El tío Sylvester

Georgette Heyer · Capítulo 26 de 28

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El tío Sylvester

Capítulo 26

Embarcaron en el paquebote con una ligera brisa, y con menos oposición por parte de Edmund de la que habían imaginado. Cuando el niño se dio cuenta de que su todopoderoso tío no podía llevarlo milagrosamente por los aires hasta las costas de Inglaterra, estuvo a punto de montar una escena.

—¡No, no, no! ¡No voy a subir al barco! —protestó con un ímpetu que presagiaba un torrente de lágrimas.

—¿Cómo dices? —lo atajó Sylvester con vehemencia.

Edmund se ruborizó, tragó saliva y dijo con tono implorante:

—¡Por favor! ¡No quiero subir al barco! ¡Si lo hago volverá a dolerme el buche!

—¿Volverá a dolerte qué?

Edmund cerró los ojos y apretó mucho los párpados.

—Creía que tenías más temple —dijo su tío con desprecio.

—¡Claro que tengo temple! —declaró Edmund echando chispas por los ojos—. Keighley dice que soy muy valiente.

—Keighley nos está esperando en Dover —comentó Sylvester con tono despreocupado—. Señorita Marlow, le ruego que no le mencione que Edmund se ha acobardado, porque lo decepcionaría mucho.

—¡Subiré al barco! —decidió Edmund con energía—. ¡Los Rayne somos capaces de cualquier cosa!

Cuando llegó a la pasarela, Edmund vaciló un momento.

—¡Muéstranos el camino, joven Rayne! —lo animó Sylvester, y el niño caminó por ella con decisión.

—¡Eres un valiente, Edmund! —lo alentó Tom.

—¡Soy tan hombre como el que más! —afirmó el crío.

Para Phoebe, la travesía resultó aburridísima. Sylvester envolvió a Edmund con su capa de viaje y se quedó con él en la cubierta; la joven no tenía ninguna ocupación con que entretenerse, y como seguía lloviendo, no le quedó más remedio que retirarse a su camarote y reflexionar sobre su funesto futuro. El paquebote tardó nueve horas en llegar a Dover, que a Phoebe le parecieron eternas. Tom la visitaba de vez en cuando y le llevaba algún refrigerio o le informaba acerca de Edmund. Tom admitió que el niño se había mareado un poco, pero que no había por qué preocuparse. Habían encontrado un sitio resguardado en la cubierta, y el duque y él se turnaban para hacerle compañía al pequeño. No, no era necesario que Phoebe hiciera nada: Edmund, que había dormido un poco, estaba más animado.

Hacia el final de la travesía dejó de llover y Phoebe subió a cubierta. Encontró a Edmund un tanto exaltado y Sylvester se mostró cortés pero cortante con ella. Era la primera vez que Sylvester tenía que cuidar de su sobrino, y el duque confiaba en que fuera la última.

Cuando el paquebote entró en el puerto, eran casi las ocho, y los cuatro viajeros, cansados y con frío, no estaban de muy buen humor. Con todo, al ver el rostro de Keighley dos de ellos se animaron considerablemente: Edmund se abalanzó sobre él gritando de alegría y Sylvester, relajando visiblemente el ceño, dijo:

—¡Gracias a Dios! ¡Puedes quedarte con él, John!

—Con mucho gusto, excelencia —repuso Keighley, sonriente—. Espere un momento, señorito Edmund. Tengo que recoger el baúl de su excelencia.

A Keighley le sorprendió ver a Phoebe, y aún más a Tom; pero aceptó con impasibilidad aparente las explicaciones de Sylvester y su afirmación de que se hallaba en deuda con la señorita Marlow y el señor Orde por haberlo ayudado a recuperar a su sobrino.

—Por supuesto, excelencia —se limitó a decir—. ¿Y cómo está usted, señor? Veo que todavía no dobla muy bien la rodilla.

