El muchacho que giraba
Capítulo 14
14
No pienses en eso.
Tal vez hubiese sido difícil hacerlo si poco después de la visita Derv no hubiese entrado en una tardía adolescencia. Pegó un estirón en cuanto a estatura, y las mil y una distracciones usuales de ese período expulsaron toda idea acerca de inclinaciones anormales y dirección magnética.
Había otras muchachas aparte de Prin. Había otros misterios aparte del propio. Había otro tipo de maravillas por aprender y en las cuales pensar. Leyó un libro que era el mejor libro jamás escrito. Después hubo otro aún mejor. La historia era fascinante y el álgebra deliciosa.
Su obsesión quedó atrás como la infancia. Dejó de escrutar el cielo. Dejó de mirar las cartas astronómicas.
Incluso por la noche, en el trampolín, su mente estaba en otra parte. Ya no se molestaba en pensar a qué obedecía su eje. La dirección y la cantidad de volteretas y torsiones que necesitaba para estar cómodo eran dictadas de modo puramente visceral.
Porque una nueva aventura ocupaba toda su atención.
Había tropezado con ella por accidente. Un profesor lo envió a cumplir una tarea. Tenía que encontrar al ingeniero y pedirle que fuera a reparar la unidad de escritura por control del proyector del pizarrón.
Al seguir las instrucciones, bajó a cuartos inferiores que nunca había soñado que la escuela tuviera. Encontró la oficina del ingeniero y entregó el mensaje, pero al regresar decidió tomar por una ruta distinta que lo llevara más cerca de su próxima clase.
Se apresuró por un corredor tras otro. Sería divertido perderse como los demás. Desde luego, sabía que no podía, ni por un instante. Pero le costaba encontrar una escalera que lo llevara al primer piso. Tal vez no la encontraría nunca y vagaría durante días. Tendrían que salir a buscarlo. Se moriría de hambre y adelgazaría y tal vez enviaría un mensaje golpeando la tubería del agua. Era agradable pensarlo.
Por último llegó a un pequeño tramo de escalones que en vez de subir bajaban hasta un par de puertas dobles. Un sonido fuerte, retumbante, y un húmedo olor químico que llegaba desde el otro lado de las puertas despertaron un recuerdo en él. Bajó y abrió las puertas empujándolas. Era la piscina de natación.
Había estado antes allí. En el primer día de secundaria, cuando habían llevado la clase a recorrer la escuela, había contemplado sus atracciones cloradas con absoluta indiferencia. Nadar, en cualquier época que no fuera el verano, nunca le había atraído.
Pero ese día se desarrollaba algo que convirtió al resonante salón humeante de vapor en un sitio del que no podía despegarse. Había entrado por la puerta posterior y nadie lo había visto. Se quedó inmóvil y miró.
Seis muchachos, todos con idénticos trajes de baño luminosos que les llegaban hasta el tobillo, probablemente el equipo de natación de la escuela, se zambullían desde el trampolín principal. Se quedaban a cierta distancia del borde de la tabla, daban tres pasos, después pegaban en el borde de la tabla, subían alto en el aire, daban una voltereta hacia adelante o hacia atrás y se zambullían en el agua oscilante. Cada vez que uno asomaba a la superficie miraba hacia el costado de la piscina donde estaba sentado un hombre de absurdo sombrero de paja, con el torso plegado en rollos de gordura, con un silbato colgado al cuello.
Derv no podía oír lo que les decía a los muchachos. A veces sólo hacía un movimiento afirmativo con la cabeza y el muchacho parecía invadido por una tranquila complacencia. A veces hablaba bastante, trazando enredados círculos en el aire con un dedo o proyectando una palma plana hacia abajo para imitar una entrada al agua defectuosa.
Derv se sentía lleno de temor respetuoso y envidia. ¡Qué nítida, qué limpia era cada zambullida! Qué torpe parecía en comparación su actuación en el trampolín. Como ansiaba pararse sobre aquella tabla negra. Cuando cada uno de los que iba a zambullirse se ubicaba, él avanzaba con él, saltaba con él, se cernía y caía.
