El sur
Carta a Michael Graves
Pallosa, 1 de mayo de 1958
Querido Michael Graves:
Te complacerá saber que Miguel ha descubierto la enfermedad y que lo está pasando en grande bien arropado en la cama con un bastón a mano para poder dar golpes en el suelo con él cuando necesita algo. Dice que no va a dejarse barba, pero rechaza todos los ofrecimientos de cuchilla, jabón y espejo. Yo no estoy segura de querer que se deje la barba.
Se ha hecho adicto a la sopa, dice que es mucho más fácil de comer que la carne o las hortalizas estando en la cama. Lleva ya diez días allá arriba tumbado. Tose un poco de vez en cuando solo para comunicarme que aún sigue padeciendo un catarro fuerte, o la gripe, pero se pasa casi todo el tiempo sentado con un bloc de dibujo apoyado en las rodillas esbozando caras inverosímiles. Dice que quizá no vuelva a levantarse nunca, aunque tiene que hacerlo al menos una vez al día, porque me he negado a subir y bajar las escaleras con un orinal, a pesar de sus ruegos para que lo haga. Le he dicho que tal vez tenga que meterme en la cama pronto yo también, porque no es que esté gozando precisamente de una salud esplendorosa y él dice que seré muy bien acogida en ella pero que tendremos que llevar a Isona a un orfanato.
Isona acaba de quedarse dormida, ha sido un incordio toda la mañana.
Tiene las mejillas rojas de quejarse y llorar. Procuro mandarla arriba con su padre, pero Miguel ha ideado una treta para obligarla a bajar de nuevo. Creo que se limita a no hacerle caso. Ayer bajó gritando y me dijo que le había hecho muecas. No para de quejarse y de chillar. Me puse a chillar yo también cuando me chillaba. No lo soporta, así que hice un esfuerzo y me callé. No tiene sentido hacer a la niña más monstruo de lo que ya es.
Miguel tiene buenas razones para guardar cama. Queda fuera de mi alcance lo que ocurrirá cuando se levante. Ha estado enzarzado en una larga batalla con Mataró. El motivo está tan claro para mí como para ti. No le
gusta Mataró porque es fascista. Yo no sé si es fascista. ¿Sabes tú algo de eso? Lo cierto es que Miguel ha hecho todo lo posible por reñir con él desde el mismo día que llegamos. La única razón de que se haya evitado la riña es que Mataró es demasiado tonto para entender las cosas que ha estado gritándole Miguel, o demasiado sordo. Creo que está realmente un poco sordo.
Ya sabes que las mujeres pesan mucho en la vida de Mataró. Su esposa y su hija escapan cuando me ven. Parecen un par de monjas tontas. Nunca he entendido por qué viste de negro la hija, no sé cómo se llama. Parecen las dos avecillas furiosas, y me acongojan cuando pienso en ellas. No suelo hacerlo a menudo. Alguien quiso llamarlas cuando estaba dando a luz a Isona y una de las cosas que más hacen reír a Miguel es imaginárselas llegando al dormitorio y a mí chillando como un cerdo en la cama. Me ponen los pelos de punta.
María Mataró, la hermana, asistió al parto: ya te he dicho que creo que la tratan como si fuera un trapo en esa casa. La señora Fuster dice que no le dan de comer. Me parece que le falta un tornillo. Creo que necesita tratamiento. Se le bambolea la cabeza al caminar como si le faltaran los músculos principales. Vigila nuestra casa como un halcón. Si hay alguna señal de que vamos a salir, para bajar a Tirvia o solo para dar un paseo, miramos y la vemos siempre en el balcón vigilándonos.
Hemos intentado cerrar la casa muchas veces. Es facilísimo entrar desde las cuadras, a pesar de las barreras de Miguel. Parece que María Mataró no tiene problema para entrar. Miguel dice que pasa por debajo de la puerta como una rata y te aseguro que es posible que sea verdad. Nos roba comida.
Le gustan sobre todo los alimentos ricos en proteínas. El queso —si hay queso, lo devora— y la carne roja e incluso el pollo.
Parece que no se lleva la comida de casa y que prefiere consumirla aquí mismo, lo que hace que las posibilidades de pillarla in fraganti sean mucho mayores. También le gusta la leche. Después de atiborrarse, y te aseguro que es capaz de comerse cantidades increíbles de queso, sube arriba y hurga en las cómodas y en el ropero. Roba calcetines y ropa interior mía. Da la impresión de que se prueba las cosas y si no le gustan las deja a un lado.
Nunca recoge lo que revuelve.
Miguel ha probado todos los métodos para provocar una riña con Mataró. En realidad, si mal no recuerdo, tú y él armasteis un alboroto delante del cuartel general de Mataró en una de tus raras visitas a estos lugares, sumiendo seguramente en un estado aún mayor de confusión a su mujer y a su pobre hija. Ahora que te lo he hecho recordar, seguro que te acuerdas de que te pasaste la noche gritando insultos de carácter muy personal a Mataró. Ese es el tipo de campaña al que Miguel lleva años dedicado. A Fuster, que es el único hombre sensato del pueblo, no le gusta todo esto y yo tengo que oírle cotorrear explicando una y otra vez que Mataró está a partir un piñón con la policía. A veces me aterra encontrarme con él cuando sé que Miguel ha estado fastidiándole. Miguel, después de que se desahoga, se queda tranquilo un tiempo. Quizá sea que la luna empieza a menguar —no sé por qué— y tenemos un poco de paz. Luego empieza otra vez la cosa. Miguel empieza a separar las ovejas de Mataró del rebaño. No sé qué otras cosas hará. Mientras tanto, según Fuster, Mataró anda comprando todas las tierras a las que puede echar el guante.
