El tío Sylvester
Capítulo 22
El Lion d’Argent era el hostal más elegante de Calais. Sinderby, el acompañante contratado por sir Nugent para allanar el camino de lo que prometía ser una prolongada luna de miel, había reservado un salón y los dos mejores dormitorios. Sinderby había cruzado el Canal para asegurarse de reservar habitaciones dignas de su adinerado cliente, tanto en el Lion d’Argent como en el mejor hotel de Abbeville, y también había contratado a una niñera francesa para atender a Edmund. Cuando regresó a Dover para supervisar el embarque del grupo, tenía la impresión de que había previsto todas las eventualidades.
No le gustaba la carroza que sir Nugent había diseñado, pero se resignó; le costó un poco más resignarse a que milady llegara sin su doncella, porque previó que le pedirían que buscara una doncella de primera categoría tan pronto volvieran a desembarcar en Francia, y sabía que eso iba a resultar imposible. Milady tendría que conformarse con los servicios de alguna empleada inexperta hasta que llegara a París, y no parecía una mujer que se contentara fácilmente. Con la llegada a bordo del Betsy Anne de la señorita Marlow y el señor Orde, se desanimó mucho. No es que la incorporación de dos personas más al grupo alteraba sus meticulosos planes, sino que no aprobaba a aquellos inesperados viajeros. Rápidamente sacó la conclusión de que ocultaban algo. No llevaban equipaje, y cuando, al llegar a Calais, le había pedido al señor Orde que le entregara su pasaporte y el de la señorita Marlow, el señor Orde, llevándose una mano al bolsillo, profirió una exclamación de consternación.
—¡No me digas que no tienes los pasaportes! —había gritado la señorita Marlow.
—¡Oh, no! —replicó el señor Orde—. ¡Claro que los tengo! ¡Todos!
Al oírlo, la señorita Marlow estuvo a punto de desmayarse. Sinderby decidió que tanto ella como el señor Orde no eran trigo limpio.
Había previsto que en Calais le esperaran momentos agitados, pero no había imaginado que tendría que ponerse a buscar por las mercerías una camisa de dormir para un crío de seis años. Además, ni la riqueza de sir Nugent ni su propia habilidad consiguieron procurarle dos dormitorios más en el Lion d’Argent, que estaba completo. No tuvo más remedio que aceptar para la señorita Marlow el apartamento que había alquilado para la doncella de milady, y poner al señor Orde con sir Nugent, un arreglo que a ninguno de los dos caballeros le pareció bien. Era evidente que la joven que había encontrado para atender a milady no iba a servir, porque le faltaban cualidades. Estaba seguro de que milady protestaría.
Cuando volvió de recorrer la ciudad en busca de una camisa de dormir, descubrió que otro de sus planes se había desbaratado. Edmund se había negado a dirigirle siquiera la palabra a la niñera que Sinderby le había buscado.
—He tenido que despedirla —dijo sir Nugent—. Esa estúpida se ha puesto a hablarle en francés al niño. Y él no estaba dispuesto a aceptar eso, por supuesto. Se ha enfadado muchísimo. Sabía que iba a pasar, en cuanto la oí decir bon jour. «Ya lo verás», le dije a la señorita Marlow, «¡no va a durar ni un minuto!». Y así fue. Sin embargo, no pasa nada, porque la señorita Marlow está dispuesta a ocuparse del niño. ¡Qué suerte que haya viajado con nosotros!
Como lady Ianthe había ido a acostarse nada más llegar al Lion d’Argent, sólo fueron tres los integrantes del grupo que se sentaron a cenar en el saloncito privado. Edmund, que se había recuperado tan pronto desembarcó, se había quedado dormido en la camita que le habían preparado en la buhardilla de Phoebe, y Pett lo estaba vigilando. De paso lavó y planchó la única camisa del niño, una tarea que prometió realizar todas las noches hasta que hubieran provisto al niño de un vestuario nuevo.
