El sur

Colm Tóibín · Capítulo 3 de 20

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El sur

La casa

Unas semanas antes de marcharse de Irlanda, Katherine se sentó una tarde a contemplar la claridad azul tormentosa que caía sobre el río y sobre los campos que había entre la casa y el río. Contempló el cielo plomizo, sintiendo la humedad del aire fuera, sabiendo que por muy atentamente que contemplara aquella escena, la estudiara y pensara en los colores, nunca conseguiría plasmarla bien.

La simplificaba. Dejaba fuera la quietud, la luz condensada del cielo encapotado. Amontonó las nubes en acuarela sobre la hoja de papel, destacó la textura, el gris y el negro y el blanco grisáceo. Se interrumpió, lo dejó y volvió a la ventana.

Reparó en una figura que subía por el sendero de la carretera. Una mujer que caminaba con dificultad, alguien que no conocía; alguien que andaba pidiendo, tal vez, o buscando leña. Volvió a mirar la acuarela para ver si podía incluir la figura de la mujer, pero la escala era demasiado pequeña, la figura solo podría ser una pincelada, una mota.

Se concentró en su obra y se olvidó de la mujer. La recordó más tarde, bastante más de una hora después, cuando una de las chicas de la cocina subió a decirle que había una mujer en la puerta de atrás que quería verla y que no se iba.

—¿Quién es? ¿La conoces?

—Es de fuera.

—¿Qué quiere?

—No va a decirlo.

—Dile que ahora estoy ocupada.

La chica vaciló un momento, como si fuera a decir algo, pero se dio la vuelta y salió de la habitación.

El cielo se cernía amenazador sobre el río. Katherine se acercó otra vez a la ventana y volvió a estudiar la escena; había una cama en el rincón y un armario ropero doble y pesado junto a la pared, pero la alfombra estaba

enrollada cuidadosamente y las paredes estaban cubiertas de pinturas, los frutos de su trabajo, como decía ella. La habitación estaba abarrotada de cosas y desordenada, al contrario que el resto de la casa; la palangana estaba llena de tarros de mermelada y pinceles y el trabajo a medio terminar ocupaba todo el suelo.

Empezó a lloviznar, primero una lluvia suave, como el sonido del viento, y luego se abrieron las nubes y la lluvia golpeó la ventana, se oscureció el cielo y la habitación se llenó de sombras. Ella se quedó mirando la ventana, concentrada en las gotas de lluvia que golpeaban el cristal y caían; siguió allí hasta que llegó la hora de lavarse, vestirse y abandonar su mundo privado.

Encontró a Richard sentado a la mesa con un amigo cuando entró en la cocina; los dos muchachos tenían los cuadernos abiertos y estaban haciendo los deberes.

—¿Podemos tomar un poco de naranjada? —le preguntó su hijo al verla.

—Antes de cenar no —le dijo, y se acercó al fogón a ver lo que se estaba haciendo.

—¡Mary! —llamó en la antecocina—, ¿puedes dorar un poco esas patatas cuando estén hervidas?

Mary entró en la cocina y la miró nerviosa, recelosa casi.

—Qué día tan espantoso —comentó ella.

—Esa mujer sigue ahí, señora —le dijo la chica.

—¿La mujer?

—Es de los Kenny, señora.

—¿La ha visto mi marido?

—Él no querría hablar con ella.

—¿Es una mendiga?

—Oh, por Dios, no, no, qué va, señora.

—¿No le has dicho que estoy ocupada? Los chicos todavía no han cenado. ¿Está mi marido en la sala?

—Se va a morir ahí afuera —dijo Mary, señalando la puerta.

Katherine vio a la mujer de nuevo al día siguiente desde la ventana. Era un día borrascoso y estaba trabajando en su habitación con lápiz y ceras

sobre papel, dibujando los árboles deshojados, los abedules y los alerces de la otra orilla del río, con un cielo de densas nubes blancas como fondo.

