El sur
Katherine Proctor
24 de octubre de 1950, Barcelona
Cae la noche y se oye el rumor del ruido de la calle. Llevo aquí varias semanas. Es una suerte que la gorda que lleva este hotel y el ratoncillo de su marido no hablen inglés. Sigo siendo un misterio para ellos; no pueden comunicarse conmigo. El hombre de la habitación de al lado, por lo poco que comprendo de lo que dice, va todas las noches a la ópera y escucha ópera en la radio todo el tiempo.
Quieren saber de mi marido. Buscaron un hombre que les hiciera de intérprete.
—¿Dónde está su marido? —me preguntó.
Estaban allí mirándome la mujer gorda y el hombre de la ópera. Les conté que iba a llegar pronto, que le estaba esperando.
—¿Dónde está ahora? —me preguntó el hombre, y yo le dije que mi marido estaba en París.
Me resulta difícil estar sola, y ha sido así desde que me fui. A veces, en la calle creo que me están siguiendo. Procuro no alejarme mucho del hotel.
Pero, de momento, lo peor ha sido el viaje hasta aquí. Hay hombres que te miran en todas partes. Hice el viaje desde Francia hasta San Sebastián y me alojé allí en un hotel pequeño que daba a la playa y al mar en calma.
Me sentía sola allí. Me sentía mal. El color gris de la ciudad lo envolvía todo. Las calles estaban desiertas por la tarde. Los pocos veraneantes que quedaban a finales de septiembre procuraban disfrutar un poco de un sol mortecino.
Tomé el tren nocturno a Barcelona. Encontré lo que buscaba en un folleto: un coche cama individual, para una sola persona, sin compartir.
Salimos a las siete de la tarde y a las once me sentí lo bastante cansada para hacerme la cama y echar las cortinas para que no entraran las lucecitas por las que pasaba rápidamente el tren.
Barcelona. No sabía qué podía esperar. Más grande que San Sebastián, sin duda, y menos limpia, con una luz diferente que llega del mar. El Mediterráneo. Las calles anchas brillan por la mañana. Las calles laterales ofrecen sombra. Lo imaginaba, aunque no supiera qué podía esperar. Tal vez el sonido de la palabra Bar-ce-lo-na, la sensación placentera que me causaba el sonido de las palabras, tal vez fueran los sonidos los que actuaron y se me impusieron.
En cuanto desperté supe que había alguien en el compartimento. El tren iba deprisa. Todavía era de noche, así que no podía ver nada. Me quedé quieta y procuré seguir respirando como si estuviera dormida. No había ninguna posibilidad de que fuese un sueño. Sabía que estaba despierta; sabía lo que pasaba. Era el tren nocturno a Barcelona, unas horas antes del amanecer. Estábamos en 1950, finales de septiembre. Había dejado a mi marido. Había dejado mi casa. No sabía muy bien adónde iba. No quería que me molestaran.
Había alguien de pie cerca de mí al lado de la cama y la puerta estaba cerrada tras él. Yo la había cerrado antes de acostarme.
La mano se me posó primero en la muñeca un momento, la cogió con suavidad, luego más fuerte, después apretó. Cuando me moví e intenté incorporarme me cogió por el hombro. Susurró algo que no entendí. Le arañé las manos con las uñas. Cuando acercó la boca a la mía noté en el aliento el olor a cerveza.
Tardé un poco en ponerme a gritar, no sé por qué esperé. Retrocedió un momento, como si se asustara, pero no desistió. Estaba casi encima de mí.
Intenté arañarle en las orejas y en la cara. Grité «¡Váyase!» todo lo alto que pude, una y otra vez.
Casi me había librado de él y estaba de pie, fuera de la cama, en camisón, pero él seguía teniéndome bien cogida por la muñeca. Me pareció por la voz que tendría unos treinta años, cuarenta quizá, pero no más. Yo seguía gritando «Váyase» y me di cuenta de que empezaba a darle miedo, y eso me asustó todavía más porque me preocupaba lo que pudiera hacer antes de irse, que intentara pegarme o hacerme daño.
Conseguí abrir la puerta con la mano libre. Intentó arrastrarme otra vez al compartimento, pero grité fuera, en el pasillo. Me soltó y se fue
corriendo. No sé cómo, pero aún tuve la serenidad suficiente y la suficiente claridad mental para recordar dónde quedaba el servicio y me metí dentro y cerré la puerta.
