El Terror

Dan Simmons · Capítulo 1 de 69

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El Terror

Crozier

¿qué otra cosa más que su suave y rara blancura los convierte en unos horrores tan trascendentes? Esa espantosa blancura es lo que confiere una detestable afabilidad, más odiosa que terrorífica, al mudo deleite de su aspecto. De modo que ni el tigre de fieros colmillos con su heráldico manto puede hacer que el valor se tambalee tanto como el oso o el tiburón envueltos en su blanco sudario.

Herman Melville, Moby Dick (1851)

1

Crozier

Latitud 70° 5' N - Longitud 98°

23' O

Octubre de 1847

EL capitán Crozier sube a cubierta y encuentra su barco atacado por fantasmas celestiales. Por encima de él (por encima del Terror) se ciernen unos pliegues de luz resplandeciente que rápidamente se retiran, como los brazos coloridos de algún espectro agresivo, pero indeciso. Unos dedos esqueléticos y ectoplásmicos se extienden hacia el buque, abiertos, dispuestos a agarrarlo y a tirar de él.

La temperatura es de cuarenta y cinco grados bajo cero, y bajando rápidamente. A causa de la niebla que hubo antes, durante la única hora de débil semioscuridad que ahora pasa por día, los palos escorzados (los tres masteleros de gavia, juanetes, obencadura y palos superiores se han quitado y guardado para reducir el peligro de desprendimiento del hielo y las posibilidades de que el barco vuelque debido al peso acumulado en ellos) se yerguen ahora como árboles groseramente podados y sin copa, reflejando la aurora que baila de un horizonte apenas entrevisto al otro. A medida que Crozier observa, los escarpados campos de hielo que rodean el barco se vuelven azules, luego color violeta sangrante, y luego resplandecen tan verdes como las colinas de su niñez, en el norte de Irlanda. Casi a un kilómetro y medio por la amura de estribor, la gigantesca montaña de hielo flotante que oculta de la vista al barco gemelo del Terror, el Erebus, parece durante un momento breve y falso irradiar color desde dentro, como si ardiese con sus propios fuegos internos y fríos.

Subiéndose el cuello y echando atrás la cabeza por la fuerza de la costumbre de cuarenta años de comprobar el estado de palos y jarcias,

Crozier observa que las estrellas arden frías y fijas, pero las que se hallan más cerca del horizonte no sólo parpadean, sino que se desplazan al mirarlas, y se mueven en breves ráfagas hacia la izquierda y luego hacia la derecha, y luego se agitan de arriba abajo. Crozier ya vio antes ese fenómeno, en el lejano sur, con Ross, así como en estas mismas aguas en anteriores expediciones. Un científico de la expedición polar al sur, un hombre que pasó el primer invierno en el hielo lijando y puliendo lentes para su telescopio, le dijo a Crozier que la perturbación de las estrellas probablemente se debía a rápidos cambios en la refracción en el aire frío que se acumulaba, pesado pero inestable, por encima de los mares cubiertos de hielo y masas de tierra helada e invisible. En otras palabras: por encima de nuevos continentes jamás vistos antes por los ojos de hombre alguno. O

al menos, piensa Crozier, en esta llanura ártica del norte, por los ojos de ningún hombre blanco.

Crozier y su amigo y entonces comandante James Ross habían encontrado un continente nunca descubierto, la Antártida, menos de cinco años antes. Dieron el nombre de Ross al mar, a las ensenadas y a la masa de tierra. Pusieron a las montañas los nombres de sus patrocinadores y amigos.

Dieron a los dos volcanes que se veían en el horizcmte el nombre de sus dos buques, los mismos que ahora; llamaron a esas montañas humeantes Erebus y Terror. A Crozier le sorprendió que no pusieran a ningún accidente geográfico importante el nombre del gato de a bordo.

No pusieron su propio nombre a nada. O sea que esa tarde de un oscuro e invernal día de octubre de 1847, ningún continente ártico o antartico, isla, bahía, ensenada, cordillera montañosa, plataforma de hielo, volcán o maldito témpano acabó llevando el nombre de Francis Rawdon Moira Crozier.

