El sur
Barcelona
Se había olvidado de ellos ya, aparecían a veces en sueños y se mezclaban con otros sueños. Estaba lejos. Abrió la ventanita del dormitorio y contempló Berga. Una fría mañana de primavera en las estribaciones del Pirineo. Absoluto silencio. Encendió un cigarrillo y apoyó los codos en el alféizar. Aún se cernía la niebla sobre la población y había un vago rastro de hielo en el aire.
Estaba desnuda y se daba cuenta de que si él se despertaba la vería. Se volvió a mirarle, su cara angelical dormida, toda la malicia y la animación ausentes, despojado de toda vida.
La ciudad había estado animada toda la noche. Había acudido gente de los pueblos cercanos; había llegado también gente de Barcelona, de Lérida, de Gerona. Miguel había insistido en coger el autobús temprano en Barcelona y en reivindicar su derecho sobre aquella cama de la habitación interior del piso de su amigo. Le dieron una llave de la habitación y la cerró antes de bajar a Berga a comer. Le dijo a ella que comiera todo lo que pudiera porque luego no habría tiempo para comer. El resto del día lo pasarían bebiendo y gritando, dijo, y buscó las dos palabras en su diccionario de bolsillo español-inglés para asegurarse de que le entendía.
Bebiendo y gritando.
Miguel se reunió con varios amigos para comer y hablaron muy animados todo el rato. Katherine intentó seguir lo que estaban diciendo con escaso éxito. Hablaban en catalán; ella llevaba meses aprendiendo español.
De vez en cuando, uno de ellos le hablaba en español, pero en general estaban demasiado inmersos en su conversación para ocuparse de ella.
Era Corpus Christi, el primer día de la Patum de Berga. A las diez en punto, empezarían a tocar los tambores en la plaza y estallarían en el cielo los fuegos artificiales; luego recorrerían las calles los enormes gigantes y la gente intentaría acercarse lo más posible a ellos.
Ahora por la mañana se estaba levantando la niebla y se veían las tiendas plantadas en el prado junto al río, al norte de la ciudad. Apagó el cigarrillo en el alféizar y cerró para que no entrara el fresco de la mañana.
La cama era un colchón en el suelo. Cuando alzó con cuidado las mantas para volver a meterse en la cama, Miguel abrió los ojos, los cerró otra vez y sonrió. La besó en la boca. Cuando él se levantó y se desperezó ella se quedó echada y le observó: la espalda recta, fina y blanca y el áspero vello de las piernas.
Estaba helado cuando volvió del baño y se acurrucaron muy juntos en la cama temblando de frío. Ella dio un gritito cuando le puso las manos en la espalda. Consiguió posarle un momento la planta de un pie en el estómago y él gritó y la empujó.
— Good morning —le dijo, intentando remedar su inglés.
Le olía el aliento a ajo cuando la besó. Acercó su cara a la de ella, mirándola fijo, intentando que bajara la vista. Se echó de espaldas y la colocó encima, hundiendo la cabeza en sus pechos.
Esperó un buen rato antes de entrar en ella, y cuando terminó quiso dormir un poco, abrazado a ella, como siempre, manteniéndola lo más cerca posible. A veces dormía solo cinco o diez minutos; dormitaba y despertaba y quería hablar con ella; ella a veces no le permitía saber que apenas entendía lo que le decía. Le estaba llevando mucho tiempo aprender el idioma.
El piso era de Jordi; Katherine le había conocido antes. Tenía un estudio en la planta de arriba con dos ventanas que daban a Berga. Pasó la primera mañana después de la Patum viéndole pintar. Los cuadros medían unos noventa por treinta centímetros. Ya había terminado seis que colocó alineados, apoyados en la pared para que ella los viera. Todas las telas habían sido pintadas primero de un blanco brillante, casi luminoso. En dos de ellas la capa blanca cubría casi toda la superficie del cuadro terminado; en uno, había una media luna en negro sobre el fondo blanco y casi al final del cuadro una masa muy trabajada en rojo, azul y rosa. A Katherine le impresionó la sutileza de la pintura, pero no entendía qué se proponía expresar él. Miró otro cuadro: el fondo blanco, vagamente luminoso y una
serie de rayas negras que componían figuras cruciformes oblicuas a la derecha; nada más.
