El sur

Colm Tóibín · Capítulo 20 de 20

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El sur

Carretera de Dublín

Camino de Dublín. Abril. Michael Graves encendió un cigarrillo para Katherine y se lo pasó.

—¿Por qué no aprendes a conducir? —le preguntó ella.

—Soy demasiado viejo.

—Te gusta demasiado llevar la contraria.

—Me gusta demasiado llevar la contraria.

—A veces me canso de conducir. Me duele la espalda. Somos demasiado viejos los dos. Por eso me gustaría que condujeras tú también.

—Me gustaría ser de nuevo doncella —canturreó él—. Pero no volveré a ser una doncella hasta que crezcan cerezas en las hiedras.

Habían entregado todos los cuadros en la galería de Dublín hacía dos semanas. Dieciséis lienzos grandes enmarcados y listos. Llenarían las dos salas de la planta de arriba de la galería. Abajo podrían colgar algunas de las acuarelas de Ballyconnigar: las escenas pequeñas y humildes de playa, mar y cielo, tenues, casi incoloras. No declaraban nada, no intentaban nada nuevo, no podían desagradarle a nadie. Eran efectivas; tenían soltura.

Las otras obras eran más grandes y más arriesgadas. Tenían pocas posibilidades de éxito. Katherine no había visto los cuadros enmarcados y colgados en la galería. Había dejado que se encargaran de eso otros.

—Estoy nerviosa —dijo—. ¿Te acuerdas cómo se ponía Miguel? Pues me siento igual. La semana antes de una exposición, Miguel me recordaba siempre a un perro que busca un sitio para esconder un hueso, aunque solo tuviera un cuadro en la exposición. No podía estarse quieto. Tú nunca te ponías así.

—Yo nunca he puesto tanto de mí mismo en un cuadro como Miguel o como tú. A mí solo me preocupaba lo que se vendería —dijo él.

—He puesto tanto en estos cuadros, que tengo la sensación de que me he quedado sin nada. De que me he quedado vacía. Quizá debería haber dejado algo.

Gorey, Arklow. Ahora el cielo estaba completamente despejado. Habían sido varias semanas sin nada que hacer. Habían ido aflorando recuerdos extraños y había vuelto Miguel a su pensamiento, posesionándose de ella, casi hablándole a veces. Un día le habló de ello a Richard y, una vez planteado el asunto, lo analizaron exhaustivamente. A veces, si habían hablado a la hora de comer y él había tenido que irse, volvía al anochecer con preguntas. Quería saber cuándo habían pasado las cosas, si había pasado una antes o después de aquella otra, en qué año, cuáles habían sido los resultados y las consecuencias de los diversos hechos. Katherine dejó vía libre a sus sentimientos, le contó lo que había pasado, adónde habían ido, lo que habían hecho, lo que había dicho Miguel, cómo era, anécdotas, sucesos inconexos, días. Después, él quiso que los completara, que les añadiera el sentimiento, el colorido. ¿Lo amabas entonces?, le preguntaba, por ejemplo. O ¿cómo te sentiste cuando ocurrió eso? O ¿qué pensabas entonces? Y se trataba de cuestiones complejas.

—Va a hacer un gran día. Pronto estarás nadando —dijo Michael Graves. Pasaron por Rathnew.

—Pero hoy no —repuso ella—. Me da miedo ir a ver los cuadros. No me da miedo la inauguración. Eso será soportable. Habrá personas con las que tendré que hablar. La galería estará llena de gente. Desconocidos, lo que es mejor incluso. Y correrá el vino. No, lo que me da miedo es ver los cuadros.

—Tomemos algo antes —dijo él.

—No sé. Eso podría empeorar las cosas.

Newtownmountkennedy. Bray. Richard y Deirdre harían el mismo recorrido más tarde para asistir a la inauguración. No habían estado en ninguna antes. Katherine se alegró cuando comentaron que no se quedarían mucho rato; no quería ser responsable de nadie más. Tenía que preocuparse de Michael y de sí misma.

—¿Qué quieres hacer? —le preguntó.

—¿Te refieres a hoy?

—Sí.

—Lo que te apetezca a ti.

—Quiero que vengas conmigo ahora a la galería.

—Vale.

—Quiero que comas conmigo.

—Vale.

—Luego iré a casa y nos veremos después en la galería. Tengo que lavarme y cambiarme de ropa.

Dejó el coche en la calle Nassau, y doblaron la esquina rumbo a la galería. Era casi la hora de comer, las calles estaban llenas de gente. Entró en la galería de la calle Dawson con la sensación de quien está esperando noticias: ¿Qué aspecto tendrían? Lo de abajo, ver las acuarelas, fue fácil, ya sabía que lo sería.

—Venderás estos sin problema de todos modos. Yo mismo compraría uno si tuviera dinero —dijo Michael.

