El Terror
Capítulo 3
resplandecientes, furibundo.
–¿ Por qué íbamos a tener que volver andando a la bahía de Baffin? –
preguntó Franklin-. Nuestro objetivo es completar el tránsito del paso del Noroeste.
Sir John Ross echó la cabeza hacia atrás. Su presa en el hombro de Franklin se hizo más intensa.
–¿Entonces no habrá ningún barco de rescate ni planes in situ?
–No.
Ross agarró el otro brazo de Franklin y lo apretó tan fuerte que el corpulento capitán sir John casi hizo un gesto de dolor.
–Entonces, chico -susurró Ross-, si no he oído hablar de ti hacia 1848, iré a buscarte yo mismo. Te lo juro.
Franklin se despertó de golpe.
Estaba empapado de sudor. Se notaba mareado y débil. El corazón le saltaba en el pecho, y con cada reverberación su dolor de cabeza repicaba como la campana de una iglesia contra el interior de su cráneo.
Miró hacia su cuerpo con horror. La seda cubría la mitad inferior de su cuerpo.
–¿Qué es esto? – chilló, alarmado-. ¿Qué es esto? ¡Me han puesto una bandera encima!
Lady Jane se puso de pie, horrorizada.
–Parecía que tenías frío, John. Estabas tiritando. Te la he echado para taparte, como manta.
–¡Dios mío! – gritó el capitán sir John Franklin-. ¡Dios mío, mujer! ¿No sabes lo que has hecho? ¡La Union Jack sólo se pone encima de los cadáveres!
3
Crozier
Latitud 70° 5' N - Longitud 98°
23' O Octubre de 1847
EL capitán Crozier baja la corta escala hacia la cubierta inferior, empuja las dobles puertas cerradas y casi se tambalea ante la súbita bofetada de calor. Aunque la calefacción mediante agua caliente circulante lleva apagada horas, el calor corporal de más de cincuenta hombres y el residual de la cocina han mantenido la temperatura de la cubierta inferior bastante
alta, justo por debajo de la de congelación, más de cuarenta grados más caliente que fuera. El efecto en alguien que lleva media hora en cubierta es el equivalente a meterse en una sauna completamente vestido.
Como va a continuar bajando hacia el sollado, que no tiene calefacción, y hacia las cubiertas de las bodegas, y por tanto se quedará con la ropa de abrigo, Crozier no se entretiene demasiado allí, en el calor. Pero sí que hace una pausa momentánea, como haría cualquier capitán, tomándose el tiempo suficiente para mirar a su alrededor y asegurarse de que las cosas no se han ido al Infierno en la media hora que lleva fuera.
A pesar del hecho de que es la única cubierta del buque con literas, comedor y espacio para vivir, está tan oscura como una mina galesa en pleno funcionamiento, con sus pequeños tragaluces cubiertos de nieve durante el día y por la noche que ahora dura veintidós horas. Lámparas de aceite de ballena, linternas o candiles arrojan pequeños conos de luz aquí y allá, pero en su mayor parte los hombres se abren camino por la oscuridad de memoria, recordando dónde esquivar las innumerables pilas de cacharros invisibles y las masas colgantes de comida, ropa y utensilios almacenados y otros hombres durmiendo en sus coys. Cuando todos los coys están montados (se permiten treinta y cinco centímetros para cada hombre) no queda espacio para andar, excepto dos pasillos de unos cuarenta y cinco cada uno a lo largo del casco, a cada lado. Pero ahora sólo hay unos cuantos coys puestos, hombres que quieren dormir un poco antes de sus guardias tardías, y el barullo de las conversaciones, risas, maldiciones, toses y los inspirados ruidos y obscenidades del señor Diggle es lo bastante fuerte como para ahogar los ruidos y quejidos del hielo.
Los planos del buque muestran un espacio de altura de más de dos metros, pero, en realidad, entre las gruesas cuadernas del buque por arriba y las toneladas de trastos y madera extra almacenadas en estantes que cuelgan de esas cuadernas, hay menos de dos metros en la cubierta inferior y los pocos hombres verdaderamente altos del Terror, como el cobarde Manson, que le espera abajo, tienen que caminar en una postura perpetuamente encogida. Francis Crozier no es tan alto. Ni llevando el gorro y las bufandas puestas tiene que agachar la cabeza.
A su derecha y corriendo a popa desde el lugar donde está Crozier se encuentra lo que parece un túnel bajo, oscuro y estrecho, pero en realidad es la escalera de cámara que conduce a los «alojamientos de los oficiales», una
madriguera con dieciséis cubículos diminutos para dormir y dos salas minúsculas para los oficiales y los contramaestres. El camarote de Crozier es del mismo tamaño que los demás, uno ochenta por metro y medio. La escalera de la cámara está oscura y apenas tiene medio metro de ancho.
Sólo puede pasar un hombre cada vez, encogiendo mucho la cabeza para evitar los objetos almacenados que cuelgan, y los hombres gruesos tienen que pasar de lado para embutirse en el estrecho pasadizo.
