El muchacho que giraba
Segunda Parte
21
Un grito de angustia no es oído prontamente por una mujer cuyo único hijo ha crecido y se ha ido. Además, Reine siempre se concentraba profundamente cuando elegía la cena en el cocinómetro.
Nunca tomaba la cena tal como aparecía en el panel: prefería manipular una mezcla o ponerle una salsa distinta. Con el Menú General mensual en la mano, fruncía el entrecejo hacia el intrincado medidor. Eligió una comida bien azul sobre platos amarillos, después empujó los botones apropiados con una mano que se retiraba con rapidez, como temiendo que pudieran devolverle el empujón.
Delgada, con brazos y piernas descoyuntados y un cuello lánguido, su tersa piel rojiza y los ojos tímidos le otorgaban una especie de belleza improvisada. El vestido, arrancado del despensero automático por la mañana, cambiaba de color con frecuencia y se adaptaba al movimiento: las mangas desaparecían con cierto sacudón de los brazos, la falda se bifurcaba o se pegaba a las piernas, según la necesidad. Su pálido cabello estaba entretejido sobre una curiosa cobertura escarlata, uniéndose en la nuca en un rodete grueso y largo que Reine, al estar casada, llevaba adecuadamente sobre el hombro derecho.
La rodeaba la música. Estaba de pie sobre un pequeño balcón trepamuros, que dominaba la sala de estar, en ese momento llena de integrantes de una orquesta sinfónica en enérgica actuación.
Sin prestar atención a los intérpretes, miró con ansiedad hacia el panel de Control Dietético para ver si alguna de sus elecciones era ilegal. Siempre se equivocaba en algo. El indicador de «Aceptable» se encendió y Reine aferró la palanca metálica, después se detuvo en seco.
¿Había oído un grito por encima de la música?
Un rápido movimiento apagó la tele. Cuando la música se detuvo, los intérpretes desaparecieron del pozo de la sala de estar. Tocó un pedal con el pie y el balcón descendió hasta quedar nivelado con el suelo. La salida de la sala de estar se abrió oscilando cuando se acercó.
—¿Fred?
No hubo respuesta. Miró al exterior, pero aunque vivían bastante alto la aerovía más cercana estaba demasiado lejos como para que apareciera ante la ventana algún volador extraviado. Y aún no era la estación para que los paracaidistas se arrojaran desde los departamentos superiores.
Lo había imaginado.
Regresó al medidor y lo encendió. Tenía tiempo de leer antes de la cena. Eligió un libro en la amplia biblioteca microfilmada en el nicho de un metro cuadrado y metió, con un chasquido, el delgado rollito en el proyector.
Oyó un gruñido. Esta vez fue inconfundible.
—¡Fred! —gritó, y corrió hacia el cuarto de descanso.
La tele estaba encendida, el cuarto lleno de personas en marcha, pero Fred no estaba allí. Corrió hacia la salida opuesta y casi cayó encima de un cuerpo en el pasillo que iba al dormitorio.
—¡Fred! ¿Qué pasó? ¿Qué ocurre?
Un hombre alto estaba agachado sobre manos y rodillas, con la cabeza apretada de costado contra la pared.
Reine cayó de rodillas junto a él ¡Oh, Dios! ¿Qué era? ¿Un ataque al corazón? ¡Pero tenía treinta años!
—El dormitorio —jadeó él—. ¿Dónde está el dormitorio? Tengo que acostarme.
Tenía el rostro húmedo de transpiración y los ojos abiertos pero girando dentro de las órbitas.
—¡Fred! ¿No puedes ver? —Le tomó la cara entre las manos, alzando la voz de terror, con su propio corazón casi detenido.
—Estoy enfermo —gruñó él lentamente—. Puedo ver, pero estoy enfermo.
Nunca había estado enfermo. Reine se sentía impotente.
Él se arrastró inseguro, apartándose de ella, y chocó de costado contra la pared. Era terrible verlo, al alto Fred, arrastrándose como un animal herido.
—Deja que te ayude. ¿Qué es? ¿No puedes caminar?
Arrodillada junto a él, le pasó un brazo alrededor del cuello. Él sollozaba. ¡Fred, sollozando!
—No sé dónde estoy. No sé dónde están las cosas. Llévame a la cama. Llama a una ambulancia. Oh… h…
Gemía sin control.
Se agarró a ella mientras lo arrastraba hacia la cama. Era incapaz de meterse en ella, chapuceó en el extremo equivocado, pareció a punto de meterse debajo o acostarse cruzado hasta que ella lo empujó y él cayó sobre la almohada.
