El tío Sylvester

Georgette Heyer · Capítulo 7 de 28

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El tío Sylvester

Capítulo 7

En Austerby, salvo los días de cacería, el desayuno se servía a las diez en punto, lo cual, en opinión de Sylvester, era demasiado pronto. En general, la costumbre imperante en el campo era que los invitados desayunaran a las once o incluso a las doce. Lady Marlow lo sabía, pero le dijo a Sylvester que no aprobaba esos horarios. Sylvester, para quien la imperativa llamada de la campana había sido una ofensa, recibió esa información con una leve sonrisa y una educada inclinación de la cabeza, pero no hizo ningún comentario.

Al reparar en la ausencia de su hija, lord Marlow no tardó en preguntarse en voz alta dónde estaría. Milady, con prudente comedimiento, respondió que debía de haber salido a dar un paseo.

—¿Un paseo? —dijo lord Marlow riendo—. ¿Phoebe? Es más probable que haya ido a las cuadras. Debe usted saber, Salford, que no hay manera de mantener a esa hija mía lejos de los caballos. Me gustaría que la hubiera visto cabalgar. Maneja las riendas con precisión y tiene una postura excelente. ¡Y no se amilana ante ningún obstáculo! Si su caballo puede superar algo, ella también: vallas, muros de piedra, arroyos… ¡A Phoebe no le importa! La he encontrado tumbada en una zanja en más de una ocasión, pero eso la trae sin cuidado.

Sin reparar en los intentos de su esposa de llamarle la atención, lord Marlow habría seguido hablando de ese tema si Firbank no hubiera entrado en ese momento en el salón para anunciarle que la señora Orde quería hablar con él.

Lord Marlow se sorprendió, y su esposa aún más. Lady Marlow lo consideró una circunstancia extraordinaria, y dijo:

—Seguro que quiere verme a mí, Marlow. No sé por qué tiene que molestarnos a estas horas. Eso no es nada habitual. Firbank, dígale a la señora Orde que estoy desayunando, pero que la atenderé tan pronto acabe.

El mayordomo se retiró, pero regresó casi al instante, muy atribulado y seguido de una mujer regordeta.

—Señora, lamento tener que interrumpirla con tan poca ceremonia —anunció la señora Orde, que parecía estar esforzándose para contener una intensa emoción—, pero el asunto que me ha traído aquí no puede esperar.

—¡En absoluto! ¡Nos alegramos de verla! —se apresuró a decir lord Marlow—. Ya sabe que siempre estamos a su disposición. ¿Para qué quería vernos?

—Se trata de un asunto de la máxima urgencia. Su hija, señor, se ha fugado con mi hijo.

El silencio se apoderó de todos los presentes. Sin darles tiempo a recobrarse de la conmoción, la señora Orde soltó sobre ellos toda la ira que acumulaba.

—No sé por qué se queda tan perpleja —declaró mirando con furia a lady Marlow—. No ha dejado usted piedra sin remover hasta que ha conseguido lo que buscaba. Ya imaginé lo que iba a pasar cuando mi hijo me contó cómo lo habían recibido en esta casa durante los últimos diez días. Pasaré por alto su insultante conducta, señora, pero permítame informarle que nada hay más lejos de los deseos de sus padres que una alianza entre Tom y su familia. Le tengo mucho cariño a Phoebe, pobrecilla, pero mi esposo y yo albergamos otros planes para Tom, y le aseguro que no incluyen esta boda a los diecinueve años.

—¡Qué tontería! ¡A ninguno de los dos se les ha ocurrido jamás esa idea! — exclamó lord Marlow en un intento de detener la virulenta elocuencia de su vecina. Sin embargo, quedó sin argumentos cuando la señora Orde, furiosa, replicó:

—¡No! ¡No hasta que milady se la metió en la cabeza! Si yo hubiera visto su amistad con aprensión, no habría actuado como lo ha hecho ella. ¿Y cuál ha sido el resultado? ¡Pues exactamente el previsible!

—¡Caramba! —intervino lady Marlow—. ¡Se diría que ha perdido usted el juicio, señora! ¡No entiendo cómo puede ponerse así sólo porque mi hijastra haya salido a montar con el señor Thomas Orde!