Empezaría a pintar la escena después, de momento trazaría líneas y perspectivas, la sobriedad de lo que había allí afuera.

Por la tarde la dejaban sola; no podía entrar nadie más que Richard, que a veces iba y se quedaba observándola, pero se aburría y se ponía a revolver en la pintura y tenía que mandarle abajo.

En general, no la molestaba nadie, así que le irritó que llamaran a la puerta por segundo día consecutivo y se enfadó al ver a Mary entrar en la habitación.

—No quiere marcharse, señora. No consigo que se marche.

—¿Sabes lo que quiere?

—No querrá decir nada, señora, solo que quiere verla.

Miró hacia fuera, al cielo, se acercó a la ventana y se quedó parada allí.

—No sé quién le habrá dicho que venga.

Mary esperó en la puerta, con una expresión triste y retraída. Se hizo un silencio.

—Bajaré —dijo Katherine—. Bajaré ahora mismo.

Cuando abrió la puerta de atrás la mirada de la mujer era penetrante y hostil. Katherine no dijo nada.

—Conocí bien a su padre, señora, y a todos los de antes. Nunca hicimos ningún mal aquí.

—Perdone, pero no entiendo por qué ha estado esperando para verme.

Pasó por allí uno de los trabajadores de la granja mientras hablaban y Katherine se sintió de pronto violenta por estar allí plantada. Él se paró un momento a mirarlas, y luego siguió su camino.

—Lo siento, pero tendrá que decirme qué es lo que quiere, estoy ocupada en este momento.

—Ahora nos arruinaremos. Esto nos arruinará —le dijo la mujer.

—No entiendo.

Después de cenar, cuando Richard ya se había acostado, Katherine le dijo a su marido lo que había oído. Chisporroteaba un leño en la chimenea,

rezumaba espuma de él y borboteaba en la llama; estaban los dos sentados mirando el fuego.

—Dice que vamos a demandarlos. Tienen unos prados que lindan con los nuestros cerca de Marshalstown. Sé quién es, no la identifiqué al principio, pero la conocí hace años. Su familia ha sido siempre muy pobre.

—Son un maldito engorro —dijo Tom—. Dejan que entre el ganado en nuestra tierra año tras año. Voy a acabar con esto de una vez.

—Seguro que ya los has asustado bastante —dijo ella—. Creo que deberíamos dejarlo ya.

—Esta vez van a pagar.

—Son muy pobres. Siempre lo han sido, y están muy mal las cosas ahora, ¿no crees? Esa casa ha estado siempre llena de niños.

—Voy a llevarlos a juicio de todas formas —dijo él. Su voz le llegó como un golpe sordo en la habitación escasamente iluminada. Le resultó de pronto odiosa.

—No podemos hacer eso.

—¿Por qué no? Estamos haciéndolo.

—Dejan que entre el ganado en la cebada. ¿Es tan grave eso?

—Lo hacen todos los años. Piensan que somos una presa fácil.

—Son nuestros vecinos, sabes.

—Son nuestros malos vecinos —dijo él.

—La mujer estaba muy afectada. No quiero seguir adelante con el asunto.

—Vamos a seguir adelante.

—A pesar de mis deseos.

—Sí, aunque no los conocía hasta ahora.

—Ahora sabes lo que pienso.

—Lo sé.

Tom cruzó la estancia hasta la mesa y volvió con un periódico; lo abrió y se puso a leer.

Katherine no estaba dormida cuando él entró en el dormitorio. No se movió, pero cuando él salió al pasillo para ir al cuarto de baño, se incorporó, cerró la puerta y apagó la luz. Tom dio la luz cuando volvió, y

Katherine se quedó quieta. Cuando se incorporó, él estaba sentado en el borde de la cama quitándose la camisa.

—¿Has apagado tú la luz? —le preguntó.

—Sí, estoy cansada y la luz no me deja dormir.