A Crozier le importa un bledo todo eso. Ya mientras lo piensa se da cuenta de que está un poco borracho. «Bueno -piensa, ajustando automáticamente su equilibrio a la helada cubierta escorada doce grados a estribor y ocho grados a proa-, estos tres últimos años he estado más veces borracho que sobrio, ¿no? Borracho desde lo de Sophia. Pero sigo siendo mejor marinero y capitán, estando borracho, que ese pobre hijo de puta desgraciado de Franklin cuando está sobrio. O ese perrito faldero ceceante de Fitzjames con sus mejillas rosadas.»

Crozier menea la cabeza y recorre la helada cubierta hasta la proa y se dirige hacia el único hombre de guardia que puede distinguir a la luz parpadeante de la aurora.

Es el ayudante del calafatero, Cornelius Hickey, bajito y con cara de rata. Los hombres parecen todos iguales cuando están fuera, de guardia en la oscuridad, porque todos llevan la misma ropa de abrigo: capas y capas de franela y lana cubierta con un sobretodo pesado e impermeable, unos protuberantes mitones que sobresalen de unas mangas voluminosas, las

«pelucas galesas» (gruesos gorros con orejeras) bien metidas, a menudo con largas bufandas o pañoletas envueltas alrededor de la cabeza, hasta que sólo resulta visible la punta de su nariz congelada. Pero cada hombre combina la ropa de una forma ligeramente distinta, añadiendo una bufanda casera, quizá, o una gorra más encasquetada encima de la primera, o a lo mejor unos guantes de colores tejidos con mucho cariño por una madre o una esposa o una novia que asoman por debajo de los guantes reglamentarios de la Marina Real…, y Crozier ha aprendido a distinguir a los cincuenta y nueve oficiales y hombres supervivientes, aun a distancia y fuera, en la oscuridad.

Hickey mira fijamente hacia fuera más allá del bauprés decorado con carámbanos, los primeros tres metros del cual se encuentran incrustados en un caballón de agua de mar congelada, ya que la popa del HMS Terror se ha visto empujada hacia arriba por la presión del hielo y, por tanto, la proa está más baja. Hickey está tan sumido en sus pensamientos o en el frío que el ayudante de calafatero no se da cuenta de que se acerca su capitán hasta que Crozier se une a él en un pasamanos que se ha convertido en un altar de hielo y nieve. La escopeta del vigía está apoyada en el altar. Ningún hombre quiere tocar nada de metal allá afuera, con el frío, aunque sea a través de los guantes.

Hickey se sobresalta un poco cuando Crozier se acerca a él en el pasamanos. El capitán del Terror no puede ver el rostro del joven de veintiséis años, pero una nubécula de aliento (que al momento se convierte en una nube de cristales de hielo que reflejan la aurora) aparece más allá del espeso círculo de los múltiples pañuelos y bufandas y gorras del hombrecillo.

Los hombres tradicionalmente no saludan durante el invierno en el hielo, ni siquiera con el informal golpecito de los nudillos en la frente que

recibe un oficial en el mar, pero el abrigado Hickey mueve un poco los pies y encoge los hombros y baja un poco la cabeza con esos extraños movimientos con los cuales los hombres reconocen la presencia de su capitán cuando están fuera. A causa del frío, las guardias se han reducido de cuatro horas a dos. «Dios sabe -piensa Crozier- que tenemos los hombres suficientes para hacerlo en este buque superpoblado, aunque doblen el número de vigías», y por los lentos movimientos de Hickey se da cuenta de que está medio congelado. Por muchas veces que les diga a los vigías que deben moverse sin parar en cubierta, caminar, correr en el sitio, saltar incluso, si es necesario, todo mientras mantienen su atención fija en el hielo, todavía tienden a permanecer inmóviles durante la mayor parte de sus guardias, como si estuvieran en los Mares del Sur con su uniforme tropical de algodón y contemplando las sirenas.