—¿A montar? —exclamó la señora Orde con desdén—. Phoebe se ha fugado de esta casa, y de eso es usted culpable, lady Marlow, por tratarla como la ha tratado, pobrecilla. ¡Lady Marlow, me saca de mis casillas! No era con usted con quien quería hablar, sino con el padre de Phoebe. ¡Lea esto, señor!

Tras pronunciar esas imperiosas palabras, puso un papel en la mano de lord Marlow. Mientras éste leía detenidamente las escasas líneas que Tom había escrito para disipar la eventual angustia de su madre, lady Marlow le ordenó que le mostrara la nota, y Sylvester se retiró con discreción a la jamba de la ventana. Sabía que un hombre prudente aprovecharía esa oportunidad para salir del salón. Aceptó con aplomo la demostración de que estaba actuando de forma poco prudente y se preguntó si tendría ocasión de echar un vistazo a la misiva que tan poderoso efecto estaba ejerciendo sobre su anfitrión.

«Querida Madre —había escrito Tom—, tengo que marcharme sin despedirme de ti, pero no te preocupes. He cogido el carrocín de mi padre y me ausentaré durante unos días, no puedo especificar cuántos. Las cosas han llegado a tal extremo en Austerby que la situación es insoportable. Tengo que rescatar a Phoebe, y estoy seguro de que mi padre y tú lo entenderéis cuando estéis al corriente de todo, porque siempre le habéis profesado un cariño sincero».

Mientras leía esas líneas, las mejillas de lord Marlow perdieron su habitual color.

—¡Es imposible! ¡No puedo creerlo! ¿Adónde habrán ido? —balbuceó sin impedir que su esposa le arrebatara la hoja de las manos.

—¡Exacto! ¿Adónde? —preguntó la señora Orde—. Esa pregunta es lo que me ha traído aquí. Si mi esposo no se encontrara en Bristol en este momento… ¡Pero siempre pasa lo mismo! ¡Los hombres nunca están cuando se los necesita!

—No sé qué significa este mensaje —terció lady Marlow—. No fingiré entenderlo. Pero sospecho que el señor Thomas Orde estaba ebrio cuando lo escribió.

—¿Cómo se atreve? —saltó la señora Orde echando chispas por los ojos.

—¡No, no, claro que no estaba ebrio! —se apresuró a decir lord Marlow—. Querida, permítame que… Esto es tan extraordinario que… Aunque ni por un momento he pensado…

—¡Por el amor de Dios! —gritó la señora Orde dando una patada en el suelo—. ¡No se quede ahí como un pasmarote! ¿Acaso no le importa que su hija esté fugándose en este preciso instante? ¡Debe ir a buscarla! ¡Averigüe adónde pensaba ir! ¡Seguro que Susan lo sabe! ¡O la señorita Battery! ¡Alguna pista les habrá dado! ¡Y si no, alguna de las dos, que la conocen mejor que usted, podrá adivinar sus intenciones!

Lady Marlow no era partidaria de tener en cuenta esa sugerencia, pero su esposo, que conservaba un vivido recuerdo de la conversación que había mantenido con Phoebe la noche anterior, estaba muy alarmado. Dijo que mandaría avisar de inmediato a Susan y a la señorita Battery, y se dirigió hacia la puerta al tiempo que llamaba a Firbank. Mientras enviaban el mensaje al aula, la señora Orde aprovechó para descargar todo su nerviosismo y saldó la deuda de rencor que se había acumulado en su interior durante años diciéndole a lady Marlow lo que pensaba exactamente de sus modales, su conducta, su insensibilidad y su tremenda estupidez. Lord Marlow no tuvo más remedio que intervenir en el altercado y, en el fragor de la discusión, se olvidaron por completo de Sylvester. El duque intentó pasar inadvertido. Todavía no había llegado el momento adecuado para que se fijaran en él, aunque esperaba que no se demorara mucho. Entretanto, escuchó las hábiles acusaciones de la señora Orde a lady Marlow, reteniendo en la memoria las diversas anécdotas ilustrativas de la depravación de su anfitriona, cuyos detalles la señora Orde había guardado fielmente durante años.

La señora Orde se calló cuando entró en la habitación la señorita Battery, acompañada no sólo de Susan, sino también de Eliza. Como es lógico, a lady Marlow la contrarió que la institutriz se hubiera presentado allí con Eliza; y se disponía a ordenarle que se marchara cuando la señorita Battery dijo con gesto adusto:

—Consideré que era mi deber traerla. Dice que sabe adónde ha ido su hermana. Aunque lo dudo.

