El Terror
Capítulo 6
hielo, y resbalando los últimos dos metros y medio por la superficie hacia el lugar donde espera Evans.
Pero Evans ha desaparecido.
El rifle Baker yace en la nieve, todavía medio amartillado. No hay huellas en la nieve remolineante, ni humanas ni de ningún tipo.
–¡Evans!
La voz del capitán Francis Rawdon Moira Crozier está avezada al mando desde hace más de treinta y cinco años. Puede hacerse oír por encima de un ventarrón del sudoeste o mientras el buque corre a todo trapo por el estrecho de Magallanes entre una tormenta de nieve. Ahora, pone todo el volumen que puede en el grito:
–¡Evans!
No hay respuesta, excepto el aullido del viento.
Crozier levanta el rifle Baker, comprueba el cebo y dispara al aire. El disparo resuena ahogado hasta para él, pero ve que la linterna de Hodgson súbitamente se vuelve hacia él y tres linternas más se hacen vagamente visibles en el hielo, en dirección al Terror.
Algo ruge a menos de seis metros de él. Puede ser el viento que ha encontrado una nueva ruta a través de un pináculo helado o en torno a él, pero Crozier sabe perfectamente que no es así.
Deja la linterna en el suelo, rebusca en su bolsillo, saca la pistola, se quita el guante a tirones con los dientes y, sólo con un guante de fina lana entre su carne y el gatillo de metal, sujeta el arma inútil ante él.
–¡Vamos, ven aquí, maldito seas! – chilla Crozier-. ¡Sal y métete conmigo si te atreves, engendro peludo, rata asquerosa de mierda, hijo de la gran puta sifilítica!
No hay otra respuesta que el aullido del viento.
6
Goodsir
Latitud 74° 43' 28" N – Longitud
90° 39' 15" O
Isla de Beechey, invierno de
1845-1846
Del diario privado del doctor Harry D. S. Goodsir: 1 de enero de 1846
John Torrington, el fogonero del HMS Terror, ha muerto esta mañana temprano. El día de Año Nuevo. Al principio de nuestro Quinto Mes atascados en el hielo aquí en la isla de Beechey.
Su muerte no ha sido una sorpresa. Era obvio desde hacía varios meses que Torrington sufría un grado avanzado de Tisis cuando se enroló en la expedición, y si los Síntomas se hubiesen manifestado unas pocas semanas antes el Verano Pasado, lo habrían enviado a casa en el Rattler o en alguno de los dos buques balleneros que encontramos justo antes de navegar hacia el oeste, a través de la bahía de Baffin, y por el estrecho de Lancaster hacia las Inmensidades Árticas, donde ahora nos encontramos pasando el invierno. La triste Ironía es que el médico de Torrington le había dicho que viajar por Mar sería bueno para su salud.
El Jefe Cirujano Peddie y el doctor McDonald, del Terror, trataron a Torrington, por supuesto, pero yo estuve presente varias veces durante el estadio de Diagnóstico y he sido escoltado a su barco por varios tripulantes del Erebus después de que muriese el joven fogonero, esta mañana.
Cuando su enfermedad resultó Obvia, a principios de noviembre, el capitán Crozier relevó al joven de 20 años de sus deberes como fogonero abajo, en la cubierta inferior, mal ventilada, ya que el polvo de carbón que flota allí en el aire basta para asfixiar a una persona con los pulmones normales, y John Torrington entró en una Espiral Descendente de invalidez debida a la tisis a partir de entonces. Aun así, Torrington podría haber sobrevivido muchos meses más de no haberse interpuesto un Agente Intermediario en su muerte. El doctor Alexander McDonald me dice que Torrington, que se había puesto demasiado débil en las última semanas incluso para permitir sus breves Paseos Reglamentarios por la cubierta inferior, ayudado por sus compañeros, cayó con Neumonía el día de Navidad, y desde entonces fue una Carrera contra la Muerte. Cuando he visto el cuerpo esta mañana me he quedado conmocionado al ver lo Descarnado que ha quedado el joven John Torrington, pero tanto Peddie como McDonald me han explicado que su apetito fue disminuyendo desde hace dos meses, y aunque los cirujanos del buque alteraron su Dieta y la hicieron más consistente mediante Sopas y Verduras enlatadas, siguió perdiendo peso.
Esta mañana he visto a Peddie y MacDonald preparar el cadáver: Torrington estaba sin camisa, con el pelo recién cortado con cuidado, las
uñas también recortadas, le han atado la habitual tira de tela por debajo de la cabeza para evitar que la mandíbula se abriese y luego le han sujetado con más tiras de algodón blanco los codos, manos, tobillos y dedos de los pies. Lo han hecho para que los Miembros permaneciesen unidos mientras pesaban al pobre muchacho (¡sólo 40 kilos!) y preparaban su cuerpo para el enterramiento. No ha habido discusión en el Examen post mórtem, ya que ha quedado muy claro que la Tisis, acelerada por la Neumonía, ha matado al muchacho, de modo que no existe la preocupación de que nada contamine a los demás miembros de la tripulación.