Keighley había reservado habitaciones para Sylvester en el King’s Head. Creía que no habría inconveniente en reservar otras dos, pero Phoebe les recordó que tenía que volver cuanto antes al lado de lady Ingham.

—Antes sería conveniente averiguar si lady Ingham sigue en la ciudad —dijo Sylvester volviendo a fruncir la frente—. ¿Por qué no nos acompaña primero al King’s Head mientras Keighley va a preguntar al Ship?

—No es necesario que envíe a Keighley —terció Tom—. Iré yo al Ship. Ocúpese de Phoebe hasta que regrese, Salford.

Phoebe se resistió a dejarlo marchar sin ella, porque consideraba injusto que lady Ingham descargara su ira sobre él; pero Tom se limitó a reír, le dijo que él encajaba mucho mejor que ella las reprimendas y se marchó.

El King’s Head no era tan elegante como el Ship. Keighley creía que no se hospedaba allí nadie que pudiera reconocer a su excelencia, para el que había reservado un salón. Después le comunicó a Phoebe que había un buen dormitorio libre, por si lo necesitaba. Phoebe, que estaba sentada al lado de Edmund mientras cenaba, dijo:

—Gracias, pero… ¿Cree usted que voy a necesitarlo, señor duque?

—¿Cómo puedo saberlo? —repuso Sylvester—. Hace más de una semana que se marchó de Dover. Me sorprendería que lady Ingham hubiera esperado tanto tiempo aquí, pero debe de conocerla mejor que yo.

—Le escribí una carta —balbuceó Phoebe—. Debía de saber que regresaría. O que, si yo no podía regresar, al menos lo haría Tom.

—En ese caso, con toda seguridad estará esperándolo —dijo Sylvester con su habitual indiferencia. Phoebe no añadió nada, y cuando Edmund hubo terminado de cenar, lo llevó a acostarse. Una rolliza camarera fue a ofrecerle sus servicios y, como a Edmund le cayó simpática, Phoebe lo dejó a su cuidado. Dedujo que el niño la entretendría un buen rato, distrayéndola con sus aventuras, porque cuando cerró la puerta al salir, Phoebe le oyó decir con un tono muy animado:

—He viajado mucho, ¿sabe usted?

Al regresar al salón, Phoebe vio que Tom ya había vuelto de su misión. Se hallaba hablando con Sylvester, y la joven se dio cuenta al instante de que su amigo estaba preocupado. Se paró en el umbral y se quedó mirando a Tom con gesto de ansiedad.

—No la he encontrado, Phoebe —le dijo sonriendo—. Por lo visto ha regresado a Londres.

Entonces Phoebe miró a Sylvester, que dijo:

—Pase y siéntese, señorita Marlow. Ya me imagino que la habrá desilusionado no encontrar a lady Ingham, pero en realidad no pasa nada. Mañana por la noche ya se habrá reunido con ella.

—¡Que ha vuelto a Londres! Debe de estar muy enfadada conmigo.

—¡En absoluto! —la contradijo Tom con convicción—. Lady Ingham no llegó a recibir tu carta. ¡Aquí está! Lo lógico habría sido que esos mequetrefes la hubieran enviado a Londres, pero no lo hicieron. La verdad es que nunca me pareció que el Ship estuviera a la altura de su reputación, sobre todo después de encontrar la marca del pulgar del limpiabotas en mis botas nuevas.

—¡Entonces no tiene forma de saber adónde fui! Todos estos días… ¡Ay, Dios mío! ¿Qué estará pensando?

—Bueno, sabe que yo iba contigo, de modo que no puede haber pensado que te caíste al mar. Sólo espero que no se le haya ocurrido la idea de que nos hemos fugado.

Phoebe se llevó una mano a la sien y dijo:

—No, es demasiado lista para pensar eso. ¿Estaba preocupada? ¿Intentó averiguar adónde había ido, o…? ¿Qué te han dicho en el Ship?

