El tío Sylvester

Georgette Heyer · Capítulo 19 de 28

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El tío Sylvester

Capítulo 19

Lady Ingham se hallaba indispuesta. Sir Henry Halford había dicho que no debían molestar a milady por ninguna circunstancia y que no quería recibir visitas. La señorita Marlow también estaba indispuesta y se había acostado en el sofá del saloncito; tampoco ella recibía visitas ese día.

Esa infausta noticia, revelada por Horwich en un tono sepulcral, arredró a uno de los dos visitantes que llamaron a la puerta de Green Street, pero dejó indiferente al otro.

—Milady me recibirá —dijo la señora Newbury con decisión—. Pero hace muy bien usted en avisarme, Horwich. Procuraré no ponerla nerviosa.

—No puedo responder por milady, señora. Voy a preguntar.

—No es necesario, Horwich. ¿Está milady en su vestidor? No hace falta que me acompañe.

Envalentonada por el éxito conseguido por la señora Newbury, la otra visita dijo con firmeza:

—¡A mí me recibirá la señorita Marlow! Llévele mi tarjeta, por favor.

La señora Newbury subió la escalera y, tras llamar a la puerta del vestidor, asomó la cabeza y dijo con voz débil:

—¿Puedo pasar, lady Ingham? Espero que no se enfade conmigo.

Las persianas de las dos ventanas estaban bajadas; un fuerte olor a vinagre aromático impregnaba la atmósfera, y una figura demacrada se le acercó, susurrando que no se podía molestar a la señora.

—¿Eres tú, Georgiana? —preguntó con un hilo de voz la viuda desde el sofá—. Me encuentro tan mal que no quiero ver a nadie, pero supongo que entrarás diga lo que diga. ¡A nadie le importa que me vaya al otro mundo! Tráigale una silla a la señora Newbury, Muker, y márchese.

La ceñuda doncella obedeció esa orden a regañadientes; y Georgiana, cuyos ojos se estaban acostumbrando a la penumbra, caminó hasta el sofá y se sentó junto a él, diciendo en un tono persuasivo:

—No he venido a molestarla, señora, sino a ayudar, si es que puedo colaborar en algo.

—Nadie puede ayudarme —dijo lady Ingham con resignación—. No hace falta que pregunte si ya se ha enterado toda la ciudad.

—Bueno, creo que sí —repuso Georgiana con sinceridad—. Charlotte Retford ha venido a verme esta mañana, y la verdad es que me ha dicho que la gente sólo habla de eso. Me ha explicado lo que pasó anoche y… Mire, creí que mi deber era venir a verla, porque aunque Phoebe haya escrito ese libro, le tengo mucho cariño, y aunque Lion opine que no debo entrometerme, si puedo ayudarlas en algo, lo haré.

—Supongo que ya nadie duda de que fue Phoebe quien escribió ese libro. Cuando pienso en todo lo que hice por mi nieta anoche… Hasta convencí a Sally Jersey de que se trataba de un rumor extendido por esa desvergonzada, Ianthe Rayne. ¿Dónde están mis sales?

—¿Por qué lo escribió, señora? Cualquiera pensaría que odia a Sylvester, pero me consta que no es así.

La viuda se lo explicó, interrumpiéndose de vez en cuando para tomar las sales. Después bebió un sorbo de tisana, se tumbó y cerró los ojos. La señora Newbury permaneció unos minutos pensativa, pero luego dijo:

—Me extraña que Sylvester la delatara, le dijera ella lo que le dijera.

—¡Se delató a sí misma! ¡Dejarlo en medio de la pista de baile! ¿A quién se le ocurre? Hice lo que pude, Georgiana, pero ¿de qué quieres que sirviera que asegurara que Phoebe se había mareado cuando todos podían ver a Sylvester, furioso como un demonio? ¡Nunca se lo perdonaré! ¡La puso en ridículo delante de todo el mundo! Ya sé que mi nieta no tiene excusa, pero lo que hizo él fue una crueldad. Y ni siquiera puedo consolarme pensando que Phoebe también lo puso en ridículo a él, porque al hacerlo se buscó la ruina.

—El duque debía de estar muy enfadado —dijo Georgiana frunciendo el entrecejo—. Demasiado como para pensar en las consecuencias de provocar esa situación en público. Porque su comportamiento es impropio de él, lady Ingham. Nada detesta más Sylvester que la falta de decoro. Quizá Lion tenía razón, después de todo.

—No lo creo —le espetó la viuda.