Le he pedido a Miguel que se olvide de él, que se concentre en nosotros, que siga con su trabajo. Le he dicho muchas cosas a Miguel. Pero su mente no es como la mía, es tozudo y cerril, de ideas fijas. A veces resulta divertido, puede pasarse una noche entera simulando que estamos en casa de los Mataró, él es Mataró y sus tres mujeres, y yo una visita. Tú sabes que él puede mantener esto en marcha, y que yo le animo a hacerlo, sabes eso también. Pero al final me entristece y desespera esa pérdida de tiempo.
Mataró no es como para gustarle a nadie. Puede que Miguel haya exagerado su mala educación y su cara de pocos amigos, pero la verdad es que parece un individuo desagradable. Tampoco me entusiasman la mujer y la hija y no soporto que su hermana ande husmeando en mi dormitorio.
Pero ellos estaban aquí primero, tienen propiedades aquí. Tienen derecho a que los dejen en paz, siempre que ella deje de robar.
No es probable que vuelva a hacerlo. Hace unas tres semanas fuimos a dar un paseo y al salir la vimos espiándonos en el balcón de la casa de Mataró. El hambre debía de estar corroyéndola, pobrecilla, pero habíamos escondido todos los víveres de la casa. Miguel dijo que quería volver y yo e
Isona seguimos y llegamos hasta el arroyo para que ella pudiera echar al agua su barquito.
Cuando volvíamos a casa oí gritos y chillidos; Miguel había sorprendido a María, y solo entonces caí en la cuenta de que había vuelto precisamente para pillarla con las manos en la masa. La había llevado a rastras a casa de los Mataró, que era de donde salía todo el jaleo. Tenía él la llave de la casa, así que tuve que esperarle a la puerta. Siguieron oyéndose gritos un buen rato. Cuando volvió estaba pálido. Mataró dará de comer a su hermana a partir de ahora, dijo, o algo parecido.
Volvió a salir luego, ya de noche. Supuse que iría a casa de los Fuster, como suele hacer. Creo que yo estaba intentando coser o lavar o hacer alguna cosa desagradable en la cocina. Cuando volvió, traía una silla, una silla de cocina sólida, excelente, y me la plantó delante.
—¿Sabes de dónde la he sacado? —dijo.
—No —contesté.
—La he robado en casa de Mataró —dijo él.
Es la silla en que estoy sentada ahora escribiéndote. La que robó poco antes de ponerse malo está arriba junto a su cama. Es donde dejo la bandeja con la sopa. Mataró me paró en la calle el otro día —nunca me había dirigido la palabra en todos los años que llevamos aquí, ni siquiera me había saludado nunca con un cabeceo— y me preguntó si había visto dos sillas que habían desaparecido de su casa. No le contesté. Dijo que a lo mejor las tenía Lidia. Le dije entonces que quizá las tuviera su hermana, que si le había preguntado. No sé qué murmuró para sí y siguió su camino.
Puede que de aquí a diez años vuelva a dirigirme la palabra.
Ya te dije que a la policía de Llavorsí le ha dado por pararme para pedirme el permiso de conducir y hacerme perder el tiempo siempre que bajo en el jeep. Espero que no vengan a buscar las sillas.
Te escribo de noche, tarde. Miguel está dormido y ha echado todas las mantas hacia su lado de la cama. Estoy cansada y tendré que subir enseguida y despertarle para hacer un reparto más equitativo de ellas. Esta es la vida de casados, de la que tú te proteges. He pasado tres horas tranquilizando a Isona. Lloraba cada vez que me veía moverme. Cuando le di su comida, se puso a llorar, cuando le leí un cuento, se puso a llorar
(quería que leyera otro, uno distinto), cuando intenté que se sentara en su orinalito, se puso a llorar.
Luego descubrió que era hora de irse a la cama. Llegó a pegarme en la cara, furiosa. Me dio patadas. No sé qué voy a hacer con ella. Es solo una etapa, según la mujer de Fuster es solo una etapa. Hubo un tiempo en que era un angelito, y me sonreía de noche antes de dormirse. A finales del verano que viene la llevaré a la escuela de Tirvia todas las mañanas y tendrá otras personas en que pensar y a quienes dar patadas cuando se siente mal.
El caso es que me agota. Ocupa casi todo el día.
Su padre, si no fuera tan gracioso y tan guapo, sería una carga con sus obsesiones y su idea irracional de que es el dueño del pueblo o de que tiene derechos especiales de los que no participa Mataró. A veces, por la noche, tomamos vino caliente antes de acostarnos y vuelve a hablar de lo que pasó después de la guerra civil. Sé que a ti también te ha hablado de ello. Ya te pregunté una vez si creías que se inventaba algunas cosas. Ya sé que me dijiste que era una pregunta desleal. También sé que le crees. Yo creo en él.
Estoy escribiendo esto ahora, aquí, de noche, tarde, cuando ellos están dormidos. Esta guerra aún no ha terminado, lo veo en su expresión y en la de los demás. ¿Recuerdas la primera noche que pasamos en esta habitación cuando te dije que ojalá la desaparición de Miguel fuera lo peor que nos pasara aquí y te alteraste todo y me dijiste que dejara de hablar así? Fue como si hubieras visto algo. Yo también he visto algo, no un fantasma ni nada de otro mundo. No he tenido visiones. Solo sé que me he cargado con más responsabilidades de las que puedo afrontar.
Los crepúsculos son de una belleza desgarradora. Los espero: el sol forma una franja roja sobre las pocas nubes que se han agrupado en el horizonte, la luz es de un amarillo denso. Trabajo cuando puedo. Miguel dice que empezará a trabajar otra vez pronto. Nos gustaría que vinieras a visitarnos ahora que tenemos sillas nuevas.
Un abrazo,
KATHERINE
OceanofPDF.com