—No mucho —confesó Tom—. Ya sabes cómo son. Hay mucho ajetreo, porque continuamente están entrando y saliendo clientes. Lo que sí he descubierto es que a tu abuela le dio un síncope, o algo parecido, y que volvió a Londres, muy alterada, el día después de nuestra desaparición. La visitó un médico, pero no podía estar muy mal, porque de lo contrario no habría emprendido el viaje.

Pero Phoebe, muy consternada, se había desplomado en una butaca tapándose la cara con ambas manos.

—Mi querido Thomas —intervino Sylvester, divertido con la conversación—, los síncopes de lady Ingham son su más preciado bien. Empezó a padecerlos hace años y debe de considerarlos valiosísimos, porque, aunque nunca interfieren en sus placeres, siempre consiguen librarla de cualquier compromiso que pueda aburrirla. Phoebe, seguro que su abuela regresó a Londres para contarle sus penas a Halford.

—Eso mismo creo yo —coincidió Tom—. Acuérdate del trabajo que me costó sacarla de Londres. Lo que ha pasado es muy sencillo: en cuanto solté las riendas, salió al galope hacia la cuadra. No tienes por qué preocuparte, Phoebe.

—¿Cómo quieres que no me preocupe? Le he causado tantos problemas… —La joven se interrumpió y volvió la cabeza. Tras una breve pausa, añadió, más serena—: ¿No dejó ningún mensaje?

—Bueno —repuso Tom de mala gana—, sólo instrucciones acerca de nuestro equipaje. Muker dejó dicho en el Ship, por si alguien preguntaba por él, que estaba en la oficina de alquiler de coches.

—Una decisión muy sensata —opinó Sylvester acercándose al aparador—. Es evidente que lady Ingham pensó que regresarían. Señorita Marlow, conozco bastante bien sus gustos y sé que no me permitirá servirle una copa de jerez, de modo que se la serviré de ratafía.

Phoebe aceptó la copa que le acercó el duque y permaneció sentada con ella en la mano.

—En la oficina de coches de alquiler… ¡para que vayamos a recogerlo! Eso significa que pensó… ¿De verdad me cree capaz de abandonarla?

—Más bien significa que se enfadó —dijo Tom.

—Sí, es mucho más probable —coincidió Sylvester—. ¿Madeira o jerez, Thomas? Hasta que podamos hablar con lady Ingham, señorita Marlow, todo serán conjeturas, y particularmente inútiles. Confíe en mí: me encargaré de convencer a mi madrina de que sin su ayuda habría perdido a Edmund para siempre.

—Usted mismo ha dicho, señor duque, que yo no tuve nada que ver con su recuperación —replicó Phoebe esbozando una tímida sonrisa—. Y además, es cierto.

—De acuerdo, pero eso no tengo por qué explicárselo a su abuela —prometió Sylvester.

—¡Pero yo sí!

—Gracias a Dios que no se llevó nuestro equipaje a Green Street —intervino Tom con cierta precipitación—. Iré con Keighley a recogerlo mañana a primera hora de la mañana. ¡Qué alivio poder cambiarme de ropa!

—Teniendo en cuenta que la camisa que lleva es mía —le dijo Sylvester—, por no hablar de la corbata, y que ambas me hacían mucha falta, ese comentario no me complace mucho, Thomas.

Phoebe, comprendiendo que las palabras del duque eran un intento de alegrar un poco sus pensamientos, rio obedientemente, y no volvió a mencionar a lady Ingham. Entonces entró un camarero para preparar la mesa para la cena. Phoebe soltó una espontánea carcajada cuando Tom, tan pronto les sirvieron el primer plato, recomendó a su anfitrión que lo devolviera de inmediato a la cocina.

—¿Devolverlo? —se extrañó Sylvester, al que Tom había pillado desprevenido—. ¿Por qué debería devolverlo?

—Para darse importancia, por supuesto. Pregúntele al camarero si sabe quién es usted. Y si tiene algún problema, ofrézcase a comprar el establecimiento. Tenga en cuenta que Phoebe y yo estamos acostumbrados a que nos atiendan por todo lo alto.