Phoebe estaba demasiado cansada para hablar y Tom, demasiado preocupado por los problemas que se les presentaban, así que el peso de la conversación recayó de lleno sobre sir Nugent, que pasó la cena evocando momentos agradables. Con todo, cuando retiraron los cubiertos se disculpó y bajó a fumarse un puro.
—¡Gracias a Dios! —dijo Tom—. Phoebe, tenemos que pensar qué vamos a hacer. No quiero ser pesimista, pero la verdad es que estamos metidos en un buen lío.
—Sí, eso creo también —coincidió la joven con notable serenidad—. Pero al menos sé qué tengo que hacer. ¿Te importa que escriba un par de cartas antes de que sigamos hablando, Tom? El acompañante se ha comprometido a hacerlas llegar a Inglaterra en el próximo paquebote. La carta que voy a escribirle a mi abuela junto con los pasaportes se los llevarán directamente al Ship, pero Sinderby me ha advertido que si sigue soplando este viento, quizá no pueda zarpar mañana. —Suspiró y dijo con aire de resignación—: Espero que sí; pero si no, es inútil que me preocupe, porque no tengo otra forma de ponerme en contacto con mi pobre abuela.
—¿Para quién es la otra carta? ¿Para Salford? —preguntó Tom con sagacidad.
—Sí, claro. Si no averigua hacia dónde ha huido Ianthe…
—No temas —la interrumpió Tom—. Seguro que oye hablar de la carroza, y atará cabos.
—Sí, eso espero —concedió ella—. Pero podría no enterarse. Así que voy a contárselo, y de paso voy a decirle que no pienso separarme de Edmund y que me las ingeniaré de alguna manera para hacerle saber nuestro paradero cada vez que hagamos un alto en la carretera.
—¡Ah! ¿Y eso es todo? Mira, las cartas pueden esperar. Primero hemos de hablar de este asunto. ¿Cuánto dinero llevas encima? —Phoebe negó con la cabeza—. Nada, ¿verdad? Ya lo imaginaba. Bueno, lo único que tenemos es el dinero que llevo en los bolsillos, y no llega a más de un par de guineas, quince chelines y unas cuantas monedas de medio penique. El dinero que me dio mi padre está en mi baúl de viaje. Supongo que podría pedirle dinero prestado a Fotherby, pero te aseguro que la idea no me agrada lo más mínimo. Ya he tenido que pedirle prestada una camisa y unas cuantas corbatas y pañuelos. ¿Y tú?
—¡Espantoso! —exclamó la joven—. Me he visto obligada a pedirle ropa prestada a lady Ianthe, aunque preferiría no estar en deuda con ninguno de los dos. Pero si los acontecimientos se desarrollan como espero, pronto se solucionará todo. Mi abuela recibirá los pasaportes junto con mi carta, y supongo que se pondrá en marcha enseguida, haga el tiempo que haga.
—Sí, supongo que sí. ¡Y no creo que esté de muy buen humor! ¡Uf!
—Tienes razón, pero no podemos reprochárselo. ¿Y si nos viéramos obligados a ir más allá de París? No, creo que Salford nos habrá alcanzado antes de que ocurra, aunque no se ponga en camino hasta que haya leído mi carta. Me consta que sir Nugent piensa llegar a París dentro de cuatro días, pero no me extrañaría que tardara más, al llevar a Edmund. ¡Si es que consigue salir de Calais!
—Quieren marcharse mañana, ¿no?
—Sí, ésas son sus intenciones, pero es probable que se queden atrapados aquí varios días, porque me parece que lady Ianthe está enferma de verdad, Tom.
—Eso nos convendría mucho, pero ¿y si mañana ya se encuentra mejor?