Se había retrasado. Avanzó, rodeó la piscina hasta la entrada principal y encontró la escalera que lo llevaría arriba.
Había tratado de perderse, pero en cambio había logrado encontrar una parte de sí mismo que no sabía que existía.
A Derv le resultó fácil unirse al equipo de natación. Uno sólo necesitaba decir que quería hacerlo y pagar veinticinco centavos de depósito por un armario. Cuando por fin estuvo con un traje de baño luminoso junto a la parpadeante agua verde, temblaba tanto de excitación como de frío.
Lo rodeaban muchachos que se zambullían desde el borde de la piscina, que practicaban estilo crawl o aceleraban, dejando una ruidosa doble arruga blanca tras ellos.
—¿Qué quieres? Eh, tú.
Era el entrenador. Estaba sentado en un alto soporte ubicado en el centro del costado de la piscina, con el sombrero de paja protegiéndolo aún de algún sol bajo imaginario, abarcando con los ojos a todos a la vez.
—¿Qué esperas? —le preguntó a Derv.
—No quiero nadar. Quiero zambullirme.
—Entonces zambúllete. —Hizo un gesto hacia el trampolín pequeño.
Derv miró el trampolín principal.
—De aquel.
El entrenador lo miró con un poco más de interés. Después sus ojos, que patrullaban sin cesar, se apartaron para seguir a los nadadores.
—Eres nuevo aquí. ¿Dónde te zambulliste antes?
—Yo… bueno, en realidad no lo hice nunca antes, pero me gustaría intentarlo.
Vio que el interés se apagaba como una luz.
—Déjeme ver primero cómo te zambulles aquí.
—No sé cómo zambullirme aquí. Pero creo que puedo hacerlo desde aquella tabla.
Ahora se habían juntado algunos muchachos más y escuchaban, más incrédulos que divertidos, mientras el agua les caía en líneas triples desde los codos y las narices.
—Bueno, por amor de Dios. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Dejar que te partas tu maldito cuello?
—No me haré daño. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes si no lo hiciste nunca antes?
—Lo he hecho antes, pero no en una piscina.
—¿Dónde?
—En tierra.
Los muchachos rugieron de deleite. El grupo había crecido y los muchachos se impulsaban hasta salir de la piscina y se apuraban a acercarse a ver qué había pasado.
—Cállense —rugió el entrenador.
Se hizo el silencio.
—¿Cómo te llamas?
—Derv Nagy.
—De acuerdo, Nagy. Pero mantón la cabeza gacha entre los brazos. Si no lo haces, el agua te golpeará el vientre como una tonelada de ladrillos.
—Oh, pero no quiero tirarme de cabeza. No sabría cómo hacerlo. Quiero entrar de pie en el agua.
Otro rugido de risa. El entrenador hervía.
—¿Entonces para qué demonios me molestas? Quieres saltar: salta. ¿Qué necesitas, que te agarre en el aire, o algo así? ¿Oyeron eso? —preguntó mientras Derv huía avergonzado hacia la escalerilla—. Quiere que le dé permiso para saltar. Quiere un público. Una tribuna.
Los muchachos tosían y se ahogaban y pataleaban.
Complacido con la respuesta, el entrenador le dirigió una mirada más caritativa al muchacho que estaba llegando a la parte superior de la escalerilla.
Derv estaba espantado por la agitación que había creado y el público que lo enfrentaba. Sólo había querido asegurarse de que el trampolín estaba disponible para cualquiera que quisiera usarlo.
Encima del agua parecía mucho más alto que desde el costado de la piscina. Si se hubiese encontrado a solas, habría vuelto a bajar de inmediato. Pero no se encontraba a solas.
Ahora había silencio, con excepción del gorgoteo del desagüe de la piscina, el tenue lamer del agua contra los bordes y el hueco sonido cavernoso.
—Eh, Nagy —gritó el entrenador—. Salta desde el borde. Muy bien, muchachos. A la piscina. ¿Nunca vieron un salto?
En un instante más se habrían apartado y se lo habrían perdido. Pero dentro de ese instante Derv arrancó hacia adelante sobre la tabla y se hizo evidente que pretendía rebotar sobre ella antes de zambullirse.
