El tío Sylvester

Georgette Heyer · Capítulo 27 de 28

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El tío Sylvester

Capítulo 27

Partieron de Dover poco después de las once, cuando la señorita Marlow ya se había peleado con sus dos acompañantes. Al salir de su dormitorio con aspecto de altiva y elegante damisela se encontró a Tom, y lo primero que hizo fue preguntarle si había recuperado ya el dinero que había dejado en su baúl de viaje. Tom le contestó que sí, y entonces ella le preguntó si podía alquilarle un coche para volver a Londres.

—No —respondió Tom, que no tenía pelos en la lengua—. Se me ocurren cosas mejores en que gastar mi dinero.

—¡Prometo devolvértelo!

—¿En serio? ¿Cuándo? —le preguntó Tom despiadadamente.

—Mi abuela…

—¡Menuda garantía! ¡No, gracias!

—Si ella no me lo da, venderé mis perlas —declaró la joven—. Con ellas conseguiré una buena suma, ¿no te parece? ¡Compréndelo, Tom! No quiero viajar a expensas de Salford.

—Eso tiene fácil solución —le espetó Tom—. Vende las perlas y págale.

—Si no estás dispuesto a hacer lo que te pido —replicó ella con frialdad—, al menos podrías pedirle al duque que te diga cuánto dinero se ha gastado en mí desde que salimos de Abbeville.

—Cuando me ponga en ridículo será por mi propia decisión, y no para sacarte de un apuro, so boba.

Disponían de dos vehículos para hacer el viaje: un cupé de alquiler y el faetón de Sylvester; ambos coches llevaba un tiro de cuatro caballos. Eran animales de tiro, pero los había elegido Keighley, y por lo tanto, como señaló Edmund a su tío, eran ganado de primera. Cuando Tom salió de la posada con su altanera amiga, vio a Edmund sentado en el faetón y a Sylvester de pie junto a él, poniéndose los guantes.

—¿Piensa guiar usted hasta Londres, Salford? —preguntó Tom acercándose al duque.

—Sí —afirmó Sylvester—. Le pediría que viniera conmigo, pero me temo que Keighley debe ocupar ese asiento.

—Sí, claro, pero no pensará llevar también a Edmund, ¿verdad? Supongo que preferirá que venga con nosotros en el cupé, ¿no?

—Mi querido Thomas, la única razón por la que le pedí a Keighley que trajera mi faetón a Dover fue para evitar, en la medida de lo posible, que el niño se maree. Le ocurre en los coches cerrados, pero nunca en los descubiertos. ¿Le importa acompañar a la señorita Marlow? Espero que a ella no le resulte muy fatigoso el viaje; salimos un poco tarde, pero si no surgen imprevistos, llegaremos a la ciudad a la hora de la cena.

Tom, convencido de que Sylvester, en su estado de ánimo, se alegraría de separarse de su sobrino al final de la primera etapa, no puso más objeciones y fue a ayudar a Phoebe a subir al cupé.

Durante los primeros ocho kilómetros, Tom y Phoebe no cruzaron ni una sola palabra, pero al llegar a Lydden, Phoebe (cuyo humor, en opinión de su amigo, había mejorado un poco) le preguntó a Tom dónde pensaba hospedarse en Londres.

—En casa de Salford. Me ha invitado a pasar unos días con él. De hecho, me ha propuesto que me quede allí todo el tiempo que desee.

—¡Cielo santo! ¡Qué gran honor para ti! No me extraña que no quisieras obedecer mis instrucciones. ¡Debes de sentirte muy lejos de mi alcance!

—Si no vas con cuidado, pronto lamentarás de verdad que no esté lejos de tu alcance, amiga mía. Si tienes algún otro comentario ocurrente guardado bajo la lengua, resérvalo para Salford. Él es demasiado educado para darte tu merecido, pero yo no.

Durante el siguiente kilómetro permanecieron callados.

—Tom —dijo de pronto Phoebe con un hilo de voz.

—Dime.

—No debí decir eso. Ha estado muy mal. Perdóname, por favor.

Tom le cogió una mano y se la apretó.

—¡Qué tontorrona eres! ¿Qué pasa? —Esperó un momento y añadió—: Ya sé que interrumpí una discusión entre Salford y tú. ¿Qué te has propuesto? ¿Cavar tu propia tumba?

—Te ruego que me disculpes, Tom —dijo la joven retirando la mano—. No estaría bien que repitiera lo que nos dijimos. ¡No insistas, por favor!