–Capitán.

–Señor Hickey. ¿Hay algo?

–Nada desde los disparos…, bueno, el disparo…, casi hace dos horas, señor. Hace un rato he oído, me ha parecido oír… quizás un grito, algo, capitán…, que venía de ahí fuera, de la montaña de hielo. He informado al teniente Irving, pero me ha dicho que probablemente era el hielo que crujía.

Habían informado a Crozier del sonido del disparo procedente de la dirección del Erebus, y había salido rápidamente a cubierta hacía dos horas, pero el sonido no se repitió y no se envió mensajero alguno al otro buque ni hizo bajar a nadie al hielo para investigar. Salir al mar helado en la oscuridad con esa… «cosa» esperando en el rompecabezas de crestas de presión y elevadas sastrugi era la muerte segura. Ahora sólo se intercambiaban mensajes entre los buques durante esos minutos de luz menguante en torno al mediodía. Al cabo de unos pocos días ya no habría día en absoluto, sólo noche ártica. Una noche que duraría las veinticuatro horas. Cien días de noche.

–Quizás era el hielo -dice Crozier, preguntándose por qué no habría informado Irving del posible grito-. El disparo también. Sólo el hielo.

–Sí, capitán. Es el hielo, señor.

Ningún hombre se lo cree… Un disparo de mosquete o de escopeta tiene un sonido muy especial, aunque sea a kilómetro y medio de distancia, y el sonido viaja sobrenaturalmente lejos y con excepcional claridad tan al norte…, pero es cierto que el hielo que se aprieta cada vez con más fuerza

contra el Terror siempre está resonando, quejándose, restallando y chasqueando, rugiendo o gritando.

Los gritos molestan sobre todo a Crozier, despertándole de la hora de sueño profundo que consigue tener cada noche. Suenan de forma muy parecida a los lamentos de su madre en sus últimos días… y a lo que relataba su anciana tía de las almas en pena que gemían en la noche, prediciendo la muerte de alguien en la casa. Las dos cosas le mantenían en vela, de niño.

Crozier se da la vuelta, lentamente. Sus pestañas ya están cubiertas de hielo, y en el labio superior tiene una costra de aliento y moco congelado.

Los hombres han aprendido a mantener la barba bien metida bajo los pañuelos y jerséis, pero frecuentemente deben recurrir a cortar el pelo que se ha helado y pegado a la ropa. Crozier, como la mayor parte de los oficiales, sigue afeitándose todas las mañanas, aunque como hacen un esfuerzo por economizar carbón, el «agua caliente» que le trae su mozo suele ser apenas algo más que hielo derretido, y afeitarse se convierte en una operación muy dolorosa.

–¿Todavía está en cubierta Lady Silenciosa? – pregunta Crozier.

–Ah, sí, capitán, casi siempre está aquí -dice Hickey, en susurros, como si eso importase algo. Aunque Silenciosa los oyese, daría igual, no entiende el inglés. Pero los hombres creen, más firmemente con cada día que pasa la cosa del hielo acechándolos, que la joven mujer esquimal tiene poderes secretos.

–Está en el puesto de babor con el teniente Irving -añade Hickey.

–¿Con el teniente Irving? Su guardia debería haber acabado hace una hora.

–Sí, señor. Pero allí donde va Lady Silenciosa estos días, está también el teniente, señor, si me permite que lo mencione. Si ella no baja, él no baja tampoco. Hasta que no tiene más remedio, quiero decir… Ninguno de nosotros puede estar tanto tiempo aquí fuera como esa mal…, como esa mujer.

–Siga con los ojos puestos en el hielo y la mente en su trabajo, señor Hickey.

La brusca voz de Crozier hace que el ayudante de calafatero se sobresalte de nuevo, pero agita los pies con su indiferente saludo y vuelve

su nariz blanca de nuevo hacia la oscuridad que se encuentra más allá de la proa.

