El muchacho que giraba
Capítulo 36
36
Quien lo pensó fue la doctora Costello, la hipersentimental y supersensible doctora Costello. Fue bastante fácil hacerlo durante el intervalo de aplauso. Un breve intercambio de palabras con Derv Nagy y unas pocas palabras dichas con suavidad por el intercomunicador mural. De allí en adelante todo se movería sin su participación: en segundos.
Él estaba en su cuarto, en uno de los pisos más altos del Aerohotel Vistamar, contemplando como los aerotrenes bajaban deslizándose por la rampa hasta la terraza de recepción que estaba bajo él, transportando turistas de fin de semana de todo el mundo. Sus hombros delgados estaban más doblados que nunca.
No oyó la llamada en la puerta y se sorprendió cuando una joven en uniforme apareció junto a su silla. Era la muchacha de la oficina de planta baja.
Ella sonrió y dijo algo. Sonaba el telesón y él miró hacia el instrumento ubicado en el rincón del cuarto. Ella sacudió la cabeza.
Él trinó, inseguro. ¿Dónde había dejado el audífono? Lo encontró, se lo colocó.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Un llamado del Servicio Botón de Plata —dijo ella—. Debo llevarlo a usted a la oficina de planta baja.
—¿Botón de Plata? ¿Para mí? ¿Para qué me necesitan? Tiene que ser un error.
—Vamos —dijo ella—. Debemos apurarnos.
El expreso lateral los hizo bajar zumbando los cincuenta y cuatro pisos y los depositó en las oficinas internas.
La muchacha lo acomodó en una silla confortable, le quitó con suavidad el audífono, anotó su potencia, ajustó un auricular de acuerdo a ella y se lo fijó en la cabeza. Después encendió el visionador de telesón gigante que estaba ante él.
Él trinó de nuevo y abrió la boca con asombro. La nariz delgada le temblaba.