Los alojamientos de los oficiales están apelotonados en dieciocho metros de los treinta que tiene el buque de longitud, y como el Terror sólo tiene ocho metros y medio de ancho, allí, en la cubierta inferior, la estrecha escalera de cámara es el único acceso en línea recta a popa.
Crozier ve luz desde el camarote Grande de proa, donde, incluso con aquel frío y aquella oscuridad infernales, algunos de sus oficiales supervivientes descansan sentados a la mesa larga, fumando sus pipas y leyendo la biblioteca de 1.200 volúmenes que allí se guarda. El capitán oye música: uno de los discos de metal para el órgano de mano toca una tonada que fue popular en los music-halls de Londres cinco años atrás. Crozier sabe que es el teniente Hodgson quien toca aquella melodía. Es su favorita, y pone al teniente Edward Little, oficial ejecutivo de Crozier y amante de la música clásica, loco de exasperación.
Como todo parece ir bien en el alojamiento de los oficiales, Crozier da la vuelta y mira hacia delante. El alojamiento de la tripulación ocupa el tercio restante de la longitud del buque, once metros, pero en ese espacio se apiñan cuarenta y uno de los marineros y los guardiamarinas supervivientes y sanos, de los cuarenta y cuatro que formaban la tripulación original.
No hay clases esta noche, y falta menos de una hora para que desenrollen sus coys y se acuesten, de modo que la mayoría de los hombres están sentados en sus baúles o montones de material apilados, fumando o hablando a la débil luz. El centro del espacio está ocupado por la gigantesca estufa Frazer, en la cual el señor Diggle está cocinando unos bizcochos.
Diggle, el mejor cocinero de la flota por lo que respecta a Crozier, y un verdadero botín, literalmente, porque Crozier robó al escandaloso cocinero del buque insignia del capitán sir John Franklin justo antes de que partiese la expedición, siempre está cocinando, normalmente galletas, y maldice, golpea y da patadas y reprende a sus ayudantes mientras tanto. Los hombres, literalmente, se escabullen de la gigantesca estufa y desaparecen
por la escotilla, buscando provisiones en las cubiertas inferiores o apresurándose para evitar la voluble ira del señor Diggle.
La estufa Frazer en sí misma parece, a ojos de Crozier, casi tan grande como el motor de locomotora que llevan en la bodega. Además de su gigantesco horno y de seis grandes quemadores, el enorme artefacto de hierro tiene un desalinizador incorporado y una prodigiosa bomba de mano para sacar agua, o bien del océano, o bien de las hileras de enormes tanques de almacenamiento de agua que hay abajo, en la bodega. Pero tanto el mar exterior como el agua de la bodega están ahora completamente congeladas, de modo que las enormes ollas que burbujean en los quemadores del señor Diggle están muy ocupadas fundiendo enormes trozos de hielo cortados de los tanques de agua de abajo y subidos para ese fin.
El capitán ve, más allá de la mampara que forman los estantes y las alacenas del señor Diggle, donde antes estaba la amurada delantera, la enfermería en el pique de proa del buque. Durante dos años no hubo enfermería. La zona estaba repleta de arriba abajo con cajas y barriles, y los hombres que tenían que acudir al cirujano o a su ayudante a las 7.30 lo hacían junto a la estufa del señor Diggle. Pero ahora, como había más provisiones gastadas y el número de enfermos y heridos se multiplicaba, los carpinteros habían creado una parte más permanente y separada del pique de proa para que sirviera de enfermería. Y el capitán también veía la entrada como un túnel entre las cajas donde habían creado un espacio para que durmiese Lady Silenciosa.
Esa discusión había ocupado la mayor parte de un día en el pasado mes de junio. Franklin había insistido en que no se permitiese subir a la mujer esquimal a su buque. Crozier la había aceptado, pero su discusión con su oficial ejecutivo, el teniente Little, en cuanto a dónde alojarla había sido casi absurda. Hasta una esquimal puede helarse y morir en cubierta o en las dos cubiertas inferiores, y eso lo sabían, de modo que sólo quedaba la cubierta inferior principal. Ciertamente, ella no podía dormir en la zona de la tripulación, aunque hubiese coys vacíos por entonces, gracias a la cosa de afuera en el hielo.
En los tiempos en que Crozier era un marinero adolescente, y luego como guardiamarina, a las mujeres que conseguían introducirse a bordo a escondidas las colocaban en el cuarto de la guindaleza, sin luz y casi sin aire, en la parte más baja a proa del barco, al alcance del castillo de proa,
para el hombre u hombres afortunados que conseguían subirlas. Pero ya en junio, cuando apareció Silenciosa, en el cuarto de la guindaleza del HMS
Terror estaban a bajo cero.
No, alojarla con la tripulación era una idea que no se podía ni considerar.
¿Con los oficiales? Quizá. Había camarotes vacíos, ya que algunos de los oficiales estaban muertos y descuartizados. Pero tanto el teniente Little como su capitán habían estado de acuerdo al momento en que la presencia de una mujer sólo unos pocos tabiques endebles y unas puertas deslizantes más allá de los hombres dormidos no sería nada saludable.