Le oyó quitarse la camiseta y dejar caer al suelo un zapato y luego el otro. Sacó el pijama de debajo de la almohada.

—Quiero hablar contigo de nuevo sobre el juicio de los Kenny —le dijo.

Él cruzó la habitación para apagar la luz.

—Deja la luz encendida —le dijo ella. Alzó la vista. Estaba parado en medio de la habitación.

—Creía que estabas cansada.

—Quiero que retires la denuncia.

—¿Por qué?

—Siempre hemos tenido buenas relaciones con nuestros vecinos.

—Por eso os quemaron la casa —dijo él. Seguía plantado en medio de la habitación como si se dispusiera a apagar la luz en cualquier momento.

—Eso no lo hizo nadie de por aquí. Los alborotadores vinieron del pueblo —dijo ella.

—Nadie sabe quién lo hizo. Pudo haber sido cualquiera.

—Todo eso ya no importa. Fue hace años. Tú no estabas aquí entonces.

—Podríamos arreglárnoslas sin algunos de nuestros vecinos —dijo él.

—Y ellos sin nosotros —dijo ella, riéndose. Él se dispuso a apagar la luz.

—No apagues la luz, Tom. No he terminado. Quiero que esto se pare,

¿entiendes? No sé si ha quedado claro. Y si mi padre viviera, también querría que parase.

—Las tierras son tuyas, ¿es eso lo que quieres decir? Yo no tengo derecho a tomar decisiones, ¿es eso lo que quieres decir?

—Tú no entiendes este lugar —dijo ella.

—Es evidente que tu padre y tú tampoco lo entendíais muy bien. No me parece que haya mucho que entender, aparte del hecho de que esa tierra es nuestra y que no queremos que nuestros vecinos se metan en ella.

—No creo que te hayas parado a mirarla nunca —dijo ella.

—Soy yo el que lleva esto y tomaré las decisiones que haya que tomar.

—Te aconsejo que no lleves a nuestros vecinos al juzgado de Enniscorthy. Creo que sería un error.

—No te entrometas, Katherine.

Los días se hicieron templados y luminosos, el último respiro antes del invierno. Katherine recorría el sendero desde la puerta de atrás hasta el río; el sendero estaba cubierto de hojarasca en descomposición. La casa parecía sólida y tosca a la luz de la tarde otoñal, angulosa en el aire templado.

Cuando vio a Tom caminando hacia ella tuvo miedo un instante, pero en cuanto se dio cuenta de por qué era, sintió una resolución apremiante y firme.

—¿Ya lo has solucionado? —preguntó en cuanto se encontraron.

—No lo pongas todo tan difícil, Katherine.

Ella dio la vuelta y regresó con él hacia la casa.

—Yo no estoy poniendo nada difícil —dijo—. ¿Les has dicho que dejen el asunto?

—No, no lo he hecho.

—Entonces lo haré yo.

—No le des tanta importancia a esto. No tienes ningún motivo para hacerlo.

Esa noche Tom, al acostarse, se rozó con ella y cuando ella se volvió dándole la espalda la abrazó y la besó en el cuello. Sintió la presión del pene erecto.

—No, Tom, no —le dijo, y se retiró hasta el borde de la cama. Él se dio la vuelta sin decir nada. Ella se dio cuenta enseguida por su respiración que se había dormido.

Se acercaba el día del juicio y la mujer volvió a la casa otra vez, la esperaba fuera, en la puerta de atrás. Esperó allí dos días seguidos hasta el oscurecer. Katherine seguía trabajando en su cuarto; le agradaba poder evadirse cuando iba en coche al pueblo a buscar a Richard a la escuela.

Notaba la presencia hostil de la mujer cuando volvía, sabiendo que todos los de la casa estaban también al tanto de su presencia y que sabían por qué estaba esperando.