Fascinado, Sylvester les pidió que le relataran con todo detalle el viaje a Abbeville. Disfrutó tanto con la historia que por su parte contribuyó con una gráfica descripción de la calurosa bienvenida que le había dispensado sir Nugent Fotherby, que hasta ese momento no le había parecido nada graciosa. No sólo habían olvidado las tribulaciones que todavía los acosaban, sino también las discusiones del pasado. Daba la impresión de que habían recuperado el buen entendimiento de que disfrutaron en el Blue Boar. Tom, al ver la facilidad con que Phoebe y Sylvester intercambiaban opiniones sobre temas muy diversos, ya se estaba felicitando por el éxito de su táctica cuando un comentario irreflexivo destruyó la atmósfera de armonía que había imperado durante la velada.

—¡Es como el villano de un melodrama! —dijo Sylvester.

La sonrisa pícara desapareció de los labios de Phoebe, se le colorearon las mejillas y pasó de ser la más alegre de las compañías a una figura rígida que hizo pensar a Tom en una efigie. Volvieron a ponerse en tensión. Sylvester, tras una brevísima pausa, siguió hablando como si no hubiera pasado nada, pero su voz ya estaba desprovista de cordialidad; se había refugiado tras su fachada de hielo y se mostraba perfectamente afable, pero inaccesible.

Tom no tomó la iniciativa para remediar ese estado de cosas. Tenía una idea muy clara de cuál era la situación, pero no parecía que pudiera hacer algo para promover una reconciliación duradera entre Sylvester y Phoebe. Estaba convencido de que Sylvester no pensaba en Ugolino cuando mencionó al villano, pero era inútil intentar convencer de ello a Phoebe. Su amiga estaba tan susceptible con todo lo relacionado con su dichosa novela que bastaba con aludir a un libro cualquiera para ponerla nerviosa. Y aunque Sylvester no estuviera pensando en El heredero perdido cuando comparó a sir Nugent con un villano, ahora sí lo recordaba.

Phoebe no tardó en levantarse de la mesa; alegó que estaba muy cansada y que iba a acostarse. Sylvester se limitó a inclinar la cabeza. Y cuando la joven hubo salido y cerrado la puerta, el duque se volvió sonriente y dijo:

—Bueno, Thomas, ¿a qué le apetece jugar? ¿Al piquet? ¿O preguntamos si hay por aquí un tablero de ajedrez?

Tom optó por el ajedrez, y pensó que el duque era un caso perdido.

A la mañana siguiente, Tom desayunó deprisa y fue con Keighley a la oficina de alquiler de coches. Cuando regresó a la posada, encontró a Sylvester de pie junto a la ventana, leyendo un periódico, y a Phoebe limpiándole los restos de huevo a Edmund de la boca.

—Tengo todo nuestro equipaje abajo, Phoebe. Keighley está esperando a que le digas qué maletas quieres que te suba a la habitación. Y también he encontrado esto. ¡Toma!

Phoebe cogió rápidamente la carta y reconoció la caligrafía de lady Ingham.

—La más pequeña, por favor, Tom. ¡Edmund! ¿Adónde vas?

—¡Tengo que hablar con Keighley! —dijo Edmund dándose importancia, y echó a correr hacia la escalera.

—¡Pobre Keighley! —comentó Sylvester sin apartar la vista del periódico.

Tom siguió a Edmund, y Phoebe, con manos ligeramente temblorosas, rompió la oblea que sellaba la carta y la desplegó. Sylvester bajó un poco el periódico y la observó. Phoebe leyó la misiva de su abuela en silencio; luego la dobló y se quedó de pie con ella en la mano y con la mirada perdida.

—¿Y bien?

La joven se volvió hacia la ventana, sobresaltada. Nunca había oído hablar a Sylvester con tanta aspereza, y se preguntó a qué se debía que empleara ese tono.

—Será mejor que me lo cuente. Por su expresión ya sé que no se trata de buenas noticias.