—Entonces me iré con ellos —contestó Phoebe—. No pienso dejar a Edmund. Ya sé que es un niño un poco raro, pero encantador. Cuando le he dado las buenas noches, me ha abrazado y me ha hecho prometerle que no lo abandonaría. Casi me he puesto a llorar, porque la escena resultaba enternecedora. Edmund no entiende lo que le está pasando, y temía que me escabullera si me perdía de vista. Pero cuando le he dicho que me quedaré con él hasta que vuelva la señorita Button, se ha quedado tranquilo. Y te aseguro que pienso cumplir mi palabra.
—Entiendo.
Phoebe lo miró, agradecida.
—Ya sabía que lo comprenderías. Pero he estado pensando que quizá sería más conveniente que le pidieras prestado a sir Nugent el dinero necesario para comprar un pasaje de regreso a Dover y acompañar a mi abuela.
—¡Es inútil que insistas! Si crees que voy a dejar que recorras toda Francia con ese par de majaderos, estás muy equivocada.
—La verdad es que ya sabía que no lo permitirías —dijo Phoebe con franqueza —. Y he de decir que te lo agradezco. Sir Nugent no es muy bondadoso.
—Bondadoso sí es —la corrigió Tom—. Pero no creas que es un hombre de bien, porque no es así. En mi opinión es un tipo de conducta disoluta. En la goleta tuvimos ocasión de hablar largo y tendido, y está claro como el agua que se codea con una pandilla de sinvergüenzas. De hecho, es lo que mi padre llama medio tonto y medio idiota. Para empezar, si tuviera principios no habría secuestrado a Edmund.
—¡Es una mala persona! —apostilló Phoebe, sonriente.
—Sí, el pequeño Edmund no tiene ni un pelo de tonto —dijo Tom.
Al día siguiente, Phoebe bajó con Edmund a desayunar y comprobó que Ianthe seguía acostada; pero sus esperanzas de demorarse en Calais se desvanecieron cuando sir Nugent le informó, con aire de grave preocupación, de que aunque milady se encontraba muy mal, estaba decidida a salir de Calais esa misma mañana. Ianthe no había pegado ojo en toda la noche. No paraba de pasar gente por delante de su puerta y en la habitación de arriba se oían pisadas; había portazos, y el ruido de los vehículos en el pavimento le había producido un tic nervioso. Estaba destrozada, pero pensaba ir a Abbeville ese mismo día.
Edmund, que se hallaba sentado a la mesa al lado de Phoebe, con una servilleta atada al cuello, levantó la cabeza y afirmó:
—Quieres matar a mi madre.
—¿Qué? —saltó sir Nugent—. ¡Santo cielo! ¡Cómo puedes decir algo así!
—Lo ha dicho mi madre —replicó Edmund—. Lo dijo en el barco.
—Ah, ¿sí? Bueno, pero… Bueno, me refiero a que eso son pamplinas. ¡La adoro! ¡Pregúntaselo a cualquiera!
—Y me dijiste mentiras, y…
—Cómete el huevo y no hables tanto —intervino Tom, y por lo bajo añadió—: Yo en tu lugar no discutiría con él, Edmund.
—Sí, todo eso está muy bien —objetó sir Nugent—. Cómo se nota que el niño no va por ahí diciéndole a la gente que es usted un criminal. ¡Me gustaría saber cuándo abandonará esa conducta!
—Cuando el tío Vester se entere de lo que ha hecho usted, lo castigará —dijo Edmund con rabia contenida.
—¿Lo ve? —exclamó sir Nugent—. ¡Ahora empezará a decir que lo he maltratado!
—El tío Vester —continuó su pequeño torturador— es el hombre más terrible del mundo.
—Mira, no deberías hablar así de tu tío —dijo sir Nugent con afectación—. No puedo afirmar que le tenga mucha simpatía, aunque tampoco voy diciendo que es terrible. Un poco engreído sí es, pero…
—El tío Vester no quiere ser amigo tuyo —declaró Edmund, acalorado.