No se llevó nada del compartimento. Yo debía conservar la calma y la claridad mental porque me puse a comprobarlo inmediatamente; no faltaba nada. Me había hecho daño en la muñeca y luego descubrí que tenía un cardenal en el hombro que tardó una o dos semanas en desaparecer. Volví a cerrar la puerta y eché el pestillo. Estaba claro que con una tarjeta o un trozo de madera o incluso con una lima de uñas podían levantar desde fuera aquel pequeño cierre y abrir la puerta. Aun así, lo cerré y lo dejé cerrado.
Me sentí durante una semana como si me hubiera lanzado a través de un cristal, como si me hubieran cortado, roto o aporreado todo el cuerpo.
Anduve por Barcelona aturdida a primera hora de la mañana: los tenderos levantaban las persianas metálicas para iniciar la jornada, los niños iban al colegio. Me fijé en la luz grisazulada que suavizaba la piedra. Llegué a una esquina, esa esquina, la esquina que estoy viendo ahora desde aquí, y vi que había una mujer gorda de pelo negro muy permanentado mirándome desde un balcón. El letrero decía «Pensión» y le grité y señalé el equipaje que llevaba. Me indicó con las manos que esperara, y enseguida bajó el ratoncillo, su marido, y me subió la maleta al primer piso. La mujer me acompañó a esta habitación en cuanto le di el pasaporte.
Me quedé en la cama varios días, midiendo el tiempo por el ruido que hacían las persianas metálicas de las tiendas cuando las subían y las bajaban. Primero a las ocho, ocho y media, nueve. Eso era la mañana.
Luego a la una, una y media, dos, luego, unas horas más tarde, cuando terminaba la siesta y era el momento de levantarme, e incluso entonces estaba hecha polvo, destrozada. Solo quería seguir allí echada.
Encontré un bar en la misma calle un poco más abajo, y cuando empezaba a caer el sol, a las seis o así, iba hasta allí y tomaba un café con leche enorme y un bocadillo de un pan áspero con jamón o atún. Tengo que señalar con el dedo lo que quiero. Aquellos primeros días lo único que quería era ese paseo de aquí al café y volver.
El primer domingo no hubo persianas abriéndose y cerrándose, así que solo me guiaron las campanas de la catedral. Me levanté y bajé a la plaza a
por mi café. El cielo era de un azul cálido y el sol daba un calor sorprendente a finales de septiembre en Barcelona.
Procuraba no alejarme demasiado de la pensión[1]. Sabía que tendría que armarme de valor. Había comprado un plano, así que sabía que vivía cerca de la catedral, en el pequeño grupo de calles que hay nada más subir del puerto.
Sabía que tendría que esforzarme. Me había comprado un vestido blanco de algodón y una chaqueta blanca de algodón y un sombrero rojo.
Era la primera vez que me los ponía. Tenía que dejar de estar asustada.
Tenía que tomar la decisión de entrar en bares, cafés, restaurantes. Tenía que ser valiente. Tenía que hacer lo que me apeteciese.
También sabía que no me pasaba nada grave y que todo iría bien. Sabía que el pánico provocado por la entrada de un hombre al que no conocía en mi compartimento en plena noche había dejado una pequeña señal, como aquel cardenal del hombro que estaba desapareciendo.
El bar estaba muy concurrido esa mañana de domingo y la plaza brillaba fuera, como iluminada especialmente para el domingo. Había cuadros expuestos en el centro. Sentí curiosidad. Llevaba días pensando en pintar. Había procurado no dejar que se fijara nada en el pensamiento. Solo sabía que quería pintar aquí. Ya había tenido antes esa sensación y siempre había acabado todo en decepción profunda y amargo pesar. Tenía sueños en los que pintaba.
Ando casi siempre ensimismada. A veces no veo lo que hay alrededor.
Pienso en mí misma todo el tiempo. Qué voy a hacer ahora; cómo voy a sobrevivir, Dios santo.
Planes y fantasías ocupan casi todo el tiempo que estoy despierta.
Dispongo de todo el día para pensar en el futuro, para planificarlo, para soñarlo, para imaginarlo todo.
El pasado ha sucedido ya: es gris y vacío como las calles estrechas de San Sebastián a las cuatro de la tarde con todas las tiendas cerradas y las persianas bajadas. El futuro está abierto de par en par.
