El sur
Tirvia
Durante el tiempo que estuvo trabajando en aquellas pinturas dejaba a la niña con la esposa de Fuster por la mañana y luego Miguel la ayudaba a llevar la tela y a colocarla en el caballete de estacas.
Miguel cuidaba a Isona por la tarde. Cuando era importante, cuando aparecía la luz mortecina del atardecer, trabajaba a solas, intentando seguir los planes que había hecho para el cuadro.
Michael Graves escribió tal como ella sabía que haría, diciéndole que iría, que haría lo que le había pedido que hiciera. Bajó en el coche a buscarlo sin decírselo a Miguel. Ahora tendría que empezar a justificarse, a excusarse, a explicarse. Había pedido a Michael que fuera y tendría que hablar con él y escucharle.
Compró pan, harina y fruta antes de que llegara el autobús. Lo dejó todo en el jeep. El autobús siempre llegaba tarde y se sentó en el bar a tomar un café.
Había dos policías en el bar. Katherine había aprendido a no mirarles y a no dirigirles la palabra. Se sentó de espaldas a ellos.
Cuando llegó el autobús, salió del bar a recibir a Michael Graves y cuando le vio le sorprendió lo contenta que se puso al verle. Entraron en el bar y ella le abrazó, ignorando de nuevo a los policías.
—¿Cómo está Miguel? ¿Pasa algo? —preguntó Michael Graves.
—Yo creo que está muy mal. Necesito que me digas hasta qué punto.
Salieron de Tirvia en silencio. Después de la primera curva de la pista de tierra, siguieron bordeando el valle. El colorido del otoño llenó súbitamente todo el paisaje que veían delante. Amarillos, pardos, dorados decadentes cubrían la cresta de la montaña y la cuenca del valle.
—Ojalá pudiese estar segura de poder pasar aquí el resto de mi vida —
dijo Katherine.
—¿Por qué no vas a poder? —preguntó él.
—Siempre he tenido la impresión de que solo disfrutaría de esto unos cuantos años. Lo contemplo continuamente porque necesitaré recordarlo.
Tal vez sea por eso por lo que lo esté pintando.
—¿Qué le pasa a Miguel? —preguntó él.
—Si te dijera lo que yo creo que le pasa y te explicara luego que le dejo solo con Isona todos los días, creerías que soy yo y no él quien está mal. La verdad es que no sé lo que le pasa.
Paró el coche al llegar a la tela que había dejado apoyada en las estacas.
Estaba casi terminada y las partes que no lo estaban parecía como si las hubiese dejado así deliberadamente.
Daba la impresión de que se hubiese sumergido el cuadro en un dorado desvaído. Había incluido los límites del valle con meticulosidad, casi académicamente, pero lo que llamaba la atención era el color y luego los detalles dentro del colorido.
—Solo está a medias. He acabado otros tres. Creo que el mejor es este
—le dijo.
—Es muy fuerte —dijo él.
—¿No te gusta? —preguntó Katherine.
—¿Gustarme? No es el tipo de pintura que yo haría, pero me parece buenísimo —dijo él.
Se sentó en la manta de viaje junto a ella y la besó en el cuello.
—Me alegró que me escribieras —le dijo.
Ella estaba distraída. Tenía la mirada clavada en un punto situado al otro lado del valle.
—¡Allí! ¿Lo ves? ¡Mira! —dijo, intentando que él lo viera también.
—¿No lo ves? —repitió—. Son ellos.
—¿Qué pasa? —le preguntó Michael Graves—. Yo no veo nada raro.
—¿No los ves? —repitió ella.
—Veo que hay alguien allí, pero no veo nada raro.
—¿No ves que Miguel lleva a Isona con él?
—Pero ¿qué pasa, Katherine? ¿Cuál es el problema? Dime qué pasa, por favor.
Ella no contestó de momento. Siguió mirando de pie, y luego volvió a la manta y se sentó.
—No sé —dijo al fin. Cerró los ojos—. Sé que tú no lo comprendes.
