El Terror

Dan Simmons · Capítulo 50 de 69

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El Terror

Capítulo 48

Algunos de los marineros levantaron la vista desde los remos y miraron a Peglar ceñudos. De espaldas a la proa, no podían ver hacia delante.

–¿Ve ese serac o esa roca grande junto a la pica que dejé en la boca del canal?

–Sí -respondió el teniente Little-. ¿Qué pasa?

–Pues que no estaba ahí cuando hemos pasado antes -dijo Peglar.

–¡Remad ciando! – ordenó Little, innecesariamente, porque los hombres ya habían dejado de remar hacia delante y habían invertido el movimiento con presteza, pero el impulso de la pesada ballenera seguía conduciéndola hacia el hielo.

La roca de hielo se volvió.

48

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Goodsir

Tierra del Rey Guillermo, lat.

desconocida, long. desconocida

18 de julio de 1848

DEL diario privado del doctor Harry D. S. Goodsir: Martes, 18 de julio de 1848

Hace nueve días, cuando nuestro Capitán envió al Teniente Little y a ocho Hombres hacia delante en una Ballenera por el Canal en el Hielo, con órdenes de Volver al cabo de 4 Horas, el resto de nosotros Dormimos lo mejor que pudimos durante los Miserables Restos de aquellas cuatro Horas.

Pasamos más de dos Horas cargando los Trineos en los Botes y luego, como no teníamos Tiempo para desempaquetar las Tiendas, intentamos dormir en nuestras Pieles de Reno y sacos de Mantas encima de unas lonas impermeables colocadas en el Hielo junto a los mismos Botes. Los días del Sol de Medianoche ya habían pasado a principios de Julio, y dormimos (o Intentamos Dormir) durante las pocas Horas de casi total Oscuridad.

Estábamos muy cansados.

Después de que se acabasen las cuatro Horas Acordadas, el Primer Oficial Des Voeux despertó a los hombres, pero no había Señal alguna del Teniente Little. El Capitán permitió a la mayoría que se volvieran a Dormir.

Dos horas después, nos Despertaron a Todos y yo intenté echar una Mano lo mejor que pude, siguiendo las órdenes del Segundo Oficial Couch mientras los Botes se preparaban para Zarpar. (Como Cirujano, por supuesto, siempre siento cierto Temor de herirme en las Manos, aunque es Cierto que hasta el momento en este Viaje han Sufrido todo tipo de Agresiones excepto Congelaciones Graves y Amputaciones.) Así sucedió que siete Horas después de que el Teniente Little, James Reid, Harry Peglar y los seis marineros hubiesen partido en su Reconocimiento, 80 de los que estábamos en el hielo preparamos nuestros botes para seguirlos. Debido al movimiento en el Hielo y a las temperaturas más bajas, el Canal se había estrechado algo durante las pocas horas de Oscuridad y pocas horas de Sueño, y hacer que los nueve Botes se colocasen adecuadamente y hacerlos zarpar correctamente costó algo de Habilidad. Finalmente, todos los botes (las tres balleneras con el Capitán Crozier a la cabeza, el Segundo Oficial Couch en segunda posición,

conmigo a bordo) y luego los cuatro cúteres (comandados, respectivamente, por el Segundo Oficial Robert Thomas, el Contramaestre John Lañe, el Segundo Contramaestre Thomas Johnson, y el Segundo Teniente George Hodgson), seguidas por las dos pinazas al mando del Segundo Contramaestre, Samuel Brown, y el Primer Oficial, Charles des Voeux (Des Voeux era el tercero al mando de nuestra Expedición conjunta, ahora por detrás del Capitán Crozier y del Teniente Little, y por tanto se le asignó la Responsabilidad de llevar la retaguardia).

El tiempo se había vuelto más frío y caía Algo de Nieve ligera, pero la Niebla se había levantado en gran medida y se había convertido en una Capa de Nubes que colgaban muy Bajas y se movían sólo a nueve metros o así por encima del hielo. Aunque esto nos permitía ver mucho más lejos que la niebla del Día anterior, el efecto era opresivo, como si todos nuestros Movimientos estuviesen teniendo lugar en una sala de Baile situada en una desierta Mansión Ártica con un Suelo de Mármol Blanco resquebrajado bajo los pies y un Techo Bajo y Gris con nubes de trampantojo encima de nuestras cabezas. En el momento en que la novena y Ultima de las Chalupas fue botada al agua y su Tripulación se subió a ella, hubo un débil y Triste Intento de lanzar un hurra por parte de los hombres, ya que era la primera vez que la mayoría de aquellos Marineros de Alta Mar estaban a flote desde hacía casi 2 Años, pero los Vítores murieron antes de nacer. La preocupación por el Destino de la Tripulación del Teniente Little era demasiado grande para permitir lanzar unos hurras Sinceros.

