagy, ceñudo y preocupado, moviéndose incansable por el cuarto, arrojando los zapatos al lustrador, el traje al limpiador automático y otros objetos sobre estantes que desaparecían.

—Creo que debo de haber enviado o recibido más de un millón de datos distintos hoy —dijo, agotado—. Por hoy he tenido suficiente.

E hizo un gesto que parecía librar al día de mayores deberes compulsivos.

No era un buen momento. La señora Nagy decidió no decir nada sobre Derv.