Estoy asustada desde que murió Carlos Puig, desde el día que lo trajimos aquí en un ataúd detrás del jeep y lo enterramos en Alendo, algo por lo que creía que no tendría que pasar nunca en la vida. Desde entonces, sencillamente todo se ha desmoronado. No puedes hacerte idea de lo que fue aquello. Abrimos el ataúd en casa. No sé por qué lo hicimos. Ya habíamos visto el cadáver en el hospital. Miguel le cogió las manos y no se las soltó hasta que volvimos a cerrar el ataúd y lo llevamos a Alendo en el jeep.
—Deberíamos ir a la casa —dijo él.
—Subiremos ahora y ya volveremos a buscar el cuadro. No quiero que pase toda la noche a la intemperie —repuso ella.
—¿Sabe Miguel que he venido? —preguntó él.
—No.
—¿Le dijiste que iba a venir?
Katherine puso en marcha el jeep mientras hablaba:
—Sé que vas a creer que estoy peor que Miguel. Quiero que sepas que te equivocarías completamente si lo pensaras.
—¿Vas a marcharte? —le preguntó él.
—No lo sé.
—¿Por qué no bajas a Barcelona con Isona unos días solo hasta que se arreglen las cosas?
—No se arreglará nada.
—¿Tienes problemas con Miguel?
—¿Sabes cuánto tiempo hace que no hablamos?
—Dímelo.
—Varios meses.
—Pues márchate por un tiempo. Esto está tan aislado que cualquiera se volvería loco. Bájate conmigo.
—No sé.
—¿Por qué te preocupa tanto que Isona esté con Miguel?
—Porque creo que es como si hubiese optado por ella. No puedo hablar de esto sin que parezca ridículo.
Habían recogido el cuadro y la leche en casa de Lidia cuando regresó Miguel con Isona dormida en brazos. La niña empezó a llorar en cuanto la dejó en el suelo. Miguel abrazó a Michael Graves y le habló en catalán, aunque él no lo entendía. Empezó a hablar con el acento de los aldeanos locales, sobre todo cuando vio que Michael había llevado varias botellas de coñac. Isona se reía del catalán de su padre.
Después de cenar, Miguel se bebió un buen vaso de coñac de un trago, dio un golpe en la mesa con ambas manos, se levantó y cogió en brazos a Isona. Katherine le preguntó adónde iba. Él contestó que iba a dejar a la niña con la mujer de Fuster para que ellos pudieran ir al bar de Tirvia.
Katherine le preguntó a Michael Graves si él quería ir, pero Miguel se marchó sin darle tiempo a contestar.
—¿Tú quieres ir? —le preguntó Michael Graves a ella.
—¿Y tú?
—Yo haré lo que sea, Katherine. Parece que está muy bien. Tal vez sea la primera impresión y sea errónea, pero parece que está perfectamente.
—Es la primera impresión y es errónea. Por otro lado, quizá yo no esté bien del todo. Tal vez sea a mí a quien debieras observar atentamente.
Miguel no quiso que ella llevara el jeep. Quería que fueran andando los cuatro kilómetros que había hasta Tirvia. No había luna, y las luces del pueblo solo se veían en ciertos puntos de la carretera. A veces era imposible ver dónde ponían el pie. Katherine se dio cuenta de que Michael Graves tenía miedo y no se separó de su lado. Él se quejó del frío. Ella sentía que la nieve estaba ya cerca y que solo faltaban unos días para que empezara el invierno.
No había bar en Tirvia, solo una casa en que servían bebidas en la cocina. Había allí ya unos cuantos hombres del lugar bebiendo. Se sentaron en un banco al otro lado de la cocina y pidieron coñac caliente. Varios hombres de aquellos se acercaron y les dieron la mano, recordaban a Michael Graves de una visita anterior, en que se había pasado la noche cantando.
— Canta molt bé l’irlandès —comentó uno.