—Me lo imagino, pero si lo que insinúas es que va a retarme en duelo… bueno, no creo que lo haga. Pero si decidiera hacerlo…
—¡Por el amor de Dios, Fotherby, no le siga la corriente! —intervino Tom, exasperado.
—¡El tío Vester le va a moler los huesos! —amenazó Edmund.
—¿Molerme los huesos? —repuso sir Nugent, perplejo—. ¡Eres un iluso, chiquillo! ¿Por qué haría eso tu tío?
—Para hacer pan —respondió Edmund al punto.
—¡Pero si el pan no se hace con huesos!
—El que hace el tío Vester sí —lo contradijo Edmund.
—¡Basta! —saltó Tom conteniendo la risa—. ¡Ahora eres tú el que dice tonterías! Sabes muy bien que tu tío no hace eso, así que deja de alborotar.
Edmund, que al parecer reconoció a Tom como un adversario que había que tener en cuenta, calló y siguió comiéndose el huevo. Pero cuando hubo terminado, le lanzó una astuta mirada a Tom y dijo:
—A lo mejor el tío Vester le pega un puñetazo en las narices.
Tom soltó una carcajada, pero Phoebe cogió a Edmund en brazos y se lo llevó del saloncito. Edmund, satisfecho con el éxito de su audaz misión, le guiñó un ojo a Tom por encima del hombro de la joven y antes de que se cerrara la puerta le oyeron decir:
—A los Rayne no nos gusta que nos lleven en brazos.
El grupo partió hacia Abbeville una hora más tarde, con mucha pompa. Sir Nugent había rechazado con altivez la sugerencia de enviar el equipaje más pesado a París por el roulier, y no menos de cuatro vehículos salieron del Lion d’Argent. La carroza forrada de terciopelo en que viajaban sir Nugent y su esposa encabezaba la comitiva; Phoebe, Tom y Edmund la seguían en una silla de posta, y la retaguardia la conformaban dos cabriolés, uno ocupado por Pett y la joven contratada para atender a milady, y el otro con el equipaje. Un buen número de curiosos se reunieron para observar la partida del grupo, una circunstancia que le produjo gran regocijo a sir Nugent hasta que Edmund aportó una nota discordante al oponerse con todas sus fuerzas, chillando y pataleando, a entrar en el coche hasta que Tom lo cogió en brazos y lo colocó en el asiento sin parsimonia. Cuando el niño se sintió en condiciones de reiterar, a voz en grito, que su padrastro era una mala persona, sir Nugent se abochornó mucho, y su sofoco sólo se vio aliviado cuando Tom le recordó que seguramente los curiosos no podrían entender ni una palabra de lo que gritaba Edmund.
Ya dentro del coche, Edmund dejó de chillar. Se comportó correctamente durante las primeras etapas, gracias a que Phoebe lo engatusó para jugar una partida de piquet. Pero cada vez se veían menos bandadas de ocas, menos curas a lomos de caballos rucios y menos ancianas sentadas bajo los setos en la carretera de Calais a Boulogne, y como, de cualquier forma, esa distracción había dejado de interesarle, el niño empezó a impacientarse. Cuando llegaron a Boulogne, el repertorio de cuentos de Phoebe se había agotado, y Edmund, que cada vez estaba más callado, anunció con voz destemplada que empezaba a encontrarse mal. Pudo descansar un poco en Boulogne, donde los viajeros se detuvieron media hora para comer, pero la expresión de desesperación de su cara cuando volvieron a meterlo en el coche hizo que Tom comentara: «¡Es una crueldad obligar al pobre niño a hacer un viaje como éste!».
Sinderby los esperaba en el mejor hotel de Abbeville, adonde llegaron muy tarde, con una noticia que produjo a sir Nugent incredulidad e indignación: el empleado no había conseguido convencer al propietario del establecimiento para que echara a sus otros clientes ni para que le vendiera su negocio a sir Nugent.