No fui a ver los cuadros de la plaza ese día. Me sentía demasiado bien vestida, demasiado llamativa. Así que volví al bar y pedí un café. El camarero me lo trajo y le pedí un croissant, pero no me entendía y tuve que
ir hasta la barra y señalar lo que quería. Me había fijado ya en el hombre que estaba en la barra. Vestía un jersey rojo y pantalones de pana de color marrón; llevaba el cuello de la camisa desabrochado.
Me di cuenta de que me miraba cada poco. Tenía cierto aire de maníaco: ojos oscuros muy juntos y la boca grande. La dentadura era perfecta. Me fijé en que iba muy bien afeitado. Aparté la vista. No es que me inspirase recelo ni miedo. No parecía de los que te siguen por la calle. Cuando volví a mirar, ya se iba. Se volvió un momento a mirarme y sonrió al ver que estaba mirándole.
Salí a la plaza del Pino, al suave calor del mediodía, y miré las pinturas.
El hombre que había estado observándome en el bar estaba sentado en el suelo, pero cuando me vio llegar se puso de pie y se metió las manos en los bolsillos. Había una mujer menuda, una mujer morena, de cabello largo, que estaba de pie detrás del caballete; vendía también bisutería. Parecía estar con ella. No estaba segura de eso. Saludé con la cabeza y le sonreí a ella al pasar. Ella dijo algo, pareció un saludo, pero no lo entendí.
Esa noche descubrí la verdadera Barcelona por primera vez. Cené en el hotel Colón, enfrente de la catedral, y luego se había hecho ya de noche y subí por donde la iglesia. Era la primera vez que iba por allí. Aquello no lo había visto antes. Las calles estaban desiertas y había sombras por todas partes proyectadas por las farolas que iluminaban desde las paredes. La piedra de aquellos edificios —iglesias, bibliotecas y museos— era maciza y sólida. No había casi nada moderno: hasta la luz eléctrica de las paredes parecía la luz de una antorcha. Me pareció apabullante.
Finalmente, bajé por un pasaje estrecho que me había parecido un callejón sin salida. El aire aún era cálido y cuando toqué la piedra me sorprendió lo fría que estaba. Recuerdo que me quedé parada y temblé. Iba a dar la vuelta, pero vi al doblar la esquina una arcada que daba a una plaza, así que seguí.
En el centro de la plaza había una fuente pequeña con un árbol a cada lado. Los habían podado exageradamente: las ramas retorcidas parecían piernas y brazos grotescos y deformes con trozos cercenados. Resultaba increíble que pudieran crecer de nuevo.
La plaza era irregular y estaba poco iluminada; me pareció que había otro pasadizo al otro lado y me dije que saldría por allí, aunque no sabía adónde llevaba. A un lado de la plaza había una iglesia pequeña, con los muros llenos de lo que parecían marcas de balas o de metralla. Me fui al lado de enfrente y me senté en un poyo. Llevaba en Barcelona casi una semana y, de pronto, tuve la sensación de que había encontrado lo que buscaba: el centro sagrado del mundo, una plaza desierta a la que se accedía por dos callejones, débilmente iluminada, con una fuente, dos árboles, una iglesia y algunos edificios eclesiásticos.
Pensé en Enniscorthy. Imaginé a Tom sentado en la casa llena de corrientes de aire y pensando en mí, tratando de llegar a alguna conclusión respecto a mí. Pensé lo que sería estar allí. Pensé en lo que sería instalarse a pasar la noche allí con los cuervos y los grajos parloteando en los robles deshojados junto al río.
Pensé en la desolación del lugar y contemplé esta otra desolación, esta desolación de piedra, esta sorprendente plaza destartalada de detrás de la catedral de Barcelona, y supe que estaba bien que estuviera aquí. Supe que tenía que estar aquí.
Pensé en el jardín de mi madre en Londres a finales de agosto antes de que me fuera, cuando no era capaz de decidir qué hacer. El jardín apacible con los cerezos enormes y los cobertizos abandonados, la claridad lejana del atardecer, las losas grises del sendero, la mesa desvencijada de la comida de los pájaros, el rumor apagado del tráfico de Londres, las sombras.
—Estás preocupada —me dijo mi madre. Me lo dijo como si fuera una acusación.
—Sí, estoy preocupada —le dije yo.
—¿Estás segura de que tienes motivos para estar preocupada?
El tono era burlón e irritado.