Durante la primera Hora y media, los únicos sonidos eran los Quejidos del Hielo que se Movía en torno a nosotros y los ocasionales Gruñidos de Respuesta de los Hombres que iban a los remos. Pero sentado junto a la proa del segundo bote como iba yo, en la Bancada de remo detrás de la cual se encontraba el señor Couch de pie en la proa, sabiendo que yo era Superfluo a todos los Efectos de Locomoción, un Peso Muerto similar al pobre y comatoso pero todavía vivo David Leys (a quien los hombres arrastraban en una de las pinazas sin Queja alguna desde hacía más de tres Meses, y a quien mi nuevo ayudante, el antiguo mozo John Bridgens, alimentaba y limpiaba su propia Inmundicia debidamente cada Noche en la tienda médica que compartíamos, como si estuviese cuidando a un Amado Abuelo Paralítico, irónico, ya que Bridgens tenía más de 60 años y en

cambio el comatoso Leys sólo 40), mi posición así situado me permitía oír la Conversación Susurrada entre los Hombres que Remaban.

–Little y los Demás deben de haberse Perdido -susurraba un marinero llamado Coombs.

–No es posible que el Teniente Edward Little se haya Perdido -le respondía Charles Best-. Debe de estar Atrapado, no Perdido.

–¿Atrapado dónde? – susurró Robert Ferrier, en un Remo cercano-. Este Canal está abierto Ahora. Estaba abierto Ayer.

–Quizás el Teniente Little y el Señor Reid encontraron el camino de Salida hasta el Río Back y simplemente izaron la Vela y siguieron adelante -

susurró Tom McConvey, desde la Fila posterior-. Creo que ya están ahí…, comiendo Salmones que le saltarán al bote y Cambiando cuentas a los nativos por Grasa.

Nadie dijo nada ante aquella Sugerencia tan improbable. La mención de los Esquimales causaba una Silenciosa Consternación desde la masacre del Teniente Irving y de 8 de los Salvajes, el 24 de Abril pasado. Creo que la mayoría de los Hombres, por muy desesperados que estuviesen por hallar Salvación procedente de cualquier Fuente, Temían más que Esperaban otro contacto con los Pueblos Nativos. La Venganza, como sugieren algunos filósofos naturales y respaldan los Marinos, es una de las motivaciones humanas más Universales.

Dos horas y media después de dejar nuestro campamento de la Noche Anterior, la ballenera del Capitán Crozier se abrió paso en el Estrecho Canal hacia un Tramo Abierto de agua. Los hombres que iban en el bote de cabeza y en el mío lanzaron gritos de júbilo. Como si lo hubiesen dejado atrás para Señalar el Camino, un bichero de bote bastante grande sobresalía muy Alto, clavado en la Nieve y el Hielo, al salir de aquel Canal. La nieve y la ventisca helada de la Noche habían pintado la cara noroccidental del bichero de Blanco.

Esos gritos también murieron apenas recién Nacidos, mientras nuestra Fila de Botes iba saliendo al Agua Abierta.

El agua estaba Roja allí.

En unas repisas de hielo a la Izquierda y la Derecha del Canal Abierto, unas vetas de color escarlata que sólo podían ser de Sangre manchaban el hielo plano, y las Caras Verticales de los bordes de hielo. Aquella Visión me

provocó un Escalofrío y vi que otros hombres reaccionaban Abriendo la Boca.

–Tranquilos, hombres -murmuró el señor Couch desde la proa de nuestro Bote-. Esto indica que los Osos Blancos han cazado unas focas; hemos visto Sangre de Foca igual antes en Verano.

El Capitán Crozier, en el bote de cabeza, iba diciendo Cosas Similares a sus Marineros.

Un minuto después supimos que aquellas huellas Escarlata de Carnicería no eran el Residuo de ninguna Foca cazada por los Osos Blancos.

–¡Dios mío! – exclamó Coombs en su remo. Todos los hombres dejaron de remar. Las Tres balleneras, cuatro cúteres y Dos pinazas flotaban en una especie de círculo, en el agua teñida de rojo.

La proa de la ballenera del Teniente Little surgía verticalmente del Mar.

Su Nombre (uno de los 5 Nombres de bote que no se habían cambiado por el sermón del Leviatán del Capitán Crozier en Mayo), The LadyJ. Franklin, era claramente Visible con Pintura negra. El bote había quedado Roto en Pedazos a poco más de un metro de distancia de la proa, de modo que sólo su Sección Delantera (el Extremo roto de las bancadas destrozadas y el Casco astillado apenas visible debajo de la superficie del Agua Oscura y Helada) flotaba allí.

Cuando el Marinero Ferrier usó un bichero para tirar de lo que parecía un trozo flotante de Chaquetón azul, súbitamente gritó lleno de Horror y casi deja caer el largo artefacto.

Allí flotaba el cuerpo de un hombre, un Cadáver sin Cabeza todavía Ataviado con Lana azul empapada, con los Brazos y Piernas sumergidos en el agua negra. El cuello era sólo un Muñón breve. Sus dedos, quizás hinchados por la muerte y el agua fría, pero extrañamente acortados y formando anchos muñones, parecían moverse en la Corriente, levantándose y cayendo con la Ligera Marea como Gusanos Blancos que se retorcieran.