Quiso por una vez que Richard estuviera con ella en su cuarto de trabajo; no le importaban sus preguntas… ni su torpeza. Jugó con él a doblar una hoja de papel y le dejó dibujar la mitad de una figura mientras ella añadía la otra mitad.

Cuando el niño subió a acostarse, empezó a leerle un cuento, pero él dijo que le aburría. Le prometió que le compraría un libro nuevo. Se sentía protectora con él, pero el niño parecía incómodo con ella. Se dio la vuelta y le dijo que quería dormir. Katherine volvió abajo. Tom estaba en su despacho, revisando las cuentas.

—Esa mujer ha vuelto hoy —dijo ella.

—Sí, la vi fuera, le dije que si volvía a verla aquí llamaría a los guardias.

—¿Has tomado una decisión? —preguntó ella.

—El juicio se celebrará el miércoles. Creo que conseguiremos una indemnización muy buena. Todos los documentos están en manos de los procuradores.

—Si sigues adelante con este asunto, yo me marcho.

Bajó la vista hacia él, sentado en el círculo de luz de la lámpara del escritorio.

—No hagas amenazas —le dijo él sin alzar la vista.

—Si cambias de idea dímelo —dijo ella, y volvió al salón y se sentó junto al fuego.

Tom se había marchado cuando Katherine despertó el miércoles por la mañana. Bajó a la cocina y Richard ya había terminado el desayuno. Estaba esperando que un vecino le recogiera para ir a la escuela.

—¿Sabes dónde está mi marido? —le preguntó a Mary.

—Tenía un asunto en el pueblo. Se marchó hace una media hora.

—¿Dijo cuándo volvería?

—No volverá hasta la noche.

Katherine comprendió que Mary estaba enterada del juicio que se iba a celebrar aquel día.

Se sentó a la mesa de la cocina con Richard hasta que oyó los bocinazos. Entonces salió con él a la mañana nublada. Dijo adiós con la

mano mientras el coche se alejaba. Y cuando volvió a la cocina, se dio cuenta de que Mary la observaba.

—¿Puedes poner el calentador? Voy a darme un baño —le dijo.

—Creo que ya debe de estar bastante caliente —contestó Mary.

Katherine subió al cuarto de baño helado y mientras se llenaba la bañera se desnudó y se examinó atentamente en el espejo de cuerpo entero que habían salvado de la antigua casa después del incendio. Se miró los pechos, el vientre y el cuello. No veía indicios de que tuviera ya treinta y dos años; desde que se había casado era como si se hubiera congelado, como si su piel blanca y las curvas de su cuerpo se hubieran contenido a la espera de algo.

También él, su marido, debía mirarse al espejo y debía pensar que parecía mucho más viejo y que era un extraño en aquella casa; y debía haberse preguntado por qué se había casado con él.

Se sentía cansada por la humedad y por haber dormido más de la cuenta; no conseguía decidir qué hacer. Se encontraba cada poco a Mary o a alguna de las chicas de la cocina a lo largo de la mañana y tuvo que dejar de pensar en cómo eludirlas. Se sentía prisionera; si usaba el teléfono, alguna de ellas podría oír la conversación por la extensión. Se fue a su cuarto de la planta de arriba a planear cómo se marcharía.

Cuando vio subir un Anglia por el camino reconoció al repartidor del pueblo. Comprendió entonces lo fácil que iba a ser. Bajó enseguida a la cocina y le preguntó si podía llevarla al pueblo. Mary la miró con expresión burlona, casi crítica.

No se llevaría nada de ropa. Se marcharía solo con el pasaporte y un poco de dinero. Abajo, encontró las llaves del despacho sobre la puerta, sabía dónde se guardaba el dinero y cogió lo que había en el cajón sin contarlo. Muchos billetes irlandeses de diez libras y algunos ingleses de veinte.

—Tengo que hacer una o dos paradas en el camino —le dijo el repartidor al arrancar el coche.

—Muy bien —dijo ella.

