El Terror
Capítulo 5
y metros de cuerda (quiero decir, de cabo) fijas que me permitieron el Ascenso esta misma mañana.
Evidentemente, los Patrones del Hielo, el capitán sir John, el comandante Fitzjames, el capitán Crozier y los otros oficiales han decidido cuál es Nuestro Camino más Prometedor entre el banco de témpanos siempre en movimiento.
Vamos a zarpar de nuestro pequeño Hogar en el Iceberg dentro de unos minutos, y navegaremos hacia el Noroeste mientras el que parece interminable Crepúsculo Ártico nos lo permita.
Estaremos más allá del alcance de los Resistentes Balleneros a partir de este punto. Por lo que respecta al Mundo Exterior a nuestra Intrépida Expedición, como dijo Hamlet: «El resto es silencio».
5
Crozier
Latitud 70° 5'N – Longitud 98°
23' O 9 de noviembre de 1847
Crozier está soñando con el picnic del estanque del Ornitorrinco y con Sophia, que le acaricia por debajo del agua, cuando oye el sonido de un disparo y se despierta de golpe.
Se sienta en su litera sin saber qué hora es, sin saber si es de día o de noche, aunque ya no hay ninguna línea que separe el día y la noche, desde que el sol ha desaparecido, aquel mismo día, para no volver a reaparecer hasta febrero. Pero antes incluso de encender la pequeña lámpara que tiene en su litera para comprobar el reloj, sabe que es «tarde». El barco está más quieto que nunca; silencio total, excepto los crujidos de la madera torturada y el metal helado en su interior; silencio total, excepto los ronquidos, los murmullos y las ventosidades de los hombres que duermen, y las maldiciones del cocinero, el señor Diggle; silencio, excepto por el incesante gemir, golpear, crujir e hincharse del hielo en el exterior; y aparte de esas excepciones al silencio de aquella noche, silencio, excepto por el gemido de alma en pena del viento.
Pero no ha sido el sonido del hielo ni del viento lo que ha despertado a Crozier. Ha sido un disparo. Un disparo de escopeta… ahogado por capas y capas de cuadernas de roble y nieve superpuesta y hielo, pero un disparo de escopeta, sin ninguna duda.
Crozier estaba durmiendo con la mayor parte de la ropa puesta, y ahora se ha acabado de poner las otras capas y está ya preparado para colocarse la capa final de abrigo cuando Thomas Jopson, su mozo, llama a la puerta con su característico golpecito triple. El capitán la abre.
–Problemas en cubierta, señor.
Crozier asiente.
–¿Quién está de guardia esta noche, Thomas? – Su reloj de bolsillo le demuestra que casi son las tres de la mañana, hora civil. Su recuerdo del calendario de guardias del mes y del día le da los nombres un instante antes de que Jopson los pronuncie en voz alta.
–Billy Strong y el soldado Heather, señor.
Crozier asiente de nuevo, coge una pistola de su aparador, comprueba el cebo, se la mete en el cinturón y pasa apretándose junto al mozo, pasa por el cubículo donde comen los oficiales, que está junto al diminuto camarote del capitán en el costado de estribor, y luego avanza rápidamente pasando por otra puerta hacia la escala principal. La cubierta inferior está casi a oscuras del todo a esa hora de la madrugada, con la única excepción del resplandor que desprende la estufa del señor Diggle, pero se han encendido algunas lámparas en varios alojamientos de los oficiales, suboficiales y mozos, mientras Crozier hace una pausa en la base de la escala para coger sus pesadas ropas de abrigo del gancho y ponérselas.
Las puertas se abren. El primer oficial Hornby se dirige a popa y se coloca firmes junto a Crozier, al lado de la escala. El primer teniente Little corre hacia delante por la escalera de cámara, con tres mosquetes y un sable. Le siguen los tenientes Hodgson e Irving, que también llevan armas.
Delante de la escala, los marineros gruñen desde las profundidades de sus coys, pero un segundo oficial ya está formando una partida, volcando literalmente los coys de los hombres para sacarlos del sueño y empujándolos a popa, hacia las ropas y las armas que los esperan.