—Bueno, eso mismo pensé —dijo la complaciente esposa del comandante—. Aseguró que era un asunto entre ellos dos. Es más, como yo no estaba de acuerdo con él, me planteó una apuesta. Sé muy bien cómo se comporta Sylvester cuando empieza a cortejar a alguna mujer, y le aseguro que no se parecía en nada a eso. ¿Tal vez se ha enamorado de Phoebe?

La viuda se sonó la nariz.

—Creía que estaba todo arreglado —confesó—. ¡Era lo que más deseaba, Georgie! Todo iba sobre ruedas, y de pronto mis planes han fracasado. ¿Debo suponer que se restablecerán los sentimientos que Sylvester albergaba hacia ella? ¡No! ¡Seguro que no!

Georgiana, con los comentarios del razonable Lion en la mente, se alegró de que lady Ingham le hubiera dado la respuesta a su propia pregunta. «¡Caramba! —había dicho el comandante—. ¡Qué lástima! Me pareció una muchacha muy agradable. Ahora ya no le propondrá matrimonio, desde luego. No podía haber elegido una forma mejor de ahuyentarlo que ponerlo en ridículo».

—¡No sé qué hacer! —se lamentó la viuda—. De nada serviría decirme que Phoebe tiene que afrontar la situación: no es de esas jóvenes que apenas se inmutan por una situación como ésta. Además, ahora no le procurarán invitaciones para Almack’s. Yo ni siquiera las solicitaré: nada complacería más a esa odiosa Burrell que tener la ocasión de darme un chasco.

—No, será mejor que no. Tengo una idea mejor, lady Ingham; por eso he venido. ¡Llévesela a París!

—¿Que me la lleve a París? —se extrañó la viuda.

—Sí, señora, a París —insistió Georgiana—. ¡Piénselo! Phoebe no puede quedarse encerrada aquí, y enviarla a su casa sería lo peor, porque significaría abandonar toda esperanza de que volviera a establecerse. ¡Lo que necesita es ir a París! Todo el mundo sabe que usted lleva tiempo dándole vueltas a la idea de instalarse allí una temporada. Yo misma le oí explicárselo a lady Sefton.

—Quizá lo sepa todo el mundo, pero también sabría el motivo de mi viaje.

—Eso no tiene remedio, amiga mía. Al menos se enterarán de que no ha abandonado a Phoebe. Y ya sabe con qué rapidez se olvidan hasta los escándalos más graves.

—Éste no se olvidará fácilmente.

—Claro que sí. Le prometo que no me quedaré ociosa durante su ausencia, y sabe que nadie puede ser de mayor utilidad en este asunto que yo, porque soy prima de Sylvester, y la gente dará más crédito a lo que diga de él antes que a lo que diga Ianthe. Mencionaré que la escena de anoche fue el resultado de una pelea que empezó antes de que Sylvester se marchara a Chance, y que no tuvo nada que ver con El heredero perdido. Afirmaré que por ese motivo se marchó él a Chance; tiene lógica, ¿no? Y lo diré —añadió Georgiana con aire cómplice— en la más estricta intimidad. Sólo a una persona, o quizá a dos, para asegurarme de que esa versión de los hechos se extienda debidamente.

—¡Abra las persianas! —ordenó la viuda rompiendo un corto silencio—. ¿Qué hace Muker dejándonos a oscuras? ¡Qué mujer tan estúpida! Eres una criatura frívola y desordenada, Georgie, aunque he de reconocer que tienes buen corazón. Pero ¿creerá alguien que Phoebe no escribió ese libro?

—Hay que convencerlos, aunque tenga que decir que yo también conozco a la verdadera autora. Si Sylvester se lo hubiera tomado bien (si hubiera bromeado acerca de ello, como si no le importara lo más mínimo, y como si hubiera estado en el secreto desde el principio), no habría tenido ninguna importancia, porque él es la única persona retratada negativamente en el libro, de modo que si él no se lo hubiera tomado mal, las demás personas de las que Phoebe se sirvió para crear sus personajes habrían seguido su ejemplo.

—¡No me hables de Sylvester! —exclamó la viuda con desprecio—. Si no se me hubiera ocurrido casarlo con Phoebe, estaría encantada con ese libro, porque lo describe a la perfección, Georgie. Seguro que todavía está resentido. ¡Maldito sea! Podría haber pensado en mí antes de provocar a mi nieta y conseguir que montara una escena en medio de un baile.

Al ver que las lágrimas resbalaban por las mejillas de lady Ingham, lo cual era muy inusual, Georgiana reprimió el impulso de defender a Sylvester y se apresuró a tranquilizarla dirigiendo de nuevo sus pensamientos hacia París.