Yo he ayudado a mis colegas cirujanos del HMS Terror a colocar el cuerpo de Torrington en el ataúd cuidadosamente preparado por el carpintero del buque, Thomas Honey, y su ayudante, un hombre llamado Wilson. No había rigor mortis. Los carpinteros han dejado un lecho de Virutas de Madera en la base del ataúd, cuidadosamente construido y formado con caoba normal procedente del buque, con un Montón más Hondo de virutas bajo la cabeza de Torrington, y como todavía persistía un ligero olor a Putrefacción, el aire quedaba bastante perfumado con las virutas de madera.
3 de enero de 1846
Sigo pensando en el entierro de John Torrington, que tuvo lugar ayer tarde.
Sólo un pequeño contingente del Erebus asistió, yo hice la Travesía a Pie desde nuestro buque al suyo y de ahí los menos de doscientos metros más hasta la Costa de la isla de Beechey.
No puedo Imaginar un invierno peor que el que hemos sufrido, congelados en nuestro pequeño fondeadero al abrigo de la propia isla de Beechey, situada en la cúspide de la isla de Devon, de mayor tamaño, pero el Comandante Fitzjames y otros me han asegurado que nuestra Situación aquí, a pesar de las Traicioneras crestas de presión, la Terrible Oscuridad, las Tormentas Aullantes y el Hielo Constantemente Amenazador sería mil veces peor fuera de este fondeadero, allá fuera donde flota el Hielo del Polo como una lluvia de Fuego Enemigo de algún dios Boreal.
Los compañeros de la tripulación de John Torrington bajaron con suavidad su ataúd, ya cubierto con una fina lana azul, por encima de la borda de su buque, que está Apretado muy Alto encima de una columna de hielo, mientras otros marineros del Terror ataban el ataúd a un Trineo
grande. El propio sir John colocó una Union Jack encima del ataúd, y luego los amigos y compañeros de Torrington se colocaron los Arneses y tiraron del trineo los menos de doscientos metros que hay hasta la costa de la isla de Beechey, de guijarros y hielo.
Todo eso fue realizado en la casi Absoluta Oscuridad, por supuesto, ya que incluso al mediodía el sol no hace su Aparición aquí en enero, y no lo ha hecho desde hace tres meses. Debe pasar otro mes o más, me dicen, antes de que el Horizonte del Sur acoja de nuevo a nuestra Estrella Roja. En todo caso, esa procesión: ataúd, trineo, hombres que lo llevaban, oficiales, cirujanos, sir John, Marines Reales con su uniforme completo ocultos bajo los mismos ropajes contra el frío que los demás, se vio iluminada solamente por unas lámparas oscilantes mientras nos dirigíamos por el Mar Helado hacia la Costa Helada. Los hombres del Terror habían cortado y nivelado con la pala las diversas crestas de presión aparecidas recientemente y que se interponían entre nosotros y la playa de guijarros, de modo que hubo pocas Desviaciones en nuestra triste Ruta. En un momento más temprano del Invierno, sir John ordenó que un sistema de Recios Postes, cuerdas y Linternas Colgantes uniese la ruta más corta entre los Barcos y el istmo de guijarros, donde se habían construido diversas Estructuras, una para albergar gran parte de los recursos de los buques, extraídos por si el hielo destruía nuestros bajeles; otra como barracón de emergencia y Estación Científica, y una tercera albergando la forja del armero, colocada allí para que las Llamas y Chispas no hicieran ignición en nuestros Hogares flotantes de madera. He sabido que los Marineros temen el fuego en el mar más que ninguna otra cosa. Pero ese Camino de Postes de madera y Linternas tuvo que ser abandonado ya que se movía constantemente, alzándose y destrozando o desperdigando todo lo que se colocaba en él.
Nevaba durante el entierro. El viento soplaba con fuerza, como hace siempre aquí en estas Llanuras Árticas dejadas de la mano de Dios. Al norte de la tumba se alzan los Acantilados Negros, tan inaccesibles como las Montañas de la Luna. Las linternas encendidas en el Erebus y el Terror eran sólo débiles resplandores encima de la nieve. Ocasionalmente un fragmento de Fría Luna aparecía entre las nubes que se desplazaban con rapidez, pero hasta esa débil y pálida luz de luna se perdía rápidamente entre la nieve y la oscuridad. Dios mío, ésta es una negrura verdaderamente digna del Estigio.