—Como ya imaginé que ocurriría —añadió Sinderby con una voz desprovista de emoción.
—¿Que no quiere venderme el hotel? —se extrañó sir Nugent—. ¡Qué estúpido eres! ¿Le has dicho quién soy?
—No me ha parecido que esa información le interesara mucho, señor.
—¿Le has dicho que mi fortuna es la más grande de toda Inglaterra? —insistió sir Nugent.
—Sí, señor. Y él me ha pedido que lo felicite de su parte.
—¡Debe de estar loco! —exclamó sir Nugent, perplejo.
—Es curioso que diga eso, señor —repuso Sinderby—. Es justo lo que ha dicho el dueño, aunque expresándose en francés, por supuesto.
—¡Cáspita! —exclamó sir Nugent, rojo de ira—. ¿Eso ha dicho de mí? ¡Haré que ese condenado posadero se entere de que no tengo por costumbre aceptar estos desaires! Ve y dile que cuando Nugent Fotherby quiere una cosa, la compra, cueste lo que cueste.
—¡Jamás en la vida he oído tantas tonterías! —terció Phoebe, que no podía seguir conteniendo su irritación—. Le agradecería que dejara de protestar, sir Nugent, y que me dijera si vamos a hospedarnos aquí o no. A usted quizá no le importe, pero este pobre niño se está muriendo de cansancio mientras está ahí de pie alardeando de su prestigio.
Ese repentino ataque sorprendió tanto a sir Nugent que no supo qué contestar; Sinderby, mirando a la señorita Marlow con un débil destello de aprobación en la imperturbable mirada, dijo:
—Teniendo en cuenta, señor, sus instrucciones de que debía proporcionarle a milady un lugar muy tranquilo, les he buscado alojamiento en un establecimiento mucho más pequeño que confío que encuentren satisfactorio. No es un hotel elegante, pero su situación, lejos del centro de la ciudad, quizá le resulte agradable a milady. Me complace decirle que conseguí convencer a madame para que pusiera el hotel a su entera disposición, señor, tantos días como usted lo desee, con la condición de que las tres personas a las que ya había dado alojamiento estuvieran dispuestas a marcharse de la casa.
—No irá a decirnos que accedieron a irse, ¿verdad? —preguntó Tom.
—Al principio no, señor. Sin embargo, cuando supieron que pasarían el resto de su estancia en Abbeville (y espero que no se prolongue mucho) en las habitaciones que yo había reservado en este hotel para sir Nugent, y que él correría con los gastos, declararon estar encantados de complacerlo. Y ahora, señor, si quiere subir a la carroza con milady, los acompañaré al Poisson Rouge.
Sir Nugent se quedó un rato con el entrecejo fruncido y acariciándose el labio inferior. Edmund se encargó de aguijonearlo gritando:
—¡Quiero irme a casa! ¡Quiero a mi Botón! ¡No me lo paso bien!
Sir Nugent dio un respingo, y sin discutir más, volvió a subir al carruaje.
Cuando vio el tamaño y el estilo del Poisson Rouge, se indignó tanto que, de no haber sido por Ianthe —que declaró, muy enojada, que antes de seguir viajando un solo metro más prefería pasar la noche en un establo—, se habría producido otro altercado. Mientras sir Nugent ayudaba a su esposa a bajar el estribo, madame Bonnet salió para recibir a sus excéntricos invitados ingleses, y se deshizo en tales elogios sobre la belleza de milady y su encantador hijito que Ianthe decidió de inmediato mostrarse encantada con la posada. Edmund, mirando con odio a madame, se escondió detrás de Phoebe, pero al ver un cachorro que salía dando brincos del edificio, su frente se alisó como por ensalmo y exclamó: «¡Me gusta este sitio!».