—Sí, pero de nada sirve pensar en París —dijo la viuda enjugándose las lágrimas —. No puedo emprender ese viaje si no me acompaña un caballero. El pobre Ingham se revolvería en su tumba. ¡Y no menciones lo de contratar a un acompañante! Me niego a viajar en compañía de extraños. Además, los viajes me sientan muy mal, siempre me mareo, y no puedo contar con Muker, porque no querrá ir a Francia.

Georgiana se amilanó ante esos detalles. Después de que la viuda rechazara su sugerencia de que la acompañara lord Marlow, ya no supo qué decir, y se limitó a lamentarse de que su plan hubiera fracasado.

—¡Sí, es una lástima! —coincidió la viuda, enojada—. Pero dado mi estado de salud, sería una locura que emprendiera el viaje sin ayuda. Sir Henry no querría ni oír hablar de ello. Si Phoebe tuviera un hermano… —De pronto se interrumpió, y sorprendió a Georgiana al exclamar—: ¡El joven Orde!

—¿Cómo dice, señora?

—¡Es la persona idónea! —aseguró la viuda incorporándose con asombrosa energía—. Voy a escribir al señor Orde ahora mismo. ¿Dónde se hospedan? ¡En el Reddish’s! ¡Georgie, querida, tráeme tinta, mi pluma, papel, una oblea! ¡Están en el escritorio! ¡No! ¡Ya me levanto! ¡Toma, llévate todo esto, querida!

—Pero ¿de quién se trata? —preguntó Georgiana recibiendo de la viuda un abanico, una botellita de sales, una botella de colonia, otra de amonio y tres pañuelos limpios.

—Es como un hermano para Phoebe, lo conoce desde que era una cría —contestó la viuda mientras se quitaba varios chales, bufandas y mantas—. Un joven muy correcto. Le falta mundo, pero es muy caballeroso.

—¿Un joven de aspecto lozano, con una tímida sonrisa? —preguntó Georgiana arqueando las cejas—. ¿Ese que cojea un poco?

—Sí, ése es. Dame la mano… ¡No! ¿Dónde ha puesto Muker mis zapatillas?

—Pues creo que está con Phoebe en este preciso momento. Nos hemos encontrado en la puerta, y me he preguntado quién sería.

La viuda volvió a dejarse caer sobre los almohadones.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? Toca la campanilla, Georgie. Lo haré venir aquí de inmediato.

—Claro, señora —dijo Georgiana obedeciendo. Pero añadió—: Aunque… ¿está segura de que le conviene hacer ese viaje con él?

—¿Que si me conviene? ¿Por qué no iba a convenirme? Le irá bien ver un poco de mundo. Ah, ya sé. ¿Estás pensando que podrían enamorarse? No, te aseguro que no hay nada que temer, aunque no sé por qué menciono lo de temer —añadió milady con amargura—. Después de lo de anoche, debería alegrarme de verla casada con quien fuera.

Unos minutos más tarde, Tom entró en el vestidor con gesto sombrío. Echó un vistazo, impresionado, a la colección de medicinas y reconstituyentes que reposaban en la mesa junto al sofá de lady Ingham, pero sintió alivio al oír que lo saludaban con voz enérgica. Sin embargo, cuando la viuda le preguntó, sin preámbulos, si estaba dispuesto a acompañarlas a ella y a la señorita Marlow a París, se mostró más consternado que complacido; y aunque, cuando le presentaron el aliciente de pasar una semana en París como invitado de milady, balbuceó que le estaba muy agradecido, era evidente que se trataba sólo de una expresión de cortesía.

—Permíteme que te aclare, Tom, que los viajes al extranjero son una parte imprescindible de la educación de un joven caballero —dijo la viuda con severidad.

—Sí, señora —repuso Tom. Y añadió, esperanzado—: Pero creo que a mi padre no le gustará que vaya.

—¡Bobadas! Tu padre es un hombre sensato, y él mismo me comentó que ya iba siendo hora de que adquirieras un poco de experiencia. Confía en mí: seguro que él puede pasar sin ti una o dos semanas. Le escribiré una carta, y si quieres, puedes llevársela personalmente. ¡No seas pesado, muchacho! Si no quieres ir por tu propio bien, seguro que lo harás por el bien de Phoebe.