¿Dónde, entonces? No podían asignarle un lugar donde dormir y luego colocar un guardia armado delante de ella todo el tiempo.
Fue Edward Little quien dio con la idea de trasladar algunas mercancías y formar un pequeño hueco con una zona para dormir para la mujer en el pique de proa, donde habría debido encontrarse la enfermería. La única persona que estaba despierta toda la noche y todas las noches era el señor Diggle, cocinando sus bizcochos como Dios manda y friendo su carne para el desayuno, y si el señor Diggle había tenido algún día gusto por las damas, era evidente que aquel día había pasado hacía tiempo. Del mismo modo -razonaron el teniente Little y el capitán Crozier-, la proximidad de la estufa Frazer ayudaría a mantener caliente a su huésped.
En eso tenían razón, desde luego. Aquel calor excesivo ponía enferma a Lady Silenciosa, y la obligaba a dormir completamente desnuda encima de sus pieles, en su pequeña caverna hecha de cajas y barriles. El capitán lo descubrió por accidente y la imagen se le quedó grabada.
Ahora Crozier toma una linterna de su gancho, la ilumina, levanta la trampilla y baja por la escala hasta la cubierta del sollado para no empezar a fundirse como uno de los bloques de hielo de la estufa.
Decir que hace frío en la cubierta del sollado es un eufemismo que el mismo Crozier usaba antes de su primer viaje ártico. En el recorrido de un metro y ochenta centímetros bajando la escala hacia la cubierta inferior, la temperatura ha caído al menos treinta grados. La oscuridad aquí es casi absoluta.
Crozier se toma el habitual minuto del capitán para mirar a su alrededor.
El círculo de luz de su linterna es débil, ilumina sobre todo la niebla que forma su aliento en el aire. A su alrededor se encuentra el laberinto de cajas,
toneles, latas, barrilitos, barriles grandes, sacos de carbón y bultos cubiertos de lona y apiñados de arriba abajo, con las provisiones que quedan en el buque. Aunque no llevase la linterna, Crozier podía abrirse camino entre la oscuridad y los chillidos de las ratas. Conoce cada centímetro de ese barco.
A veces, especialmente muy tarde por la noche, cuando se queja el hielo, Francis Rawdon Moira Crozier se da cuenta de que el HMS Terror es su esposa, madre, novia y puta. Ese conocimiento tan íntimo de una dama hecha de roble y de hierro, estopa y lastre, lona y latón, es el único matrimonio verdadero que conocerá. ¿Cómo se le ocurrió pensar otra cosa con Sophia?
En otros tiempos, aunque sea tarde por la noche, cuando los quejidos del hielo se convierten en gritos, Crozier piensa que el barco se ha convertido en su cuerpo y su mente. Allá fuera, fuera de las cubiertas y del casco, se encuentra la muerte. El frío eterno. Aquí, aunque estén congelados en medio del hielo, continúan los latidos, por muy débiles que sean, del calor, la conversación, el movimiento y la cordura.
Pero viajar hacia lo más profundo del barco, observa Crozier, es como viajar demasiado adentro del propio cuerpo o de la propia mente. Lo que uno encuentra allí puede no ser agradable. La cubierta del sollado es el vientre. Allí es donde se almacenan la comida y los recursos necesarios, cada cosa bien empaquetada en el orden en que se supone que se necesitará, fácil de encontrar para los que deben bajar aquí acosados por los gritos y los golpes del señor Diggle. Más abajo, en la cubierta de la bodega adonde se dirige, están los intestinos y los riñones, los tanques de agua y la mayor parte del carbón almacenado, y más provisiones. Pero es la analogía con la mente lo que más molesta a Crozier. Perseguido y asediado por la melancolía gran parte de su vida, sabiendo que se trata de una debilidad secreta empeorada por sus doce inviernos pasados en la helada oscuridad ártica ya de adulto, exacerbada recientemente hasta convertirse en una pura agonía por el rechazo de Sophia Cracroft, Crozier piensa en la cubierta inferior, parcialmente iluminada y ocasionalmente caliente pero vivible, como la parte más sana de sí mismo. El mundo mental inferior de la cubierta del sollado, inquietante, es donde pasa la mayor parte del tiempo ahora, escuchando los gritos del hielo y esperando que los pernos de metal y las sujeciones de las vigas se suelten y exploten por el frío. Y la cubierta
inferior de la bodega, con sus olores terribles y su sala de Muertos, es la locura.
Crozier aparta de sí esos pensamientos. Mira hacia abajo, al pasillo de la cubierta del sollado que corre hacia delante entre los barriles apilados y las cajas. El resplandor de la linterna queda bloqueado por los mamparos de la sala del pan, y los pasillos a ambos lados se constriñen hasta convertirse en túneles más estrechos aún que la escalera de cámara del alojamiento de oficiales, en la cubierta que tiene justo encima. Allí, los hombres deben apretujarse entre la sala del pan y las fundas que sujetan los últimos sacos de carbón del Terror. La habitación de almacenaje del carpintero está más adelante, en el costado de estribor; y el almacén del contramaestre, al otro lado, a babor.
