El muchacho que giraba
Capítulo 33
33
En la habitación había más gente que antes. Carter reconoció a dos hombres de su propio departamento y a una mujer de radioingeniería. Se había corrido el rumor en toda la base de que pasaba algo.
En los viejos días, antes de que la Vigesimoséptima Enmienda estableciera la libertad con respecto a la prensa, el lugar ya habría hormigueado de hombres de la tele.
El profesor Hjalstrom estaba en un rincón de la sala leyéndole algo a una muchacha ante un amplio conmutador de telesón. El profesor Maynard estaba ante un pizarrón discutiendo suavemente una ecuación con la pelirroja.
—¿Puedo quedarme por aquí? —preguntó Carter.
—A nadie le importa —dijo Fenner—. Además usted descubrió la señal en el viejo radiómetro.
—Y pensar que si lo hubiese encendido diez minutos antes, no habría captado ninguna señal.
Y se lo habría perdido todo. Se estremeció.
Una muchacha se acercó a Fenner. Llevaba tiras de papel similares.
—Señor Fenner —dijo—, creemos que la transformación de Fourier no concuerda con la ecuación decimocuarta.
—¿Dónde?
Inclinaron las cabezas sobre las hojas de la mesa.
—Exactamente aquí —dijo ella.
—Es un error —dijo Fenner—. Ahora veamos, ¿dónde empezó?
Buscó con ardor a través de las hojas.
—Vamos a ver. Oh. Le presento a Paul Carter. Es el que descubrió la señal en el viejo radiómetro. Esta es Hanya Ploompiu. Mi mano derecha.
Hizo correr un lápiz por la hoja mientras la muchacha sonreía a Carter.
—¿Cómo se le ocurrió buscarla? —preguntó.
—Oh, había una mujer… —dijo Carter.
Se incorporó rígidamente y se golpeó la frente con una mano.
—¡Santo decimal! Engañé a la pobre señora Gany. ¡Ella cree que la señal no se detuvo nunca!
—Ah, aquí estamos —dijo Fenner, tildando con alegría una línea de la hoja—. Empieza aquí.
—No es mucho —le dijo la muchacha a Fenner—. Lo repararé y volveré a pasar todo.
—Buena chica —dijo Fenner y la muchacha los dejó—. ¿Decía usted que engañó a alguien? —le preguntó a Carter.
—Si ella me hubiese dado una oportunidad. Quería traerla aquí para averiguar con seguridad, pero se fue volando por sobre la colina.
—¿Acaso no es esto típico en una mujer?
Fenner, que garabateaba correcciones, apenas prestaba atención.
—¿Trabajó alguna vez aquí? —preguntó Carter.
Fenner alzó la cabeza desatenta.
—¿Quién?
—La mujer que quería saber si la señal se había detenido. Hoy, en el antiguo observatorio. La señora Gany.
Extraordinario, el efecto de aquellas palabras.
Fenner se limitó a mirar a Carter sin expresión por unos instantes.
—¿La señora Gany? —la voz le graznaba.
—¿La conoce?
—¿Cómo lo deletrea? —preguntó Fenner.
—No sé. Ganey, supongo.
—¿No Gany?
—Puede ser.
Fenner dijo otra vez el nombre, como para sí. Después lo dijo al revés, después otra vez al derecho. Después saltó de la silla, que cayó al suelo con estrépito.
Se volvieron cabezas hacia él, después con rapidez hacia la luz pulsante de los monitores murales, después otra vez hacia Fenner.
—¡Costello! —vociferó Fenner.
La doctora Costello salió de la oficina. El profesor Hjalstrom dejó el conmutador y se acercó con rapidez. El profesor Maynard bajó su tiza.
—Gany —le dijo Fenner a la doctora Costello—. ¿Cómo le suena Gany?
La mujer asintió.
—Sí. Bien. —Lo miró, inquisitiva.
—¿Dónde? —preguntó Hjalstrom.
Todos hablaban con rapidez, con las voces alertas y duras y empujándose unas a otras.
—Una señora Gany —dijo Fenner—. Estuvo aquí preguntando si la señal se había detenido.
—¡Ajá! —dijo Hjalstrom y miró a Maynard.
Maynard se encogió de hombros.
—Reconozco una conexión. Sigo escéptico en cuanto al significado — dijo con frialdad.
—É-él… —dijo Fenner, señaló a Carter.
En un instante lo rodearon por segunda vez, ametrallándolo con preguntas excitadas.
—Otra vez el señor Carter —dijo Hjalstrom.
Carter se sentía como el pequeño que no sólo ha dejado las luces encendidas toda la noche sino que ha permitido además que la bañera se rebasara.
—Sí, señor. Por eso encendí el radiómetro. A pedido de ella. Le conseguí la señal y ella pareció muy desilusionada.