—¿Dolor? ¿Sientes dolor? —bajó los ojos hacia su cara, ahora tan terriblemente blanca.
Él sacudió la cabeza, después le agarró las manos.
—Me caigo. —Tenía los ojos muy abiertos por el miedo.
—No, estás bien. Estás en la cama. Cierra los ojos.
Los cerró.
—¿Te alzo la cabeza o los pies?
Tanteó en busca del regulador de la cama con la mano libre.
—No. No, por favor —gimió—. No me dejes, nada más. Me ha pasado algo terrible.
¿Un síncope? ¿Era un síncope? Pero era tan joven. ¿Qué otras cosas le pasaban a la gente?
—¿Qué estabas haciendo? Cuando pasó.
Él le apretó las manos.
—Nada. Miraba la tele. Me sentía muy bien. Pasaban películas sobre Juventud Intercontinental y me preguntaba si podría ver a Lorvy. Después seguía la hora de compras y pensaba ir a llamarte para que te compraras un rodovestido de invierno.
Hablaba en un tono monótono y vacilante, como para impedir que el esfuerzo de expresarse le sacudiera la cabeza.
—¿Después te levantaste?
—No. Estaba sentado. Bruscamente pasó algo. Como si algo hubiese desaparecido. Me caí de la silla. No sabía dónde estaba.
—Tengo que llevarte al Centro, Fred.
—No, no me dejes.
La apretó aún más.
—Deja que les avise. Volveré en un momento.
—¿No tenemos un botón para emergencias en este cuarto?
—Oh, sí. Nunca lo usamos. Lo olvidaba. Aquí está. Agárrame la mano y lo alcanzaré. Eso es.
Había empeorado tanto cuando lo hicieron rodar hacia Recepción en el gran Centro Médico de la zona que la propia Reine se derrumbó. Él se agarraba de toda persona que se acercara a la camilla, estrujándoles la ropa por temor a que lo abandonaran, gruñendo sin cesar:
—Me caigo. Me caeré. Sosténganme.
Le dieron una inyección de Bidemerol y le aplicaron suero endovenoso. Poco después le dieron Aerocortisona, la hormona para la enfermedad del movimiento, y una hora después pudo hablar con el programador médico que se presentó para ordenar su historial.
—No es mucho —dijo el programador—. Una pizca de esplenitis virósica epidémica, una fractura de antebrazo en un accidente de ski con curación, y esto. ¿Está seguro de que me contó todo?
Reine, a quien también le habían dado un sedante y que se sentía relajada ahora que Fred parecía más tranquilo, miraba a través del transparente en una sola dirección: hacia el lago artificial que estaba sobre ella. Se agitó un tenue recuerdo. ¿Había algo más? Desapareció. No. Fred siempre había tenido buena salud.
—Todo —dijo Fred.
—Bueno, veremos lo que pueden agregar las Pruebas Objetivas, después meteré todo en la máquina.
Las Pruebas Objetivas, incluyendo proporción de hormonas, conteo del oro coloidal y el reciente arterioestudiograma, fueron negativas.
Pero el paciente, cuando lo incorporaban en la cama, se caía de costado, no siempre hacia el mismo lado.
En una hora más el Diagnoseñalador, al que le habían proporcionado una composición programada de todos los datos, escupió su informe. Una copia se desvió hacia el escritorio del doctor Pickering.
Al oír el suave lengüeteo del tubo de Atención Inmediata, el doctor Pickering tomó el informe y se sentó a leerlo con cuidado. Después se lo pasó al doctor Joffet, que estaba sentado esperándolo.
—Fíjate en eso. ¿Por qué no dice sencillamente: «No sé»? —dijo Pickering, irritado.
—En Chicago trabajé con una computadora que siempre decía «No sé» — dijo Joffet, dándole un rápido vistazo a la hoja—. Después de un tiempo nos libramos de ella. Mi jefe dijo: «Traigan una que sepa» —le devolvió el informe al doctor Pickering.
—Pero esto no tiene sentido —dijo Pickering—. Cuatro diagnósticos. (1) Enfermedad de Meniere. (2) Tumor cerebral. (3) Invasión virósica del oído medio por un organismo no piógeno. (4) Síndrome psicomotor.
—¿De dónde sacaron eso último?
—Aquí está. Pusieron una nota al respecto: «Pérdida del rol paterno que afecta su sentido de identidad. El hijo, Lorvan Gany, se entrena en Juventud Intercontinental.»
—¿Qué piensas de eso?
—Forzado. Hay que vigilarlo por las tres primeras posibilidades. Para mañana hay que descartar la tercera.