A todos les satisfizo la posada, excepto a sir Nugent. No era nada lujosa, pero estaba limpia y reinaba una atmósfera hogareña. El saloncito se hallaba decorado con sólo unos bancos y unas sillas de madera, pero el dormitorio de Ianthe daba a un pequeño jardín, muy tranquilo, y ella misma observó, con gesto inocente, que eso era lo único que importaba. Además, madame, al saber que milady estaba enferma, no sólo le cedió su cama, con colchón de plumas, sino que le preparó una tisana, y en general se mostró tan compasiva con ella que la maltratada Ianthe, pese a dolerle la cabeza y las extremidades, empezó a sentirse mucho más animada, y hasta expresó su deseo de que le llevaran a su hijo antes de acostarlo para que le diera un beso. Madame dijo que estaba deseando presenciar esa escena, porque en cuanto vio los angelicales rostros de milady y de su encantador hijo se había acordado de la Santa Virgen.
Phoebe introdujo una nota discordante al interrumpir aquel momento de arrobamiento para decirle sin rodeos a Ianthe que no le había llevado a Edmund porque sospechaba que lo que aquejaba a su devota madre no era otra cosa que un fuerte ataque de gripe.
—Y sería el colmo que se la contagiara al niño, después de todo lo que ha tenido que soportar el pobrecillo —concluyó Phoebe.
—Tiene usted mucha razón, señorita Marlow —dijo Ianthe esbozando una candorosa sonrisa—. ¡Angelito mío! Dele usted un beso de buenas noches por mí, y dígale que su madre piensa constantemente en él.
Phoebe, que había dejado a Edmund jugando con el cachorro, dijo:
—¡Sí, claro! Así lo haré, si él me pregunta por usted.
Acto seguido se retiró y dejó a Ianthe con la compañía, más agradable, de su nueva admiradora.
Al día siguiente, llamaron a un médico para que examinara a Ianthe. Éste confirmó el diagnóstico que ya había hecho Phoebe, y dijo, sin que nadie se lo hubiera pedido, que con las personas de la delicada constitución de milady había que tener mucho cuidado: milady no debía cansarse.
—Así pues, creo que tendremos que quedarnos aquí al menos una semana —dijo Phoebe, que había salido con Tom y Edmund a comprarle ropa interior al niño—. Tom, ¿has podido llevar noticias de nuestro paradero a ese hotel donde tenían que encontrarnos? Para Salford, ya sabes.
—¿Dar noticias de nuestro paradero? —repitió Tom con sorna—. ¡Pues claro que no! ¿Crees que esa gente olvidará fácilmente a Fotherby? ¡Pretendía comprar el establecimiento! ¡Está como una chiva!
—Como una chiva —repitió Edmund para grabar esa expresión en su memoria.
—¡Oh, no! —dijo Tom—. No debes repetirlo, Edmund. Y voy a decirte algo más: no debes llamar adefesio a sir Nugent. —Esperó hasta que Edmund se hubo alejado un poco de ellos, y entonces le dijo a Phoebe con severidad—: Mira, Phoebe, no está bien que lo animes a ser grosero con Fotherby.
—Yo no lo animo —replicó ella con gesto de culpabilidad—. Lo que pasa es que creo que sería una tontería tratar de impedirlo, porque si el niño fuera más educado con su padrastro, quizá sir Nugent quisiera quedarse con él. Y no puedes negar, Tom, que si sir Nugent le cogiera antipatía al niño, resultaría mucho más fácil… Resultaría mucho más fácil persuadir a lady Ianthe para que no se llevara a Edmund.
—¡Phoebe! ¡No tienes escrúpulos! Ten cuidado de que a Fotherby no se le agote la paciencia y mate a ese niño. No está de humor para soportar más bromas pesadas, y la manía que tiene ese diablillo de preguntarle si sabría sacarle una mosca de la oreja a un caballo, por decir algo, y luego asegurar que su tío Vester sí sabe, es suficiente para hacer enloquecer por completo a ese necio.