– ¿ Ha subido ya alguien a cubierta para comprobar el disparo? –
pregunta Crozier a su primer oficial.
–El señor Male estaba de guardia, señor -dice Hornby-. Ha salido en cuanto ha enviado a su mozo a buscarle.
Reuben Male es el capitán del castillo de proa. Un hombre sensato.
Billy Strong, el marinero de la guardia de babor, ya había navegado antes, según saber Crozier, en el HMS Belvidera. No habría disparado a ningún
fantasma. El otro hombre de guardia es el más viejo y, según estima Crozier, el más estúpido de los marines supervivientes: William Heather.
Con treinta y cinco años y todavía soldado raso, frecuentemente enfermo, demasiado a menudo borracho y la mayor parte de las veces inútil, Heather casi fue enviado a casa desde la isla de Disko dos años antes cuando su mejor amigo Billy Aitken fue relevado del servicio y enviado de vuelta al HMS Rattler.
Crozier se mete la pistola en el enorme bolsillo de su pesado sobretodo de lana, acepta una linterna de Jopson, se envuelve un pañuelo en torno a la cara y encabeza la marcha hacia arriba por la escala inclinada.
Crozier ve que fuera todavía está tan oscuro como el vientre de una anguila, no hay estrellas, no hay aurora ni luna, y hace muchísimo frío; la temperatura en cubierta registraba algo más de cincuenta grados bajo cero seis horas antes, cuando el joven Irving fue enviado arriba a tomar registros, y ahora un viento salvaje aulla por encima de los muñones de mástiles y por el puente inclinado y congelado, arrastrando la nieve por él. Al salir del helado recinto de lona que se encuentra encima de la escotilla principal, Crozier se lleva la mano enguantada al rostro para proteger los ojos y ve el brillo de una linterna a estribor.
Reuben Male está con una rodilla encima del soldado Heather, echado de espaldas con el gorro y la gorra de orejeras caídas, y parte del cráneo también desaparecido, según ve Crozier. Parece que no hay sangre, pero Crozier ve los sesos del marine brillar a la luz de la linterna…, y el capitán se da cuenta de que brillan porque ya hay una capa de cristales recubriendo la pulposa materia gris.
–Todavía está vivo, capitán -dice el jefe del castillo de proa.
–¡Cristo y la puta de…! – dice uno de los hombres de la tripulación detrás de Crozier.
–¡Basta! – grita el primer oficial-. Nada de blasfemias. Habla cuando te pregunten, joder, Crispe. – La voz de Hornby es un cruce entre el gruñido de un mastín y el bufido de un toro.
–Señor Hornby -dice Crozier-. Envíe al marinero Crispe abajo volando y que traiga su coy para llevar abajo al soldado Heather.
–Sí, señor -dicen Hornby y el marinero a la vez.
Se nota la vibración de las botas que corren, pero no se oye debido al gemido del viento.
Crozier se queda de pie, haciendo oscilar en círculo la linterna que lleva.
El pesado pasamanos en el cual hacía guardia el soldado Heather en la base de los helados flechastes ha sido destruido. Más allá del hueco, como sabe Crozier, la nieve y el hielo amontonado corren hacia abajo, como una rampa de un tobogán, durante nueve metros o más, pero la mayor parte de esa rampa no es visible con la nieve cegadora. No hay huellas tampoco en el pequeño círculo de nieve iluminado por la linterna del capitán.
Reuben Male levanta el mosquete de Heather.
–No se ha disparado, capitán.
–Con esta tormenta, el soldado Heather no habrá visto nada hasta que se le haya echado encima -dice el teniente Little.
–¿Y Strong? – pregunta Crozier.
Male señala hacia el otro lado del barco.
–Desaparecido, capitán.
–Elija a un hombre y quédese con el soldado Heather hasta que vuelva Crispe con el coy, y llévelo abajo -le dice Crozier a Hornby.
De pronto, ambos cirujanos, Peddie y su ayudante, McDonald, aparecen en el círculo de luz de la linterna. McDonald es el único que lleva la ropa de abrigo.
