El sur
Miguel
Miguel había desaparecido. Ella creía que estaba cerca. Se había acercado al ventanal de la sala, el sitio desde el que había visto la primera nevada, y miraba afuera. El valle en otoño. Él era un ser más entre todos los que vivían allí, un pequeño elemento, tan importante como un árbol entre todas las cosas que había en aquella gran extensión. Ni la conciencia de él ni la de ella tenían la menor importancia. Su amor por él, pensó, era otra pequeña muestra de dolor y de dicha. Su amor por él era como el aliento sobre el cristal.
Dejó a Isona con la mujer de Fuster y le dijo que Miguel había ido a Barcelona. Luego llevó a Michael Graves al pequeño cementerio del promontorio de Alendo en el que estaba enterrado Carlos Puig.
Se sentaron en el camposanto y contemplaron el valle y el pueblo.
Michael Graves sacó los prismáticos nuevos que había llevado y recorrió el valle. Finalmente, preguntó:
—¿Vas a venir conmigo?
—No lo sé —dijo ella.
—Vámonos hoy mismo, no tenemos más que subir al jeep y marcharnos
—dijo él.
—¿Adónde?
—A Barcelona.
—No sé qué hacer. Anoche estaba bien. Estaba perfectamente cuando te vio.
—Déjale por un tiempo.
—Eso ya lo he hecho antes.
—¿Fue una buena decisión?
—Sí, fue algo maravilloso, dejar a un padre con su hijo de diez años —
dijo ella riéndose.
—¿Estuvo mal, entonces?
—Pues claro que estuvo mal.
—Esto es diferente de todos modos.
—Déjame en paz, Michael, no me des consejos.
—Vámonos ya —dijo él.
—Quiero que sepas que no dejaré a Miguel nunca.
—Puedes dejarle una nota diciéndole que has ido a Barcelona con Isona unos días.
—¿Cómo? ¿Clavada a la puerta?
—En la mesa.
—No sé.
—No es como si le dejaras para siempre.
—¿Crees que podría volver?
—Yo creo que debíais marcharos los dos de aquí.
—No digas eso.
—¿Has recuperado el pasaporte?
—No, pero he escrito a Madrid a la embajada diciendo que lo he perdido. Y les envié el certificado de nacimiento de Isona, para que figure también en mi pasaporte.
—Puedes telefonearles desde Barcelona.
Michael Graves se había echado de espaldas y contemplaba el cielo. Se incorporó de pronto.
—¿Es ese tu jeep? —preguntó, y ella prestó atención para oír el ruido del motor, pero al principio no oía nada. Luego lo oyó en el pueblo y supo que era su jeep.
—Podría ser el jeep de la leche, no estoy segura.
Oyeron el jeep que arrancaba, pero aún sonaba como si fuera en una marcha forzada.
—Es alguien que no sabe conducir —comentó Michael cuando se levantaron.
El vehículo entró por fin en su campo de visión y Katherine se dio cuenta de que era el suyo. Intentó coger los prismáticos, pero Michael se lo impidió.
—Es Miguel quien lo conduce, ¿verdad? Déjamelos.
Le quitó los prismáticos. Con ellos vio claramente la cara de Miguel.
—No sabe conducir —dijo, mirando detenidamente.
—¿Quién más va en el jeep? —preguntó Michael.
—Nadie. Solo Miguel.
—Dame los prismáticos —insistió él. Ella obedeció.
—Hay alguien más en el jeep —dijo él, y de pronto lanzó un grito—.
¡Santo cielo!
Ella volvió a quitarle los prismáticos, pero no conseguía enfocarlos, no encontraba el jeep. Por fin lo consiguió.
—Lleva a Isona en el coche. La ha sentado en el asiento de delante.
—Corre —dijo Michael—. Tenemos que alcanzarlos.
Katherine le devolvió los prismáticos. No podía moverse. Oyó chirriar los frenos.
—¡Dios mío! —exclamó—, que no pase nada. Que no pase nada.
Deseó con todas sus fuerzas que Miguel encontrara la primera marcha.
—Vamos —dijo Michael—. Vamos allí.
Katherine sabía lo fácilmente que se deslizaban las marchas. Y también sabía lo terco que era Miguel, lo que le costaba ceder.
—Van a chocar, van a estrellarse.
El jeep dio un bandazo en aquel momento, quedó al borde del camino, y cayó al vacío dando vueltas. A los pocos segundos estaba al fondo de la empinada pendiente, tras dejar a su paso un rastro de polvo y piedras sueltas.
Michael Graves corría ya delante, volviéndose para gritarle. Ella miraba abajo, hacia la quietud, al fondo, donde se había parado el jeep. Oía los gritos de Michael pidiéndole que le siguiera, pero no podía moverse.
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