—Bueno, no me extraña que sir Nugent no esté de buen humor —convino Phoebe riendo—. Con una esposa enferma y un hijastro que lo odia, creo que su luna de miel está siendo un desastre.
En realidad, ninguna de esas desagradables circunstancias era el motivo por el que sir Nugent había perdido la serenidad, como Phoebe pronto descubrió. Esa tarde sir Nugent encontró a la joven en el saloncito y no tardó en confesarle la verdadera causa de su insatisfacción. No le gustaba el Poisson Rouge. Al principio, Phoebe se sorprendió, porque madame Bonnet, además de ser una excelente cocinera, lo trataba con toda la deferencia y el afán necesarios para complacer al más exigente de sus clientes; y el resto de empleados, desde la camarera hasta el mozo, se esmeraban al máximo para obedecer sus órdenes. Tras escuchar su discurso durante unos minutos, Phoebe comprendió mejor lo que pasaba. Sir Nugent nunca se había hospedado en un establecimiento que no fuera de los más lujosos y caros. Su endiosamiento y su exhibicionismo habían sufrido un duro golpe. A la gente sensata no le gustaba llamar la atención, pero para sir Nugent Fotherby, el hombre más rico de Inglaterra, destacar era lo esencial en la vida. Había disfrutado enormemente con la impresión que provocada por la opulenta carroza de Ianthe; le producía una intensa satisfacción que los dueños de los establecimientos se deshicieran en atenciones con él y lo condujeran a las mejores habitaciones, y saber que la gente lo observaba con envidia. En el Poisson Rouge no existían ese tipo de miradas. Sin duda alguna, si hubiera podido comprar el Hotel d’Angleterre y echar de allí a los demás clientes, también se habría visto privado de esos halagos, pero ¡cómo los habría impresionado! ¡Con qué rapidez se habría extendido la noticia de su excentricidad por la ciudad! ¡Con qué admiración lo habrían señalado los vecinos por la calle! Haberse apropiado de una modesta posada en una vía tranquila podía ser una excentricidad, pero no daba idea de su fabulosa riqueza a los habitantes de Abbeville. Hasta era dudoso que lo supiera alguien que no perteneciera al círculo más inmediato de madame Bonnet.
Como es lógico, sir Nugent no expresó su queja con tanta claridad; más bien ésta se dejaba traslucir entre otras quejas. Phoebe, que estaba familiarizada con otro tipo de orgullo, lo escuchaba entre asombrada y divertida. Habría mentido si hubiera negado que el discurso de sir Nugent le producía cierto goce, empañado únicamente por no haber conocido a esa rica mina de absurdidad que subyacía tras su apariencia de petimetre cuando creó los personajes de El heredero perdido. Phoebe, sin darse apenas cuenta, empezó a tramar una nueva historia alrededor de sir Nugent, y recibió con alivio (dado el devastador resultado de su primera aventura literaria) la entrada en la habitación de Edmund, acompañado de su nuevo amigo que brincaba alrededor de sus tobillos.
Madame había bautizado con el nombre de Toto al cachorro, pero sus inquilinos lo llamaban Chien, pues había surgido un pequeño malentendido entre madame y Edmund. El niño, superando la antipatía que le inspiraban los extranjeros gracias al deseo de hacerse amigo de Toto, lo había seguido hasta la cocina, e incluso le había preguntado a madame cómo se llamaba. Madame había contestado «chien», y al repetir el niño la palabra, ella había asentido aplaudiendo. De modo que el cachorro tenía que llamarse Chien.
Sir Nugent miró a su hijastro con aprensión, pero Edmund se dirigió a Phoebe para pedirle las tizas de colores que le había comprado Tom, porque Chien había expresado su deseo de que lo dibujaran. Le dieron las tizas y papel al niño, que se sentó en el suelo y se concentró en su obra de arte. Chien se sentó a su lado, golpeando el suelo con la cola y jadeando ligeramente.