Los otros cuatro eran más cálidos, pero también descarnados. Gruesos trazos negros que separaban cuadrados de color. A veces se dejaba tan tenue la pintura que brillaba en los entornos negros. Había un cuadro de una montaña, en tonos castaño, negro y verde oscuro, con marcas de escalpelo o cuchillo grabadas en el lienzo y un liso cielo azul al fondo. En el ángulo inferior había dos personas de unos tres centímetros de altura, pintadas como figuras recortables. Parecía que se abrazaran.
Jordi explicó a Katherine que aquella serie de cuadros era un encargo de los monjes de la abadía de Montserrat: un vía crucis, las catorce imágenes que representan las últimas escenas de la pasión de Cristo.
Se quedaron allí de pie mirando los cuadros: la pintura negra y blanca, le explicó, era la crucifixión; la de la media luna y las formas al pie del lienzo era el descendimiento de Cristo de la cruz; los tres cuadros de colores brillantes y trazos negros eran las tres veces que cayó Jesús en la subida al Calvario; y el de la montaña con las figuras recortadas era su encuentro con María.
Katherine bajó a Berga a reunirse con Miguel. Lo encontró solo sentado a la barra con un vaso lleno de cerveza. Pasaron al restaurante y, mientras consultaban el menú, Katherine le contó lo que le había explicado Jordi de los cuadros de las estaciones del Calvario. Él se echó a reír. Extendió la palma de la mano hacia ella y se frotó los otros dedos con el pulgar con una expresión codiciosa. Volvió a reírse. Ella le dijo que no entendía.
—Dinero —le aclaró él—. Jordi lo hace por dinero.
Pasó a explicarle que a Jordi le interesaba más la Patum de Berga que la vía Dolorosa. Sencillamente necesitaba el dinero y los monjes estaban dispuestos a pagar. Ella le dijo que no le creía.
Tomaron pasta y una botella de buen vino tinto. Enfrente de ellos se sentaba un individuo delgado de unos treinta y tantos años, con el pelo prematuramente gris. Tenía la piel casi amarilla; parecía convaleciente de alguna enfermedad. De vez en cuando se le iban los ojos hacia ellos y prestaba mucha atención a su charla sobre las estaciones del Calvario. Le habían servido un porrón de vino, pero no bebía alzándolo en el aire y
dejando caer el vino del pitorro a la boca como los demás. Él se servía el vino en el vaso por el cuello del porrón. Katherine se fijó en que tenía los ojos verdes.
Miguel quería hablarle del futuro. Después de su exposición en Barcelona se marcharían los dos a vivir a la montaña, al norte de allí, mucho más arriba. Por entonces ella ya hablaría español perfectamente y podría empezar a aprender catalán.
Él hablaba tan alto y con tanta vehemencia que la hacía sentirse violenta. No habían hablado del dinero. Él no sabía que su madre le enviaba dinero de vez en cuando a las montañas. Y ella no sabía de qué vivía él. Y
había otras cosas de él que tampoco sabía; no tenía contexto en el que situarlo. Era más fácil estar con él día a día sin tener que tomar la gran decisión de irse a vivir con él a las montañas.
Fueron a otro bar de la misma calle y tomaron café en una mesa fuera.
Miguel pidió una bebida violácea que llamó pacharán. Después de dos copas de pacharán y dos cafés ella se sintió achispada y cansada y le pidió que volviera con ella al piso.
Katherine se desnudó en cuanto entraron en la habitación. Se quedó en medio mientras él hacía la cama y estiraba las sábanas. Luego, él se quitó la chaqueta y la camisa, se acercó a ella y la abrazó; ella sintió cómo le latía rápidamente el corazón. Saboreó el alcohol y el café de su boca como si fueran una parte tan integral de él como la mancha de vello negro del pecho. Ya en la cama él se echó sobre ella y le sujetó la cabeza con las manos; toda su energía llegaba de su boca y de su lengua. A veces, se quedaba con la boca cerrada y la besaba los labios. Había dejado el paquete de condones en el suelo junto al colchón. Se puso uno en el pene y ella lo cogió y lo guio a su interior. Sintió la palpitación espontánea del orgasmo mientras él se movía. No apartó las manos de la cabeza de ella mientras jadeaba e intentaba penetrarla cada vez más hondo. Empezó a eyacular, y los dos lo prolongaron todo lo posible.
Estaba poniéndose el sol. Se había vuelto de espaldas a él antes de quedarse dormidos, y estaba abrazándola. En cuanto se movió, él se despertó. Estaban los dos calientes y sudorosos en la cama. No se oía nada
en la casa. Se volvió y le besó y él le posó las manos en los pechos; le cogió un pezón con el pulgar y el índice, acercó la boca y lo besó. Tenía el pene duro otra vez. Se echó sobre él sonriendo y él le puso la cara en los pechos.