—¿De que no se hubiese detenido? —preguntó Maynard.
—Eso creo. No pude descubrirlo.
—¿Por qué se desilusionaría? —le preguntó Hjalstrom a Fenner.
Fenner sacudió la cabeza.
—No puedo entenderlo.
—¿La mujer estaba sola? —dijo Hjalstrom.
—Sí.
—¿Afuera no la esperaba nadie? ¿Ningún hombre?
—No. La vi irse. Estaba muy inquieta por todo.
—¿Qué edad tenía? —preguntó un hombre, discando «Edad» en un informe disconforme que habían preparado sobre el caso.
—Oh, no era vieja. Tal vez treinta o un poco más.
El hombre asintió y le mostró la cifra a Hjalstrom.
—Estaría bien para su esposa, si la tuviera.
—¿Y su dirección? —preguntó Hjalstrom, acercándose tanto a Carter que éste tuvo que retroceder un paso.
—¡Su dirección! No la tengo. No me dio ninguna dirección.
—¿Dijo de dónde venía? —era un gruñido grave.
—No, lo siento. No tenía idea de que era importante.
Qué idiota debía parecerles.
—¡Estuvo aquí y la perdimos! —rugió Hjalstrom. Se pegó en la palma con el puño, frustrado: el rostro comprimido lo hacía parecer un enano furioso.
Se hizo el silencio. Paul Carter sentía demasiado calor en su mono de trabajo. ¿De todos modos qué estaba haciendo allí, en aquel departamento al que no pertenecía?
—Si realmente pretenden perseguir a ese espectro —dijo Maynard con indiferencia—, ¿no tendrían que traer al doctor Punjab?
Hjalstrom dirigió estas palabras, con la barbilla en alto. Después pasó una mirada furiosa sobre su gente.
—¿Y bien? ¿Alguien va a traerme a Punjab o tendré que ir a buscarlo yo mismo? —rugió, como si hubiese dado la orden repetidas veces y le hubiesen desobedecido tenazmente.
Uno de los hombres más jóvenes se alejó corriendo.
—Gany —suspiró la doctora Costello—. Habría llegado a eso. Estaba en Nyga, trabajando en sentido inverso.
Fenner le apoyó una mano en el hombro.
—Si no nos hubieses hecho pensar en las permutaciones, yo nunca lo habría notado cuando Carter dijo el nombre.
Ella hurgó en una carpeta.
—Dejen de felicitarse entre sí y pónganse a trabajar con él —dijo Hjalstrom—. ¿Dónde está la lista de zonas?
Ella hurgó en una carpeta.
—Aquí están las que calculé como más probables.
Hjalstrom las llevó al intercomunicador mural. Se lo podía oír ladrando órdenes desde el otro extremo de la sala.
—Eliminen el esquema predictivo de carrera. Tenemos el nombre. Gany. No tenemos el lugar. Costello dice que es más fácil aquí que en Inglaterra. Aquí les envió las zonas.
Dejó caer la lista en un tubo.
La doctora Costello se había acercado.
—Que pasen Derv a la 903 Abbott —dijo en el intercomunicador. Y después, a Hjalstrom—: Sólo unas pocas permutaciones sonarán como primeros nombres posibles. Tal vez ninguna. ¿Verd? ¿Revd? —Sacudió a cabeza.
Un joven entró a la amplia sala, caminando tan rápido que parecía casi correr.
—Profesor Hjalstrom, tengo algo para usted —dijo, jadeante. Era un joven, excitado y nervioso—. Hubo un Alejander Yang. Ya-n-g.
—¿Chino? No estamos buscando un chino.
—No, justamente. Sólo su apellido era chino. Él no era oriental, en absoluto.
—¿Y bien? ¿Qué pasa con él?
—Desapareció con la esposa y un hijo.
Hjalstrom miró al joven rostro con dureza. Después miró a la doctora Costello. Ella parpadeó, nerviosa.
—Tengo que haber controlado todos los Yang.
—No teníamos ninguna posibilidad y ahora tenemos dos.
—Una sobra —dijo la doctora Costello.
—¿Ahora? No sé. Desapareció en 1990.
—¡Ohhh! —gruñó Hjalstrom y se alejó sin saludar—. El hombre que buscamos —dijo la doctora Costello con suavidad—, apenas había nacido en 1990, pero un occidental llamado Yang era una posibilidad muy buena.
El joven era del tipo jovial.
—Realmente creí que lo tenía —dijo—. Oh, está bien. Costello—. Vaya y ayúdelos a buscar a Gany por todo el noroeste.
El joven se alejó silbando.