Crozier recorre la cubierta hacia el puesto de vigía de babor. El mes anterior preparó el buque para el invierno después de tres semanas de falsas esperanzas de huida en agosto. Crozier ordenó entonces que los palos inferiores se giraran en redondo a lo largo del eje paralelo del buque, usándolos como cumbreras. Luego montó la tienda en forma de pirámide de modo que cubriese la mayor parte de la cubierta principal, y volvió a colocar las vigas de madera que se guardaron abajo durante las pocas semanas de optimismo. Pero aunque los hombres trabajaban horas y horas cada día abriendo caminos con la pala a través del palmo de nieve que se había dejado para aislar la cubierta, desmenuzando el hielo con picos y escoplos, quitando la espuma que se había metido debajo del techo de lona y finalmente echando arena para una mayor adherencia, siempre quedaba una capa vidriada de hielo. El movimiento de Crozier hacia la parte alta de la cubierta inclinada, a veces, es más una especie de patinaje que una caminata.

El vigía de babor nombrado para aquella guardia, el guardiamarina Tommy Evans (Crozier identifica al hombre más joven a bordo por la absurda gorra de punto verde, obviamente tejida por la madre del chico, y que Evans lleva siempre metida encima de su abultado gorro con orejeras), se ha desplazado a diez pasos a popa para dejar algo de intimidad al tercer teniente Irving y a Silenciosa.

Al darse cuenta el capitán Crozier querría darle a alguien una patada en el culo, o a todos.

La mujer esquimal parece un pequeño osito regordete, con su parka de piel, la capucha y los pantalones. Tiene la espalda medio vuelta hacia el alto teniente. Pero Irving está muy cerca de ella, junto al pasamanos, sin tocarla, pero lo más cerca que se atrevería a estar un caballero de una dama en una fiesta o un crucero de placer.

–¿Teniente Irving? – Crozier no quiere poner tanta agresividad en el saludo, pero no está nada contento cuando el joven da un respingo como si le hubiesen pinchado con la punta de una espada muy afilada, casi pierde el equilibrio, se agarra a la barandilla congelada con la mano izquierda e, insistiendo en ello a pesar de conocer el protocolo adecuado en un barco en el hielo, saluda con la mano derecha.

Es un saludo patético, piensa Crozier, y no sólo porque los gruesos guantes, el gorro con orejeras y las capas de ropa superpuestas hacen que el joven Irving parezca una morsa saludando, sino también porque el chico ha dejado que la bufanda cayera de su rostro bien afeitado, quizá para mostrarle a Silenciosa lo guapo que es, y ahora, dos largos carámbanos cuelgan debajo de los agujeros de su nariz, haciendo que se parezca más aún a una morsa.

–Vuelva a lo de antes -ladra Crozier. «Maldito idiota», añade mentalmente.

Irving permanece firme, mira a Silenciosa, o al menos la parte trasera de su capucha peluda, y abre la boca para hablar. Evidentemente, no se le ocurre qué decir. Cierra la boca. Tiene los labios tan blancos como su piel helada.

–Esta ya no es su guardia, teniente -dice Crozier, oyendo de nuevo el restallido del látigo en su propia voz.

–Sí, señor. Quiero decir que no, señor. Quiero decir que el capitan tiene razón, señor. Quiero decir que… -Irving cierra la boca herméticamente de nuevo, pero el efecto de esa acción lo estropea un poco el castañeteo de sus dientes.

Con ese frío, los dientes pueden castañetear durante dos o tres horas seguidas, y de hecho llegan a explotar, haciendo que la metralla de huesos y esmalte vuele en el interior de la caverna de las mandíbulas apretadas de uno. A veces, Crozier lo sabe por experiencia, se oye cómo se agrieta el esmalte justo antes de que explote el diente.

–¿Por qué está todavía aquí fuera, John?

Irving intenta parpadear, pero sus párpados están literalmente congelados.

–Usted me ordenó que vigilase a nuestra invitada…, que la acompañase…, que cuidase de Silenciosa, capitán.

El suspiro de Crozier emerge como cristales de hielo que quedan colgando en el aire durante un segundo y luego caen a cubierta como otros tantos minúsculos diamantes.