La echó hacia atrás y le posó la lengua entre las piernas. Entró en ella sin condón, pero cuando estaba a punto de eyacular salió y se incorporó. Ella vio en la penumbra cómo le caían sobre el vientre los chorros de semen.
No había agua caliente en la ducha y hacía mucho frío en el cuarto de baño. Se quedaron juntos bajo el hilillo de agua congelada e intentaron lavarse. Siguieron juntos tratando de aclararse el jabón. Miguel volvió corriendo a la habitación a buscar toallas y ropa limpia. Cuando salieron de la casa vieron ya los fuegos artificiales y oyeron el retumbar de los tambores. Había empezado la Patum.
Los tambores repetían el mismo sonido: ¡Patum! ¡Patum! Los gigantes destacaban por encima de todo lo demás en la pequeña plaza; la orquesta tocaba música de baile rápida. El rey y la reina iban delante con toda su apariencia de sabiduría y solidez, y los seguía la multitud entre vítores y aplausos. Los otros gigantes, todos de más de tres metros y medio, los siguieron; también ellos parecían majestuosos e implacables.
Katherine y Miguel buscaron a Jordi entre la multitud, pero no lo encontraron. En determinado momento, Katherine se fijó en el individuo que había visto en el restaurante, el que tenía los ojos verdes y el cabello gris. Captó su mirada un segundo. Resultaba aún mucho más extraño entre la multitud de catalanes que a la hora de comer.
Era noche cerrada y la multitud se congregaba alrededor de los gigantes y los tamborileros en la plaza mayor. Estallaban con estruendo en el aire los fuegos artificiales. Las caras de los gigantes daban la impresión de estar a punto de cobrar vida en cualquier momento y contemplar ceñudos al pueblo de Berga. Katherine quería quedarse a mirarlos y seguirlos, pero Miguel quería ir al bar a comprar un porrón de una bebida que llamaban mau-mau para poder andar recorriendo las calles el resto de la noche.
—Podemos seguir a los gigantes al año que viene —dijo. La miró y se dirigieron al bar. Next year, eso lo había entendido. El año que viene. The year that comes.
Se instalaron en la barra y tomaron cerveza. Katherine recordó que él había hablado del futuro —el año que viene— como si hubieran decidido pasarlo juntos. Ella no había decidido pasar el futuro con él. No sabía nada de él. No tenía ningún medio de verificar lo que le había contado él. Repasó de nuevo mentalmente lo que le había explicado. Pronto cumpliría treinta y cinco años. Había nacido en un lugar de la provincia de Tarragona llamado Reus. Le había dicho que no se había casado, y ella no tenía pruebas de lo contrario. Había estado en la cárcel durante un breve período después de la guerra civil: era de una familia republicana y odiaba a Franco. Había vivido en París y en Lyon. Había trabajado en Lyon de camarero. Pero había vivido en Barcelona los últimos diez años y, por lo que ella había podido entender, se había dedicado a pintar casi todo ese tiempo. Le había enseñado los catálogos de las exposiciones que había hecho desde 1944. Le había dicho también que había participado en la guerra civil.
Quería saber si podía confiar en él. Allí en Berga, en un bar a última hora de la noche, quería saber si podía creerle. Pensó en tantear a Rosa.
Pensó en tantear a Ramón Rogent, el pintor que dirigía el estudio al que iba ahora todos los días. Daría cualquier cosa por saber más de Miguel, pero se daba cuenta de que no podía preguntar, tendría que limitarse a observar y descubrirlo.
Miró a su alrededor en el bar un momento. El individuo de camisa amarilla y ojos de gato la estaba mirando y se levantó y se acercó cuando ella lo miró. Llevaba una bolsa en la mano. Ella volvió la cabeza hacia la barra y vació la botella de cerveza en el vaso. Miguel seguía hablando con el camarero.
—¿Hablas inglés? —le preguntó el desconocido. Tenía acento irlandés.
Katherine se puso tensa; Miguel también le miró.