Crozier se vuelve e ilumina con su linterna a popa. Las ratas huyen de la luz, algo letárgicas, y desaparecen entre los barriles de carne salada y las cajas de provisiones que van menguando.
A la luz mortecina de la linterna, el capitán ve el candado bien seguro en la sala de Licores. Cada día uno de los oficiales de Crozier baja aquí para coger la cantidad de ron necesaria para repartir el grog de mediodía a cada hombre, un cuarto de pinta de ron de setenta grados con tres cuartas partes de pinta de agua. En la sala de Licores también se guardan el vino y el brandy de los oficiales, así como doscientos mosquetes, machetes y espadas. Como siempre se ha hecho en la Marina Real, las escotillas conducen directamente desde el comedor de oficiales y el camarote Grande de encima a la sala de Licores. Si hubiese un motín, los oficiales serían los primeros en llegar a las armas.
Detrás de la sala de Licores se encuentra la santabárbara, con sus barriles de pólvora y su munición. A cada lado de la sala de Licores se hallan varios espacios de almacenamiento y casillas, incluyendo los pañoles de cables; la sala de Velas, con su fría lona, y el ropero, del cual el señor Helpman, el amanuense de a bordo, saca las ropas de abrigo.
Detrás de la sala de Licores y la santabárbara se encuentra la despensa del capitán, que contiene un suministro privado, y pagado de su bolsillo, de jamones, quesos y otros lujos. Todavía es costumbre que el capitán del buque invite a la mesa de vez en cuando a sus oficiales, y mientras las vituallas de la despensa de Crozier palidecen al lado de las lujosas golosinas almacenadas en la despensa privada del difunto capitán sir John Franklin en
el Erebus, el almacén de Crozier, casi vacío ya, ha aguantado durante dos veranos y dos inviernos en el hielo. Y además, piensa con una sonrisa, tiene la ventaja de contar con una bodega de vino bastante decente, de la cual todavía se benefician los oficiales. Y muchas botellas de whisky de las cuales él, su capitán, depende. Los pobres comandantes, tenientes y oficiales civiles a bordo del Erebus se las han tenido que arreglar sin licores durante dos años. Sir John Franklin era abstemio, y, por lo tanto, mientras él estuvo vivo, también lo fue su comedor de oficiales.
Una linterna oscila hacia Crozier en el pasillo estrecho que conduce hacia abajo desde la proa. El capitán se vuelve a tiempo de ver algo parecido a un oso negro y peludo que introduce su bulto entre las fundas del carbón y el mamparo de la sala del pan.
–Señor Wilson -dice Crozier, reconociendo al ayudante de carpintero por su rotundidad y por sus guantes de piel de foca y los pantalones de piel de ciervo regalados a todos los hombres antes de la partida, pero que sólo unos pocos habían preferido a sus ropas de lana y de franela. En algún momento del viaje, el carpintero había cosido unas pieles de lobo conseguidas en la estación ballenera danesa de Disko Bay y se había hecho una especie de abrigo muy abultado, pero, según insistía él, cálido.
–Capitán. – Wilson, uno de los hombres más gordos a bordo, lleva la linterna en una mano y varias cajas de herramientas de carpintero metidas debajo del otro brazo.
–Señor Wilson, salude al señor Honey y pídale que venga a verme a la cubierta de la bodega.
–Sí, señor. ¿En qué parte de la cubierta de la bodega, señor?
–En la sala de Muertos, señor Wilson.
–Sí, señor. – La luz de la linterna se refleja en los ojos de Wilson mientras el ayudante mantiene su mirada curiosa clavada un segundo más de lo necesario.
–Y dígale al señor Honey que traiga una barra para hacer palanca, señor Wilson.
–Sí, señor.
Crozier se aparta a un lado, apretándose entre dos barriles para permitir al hombre grandote que suba por la escala hasta la cubierta superior. El capitán sabe que quizá despierte a su carpintero para nada, y que el hombre quizá se tome la molestia de ponerse sus ropas de abrigo mucho antes de
que haya luz por ningún motivo en especial, pero tiene un palpito, y prefiere molestar al hombre ahora en lugar de hacerlo más tarde.
Cuando Wilson ya ha conseguido meter su enorme bulto por la escalera y subir a la escotilla superior, el capitán Crozier levanta la trampilla inferior y baja hacia la cubierta de la bodega.
