El Terror
Capítulo 2
apilado a sus costados a unos pocos centímetros de la barandilla para proporcionar un mayor aislamiento para el invierno.
Algo, según sospecha Francis Crozier, ha excavado a lo largo de esas toneladas de nieve y ha hecho un túnel a través de la masa de hielo, dura como el hierro, hasta llegar al casco del buque. De alguna forma, esa cosa ha notado qué partes del interior a lo largo del casco, como los tanques de almacenamiento de agua, están forradas de hierro, y ha encontrado una de las pocas zonas de almacenamiento huecas, la sala de Muertos, que conduce directamente al barco. Y ahora está golpeando y arañando para entrar.
Crozier sabe que sólo existe una cosa en la tierra que tenga tanta fuerza, una persistencia tan mortal, y una inteligencia tan malévola. El monstruo del hielo está intentando llegar hasta ellos desde abajo.
Sin decir ni una palabra más al guardiamarina Wilkes, el capitán Crozier se dirige abajo a intentar arreglar las cosas.
2
Franklin
Latitud 51° 29' N - Longitud 0o
O' O
Londres, mayo, 1845
Era y sería siempre el hombre que se comió sus zapatos.
Cuatro días antes de echarse a la mar, el capitán sir John Franklin contrajo la gripe que corría por ahí. Se contagió, estaba seguro, no de uno de los marineros y estibadores corrientes que cargaban los barcos en los muelles de Londres, ni de ninguno de los ciento treinta y cuatro miembros de su tripulación y oficiales, porque todos estaban sanos como caballos de tiro, sino de algún enfermizo adulador de alguno de los círculos de amigos de la alta sociedad de lady Jane.
El hombre que se comió sus zapatos.
Era tradicional entre las mujeres de los héroes del Ártico coser una bandera para plantarla en algún lugar del lejano norte, o en este caso, para izarla en el punto en que se completase el tránsito de la expedición del paso del Noroeste, y la esposa de Franklin, Jane, estaba terminando de coser una Union Jack de seda cuando él llegó a casa. Sir John entró en el salón y se dejó caer medio derrengado en el sofá relleno de pelo de caballo, cerca del lugar donde ella estaba sentada. Más tarde no recordaba haberse quitado las
botas, pero alguien debió de hacerlo, ya fuese Jane o uno de los sirvientes, porque pronto se encontró echado de espaldas y medio dormido, con un fuerte dolor de cabeza y el estómago más inquieto que si estuviera en el mar, y ardiendo de fiebre. Lady Jane le hablaba de lo ocupada que había pasado el día, sin hacer una pausa en su relato. Sir John intentaba escucharla mientras la fiebre le arrastraba en su incierta marea.
Él era el hombre que se comió sus zapatos, y así fue durante veintitrés años, desde que volvió a Inglaterra en 1822 después de su primera y fracasada expedición por tierra atravesando el norte de Canadá para encontrar el paso del Noroeste. Recordó las risitas y las bromas que se hicieron a su regreso. Franklin se había comido sus zapatos y cosas peores en aquel viaje malhadado de tres años, incluyendo tripe-de-roche, unas gachas asquerosas hechas con liquen rascado de las rocas. Dos años después de partir, muertos de hambre, él y sus hombres (Franklin los había dividido en tres grupos, dejando que los otros dos sobrevivieran o murieran por su cuenta) habían hervido la parte superior de sus botas y zapatos para sobrevivir. Sir John, que entonces era simplemente John, ya que fue nombrado caballero por su incompetencia después de un viaje posterior por tierra y una frustrada expedición polar por mar, había pasado muchos días en 1821 sin comer otra cosa que restos de piel sin curtir. Sus hombres se comieron los camisones de piel de búfalo. Y luego algunos habían empezado a comer otras cosas.
Pero nunca se comieron a otro ser humano.
Hasta aquel día, Franklin dudaba de si los otros de su expedición, incluyendo a su buen amigo y teniente jefe el doctor John Richardson, habrían conseguido resistir esa tentación. Habían ocurrido demasiadas cosas cuando los grupos estaban separados e iban dando tumbos por las inmensidades árticas, intentando desesperadamente volver al pequeño e improvisado Fort Enterprise de Franklin y a los auténticos fuertes, Providence y Resolution.