–No me refería a cada minuto, teniente. Le dije que la vigilase, que me informase de lo que hace, que la mantuviese alejada de todo problema o perjuicio en el barco, y que procurara que ninguno de los hombres hiciera

nada que pudiera… comprometerla. ¿Cree que está en peligro o que alguien puede comprometerla aquí fuera, en la cubierta, teniente?

–No, capitán. – La frase de Irving parecía más una pregunta que una respuesta.

–¿ Sabe cuánto tarda la carne expuesta al frío en congelarse aquí fuera, teniente?

–No, capitán. Quiero decir que sí, capitán. Bastante rápido, capitán, creo.

–Debería saberlo, teniente Irving. Ya ha sufrido congelaciones seis veces, y ni siquiera estamos en invierno oficialmente, todavía.

El teniente Irving asiente acongojado.

–Cuesta «menos de un minuto» que un dedo sin protección, un pulgar o cualquier apéndice carnoso se congele completamente -continúa Crozier, que sabe que todo eso no son más que paparruchas. Cuesta muchísimo más que eso, a sólo cuarenta y cinco grados bajo cero, pero espera que Irving no lo sepa-. Después, el miembro expuesto se cae entero, como si fuera un carámbano -añade Crozier.

–Sí, capitán.

–De modo que ¿cree usted realmente que existe alguna posibilidad de que nuestra invitada pueda verse «comprometida» aquí fuera, en cubierta, señor Irving?

Irving parece estar pensando en su réplica anterior. Es posible, se da cuenta Crozier, que el tercer teniente haya pensado demasiado ya en esa ecuación antes.

–Vaya abajo, John -dice Crozier-. Y que el doctor McDonald le examine la cara y los dedos. Juro por Dios que si tiene congelaciones graves de nuevo le descontaré un mes de paga del Servicio de Descubrimientos y escribiré a su madre, por añadidura.

–Sí, capitán. Gracias, señor.

Irving empieza a saludar de nuevo, se lo piensa mejor y se mete debajo de la lona hacia la escala principal, con una mano todavía medio levantada.

No se vuelve a mirar a Silenciosa.

Crozier suspira de nuevo. Le gusta John Irving. El chico se presentó voluntario, junto con otros dos compañeros del HMS Excellent, segundo teniente Hodgson y primer oficial Hornby, pero la Excellent era una maldita nave de tres cubiertas que ya era vieja antes de que a Noé le saliese pelusilla

en los huevos. El barco ya estaba desarbolado y amarrado permanentemente en Portsmouth, según sabe Crozier, desde hacía más de quince años, y servía como barco de entrenamiento a los artilleros más prometedores de la Marina Real. «Desgraciadamente, caballeros -había dicho Crozier a los chicos el primer día que pasaron a bordo, y el capitán estaba más borracho de lo habitual aquel día-, si miran a su alrededor observarán que mientras el Terror y el Erebus fueron construidos como buques de bombardeo, caballeros, no hay un solo cañón en ninguno de los dos. Nosotros, jóvenes voluntarios del Excellent, a menos que contemos los mosquetes de los marines y las escopetas que se guardan en la sala de Licores, estamos tan desarmados como un bebé recién nacido. Igual de desarmados que el puto Adán con su puto traje de cumpleaños. En otras palabras, caballeros, sus expertos en artillería son tan útiles en esta expedición como las tetillas a un jabalí.»

El sarcasmo de Crozier aquel día no había apagado el entusiasmo de los jóvenes artilleros. Irving y los otros dos seguían más ansiosos que nunca de congelarse en el hielo durante varios inviernos. Por supuesto, todo eso fue un cálido día de mayo en Inglaterra, en 1845.

–Y ahora este pobre cachorro está enamorado de una zorra esquimal -

murmura Crozier, en voz alta.

Como si comprendiera sus palabras, Silenciosa se vuelve lentamente hacia él.