—¡Phoebe jamás se lo revelaría a Eliza! —aseguró Susan—. Y sobre todo sin haberme dicho nada a mí.

—¡Sí sé adónde ha ido! —insistió Eliza—. Y pensaba decírselo a madre, porque ése es mi deber.

—Bueno, eso no importa —terció lord Marlow, irritado—. Si lo sabes, dilo ahora mismo.

—Ha ido a Gretna Green con Tom Orde, padre —dijo la niña.

El tono con que Eliza pronunció esa sorprendente información fue tan petulante que incitó a Susan a exclamar con ímpetu:

—¡Eso es mentira, mocosa detestable!

—¡Susan! —exclamó lady Marlow—. ¡Ve inmediatamente a mi vestidor y no salgas de allí hasta que vaya a buscarte!

Pero para su sorpresa, lord Marlow salió en defensa de Susan:

—No, no, hay que resolver esta cuestión. Creo que Sukey tiene razón.

—Yo también —convino la señorita Battery.

—Eliza es una niña muy sincera —declaró lady Marlow.

—¿Cómo sabes que han ido a Gretna Green? —preguntó la señora Orde—. ¿Te lo ha dicho Phoebe?

—No, señora —respondió Eliza adoptando una expresión tan inocente que a Susan le dieron ganas de propinarle una bofetada—. Creo que es un secreto que tenían Phoebe y Tom, lo que me apena mucho, porque no es correcto esconderles cosas a los padres, ¿verdad, madre?

—Así es, querida —corroboró lady Marlow—. Me alegra saber que al menos una de mis hijas conoce sus deberes.

—De acuerdo —dijo lord Marlow sin mucho entusiasmo—, pero ¿cómo lo sabes, hija mía?

—Verás, padre, no me gusta contar chismes de mi hermana, pero Tom vino a verla anoche.

—¿Que vino a verla anoche? ¿Cuándo?

—No lo sé, padre. Me parece que era muy tarde, porque yo estaba profundamente dormida.

—Entonces, ¿cómo vas a saber nada? —la interrumpió Susan.

—¡Silencio, Susan! —ordenó lady Marlow.

—Me desperté —explicó Eliza—. Oí voces en la salita de costura, y pensé que eran ladrones, así que me levanté, porque era mi deber avisar a padre, para que él pudiera…

—¡Mentirosa! —gritó Susan, indignada—. Si hubieras creído que habían entrado ladrones en la casa, habrías metido la cabeza debajo de las mantas y te habrías muerto de miedo.

—¿Voy a tener que afearte otra vez la conducta, Susan? —preguntó lady Marlow.

—Susan tiene razón —terció la señorita Battery—. Eliza nunca pensó eso. Es muy cobarde. Si se levantó de la cama fue por curiosidad.

—Bueno, ¿qué importancia tiene? —gritó la señora Orde—. Tom debió de venir a ver a Phoebe anoche cuando volvía a casa, no me cabe duda. ¿Dices que los oíste hablar en la salita de costura, Lizzy? ¿Y qué dijeron?

—No lo sé, señora. Pero cuando me disponía a avisar a mi padre, reconocí la voz de Tom y me di cuenta de que no eran ladrones. Dijo que esperaba que no hubiera mucha nieve en el norte, porque tenían que ir a Gretna Green.

—¡Cielo santo! —exclamó lord Marlow—. Ese joven… ¿Y qué respondió Phoebe?

—Le rogó que no hablara tan alto, y luego ya no oí nada más, así que volví a acostarme.

—Claro, porque aunque lo intentaste, no pudiste oír nada más —dijo Susan.

—Hiciste lo que debías —declaró lady Marlow—. Si tu hermana se libra de las terribles consecuencias de su conducta, se deberá a tu sentido del deber. Estoy muy orgullosa de ti, Eliza.

—Disculpe, señora —intervino la señorita Battery—, me gustaría saber por qué el sentido del deber de Eliza no la instó a acudir inmediatamente a mi dormitorio para informarme de lo que estaba sucediendo. No tengo ningún escrúpulo en decirle, señora, que no creo que haya ni una sola palabra verdadera en esa historia.

—¡Eso es! —coincidió lord Marlow con renovado entusiasmo—. ¡A mí también me gustaría saberlo! ¿Por qué no despertaste enseguida a la señorita Battery, Eliza? ¡Susan tiene razón! Lo has inventado todo, ¿verdad? ¡Contéstame!