Al ver que Edmund estaba ocupado con sus propios asuntos, sir Nugent reanudó su discurso, paseándose por la habitación mientras enumeraba sus quejas.
Esa mañana se había engalanado con gran elegancia. Su atuendo, además de los originales pantalones blancos ceñidos y la corbata Fotherby, incluía unas botas sin estrenar, decoradas con unas enormes borlas doradas. Hoby se las había hecho a medida, y ni siquiera lord Petersham había sido visto jamás con un calzado tan impresionante. Mientras sir Nugent se paseaba por el saloncito, las borlas oscilaban con cada paso, como él había previsto. Era imposible no fijarse en ellas: ni siquiera habrían pasado inadvertidas a un cachorro de dudoso linaje.
Chien estaba fascinado por las borlas. Estuvo observándolas varios minutos con la cabeza ladeada antes de sucumbir a la tentación, pero lo atraían tanto que no pudo contenerse mucho tiempo. Se levantó y fue a examinarlas más de cerca, y mordió la que tenía más próxima al hocico.
Sir Nugent profirió un grito de horror y a continuación ordenó a Chien, con voz estentórea, que soltara la borla. Chien se puso a gruñir mientras tiraba de ella, agitando la cola. Edmund reía a carcajadas y aplaudía. Ese arrebato de inocente jovialidad le arrancó a sir Nugent un improperio tan feroz que Phoebe juzgó prudente ir en su rescate.
Entonces llegó Tom, y se encontró con un escenario muy agitado. Chien ladraba, muy alterado, en brazos de Phoebe; Edmund se desternillaba de risa; Pett, al que habían atraído los angustiados gritos de su amo, estaba arrodillado ante él y acariciaba suavemente la borla, y sir Nugent, rojo de ira, describía con un lenguaje desaforado las diversas formas de ejecución que merecía aquel condenado cachorro.
Tom actuó con gran aplomo, ordenando a Edmund que se llevara de allí a Chien en un tono tan perentorio que el niño obedeció sin atreverse a discutir. Luego miró con severidad a Phoebe, que intentaba contener la risa, y tranquilizó a sir Nugent prometiéndole que no dejarían volver a entrar a Chien en el saloncito.
Edmund se indignó al conocer la prohibición, y tuvieron que llamarlo al orden cuando pidió a Tom que le propinara a sir Nugent un puñetazo en la nariz. Se retiró, muy indignado, a la cocina, donde pasó el resto de la tarde con Chien, jugando con un trozo de masa y comiendo las uvas pasas, el mazapán y la fruta confitada con que lo obsequiaban.
Al día siguiente, sir Nugent, muy prudente, se abstuvo de ponerse sus bonitas botas nuevas, y por su parte Edmund sorprendió a sus protectores mostrando una actitud tan angelical que sir Nugent empezó a mirarlo con algo más de benevolencia.
Por la tarde empezó a llover, y tras dibujar varios retratos no muy convincentes, que le regaló a Phoebe, Edmund se entristeció un poco, pero se distrajo con las carreras de gotas de lluvia en el cristal de la ventana. Estaba arrodillado en una silla, informando a Phoebe del lento avance de la gota que le había tocado, cuando una silla de posta entró en la calle y se detuvo delante del Poisson Rouge.
Edmund sintió curiosidad, pero no más que Phoebe, que tan pronto oyó acercarse el coche se acercó a la ventana. Aquél era el sonido que estaba esperando oír, y cuando el coche paró, su corazón empezó a latir con fuerza, esperanzado.
Se abrió la puerta y por ella se apeó con agilidad una figura ataviada con un sobretodo; se dio la vuelta para dar alguna orden a los postillones y entró a grandes zancadas en el hostal.
Phoebe suspiró hondo al tiempo que Edmund soltaba un agudo grito, bajaba de la silla y echaba a correr hacia la puerta gritando:
—¡Tío Vester! ¡Tío Vester!