El profesor Maynard se acercó a Paul Carter, que estaba enzarzado en una seria conversación con Oliver Fenner. Detrás de Maynard caminaba el hombre del traje verde.
—Doctor Punjab —dijo Maynard; su voz fría sonaba respetuosa—, este es el joven. Paul Carter.
Carter reconoció a uno de los hombres mayores en medicina espacial.
—Ahora —dijo el doctor Punjab, mirando a Carter con intensidad—. Piense profundamente, joven. La mujer, la señora Gany, ella puede haber mencionado algún lugar, alguna zona…
—No —dijo Carter—. No creo que lo hiciera.
—Yo ya le pregunté —dijo Fenner.
Maynard alzó una mano para detenerlo y frunció el entrecejo.
—Aunque sea indirectamente… cualquier nombre… de un río, tal vez, o una ruta… o una montaña, un monumento —siguió el médico.
Carter cerró los ojos, después sacudió la cabeza.
—No puedo… no puedo recordar.
Oliver Fenner alzó la mano con impaciencia.
—No hay esperanzas. Debemos enviar un llamado general. Ninguna otra cosa hará que se presente.
El profesor Maynard carraspeó.
—En eso estoy de acuerdo con el profesor Hjalstrom. Si este hombre existe, no tendría que ser perseguido como un antisocial, haya o no ejecutado el servicio que el doctor Kuttner describió.
—¡Pero el tiempo, profesor Maynard! —dijo Fenner—. ¡El tiempo, señor! Sólo podemos interrumpir nuestra señal tanto como ellos interrumpieron la suya, o no sabrán que comprendimos. Tenemos… —Todos miraron el cronomural.
—Menos de tres horas —dijo Maynard con violencia, con las arrugas de la frente profundizadas—. Lo sé.
—Por favor —dijo el doctor Punjab, alzando una mano tranquilizadora—. Hay tres posibilidades. Insertarle un electrodo en el cerebro para que nos dé una repetición completa de la escena con la señora Gany.
Carter palideció.
—Oh, sólo un pequeño electrodo —dijo Fenner sin darle importancia, apuñalándose su propia cabeza con un gesto asesino.
Carter no parecía nada tranquilizado.
—O —siguió Punjab— si el joven desea someterse a una dosis de LSJ12, tendrá un recuerdo total y…
Carter se estremeció.
—No —dijo Punjab—. Entonces ¿sabe cómo emplear una cinta de asociación libre con digitador de datos y selector accesorio? Indoloro. Nada lo toca a usted.
—Nunca lo hice, pero supongo que puedo.
—Si hay en su subconsciente algún nombre de lugar conectado con esa mujer, lo tendremos en diez minutos —dijo con serenidad a Maynard—. Yo cuidaré de acelerar el proceso todo lo posible.
—Si tiene usted alguna objeción, señor Carter —dijo Maynard—, por favor no vacile en…
Fenner alzó el rostro ancho y pálido hacia el cronomural y se frotó la frente con un nudillo.
—No. No. Está bien. No me importa —dijo Carter.
—Sígame, entonces —dijo el doctor Punjab.
Carter no se sentía tan ecuánime como lo había expresado acerca de la perspectiva de dejar que le revolvieran el subconsciente. ¿Qué aparecería además de las asociaciones de lugar? Envidiaba a Fenner. Aquel sitio era mucho más excitante que fotografía. ¿Y qué pasaba si se le habían ocurrido cosas sobre la mujer? No recordaba nada, pero ella era bastante atractiva y él tenía una susceptibilidad promedio.
Mientras seguía al doctor Punjab con la cabeza gacha, de pronto se detuvo en seco. Tal vez estimulado por el rechazo a que lo examinaran, o tal vez simplemente porque su subconsciente había estado trabajando de modo involuntario desde el momento en que se planteó el problema, de pronto libró un pensamiento allí donde no había ninguno.
—Aguarde un minuto —dijo—. ¿Sabe lo que hizo ella?
Hjalstrom estaba otra vez junto a ellos.
—¿Y bien? ¿Y bien? —ladró. Se habían acercado cuatro o cinco personas más.
—Ella dijo que iba a Cass a hacer una llamada de larga distancia. Ellos tienen que… Cass es tan pequeño que…
Ante esas palabras se dispersaron, todos menos Hjalstrom y Fenner. El rostro comprimido de Hjalstrom parecía casi benévolo.
—Fenner —dijo—. ¿Por qué no le da al joven amigo lo que tenemos sobre Nagy? Tal vez lo ayude a desenterrar todo lo que sabe sobre el caso de una sola vez y no poco a poco.
—Vamos —dijo Fenner—. Ya es hora de que lea el libreto sobre la 1422.