—¿Has lamentado alguna vez haber dejado a mi padre?
—No, nunca.
—¿Te has sentido culpable alguna vez?
—Solo sentí alivio.
—¿No te sentiste mal ni siquiera cuando murió?
—Tu padre era un buen hombre.
—¿Qué crees que debo hacer?
—Marcharte, marcharte.
—¿Y qué me dices de Richard? Solo tiene diez años.
—Ya cuidará su padre de él. No le pasará nada.
—¿Y qué haré yo?
—Marcharte a algún sitio. A España. Ya te he dicho que te conseguiré el visado. Conozco a una persona en la embajada. Te daré dinero.
—¿Marcharme a algún sitio? ¿Qué quieres decir con eso?
—Abandonar el barco.
—Estoy pensando en dejar a mi marido —le dije de pronto. Me miró con dureza.
—Sí, ya lo sé. Creo que es de eso de lo que estamos hablando.
Estaba pensando. No me había fijado en la persona que había al otro lado de la plaza aquella noche. Me sobresalté un momento al verlo y consideré por dónde escaparía en caso de que tuviera que salir de allí corriendo. Lo reconocí en cuanto salió del portal en que había estado sentado y se dirigió hacia la fuente. Lo identifiqué por el jersey rojo. No me miró hasta que me levanté para marcharme.
Ya es tarde y tengo que ir a comer enseguida antes de que cierren los restaurantes. No hago nada en todo el santo día. He cambiado la butaca del rincón de la habitación y la he puesto junto a la ventana. Me paso las horas mirando la casa de enfrente, mirando la calle. No ocurre nada. Después de comer tomo un coñac con café y cuando vuelvo al barrio gótico estoy siempre un poco achispada. Y siempre enciendo un cigarrillo en la plaza de San Felipe Neri y me siento en el mismo poyo que me senté aquella primera noche, contemplo la plaza y pienso cómo voy a arreglármelas.
He intentado escribir a Tom. He intentado decirle que quiero estar un tiempo fuera y que quizá nos veamos pronto. Eso no es lo que quiero decir.
Quiero decir que estoy iniciando mi vida ahora. Que esto no es una segunda oportunidad; es mi primera oportunidad. Quiero decir que yo no elegí lo que hice primero, que no soy responsable de lo que hice antes. Quiero decirle que le he dejado. Mi hijo está apartado de mí, mi hijo cuidará de sí
mismo. Yo ya no puedo hacer más por él. Por muy culpable que me sienta, tengo que cuidar de mí misma.
Ahora estoy en Barcelona. Duermo hasta tarde por las mañanas. Si quiero dormir por la tarde, tomo un poco de vino en la comida y me sumo en un adormilamiento pesado con sueños vívidos en los que se mezcla el sitio donde estoy con el sitio de donde vengo, el arroyo de Newtonbarry con la fuente de la plaza de San Felipe Neri, con la plaza del mercado de Enniscorthy. Me despierto al cabo de una hora, o tal vez dos, entumecida por el sueño. Me siento y cavilo. Me siento y fantaseo hasta que la luz empieza a declinar y entonces recorro el pasillo y me ducho con agua fría.
Voy a cenar y vuelvo aquí. Al otro lado de la pared tengo al hombre de la ópera con sus óperas en la habitación contigua.
Escribí a mi madre y le di la dirección de la pensión. Tenía que mandarme el dinero aquí. Necesito más dinero enseguida. No le expliqué a mi madre por qué estoy aquí, ni lo que estoy haciendo aquí, ni cuánto tiempo me quedaré, no le decía nada. Su respuesta, cuando llegó, era tan breve como su carta original. Me enviaría el dinero a un banco de la ciudad.
Tu marido está desesperado, no tiene ni idea de lo que estás haciendo. Todo mi cariño. No mencionaba a Richard; sabía que me lo había quitado de la cabeza.
Hace pocas semanas probé una ruta diferente para ir a cenar al hotel Colón. No tenía prisa, así que cuando vi un restaurante y oí el fuerte murmullo de voces dentro me paré y me asomé. El local tenía un aspecto lúgubre, puede que hasta sucio, pero estaba lleno de gente bebiendo en la barra y los camareros intentaban pasar entre ellos para ir al restaurante, que quedaba al fondo. Me aventuré a entrar. Supongo que me sentí atraída por la gente. Hice señas al camarero y él entendió que quería una mesa para una persona. Miramos los dos alrededor y no parecía haber ninguna mesa libre, así que me dispuse a marcharme con la idea de volver más tarde, o tal vez alguna otra noche, cuando se levantó una pareja que ya había pagado y el camarero me llevó a su mesa. El menú estaba escrito con tiza en un encerado y era confuso. En el manual de conversación que tenía había una lista de platos de un menú. Lo vi cuando intentaba encontrar alguna palabra de las que figuraban en el encerado.