Nueve hombres blancos y un esquimal muertos. Nueve muertos de los veintiuno que el joven teniente John Franklin, de treinta y tres años de edad y por entonces chato y ya algo calvo, había conducido saliendo de Fort Resolution en 1819, más uno de los guías nativos que recogieron por el camino. Franklin se había negado a dejar que el hombre dejase la expedición para buscar algo de comer para sí mismo. Dos de los hombres
fueron asesinados a sangre fría. Al menos uno de ellos, sin duda, fue devorado por otros. Pero sólo murió un inglés. Sólo un hombre realmente blanco. Los demás sólo eran voyageurs franceses o indios. Fue un éxito relativo, sólo un inglés muerto, aunque todos los demás se vieron reducidos a tartamudeantes esqueletos barbudos. Aunque los demás sobrevivieron sólo porque George Back, ese maldito guardiamarina hipersexuado, caminó por la nieve unos dos mil kilómetros para traer suministros y, más importante que los suministros aún, más indios para que alimentasen y cuidasen a Franklin y su moribunda partida.
Ese condenado Back. No era un buen cristiano, en absoluto. Arrogante.
No era un verdadero caballero, a pesar de que después le nombraran sir por una expedición al Ártico navegando en el mismísimo HMS Terror que ahora comandaba sir John.
En aquella expedición, la de Back, el Terror fue levantado por el aire hasta una altura de quince metros por una torre de hielo que se elevó de pronto y luego lo dejó caer tan violentamente que todas las cuadernas de roble del casco se abrieron y se formó una vía. George Back llevó el barco con sus grietas a la costa de Irlanda, consiguiendo que encallase pocas horas antes de que acabase hundido. Todos los hombres padecían el escorbuto: encías negras, ojos sangrantes, dientes que se caían, y la locura y los delirios que lo acompañan.
Después de aquello nombraron sir a Back, desde luego. Es lo que hacían siempre Inglaterra y el Almirantazgo cuando uno volvía de una expedición polar que había fracasado miserablemente, con el resultado de una terrible pérdida de vidas. Si uno sobrevivía, te daban un título y celebraban un desfile. Después de que volviese Franklin de su segunda expedición al extremo norte y más alejado de Norteamérica para hacer mapas de la costa, en 1827, el rey Jorge IV le nombró, personalmente, caballero. La Sociedad Geográfica de París le entregó una medalla de oro. Fue recompensado nombrándole capitán de la preciosa y pequeña fragata de veintiséis cañones HMS Rainbow y le destinaron al Mediterráneo, un destino por el que todos y cada uno de los capitanes de la Marina Real rezaban cada día. El pidió en matrimonio a una de las mejores amigas de Eleanor, su esposa muerta, la enérgica, bella y desenvuelta Jane Griffin.
–Así que le expliqué a sir James, tomando el té -estaba diciendo Jane-, que el honor y la reputación de mi querido sir John son infinitamente más
queridas para mí que cualquier deseo egoísta de regodearme en la compañía de mi marido, aunque deba ser por cuatro años… o cinco.
¿Cómo se llamaba aquella chica india copper por la cual Back estuvo a punto de pelear en un duelo en sus cuarteles de invierno, en Fort Enterprise?
Medias Verdes. Sí, eso era. Medias Verdes.
Esa chica era mala. Sí, muy guapa, pero mala. No tenía vergüenza. El propio Franklin, a pesar de todos sus esfuerzos por no mirarla siquiera, la había visto quitarse sus ropas de pagana y atravesar desnuda la mitad de la cabana, una noche de luna.
Él tenía treinta y cuatro años por aquel entonces, pero ella era la primera criatura humana femenina desnuda que veía, y la más bella. Aquella piel oscura. Esos pechos ya hinchados como un fruto maduro, pero todavía de adolescente, con los pezones todavía no erectos, con esa areola extraña, suave, como unos círculos de un marrón oscuro. Era una imagen que sir John no había podido erradicar nunca de su recuerdo, por mucho que lo intentase, en el cuarto de siglo transcurrido desde entonces. La chica no tenía la clásica uve de vello púbico que Franklin había visto posteriormente en su primera esposa, Eleanor, atisbada sólo una vez cuando ella se preparaba para el baño, ya que Eleanor nunca permitió que la más mínima luz los iluminara las escasas veces que hacían el amor, ni el nido de vello más ralo, pero también más agreste y rubio que formaba parte del cuerpo envejecido de su actual esposa, Jane. No, la muchacha india, Medias Verdes, tenía sólo una franja estrecha, pero de un negro impoluto, encima de sus partes femeninas. Tan delicada como una pluma de cuervo. Tan negra como el mismísimo pecado.