—De acuerdo —concedió Tom—. Pero no seas tan orgullosa, Phoebe.

Tuvieron que parar en Sittingbourne, y los viajeros tomaron un refrigerio en el Rose. Cuando salieron de la posada y Tom se disponía a ayudar a Phoebe a subir al cupé, Sylvester preguntó:

—¿Le importaría guiar el faetón un par de etapas, Thomas?

—¡Por supuesto que no! Si confía en que no vaya a hacerlo volcar —replicó Tom con una sonrisa compungida—. Y si… —vaciló, mirando de soslayo a Phoebe.

—Haz lo que quieras —dijo Phoebe muy tranquila—. No tengo ningún inconveniente en completar el viaje en la diligencia.

Sylvester se dio la vuelta y se encaminó a grandes zancadas hacia el faetón.

—¡Sube! —dijo Tom con enojo. Y sentándose en el asiento al lado de Phoebe, añadió—: ¡Es la primera vez que me alegro de que no seas mi hermana!

La joven no contestó. Durante el resto del trayecto apenas intercambiaron una docena de frases; pero aunque Phoebe fingió dormir la mayor parte del tiempo, estaba muy lejos de poder conciliar el sueño, pues se debatía entre emociones contradictorias. Tom iba sentado a su lado, mirando por la ventana y preguntándose qué le habría dicho Sylvester a Phoebe para que se enfadara tanto, y deseando intervenir de algún modo para ayudar a Sylvester, aunque sólo fuera librándolo de la compañía de Edmund.

Pero Keighley se encargaba de proteger a Sylvester de su sobrino.

—Deje de molestar a su señoría, señorito Edmund —le dijo el palafrenero—. ¡Basta, señorito Edmund! ¡No le conviene quedarse sin aliento en uno de sus berrinches! —agregó, pensando que era una lástima que no pudiera decirle lo mismo a su amo.

Eran más de las seis cuando ambos coches se detuvieron en Berkeley Square, delante de Salford House.

—¿Por qué paramos aquí? —preguntó Phoebe.

—Para bajar mi baúl, por supuesto —contestó Tom al tiempo que abría la puerta del cupé—. Y también para que Salford se despida de ti. ¡Procura ser un poco educada!

Tom se apeó del coche. Las puertas de la mansión ya estaban abiertas, y por ella salieron varios empleados.

—¡Reeth, Reeth! ¡He estado en Francia! —gritó Edmund subiendo los escalones a todo correr—. ¿Dónde está la señorita Button? ¡No me creerá cuando le cuente las cosas que he hecho! ¡Oh, Botón, cuánto te he echado de menos! ¿Y tú, Botón? ¿Me has añorado? Phoebe no sabe hacer nada. ¡Tenía que explicarle cómo se hacía todo!

—¡Mocoso repelente! —dijo Sylvester—. Reeth, el señor Orde se quedará unos días conmigo: ocúpese de él. ¿Quiere entrar con Reeth, Thomas? Yo acompañaré a la señorita Marlow a Green Street.

Ese plan parecía tan condenado al desastre que Tom no pudo evitar decir en tono angustiado:

—¡Yo no lo haría, Salford! Espere a que Phoebe se haya calmado un poco.

—Vaya con Reeth, Thomas. No tardaré en venir —replicó Sylvester, como si no hubiera oído su consejo.

Sylvester subió al cupé y casi antes de que se hubiera cerrado la puerta, sujetó las manos a Phoebe y dijo:

—Phoebe, tiene que escucharme. Ya sé que lo he hecho muy mal; ahora soy incapaz de explicárselo, porque no tenemos tiempo, pero no voy a permitir que se marche así. No puede creer que sea capaz de proponerle matrimonio en broma, ni con ánimo de insultarla.

—Usted mismo me ha dicho que no pensaba proponerme matrimonio —replicó ella al tiempo que intentaba retirar las manos—. Seguro que estará sinceramente agradecido, cuando se recupere de la vergüenza de que lo haya rechazado, de que no sucumbiera ante una proposición tan deslumbrante. ¿Quiere hacer el favor de soltarme, señor duque?

—¡Es que la amo! —declaró Sylvester, apretándole aún más las manos.

—Es usted muy amable, pero no puedo corresponder a sus sentimientos, caballero.

—¡Conseguiré que los corresponda! —prometió él.