—¡No lo he inventado! ¡Madre, te prometo que no lo he inventado! —declaró Eliza rompiendo a llorar.

—¡Santo cielo! —exclamó la señora Orde—. Supongo que ninguna muchacha de su edad sería capaz de imaginar semejante historia. Además, ¿qué va a saber ella de Gretna Green? No dudo de la veracidad de sus palabras; es más, esa terrible sospecha ya había pasado por mi mente. ¿Qué podemos pensar, leyendo la nota que me dejó mi hijo? Si se sentía en la obligación de rescatar a Phoebe, ¿cómo podía hacerlo, si no casándose con ella? ¿Y dónde podía llevarlo a cabo, siendo menor de edad, si no al otro lado de la frontera? Le pido (¡le suplico, señor!) que vaya a buscarlos.

—¿Que vaya a buscarlos? —repuso milord, muy exaltado—. ¡Pues claro, señora! ¿Me lo suplica? Permítame que le asegure que no hay ninguna necesidad de que lo haga. Mi hija fugándose a Gretna Green como una vulgar… ¡Ya verán esos dos cuando los atrape!

—¡No llegarán a Gretna Green! —sentenció la señora Orde con cierta acritud—. Y si los atrapa usted (de lo cual no estoy muy segura, porque le llevan varias horas de ventaja, y se mantendrán alejados de las carreteras principales siempre que puedan), le conviene recordar, señor, que mi hijo es poco más que un colegial, y estoy convencida de que ha actuado movido por las más caballerosas y puras intenciones.

Llegado ese punto, al advertir que su anfitrión, que se había olvidado por completo de él, se disponía a salir precipitadamente de la habitación, Sylvester juzgó que había llegado el momento de recordarles su presencia a los presentes. Se colocó en el centro de la habitación y dijo con voz tranquilizadora:

—Bueno, supongo que no le costará mucho alcanzarlos, señora. Lo más probable es que queden atrapados en la nieve.

Tengo entendido que desde hace varios días nieva en el norte. Mi querido lord Marlow, antes de que salga en persecución de los fugitivos, permítame despedirme. En estas circunstancias, supongo que milady y usted preferirán que me marche. Acepte mi agradecimiento por su hospitalidad, mi pesar por este ineludible acortamiento de mi estancia en su casa y mi promesa (¡espero que innecesaria!) de que pueden confiar en mi discreción. Sólo me falta desearle que tenga un pronto éxito en su misión y suplicarle que no retrase su partida por mí.

Dichas esas palabras, pronunciadas con gran solemnidad, le estrechó la mano a lady Marlow, saludó con sendas inclinaciones de la cabeza a la señora Orde y a la señorita Battery y salió de la habitación antes de que su anfitrión hubiera reaccionado para estar en disposición de formular algo más que una débil protesta.

Su ayuda de cámara, un sirviente muy correcto, recibió la noticia de su inmediata partida de Austerby con una deferente inclinación de la cabeza y una impasible serenidad; John Keighley, en cambio, aquejado de un fuerte resfriado, protestó:

—En el estado en que se encuentran los caminos, nunca llegaremos a Londres, excelencia.

—Quizá no —concedió Sylvester—. Pero ¿dudas de que pueda llegar a Speenhamland? ¡Te demostraré que te equivocas!

Swale, que ya estaba doblando una de las chaquetas de Sylvester, sintió un gran alivio al oír la palabra mágica: Speenhamland significaba el Pelican, una posada tan famosa por la excelencia de su alojamiento como por lo desorbitado de sus precios. Allí, tanto su excelencia como sus sirvientes estarían mucho mejor atendidos que en Austerby.

—Speenhamland está a más de cincuenta kilómetros de aquí, excelencia —objetó Keighley, indiferente a esas reflexiones—. Tendrá que cambiar los caballos, y también los postillones, porque los chicos no soportarán un viaje tan largo si encontramos nieve.

—No, no voy a viajar en el cupé —aclaró Sylvester—. Iré en el carrocín, por supuesto, y yo mismo conduciré. Tú vendrás conmigo, y Swale puede seguirnos en el cupé. Dile a los chicos que deben ir tan lejos como puedan sin cambiar. Quiero que lleven mis propios caballos en etapas cortas hasta el Pelican, y que si no me encuentran allí, continúen hasta la ciudad. Swale, mete todo lo que pueda necesitar para varios días en uno de mis baúles de viaje.