Como todo el espacio de la cubierta se encuentra por debajo del hielo exterior, la cubierta de la bodega está casi tan fría como ese mundo ajeno que hay más allá del casco. Y más oscuro, sin aurora ni estrellas ni luna que alivie la negrura omnipresente. El aire está cargado de polvo de carbón y humo de carbón, y Crozier ve las partículas negras girar en torno a su linterna chisporroteante como si fuesen las garras de un aparecido, y apesta a aguas residuales y a sentina. Un ruido como de algo que rasca, roza y se desliza viene desde la oscuridad de popa, pero Crozier sabe que sólo es el carbón que están cargando a paletadas en la habitación de la caldera. Sólo el calor residual de la caldera mantiene líquidos los siete centímetros de agua sucia a los pies de la escala y evita que se conviertan en hielo. Adelante, donde la proa se sumerge mucho más honda en el hielo, hay casi treinta centímetros de agua helada, a pesar de que los hombres trabajan en las bombas seis horas al día o más. El Terror, como cualquier ser viviente, exhala humedad mediante sus funciones vitales, incluyendo la estufa del señor Diggle, siempre en funcionamiento, y mientras la cubierta inferior siempre está húmeda y cubierta de hielo y la cubierta del sollado está congelada, la bodega es una mazmorra con el hielo colgando de todas las vigas y agua que es hielo fundido hasta la altura de los tobillos. Los laterales negros y planos de los veintiún tanques de agua que forran el casco por cada lado añaden más frío aún. Llenos con treinta y ocho toneladas de agua fresca cuando la expedición zarpó, los tanques son ahora verdaderos icebergs blindados, y tocar el hierro es perder piel.
Magnus Manson espera al pie de la escala, como le había dicho el soldado Wilkes, pero el marinero grandote está de pie, no sentado. La cabeza y los hombros del hombretón están agachados debajo de los baos.
Su cara pálida y desigual y sus mejillas sin afeitar le recuerdan a Crozier una patata blanca podrida y pelada, metida bajo el gorro. El hombre no responde a la mirada de su capitán en el crudo resplandor de la linterna.
–¿Qué es esto, Manson? – La voz de Crozier no muestra el tono áspero que tenía cuando hablaba con el vigía y el teniente. Su tono es monótono,
tranquilo, firme, con el poder de los azotes y el ahorcamiento bien claro detrás de cada sílaba.
–Son los fantasmas, capitán. – Para ser un hombre tan grandote, Magnus Manson tiene una voz de tono alto, suave, como un niño.
Cuando el Terror y el Erebus pararon en Disko Bay en la costa occidental de Groenlandia, en julio de 1845, el capitán sir John Franklin consideró adecuado despedir a dos hombres de la expedición, un soldado y un velero del Terror. Crozier hizo la recomendación de que el marinero John Brown y el soldado Aitken de su barco también fuesen liberados, porque eran poco menos que inválidos y nunca tendrían que haberse embarcado en aquel viaje, pero después también deseó haber enviado a Manson a casa con aquellos cuatro. Si el hombretón no era débil mental, estaba tan cerca que era imposible notar la diferencia.
–Sabes que no hay fantasmas en el Terror, Manson.
–Sí, capitán.
–Mírame.
Manson levanta la cara, pero no fija los ojos en los de Crozier. El capitán se maravilla de lo pequeños que son los ojos claros del hombre en medio de aquel borrón blanco que es su cara.
–¿Desobedeciste las órdenes del señor Thompson de llevar unos sacos de carbón a la sala de la caldera, marinero Manson?
–No, señor. Sí, señor.
–¿ Sabes cuáles son las consecuencias de desobedecer cualquier orden en este barco? – Crozier tiene la sensación de que está hablando con un niño, aunque Manson debe de tener al menos treinta años.
La enorme cara del marinero se ilumina cuando comprende que esa pregunta sabe contestarla correctamente.
–Ah, sí, capitán. Azotes, señor. Veinte latigazos. Cien latigazos si se desobedece más de una vez. Y ahorcamiento si desobedezco a un oficial, en lugar de al señor Thompson.
–Correcto -dice Crozier-, pero ¿sabías que el capitán también puede administrar el castigo que crea conveniente para la transgresión?
Manson le mira de reojo, con la confusión reflejada en sus ojos claros.
No ha comprendido la pregunta.
–Digo que puedo castigarte de la forma que a mí me parezca oportuna, Manson -dice el capitán.
Una oleada de alivio se refleja en la cara abotargada.
–Ah, sí, claro, capitán.
–En lugar de veinte latigazos -dice Francis Crozier-, pues hacer que te encierren en la sala de Muertos durante veinte horas, sin luz.
Los rasgos ya pálidos y helados de Manson pierden tanta sangre que Crozier se dispone a apartarse de en medio, por si el hombre se desmaya.
–Usted no…, no haría… -La voz infantil del hombre tiembla hasta convertirse en un gallo.
Crozier no dice nada durante un largo y frío momento, en el que sólo se oye el susurro de la linterna. Deja que el marinero capte su expresión.
Finalmente, dice:
–¿Qué es lo que crees oír, Manson? ¿Alguien te ha estado contando historias de fantasmas?
Manson abre la boca, pero parece que le cuesta un poco decidir qué pregunta debe responder primero. El hielo se acumula en su grueso labio inferior.
–Walker -dice al final.
–¿Tienes miedo de Walker?