—Pero ¿qué se ha creído? —repuso Phoebe, muy trastornada—. ¿Quiere hacer el favor de soltarme? ¡Si sus modales son tan bajos como para comportarse así en medio de la calle, los míos no! ¿Que conseguirá que lo ame? ¡Ja! Si no estuviera tan furiosa, me deleitaría pensando con qué exactitud retraté a Ugolino, que, por mucho que intentara parecer conciliador, era incapaz de abrir la boca sin delatar su arrogancia.

—¿Me llama arrogante cuando le digo que la amo y que quiero que sea mi esposa? —preguntó él.

—¡Sí, y también loco! A usted nunca lo habían rechazado, ¿verdad, señor duque? Cuando una mujer ha mostrado desinterés por usted, se ha propuesto conquistarla, costara lo que costara. Hasta ha apostado que donde otros habían fracasado usted tendría éxito.

—¿Qué tonterías dice? —exclamó Sylvester—. ¿Yo?

—¡Sí, usted! ¿Acaso no había una heredera a la que llamaban la Ciudadela? ¿O son sus conquistas tan numerosas que ya ni siquiera las recuerda?

—Lo recuerdo —dijo él con gesto adusto—. Eso se lo ha contado Ianthe, ¿verdad? ¿También le contó que sólo era una broma entre mi hermano y yo, una broma deshonrosa, de acuerdo, pero que siempre quedó entre nosotros dos?

—¿Me está diciendo que no tomó por asalto la Ciudadela, señor duque?

—Por el amor de Dios, Phoebe, ¿va a echarme en cara las locuras que cometí cuando sólo era un muchacho?

—¡No lo haría si usted hubiera abandonado ese engreimiento! ¡Pero persiste en él! ¿Por qué se mostró tan agradable conmigo? Debe de tener usted mucha práctica, porque lo hizo muy bien. Si yo no hubiera conocido sus intenciones, estoy segura de que habría conseguido su propósito. ¡Pero sí las conocía! Tom le reveló que me había escapado de Austerby porque la perspectiva de convertirme en su esposa me repugnaba, y se sintió tan herido en su orgullo que decidió que debía enamorarme de usted, para que luego lamentara haberle dado calabazas.

Sylvester había olvidado por completo esa mezquina resolución. Tanto es así que las palabras de Phoebe lo dejaron boquiabierto.

—¿Y bien? —dijo Phoebe mirándolo a los ojos—. ¿Va a negarlo, señor duque?

Sylvester le soltó por fin las manos y cometió un error garrafal al admitir:

—No. Me sentí herido en mi orgullo, en efecto, en un arrebato de… engreimiento, arrogancia o como guste llamarlo; y es cierto que ideé ese ignominioso plan. Pero le ruego que me crea cuando le digo que eso no duró mucho.

—¡No, claro que no le creo! —declaró Phoebe.

El cupé dobló una esquina y entró en Green Street. La señorita Marlow, que ya había descargado gran parte de la ira que se había visto obligada a contener durante tantas y tan dolorosas horas, había empezado a deprimirse. Aquel monstruo que estaba sentado a su lado, no satisfecho con humillarla en público ni con no pedirle disculpas por haber tenido que soportar numerosas experiencias desagradables por su culpa, había despotricado contra ella, la había insultado y ahora, sin importarle que Phoebe estuviera triste y cansada, ni que necesitara palabras tranquilizadoras, guardaba silencio y demostraba, una vez más, ser una persona sumamente engreída y egocéntrica. ¿Sería que necesitaba que lo provocaran? Phoebe decidió probar.

—Después de haber conocido a sus otras enamoradas, señor duque, todas ellas diamantes de excelente calidad, habría tenido que ser muy ingenua para creer que me prefería a mí. Me ha pedido que me case con usted porque está tan decidido a no admitir una derrota que haría cualquier cosa para lograr su propósito.

Aquélla era la última oportunidad de Sylvester para salvar su honor.

—No diga nada más, señorita Marlow —dijo Sylvester muy sereno—. Me doy cuenta de que de nada serviría que intentara razonar con usted.

—¿Quiere saber qué pienso de usted? —replicó Phoebe con voz temblorosa—. Pues que es mucho peor que el conde Ugolino.

Sylvester guardó silencio, y eso le demostró a Phoebe que tenía razón. Sylvester no estaba enamorado de ella ni mucho menos, y la joven se alegraba de constatarlo. Lo único que quería era un lugar en que recogerse, como un almacén de leña o una carbonera, donde disfrutar a sus anchas de su felicidad.

