El Terror

Dan Simmons · Capítulo 4 de 69

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El Terror

Capítulo 4

algo mucho más inquietante: negrura. Nada. Un agujero en el hielo. Un túnel.

Honey dobla un trozo del roble astillado hacia fuera para que Crozier pueda iluminar aquello con su linterna.

–Madre de Dios, me cago en la puta -jadea el carpintero. Esta vez no ha pedido perdón a su capitán.

Crozier tiene la tentación de humedecerse los labios resecos, pero sabe lo doloroso que resulta ese gesto cuando están a cincuenta bajo cero en la oscuridad. Pero el corazón le late con tanta fuerza que casi está tentado de apoyarse contra el casco, igual que acaba de hacer el carpintero.

El aire helado del exterior entra a raudales con tanta rapidez que casi apaga la linterna. Crozier tiene que protegerla con la mano libre para que siga encendida, proyectando las sombras danzarinas de ambos hombres contra los baos, la cubierta y los mamparos.

Las dos largas cuadernas exteriores del casco están destrozadas y dobladas hacia dentro por alguna fuerza inconcebible e irresistible.

Claramente visibles a la luz de la linterna, que tiembla ligeramente, se aprecian unas marcas veteadas de garras con manchurrones helados de una sangre de un color intenso, absurdo.

4

Goodsir

Latitud 75° 12' N – Longitud 61°

6' O

Bahía de Baffin, julio de 1845

DEL diario privado del doctor Harry D. S. Goodsir: 11 de abril de 1845

En una carta dirigida a mi hermano escribo hoy: «Todos los oficiales esperan encontrar el paso y estar en el lado del Pacífico para el próximo verano».

Confieso que por muy Egoísta que parezca, mis expectativas sobre la Expedición me llevan a creer que nos costará algo más alcanzar Alaska, Rusia, China y las cálidas aguas del Pacífico. Aunque he recibido instrucción como anatomista y me he enrolado con el capitán sir John Franklin como simple ayudante de cirujano, yo, en Verdad, no soy un simple cirujano, sino un Doctor, y confieso además que por muy

aficionados que puedan resultar mis intentos, espero convertirme en una especie de Naturalista en este viaje. Aunque no tengo ninguna Experiencia personal con la flora y la fauna árticas, tengo la intención de familiarizarme personalmente con las formas de vida de este Reino Helado hacia el cual nos hicimos a la mar hace sólo un mes. Estoy especialmente interesado en el oso blanco, aunque la mayoría de los relatos que he oído contar a balleneros y antiguos Lobos de Mar Árticos tienden a ser demasiado fabulosos para concederles algún crédito.

Reconozco que este Diario personal es poco habitual, ya que la Bitácora Oficial que debo iniciar cuando partamos el mes que viene registrará todos los acontecimientos profesionales pertinentes y observaciones de mi tiempo en el HMS Erebus, en mi calidad de Ayudante de Cirujano y como miembro de la expedición del capitán sir John Franklin para hallar el paso del Noroeste, pero siento que se debe hacer algo más, algún otro registro con un relato más personal, y aunque jamás deje que ningún otro ser humano lea esto después de mi Regreso, es mi Deber (ante mí mismo, ya que no ante los demás) llevar estas notas. Lo único que sé hasta el momento es que mi Expedición con el capitán sir John Franklin promete ser la Experiencia de mi Vida.

Domingo, 18 de mayo de 1845

Todos los hombres están a bordo y aunque siguen los preparativos de última hora ininterrumpidamente para la Partida de mañana, especialmente en el almacenamiento de lo que el capitán Fitzjames me informa de que son más de ocho mil latas de comida envasada que han llegado justo a tiempo, sir John ha dirigido un Servicio Espiritual hoy para nosotros a bordo del Erebus y para todos los miembros de la tripulación del Terror que han deseado unirse a nosotros. He observado que el capitán del Terror, un irlandés llamado Crozier, no estaba entre los asistentes.

Nadie puede haber asistido al largo oficio y oído el sermón verdaderamente largo de sir John de hoy sin haberse sentido profundamente conmovido. Me pregunto si algún Buque de otra Marina de cualquier otra nación habrá sido capitaneado jamás por un hombre tan Religioso. No hay duda alguna de que estamos verdadera e irrevocablemente en Manos del Señor para el viaje que se avecina.