Era casi como si, al no tener Voz, el Cuerpo intentase decirnos algo mediante el Lenguaje de los Signos.

Ayudé a Ferrier y a McConvey a subir los Restos a bordo. Un pez o algún Depredador Acuático había mordisqueado las manos (los dedos habían desaparecido hasta la Segunda Articulación), pero el Frío Extremo había retardado los Procesos de hinchazón y descomposición.

El Capitán Crozier trajo su ballenera hasta que sú proa tocaba nuestro costado.

–¿Quién es? – murmuró un marinero.

–Es Harry Peglar -gritó otro-, reconozco la chaqueta.

–Pero Harry Peglar no Llevaba un Chaleco verde -repuso otro.

–¡Sammy Crispe llevaba uno! – exclamó el Cuarto Marinero.

–¡Silencio! – aulló el Capitán Crozier-. Doctor Goodsir, sea tan Amable de rebuscar en los bolsillos de nuestro desgraciado Compañero de Viaje.

Así lo hice. Del bolsillo más grande del Chaleco Mojado saqué una Bolsita de Tabaco casi Vacía, hecha de piel roja.

–¡Ah, mierda! – dijo Thomas Tadman, sentado junto a Robert Ferrier en mi Bote-. Es el pobre señor Reíd.

Así era. Todos los hombres recordaban que el Patrón de los Hielos Llevaba sólo la Chaqueta y el Chaleco Verde la tarde anterior, y todos le habíamos visto rellenar su Pipa mil veces con aquella vieja bolsita de piel roja.

Miramos al Capitán Crozier como si él pudiera explicar lo que les había Ocurrido a nuestros Compañeros, aunque en el interior de nuestras Almas todos lo sabíamos.

–Sujete el cuerpo del Señor Reid bajo la Cubierta del Bote -ordenó el capitán-. Vamos a buscar en la zona para ver si hay algún Superviviente. No remen ni se alejen fuera de la vista o del alcance de la voz.

Una vez más, los botes se abrieron en abanico. El señor Couch llevó nuestro bote de vuelta al hielo junto a la Abertura de la Ensenada, y Remamos Lentamente a lo largo la Repisa de hielo que se alzaba algo más de un metro por encima del Borde del agua abierta. Nos detuvimos ante cada mancha de Sangre en la superficie de los Témpanos y en la Cara Vertical, pero no había más cuerpos.

–Ah, maldita sea -gimió Francis Pocock, de 30 años, desde su lugar en la Espadilla a Popa de nuestro Bote-. Se ven los huecos ensangrentados de Dedos y Uñas de un hombre en la Nieve. La Cosa debió de arrastrarlo hacia abajo, al Agua.

–¡Cierra la bocaza y no digas Cosas semejantes! – gritó el señor Couch.

Sujetando el largo bichero con facilidad en una mano como un Auténtico Arpón de Ballenera, colocó un Pie con su Bota en la Proa de la

ballenera mientras miraba hacia atrás, a los remeros. Los hombres se quedaron silenciosos.

Había tres Lugares Ensangrentados similares en el hielo en el Extremo Noroccidental del Agua Abierta. El Tercero mostraba dónde Alguien había sido Comido a unos tres metros del Borde del hielo. Quedaban unos pocos huesos de las piernas, algunas Costillas mordisqueadas, un Tegumento Desgarrado que podía ser Piel Humana, y algunas Tiras de Tela Rota, pero no había cráneo ni características identificables.

–Bájeme al hielo, señor Couch -dije yo-, y Examinaré los Restos.

Así lo hice. Si hubiese sido en cualquier lugar del Mundo en tierra firme excepto Allí, las moscas habrían revoloteado en torno a la Carne Roja y el Músculo que había quedado allí, sin mencionar los restos de Entrañas que parecían como la Madriguera de algún Roedor debajo de la delgada Cobertura de la Nieve de la última noche, pero allí sólo había Silencio y el suave Viento del noroeste y los Gemidos del Hielo.

Yo llamé de nuevo al Bote (los marineros apartaban los Rostros) y Confirmé que no era posible la identificación. Ni siquiera los Pocos Restos de Ropa Desgarrada me daban pista alguna. No había Cabeza, ni Botas, ni Manos, ni Piernas, ni siquiera un Torso, aparte de las Costillas mordidas, un trocito de columna llena de tendones y media Pelvis.

–Quédese donde está, Doctor Goodsir -me dijo Couch-. Voy a enviar a MarJc y a Tadman con usted con una bolsa vacía de municiones para que ponga ahí los restos del pobre hombre. El Capitán Crozier querrá enterrarlos.

Era un trabajo Terrible, pero se hizo con rapidez. Al final ordené a los dos Marineros Asqueados que recogieran sólo las Costillas y el trozo de Pelvis en la bolsa que serviría de Mortaja Funeraria. Las Vértebras se habían helado y fundido con el Témpano, y los otros restos eran demasiado Truculentos para hacer algo.