—No —admitió Phoebe—. Cuando escribió esto, lady Ingham creía… que había convencido a Tom para que me llevara a casa. Supongo que fue Muker quien le metió esa idea en la cabeza, pensando que así se libraría de mí. Es muy celosa. Incluso es posible que la doncella creyera que me había fugado con Tom. Y de eso… tengo yo la culpa.

—¡No es necesario que me lo jure! Posee usted un don natural para atraer los problemas.

Phoebe lo miró un momento, entre dolida y asombrada; luego se dio la vuelta y se acercó a la chimenea. Le parecía tan gratuito y cruel, y tan poco propio de él, que la ridiculizara sabiendo lo preocupada que estaba que se quedó apabullada. No cabía duda de que la había ridiculizado, pero en su tono no había un deje burlón, sino sólo rabia. Phoebe no entendía por qué Sylvester estaba enojado, ni qué había hecho ella para reavivar su resentimiento.

—Me temo que sí —consiguió decir, aunque le resultaba penoso hablar—. Da la impresión de que siempre estoy metiéndome en algún lío. Mi madrastra siempre me llamaba ordinaria, e hizo lo posible por inculcarme prudencia y decoro. Es una lástima que no lo consiguiera.

—¡No es usted la única que lo lamenta! —dijo él despiadadamente.

La dureza de la voz del duque estaba ejerciendo un efecto inevitable en Phoebe: empezó a marearse y a temblar, y no tuvo más remedio que sentarse y apretarse las manos.

—El mismo día que la conocí se metió en un lío, como usted lo llama —continuó Sylvester—. Sería más acertado decir que se metió de cabeza en él, como cuando subió a bordo de ese barco. Me parece muy bien que se meta en líos, pero no le basta con eso, y no tiene escrúpulos a la hora de enredar a otros en sus embrollos. Tom es una de sus víctimas, yo otra y, ahora, su abuela. ¿Cree que lady Ingham la ha dejado abandonada? ¿Se siente maltratada? ¡La única responsable de sus problemas es usted!

Phoebe escuchó esa invectiva con absoluta perplejidad; no podía creer que fuera Sylvester, y no un desconocido, quien estuviera lanzando tan duras acusaciones contra ella. Le pasó fugazmente por la cabeza la posibilidad de que Sylvester estuviera alimentando deliberadamente su propia ira, pero la rabia que sentía ella, surgida de una diminuta chispa que pronto se convirtió en una llamarada, no le permitió considerarla.

—¡No! ¡No! ¡No empecemos! ¡Gorrioncillo! ¡Gorrioncillo! —dijo de pronto el duque.

Pero Phoebe ni siquiera lo oyó.

—¡Sólo hay otro responsable, y es usted, señor duque! —le dijo con la voz enronquecida por el acaloramiento—. Fue su arrogancia la que me inspiró para crear el personaje de mi novela. De no ser por usted, jamás me habría escapado de mi casa. De no ser por usted, nadie habría sabido que había escrito ese libro. De no ser por usted, nunca habría subido a bordo de esa goleta. ¡Usted es la causa de los problemas que he tenido! Afirma que lo he tratado mal, pero ahora escúcheme: si eso es cierto, se lo merece, porque me ha destrozado la vida.

Para sorpresa e indignación de Phoebe, Sylvester soltó una extraña risotada.

Mientras la joven lo miraba con odio, el duque dijo en un tono de voz que ella nunca le había oído emplear:

—¿En serio? Bueno, si es así, tendrá usted una reparación. ¿Me concedería el honor de casarse conmigo, señorita Marlow?

Sylvester, un empedernido conquistador, estaba proponiéndole matrimonio por primera vez a una mujer.

Phoebe no reparó en que Sylvester estaba temblando de nerviosismo ni en que era más tímido que un joven inexperto recién salido del colegio. Aún menos se le ocurrió pensar que la risa y la exagerada formalidad de su proposición las provocaba la timidez. Sylvester era famoso por sus impecables modales; Phoebe jamás lo había visto perder el dominio de sí. Creyó que estaba mofándose de ella, así que se levantó de la butaca y exclamó:

—Pero ¿cómo se atreve?