–Jesús -exclama el jefe cirujano, arrodillándose ante el marinero-. Aún respira.
–Ayúdele si puede, John -dice Crozier. Señala hacia Male y el resto de los marineros congregados a su alrededor-. El resto de ustedes, vengan conmigo. Tengan las armas dispuestas para disparar, aunque tengan que quitarse los guantes para hacerlo. Wilson, lleve esas dos linternas. Teniente Little, por favor, vaya abajo y elija a veinte hombres buenos, con traje completo, y ármelos con mosquetes…, no con escopetas, sino con mosquetes.
–Sí, señor -grita Little por encima del viento, pero Crozier ya está dirigiendo la procesión hacia delante, en torno a la nieve apilada y la temblorosa pirámide de lona en medio del buque, y sube por la cubierta inclinada hacia el puesto del vigía de babor.
William Strong ha desaparecido. Una larga bufanda de lana ha quedado allí hecha jirones, y los fragmentos, cogidos entre las estachas, ondean salvajemente. El sobretodo de Strong, su gorra con orejeras, escopeta y un
guante están tirados cerca del pasamanos, al abrigo del retrete de babor donde los hombres de guardia se acurrucan para guarecerse del viento, pero William Strong no está. Hay un churrete de hielo rojo en el pasamanos, donde debía de encontrarse de pie cuando vio la enorme forma que venía hacia él por encima de la nieve.
Sin decir una sola palabra, Crozier envía a dos hombres armados con linternas a popa, tres más hacia la proa, otro con una linterna a mirar debajo de la lona en la mitad del buque.
–Apareje una escala aquí, por favor, Bob -dice al segundo oficial.
Los hombros del oficial están ocultos bajo un rollo de cabo fresco, es decir, no congelado todavía, que acaba de traer desde abajo. La escala baja por el costado en cuestión de segundos.
Crozier dirige el descenso.
Hay más sangre en el hielo y nieve amontonada a lo largo del costado de babor del buque. Unas rayas de sangre que parecen negras a la luz de la linterna se dirigen hacia fuera, más allá de los agujeros del fuego en el laberinto siempre cambiante de las crestas de presión y las agujas de hielo, más intuidos que vistos en la oscuridad.
–Quiere que le sigamos ahí fuera, señor -dice el segundo teniente Hodgson, inclinándose hacia Crozier de modo que éste pueda oírle a pesar de los aullidos del viento.
–Por supuesto -dice Crozier-. Pero, de todos modos, vamos a ir. Strong todavía podría estar vivo. Ya lo hemos visto antes, con esa cosa.
Crozier mira tras él. Sólo tres hombres más aparte de Hodgson le han seguido por la escala de cuerda. Los demás están, o bien registrando la cubierta superior, o bien muy ocupados llevando al soldado Heather abajo.
Sólo hay otra linterna más, además de la del capitán.
–Armitage -dice Crozier al mozo de la armería, cuya barba blanca ya está llena de nieve-, dele al teniente Hodgson su linterna y vaya usted con él. Gibson, usted quédese aquí y dígale al teniente Little hacia dónde nos dirigimos cuando venga con el destacamento de búsqueda. Dígale que, por lo que más quiera, no deje que dispare ninguno de sus hombres a menos que esté completamente seguro de que no nos apunta a nosotros.
–Sí, capitán.
Y Crozier le dice a Hodgson:
–George, usted y Armitage diríjanse a unos veinte metros hacia allí, hacia la proa, y vayan en paralelo a nosotros mientras buscamos por el sur.
Intente mantener su linterna a nuestra vista.
–Sí, señor.
–Tom -indica Crozier al hombre que queda, el joven Evans-, usted viene conmigo. Mantenga preparado su rifle Baker, pero sólo medio amartillado.
–Sí, señor. – Al chico le castañetean los dientes.