Acabábamos de bajar del hielo y estábamos explorando el lado Sur del Agua Abierta cuando vino un grito del Norte.

–¡Hemos encontrado un hombre! – gritó un Marinero. Y de nuevo-: ¡

Un hombre!

Creo que todos notábamos el Corazón Latiendo con Fuerza mientras Coombs, McConvey, Ferrier Tadman, Mark y Johns remaban con fuerza, y Francis Pocock nos iba dirigiendo hacia un trozo de hielo flotante con el

tamaño de un campo de criquet que había ido derivando hacia el centro de Aquellos Cientos de Acres de Agua Abierta, entre los Témpanos Flotantes.

Todos queríamos (necesitábamos) encontrar a alguien con Vida del bote del Teniente Little.

Pero no iba a ser así.

El Capitán Crozier ya estaba en el Hielo y me llamó para que fuera hacia el Cuerpo que yacía allí. Confieso que me sentí un poco harto, como si ni siquiera el Capitán fuese capaz de Certificar una Muerte a menos que yo me viera obligado a Inspeccionar otro Cadáver que estaba Indudablemente Muerto. Me encontraba muy Fatigado.

Era Harry Peglar quien estaba allí echado, casi desnudo (ya que las únicas Ropas que le quedaban era Ropa Interior), Acurrucado en el Hielo, con las Rodillas Levantadas casi hasta la Barbilla, las Piernas cruzadas por los Tobillos, como si su última energía la hubiese gastado intentando mantenerse caliente y presionando su cuerpo Más y Más, con las Manos metidas bajo los Brazos mientras se Abrazaba y sufría lo que debieron de ser los Últimos y Violentos Temblores.

Sus ojos azules estaban abiertos y congelados. Tenía la carne también Azul y tan Dura al tacto como Mármol de Carrara.

–Debió de nadar hacia el Témpano, consiguió Trepar a él y se quedó congelado hasta morir aquí -sugirió con delicadeza el Señor Des Voeux-. La Criatura del Hielo no pudo coger a Harry ni atacarlo.

El Capitán Crozier se limitó a asentir. Yo sabía que el Capitán estimaba mucho a Harry Peglar y que contaba con él. A mí también me gustaba el capitán de la cofa del trinquete. Y a la mayoría de los hombres.

Entonces vi lo que miraba Crozier. Alrededor del Témpano de Hielo, en la nieve reciente (y especialmente en torno al Cadáver de Harry Peglar), se encontraban unas enormes huellas de pisadas, parecidas a las que produciría un Oso Blanco, con las garras bien visibles, pero Tres o Cuatro veces Más Grandes que las huellas que dejan las garras de un oso blanco.

La cosa había Rodeado a Harry muchas veces. ¿Observando al pobre Señor Peglar mientras éste yacía allí Temblando, Moribundo? ¿Disfrutando, quizá? ¿Había sido la última y temblorosa Imagen que presenciara Harry Peglar en esta Tierra la de esa Monstruosidad Blanca alzándose ante él y escrutándole con sus Ojos negros e inexpresivos? ¿Por qué no se había comido la cosa a nuestro Amigo?

–La Bestia iba andando a dos patas todo el tiempo que estuvo en el témpano. – Eso fue lo único que dijo el Capitán Crozier.

Otros hombres de los Botes se adelantaban ya con un trozo de Lona.

No había salida en el Lago del Hielo, excepto el Canal que Rápidamente se Cerraba y por el cual habíamos entrado. Dos circunnavegaciones del Cuerpo de Agua Abierta (cinco Botes remando en el sentido de las agujas del reloj, cuatro Botes remando en el sentido opuesto) ofrecieron el Descubrimiento único de ensenadas, Grietas en el Hielo y dos Rastros Sangrientos más en el Hielo, donde parecía como si la tripulación de una de nuestras balleneras de reconocimiento hubiese desembarcado y hubiese corrido, sólo para verse Cruelmente Interceptada y echada atrás. Gracias a Dios, quedaban algunos jirones de Lana azul, pero no se halló ningún otro resto más.

Por entonces ya había caído la Tarde y estoy seguro de que, como un solo Hombre, no teníamos más que un único Deseo: Apartarnos de aquel maldito Lugar. Pero teníamos los tres cuerpos de nuestros Compañeros (o al menos Parte de Algunos) y sentíamos también la Necesidad de Inhumarlos de una forma Honorable (muchos de nosotros suponíamos, me inclino a Creer, y tengo razón, según se ha demostrado, que aquéllos serían los últimos Servicios Funerarios Formales que los reducidos Restos de nuestra Expedición podrían permitirse el lujo de celebrar).

No se encontró ningún Desecho útil flotando en el lago de hielo salvo un Fragmento de Lona Empapada de una de las Tiendas Holland que se encontraban a bordo de la malhadada ballenera del Teniente Little. Éste se usó para inhumar el cuerpo de nuestro amigo Harry Peglar. Los restos parciales y Esqueléticos que yo había investigado junto al Canal quedaron en la bolsa de lona de munición. El torso del señor Reid fue introducido en un saco de dormir extra hecho con mantas.