—Supongo que va al juzgado —comentó él—. Supongo que va a ver el juicio. No durará mucho. Es un caso clarísimo.

»Los Kenny son gentuza —prosiguió—. No puede confiar uno en ninguno de ellos. Son capaces de robarte los ojos de la cara si te descuidas

—soltó una risotada y repitió la frase—. Eso es lo que harían.

Se desvió a la derecha de la carretera principal y subió por un sendero.

—Será solo un momento —le dijo cuando paró el coche. Salieron corriendo de la casa varios perros pastores, ladrando fuerte mientras él llevaba una caja de víveres hacia la casita encalada.

Ahora estaba atrapada allí. Podrían cruzarse con Tom en la carretera.

Imaginó que se encontraban sus miradas y que Tom le indicaba al repartidor que parase y que ella tenía que bajar del coche como si fuese una prisionera para volver a la casa como si no hubiera pasado nada.

Esperó. El repartidor salió con una mujer madura con delantal que se quedó allí plantada protegiéndose los ojos del sol mientras el repartidor se acercaba al coche.

—Ya tiene el té en la mesa —le dijo.

—¿Qué?

—El té está caliente y la mesa puesta —dijo él—. Y no aceptará que le diga que no.

La mujer los miraba desde la puerta de la casa.

—Lo siento, pero he cometido un error viniendo con usted, mi marido me estará esperando. Supongo que debería habérselo explicado —le dijo Katherine en tono cortante. Él siguió allí parado junto al coche. Ella añadió

—: ¿Podría decirle a la mujer que no tengo tiempo, y que gracias?

El repartidor no abrió la boca hasta que estaban cerca del pueblo.

—Yo diría que será un caso clarísimo, señora.

—¿Puede dejarme cerca del hotel, en el puente quizá, si le va bien?

—Pero ¿no va al juzgado? —Parecía decepcionado. Cruzó el puente y la dejó a la puerta del hotel.

Katherine esperó en el vestíbulo hasta que supuso que se habría marchado. Entonces se atrevió a salir a Templeshcannon y subió hasta dejar atrás la fábrica de bacon camino de la estación de tren. Pensó detenidamente en las posibilidades que tenía. Esperaría allí a que pasara el primer tren para Dublín. Esperaría horas si tenía que hacerlo. A Tom nunca se le ocurriría ir a buscarla allí. Podía ir al sur, a Rosslare. Pero no sabía si

funcionaba aún el transbordador, ni conocía el horario, y no quería preguntarlo en la estación. Sería más fácil comprar un billete para Dublín.

Era la una en punto; el juzgado cerraría a la hora de comer, imaginó, y Tom volvería a casa en coche y descubriría que no estaba y podría descubrir luego que faltaba el dinero. Según el letrero de la estación, había un tren para Dublín a las tres menos veinte. Miró a ver si había algún anuncio con los horarios de los transbordadores a Inglaterra, pero no vio nada. Tendría que dejarlo al azar.

El cielo se estaba oscureciendo sobre el río. Katherine entró en la sala de espera y se sentó, deseosa de que pasaran de una vez las próximas veinticuatro horas. Imaginó que habían pasado ya, como por arte de magia.

Volvió a repasar las veinticuatro horas anteriores, pensó en lo largas que le habían parecido. Consultó el reloj. Solo habían pasado cinco minutos. Salió y se quedó en el andén hasta que apareció un maletero con un carro de paquetes de la oficina.

Tenía tiempo para coger el tren que la llevaría al transbordador de Dun Laoghaire, le dijo. Llegaría a Londres a primera hora de la mañana.

El mar estaba en calma aquella noche, y el barco medio vacío. Intentó dormir en el tren que cruzaba Inglaterra, pero no tenía dónde apoyar la cabeza y cada vez que conseguía quedarse dormida, despertaba sobresaltada. La noche se le hizo eterna.

Marcó el número de su madre en una cabina de la estación de Euston.