El guardiamarina escocés, Robert Hood, que ya había engendrado un bastardo con otra mujer india durante aquel interminable primer invierno en la cabana que él había bautizado como Fort Enterprise, se enamoró rápidamente de la squaw adolescente Medias Verdes. La chica se había acostado previamente con otro guardiamarina, George Back, pero como Back se había ido a cazar, ella trasladó sus preferencias sexuales a Hood con la facilidad que sólo conocen los paganos y los primitivos.
Franklin todavía recordaba los gemidos de pasión en las largas noches…, no la pasión de unos pocos minutos, como la que él había experimentado con Eleanor, sin gemir ni hacer ruido alguno, por supuesto,
ya que ningún caballero haría semejante cosa, ni tampoco los dos breves brotes de pasión como en aquella memorable noche de su luna de miel con Jane; no, Hood y Medias Verdes lo hacían al menos media docena de veces.
En cuanto los ruidos de Hood y la chica cesaban en el cobertizo adjunto, empezaban otra vez… risas, cuchicheos, luego quejidos suaves, que conducían de nuevo a los gritos más altos a medida que la descarada muchacha apremiaba a Hood.
Jane Griffin tenía treinta y seis años cuando se casó con John Franklin, recién nombrado sir, el 5 de diciembre de 1828. Se fueron de luna de miel a París. A Franklin no le gustaba especialmente aquella ciudad, ni tampoco el francés, pero su hotel era muy lujoso y la comida excelente.
Franklin había experimentado cierto temor de que durante sus viajes en el continente pudieran toparse con ese tal Roget, Peter Mark, el que había conseguido cierta notoriedad literaria preparando para su publicación no sé qué estúpido diccionario o lo que fuese, el mismo que en tiempos pidió la mano de Jane Griffin y fue rechazado igual que todos los demás pretendientes de juventud de su esposa. Franklin había curioseado en los diarios de Jane de aquella época, racionalizando después su delito al pensar que ella quería que los encontrase y leyese aquellos volúmenes encuadernados en piel de ternera, porque, si no, no los habría dejado en un lugar tan obvio, y vio, pergeñada con la impecable letra de su amada, la frase que ella escribió el día que Roget finalmente se casó con otra: «todo el romanticismo de mi vida ha desaparecido».
Robert Hood siguió haciendo ruido con Medias Verdes durante seis interminables noches árticas, y entonces su compañero guardiamarina George Back volvió de su partida de caza con los indios. Los dos hombres dispusieron un duelo a muerte al amanecer, en torno a las diez de la mañana siguiente.
Franklin no sabía qué hacer. El corpulento teniente era incapaz de ejercer ninguna disciplina sobre los hoscos voyageurs o los desdeñosos indios, y mucho menos controlar al testarudo Hood o al impulsivo Back.
Ambos guardiamarinas eran artistas y cartógrafos. Desde aquella época, Franklin no confió nunca más en un artista. Cuando el escultor de París hizo unas manos de lady Jane y el perfumado sodomita de Londres vino durante un mes seguido para pintar su retrato oficial al óleo, Franklin no dejó a aquellos hombres a solas con ella ni un momento.
Back y Hood se iban a enfrentar en duelo a muerte al amanecer, y John Franklin no podía hacer nada salvo esconderse en la cabana y rezar para que la muerte o herida resultante no destruyese los últimos vestigios de cordura de aquella expedición, ya bastante comprometida. Sus órdenes no habían especificado que tuviera que llevar «comida» durante la caminata de dos mil kilómetros por la tierra, la costa y el río árticos. De su propio bolsillo había pagado los suministros suficientes para alimentar a los dieciséis hombres durante un día. Franklin había asumido que los indios a partir de entonces cazarían y los alimentarían adecuadamente, igual que los guías les llevaban los paquetes y remaban en sus canoas de corteza de abedul.