El coche se detuvo; Sylvester se apeó y bajó el estribo con sus propias manos. ¡Qué detalle! Phoebe se recompuso, descendió del coche y, con mucha dignidad, dijo:

—Le agradezco, señor duque, que haya tenido la amabilidad de acompañarme hasta Inglaterra. Por si no volvemos a vernos, me gustaría asegurarle, antes de que nos despidamos, que soy consciente de todo lo que le debo y que le deseo la mayor felicidad.

Phoebe habría podido ahorrarse esas bonitas palabras, porque Sylvester no les hizo ningún caso.

—Voy a entrar con usted —dijo, y golpeó la puerta con la aldaba.

—Le ruego encarecidamente que no lo haga —suplicó ella con apasionada sinceridad.

Pero Sylvester le cogió una mano y dijo:

—Señorita Marlow, déjeme hacer aunque sólo sea esto por usted. Conozco bien a lady Ingham y su temperamento. Estoy seguro de que si hablo primero con ella, su abuela no se enfadará con usted.

—Es usted muy amable, señor duque, pero le aseguro que no necesito que intervenga —repuso ella con orgullo.

Se abrió la puerta y Horwich exclamó:

—¡Señorita Phoebe! —A continuación reparó en la desconcertante mirada de Sylvester, inclinó la cabeza y balbuceó—: Ex… excelencia.

—¡Ocúpese de que entren el equipaje de la señorita Marlow! —le ordenó Sylvester con frialdad, y se volvió de nuevo hacia Phoebe. Era evidente que de nada iba a servir seguir discutiendo, así que, consciente de que Horwich podía oír cada una de sus palabras, le tendió una mano a Phoebe y dijo—: Me despido de usted, señorita Marlow. Nunca podré estarle lo bastante agradecido por lo que ha hecho. Por favor, preséntele mis respetos a lady Ingham y comuníquele que pasaré a visitarla en breve; entonces le explicaré, porque sé muy bien que usted no lo hará, lo profundamente en deuda que me hallo con usted. ¡Adiós! ¡Que Dios la bendiga! —Se inclinó y le besó la mano, mientras Horwich, consumido por la curiosidad, lo miraba con los ojos desorbitados.

Para Phoebe, que ya no sabía cómo interpretar la actitud del duque, ese discurso fue el colmo.

—¡Por supuesto! Es decir… Exagera usted, señor duque. ¡Adiós! —consiguió balbucir, y entró en la casa a toda prisa.

—Cuando hayan descargado todo el equipaje, vuelvan a Salford House —le ordenó Sylvester al primer postillón—. Entonces les pagaré. Yo iré andando.

Cuando Reeth le abrió la puerta a su amo, se llevó una sorpresa. Había sospechado que algo pasaba, y entonces comprobó que no se había equivocado. Sólo había visto aquella expresión en el rostro de su excelencia en una ocasión anterior. De nada habría servido hacer algún comentario al respecto, pero al menos sí podía darle una noticia que lo reconfortaría. Mientras ayudaba a Sylvester a quitarse la capa de viaje, dijo:

—Excelencia, no he tenido ocasión de decírselo antes, pero…

—¿Qué diantre haces aquí, Reeth? —lo interrumpió Sylvester, como si acabara de reparar en su presencia—. Dios mío, no me digas que mi madre ha venido a Londres.

—Así es, excelencia. Está en su salón, esperándolo —confirmó Reeth, radiante—. Y me complace poder asegurarle que ha soportado muy bien el viaje, excelencia.

—Voy a verla enseguida —dijo Sylvester dirigiéndose hacia la gran escalera.

La duquesa se hallaba sola, sentada junto a la chimenea. Cuando Sylvester entró en el salón, levantó la cabeza y sonrió con picardía.

—¡Madre!

—¡Sylvester! Mira, no voy a permitir que me regañes. Haz el favor de decirme que te alegras muchísimo de encontrarme aquí.

—No hace falta que te lo diga —replicó él inclinándose para besarla—. Pero partir de Chance sin mí… No debí escribirte para explicarte lo que había ocurrido. Si lo hice fue sólo porque temí que pudieras enterarte por otras personas. ¿Has estado muy angustiada, madre?