19 de mayo de 1845

¡Qué Partida!

Como nunca antes había estado en Alta Mar, y mucho menos había sido miembro de ninguna Expedición tan Anunciada, no tenía ni Idea de lo que debía Esperar, pero Nada podía haberme preparado para la gloria de un Día como el de hoy.

El capitán Fitzjames estima que más de diez mil curiosos y Personas de Importancia se apiñaban en los muelles de Greenhithe para vernos partir.

Los discursos resonaban hasta tal punto de que pensaba que no podríamos partir mientras todavía la Luz del Sol llenase el Cielo Veraniego.

Las bandas tocaban. Lady Jane, que había subido a bordo con sir John, bajó por la pasarela entre una serie de calurosos hurras de los sesenta y tantos tripulantes del Erebus. Las bandas volvieron a tocar. Entonces empezaron los vítores, mientras se largaban las estachas, y durante varios minutos el estruendo fue tan ensordecedor que no fui capaz de oír la orden que el propio sir John me gritó al oído.

La noche pasada, el teniente Gore y el Cirujano Jefe Stanley fueron tan Amables de informarme de que es costumbre durante la navegación que los oficiales no Muestren Emoción alguna, de modo que aunque sólo soy oficial técnicamente, permanecí en postura de firmes con los oficiales, con sus bonitas casacas azules, e intenté reprimir toda Exhibición de emociones, por muy varoniles que éstas fuesen.

Eramos los únicos en hacerlo. Los Marineros gritaban y agitaban los pañuelos y colgaban de los flechastes, y pude ver a muchas Mujeres de la Vida de los muelles, con su colorete, que los saludaban y les decían adiós.

Incluso el capitán sir John Franklin agitaba un pañuelo de vivos colores rojo y verde a lady Jane, a su hija Eleanor y a su sobrina Sophia Cracroft, que le devolvieron el saludo hasta que la visión de los muelles quedó obstruida por el Terror, que nos seguía.

Nos están arrastrando unos remolcadores de vapor, y en esta etapa de nuestro viaje nos sigue el HMS Rattler, una fragata de vapor muy potente y nueva, y también un barco de transporte alquilado para llevar nuestras provisiones, el Baretto júnior.

Justo antes de que el Erebus se alejase del muelle, una Paloma se posó en el palo mayor. La hija del primer matrimonio de sir John, Eleanor, bastante llamativa con un vestido de un verde intenso y un parasol color esmeralda, chilló entonces, pero no pudo ser oída entre los Vítores y las Bandas. Entonces señaló hacia arriba, y sir John y muchos de los Oficiales

levantaron la vista, sonrieron y también señalaron a la Paloma a otros que iban a bordo del buque.

Combinado con las Palabras pronunciadas en el Oficio Espiritual de ayer, asumo que éste es el Mejor Presagio Posible.

4 de julio de 1845

Qué terrible Travesía la del Atlántico Norte a Groenlandia.

Durante treinta tormentosos días, aun siendo remolcado, el Buque estuvo cabeceando, oscilando y bamboleándose, y las Portas de cada costado, herméticamente selladas, apenas quedaban un metro y veinticinco centímetros por encima del agua durante las oscilaciones hacia abajo, a veces casi sin Avanzar. He estado terriblemente mareado Veintiocho de los últimos Treinta días. El teniente La Vesconte me dice que nunca hemos hecho más de cinco nudos, cosa que, según me asegura, es un tiempo Terrible para cualquier buque que navega simplemente a Vela, y mucho menos para un Milagro de la Tecnología como el Erebus y nuestra embarcación amiga, el Terror, ambos capaces de progresar mediante vapor bajo el Impulso de sus invencibles Hélices.

Hace tres días doblamos el cabo Farewell, en el extremo sur de Groenlandia, y confieso que atisbar ese Enorme Continente, con sus acantilados rocosos y sus glaciares sin fin que bajan hasta el Mar, oscureció de forma tan pesada mi Espíritu como el cabeceo y bamboleo hicieron con mi Estómago.