Las canoas de corteza de abedul habían sido un error. Veintitrés años después estaba dispuesto a reconocerlo…, al menos para sí. Al cabo de unos pocos días en las aguas congeladas a lo largo de la costa norte, alcanzadas más de un año y medio después de su partida de Fort Resolution, las endebles barquitas habían empezado a deshacerse.
Franklin, con los ojos cerrados y la frente ardiente, y la cabeza latiendo, medio escuchando la ininterrumpida corriente del parloteo de Jane, recordó la mañana en que él estaba echado en su grueso saco de dormir y cerraba los ojos con fuerza mientras Back y Hood daban quince pasos en el exterior de la cabana y luego se volvían para disparar. Los malditos indios y los malditos voyageurs, igual de salvajes en muchos aspectos, trataban aquel duelo a muerte como un simple entretenimiento. Medias Verdes, recordaba Franklin, estaba radiante aquella mañana, con un resplandor casi erótico.
Echado en su saco de dormir, con las manos apretadas encima de las orejas, Franklin seguía oyendo el grito que marcaba los pasos, el grito para que se dieran la vuelta, el grito para apuntar, la orden de fuego.
Y luego dos clics. Y las carcajadas de la multitud.
Durante la noche, el viejo marinero escocés que había gritado las órdenes, ese hombre duro y nada caballeroso, John Hepburn, había quitado las balas y la pólvora de las pistolas cuidadosamente preparadas.
Desinflados por la incesante risa de la multitud de voyageurs e indios que se daban palmadas en las rodillas, Hood y Back echaron a andar en direcciones opuestas. Poco después Franklin ordenó a George Back que volviese a los fuertes para comprar más provisiones de la Compañía de la Bahía de Hudson. Back estuvo fuera la mayor parte del invierno.
Franklin se comió sus zapatos y subsistió a base de liquen rascado de las rocas, una comida que era como fango y que podía haber hecho vomitar a un perro inglés con un mínimo de dignidad, pero no quiso aceptar la carne humana.
Un año largo después del duelo impedido, en la partida de Richardson, después de que el grupo de Franklin se hubiese separado de ella, ese hosco y medio loco iroqués de la expedición, Michel Teroahaute, disparó al artista y cartógrafo Robert Hood en el centro de la frente.
Una semana antes del crimen, el indio había traído un trozo de carne, un anca de gusto muy fuerte a la partida muerta de hambre, insistiendo en que procedía de un lobo que había acabado corneado por un caribú o muerto por el propio Teroahaute con un cuerno de ciervo, la historia del indio variaba por momentos. El grupo hambriento cocinó y se comió la carne, pero no antes de que el doctor Richardson observase unas ligeras trazas de tatuaje en la piel. El doctor confesó más tarde a Franklin que era seguro que Teroahaute había vuelto sobre sus pasos a recoger el cuerpo de uno de los voyageurs que habían muerto aquella semana en la caminata.
El indio hambriento y el moribundo Hood estaban solos cuando Richardson, que había salido a rascar liquen de las rocas, oyó el disparo.
«Suicidio», insistió Teroahaute, pero el doctor Richardson, que había atendido a muchos suicidas, sabía que la posición de la bala en el cerebro de Robert Hood no procedía de una herida autoinfligida.
Ahora, el indio iba armado con una bayoneta británica, un mosquete, dos pistolas bien cargadas y medio amartilladas y un cuchillo tan largo como su antebrazo. Los dos únicos no indios que quedaban, Hepburn y Richardson, tenían sólo una pistola pequeña y un mosquete poco fiable para los dos.
Richardson, uno de los científicos y cirujanos más respetados de toda Inglaterra, amigo del poeta Robert Burns, pero que entonces era sólo un cirujano y naturalista prometedor, esperó a que Michel Teroahaute volviese de una expedición de búsqueda, se aseguró de que llevaba los brazos bien cargados de leña y luego levantó su pistola y, a sangre fría, disparó al indio en la cabeza.