Los hombres conversaron entre ellos un rato y luego volvió a acercarse uno de ellos y le pidió a Michael que cantara. Michael le dijo a Katherine que le explicara que de momento tenía demasiado frío para cantar pero que lo haría después. Katherine le preguntó al hombre por qué no cantaba él y él contestó que años atrás cantaba pero que ya no lo hacía. Años atrás, antes de la guerra.
Miguel se volvió a Michael Graves y dijo que todo había ocurrido años atrás, antes de la guerra. Que ya no ocurría nada. Antes de la guerra se hacían ellos la harina. Ya no había nada, ninguna vida. Se acercó a la ventana y miró fuera.
Michael Graves cantó The Lass of Aughrim (La moza de Aughrim) y se hizo el silencio.
Katherine observó a Miguel, pero no percibió ninguna señal de que estuviera escuchando la canción. Cuando Michael Graves acabó, los hombres aplaudieron y Miguel cruzó la habitación para pedir más bebida.
Uno de los hombres empezó a cantar en catalán.
Katherine estaba de pie junto a la puerta con el abrigo puesto esperando que ellos acabaran la bebida y regresaran a casa con ella.
—Tenemos coñac en casa. Vamos.
No querían marcharse. Siempre pasaba lo mismo cuando tomaban unas copas de más. Querían animarse mutuamente y seguir hablando y cantando toda la noche. Ella volvió a la ventana por la que antes había estado mirando Miguel; las pocas luces que quedaban encendidas en el pueblo permitían ver las estrellas de escarcha en el camino.
Salieron al frío para iniciar la larga subida hasta la casa. Al principio resultaba difícil ver algo en la oscuridad. Michael Graves les pidió que pararan hasta que se le adaptara la vista. Esperaron escuchando los pequeños ruidos: la torrentera, el viento, su propia respiración.
—Vamos —dijo Michael Graves, y ella le dio la mano durante un rato mientras caminaban.
Katherine se dio cuenta a los pocos minutos de que Miguel no estaba con ellos, que debía de haberse rezagado. Le llamó. No hubo respuesta.
Volvió a llamarle. El eco le devolvía su voz. Soltó la mano de Michael y
volvió sobre sus pasos un corto trecho. Michael la siguió. Le dijo que no hiciese absolutamente ningún ruido. Ella se quedó quieta. No pudo percibir una tercera presencia, ni la respiración de nadie más.
—Miguel —volvió a gritar. Y de pronto le sintió a su lado, tuvo la sensación de que la estaba observando en la oscuridad. Se aferró instintivamente a Michael Graves.
—¿Qué pasa?
—Noto que está aquí, cerca de nosotros.
—No está, no podría.
Se quedaron los dos allí parados, sin hablar.
—A lo mejor se ha adelantado —dijo Michael Graves—. Si nos diéramos prisa le alcanzaríamos.
Echó a andar y ella le siguió. Estaba asustada.
Miguel no apareció en toda la noche, y cuando Katherine despertó por la mañana tardó un momento en comprender que el ruido que la había despertado lo había hecho ella misma, que había gritado por algún dolor que había llenado su sueño.
Se quedó un rato echada contemplando la intensa luz de la mañana.
El sol estaba ya muy alto. Podía ver todos los objetos del dormitorio.
Empezó a evocar Enniscorthy, su último año en casa, un domingo por la tarde que habían ido en el viejo Morris Oxford a Blackwater. Tenía que haber sido en noviembre o diciembre, y recordaba que el cielo era de un azul nítido, sin rastro de nubes, y que no hacía viento, como si hubiera acabado el invierno y hubiera llegado la primavera. Bajaron por la orilla del río, Tom, Richard y ella, por lo que tomaron por una servidumbre de paso.
Después de unas ruinas antiguas cruzaron por un puentecito hasta una casita encalada.
Recordó que Tom quería dar la vuelta; creía que podrían estar en un camino particular, pero Richard quería seguir y ella también. La casa estaba bien cuidada. Había rosas delante, o quizá otras flores rojas, o puede que el tejado galvanizado estuviera pintado de rojo. Tom insistió en dar la vuelta.