—¿Habla español? —le preguntó ella, tratándole de usted. No quería conocer a nadie de Irlanda. Él contestó que sí pero muy mal. Miguel terció en la conversación diciendo que entonces ya eran dos los que hablaban mal español. El otro no dijo nada. Se quedaron mirándolo, esperando. Él los miró a su vez, con una levísima sonrisa, aceptándolos. Miguel le invitó a una cerveza y él aceptó. Después, ninguno abrió la boca. Katherine se sentía incómoda al ver que Miguel no hacía caso al desconocido. Se excusó y fue
al servicio. Cuando volvió, aún seguía allí, tranquilo, callado, vigilante. Ella quería que se marchara.
— Es irlandés como tú —le dijo Miguel. Ella contestó que ya lo sabía.
El hombre la escuchó.
—No hay habitaciones en la pensión —dijo—. No encuentro ningún sitio para pasar la noche.
Tenía el pelo tupido y muy corto, como si llevara puesto un gorro gris; y daba la impresión de que podría andar mal de dinero. Llevaba unos zapatos viejos y gastados. De pronto le recordó a Katherine a alguien a quien podría pasar de largo en la carretera yendo en coche a Enniscorthy.
—¿Conoces algún sitio en que pueda estar? —le preguntó.
—Pregúntaselo a él —contestó, señalando a Miguel, que estaba pagando un porrón de mau-mau en la barra. El individuo le explicó a Miguel muy torpemente que todos los hoteles y pensiones de Berga estaban llenos. Miguel se encogió de hombros como si no pudiera hacer nada. A menos que quieras venir con nosotros, comentó.
—Dile que sí que quiero ir con vosotros —dijo el hombre mirando a Katherine—. Dile que me llamo Michael Graves. Dile que soy pintor como él.
—¿Cómo sabes que es pintor?
—Os oí hablar en la comida.
—Ya vi que nos observabas.
—Lo sé.
—Me llamo Katherine. Él es Miguel —se dieron la mano. Él tenía unas manos pequeñas y suaves, de niño.
Miguel empezó a cantar en cuanto salieron a la calle, pero ella no podía entender la letra de la canción. Un grupo de jóvenes subía hacia ellos por las pequeñas y empinadas Ramblas, que bajaban de la plaza. Miguel los paró.
— Este galapaguito no tiene madre —dijo, poniendo a Michael delante de él.
Todos se echaron a reír y Miguel cantó de nuevo:
—Este galapaguito no tiene madre.
—¿Qué es un galapaguito? —preguntó Michael Graves.
—No sé —contestó Katherine, y se lo preguntó a Miguel, que soltó una carcajada y repitió la frase de la canción.
—Este galapaguito no tiene madre.
Señaló otra vez a Michael Graves y le dio el porrón de mau-mau.
Michael bebió por el cuello. Miguel insistió indignado en enseñarle a beber por el pitorro. Katherine volvió a preguntar a Miguel qué quería decir galapaguito, pero él vio a una pareja de edad madura y se puso a cantar para ellos. La pareja se echó a reír.
—Tengo un diccionario en la bolsa. ¿Cómo se deletrea galapaguito? —
preguntó Katherine a Michael mientras pasaba las hojas del minúsculo libro intentando encontrar la palabra.
—¡Aquí está! ¡Aquí está! Significa tortuga. La canción dice «Esta tortuguita no tiene madre».
—Pues no le veo la gracia —comentó Michael Graves.
Por entonces, Miguel rodeaba con los brazos a una serie de desconocidos y estaba cantando otra vez la canción señalando a Michael.
—No tiene madre. No tiene madre. No tiene madre.
Regresaron al bar y encontraron a Jordi sentado a una mesa grande con un montón de gente. Miguel pidió tres cervezas e hizo que todos se apretaran para hacerles sitio. Había dejado de cantar lo del galapaguito, pero les dijo que Michael no tenía madre ni dónde dormir y se dispuso a enumerar la lista de cosas que Michael no tenía. Todos se reían menos Michael y Katherine, que no entendían nada. Michael los observaba a todos; no intentaba participar en la conversación.
Katherine quería marcharse; el alcohol no le producía ningún efecto; estaba cansada. Pidió la llave a Miguel. Él le preguntó adónde iba. A casa, le contestó.
—¿Te vas con él? —le preguntó Miguel entonces, señalando a Michael Graves.
—No. Dame las llaves.
Él sacó las llaves del bolsillo y al dárselas intentó tirarle del pelo. Ella se volvió hacia el irlandés.
—Buenas noches —le dijo.
La puerta del estudio de Jordi en la última planta no estaba cerrada.
Katherine entró y dio la luz. Los cuadros seguían apoyados en las paredes como antes: las seis estaciones del Vía Crucis, todas indirectas y difíciles.