Normalmente su rostro resulta invisible bajo el profundo túnel de su capucha, y sus rasgos están enmascarados por el espeso collar de pelo de lobo, pero esta noche Crozier ve su diminuta nariz, sus enormes ojos y su boca carnosa. El pulso de la aurora se refleja en los ojos negros.

La joven no resulta atrayente para el capitán Francis Rawdon Moira Crozier, tiene demasiado de salvaje para que la vea como plenamente humana, no es atractiva físicamente, y menos aún para un irlandés presbiteriano, y además la mente y las regiones inferiores del hombre están todavía llenas de luminosos recuerdos de Sophia Cracroft. Pero Crozier comprende por qué Irving, lejos de su hogar y su familia y de una novia propia, puede enamorarse de esa mujer pagana. Sólo su rareza, y quizás incluso las sombrías circunstancias de su llegada y la muerte de su compañero, tan extrañamente ligadas con los primeros ataques de la monstruosa entidad que acecha fuera, en la oscuridad, deben de ser como

una llama para la vacilante polilla de un joven tan perdidamente romántico como el tercer teniente John Irving.

Crozier, por otra parte, como descubrió tanto en la Tierra de Van Diemen en 1840 como de nuevo en el último tiempo que pasó en Inglaterra en los meses anteriores a que zarpara esta expedición, es demasiado viejo para el romance. Y demasiado irlandés. Y demasiado corriente.

Justo en ese momento desea que esa joven salga a dar un paseo por el hielo en la oscuridad y no vuelva.

Crozier recuerda el día, cuatro meses atrás, en que el doctor McDonald los informó a Franklin y a él, después de examinarla, la misma tarde que el hombre esquimal que iba con ella murió, atragantado en su propia sangre.

McDonald dijo que, según su opinión médica, la chica esquimal parecía tener entre quince y veinte años; aunque era difícil decirlo con los pueblos nativos, había experimentado ya la menarquia, pero seguía, según todas las indicaciones, virgo intacta. También, según informaba el doctor McDonald, el motivo de que la joven no hubiese hablado ni emitido sonido alguno, ni siquiera cuando su padre o marido fue abatido y yacía moribundo, era porque no tenía lengua. Según la opinión del doctor McDonald, la lengua no estaba cortada, sino que fue arrancada de un mordisco cerca de la raíz, o bien por la propia Silenciosa, o bien por otros.

Crozier se había quedado asombrado, no tanto por el hecho de que le faltase la lengua, sino al enterarse de que la joven esquimal era virgen.

Había pasado el tiempo suficiente en el Ártico, especialmente durante la expedición de Parry, que invernó junto a un poblado esquimal, para saber que los nativos locales se tomaban las relaciones sexuales tan a la ligera que los hombres ofrecían a sus esposas e hijas a los balleneros o a los exploradores del Servicio de Descubrimientos a cambio de la baratija más sencilla. A veces, según sabía Crozier, las mujeres se ofrecían simplemente por diversión, riendo y cantando con otras mujeres o con los niños incluso mientras los marineros se esforzaban, bufaban y gemían entre las piernas de las mujeres sonrientes. Eran como animales. Los pellejos peludos que vestían podían ser su propia piel peluda, por lo que concernía a Francis Crozier.

El capitán alza la mano enguantada hasta la visera de su gorra, bien sujeta por dos vueltas de una gruesa bufanda, y por tanto imposible de quitar o levantar incluso, y dice:

–Saludos, señora. Le sugiero que piense en retirarse abajo a su cuarto.

Aquí hace ya un poco de frío.

Silenciosa le mira. No parpadea, aunque sus largas pestañas no tienen nada de hielo. No habla, claro. Le mira.

Crozier, simbólicamente, se toca de nuevo el sombrero y continúa su vuelta por la cubierta, trepando hacia la popa elevada sobre el hielo y luego bajando por el lado de estribor, y haciendo una pausa para hablar con los otros dos hombres de guardia, para darle tiempo a Irving a llegar abajo y quitarse su ropa de abrigo, de modo que no parezca que el capitán va siguiendo al teniente pisándole los talones.