Estaba con un grupo de gente sentado a una mesa grande frente a la mía; eran casi todos hombres, pero había también algunas mujeres jóvenes.
Él vestía un traje gris ligero y una camisa blanca con el cuello abierto.
Estaba de espaldas a mí, pero de vez en cuando miraba alrededor. Sus compañeros eran jóvenes, aunque algunos no lo parecían tanto como para ser estudiantes; eran lo bastante jóvenes para reírse de cuanto decían.
Busqué entre ellos a la mujer que vendía bisutería en la plaza, pero no estaba allí.
Recuerdo que al principio Tom tenía miedo de dejarme que lo viera desnudo. Se desnudaba sentado en la cama y se ponía el pijama. Cuando apagaba la luz se apartaba de mí y solo hacíamos el amor cuando la calidez de estar los dos en la misma cama nos unía. Pero hasta entonces se ponía nervioso cuando le acariciaba. Le gustaba quedarse echado junto a mí con la cabeza hundida entre mi hombro y mi cuello. Se quedaba quieto y callado. Yo a veces pensaba que estaba dormido y estiraba la mano para tocarle el pene, que solía estar duro y a la espera. Él jadeaba un momento y me recorría el cuerpo con las manos. Eyaculaba casi nada más entrar, con gritos sofocados, que casi parecían gemidos, y luego solo quería volverse y dormir.
Es octubre en Barcelona. Sigo explorando y descubriendo lugares nuevos; los días se llenan. Cambio de hábitos. Ahora desayuno en la calle Petritxol, que sale de la plaza del Pino. Hay muchos cafés pequeños especializados en café, chocolate, bocadillos pequeños y pastas. Voy todos los días al mismo a la misma hora; ya me conocen y me sonríen cuando llego.
Al principio no sabía si abrían los domingos. Cuando fui a comprobarlo pasé por la plaza del Pino y volví a ver las pinturas en el centro. Estaba pensando en él. Salía mucha gente de misa de la iglesia de Santa María del Pino justo cuando yo pasaba. El café estaba abierto, pero no quedaba ninguna mesa libre junto a la puerta, así que tuve que ir a sentarme al fondo.
Mientras el camarero me acompañaba, vi que clavaba sus ojos en mí. No esperaba encontrarle allí. Estaba más pálido de lo que lo recordaba, pero los ojos eran los mismos, y los labios. Me miraba como si fuera a sentarme con ellos a su mesa. No apartó la vista cuando me senté. Su compañero era
mayor y más cetrino que él, de aspecto casi enfermizo. De rasgos delicados.
Y llevaba pajarita. Siguieron conversando y cuando se levantaron para marcharse, me sonrieron los dos. No se volvió a mirarme al salir.
Después fui a las Ramblas y subí caminando hasta la plaza de Cataluña, y luego volví a bajar hasta la catedral. Me paré e intenté pensar un momento. Intenté averiguar qué me proponía mientras me dirigía de nuevo hacia las pinturas de la plaza del Pino. Allí estaba otra vez la mujer menuda y él estaba de pie detrás de ella. Di una vuelta mirando las pinturas hasta que llegué a su lado. Me paré y la mujer me preguntó:
—¿Inglesa? ¿Americana?
—Inglesa —contesté. Él me observaba.
—¿Turista? —me preguntó ella.
Me encogí de hombros con una sonrisa.
—¿Te gusta Barcelona?
Asentí con un cabeceo. El hombre le dijo algo y hablaron un momento y luego se volvieron los dos y me miraron.
—¿Vives aquí en el barrio gótico? —me preguntó ella.
—Vivo en la calle del Pino —contesté.
—¿Vives en una pensión?
—Sí.
—¿Tienes familia aquí?
—No.
—¿Trabajo?
—No.
—¿Cómo te llamas?
—Katherine.
—Yo soy Rosa. ¿Te gusta la pintura?