Las dos figuras pequeñas de Cristo y María abrazados. Y sobre ellas una enorme montaña oscura y, más allá, el cielo azul claro y brillante.
Se acercó a la ventana y la abrió; el aire frío de la noche entró como una conmoción. Miró la calle, las escasas luces que quedaban encendidas en el pueblo de Berga y la oscuridad absoluta por todo el entorno. Pequeños campos y caminos de las estribaciones de los Pirineos, pequeñas propiedades de las montañas, poblaciones pequeñas: Vic, Solsona, Berga, Cardona, Ripoll. El mundo que gira en la noche. El mundo que respira.
Cuando despertó por la mañana, Miguel estaba desnudo a su lado de ella. Y había otra persona al otro lado, al borde del colchón. Los dos hombres estaban profundamente dormidos. Katherine supo inmediatamente quién era el otro. El irlandés. Salió con cuidado de la cama y se puso algo de ropa para ir al cuarto de baño. En cuanto se vistió salió a la calle.
Cuando volvió estaban despiertos los dos pero seguían en la cama.
Miguel dijo que se encontraba mal, se fue al baño y volvió con una jarra de agua que intentó beber. Seguía desnudo. Ella quería que se tapara mientras estuviera allí el otro. El otro, que aún llevaba la camisa puesta, les dio la espalda como para volverse a dormir.
—¿Vas a quedarte en Berga? —le preguntó ella.
—No, volveré a Barcelona.
—¿Vives en Barcelona?
—Sí.
—¿Cómo vas a volver?
—En autobús.
—Nosotros también.
—Ya lo sé. Voy a ir con vosotros. Tu marido me dijo que podía ir con vosotros. Espero que no haya problema.
—No es mi marido.
—Me dijo que lo era.
—Pues miente. No es mi marido.
—Dice que eres irlandesa. —El hombre se sentó en la cama, tenía muy mala cara, aún más amarillenta y enfermiza que el día anterior—. Pareces inglesa.
Miguel los observaba atentamente mientras hablaban.
—¿De veras? —preguntó ella.
—¿De qué parte de Irlanda eres?
—No quiero hablar de Irlanda.
—¿Cómo te apellidas?
—Proctor, me llamo Katherine Proctor.
—Es un buen apellido protestante —dijo él sonriendo.
—No recuerdo cómo te llamas tú.
—Michael Graves. Bebí demasiado anoche con tu marido.
—No es mi marido. —Se volvió hacia Miguel—. Miguel, tú no eres mi marido, ¿verdad?
Él miró a Michael Graves, se levantó desnudo y se estiró. Sintió deseos de plantarse delante de él y taparlo. Quería que se pusiera algo encima.
Cuando se vistieron subieron al estudio, donde Jordi ya estaba trabajando. Miguel preguntó a Michael si entendía la palabra dinero.
— Money —dijo Michael.
Miguel le presentó a Jordi como Jordi Dinero, e hizo un gesto frotándose el pulgar y el índice y señalándole.
—Dinero —dijo en tono burlón.
Paseó por el estudio y miró atentamente una vez más los cuadros. Llegó a la media luna y le explicó a Michael que aquello era media peseta que Jordi había perdido en la Patum el año anterior y que quería recuperar.
Señaló el cuadro de las dos figuras y la montaña y explicó que aquel era para recordar el día que Jordi había recibido un dinero de su madre. Todos los cuadros para los monjes de Montserrat eran, explicó, sobre el tema del dinero, que era por lo que el pintor se llamaba Jordi Dinero.
A Jordi le hizo gracia al principio, pero cuando la explicación se prolongó pareció hacerle menos, y Katherine percibió amargura en el tono de Miguel. Michael Graves no decía nada. Katherine no tenía ni idea de cómo iban a librarse de él.
Jordi les dijo adiós con la mano desde la ventana cuando se fueron con sus bolsas hacia el autobús. En la estación de autobuses había una multitud y tuvieron que esperar el segundo. Miguel quería que se sentaran en los últimos asientos para poder mirar por el cristal de atrás. Michael Graves volvió a preguntarle a ella de dónde era.
—Soy de Wexford.
—Yo también —repuso él—. ¿De qué parte?
—Entre Newtonbarry y Enniscorthy.
—Newtonbarry —dijo él—. Ya no lo llaman así. Yo soy de Enniscorthy.
—No te habrán enviado a buscarme, ¿eh? Si es verdad dímelo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó él.
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