El entrenador se puso en pie de un salto. No saltes, pequeño idiota. Pero se contuvo de gritar. Interrumpir una zambullida creaba peligros mayores que los que trataba de evitar.
El cuerpo del muchacho se proyectó hacia adelante y arriba, con las piernas arrastrando el resto del cuerpo, y mientras los observadores aún mantenían la boca abierta de miedo ante el desastre que resultaría de un salto no practicado, aquel chico demente ejecutó increíblemente una voltereta. Era una voltereta hacia atrás mientras daba la cara hacia adelante, una zambullida peligrosa para cualquiera que no fuera un nadador experimentado.
Terminó un instante después. El cuerpo de Derv le erró por poco a la tabla al bajar; los brazos y las piernas mal dispuestos se acomodaron a una silueta erguida. Penetró en el agua con los pies, como había dicho que lo haría, y agarrándose la nariz.
Cuando vio el salto, el entrenador sintió un momento de furia. Era alguien que sabía zambullirse. Le había tomado el pelo. Pero al instante siguiente supo que era un novato. La forma de hacerlo era abominable.
Cuando la cabeza de Derv surgió a la superficie había silencio. No miró a nadie. Sabía lo que tenía que hacer.
—Bueno, escucha —dijo el entrenador, esperando que Derv se detuviera para la acostumbrada conferencia.
Con la cabeza gacha, Derv pasó junto al entrenador como si no existiera y enfiló otra vez hacia la escalerilla. Los que lo vieron llamaron a los demás y hubo una arremetida hacia el costado para despejar la piscina. Observaron.
No quería hacer esa segunda zambullida. Pero no podía, no podía dejar su cuerpo con esa vuelta no compensada royéndole los sentidos todo el día.
Saltó otra vez. Ahora se zambulló hacia adelante, con un vigoroso impulso de los brazos que lo hizo girar en una voltereta hacia adelante. Una vez más bajó de pie, en una especie de torpe posición agachada. Una vez más se agarraba la nariz.
—¡Dios mío! —dijo el entrenador.
En esta ocasión hubo murmullos de aprobación por parte de los muchachos. Uno de ellos le palmeó la espalda.
—Bastante bueno. ¿Qué vas a hacer ahora?
Derv sacudió la cabeza. Se abrió paso a empujones, y se dirigió hacia el entrenador, mirándolo de frente.
—¿Qué es lo que hice mal? —preguntó.
El entrenador suspiró, a la defensiva. Lo inundaba el goce de haber descubierto material dotado en bruto. ¡Lo que haría de él!
Después desmenuzó su actuación, enumeró las fallas una por una. Cuando terminó, sintió una pizca de preocupación. ¿Acaso su dureza alejaría al muchacho?
Derv había escuchado en silencio, ceñudo. Pero ahora miró al entrenador a los ojos y sonrió. Ambos querían la perfección. Todo estaba bien.
—¿Quieres decir que nunca te tiraste de cabeza?
Derv sacudió la cabeza.
—Perfecto. Empezaremos desde el principio.
Era increíble. Había que tenerle los pies como a un chiquillo, hasta que se inclinaba lo suficiente sobre el agua como para perder el equilibrio y caer.
Al menos, cuando se le decía que mantuviera baja la cabeza entre los brazos, nunca, ni siquiera la primera vez, la alzó para ver adónde iba.
—Mantén los ojos abiertos. Se cerrarán solos cuando golpees el agua. — Después recordó algo—. Esos dos saltos desde el trampolín principal. Cuando bajabas pude ver que tenías los ojos cerrados, pero supongo que fue sólo al llegar al agua, ¿verdad?
—Los cerré en cuanto abandoné la tabla y los mantuve cerrados basta que asomé a la superficie —confesó Derv.
El moreno rostro pecoso del entrenador palideció.
—¿Entonces cómo supiste cuándo hacer los movimientos y dónde estaba el agua y dónde estabas tú?
—Yo siempre sé dónde estoy —dijo Derv.
—Ah —dijo el entrenador.