Habían colgado seis de los cuadros grandes en la sala delantera de la galería Taylor. Lo que le asombró al verlos de nuevo fue la densidad de la pintura, el trabajo que contenía cada obra, las muchas decisiones que había tomado, trabajando sin descanso cada nuevo cambio en la tela de una forma que sería irrepetible. Y, sin embargo, algunas pinceladas se habían dejado allí sin ningún esfuerzo.

Los cuadros dominaban la sala; eran todos del mismo tamaño y representaban más o menos el mismo paisaje. Pero el colorido era distinto; había simplemente una atmósfera y una forma en cada cuadro, la sensación de un río que pasaba por campos bien cultivados, la sensación de horizontes similares que ilustraban el mismo lugar.

El efecto en la sala de atrás era incluso más fuerte.

—¿Qué te parece? —preguntó a Michael, volviéndose hacia él.

—Me parece que son buenos —dijo él, sonriendo.

—Vámonos antes de que nos vea alguien —dijo ella.

Volvieron caminando por la calle Nassau hacia Lincoln Place.

—Hacía mucho que no venían por aquí —dijo la camarera cuando entraron en Bernardo’s.

—Habrá una mesa libre, ¿no? —preguntó Katherine.

La camarera les indicó una junto a la pared, y se sentaron.

—Ya estamos otra vez aquí —dijo Michael—. ¿Qué tomamos?

Se acercó la camarera y Katherine pidió.

Después de comer, tomaron café y licores. Volvieron caminando al coche.

—Hasta luego —le dijo ella.

Bajó en el coche por los muelles hasta Blackhall Place y luego subió hacia casa.

El silencio de la casa. Le sorprendió que hubiera silencio en la casa cuando cerró la puerta. Apoyó la espalda en ella y escuchó. Eso era lo que había conseguido: la capacidad de apreciar las sutilezas del silencio, el gozo sereno de que hubiera silencio cada vez que cruzaba la puerta. Subió al dormitorio interior, se quitó la ropa y se puso la bata y las zapatillas. Tenía tiempo para descansar, darse un baño, escuchar un disco, pensar. Sacó zumo de naranja de la nevera. Se tumbó en el sofá con la cabeza apoyada en un cojín.

Debía de ser en marzo cuando llegaron por primera vez a Llavorsí. El aire era cortante y gélido incluso a primera hora de la tarde, no se parecía a ningún aire que hubiera respirado antes, y el arroyo estaba crecido por el deshielo reciente. Parecía algún lugar cerca de los confines del mundo tras las siete horas extenuantes en el autobús desde Barcelona, sube que te sube, vueltas y más vueltas por las estribaciones de los Pirineos. Era mediodía cuando llegaron a la cumbre tras una subida aún más empinada de una hora y ella había visto el valle allá abajo por primera vez, fértil como una tierra prometida.

Aquel día le daba miedo tocar a Miguel o hablar con él. La tensión entre ellos durante el viaje le había recordado la atmósfera violácea de Barcelona antes de la tormenta: la tensión violenta mientras esperabas la lluvia. Le recordó los viajes, la sensación del primer día que estás en un lugar desconocido, caminando por las calles de Londres, París, Barcelona.

Le recordó las mañanas en Barcelona cuando no había dormido o había dormido solo dos horas y lo único que necesitaba era un pequeño contacto físico antes de sumirse en un sueño ligero de un día.

Su pensamiento empezó a vagabundear por la época anterior al nacimiento de Richard, poco después de casarse, y era verano, uno de esos

días de verano bellos y espléndidos de Enniscorthy. No había dormido nada, no recordaba exactamente por qué motivo, y era temprano aún, las diez o las diez y media de la mañana. Recorrió los prados buscando a Tom; al principio su búsqueda era despreocupada, casi indiferente, pero a medida que seguía buscándole y no le encontraba empezó a preocuparse hasta el punto de ponerse casi frenética. Le llegaba el olor de la hierba caliente aquel día, después de tantos años aún era capaz de oler la hierba caliente. Y

cuando le encontró, no sabía qué decir. Él estaba en la entrada con unos jornaleros y le llamó.

—Quiero hablar contigo.

—¿Ahora?

—Ven conmigo a casa.

—Ahora no puedo. Tengo cosas que hacer aquí.

—Tienes que venir ahora. Tienes que venir ahora. Tienes que venir ahora —le había suplicado.

Él le preguntó qué pasaba, pero ella insistió en que volviera con ella y se lo explicaría.

—Vamos arriba —le dijo cuando llegaron.

—¿Qué pasa? —le preguntó con una sonrisa, un poco desconcertado.

Se acercó a él; casi no podía respirar.

—Son las doce de la mañana —dijo él.

—Quiero hacer el amor —dijo ella.