El doctor Richardson posteriormente admitió haberse comido la camisa de búfalo del muerto Hood, pero ni Hepburn ni Richardson, los únicos
supervivientes de su partida, mencionaron nunca qué más habían comido en la semana siguiente de ardua caminata de regreso a Fort Enterprise.
En Fort Enterprise, Franklin y su partida estaban demasiado débiles para ponerse de pie o andar. Richardson y Hepburn parecían fuertes, en comparación.
Quizá fuese el hombre que se había comido sus zapatos, pero John Franklin nunca…
–La cocinera está preparando buey asado esta noche, querido. Tu favorito. Como es nueva, y estoy segura de que esa mujer está inflando nuestras facturas, porque robar es tan natural como beber para los irlandeses, le he recordado que tú insistes en que debe estar muy poco hecho, de tal modo que sangre al tocarlo el cuchillo de trinchar.
Franklin, flotando en una marea de fiebre, intentó formular alguna palabra como respuesta, pero las oleadas de dolor de cabeza, náusea y calor eran demasiado grandes. El sudor empapaba su ropa interior y el cuello, que todavía llevaba puesto.
–La esposa del almirante sir Thomas Martin nos ha enviado hoy una deliciosa tarjeta y un maravilloso ramo de flores. La verdad es que es lo único que he sabido de ella, pero debo decir que las rosas quedan preciosas en el vestíbulo. ¿Las has visto? ¿Has tenido tiempo para conversar con el almirante Martin en la recepción? Desde luego, no es demasiado importante, ¿verdad? ¿Aunque sea controlador de la Marina? Ciertamente, no es tan distinguido como el primer lord o los primeros comisionados, mucho menos que tus amigos del Consejo Ártico.
El capitán sir John Franklin tenía muchos amigos; a todo el mundo le gustaba el capitán sir John Franklin. Pero nadie le respetaba. Durante décadas, Franklin había aceptado el primer hecho y evitado el segundo, pero ahora sabía que era verdad. A todo el mundo le gustaba. Nadie le respetaba.
No después de lo de la Tierra de Van Diemen. No después de la prisión de Tasmania y de cómo había estropeado aquello.
Eleanor, su primera esposa, se estaba muriendo cuando la dejó y partió a su segunda expedición importante.
El sabía que se estaba muriendo. Ella sabía que se estaba muriendo. La tisis, y el hecho de saber que moriría mucho antes de que su esposo muriera en batalla o en una expedición, les había acompañado como un tercer
integrante de su ceremonia nupcial. En los veintidós meses de su matrimonio le había dado una hija, su única hija, la joven Eleanor.
Su primera mujer, que era frágil y pequeña de cuerpo, pero con un espíritu y una energía que casi asustaban, le había dicho que debía partir a su segunda expedición para encontrar el paso del Noroeste, un viaje por tierra y mar siguiendo la línea de la costa norteamericana, aunque ella tosía sangre y sabía que el fin se acercaba. Dijo que era mejor para ella que él se encontrase lejos. El la creyó. O al menos, creía que sería mejor para sí mismo.
Al ser un hombre profundamente religioso, John Franklin había rezado para que Eleanor muriese antes de la fecha de su partida. Pero no fue así. El se fue el 16 de febrero de 1825, escribió a su amada muchas cartas mientras estaba en tránsito hacia el Gran Lago de los Esclavos, las envió en Nueva York y en Albany, y supo que había muerto el 24 de abril, en la estación naval británica de Penetanguishene. Ella había muerto poco después de que su barco partiese de Inglaterra.
Cuando volvió de su expedición en 1827, Jane Griffin, la amiga de Eleanor, le estaba esperando.
La recepción del Almirantazgo había sido menos de una semana antes, no, justo hacía una semana, antes de su maldita gripe. El capitán sir John Franklin y todos sus oficiales y suboficiales del Erebus y del Terror habían asistido, por supuesto. Y también los civiles de la expedición, el patrón del hielo del Erebus, James Reid, y el patrón del hielo del Terror, Thomas Blanky, junto con los pagadores, cirujanos y sobrecargos.
