El muchacho que giraba
Capítulo 16
16
Los Nagy habían llevado una vida tan recluida en su zona suburbana que había muchas novedades que Derv no había experimentado nunca. El tren flotante era una de ellas.
Derv miraba el suelo que pasaba bajo ellos.
—No puedo acostumbrarme a que sólo nos sostenga el aire. Ir a tres metros del suelo lo hace más excitante que un avión.
—Bueno, es bastante estable y veloz —dijo el señor Hailtree—. Tuve que prometerles a tus padres que iría contigo a Virginia Occidental y regresaríamos a la escuela dentro del fin de semana.
Sacó un montón de papeles para corregir.
—Es asombroso —dijo Derv—. Nos dirigimos al sudoeste en línea absolutamente recta, sin la menor desviación.
—Ah, esa es la idea. El flotante no necesita rodear las cosas. Eso es lo que lo hace más rápido que el tren común.
Se quedaron en silencio por un momento. El señor Hailtree trabajaba y Derv observaba cómo pasaban sobre el paisaje.
—¿Señor Hailtree?
—Mm.
—Usted no cree realmente en todo esto: en lo que vamos a hacer. ¿No es así?
—No. —Lo dijo con afabilidad, como si un No fuera tan bueno como un Sí.
—Entonces…
—No quería dejarlo sin hacer, eso es todo.
—Y en el observatorio. ¿Qué es lo que creen?
—¿Sobre ti? Sólo un hombre conoce tu historia allí, así que ten cuidado.
—Sobre lo que vamos a intentar.
—Que se trata de una broma, un chiste. Algo para jugar el uno con el otro. —Miró a Derv—. No te gusta eso. Pero eres un muchacho demasiado bueno como para engañarte. No quiero que transformes esto en un proyecto encantador.
—No. Desde luego que yo… lo sé… me doy cuenta.
Hailtree sacudió la cabeza.
—Derv, eres un buen chico. Si te atienes a los hechos todo marchará bien. En el observatorio es una broma que tiene una posibilidad de ser grandiosa, gloriosamente cierta.
—Sin embargo, tienen un proyecto para eso. Usted lo llamó Proyecto Ozma.
—Un nombre fantástico para un proyecto fantástico.
—¿Y la idea del Proyecto Ozma es buscar una señal de otro planeta?
—Parece razonable suponer que si hay vida inteligente en el universo, estarán tratando de comunicarse con nosotros.
—Pero yo creía que no había vida allá afuera —dijo Derv—. Tenemos imágenes cercanas de Marte y Venus y…
—No en los planetas que rodean nuestro sol, sino dentro de los billones de estrellas de nuestra galaxia: parece lógico que haya alguna de temperatura y tamaño no muy distintos a los de nuestro sol. Y que algunos de esos soles lleven sistemas planetarios. Y que algunos de esos planetas puedan sustentar vida inteligente. En el observatorio se ríen y bromean, pero todos lo creen.
—¿Cuántas estrellas creen ellos que tendrán planetas con vida?
—Oh, alrededor de ciento ochenta millones. Supón que dijera medio millón. ¿No bastaría?
—Oh, sí. Si hubiese un solo planeta con gente tratando de hacernos una señal…
—No tienes que llamarlos gente. Vida inteligente.
—Lo sé —dijo Derv—. Pueden ser insectos o vegetales o tener tres cabezas y ninguna mano. Pero si son así, ¿cómo podrían construir algo para enviar una señal?
—Muchos biólogos piensan ahora que el modo en que trabajó la evolución aquí fue inevitable, más que una posibilidad milagrosa; que cuatro miembros, dos para trasladarse y dos para sostener herramientas y la comida, son lo más probable; y que los órganos de los sentidos en el sitio en donde están y un cerebro dentro de la cabeza es el modo en que se presentarán las cosas por lo común.
—Me alegro. —El placer que sentían ante ese hecho parecía mutuo.
—Así que si están allí y tienen la competencia tecnológica como para transmitir una señal…
—¿Acaso alguno de ellos sería tan civilizado?
—Eso no es ser muy civilizado. Esperamos que algunos hayan avanzado mucho más.
—¡Pero una señal! —dijo Derv, atesorando la idea.
—Si está llegando alguna de algún lugar, queremos captarla y devolver una nuestra. Sólo que ellos no saben dónde estamos si es que estamos, así como nosotros no sabemos dónde están ellos si es que están.
Derv se asomó a la ventana con sobriedad, los ojos llenos de fiera resolución, como si de algún modo fuese a encargarse de que dentro de los próximos minutos todos supieran dónde estaban todos y pudieran comenzar un vigoroso intercambio de información.
—¿Hace mucho que buscan? —preguntó.
—Empezó en los años sesenta.
—Oh, pero eso fue hace muchísimo. ¿No están dispuestos a abandonar?
—No, porque tuvieron que dejar de hacerlo a principios de los años setenta para la Década Solar. Todos los instrumentos fueron confiscados. Después fue necesaria una cantidad de años para remover el interés y encontrar a los hombres indicados. Sólo reanudaron el trabajo el año pasado.
—¿Dónde buscan?
—Empezaron por examinar dos de las estrellas más cercanas que parecía como si pudiesen tener sistemas solares, pero creo que las abandonaron.
—¿Qué quiere decir «parecía como si»? ¿Cómo pueden precisarlo?
—La órbita de la estrella oscila.
—¿Cómo sabrían si captan algo?
—Ni siquiera están seguros de eso. Tienen ese plato enorme, tan alto como un buen edificio. Capta la señales de radio y las hace pasar mediante una caja a una pequeña pantalla visora. Saben cuáles señales son de aquí y las bloquean. Si captan algo extraño… —Trinó—. No saben dónde buscar, eso es todo. Tienen que probar toda dirección concebible y eso les llevará siglos, a menos que…
—¿A menos que qué?
—A menos que consigan un timón.
—De parte mía —dijo Derv.
—Te dije que no lo veas de ese modo. No hay la menor posibilidad.
—¿Al menos allí es donde entro yo?
—Tú no entras. Nosotros te metemos. Supongo que no nos dejarían pasar de la entrada si no tuviese ese amigo, Gene Kuttner, que trabaja allí. Gene intentará cualquier cosa y sabe que yo no soy un chiflado. Así que cuando le dije: «Escucha, ¿quieres oír una idea loca?» escuchó. Sigue siendo una idea loca y nadie espera realmente nada de ella.
Trinó.
—Aún así —siguió—, es una linda idea.
Los soportes de equipajes empezaron a moverse lentamente hacia los tubos de salida por encima de ellos. Habían llegado.