James Walker, un amigo de Manson que debía de tener la misma edad del idiota y no era mucho más espabilado, fue el último hombre en morir en el hielo, hacía una semana. Las reglas del barco requerían que la tripulación hiciera pequeños agujeros en el hielo junto al barco, aunque el hielo tuviese tres o cuatro metros de espesor, como ahora, para poder coger agua y apagar un incendio, si se producía uno a bordo. Walker y dos de sus compañeros estaban realizando una perforación de ese tipo en la oscuridad, reabriendo un antiguo agujero que se helaría en menos de una hora a menos que lo fuesen golpeando con pinchos de metal. El terror blanco salió desde detrás de una cresta de presión, desgarró el brazo del hombre y convirtió sus costillas en fragmentos en un instante, desapareciendo antes de que los guardias armados de la cubierta pudiesen disparar las escopetas.
–¿Walker te contó historias de fantasmas? – dice Crozier.
–Sí, capitán. No, capitán. Lo que hizo Jimmy fue decirme la noche antes de que le matara la cosa, va y me dice: «Magnus, si la cosa esa del hielo me coge algún día -dice-, yo volveré con una sábana blanca y te susurraré al oído y te contaré lo frío que es el Infierno». Y Dios me proteja, capitán, eso es lo que me ha dicho Jimmy. Ahora le oigo intentando salir.
Como si le hubiesen dado el pie, el casco se queja, y la frígida cubierta gime bajo sus pies, las escuadras metálicas de las vigas gruñen también en simpatía y se oye un ruido de rascar y rozar en la oscuridad en torno a ellos que parece correr todo a lo largo del barco. El hielo está inquieto.
–¿Es ése el ruido que oías, Manson?
–Sí, capitán. No, señor.
La sala de Muertos está a unos nueve metros a popa del costado de estribor, justo detrás del último tanque de hierro quejumbroso, pero cuando el hielo exterior cesa en sus ruidos, Crozier sólo oye el ahogado roce de las palas en la sala de la caldera, desde popa.
Crozier ya ha oído bastantes tonterías.
–Sabes que tu amigo no va a volver, Magnus. Está en la sala de almacenamiento de lona extra, bien metido dentro de su coy y cosido junto con los otros hombres muertos, congelado y tieso, con tres capas de nuestra mejor lona enrollada a su alrededor. Si oyes algo que viene de ahí, son las malditas ratas que intentan llegar hasta ellos. Lo sabes perfectamente, Magnus Manson.
–Sí, capitán.
–No se desobedecerá ninguna orden en este barco, marinero Manson.
Tienes que decidirte ahora mismo. Lleva el carbón cuando te diga el señor Thompson. Coge la comida cuando el señor Diggle te mande aquí abajo.
Obedece todas las órdenes rápida y respetuosamente. O si no te enfrentarás a un consejo de guerra…, te enfrentarás a mí… y a la posibilidad de pasar una fría noche sin linternas en la sala de Muertos.
Sin una palabra más, Manson se llevó los nudillos a la frente como saludo, levantó un pesado saco de carbón desde el lugar donde lo había dejado en la escala y se lo llevó a popa, hacia la oscuridad.
El ingeniero se ha quitado la camiseta de manga larga y los pantalones de pana y está paleando carbón junto a un fogonero de 47 años llamado Bill Johnson. El otro fogonero, Luke Smith, está en la cubierta inferior, durmiendo entre turno y turno. El fogonero jefe, el joven John Torrington, fue el primero de la expedición en morir el día de Año Nuevo de 1846. Pero fue por causas naturales. Al parecer, el médico de Torrington había aconsejado al joven, de diecinueve años, que viajara por mar para curarse la tisis, y éste sucumbió después de dos meses de invalidez, mientras los barcos permanecían helados en la bahía de la isla de Beechey, el primer
invierno. Los doctores Peddie y McDonald dijeron a Crozier que los pulmones del chico tenían tanto polvo de carbón como los bolsillos de un deshollinador.
–Gracias, capitán -dice el joven ingeniero entre palada y palada. El marinero Manson acaba de dejar allí un segundo saco de carbón y va en busca de un tercero.
–No importa, señor Thompson. – Crozier echa una mirada al fogonero Johnson. El hombre tiene cuatro años menos que el capitán, pero parece que sea treinta años más viejo. Cada arruga de su rostro estragado por la edad está subrayada con negro carbón y suciedad. Hasta sus encías sin dientes están negras de hollín. Crozier no quiere regañar a su ingeniero, que es un oficial, aunque sea civil, delante del fogonero, pero dice-: Supongo que procurará no usar a los marines como mensajeros, si hubiese otra circunstancia parecida en el futuro, cosa que dudo muchísimo.
Thompson asiente, usa la pala para cerrar la rejilla de hierro de la caldera, se apoya en el mango de la herramienta y le dice a Johnson que vaya arriba a pedirle un poco de café para él al señor Diggle. Crozier se alegra de que el fogonero se haya ido, pero se siente aún más feliz de que hayan cerrado la rejilla; el calor que hace allí le da un poco de náuseas, después del frío que tiene que soportar en todos los demás sitios.