Contestó inmediatamente, a pesar de lo temprano que era, con voz alegre y despierta.

—¿En Londres? ¡Estupendo! Ven a verme.

—Pensaba ir ahora mismo.

—Ven cuando quieras. Me encantará verte. —Su madre no parecía muy entusiasmada. No la invitó a quedarse, sino que más bien hablaba como si Katherine se propusiera ir solo a tomar el té con ella. Durante las largas noches y las angustias de las últimas semanas nunca se le había ocurrido pensar cómo recibiría su madre la noticia de su llegada.

Cogió un taxi para ir a casa de su madre. Ya no estaba cansada, pero necesitaba cambiarse de ropa y darse un baño. Las calles estaban

despejadas en la mañana gris, la ciudad aún dormía. Salió a abrirle su madre, ataviada como para un gran acontecimiento.

—Cuéntamelo todo —le dijo.

—Tendrás que dejar que me quede aquí.

—¿Le has dejado? Estupendo, me alegra que lo hayas hecho.

Katherine se lavó y se cambió de ropa. Se sentaron en una salita que daba al jardín, que recogía toda la luz que llegaba del sol. Su madre volvía una y otra vez a la historia de la mujer que subía por el camino de la casa para implorar a Katherine que no siguiera adelante con el juicio.

—¡Lástima que no haya venido contigo! —le dijo, riéndose—. Una gran vaca irlandesa asediándote. Me alegra tanto que hayas venido.

En los días que siguieron Katherine empezó también a reírse.

—¿Cómo hablaba exactamente? —le preguntó su madre; pero el intento de Katherine de imitar el acento de la mujer era tan inverosímil que su madre se rio aún más y quería que siguiera haciéndolo.

—Has escapado de Irlanda en el momento justo —le dijo, repasando una vez más todos los detalles del viaje.

Katherine no hacía planes. Su madre preparaba todas las noches un cóctel de vodka y vermut y le contaba historias del bombardeo de Londres, o salía a partidas de póquer o al cine. Una noche, invitó a unas amigas a tomar unas copas y a jugar al póquer. Eran todas inglesas de sesenta y tantos y setenta y tantos años y bebieron varios cócteles antes de sentarse a jugar a las cartas.

—El póquer fue lo que nos salvó durante la guerra, cariño —le dijo su madre a Katherine mientras jugaban la primera mano. Luego, su madre salió de la habitación y las señoras siguieron conversando entre ellas hasta que una se volvió hacia Katherine sonriendo.

—Así que tú eres la amiga irlandesa —comentó.

—Supongo que sí —repuso ella—. Hacía bastantes años que no veía a mi madre.

—¿Tu madre? ¿Está tu madre en Londres también?

—Esta es la casa de mi madre. Soy su hija.

De pronto cayó en la cuenta de que no había sido presentada a aquellas mujeres como hija de su madre y que su madre no había pronunciado la

palabra «madre» en su presencia.

—¿Eres su hija? No sabía que tuviera hijos.

—Aquí viene. Pregúntaselo.

Katherine preguntó a su madre después, cuando las invitadas ya se habían ido y estaban las dos en la cocina, por qué les había dicho a sus amigas que no tenía hijos.

—Todo eso lo dejé atrás.

—Resulta extraño que te eliminen de ese modo.

—Sí, es como salir del cine, dejándolo todo atrás, la gran película.

—Deja de bromear.

—No me digas lo que tengo que hacer, Katherine.

—¿He existido alguna vez para ti?

—Me marché de aquel lugar, y lo dejé atrás. Es lo que vas a hacer tú,

¿no? Tu padre no quiso venir. No creo que tú le hayas consultado a tu marido. Por cierto, ha telefoneado dos veces hoy.

—¿Tom?

—Volverá a llamar mañana. Le dije que había estado en contacto contigo y que te lo diría.

—Dile que me he marchado —dijo ella, dándose la vuelta.

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