Es costumbre en los Entierros en el Mar que se coloque una pieza o más de Munición de Artillería a los Pies del hombre que se Entrega a las Profundidades, asegurándose así de que el cuerpo se hundirá con Dignidad en lugar de quedar flotando de una forma Bochornosa, pero, por supuesto, no teníamos Munición de ese tipo aquel día. Los marineros rescataron un Garfio de la Proa flotante del Lady J. Franklin y algo de metal de las últimas latas Goldner vacías para poner lastre a las diversas mortajas.

Costó algo de tiempo sacar los Nueve Botes Restantes del agua negra y volver a colocar los cúteres y las pinazas encima de los Trineos. El Montaje de esos Trineos y la colocación de los Botes encima de ellos, con la correspondiente tarea de desmontar todo el equipaje y volverlo a montar, despojó a la esquelética tripulación de las últimas energías que les quedaban. Luego, los marineros se reunieron junto al borde del Hielo, de pie, formando una amplia Media Luna, para no cargar demasiado Peso en ningún punto de la Repisa de Hielo.

Nadie estaba de humor para un Largo Servicio y ciertamente tampoco para la Ironía Previamente Apreciada del legendario Libro de Leviatán del Capitán Crozier; de modo que, con cierta Sorpresa y algo de Emoción, oímos al Capitán recitar de Memoria el Salmo 90: Señor, tú has sido para nosotros un refugio de edad en edad. Antes que los montes fuesen engendrados, antes que naciesen tierra y orbe, desde siempre hasta siempre tú eres Dios. Tú al polvo reduces a los hombres, diciendo: «¡Tornad, hijos de Adán!».

Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche.

Tú los sumerges en un sueño, a la mañana serán como hierba que brota; por la mañana brota y florece, por la tarde se mustia y se seca. Pues por tu cólera somos consumidos, por tu furor anonadados. Has puesto nuestras culpas ante ti, a la luz de tu faz nuestras faltas secretas.

Bajo tu enojo declinan todos nuestros días, como un suspiro consumimos nuestros años.

Los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta, si hay vigor; mas son la mayor parte trabajo y vanidad, pues pasan presto y nosotros nos volamos.

¿Quién conoce la fuerza de tu cólera, y, temiéndote, tu indignación?

¡Enséñanos a contar nuestros días, para que entre la sabiduría en nuestro corazón!

Vuelve, oh, Señor, al fin, y ten piedad de tus siervos. Sacíanos de tu amor por la mañana, que exultemos y cantemos toda nuestra vida.

Devuélvenos en gozo los días que nos humillaste, los años en que la desdicha conocimos.

¡Que se vea tu obra con tus siervos, y tu esplendor sobre sus hijos!

¡La dulzura del Señor sea con nosotros! ¡Confirma Tú la acción de

nuestras manos!

Gloria sea dada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; como era en un principio, ahora y siempre, y en la vida eterna.

Amén.

Y todos los temblorosos supervivientes respondimos: amén.

Entonces hubo un gran Silencio. La nieve caía suavemente encima de Nosotros. El agua negra chapoteaba con un Sonido Hambriento. El hielo Gruñía y se Movía ligeramente bajo nuestros pies.

Todos nosotros, creo, estábamos Pensando que aquellas palabras eran un Panegírico y una Despedida para cada uno de nosotros. Hasta aquel Día y la pérdida del bote del teniente Little con todos sus hombres (incluyendo al irreemplazable señor Reid, y al señor Peglar, querido por todos), sospecho que muchos de nosotros todavía pensábamos que podíamos Sobrevivir. Entonces supimos que las oportunidades de que aquello ocurriese habían Desaparecido.

La largamente esperada y Universalmente Vitoreada Agua Abierta no era más que una Trampa maligna.

El Hielo no nos dejaba escapar.

Y la criatura del hielo no nos permitía salir.

El contramaestre Johnson exclamó:

–¡Compañía…, fuera los sombreros!

Nos quitamos nuestras variopintas y sucias coberturas de la cabeza.

–Sabed que nuestro Redentor vive -dijo el Capitán Crozier con aquel Susurro Ronco que ahora tenía por voz-. Y que permanecerá hasta el Ultimo Día en la Tierra. Y aunque después de nuestro pecado los Gusanos destruyan nuestros cuerpos, en nuestra carne veremos al Señor: a El solo veremos en nosotros mismos, y nuestros ojos sólo a El contemplarán.

»Oh, Señor, acepta a tus Humildes Siervos el patrón del hielo James Reid, el capitán de la cofa del trinquete Harry Peglar y a su Desconocido Tripulante en tu Reino, y con los dos que podemos Nombrar, por favor, acepta también las Almas del Teniente Edward Little, el marinero Alexander Berry, el marinero Henry Sait, el Marinero William Wentzall, el Marinero Samuel Crispe, el Marinero John Bates y el Marinero David Sims.

»Cuando llegue el día de unirnos a Ellos, Señor, por favor, permite que nos reunamos con ellos en Tu Reino.