—Si su excelencia quiere que viaje en el carrocín, no me importa hacerlo —dijo Swale, más por heroísmo que por sinceridad.

—No, Keighley me será de más utilidad —replicó Sylvester.

Su leal palafrenero refunfuñó por lo bajo y se dirigió a las cuadras. Media hora más tarde, resignado a su destino, se hallaba sentado junto a su amo en el carrocín, contemplando con aire taciturno un cielo cuyo aspecto cada vez resultaba más amenazador. Había añadido una bufanda a su atuendo, y de vez en cuando se sonaba la nariz con un pañuelo impregnado de alcanfor. Sylvester le hizo un comentario simpático, y Keighley replicó con remilgo:

—Sí, excelencia.

A un segundo intento del duque de entablar conversación con él, el criado replicó:

—No sabría decirle, excelencia.

—Ah, ¿no? —dijo Sylvester—. Está bien. Di lo que quieras: que hace un frío de mil demonios y que estoy loco por intentar llegar al Pelican. A mí no me importa, y seguramente tú te sentirás mejor.

—Jamás me rebajaría hasta ese punto, excelencia —replicó Keighley con dignidad.

—Ah, eso es nuevo —comentó Sylvester—. Creía que ibas a soltarme una de tus regañinas. —Al no obtener respuesta, añadió—: ¡Por el amor de Dios, John, no te pongas así!

Keighley nunca había sabido resistirse cuando su amo le hablaba en ese tono, desde la primera vez que Sylvester, todavía muy joven, consiguió imponerle su voluntad.

—¡Qué idea tan descabellada, excelencia! —repuso en un tono severo—. ¡Viajar hacia una tormenta de nieve! Lo único que le diré es que si quedamos atrapados, espero que no me culpe a mí.

—No, no te culparé —prometió Sylvester—. Verás, era ahora o nunca; o al menos hasta dentro de una semana. Quizá tú lo estabas pasando en grande, pero yo no. Es más, preferiría alojarme en una taberna de mala muerte.

Keighley soltó una carcajada.

—Ya lo sospechaba. No creí que fuéramos a quedarnos mucho tiempo aquí. Sobre todo cuando me enteré de que había humo en la habitación de su excelencia. A Swale tampoco le ha gustado, porque es muy maniático.

—Igual que yo —observó Sylvester—. Además, no podía quedarme si milord debía marcharse precipitadamente, ¿no?

—Por supuesto, excelencia. Sobre todo teniendo en cuenta que no tenía el más mínimo deseo de quedarse.

Sylvester rio, y una vez restablecidas las buenas relaciones entre ellos, emprendieron el camino en total armonía. En Devizes nevaba, pero llegaron a Marlborough sin problemas, y pararon en Castle Inn para que los caballos pudieran descansar y para tomar un segundo desayuno. El fuego que ardía en las chimeneas y la excelente comida tentaron a Sylvester de quedarse allí, y quizá lo habría hecho, si no se le hubiera ocurrido que se hallaba demasiado cerca de Austerby para considerarse a salvo de todo peligro. La llegada del correo de Bath disipó sus dudas. Arribaba con varias horas de retraso, pero Sylvester supo por el cochero que aunque la carretera estaba mal en algunos tramos, se podía circular. Decidió seguir adelante. Keighley, animado por un ponche de ginebra, cerveza, nuez moscada y azúcar, no puso objeciones, así que volvieron a enganchar los caballos.

Los dieciséis kilómetros siguientes fueron más problemáticos, y una vez pasado el bosque de Savernake, Sylvester tuvo que parar el coche un par de veces mientras Keighley se apeaba para apartar la nieve que impedía distinguir el trazado de la calzada. Sin embargo, llegaron a Hungerford sin contratiempos. Los excelentes pintos grises de Sylvester, enganchados a un vehículo ligero, estaban cansados, pero no en exceso. El duque consideró que si los dejaba reposar un poco, serían perfectamente capaces de terminar la siguiente etapa, que los conduciría a Speenhamland y al Pelican.

