El muchacho que giraba
Capítulo 24
24
El doctor Pickering, que caminaba con rapidez por el refulgente corredor blanco en camino a realizar una buena cantidad de visitas externas, divisó al doctor Joffet en una intersección.
—¿Cómo sigue nuestro hombre del U26? ¿Algún cambio?
—Doctor Pickering. Me alegro de encontrarlo. Problemas. ¿Sabía que perdimos a nuestro cirujano?
—¿Stalag? ¿Qué le pasa a ella?
—Solicitaron sus servicios para un trabajo prioritario.
El doctor Pickering maldijo como un carrero.
—¡Cómo pueden hacernos algo así!
—Deauviet está dispuesto a reemplazarla. Le envié un informe completo —dijo el hombre más joven.
—Deauviet —Pickering hizo una mueca.
—¿No le cae bien?
—He visto su índice de mortalidad en operaciones. Uno de los peores de la zona.
—¿Lo postergamos? —preguntó Joffet—. Dentro de una semana contaríamos con Oretano, cuando regrese de las Filipinas. O tal vez podamos trasladar al paciente a otra zona.
—En un trabajo cerebral no. Tiene un alto número de código. Tiene que quedarse en la zona.
—Hay algo más en contra de postergarlo —dijo el doctor Joffet—. La enfermera de la sección UV oyó cómo le hacía una escena a la esposa. Pensó que sonaba perturbado, por cierto distinto a como había sido antes. Dijo que sus ojos tenían una mirada salvaje.
—Tal vez sólo esté inquieto por la operación.
—En realidad ella dijo «histérico».
Pickering sacudió la cabeza.
—Lamentable. El informe psiquiátrico afirma que su comportamiento general es manso, tranquilo. Esto no me gusta. Podría significar…
—Nevency lo vio. Dejó una nota. Piensa que hay que hacerlo.
El doctor Pickering lo pensó.
—Si esperamos tal vez nos toque alguien peor que Deauviet.
—Lo peor de todo es que perderíamos la sala de operaciones. Tal vez no volvamos a conseguirla hasta dentro de un mes.
—Lo que importa es que si esperamos podemos arriesgarnos a algo peor que si seguimos adelante. Procederemos de acuerdo a lo planeado. A las dos de la tarde.
Joffet asintió.
—A las dos de la tarde.
Bajó rápidamente por la rampa hacia el llamador más cercano. Ordenó que prepararan al paciente. Se hicieron llamadas a la sala de operaciones, a las enfermeras ayudantes del sector UV, al equipo de anestesia, a la enfermera especial del cuarto U-26 y al cuerpo de ayudantes, y por último a Deauviet.
Ahora todo se desarrollaría a su debido tiempo, como en una obra teatral bien ensayada.
Más tarde un ayudante de bata blanca controló lo que figuraba en su planilla y arrancó hacia la sección UV sobre la rampa larga y amplia.
La mayor parte de los pasos de rutina se llevarían a cabo más tarde, cuando el paciente estuviera bajo el efecto de tranquilizantes, pero unos pocos actos preliminares requerían su cooperación consciente.
El ayudante hizo una pausa al final de la rampa y se detuvo para mostrarle el pase de autorización a la enfermera vestida de verde que estaba en el mostrador.
—U26 —dijo—. Programado para las dos de la tarde.
Ella comparó cada punto de la planilla con una lista que tenía ante sí.
—De acuerdo. Adelante.
El ayudante empezó a adelantarse.
—No lo mueva, ya sabe.
—Sí, me lo dijeron.
—Ni siquiera puede levantar la cabeza sin ayuda. Ha estado de espaldas desde que llegó.
El ayudante asintió y siguió su camino, haciendo rodar su carrito ante él.
Se detuvo ante el cuarto U26. Llamó a la puerta sólo porque lo indicaba el reglamento, aunque uno nunca esperaba realmente que un paciente contestara. No oyó nada, esperó apenas un instante y después empujó la puerta, maniobrando el carrito con cuidado para entrar.
—Bueno —dijo, con una horripilante jovialidad de hospital—, hoy tenemos mucho que hacer, ¿verdad?
Después miró hacia la cama y se quedó con la boca abierta. Permaneció inmóvil y captando todo a medias, como un imbécil. Un instante después salía corriendo del cuarto. El carrito, sin guía, siguió rodando y pegó contra una pared con estruendo.