»Oye nuestras plegarias, oh, Señor, por nuestros Compañeros de Navegación y por Nosotros Mismos, y por todas Nuestras Almas. Y con tus oídos atiende a nuestra llamada: no permanezcas ajeno a nuestras lágrimas.

Protégenos un poco más para que podamos recuperar nuestras fuerzas, antes de que nosotros les sigamos también y dejemos de existir.

»Amén.

–Amén -susurramos todos.

Los contramaestres levantaron los Sudarios de lona y los dejaron caer en el agua negra, donde se hundieron al cabo de unos Segundos. Unas burbujas blancas se alzaron como un Ultimo Intento de Hablar por parte de nuestros Compañeros desaparecidos, y luego la superficie del lago volvió a quedar Negra y Tranquila.

El Sargento Tozer y dos Marines dispararon una sola andanada de sus mosquetes.

Vi que el Capitán Crozier miraba al lago negro con una expresión llena de Emociones contenidas.

–Ahora nos vamos -nos dijo Firmemente a todos, a aquella partida de hombres tristes y deprimidos, Mentalmente Derrotados-. Podemos tirar de estos trineos y botes más de un kilómetro antes de que llegue la hora de dormir. Nos dirigiremos hacia el sudeste, hacia la boca del río Back. Ese viaje será mucho más Fácil aquí en el hielo.

Resultó que el viaje era mucho más Difícil en el hielo. Al Final era Imposible, no por las habituales Crestas de Presión y las previsibles Dificultades de transportar los botes, aunque aquello cada vez era más Problemático debido a nuestra Hambre, Enfermedad y Debilidad, sino a causa del Hielo que se Rompía y a la Criatura del Agua.

Moviéndonos en Relevos como de Costumbre con Nueve Hombres Menos en nuestra Expedición aquella Larga Tarde Ártica del 10 de julio, Progresamos mucho menos de kilómetro y medio antes de detenernos a montar las tiendas en el Hielo y Dormir al fin.

Aquel sueño fue Interrumpido menos de Dos Horas después cuando el Hielo súbitamente empezó a crujir y romperse. Toda la masa de hielo se movía arriba y abajo. Era una Experiencia muy Perturbadora, y todos nos dirigimos a gatas hacia la salida de nuestras Respectivas Tiendas y hubo cierta Confusión. Los marineros empezaron a desmontar las tiendas y prepararnos para empaquetarlas en los Botes cuando el Capitán Crozier, el

Señor Couch y el Primer Oficial Des Voeux les gritaron que se quedaran quietos. Los oficiales señalaron que no había señal alguna de grieta en el hielo cerca de nosotros y sólo aquel Movimiento.

Al cabo de unos quince minutos, el hielo se Aquietó, hasta que la Superficie del Mar Helado debajo de nosotros una vez más quedó firme como una Roca. Volvimos a introducirnos en las tiendas.

Una hora después empezó de nuevo el Movimiento y los Crujidos.

Muchos de nosotros repetimos nuestro viaje apresurado afuera, hacia el Viento Impetuoso y la oscuridad, pero los Marineros más Valientes se quedaron en los sacos de dormir. Los que nos habíamos Asustado volvimos a entrar de nuevo en las Tiendas Pequeñas, Atestadas y Malolientes, llenas de Ronquidos, Exhalaciones de los durmientes y Cuerpos Apelotonados en unos Sacos Húmedos, y el Olor rancio de unos hombres que no se habían cambiado de Ropa desde hacía varios meses, con el rostro algo avergonzado. Afortunadamente, estaba demasiado Oscuro para que nadie lo notara.

Todo el día siguiente luchamos por arrastrar los Botes hacia delante, hacia el sudeste, por encima de una Superficie no más sólida que una piel muy tirante de caucho. Aparecían grietas, algunas de las cuales mostraban un grosor de hielo de seis pies y más aún entre la Superficie y el Mar, pero la sensación de estar atravesando una Llanura de Hielo había desaparecido, reemplazada por la Realidad de movernos de Témpano en Témpano, en un océano blanco y ondulante.

Debo consignar aquí que la Segunda Tarde después de abandonar el Lago de Hielo Interior, yo estaba cumpliendo mi Deber de hacerme cargo de las pertenencias personales de los Muertos, la mayor parte de las cuales se habían Dejado Atrás en nuestros Almacenes Generales, cuando el grupo de reconocimiento del Teniente Little abandonó nuestro grupo en su ballenera, y había cogido la pequeña mochila del Capitán de la Cofa del Trinquete Peglar que contenía algunas Ropas, unas Cartas, unos pocos objetos personales, como un Peine de Cuerno y algunos Libros, cuando mi Ayudante, John Bridgens, dijo:

–¿Podría quedarme algunas de estas cosas, Doctor Goodsir?

Me sorprendí. Bridgens indicaba el Peine y una gruesa Libreta encuadernada de Piel.