¡Buen Dios, qué lugar más inhóspito y frío! Y en el mes de julio…

Nuestra moral está por las Nubes, sin embargo, y a bordo todos confiamos en la Habilidad y el Buen Juicio de sir John. Ayer el teniente Fairholme, el más joven de todos los tenientes, me dijo Confidencialmente:

«Nunca he sentido que ningún capitán con los que he navegado antes fuese tan buen compañero».

Hoy hemos llegado a la estación ballenera Danesa de la bahía de Disko.

Toneladas de suministros se han transferido desde el Baretto Júnior, y diez bueyes vivos transportados a bordo de ese buque fueron sacrificados esta misma tarde. Todos los hombres de ambos buques de la Expedición se darán un festín de carne esta noche.

Cuatro hombres han sido despedidos hoy de la Expedición, siguiendo el consejo de cuatro de nuestros cirujanos, y volverán a Inglaterra con el barco de remolque y de transporte. Son un hombre del Erebus, un tal Thomas

Burt, el armero del buque, y tres tripulantes del Terror, un soldado de la Marina llamado Aitken, un marinero que se llama John Brown, y el velero del Terror, James Elliott. Eso deja el número total de hombres en los dos buques en 129.

El pescado seco de los Daneses y una nube de Polvo de Carbón se ciernen encima de todos nosotros esta tarde. Centenares de sacos de carbón se han transferido hoy del Baretto Júnior, y los marineros a bordo del Erebus están muy atareados con las piedras suaves que llaman Piedras de Arena, frotando y volviendo a frotar las cubiertas para dejarlas bien limpias mientras los oficiales les gritan dándoles ánimos. A pesar del trabajo extra, Todos los Marineros están de Excelente Humor a causa de la promesa del Festín de esta Noche y gracias a raciones extra de Grog.

Además de los cuatro hombres inválidos que se han devuelto a casa, sir John también enviará las inspecciones de junio, los despachos oficiales y todas las cartas personales con el Baretto Júnior. Todo el mundo estará muy ocupado escribiendo los próximos días.

¡Después de esta semana, la próxima carta que llegue a nuestros seres queridos la enviaremos desde Rusia o China!

12 de julio de 1845

Otra partida, esta vez la Ultima antes del paso del Noroeste. Esta mañana hemos soltado amarras y nos dirigimos hacia el oeste desde Groenlandia, mientras la tripulación del Baretto Júnior nos dirigía tres entusiastas hurras y agitaba las gorras. Seguro que éstos son los últimos Hombres Blancos que vemos hasta que lleguemos a Alaska.

26 de julio de 1845

Dos balleneros, el Prince of Wales y el Enterprise han anclado cerca del lugar donde nosotros nos habíamos sujetado a una Montaña de Hielo flotante. He disfrutado muchas horas de charla con los capitanes y la tripulación acerca de los osos blancos.

También he notado el horror (mezclado con Placer) de subir a ese enorme iceberg esta mañana. Los marineros ya subieron ayer y tallaron unos escalones en el hielo vertical con sus hachas y luego colocaron unas sogas fijas para los menos ágiles. Sir John ordenó que se colocara un Observatorio en la cúspide de la montaña gigante, que se alza más de dos veces por encima de nuestro Palo Mayor, y mientras el teniente Gore y algunos de los oficiales del Terror toman allí algunas medidas atmosféricas

y astronómicas, han erigido una tienda para aquellos que quieran pasar la noche en la cima de la Escarpada Montaña de Hielo. Nuestros Patrones de los Hielos de la Expedición, el señor Reid del Erebus y el señor Blanky del Terror han pasado todas las horas de luz solar mirando hacia el oeste y hacia el norte a través de sus catalejos de latón, buscando, según se me informó, el camino más probable entre el mar de hielo ya casi sólido formado allí. Edward Couch, nuestro Primer Oficial Responsable y Locuaz, me cuenta que es «muy tarde» en la Estación Ártica para que los barcos busquen un paso, y mucho menos el Mítico Paso del Noroeste.

La visión del Erebus y del Terror al ancla en el iceberg que tenemos

«debajo», un laberinto de cuerdas que debo recordar llamar «cabos», ahora que soy un auténtico lobo de mar, sujetando ambos barcos a la Montaña de Hielo, las elevadas cofas de ambos buques «por debajo» de mi precario observatorio de hielo, tan alto por encima de todo lo demás, creaban una suerte de Vértigo emocionante en mi interior.