El capitán se pregunta por el destino de su ingeniero. El contramaestre James Thompson, ingeniero de primera, licenciado de la fábrica de vapor de la Marina de Woolwich, el mejor lugar de entrenamiento del mundo para la nueva raza de ingenieros de vapor, está allí, despojado de su sucísima camiseta, paleando carbón como un fogonero normal y corriente en un barco encallado en el hielo que no se ha movido ni un centímetro por sus propios medios desde hace más de un año.
–Señor Thompson -dice Crozier-. Siento no haber tenido la ocasión de hablar con usted hoy después de que fuese andando al Erebus. ¿Ha podido conversar con el señor Gregory?
John Gregory es el ingeniero a bordo del buque insignia.
–Sí, capitán. El señor Gregory está convencido de que con el comienzo del verdadero invierno, no serán capaces de llegar al árbol de transmisión estropeado. Aunque pudiesen perforar un túnel a través del hielo para sustituir la última hélice y poner la que han aparejado, con el árbol de
transmisión tan estropeado y doblado, el Erebus no conseguirá ir a ninguna parte con el vapor.
Crozier asiente. Al Erebus se le estropeó su segundo árbol de transmisión mientras el barco se incrustaba desesperadamente en el hielo, hace más de un año. El buque insignia, más pesado, con un motor más potente, dirigía el camino a través del hielo espeso aquel verano, abriendo el paso a ambos buques. Pero el último hielo que encontró antes de quedar congelado durante los últimos trece meses era más duro que el hierro de la hélice y el árbol experimentales. Los buceadores, que, por cierto, acabaron todos sufriendo congelaciones y casi murieron, confirmaron aquel verano que no sólo se había roto la hélice, sino que el propio eje estaba doblado y roto también.
–¿Carbón? – pregunta el capitán.
–El Erebus tiene suficiente para… quizá… cuatro meses de calefacción en el hielo, a sólo una hora de circulación de agua caliente por la cubierta inferior por día, capitán. Nada en absoluto para el vapor del verano próximo.
«Si es que conseguimos liberarnos el verano próximo», piensa Crozier.
Después del último verano, en que el hielo no falló ni un solo día, se muestra pesimista. Franklin había consumido el suministro de carbón del Erebus a una velocidad prodigiosa durante las últimas semanas de libertad, el verano de 1846, seguro de que si podía hender los últimos pocos kilómetros de témpanos, la expedición llegaría a las aguas abiertas del pasaje del Noroeste a lo largo de la costa norte de Canadá, y que estarían bebiendo té en China a finales del otoño.
–¿Y nuestro propio carbón? – pregunta Crozier.
–Quizá nos quede suficiente para seis meses de calefacción -dice Thompson-. Pero sólo si pasamos de dos horas al día a una. Y yo recomiendo que lo hagamos enseguida…, no más tarde del primero de noviembre.
Eso significa dentro de menos de dos semanas.
–¿Y el vapor? – dice Crozier.
Si el hielo cede el próximo verano, Crozier planea embarcar a todos los hombres supervivientes del Erebus en el Terror y hacer un esfuerzo ímprobo por retirarse por donde habían venido, arriba, por el estrecho sin nombre entre la península de Boothia y la isla del Príncipe de Gales, bajar
por donde subieron hacía dos veranos, más allá del cabo de Walker y el estrecho de Barrow y luego salir por el estrecho de Lancaster como un corcho de una botella, y luego correr al sur hacia la bahía de Baffin con todas las velas desplegadas y el último carbón quemando en las calderas, como el humo y la estopa, quemando incluso los remos extras y los muebles si era necesario para conseguir hasta el último átomo de vapor, cualquier cosa que los llevase a aguas abiertas fuera de Groenlandia donde pudiera encontrarlos algún ballenero.
Pero también necesitaría vapor para abrirse camino hacia el norte y a través de los hielos flotantes del sur hacia el estrecho de Lancaster, aunque ocurriera algún milagro y fuesen liberados del hielo allí. Crozier y James Ross, en tiempos, navegaron con el Terror y el Erebus por los hielos polares del sur, pero viajaban «con» las corrientes y los icebergs. Aquí, en el maldito Ártico, los barcos tenían que navegar durante semanas «contra» el flujo del hielo que bajaba desde el polo hasta llegar a los estrechos, donde podrían escapar.
Thompson se encoge de hombros, indiferente. El hombre parece exhausto.
–Si reducimos el calor el día de Año Nuevo y de alguna manera conseguimos sobrevivir hasta el verano próximo, podríamos conseguir…
¿seis días de vapor sin hielo? ¿Cinco?
Crozier se limita a asentir de nuevo. Es casi con toda seguridad una sentencia de muerte para su buque, pero no necesariamente para los hombres de ambos buques.
Se oye un sonido afuera, en el corredor oscuro.
–Gracias, señor Thompson. – El capitán descuelga su linterna de un gancho de hierro y abandona el resplandor de la sala de la caldera, y luego se dirige hacia delante, entre la nieve semiderretida y la oscuridad.