Carter lo siguió hasta una unidad mural que al abrirse revelaba un estante giratorio de informes mimeografiados. Fenner juntó una serie de ellos y los colocó en una silla de lectura. Ahora había varias personas sentadas, leyendo los informes.
Para cuando terminó de leer, habían descubierto el destino de la llamada de la señora Gany desde una casilla de Cass y habían llamado al centro médico.
Carter se abrió paso a empujones para atravesar el grupo que rodeaba el telesón. El departamento tenía las instalaciones comunes para un llamado de televisador abierto con imagen agrandada y sonido amplificado.
Hjalstrom acababa de preguntar si había allí alguien registrado con el apellido Gany y la oficina de admisión y salidas estaba controlado.
—Gany. ¿Es Gany?
—Sí —dijo Hjalstrom.
—Tuvimos un Fred Gany aquí. —La empleada estudiaba una tarjeta grande de computadora.
Fred, pensó la doctora Costello. Por supuesto. Fred.
—¿Tenían? —preguntó Hjalstrom—. ¿Ya no está allí?
—El señor Gany abandonó el hospital alrededor de mediodía sin un correcto registro de salida.
—¿Dónde se encuentra ahora?
—No lo sabemos.
El doctor Punjab habló con el encargado del transmisor. Por algún motivo parecía irritado.
—Pase esto de inmediato a conversación privada. Nadie escucha una conversación sobre un paciente de hospital.
La pantalla se oscureció y se hizo el silencio. Hasta Hjalstrom parecía avergonzado. Acercó los labios al transmisor.
—¿Por qué habían internado al paciente? —preguntó.
—Ni siquiera Fenner, que estaba junto a él, pudo oírlo.
Hjalstrom escuchó, después se volvió impotente hacia Punjab.
—No les permiten dar información de este tipo.
—Es lo que esperaba —dijo Punjab.
Hjalstrom le dejó espacio.
—Habla Jateen Punjab —dijo el médico con suavidad en el transmisor.
Su nombre y la cortés declaración de urgencia en beneficio de una unidad básica Internacional obtuvieron la información de que Fred Gany, un ingeniero químico, había sido admitido el 24 de octubre, por un posible tumor cerebral que no había sido confirmado, y que había partido antes de una operación exploratoria y una posible neurotomía auditiva.
El grupo de oyentes había sido despejado con gestos por el profesor Maynard cuando Punjab tuvo su arranque.
Cuando Punjab terminó con el transmisor, se volvió hacia Hjalstrom.
—Tengo este código de telesón —dijo—, pero él no está en su casa. El hospital ha tratado de comunicarse durante toda la tarde. Le pasó el código al encargado del transmisor.
—Insista —le dijo Hjalstrom—. No deje que se interponga ninguna llamada.
—A menos que sea de Nigeria —dijo Fenner.
—Ya sé —dijo el operador.
—¿Puede decimos por qué estaba Gany en el hospital? —preguntó Maynard con respeto.
Punjab pensó un instante.
—Sí. Creo que puedo. Estaba internado por un posible tumor cerebral.
—Entonces la idea de que el retiro de la señal lo había afectado estaba equivocada por completo —dijo Hjalstrom.
Punjab tenía un centelleo de diversión en sus ojos tristes.
—Por el contrario. Era exacta.
—Pero un tumor cerebral… —dijo Hjalstrom.
—Pérdida del equilibrio —dijo Punjab—. Es un síntoma primario.
Intercambiaron una mirada. Después Hjalstrom miró a Maynard, proyectando la barbilla en el aire. Maynard volvió las palmas hacia afuera y su frente se alzó en rápidas arrugas horizontales.
—No sé. Observó. Escucho. Soy escéptico. Estoy dispuesto al escepticismo inmediato.
Hjalstrom pensó otra vez en el día en que habían descubierto la ausencia de la señal y habían desarmado los archivos del antiguo observatorio, buscando como hurones fragmentos de información pertinente. Fue Fenner quien descubrió el sobre polvoriento y arrugado, calzado detrás del cajón de un archivo, y Maynard quien pensó que se trataba sólo de una broma, con su inscripción rimbombante: no abrir a menos que algo LES HAGA BUSCAR LO SUFICIENTE.
Era un informe excéntrico y los había hecho emprender la búsqueda aún más excéntrica de un hombre que «oía» como un radiómetro. Botón de Plata no había podido seguirle la pista. El antiguo profesor, Hailtree, había perdido el contacto con él hacía años. No había registros, ni huellas, ni claves.
Y ahora, dieciséis años después del experimento de posición realizado por el grupo de Kuttner, ya fuera por extraordinaria coincidencia o por una consecuencia igualmente extraordinaria, había indicios de conexión entre un acontecimiento astrofísico y la vida de un tal Derv Nagy.
La red se cerraba sobre el hombre inclinado.