Él se apartó de ella y empezó a desabotonarse la camisa. La blancura de su espalda desnuda destacaba aún más porque tenía los brazos y el cuello rojos. Ella ya estaba desnuda detrás de él. Se llevó las manos a los pechos y los apretó. Solo la respiración de ella rompía el silencio. Él se quedó de pie un momento desnudo y ella se acercó y lo abrazó. A los pocos segundos le cogió de la mano y le llevó a la cama. Parecía más pesado y más grueso a la luz del día. Cuando le cogió el pene y lo apretó, él jadeó un segundo y le pareció que le clavaba con las manos en la espalda como si le estuviera haciendo daño. Se le echó encima y cuando ella intentó meter el pene, se lo impidió. Se quedó sobre ella sin entrar y la besó despacio en los labios. Ella percibió cierta ansiedad en él, una especie de fatiga, pero aún había algo que le obligaba a seguir. Ella mantenía una mano abajo entre las piernas y

se frotaba con los dedos, haciendo lo que él nunca le haría. Al poco rato, entró y le acarició los pechos y empezó a moverse. Ella seguía con una mano abajo y cogiéndole por el cuello con la otra. Cuando él empezó a eyacular le oyó respirar más deprisa y gemir un momento como si le doliera. Llegó al orgasmo después de él y se puso a gritar como si le hubiera dado un ataque.

—No hagas ruido —le dijo él—. No hagas ruido.

Se vistió en silencio como si fuera por la mañana temprano y no quisiera despertarla. Ella no alzó la vista cuando la acarició un momento en el hombro antes de marcharse. La dejó sumirse en un sueño largo y satisfecho. Pero luego, durante varios días, procuró no estar en el dormitorio cuando estaba ella allí y de noche se quedaba quieto en su lado de la cama; era como si le tuviera miedo.

Sobre la repisa de la chimenea de su casa de Dublín colgaba La hamaca, el cuadro que le había comprado hacía casi treinta años a Ramón Rogent. Su antiguo maestro; había conservado aquel cuadro para recordarle a él y su taller de Puertaferrisa. La pintura conservaba aún una fuerza que ella no había sabido apreciar durante muchos años, cómo había delineado la textura de la hamaca empleando todos los colores del arco iris: amarillo, rosa, rojo, negro, blanco. Y el estampado intrincado y vistoso del vestido de la mujer, y la colina al fondo. Pero lo dominaba todo la intensa luz de Mallorca, mucho más intensa que la de Cataluña, el alma extraída de cada color, dejando solo su cuerpo duro y muerto brillando como granito.

Ramón había muerto; y Tom; y Miguel. Y aquel era un día normal y corriente entre los días que tenía asignado, durante el tiempo que siguiese viva, un día en el que vivirían todos con ella, todos los fantasmas.

Pidió un taxi por teléfono para ir a la galería después de haberse bañado y vestido. Dublín estaba tranquilo; el muelle estaba desierto.

John Taylor, el director de la galería, le presentó al hombre que haría el discurso, el hombre del Arts Council. Era mucho más joven de lo que ella había imaginado.

—¿Has llegado de Enniscorthy esta mañana? —le preguntó.

—Sí, hemos venido en coche.

—¿Vienes con frecuencia a Dublín?

—Vivo en Dublín —dijo ella, y se dio cuenta de que el hombre parecía pendiente de alguien que acababa de llegar. Se excusó y fue a la sala interior, donde encontró a Michael Graves.

—¿Conoces a alguien? —le preguntó.

—No —murmuró él.

—Vamos a tomar algo, podemos volver más tarde —propuso ella.

—No puedes hacerlo.

—Claro que puedo. Creo que voy a marearme.

—¿Te encuentras bien?

Se quedó a su lado y la ayudó a aguantar y a apoyarse en la pared.

—Creo que estoy bien —se llevó las manos a la cara—. Me siento fatal

—dijo.

—Ve abajo —le pidió luego—. Mira a ver si han llegado Richard y Deirdre.

Michael se fue y ella se quedó allí apoyada en la pared. Sentía en la cabeza los latidos del corazón.

Se le acercó un individuo y le dio la mano.

—Encantado de volver a verla —le dijo.

Ella sonrió. Algunas personas se volvieron a mirarla cuando cruzó la galería, que estaba llenándose de gente, hacia donde estaba Michael con Richard y con Deirdre. John Taylor le llevó una silla y un vaso de agua.

El hombre del Arts Council se presentó y empezó a hablar.

—¿Cómo se llama? —le preguntó Deirdre en un susurro.

—No lo sé. Creo que es irlandés —contestó Katherine—. Un nombre irlandés.

El presentador habló un rato sobre Irlanda y España y acabó hablando de la destreza y el talento de Katherine. Ella se acercó a darle las gracias cuando terminó.