Cuando se lo enfocaron de ese modo, Tom declaró que estaba dispuesto a cualquier cosa por Phoebe. Entonces pensó que la respuesta era un poco inadecuada, así que añadió, ruborizándose hasta las cejas, que lady Ingham era muy amable, que estaba convencido de que se divertiría muchísimo en París y que su padre le estaría muy agradecido. Sin embargo, le pareció oportuno mencionar que sabía muy poco francés y que nunca había salido de Inglaterra.

La viuda pasó por alto esas nimiedades, y le explicó por qué quería marcharse de Londres tan repentinamente. Preguntó a Tom si Phoebe le había contado lo ocurrido la noche anterior, y eso hizo que el joven volviera a adoptar un gesto sombrío.

—Sí, me lo ha contado, señora. Es un asunto feo, lo sé, y no digo que Phoebe no hiciera mal escribiendo sobre Salford, pero tampoco estuvo bien que él la regañara en público. Yo… yo lo encuentro una grosería, porque estoy seguro de que lo hizo deliberadamente para ponerla en ridículo. Es más, no lo esperaba de él. Creía que era una persona decente, un verdadero caballero. ¡Ay, si Phoebe se lo hubiera contado…! Yo quería ir a visitar a Salford. Pero ahora no puedo ir, por supuesto, porque hiciera lo que hiciese Phoebe, estoy de su parte, y tendría que decírselo al duque.

—No, en tu lugar no iría a verlo todavía —dijo Georgiana contemplando al joven con aprobación—. Sylvester es un verdadero caballero, pero me temo que ahora está enfadado. Si no, no se habría comportado de ese modo anoche. ¡Pobre Phoebe! ¿Está muy apenada?

—Bueno, lo estaba bastante cuando he llegado —respondió Tom—. ¡Temblaba como un flan! Siempre se pone así cuando la regañan, pero ahora ya se encuentra mejor, aunque muy triste. Verá, lady Ingham: quiere que la lleve a su casa.

—¿Que la lleves a Austerby? —exclamó la viuda—. ¡Imposible! ¡No puede volver allí!

—Pues está decidida —insistió Tom—. Dice que la ha puesto en ridículo a usted también. Y que prefiere enfrentarse a lady Marlow que a la aristocracia de Londres, y además no tendrá que quedarse mucho tiempo en Austerby porque tan pronto esos editores le suelten la pasta… Me refiero a que tan pronto le paguen, Sibby y Phoebe se irán a vivir juntas al campo. Phoebe quiere escribir otra novela enseguida, porque le han hecho una oferta muy ventajosa.

La revelación de ese disparatado proyecto alarmó a la viuda, que profirió un gemido y se derrumbó sobre los almohadones con los ojos cerrados, para desesperación de Tom. Georgiana la reanimó haciéndole oler las sales y aplicándole agua de colonia en la frente, y lady Ingham se recuperó lo suficiente para ordenar a Tom que fuera a buscar a Phoebe inmediatamente. Georgiana, al advertir la mirada vacilante que le dirigía Tom, cogió sus guantes y su bolso y anunció que se marchaba.

—Supongo que Phoebe preferirá no encontrarme aquí. Lo entiendo, pero, por favor, salúdela de mi parte, señor Orde, y asegúrele que todavía soy su amiga.

La tarea de convencer a Phoebe de que no debía contemplar con repugnancia la perspectiva de trasladarse del mundo elegante de Londres al de París no resultó fácil. En vano le aseguró la viuda que si alguna mente malvada había escrito a sus amigos de París contándoles su caída en desgracia podrían negarlo; en vano le prometió presentarle al rey Luis; en vano describió con todo detalle la simpatía y la elegancia de los franceses: Phoebe rehusaba con un estremecimiento todos los señuelos que le lanzaban. Tom, acosado por la viuda para que actuara, tuvo aún menos éxito. Adoptando un tono enérgico, le dijo a Phoebe que debía hacer un esfuerzo y animarse.

—¡Lo que quiero es volver a mi casa! —exclamó ella, desconsolada.

Tom dijo que eso era una locura, porque en Austerby sólo conseguiría deprimirse. Lo que tenía que hacer era olvidarse del asunto, aunque tal vez estuviera bien que cuando llegara a París le escribiera una carta a Salford disculpándose. Después se sentiría mejor, porque, si lady Ingham alquilaba una casa en París, como tenía pensado hacer, no debería volver a verlo durante meses.

Pero lo único que consiguió ese alentador discurso fue que Phoebe saliera de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Le llegó el turno al squire de intentar que Phoebe adoptara una actitud más sumisa, lo cual hizo de forma muy sencilla, argumentando que después de los problemas que le había causado a su abuela, lady Ingham se merecía que su nieta se animara y complaciera sus deseos.