Sir John tenía un aspecto muy elegante con su nueva casaca con faldones, los pantalones azules con franja dorada, las charreteras con flecos dorados, la espada ceremonial y el sombrero de tres picos de la época de Nelson. El comandante de su buque insignia Erebus, James Fitzjames, que a menudo se consideraba el hombre más apuesto de la Marina Real, parecía tan magnífico y humilde como el héroe de guerra que era. Fitzjames había seducido a todos aquella noche. Francis Crozier, como siempre, tenía un aspecto tieso, envarado y melancólico, y ligeramente ebrio.
Pero Jane estaba equivocada…, los miembros del «Consejo Ártico» no eran amigos de sir John. El Consejo Ártico, en realidad, no existía. Era una sociedad honoraria, más que una institución real, pero también era el club más selecto de ex alumnos de toda Inglaterra.
En la recepción se mezclaron Franklin, sus oficiales y los altos, esbeltos y canosos miembros del legendario Consejo Ártico.
Para conseguir ser miembro del consejo lo único que había que hacer era comandar una expedición al lejano norte ártico… y sobrevivir.
El vizconde Melville, el primer noble de la larga fila de recepción que había dejado a Franklin sudoroso y cohibido, era primer lord del Almirantazgo y patrocinador de su patrocinador, sir John Barrow. Pero Melville no era un veterano en el tema del Ártico.
Las verdaderas leyendas del Consejo Ártico, la mayoría ya en la setentena, eran para el nervioso Franklin aquella noche más parecidos al aquelarre de brujas de Macbeth o a un grupito de fantasmas grises que a seres vivos. Todos y cada uno de esos hombres habían precedido a Franklin en la búsqueda del paso, y todos habían vuelto vivos, pero no del todo.
Franklin se preguntaba aquella noche si alguien «realmente» volvía vivo del todo después de pasar el invierno en las regiones árticas.
Sir John Ross, con su rostro de escocés mostrando más facetas recortadas que un iceberg, tenía unas cejas que saltaban como las plumas de aquellos pingüinos que había descrito su sobrino, sir James Clark Ross, después de su viaje al Ártico Sur. La voz de Ross era tan áspera como la piedra de arena restregada por una cubierta astillada.
Sir John Barrow, más viejo que el mismísimo Dios y dos veces más poderoso. El padre de la exploración británica seria del Ártico. Todos los demás que asistían aquella noche, incluso los septuagenarios de cabello blanco, no eran más que chicos…, los chicos de Barrow.
Sir William Parry, caballero entre caballeros, incluso entre la propia realeza, que había intentado cuatro veces encontrar el paso y sólo había visto morir a sus hombres y su Fury aplastado, destrozado y hundido.
Sir James Clark Ross, recién nombrado sir, y también recién casado con una esposa que le había hecho apartarse de las expediciones. Habría tenido el cargo de comandante de Franklin en su expedición, si lo hubiese querido, y ambos hombres lo sabían. Ross y Crozier permanecían ligeramente separados de los demás, bebiendo y hablando en voz baja, como conspiradores.
Ese maldito sir George Back; Franklin odiaba compartir su título de caballero con un simple guardiamarina que en tiempos sirvió a sus órdenes, y que además era un mujeriego. En su noche de gala, el capitán sir John
Franklin casi deseó que Hepburn no hubiese quitado la pólvora y las balas de las pistolas de duelo, veinticinco años antes. Back era el miembro más joven del Consejo Ártico y parecía mucho más feliz y pagado de sí mismo que todos los demás, aun después de que el HMS Terror sufriera una verdadera paliza y casi se hundiera.
El capitán sir John Franklin era abstemio, pero después de tres horas de champán, vino, brandy, jerez y whisky, los otros hombres empezaron a relajarse, las risas a su alrededor sonaron más intensas y la conversación en el gran vestíbulo se hizo menos formal, y Franklin empezó a sentirse más calmado, dándose cuenta de que toda aquella recepción, los botones dorados, las corbatas de seda, las brillantes charreteras, la buena comida, los cigarros y las risas eran por «él». Aquella vez se trataba de «él».
De modo que fue toda una conmoción cuando el viejo Ross le apartó a un lado casi abruptamente y empezó a hacerle preguntas a través del humo de su cigarro y el resplandor de las velas reflejado en el cristal.
–Franklin, ¿por qué, en nombre del Cielo, se lleva usted ciento treinta y cuatro hombres? – La piedra de arena raspó ásperamente la madera basta.