Cuando reemprendieron la marcha eran ya más de las cuatro, y a los riesgos del clima se añadieron los del anochecer. Con el cielo tan uniformemente cubierto, Keighley opinaba que oscurecería antes de que llegaran a Newbury, pero conocía demasiado a su amo para perder el tiempo protestando. Sylvester, que habría podido contar con los dedos de una mano las ocasiones en que había estado lo bastante enfermo como para guardar cama, no se desconcertó por la cegadora nieve ni se preocupó por las incomodidades que suponía. Keighley, en el apogeo de su resfriado, se preguntó si sería capaz de convencer a su amo para que se detuvieran en el Halfway House, y no habría lamentado que hubieran quedado atrapados cerca de esa o de cualquier otra posada. Ni él ni Sylvester conocían la carretera, pero la suerte los favoreció cuando el camino empezaba a ponerse impracticable. Encontraron una diligencia que avanzaba despacio hacia Bath, y pudieron seguir las profundas huellas que dejaba en la nieve durante varios kilómetros, antes de que las borraran los copos que seguían cayendo. Las rodadas todavía se distinguían cuando Keighley, que tenía buena vista, descubrió un carrocín volcado en la cuneta y señaló que alguien había sufrido un desafortunado accidente. El carrocín se hallaba cubierto de nieve, pero era evidente que se trataba de un vehículo deportivo y que viajaba hacia el Este. De pronto a Sylvester lo asaltó una sospecha. Detuvo el coche para examinar mejor el carrocín abandonado.

—Es un carrocín, John.

—Sí, excelencia —coincidió Keighley—. La vara está rota y las ruedas derechas, destrozadas. ¡Tenga mucho cuidado al conducir! No me gustaría que corriéramos la misma suerte.

—Es curioso —dijo Sylvester con un deje de regocijo en la voz—. No sé quién podría estar tan desesperado para salir en un carrocín con este tiempo. Es muy curioso.

—Pero ellos se dirigían hacia la frontera, excelencia —dijo Keighley, revelando que conocía lo que hasta ese momento, por discreción, había disimulado.

—Eso fue lo que aseguró la señorita Eliza. No creo que el joven Orde sea tan iluso para pensar que podría llegar a la frontera. Quizá no sea tan necio, John. Me parece que pronto lo averiguaremos. Me alegro de que decidiéramos acercarnos al Pelican.

—Disculpe, excelencia —dijo Keighley con gravedad—, eso lo decidió usted. Es más, si me permite el atrevimiento, usted no desea conocer al señor Orde. Y tampoco quiere volver a encontrarse con la señorita Marlow, por lo que yo sé.

—Ya veo que lo sabes todo —replicó Sylvester, e hizo andar a los caballos—. Como siempre. ¿Qué harían cuando quedaron atrapados en la cuneta?

—No lo sé, excelencia —contestó Keighley con enojo—. Quizá pasara otro coche y se montaran en él.

—¡Qué absurdo! ¿Y qué pasó con los caballos? No son del joven Tom, sino de su padre. Lo lógico es que se ocupara de ellos, ¿no?

—Sí, si su padre es como el honorable padre de su excelencia —admitió Keighley con un humor mordaz—. Cielos, cuántos problemas tuvimos aquella vez que su excelencia se llevó el potro castaño y…

—Gracias, pero no hace falta que me recuerdes el episodio. El joven Tom, John, desenganchó los caballos del carrocín y los llevó al refugio más cercano. No creo que se rompieran ninguna pata, pero supongo que algún daño sufrirían. Mantén los ojos bien abiertos por si ves alguna granja o alguna posada.

Keighley suspiró y no hizo ningún comentario. Pero no fue necesario que siguiera ejercitando sus poderes de adivinación porque setecientos metros más allá, a escasos metros de la carretera y cerca de un estrecho sendero que cruzaba el camino de posta, había una pequeña posada con el corral y varios edificios anexos en la parte trasera.

—¡Ajá! —exclamó Sylvester—. Ahora veremos si tenía razón, John. Sujeta los caballos.

Keighley cogió las riendas; le enojaba tanto la caprichosa conducta de su amo que dijo con sarcasmo:

—Sí, excelencia. Y si tarda usted más de una hora, ¿quiere que los haga caminar un poco para que no se enfríen?

Pero Sylvester no le prestó atención, saltó del carrocín y entró en el Blue Boar.

La puerta daba paso a un corredor, a uno de cuyos lados estaba la taberna, y al otro, un saloncito. Enfrente, una estrecha escalera conducía al piso superior, y en lo alto, mirando hacia abajo con expresión angustiada, estaba la señorita Phoebe Marlow.