Michael le presentó a un crítico de un periódico dominical que quería conocerla.

—¿Conoces a toda esta gente? —preguntó ella en un tono más agudo de lo que se proponía.

—Sí, creo que sí —contestó él.

—¿Quiénes son todos? ¿Qué hacen?

—¿No los has invitado tú?

—No, la galería. No tengo nada contra ellos. Solo quiero que me digas quiénes son.

—Algunos son pintores, otros son compradores, y otros sencillamente van siempre a las inauguraciones; les encantan.

—¿No es curioso? —preguntó Katherine mirando a Michael.

Fueron con Richard y con Deirdre al hotel Royal Hibernian, tomaron allí algo y se despidieron en la escalinata. Michael dijo que quería ir al pub de Larry Tobin de la calle Duke.

—¿Voy a ser millonaria? —preguntó Katherine a John Taylor cuando se sentaron en el pub.

—Las acuarelas se venden muy bien —contestó él.

—¿Y los óleos no?

—No tanto, por ahora.

Se les unió en el bar un grupo de personas a las que había conocido antes con Michael. Hablaban de la exposición de Katherine.

A las diez, ella quería marcharse, pero seguían las conversaciones a su alrededor. Llegó más gente y se marcharon algunos. Cada vez que quería marcharse le servían más coñac.

—Michael, ahora me marcho. No puedo seguir bebiendo.

—No, espera un momento.

—No he comido nada.

—Te traeré un emparedado. —Fue a la barra y volvió con un emparedado de jamón y un poco de mostaza.

—Voy a marcharme enseguida. De verdad.

Se quedaron parados los dos en la calle.

—Subiré andando hacia el Green contigo. Cogeré un taxi.

—¿Quieres ir a comer algo?

—No, quiero irme a casa. Llámame mañana. Estoy agotada.

—No soporto irme a casa solo —dijo él.

—Nos veremos por la mañana.

—La exposición estaba muy bien.

Ella suspiró.

—Pero ya ha pasado, ¿verdad? Ahora tengo que hacer más obra.

Subió al taxi y bajó la ventanilla.

—¿Por qué no vas a casa por la mañana y desayunamos juntos?

Él sonrió y se alejó.

Katherine pidió al taxista que parara al final de la calle Grafton. Le dio dos libras y le dijo que la perdonara pero que quería caminar. Hacía una noche espléndida. En la calle Westmoreland había muchísima gente que iba a una discoteca. Siguió el curso del río y cruzó el puente Halfpenny. De noche río abajo el único sonido que se oía cuando no pasaban coches era el golpeteo de los cabos contra los mástiles. Se oían algunas sirenas de alarma en los muelles y el estruendo de una ambulancia al fondo. Miró el río, el agua negrísima y luego la otra orilla, Adam and Eve’s frente a Four Courts.

Michael Graves estaría en aquel momento metiendo la llave en la cerradura de su piso de la calle Hatch, afrontando una noche más.

Entró por Blackhall Place y subió caminando, pasó la Incorporated Law Society hacia Manor. Subió por Aughrim. Las nubes pasaban raudas sobre la luna llena. La luna llena que brillaba sobre el Fenix Park.

Cuando llegó al final de Carnew vaciló un momento al ver que había alguien sentado en su portal. Le reconoció cuando se preguntaba si debería avisar a algún vecino.

—Creí que eras un fantasma —sonrió—. ¿Qué haces aquí?

Michael Graves se levantó.

—¿Dónde estabas? Creí que tendría que pasarme toda la noche aquí sentado. He venido en taxi.

—Yo he paseado, pero no esperaba encontrarte aquí. Estaba pensando en ti.

Abrió la puerta y dio la luz de la sala.

—Schubert —dijo él.

—¿Qué Schubert?

—Uno que pones siempre.

—Espera. Prepararé antes algo de beber. ¿Qué quieres? ¿ Whisky, coñac, ginebra, Harp?

—Tomaremos tónica con ginebra los dos, con un montón de hielo.

—El fuego está preparado, solo tienes que encenderlo.

Cuando Katherine volvió a la sala con un vaso de tónica con ginebra grande para cada uno, Michael había echado las cortinas y encendido una lámpara. Estaba mirando el cuadro de Ramón Rogent que había sobre la repisa de la chimenea.

—Es perfecto —dijo ella.

Él se sentó en una butaca y ella en un taburete a su lado y se quedaron los dos mirando el fuego.

—Esta ginebra es espléndida —dijo él, moviendo el vaso y haciendo tintinear el hielo.

—Sigues siendo un misterio —le dijo ella—. No te conozco, pero de todos modos te quiero. Es verdad. Te quiero.

Él apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y alzó el vaso sonriendo.

Miró el fuego un momento, y luego se volvió a mirarla de nuevo a ella.

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