No se habían fijado en otras personas que paseaban por allí, y ella no reconoció al hombre que caminaba hacia ellos hasta que habló y le recordó:
era el hombre que les había pintado las habitaciones de la planta baja de la casa. El hombre comentó que hacía un día excelente.
—Sí —dijo ella—. Parece un día de primavera.
—Es un lugar bonito para pasear —dijo el hombre.
—Sí, es bonito —repuso ella. Tom no decía nada.
—Qué pena da esa gente —comentó el hombre, señalando la casa. Tom les dejó y siguió adelante sin decir palabra mientras el hombre hablaba, pero Richard y ella se quedaron atrás.
—Pobrecillos. Estábamos comentando ahora precisamente que había sido horrible —dijo la esposa del hombre.
—En cuanto entra en una casa, se acabó —añadió el hombre. Katherine vio que Tom estaba esperando que terminaran la conversación. Él no se relacionaba con los católicos.
—Perdonen, pero no sé a qué se refieren —dijo ella.
—A la tuberculosis —dijo el hombre—. Las cuatro hijas murieron de ella, se las llevó a las cuatro. Ya no le queda nadie, a la madre.
—No entiendo —dijo Katherine.
—A la última la enterraron… ¿cuándo fue?… el viernes pasado hizo dos semanas —añadió.
—¿Qué les pasó? —preguntó Katherine—. ¿Cómo murieron todas?
—La tisis, la tuberculosis —contestó el hombre—. Ha arrasado casi todo el país. Bueno, que pasen un buen día —añadió, siguiendo su camino.
—Adiós —dijo Katherine, y Richard y ella se reunieron con Tom, que los estaba esperando.
Katherine estaba preocupada por el silencio, porque no sabía adónde se habría ido Miguel. Tal vez estuviera en la casa y apareciera si le llamaba.
Con qué claridad seguía Enniscorthy en su mente mientras continuaba allí echada. Qué preciso era ahora el recuerdo de las colinas del pueblo, del verdor de la hierba que rodeaba la iglesia protestante, los helechos atrapados en los pretiles del puente. El fuego centelleante de la sala de lectura del Ateneo y la mesa de madera alargada con las patas talladas, la mesa llena de periódicos y revistas. El mapa del condado de la pared, sus colores amarillentos desvaídos y la inmensa desembocadura del Slaney, que
estaba ya rellenada en mapas más recientes. La sala de billar del fondo, donde el silencio era incluso más sagrado que en la sala de lectura, el tapete verde y aquella luz enorme sobre la mesa.
Oyó las pisadas en el vestíbulo y creyó que había vuelto Miguel. Se sintió de pronto aliviada, casi feliz. Pero cuando se abrió la puerta del dormitorio vio que era Michael Graves.
—¿Ha vuelto? —le preguntó ella.
—No lo he visto —contestó Michael.
—Debe de haber pasado fuera toda la noche. Creía que habría llegado antes que nosotros anoche. No sé dónde estará.
—¿Llevas mucho rato despierta? —preguntó él.
—He estado despierta toda la mañana.
—Yo acabo de despertarme —dijo él.
—Así que has dormido toda la mañana. Tendríamos que ir a buscar a Isona.
—No, todavía es temprano. No creo que Lidia haya ido aún a por las vacas.
—Pues claro que lo ha hecho. Las trajo hace cuatro o cinco horas. Mira la luz.
—Todavía no son las ocho —dijo él.
—No te creo.
—Mi reloj tiene las ocho menos cinco.
—Está mal, pasa del mediodía. Llevo horas despierta.
—No, mi reloj no se ha parado. Es esa hora.
Él fue a la cocina y le llevó el reloj. Eran las ocho menos cinco.
—Lo he interpretado todo mal entonces, ¿verdad? —dijo ella—.
¿Verdad?
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