Crozier espera hasta que Hodgson llega a un punto a veinte metros a su derecha, cuando su linterna ya sólo es un puntito muy débil de luz entre la nieve que se arremolina y encabeza la marcha con Evans hacia el laberinto de seracs, picos de hielo y crestas de presión, siguiendo las manchas periódicas de sangre en el hielo. Sabe que un retraso, aunque sólo sea de unos minutos, bastará para que el débil rastro quede cubierto de nieve. El capitán no se preocupa de sacar la pistola del bolsillo de su sobretodo.
A menos de cien metros de distancia, justo en el lugar donde las linternas de los hombres en la cubierta del HMS Terror se vuelven invisibles, Crozier alcanza un cresta de presión, una de esas montañas de hielo que surgen formadas por las placas de hielo que se rozan y se empujan unas a otras por debajo de la superficie. Ahora que ya llevan dos inviernos en el hielo, Crozier y los otros hombres de la expedición del difunto sir John Franklin han visto esas crestas de presión aparecer como por arte de magia, elevarse con un estruendo ensordecedor y un sonido desgarrador, y luego extenderse por la superficie del mar helado, a veces moviéndose más rápido de lo que puede correr un hombre.
Esta cresta es de al menos nueve metros de alto: un enorme muro vertical hecho de losas de hielo cada una tan grande como un coche de caballos.
Crozier camina por la cresta, levantando la linterna todo lo que puede.
La linterna de Hodgson ya no resulta visible al oeste. La visión en torno al Terror ya no es fácil. Por todas partes, los seracs de nieve, ventisqueros, bloquean la vista. Hay una gran montaña de hielo en el kilómetro que separa el Terror del Erebus, y media docena más a la vista, a la luz de la luna.
Pero esta noche no hay icebergs, sólo esa cresta de presión de tres pisos de alto.
–¡Ahí! – grita Crozier por encima del viento.
Evans se acerca con el rifle Baker levantado.
Una mancha de sangre negra en el blanco muro de hielo. La cosa se llevó a William Strong hacia la cima de esa pequeña montaña de escombros helados, tomando una ruta casi vertical.
Crozier empieza a trepar, sujetando la linterna en la mano derecha mientras busca con la mano libre enguantada, intentando hallar grietas y rendijas para sus dedos congelados y sus botas ya cubiertas de hielo. No ha tenido tiempo de ponerse las botas en las cuales Jopson había introducido unos largos clavos en las suelas, de modo que agarrasen en superficies heladas como aquélla, y ahora sus botas normales de marinero resbalan y patinan en el hielo. Pero encuentra un poco más de sangre congelada siete u ocho metros más arriba, justo debajo de la cumbre llena de hielo de la cresta de presión, de modo que Crozier mantiene la linterna fija con la mano derecha mientras da unas patadas a un bloque de hielo inclinado con la pierna izquierda y se afianza en la cima, con la lana de su sobretodo raspándole la espalda. El capitán no nota la nariz y tiene los dedos entumecidos.
–Capitán -le llama Evans desde la oscuridad de abajo-, ¿quiere que suba?
Crozier jadea con demasiada fuerza para poder hablar durante un segundo, pero cuando recupera el aliento grita:
–¡No, espere ahí! – Ve el débil resplandor de la linterna de Hodgson, ahora hacia el noroeste. El equipo no está todavía a treinta metros de la cresta de presión.
Agitando los brazos para permanecer en equilibrio contra el viento e inclinándose bastante a la derecha mientras la ventisca azota el pañuelo que cubre su cabeza hacia la izquierda y amenaza con tirarle de su precaria posición, Crozier sujeta la linterna hacia el lado sur de la cresta de presión.
La caída es casi vertical, de unos diez metros. No hay señales de William Strong ni signo alguno de manchas negras en la nieve, ni tampoco indicios de que nadie, ni vivo ni muerto, haya pasado por allí. Crozier no imagina cómo podría haber bajado alguien por aquella cara de hielo cortada a pico.
Meneando la cabeza y dándose cuenta de que tiene las pestañas casi congeladas y pegadas a las mejillas, Crozier empieza a bajar por donde ha venido. Dos veces está a punto de caer sobre las bayonetas alzadas del