Yo ya había hojeado aquella Libreta. Peglar escribía en una especie de Código Rudimentario, deletreando las palabras al Revés, y poniendo en Mayúscula la última letra de la última palabra de cada Frase, como si fuese la primera, pero mientras el Resumen del Ultimo Año de nuestra Expedición quizás hubiese tenido algún Interés para un Pariente, Tanto la escritura del capitán como la Estructura de sus frases, por no mencionar su ortografía, se habían hecho mucho más Rudimentarias y Trabajosas en los Meses inmediatamente anteriores y posteriores a nuestro Abandono de los Buques, hasta que había acabado casi por desintegrarse. En una entrada se podía leer: «Oh, muerte, dónde está tu agigón, la tunva de la Cala del Consuelo para qien tenga alguna duda de como… [aquí una línea ilegible, donde la libreta había resultado dañada por el agua]… el moribumdo dio…».

En la parte posterior de esta hoja, yo observé que Peglar había dibujado un círculo tembloroso y dentro había escrito: «el canpamento del terror abandonado». La fecha era ilegible, pero debía de haber sido en torno al 25

de abril. Otra página incluía fragmentos que decían:

«Como emos tenido un suelo mui duro para tirar…, qeremos un poco de grog para remogarnos el… fasil… todo mi corazón Tom porqe creo qe…

tiempo… deveria prepararme i entonzes… la noche del 21, dezidio».

Yo Supuse al Ver aquello que Peglar había escrito aquella Entrada la Tarde del 21 de Abril, cuando el Capitán Crozier había dicho a las Tripulaciones Reunidas del Terror y del Erebus que los últimos que quedaban debían Abandonar el Barco a la mañana siguiente.

Aquéllos eran, en otras Palabras, los balbuceos de un Hombre semianalfabeto, y no un Reflejo Orgulloso de los conocimientos o la Habilidad de Harry Peglar.

–¿Y por qué quiere esas cosas? – le pregunté a Bridgens-. ¿Era amigo suyo Peglar?

–Sí, Doctor.

–¿Y necesita usted un Peine? – El viejo Mozo estaba casi calvo.

–No, Doctor, sólo es un Recuerdo de ese hombre. Con eso y esta Libreta tengo bastante.

Muy raro, pensé, porque todo el mundo estaba aligerando su Carga en aquel momento y no añadiendo Pesados Libros a lo que ya tenían que Transportar.

Pero le entregué a Bridgens el Peine y el Diario. Nadie necesitaba la Camisa de repuesto ni los Calcetines de Peglar, ni los Pantalones de Repuesto de Lana ni su Biblia, así que los dejé en el Montón de artículos descartados a la mañana siguiente. En conjunto, las Posesiones Finales Abandonadas de Peglar, Little, Reid, Berry, Crispe, Bates, Sims, Wentzall y Sait formaron un pequeño y triste Monumento a la Mortalidad.

A la mañana siguiente, 12 de julio, empezamos a Atravesar más Fragmentos Ensangrentados en el Hielo. Al principio los Hombres estaban Aterrorizados temiendo que aquello fueran más Rastros de nuestros Compañeros, pero el Capitán nos dirigió hacia las Zonas Manchadas de mayor tamaño y nos demostró que en el Centro de la Gran Salpicadura Escarlata estaba el Cuerpo Muerto de un Oso Blanco. Todas aquellas zonas Manchadas de Sangre eran de Osos Polares Muertos, a menudo con poco más que una Cabeza destrozada, un Pellejo Blanco Ensangrentado, unos Huesos Partidos o unas Garras que quedaban como rastro.

Al principio los hombres se Tranquilizaron. Y luego, claro, se les ocurrió la Pregunta Obvia: ¿qué era lo que estaba matando a aquellos Enormes Predadores antes de nuestra Llegada?

La respuesta era Obvia.

Pero ¿por qué mataba Osos Blancos? Esa respuesta también era Obvia: para privarnos de cualquier posible Fuente de Alimentos.

Hacia el 16 de julio, los hombres parecían Incapaces de seguir adelante.

En un Día de Incesante Arrastre durante 18 horas, habíamos cubierto menos de kilómetro y medio en el Hielo. A Menudo podíamos ver el Montón de Ropa y Artículos Desechados de la noche anterior cuando acampábamos la Noche Siguiente. Habíamos encontrado más Osos Polares Descuartizados.

La Moral estaba tan baja que si hubiésemos Votado aquella semana, la Mayoría habría decidido Rendirse, Echarse a Descansar y Morir.

Aquella noche del 16 de Julio, mientras los Demás Dormían y sólo Un Hombre permanecía de Guardia, el Capitán Crozier me pidió que fuese a su Tienda. Ahora él dormía en la misma tienda que Charles des Voeux, su sobrecargo, Charles Hamilton Osmer (que mostraba signos de neumonía), William Bell (el timonel del Erebus) y Phillip Reddington, el antiguo capitán del castillo de proa de Sir John y del Capitán Fitzjames.

El capitán hizo una seña y todo el mundo excepto el Primer Oficial Des Voeux y el Señor Osmer dejaron la tienda para que tuviéramos algo de

Intimidad.