Me sentía eufórico de pie, muchos metros por encima del mar. La cumbre del iceberg era casi del tamaño de un campo de criquet, y la tienda que albergaba nuestro Observatorio Meteorológico parecía bastante incongruente en el cielo azul, pero mis esperanzas de tener unos cuantos momentos de Tranquila Ensoñación se vieron destrozadas en mil pedazos por los constantes Disparos de Escopetas, ya que los hombres que estaban en la Cumbre de nuestra Montaña de Hielo disparaban a las aves, golondrinas árticas, según me dijeron, a centenares. Esas montañas de aves recién cazadas se salarían y se almacenarían convenientemente, aunque sólo el Cielo Sabe dónde se guardarán esos barriles, ya que ambos buques van ya Gimiendo y muy hundidos bajo el peso de tantos Víveres.

El doctor McDonald, ayudante de cirujano a bordo del HSM Terror, mi homólogo de ese buque, en resumidas cuentas, tiene la teoría de que la comida fuertemente salada no resulta tan eficiente contra el escorbuto como las vituallas frescas o no saladas, y como los marineros normales a bordo de ambos buques prefieren su Cerdo Salado a cualquier otra comida, al doctor McDonald le preocupa que esas aves tan saladas añadan poco a nuestras Defensas contra el Escorbuto. Sin embargo, Stephen Stanley, nuestro Cirujano a bordo del Erebus, descarta esas preocupaciones. Señala que además de las 10.000 cajas de comida en conserva a bordo del Erebus, nuestras raciones en lata incluyen cordero hervido y asado, ternera, todo

tipo de vegetales, incluyendo patatas, zanahorias, chirivías y verduras diversas, muchas variedades de sopas y 4.250 kilos de chocolate. Llevamos también un peso similar (4.180 kilos) de zumo de limón como principal medida antiescorbútica. Stanley me informa de que aunque el zumo se halla endulzado con generosas porciones de azúcar, los hombres odian su ración diaria y que uno de nuestros Principales Deberes como cirujanos de la Expedición es asegurarnos de que se la tragan.

Resultó interesante para mí que casi toda la caza de los oficiales y hombres de ambos buques se hizo casi exclusivamente mediante Escopetas.

El teniente Gore me asegura que cada barco contiene un arsenal completo de mosquetes. Por supuesto, sólo tiene sentido usar Escopetas para cazar aves en el caso de que se maten a cientos, como hoy, pero aun en la bahía de Disko, cuando pequeñas partidas salían a cazar Caribúes y Zorros Árticos, los hombres, incluso los marinos que obviamente han recibido entrenamiento en el uso de los mosquetes, preferían llevarse Escopetas.

Esto, por supuesto, puede ser producto del Hábito tanto como de la Preferencia, ya que los oficiales tienden a ser Caballeros Ingleses que jamás han usado mosquetes o Rifles en la caza, y excepto por el uso de armas de un solo tiro en el Combate Naval Cuerpo a Cuerpo, hasta los marines han usado Escopetas casi exclusivamente en sus pasadas experiencias de caza.

¿Bastarán las Escopetas para cazar al Gran Oso Blanco? No hemos visto todavía a ninguna de esas asombrosas criaturas, aunque todos los Oficiales y Marineros con Experiencia me aseguran que deberíamos encontrarlas en cuanto entremos en el Banco de Témpanos, y si no, ciertamente cuando tengamos que Pasar el Invierno…, si es que nos vemos obligados a ello.

Realmente, las historias que los balleneros me han contado de los elusivos Osos Blancos son Maravillosas y Terroríficas.

Mientras escribo estas palabras, me informan de que la corriente, o el viento, o quizá las necesidades del negocio de la caza de ballenas se han llevado a ambos balleneros, el Prince of Wales y el Enterprise lejos de nuestras amarras aquí en nuestra Montaña de Hielo. El capitán sir John no podrá comer con uno de los capitanes de los balleneros, el capitán Martin del Enterprise, creo, como había planeado para esta noche.

Quizá de forma más Pertinente, el Oficial Robert Sergeant me acaba de informar de que nuestros hombres están bajando ya los instrumentos astronómicos y meteorológicos, plegando la tienda y enrollando los metros