El capitán sir John Franklin parpadeó.
–Es una expedición importante, sir John.
–Demasiado importante, si quiere mi opinión. Ya cuesta mucho meter a treinta hombres por el hielo en los barcos y devolverlos a la civilización si algo sale mal. Ciento treinta y cuatro hombres… -El viejo explorador emitió un ruido grosero, aclarándose la garganta como si fuera a escupir.
Franklin sonrió y asintió con la cabeza, deseando que el viejo le dejara solo.
–Y a su edad -continuó Ross-. Tiene usted sesenta años, por el amor de Dios.
–Cincuenta y nueve -replicó Franklin muy tieso-, señor.
El viejo Ross le sonrió vagamente, pero con mayor aspecto de iceberg que nunca.
–¿Y cuánto tiene el Terror? ¿Trescientas treinta toneladas? Y el Erebus unas trescientas setenta, ¿no?
–Trescientas setenta y dos mi buque insignia -respondió Franklin-.
Trescientas veintiséis el Terror.
–Y un calado de seis metros cada uno, ¿verdad?
–Sí, milord.
–Es una mierda, una locura, Franklin. Sus barcos serán los buques de mayor calado jamás enviados a una expedición ártica. Todo lo que sabemos de esas regiones nos ha enseñado que las aguas a las que se dirige son poco hondas, y están llenas de bajíos, rocas y hielo escondido. Mi Victory sólo tenía un calado de una braza y media, y no pudimos pasar la barra del puerto cuando atracamos para el invierno. George Back casi arranca todo el fondo de su Terror con el hielo.
–Ambos buques han sido reforzados, sir John -dijo Franklin. Notaba que el sudor le corría por las costillas y el pecho hacia su rechoncho abdomen-. Ahora son los barcos de hielo más fuertes del mundo.
–¿Y qué es esa locura de vapor y motores de locomotora?
–No es ninguna locura, milord -dijo Franklin, notando la condescendencia en su propia voz. No sabía nada de vapor en realidad, pero llevaba dos buenos ingenieros en la expedición y a Fitzjames, que formaba parte de la nueva Marina a Vapor-. Son motores muy potentes, sir John. Nos sacarán del hielo cuando las velas no lo consigan.
Sir John Ross bufó.
–Sus máquinas de vapor ni siquiera son marítimas, ¿verdad, Franklin?
–No, sir John. Pero son los mejores motores de vapor que nos ha podido vender el Ferrocarril de Londres y Greenwich. Transformados para su uso marítimo. Unas bestias muy potentes, señor.
Ross bebió un sorbito de whisky.
–Potentes si lo que planea es tender unos raíles a lo largo del paso del Noroeste y llevar una maldita locomotora por ellos.
Franklin lanzó una risita afable al oír aquello, pero no vio rastro de humor en el comandante y la obscenidad le ofendió gravemente. A menudo no sabía cuándo los demás hablan en broma o no, y él mismo carecía de sentido del humor.
–Pero no son tan potentes, en realidad -continuó Ross-. Esa máquina de 1,5 toneladas que han embutido en la bodega de su Erebus sólo produce veinticinco caballos. El motor de Crozier es menos eficiente aún…, veinte caballos de potencia, como máximo. El barco que lo remolcará más allá de Escocia, el Rattler, produce doscientos veinte caballos con su pequeño motor de vapor. Es un motor «marítimo», hecho a propósito para el mar.
Franklin no tenía nada que decir ante todo esto, de modo que sonrió.
Para llenar el silencio que siguió hizo señas a un camarero que pasaba con
unas copas de champán. Luego, como iba contra sus principios beber alcohol, no pudo hacer otra cosa que quedarse allí de pie con la copa en la mano, mirando de vez en cuando el champán que se iba quedando sin gas, y esperando la menor oportunidad para librarse de él sin que nadie se diera cuenta.
–Piense en todas las provisiones extra que podría haber almacenado en las bodegas de sus dos barcos, si no estuvieran ahí esos malditos motores -
insistió Ross.
Franklin miró a su alrededor, como buscando socorro, pero todo el mundo estaba en animada conversación con otras personas.