–Doctor Goodsir -empezó el Capitán-, necesito su consejo.

Yo Asentí y Escuché.

–Tenemos Ropa y Cobijo adecuados -dijo el Capitán Crozier-. Las botas de repuesto que hice que llevaran los Hombres que Tiraban de las Pinazas con los Suministros han salvado Muchos Pies de la Amputación.

–Estoy de acuerdo, Señor. – Aunque yo sabía que aquél no era el asunto sobre el cual se me pedía Consejo.

–Mañana por la mañana les voy a decir a los Hombres que debemos Dejar Una de las Balleneras y dos Cúteres y una Pinaza y que continuaremos sólo con los Cinco Botes Restantes -dijo el Capitán Crozier-.

Esas dos balleneras, dos cúteres y pinaza están en Mejores Condiciones, y deberán bastar para el Agua Abierta, si es que la Encontramos antes de la Boca del Río Back, ya que nuestras Provisiones son tan Reducidas.

–Los Hombres se Alegrarán de Todo Corazón al oír eso, Capitán -dije yo.

Ciertamente, era así. Como yo había ayudado también a tirar de los botes, el Conocimiento de que los días de Espantosos Relevos habían concluido Literalmente me quitaba un Peso enorme de los hombros y de la espalda.

–Lo que me gustaría Saber, Doctor Goodsir -continuó el Capitán, con la voz convertida en un Áspero y Exhausto susurro, el rostro Solemne-, es si podemos recortar aún más las Raciones de los Hombres. O más bien si cuando tengamos que recortarlas los Hombres seguirán siendo Capaces de tirar de los Trineos. Necesito su Opinión Profesional, Doctor.

Yo miré al suelo de la Tienda. Una de las Sartenes del Señor Diggle, o quizás el Artefacto Portátil del Señor Wall para Calentar el Té, cuando todavía nos quedaban botellas de Éter para las Estufas de Alcohol, había formado un Agujero Redondo allí.

–Capitán, Señor Des Voeux -dije finalmente, sabiendo que no hacía otra cosa que Afirmar lo Obvio ante ellos-, los hombres ya no tienen suficiente Nutrición ahora mismo para cumplir los Requisitos de su Labor Cotidiana.

– Tomé aliento-. Lo único que comen está Frío. Las últimas Comidas en Lata se Consumieron hace muchas Semanas. Las Estufas de Alcohol y las Lámparas de Alcohol se quedaron en el Hielo junto con la Ultima Botella Vacía de Éter Pirolígneo.

»Esta tarde, en la Cena, cada hombre tendrá una Galleta, un trocito de Cerdo Salado Frío, una Onza de chocolate, un Puñado de Té, menos de una Cucharadilla de Azúcar y su Sorbito Diario de Ron.

–Y la Pizca de Tabaco que hemos guardado para ellos -añadió el Señor Osmer.

Yo asentí.

–Sí, y su poquito de tabaco. Y les encanta el tabaco. Fue un golpe brillante dejar un poco escondido entre los Víveres. Pero no, Capitán, no puedo decir que los Hombres puedan aguantar con menos Cantidad de Comida que la actual, que ya es Inadecuada.

–Pero deben hacerlo -dijo el Capitán Crozier-. Nos quedaremos sin cerdo salado dentro de seis días. Y sin Ron dentro de diez.

El Señor Des Voeux se aclaró la garganta.

–Todo depende de si Encontramos y Matamos más focas en los Témpanos.

Por entonces yo sabía, como sabía todo el mundo en la Tienda, y todo el mundo en la Expedición, que habíamos matada y Disfrutado solamente de dos Focas desde que dejamos la cala del Consuelo, dos Meses antes.

–Estoy pensando -dijo el Capitán Crozier- que podría ser lo Mejor dirigirnos de nuevo hacia el Norte por la Costa de la Tierra del Rey Guillermo, quizás una travesía de Tres Días o de Cuatro. Es posible comer allí Musgo y Liqúenes. Me han dicho que si se encuentran las Variedades adecuadas se puede hacer una sopa que resulta Casi Sabrosa. Si podemos encontrar las Variedades adecuadas de Musgo y Liqúenes.

«Sir John Franklin -pensé yo, cansado-. El hombre que se comió sus zapatos.» Mi Hermano mayor me había contado Aquella Historia en los Meses anteriores a nuestra partida. Sir John habría sabido, por Triste Experiencia, precisamente qué Musgo y Liqúenes elegir.

–Los Hombres se mostrarían muy felices de librarse del Hielo, Capitán.

– Era lo único que podía Decir-. Y se sentirán inmensamente Felices al Saber que vamos a Arrastrar menos Botes.

–Gracias, Doctor -dijo el Capitán Crozier-. Eso es todo.

Yo bajé la cabeza en una especie de Patético Saludo, salí e hice la ronda de las peores víctimas del Escorbuto en sus Tiendas (porque ya no teníamos Enfermería, por supuesto, y Bridgens y yo cada noche íbamos de tienda en tienda para aconsejar y recetar a nuestros Pacientes). Luego fui