—Porque creo —añadió el squire con astucia— que si lady Ingham quiere ir a París no es sólo por su propio interés, sino también por el tuyo. Y también reconozco que me gustaría que Tom viajara al extranjero.

El asunto quedó zanjado: Phoebe iría a París para complacer a su abuela, y haría lo posible para pasarlo bien. Sus posteriores esfuerzos de mostrarse animada fueron heroicos, y, como observó Tom, bastaron para que los demás se deprimieran.

Para no tener que soportar la apariencia animosa de Phoebe, por un lado, y la melancolía no disimulada de Muker, por otro, la viuda habría acabado descartando sus planes de no ser por el apoyo que le ofreció el joven Orde. Una vez que hubo consentido en acompañarlas, Tom se resignó de buen talante, y emprendió los preparativos del viaje con tanta energía y buen humor que pronto empezó a rivalizar con Phoebe en la estima de la viuda. Con algo de ayuda por parte del squire, antes de que éste regresara a Somerset, Tom lidió con pasaportes, aduanas e itinerarios; averiguó qué días salía el correo para Francia y cuándo los paquebotes; calculó cuánto dinero necesitarían para el viaje y aprendió de memoria todas las frases en francés que juzgó que podrían serle útiles. No se separaba de un cuaderno de viaje, y cada vez que sacaba su cartera, caían al suelo un montón de folletos.

Tom no tardó en descubrir que la tarea de llevar a lady Ingham de viaje no era una prebenda. La viuda se mostraba muy exigente, y cambiaba de idea a cada momento. Cuando Tom volvió de inspeccionar con el cochero el vehículo que la viuda utilizaba para los viajes (que su sufrido hijo guardaba en su cochera y que ocupaba un gran espacio que a él no le sobraba), lady Ingham decidió que sería mejor viajar en uno de alquiler. Entonces Tom cogió un caballo y fue a alquilar una silla de posta, pero a su regreso a Green Street se enteró de que la viuda había recordado que como Muker ocuparía el asiento delantero, ellos tres tendrían que ir sentados detrás, lo que consideraba intolerable.

—Me temo —le dijo lord Ingham, disculpándose— que ha asumido usted una empresa complicada, amigo mío. Mi madre es muy caprichosa. No debería permitir que lo deje extenuado. Además, veo que cojea usted.

—Ah, no es nada, señor —dijo Tom con alegría—. Me manejo muy bien a caballo.

—Si puedo ayudarlo en algo… —se ofreció lord Ingham, con tono vacilante— no dude en hacérmelo saber.

Tom se lo agradeció, pero le aseguró que todo estaba en marcha. No creía que la ayuda de lord Ingham pudiera acelerar los trámites, pues sabía que la viuda siempre hacía lo contrario de lo que le aconsejaba su hijo y que la exasperaba su carácter indeciso. Lord Ingham pareció aliviado, pero juzgó oportuno prevenir a Tom de que había muchas probabilidades de que la partida se retrasara varios días, ya que tal vez la viuda decidiera en el último momento que no podía marcharse de Londres sin un vestido que su modista todavía no le había entregado, o sin algún artículo que había guardado años atrás y que no conseguía encontrar.

—Cuando me he marchado, lady Ingham los tenía a todos revolviendo la casa buscando no sé qué capa, pero conseguiré que salgamos a tiempo, ya lo verá, señor.

Lord Ingham sacudió la cabeza, y cuando se presentó en Green Street el día acordado para despedirse de su madre, lo hizo con la seguridad de que habrían vuelto a cambiar de planes. Pero Tom había hecho valer su palabra. El anticuado carruaje esperaba junto a la puerta, cargado con el equipaje; cuando lord Ingham entró en la casa encontró a los viajeros equipados para la aventura, y sólo los retrasó la repentina convicción de lady Ingham de que había olvidado sus tenacillas para rizar el pelo, pues hubo que sacarlo todo de su neceser porque Muker las había puesto en el fondo.

Lord Ingham, observando al señor Orde con admiración, no pudo por menos de felicitarlo. Tom le confesó que había estado a punto de fracasar, ya que el día anterior, al ver que empeoraba el tiempo, milady había decidido retrasar la partida. «Pero conseguí convencerla, señor, y creo que podré embarcarla en el paquebote del jueves sin problemas», estimó, optimista.

Lord Ingham, mirando con aprensión el nublado cielo, no compartía la opinión del joven Orde, pero se abstuvo de mencionarlo.