—¡Qué va! Sabía que recuperarías al niño sano y salvo. Pero no podía quedarme en Chance cuando en Londres estaban sucediendo cosas tan inquietantes. Siéntate y cuéntamelo todo. Las confidencias de Edmund han dado pie a todo tipo de extravagantes conjeturas en mi mente, y ese encantador muchacho al que has traído a tu casa afirmó que sería mejor que me lo contaras tú. ¿Quién es, hijo mío?

Sylvester se había dado la vuelta para acercar una butaca, y cuando se sentó, la duquesa tuvo ocasión de verlo por primera vez a la luz de las velas. Se quedó sobrecogida; igual que Reeth, reconoció la expresión del rostro de Sylvester. Era la misma que Sylvester tuvo durante meses tras la muerte de Harry y que su madre había rezado para no volver a ver nunca. Entrelazó las manos sobre el regazo, pues sentía un poderoso impulso de tenderlas hacia Sylvester.

—Se llama Thomas Orde —contestó su hijo esbozando una sonrisa que a la duquesa le pareció un poco forzada—. ¿Verdad que es encantador? Lo he invitado a quedarse aquí todo el tiempo que desee; su padre cree que ya va siendo hora de que se acostumbre un poco a la vida de la ciudad. —Titubeó un momento, y luego añadió —: Supongo que te habrá contado (y si no, lo habrá hecho Edmund) que es amigo de la señorita Marlow. Podría decirse que son como hermanos.

—¡Ah, sí! Edmund no para de hablar de Tom y Phoebe. Lo que no entiendo es cómo se han visto involucrados en este embrollo. Por lo visto, Phoebe ha sido muy buena con Edmund.

—Sí, buenísima. Es una larga historia, madre.

—Y debes de estar cansado y supongo que preferirás contármela más tarde. ¡Pero háblame de Phoebe! Ya sabes que esa joven me interesa especialmente. La verdad es que si vine a Londres fue para verla.

Sylvester levantó bruscamente la cabeza.

—¿Para ver a Phoebe? No lo entiendo, madre. ¿Por qué querías…?

—Verás, Louise me escribió para explicarme que todo el mundo creía que era la autora de esa absurda novela, y que la pobre muchacha lo estaba pasando muy mal. Creí que yo podría ayudarla a superar el mal trago, pero cuando llegué a Londres me enteré de que lady Ingham se la había llevado a París. No sé por qué no me escribió, porque debía de saber que ayudaría de buen grado a la hija de Verena.

—Es demasiado tarde —se lamentó Sylvester—. Yo habría podido poner fin al escándalo. Pero lo que hice… —Se interrumpió y miró a su madre—. ¿Estaba mi entrometida tía Louise en el baile de los Castlereagh? No lo recuerdo.

—Sí, querido.

—Entiendo. —Se levantó de un brinco y fue hasta la chimenea; se quedó allí de pie, evitando mirar a la duquesa—. Supongo que mi tía te contó lo que pasó ese día en el baile.

—Un lance muy desafortunado —confirmó la duquesa con serenidad—. Es lógico que estuvieras enfadado.

—No tengo excusa para mi comportamiento. Sabía muy bien que a ella la aterrorizan los… ¡Todavía veo su expresión!

—¿Cómo es, Sylvester? —La duquesa esperó un momento, y luego dijo—: ¿Es guapa?

Sylvester negó con la cabeza.

—No, madre, no es ninguna beldad. Pero cuando está contenta creo que podría considerarse atractiva.

—Por lo que he oído hasta ahora, deduzco que es una joven un poco especial.

—¡Ya lo creo! ¡Muy especial! —confirmó él con amargura—. Dice lo primero que se le ocurre; sale de una aventura para meterse en otra; es más feliz cepillando caballos y charlando con los mozos de cuadra que asistiendo a fiestas; es impertinente; no te atreves a mirarla por miedo a que se eche a reír; no tiene ninguna habilidad especial; no conozco a ninguna mujer menos recatada; es abominable, y condenadamente indomable, sincera hasta límites inimaginables, y… ¡en fin, un encanto!

—¿Crees que me gustará, Sylvester? —preguntó la duquesa contemplando el perfil de su hijo.

—No lo sé —respondió él con cierta impaciencia—. Supongo que sí… Confío en que sí… Pero quizá no. ¿Cómo voy a saberlo? Además, eso no importa, porque me ha rechazado. —Hizo una pausa y entonces, como si le estuvieran arrancando las palabras, exclamó—: ¡Dios mío, madre! ¡Qué torpe he sido! ¿Qué puedo hacer?