—¡Le ruego que me perdone! —dijo Sylvester, abochornado y consciente de su torpeza—. Se equivoca usted. Phoebe… lo he dicho sin pensar. No era mi intención pedirle que se casara conmigo… —prosiguió, lo que empeoró aún más la situación —. ¡Estaba decidido a no hacerlo! Pero… —Se interrumpió al darse cuenta del atolladero en el que lo habían metido sus intentos de explicarse.

—¡Ahora sí le creo! —repuso Phoebe, acalorada—. Ha tenido usted la delicadeza de exponer lo que piensa de mí, y eso también lo creo. Fue usted a Austerby para examinarme, como si fuera una potra, y decidió que no daba la talla, ¿no es cierto?

—¿Qué más me dirá? —preguntó Sylvester sin poder controlar la risa.

—¿No es cierto?

—Sí. Pero ¿ha olvidado cómo se comportó usted? ¿Qué quería que pensara yo, si sólo intentaba disgustarme? No fue hasta más tarde cuando…

—¡Claro! —lo interrumpió la joven en tono mordaz—. Más tarde, cuando lo convertí por primera vez en una víctima, enredándolo en mi indecorosa huida de Austerby, y cuando herí su orgullo como seguro que nadie lo había herido hasta entonces, empezó a pensar que tal vez pudiera ser la esposa ideal para usted. La ferviente proposición que ha tenido la amabilidad de hacerme surge, naturalmente, de la temeridad que me llevó a inmiscuirme en sus asuntos privados y que lo obligó a realizar un viaje en condiciones tan por debajo de su dignidad que sin duda se habrá sentido degradado. ¡Qué estúpida soy! ¡Cómo no me di cuenta enseguida de lo que iba a pasar! Le ruego que me perdone. De haber imaginado que mi mala conducta le haría sentirse atraído por mí, habría adoptado los modales de un dechado de virtudes siempre que nos hubiéramos visto. Así se habría ahorrado usted la vergüenza de ver rechazada su proposición, y yo me habría ahorrado un intolerable insulto.

—No era ningún insulto —repuso él, muy pálido—. Si me he expresado… Si le ha parecido que pretendía insultarla, está equivocada, créame. Lo que le dije con anterioridad fue porque su absurda conducta me convenció de que no era la esposa ideal para mí. Después de aquella fiesta en casa de los Castlereagh no tenía ningún deseo de volver a verla. Mejor dicho, eso creía yo, pero estaba equivocado, porque cuando volvimos a encontrarnos… me llevé una gran alegría.

No era un discurso digno de un hombre galante, pero Sylvester no estaba acostumbrado a mostrarse galante con una dama que bullía de rabia y desprecio.

—¿Habla en serio? —dijo Phoebe—. Pero no tardó en recuperarse, ¿verdad?

—No, sólo lo intenté —replicó Sylvester, molesto—. ¡Deje ya de hostigarme, fierecilla!

—¿No quieres cambiarte de ropa, Phoebe? —preguntó Tom, que entró en la habitación en ese inoportuno momento—. Keighley ha subido tu maleta… —Se interrumpió, consternado, y balbuceó—: ¡Pe… perdón! No sabía que… ¡Ya me marcho!

—¿Marcharte? ¿Por qué? —dijo Phoebe alegremente—. Sí, claro que quiero cambiarme de ropa, y voy a hacerlo ahora mismo.

Tom sostuvo la puerta para que Phoebe pasara y pensó que si Sylvester, al que era evidente que había interrumpido en medio de una escena, bajara la guardia y le dejara hablar, él podría explicarle cómo había que tratar a Phoebe. Cerró la puerta y se dio la vuelta.

—¡Por el amor de Dios, Thomas! ¡Qué magnífico atuendo! ¿Acaso pretende que me ruborice? —dijo Sylvester socarronamente.