Thomas Honey le espera en el corredor, con su linterna con una vela chisporroteando debido a la pobreza del aire. Lleva la palanca de hierro delante de él, como si fuera un mosquete, agarrada con unos gruesos guantes, y no ha abierto el cerrojo de la puerta de la sala de Muertos.
–Gracias por venir, señor Honey -dice Crozier a su carpintero.
Sin explicación alguna, el capitán abre los cerrojos y entra en la habitación de almacenaje, donde reina un frío helador.
Crozier no puede resistir levantar la linterna hacia los mamparos de popa, donde se han apilado los seis cadáveres con su común sudario de lona.
El montón se agita. Crozier ya lo esperaba, esperaba ver el movimiento de las ratas bajo la lona, pero se da cuenta de que está mirando una masa de ratas que se encuentran también «encima» de la lona. Hay un montón compacto de ratas que se alza a más de un metro por encima de la cubierta, y cientos de ellas se empujan entre sí buscando la mejor posición para llegar a los hombres muertos y congelados. Los chillidos son muy agudos allí dentro. Hay más ratas por el suelo, escabullándose entre sus piernas y las del carpintero. «Corriendo al banquete», piensa Crozier. Y no muestran miedo alguno a la luz de la linterna.
Crozier vuelve la linterna hacia el casco, sube por el suelo ligeramente inclinado a causa de la desviación del buque a babor y empieza a caminar por la pared curvada e inclinada.
Ahí.
Sujeta la linterna más cerca.
–Vaya, que me condenen al Infierno y que me cuelguen por pagano -
dice Honey-. Perdón, capitán, pero no creía que el hielo hiciese eso tan pronto.
Crozier no responde. Se agacha a investigar más de cerca la madera del casco doblada y forzada.
Las cuadernas del casco están dobladas hacia dentro por aquel lugar, sobresaliendo casi treinta centímetros de la graciosa curva que tiene todo el resto del lateral del casco. Las capas más interiores de la madera se han astillado, y al menos dos cuadernas cuelgan, sueltas.
–Dios Todopoderoso -dice el carpintero, que se ha agachado junto al capitán-. Ese hielo es un monstruo hijo de puta, con perdón, capitán, señor.
–Señor Honey -dice Crozier, añadiendo con su aliento cristales al hielo que ya cubre las cuadernas y refleja la luz de las linternas-, ¿podría haber causado esos daños algo que no fuese el hielo?
El carpintero suelta una agria carcajada, pero se para en seco cuando se da cuenta de que su capitán no está bromeando. Los ojos de Honey se abren mucho y luego se cierran hasta quedar guiñados.
–Le ruego que me perdone otra vez, capitán, pero si quiere decir que…, es imposible.
Crozier no dice nada.
–O sea, capitán, que este casco tenía siete centímetros y era del mejor roble inglés, señor. Y para este viaje, o sea, para el hielo, se reforzó con dos capas más de roble africano, capitán, cada una de apenas un centímetro de grueso. Y el roble africano se colocó en diagonal, señor, para darle mucha más fuerza que si lo hubiesen puesto recto, sin más.
Crozier está inspeccionando las cuadernas sueltas, intentando ignorar el río de ratas que pasan debajo de ellos y en torno a ellos, así como los sonidos de masticación que proceden de la dirección de los mamparos de popa.
–Y además, señor -continúa Honey, con la voz áspera por el frío y su aliento teñido por el ron helado en el aire-, encima de los siete centímetros de roble inglés y los siete centímetros de roble africano en diagonal, pusieron dos capas más de olmo canadiense, señor, cada una de cinco centímetros de grosor. Eso son diez centímetros más de casco, capitán, y colocado en diagonal con respecto al roble africano. Son cinco capas de madera buenísima, señor…, veinticinco centímetros de la madera más fuerte de toda la Tierra entre nosotros y el mar.
El carpintero se calla, dándose cuenta de que está aleccionando a su capitán sobre detalles del trabajo en los astilleros que Crozier había supervisado personalmente en los meses anteriores a la partida.
El capitán se pone de pie y coloca su mano enguantada contra las cuadernas más inferiores, en el sitio donde se han soltado. Hay unos tres centímetros de espacio libre por allí.
–Baje la linterna, señor Honey. Use la palanca de hierro para soltar eso.
Quiero ver lo que ha hecho el hielo en la capa exterior de roble del casco.
El carpintero obedece. Durante varios minutos el sonido de la barra de hierro haciendo palanca en la madera y los gruñidos del carpintero casi consiguen ahogar el frenético mordisqueo de las ratas que tiene detrás. El olmo canadiense se rompe y cae. El roble africano hecho trizas queda apartado. Sólo el roble original del casco, doblado hacia dentro, sigue incólume, y Crozier se adelanta y se acerca un poco, sujetando la linterna de modo que ambos hombres puedan ver.
Fragmentos y carámbanos de hielo reflejan la luz de la linterna en los agujeros de treinta centímetros que hay en el casco, pero en el centro se ve