–Tenemos provisiones más que suficientes para tres años, sir John -dijo al fin-. Cinco o seis años, si debemos racionarlas. – Sonrió de nuevo, intentando seducir a aquel rostro pétreo-. Y tanto el Erebus como el Terror tienen calefacción central, sir John. Algo que seguramente usted habría apreciado en su Victory.
Los claros ojos de sir John Ross relucieron con frialdad.
–El Victory quedó aplastado como un huevo por el hielo, Franklin. Un maravilloso sistema de calor por vapor no habría impedido eso, ¿verdad?
Franklin miró a su alrededor, intentando captar la mirada de Fitzjames.
O la de Crozier, incluso. Cualquiera que pudiese acudir a rescatarle. Nadie parecía fijarse en sir John, el Viejo, y sir John, el Gordo, que estaban allí juntitos y sumidos en una conversación tan seria, aunque fuera sólo por una parte. Pasó un camarero y Franklin dejó su copa de champán intacta en la bandeja. Ross examinó a Franklin con los ojos entrecerrados, como rendijas.
–¿Y cuánto carbón se gasta para calentar uno de sus barcos un solo día por allí? – inquirió el viejo escocés.
–Bueno, en realidad no lo sé, sir John -dijo Franklin con una sonrisa seductora. Y era verdad, no lo sabía. Ni le importaba especialmente. Los ingenieros estaban a cargo de los motores de vapor y del carbón. El Almirantazgo lo habría planeado todo bien, suponía.
–Yo sí lo sé -dijo Ross-. Consumirá usted setenta kilos de carbón al día sólo para mantener el agua caliente en movimiento y así calentar los alojamientos de la tripulación. Media tonelada de su precioso carbón al día sólo para que siga habiendo vapor. Si va avanzando, esperemos que a unos cuatro nudos con esos feos buques de bombardeo, quemará dos o tres
toneladas de carbón al día. Mucho más si intenta abrirse camino por encima del hielo. ¿Y cuánto carbón se piensa llevar, Franklin?
El capitán sir John agitó la mano en un gesto que sabía displicente, casi afeminado.
–Ah, alrededor de unas doscientas toneladas, milord.
Ross bizqueó de nuevo.
–Noventa toneladas cada uno, el Erebus y el Terror, para ser más preciso -gruñó-. Y eso cuando estén al máximo en Groenlandia, antes de cruzar la bahía de Baffin, mucho menos en el hielo real.
Franklin sonrió y no dijo nada.
–Digamos que llega al lugar donde tiene que pasar el invierno en el hielo con el setenta y cinco por ciento de sus noventa toneladas sin quemar
-continuó Ross, siguiendo implacable como un barco a través del hielo blando-, eso le deja, ¿cuántos días de vapor en condiciones normales, sin hielo? ¿Una docena? ¿Trece? ¿Quince?
El capitán sir John Franklin no tenía ni la menor idea. Su mente, aunque profesional y náutica, sencillamente no trabajaba de aquella manera. Quizá sus ojos revelaron un pánico súbito, no por el carbón sino por aparecer como un idiota ante sir John Ross, porque el caso es que el viejo marino puso una garra de acero en el hombro de Franklin. Cuando Ross se acercó más aún, el capitán sir John Franklin notó que su aliento olía a whisky.
–¿Qué planes tiene el Almirantazgo para su rescate, Franklin? – gruñó Ross. Hablaba en voz baja. A su alrededor sólo se oían las risas y parloteos de la recepción, a aquella hora tardía.
–¿Rescate? – dijo Franklin, parpadeando. La idea de que los dos buques más modernos del mundo, reforzados para el hielo, movidos con vapor, aprovisionados para pasar cinco años o más en el hielo y tripulados por hombres seleccionados por sir John Barrow pudiera requerir un rescate simplemente no era concebible para la mente de Franklin. La idea era absurda.
–¿Tiene algún plan para ir dejando depósitos a lo largo del camino, por las islas? – susurró Ross.
–¿Depósitos…? – dijo Franklin-. ¿Dejar provisiones a lo largo del camino? ¿Por qué iba a hacer eso, por el amor de Dios?
–Para poder llevar a sus hombres a un lugar con comida y refugio, si tiene que saltar al hielo y echarse a andar -dijo Ross con los ojos