—Sí —vacilé—, sí, a veces.
Hablaron entre ellos y me pregunté si debería irme. Me pregunté si debería seguir mi camino.
—Él quiere pintarte, este hombre —dijo ella.
Sonreí e hice un gesto negativo.
—No, no quiero.
Ella se lo tradujo.
—¿Es tu marido? —le pregunté.
—No.
Él me miró e hizo como si tuviese un pincel en la mano y se pintase la cara. Luego asintió con la cabeza. Yo hice un gesto negativo.
—¿Por qué no? —preguntó la mujer.
No contesté. Señalé un cuadro de barcas en una playa que había en el caballete, al lado.
—¿Lo ha hecho él?
—No —dijo ella.
Cuando le explicó lo que había preguntado él se rio.
—Él es un buen pintor —dijo ella, y él asintió con un cabeceo.
—Tengo que irme —dije yo.
La semana siguiente me pareció verlo en la calle varias veces. Pero cuando le vi un día que iba al mercado me sobresalté. Salió de un portal de Puertaferrisa. Hizo una mueca como si le divirtiera encontrarme así por casualidad.
— Bonjour —dijo.
—Buenos días.
Dijo algo que no entendí. Sonrió un momento y luego me señaló la cara y movió un pincel imaginario en el aire. Siguió diciendo «sí» y asintiendo con la cabeza. Me cogió la mano un segundo en la calle.
—Tengo que irme. Je dois aller —dije.
Él insistía y yo quería marcharme. Quería saber dónde vivía. Señalé la pensión de la esquina. Si se le ocurría ir allí o me molestaba podía cambiarme. Había una pensión en cada esquina.
Pero me preocupaba que fuera y armara un lío y fue un alivio que no lo hiciera. Lo único que pasó fue que se presentó un día con Rosa y me pidieron que fuera a ver su estudio. Su actitud era entusiasta y cordial. La dueña de la pensión torció el gesto al oír a Rosa hablar en inglés. Les dije que iría con ellos otro día.
—¿Mañana? —dijo ella.
—Sí, de acuerdo.
Volvieron al día siguiente y fui con ellos a la vuelta de la esquina, a la calle Puertaferrisa. Aunque parezca extraño, no me sentía nerviosa al subir
las escaleras de una casa en la que no había estado nunca, la misma de la que le había visto salir a él aquel otro día. Tras unos tramos de escaleras empujó una puerta y entramos en una sala inmensa con ventanales a ambos lados y un tejado de cristal. Había caballetes y cuadros por todas partes.
Había algunas personas, casi todas mujeres jóvenes, sentadas en taburetes pintando la foto de una calle. El hombre al que había visto en el café el domingo estaba de pie detrás de los caballetes explicando algo a uno de los estudiantes. Nos miró un instante y siguió con lo que estaba haciendo. El otro hombre me miró y se señaló:
— Yo, Miguel —dijo—. «Miguel» —repitió—. ¿Y tú? —preguntó, señalándome.
—Katherine —dije.
—Katherine —intentó repetirlo.
—¿Es esto una escuela? —le pregunté a Rosa.
—Sí, es una academia de pintura.
—Yo pinto —dije—. ¿Podría venir?
—Tienes que preguntárselo a Ramón —dijo ella. Señaló al hombre cetrino que había visto en el café.
—Pregúntaselo tú por mí —le dije.
La observé mientras se acercaba a Ramón. El hombre que se había presentado como Miguel se acercó a mí y cuando el hombre cetrino miró de nuevo pudo ver que estábamos juntos. Rosa volvió al fin.
—¿Puedes volver dentro de una semana? Hablará contigo entonces.
—¿Me aceptará entonces? —pregunté—. Dile que sé dibujar.
—No estoy segura —dijo ella—. No lo sabe. Tienes que volver la semana que viene.
La catedral acaba de dar la medianoche y ya no hay más persianas que bajar. Se acabó el día. Mañana volveré al libro de gramática que compré.
Mañana aprenderé más verbos. Pero esta noche no hay ningún sitio para mí en esta ciudad más que este dormitorio lúgubre de este pequeño hotel.
Ninguna gramática me servirá de nada hasta mañana. Duerme, esposo mío, duerme tranquilo. No volveré. Mi hijo duerme en Irlanda y yo no volveré.
Me meteré en la cama. Dormiré. No volveré. Pensaré en el futuro hasta que me quede dormida.
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