Acaba su conversación con el último vigía que tirita, el marinero de primera Shanks, cuando el soldado Wilkes, el más joven de los infantes de marina de a bordo, sale corriendo de debajo de la lona. Wilkes sólo se ha puesto dos capas de ropa encima del uniforme y le empiezan a castañetear los dientes antes de entregarle el mensaje.

–Con los saludos del señor Thompson al capitán, señor, el ingeniero dice que el capitán debería bajar a la bodega tan rápido como pueda.

–¿Por qué? – Si al final se ha acabado rompiendo la caldera, Crozier sabe que están todos muertos.

–Ruego que me perdone, señor, pero el señor Thompson dice que se requiere al capitán porque el marinero Manson está muy cerca del motín, señor.

Crozier se pone tieso al momento.

–¿Motín?

–«Cerca del motín», han sido las palabras del señor Thompson, señor.

–Hable claro, soldado Wilkes.

–Manson no quiere llevar más sacos de carbón más allá de la sala de Muertos, señor. Ni quiere bajar a la bodega. Dice que respetuosamente se niega, capitán. No quiere levantarse y está sentado en lo más bajo de la escala y no piensa llevar más carbón abajo, a la sala de la caldera.

–¿Qué es esa tontería? – Crozier siente los primeros pinchazos de la familiar ira irlandesa.

–Son los fantasmas, capitán -dice el soldado Wilkes, entre los dientes castañeteantes-. Todos los hemos oído cuando llevamos carbón o cuando cogemos algo de los almacenes más hondos. Por eso los hombres no quieren bajar más de la cubierta del sollado, a menos que los oficiales se lo

ordenen, señor. Hay algo ahí abajo en la bodega, en la oscuridad. Algo que ha estado arañando y golpeando desde dentro del barco, capitán. No es sólo el hielo. Manson está seguro de que es su antiguo compañero, Walker, y…, y los otros cadáveres guardados allí, en la sala de Muertos, que quieren salir.

Crozier controla su impulso de tranquilizar al soldado con hechos. El joven Wilkes no encontraría los hechos demasiado tranquilizadores.

El primer hecho y más sencillo de todos es que el ruido de rascar que procede de la sala de Muertos es, casi con toda seguridad, el de los centenares o miles de enormes ratas negras que se están dando un festín con los camaradas congelados de Wilkes. Las ratas noruegas, como Crozier sabe mucho mejor que el joven guardiamarina, son animales nocturnos, cosa que significa que están activas día y noche durante el largo invierno ártico, y esas criaturas tienen unos dientes que crecen sin cesar. Eso a su vez significa que los asquerosos bichos tienen que roer siempre. El las ha visto roer barriles de roble de la Marina Real, latas de dos centímetros y medio de grosor e incluso forros de plomo. Las ratas no tienen más problemas para comerse los restos congelados del marinero Walker y sus cinco desgraciados camaradas, incluyendo tres de los mejores oficiales de Crozier, de los que tendría un hombre cualquiera para comerse una tira de buey salado fría.

Pero Crozier no cree que sean sólo las ratas lo que oyen Manson y los demás.

Las ratas, como sabe Crozier por su experiencia de trece inviernos en el hielo, tienden a comerse a los amigos de uno de una forma tranquila y eficiente, excepto por los frecuentes chillidos que lanzan cuando esas voraces y enloquecidas alimañas se vuelven las unas contra las otras.

Hay algo más que produce esos ruidos de rascar y golpear abajo, en la cubierta de la bodega.

Lo que Crozier decide no recordarle al soldado Wilkes es el segundo hecho, el más sencillo: mientras la cubierta inferior normalmente estaría fría pero segura allí, debajo de la línea del agua o la línea invernal del mar helado, la presión del hielo ha forzado la proa del Terror más de cuatro metros más arriba de lo que debería estar. El casco en esa zona todavía está atrapado, pero sólo por varios centenares de toneladas amontonadas de hielo irregular, y por las toneladas añadidas de nieve que los hombres han