El tío Sylvester
Capítulo 6
Sylvester se hallaba en la galería, solo, hojeando un periódico. Estaba de pie delante del fuego, que ardía con lentitud y del que de vez en cuando salía una columna de humo. Iba vestido con su habitual discreción y elegancia: llevaba chaqueta y pantalones ceñidos negros y un sencillo chaleco blanco. De su cintura colgaba una sola leontina, un solo diamante brillaba entre los pliegues de su corbata y un solo anillo, con un grueso sello, adornaba su mano. No adoptaba ninguno de los lujos de los dandis, pero tenía un aire de indudable elegancia, y el exquisito corte de su chaqueta consiguió que Phoebe se sintiera desprovista de gracia y estilo.
La joven se sorprendió al encontrarlo en la galería y se detuvo en el umbral.
—¡Oh! —exclamó involuntariamente.
El duque levantó la cabeza con leve sobresalto.
—Sólo los invitados groseros bajan antes que su anfitrión, ¿verdad? —dijo con gentileza mientras dejaba la publicación—. Permítame acercarle una butaca a la chimenea. Sale un poco de humo, pero no el suficiente para molestarla.
Sus palabras traslucían una débil nota de mordacidad que a Phoebe no le pasó inadvertida. Entró con reticencia en la galería y, al sentarse en la butaca que Sylvester había acercado al fuego, dijo:
—Todas las chimeneas de Austerby echan humo cuando sopla viento del noreste.
El duque, que había comprobado la veracidad de esa afirmación en el dormitorio que le habían asignado, no lo puso en duda y se limitó a replicar:
—Ah, ¿sí? Supongo que toda la casa tiene sus peculiaridades.
—¿En su casa no hay ninguna chimenea de la que se salga el humo? —preguntó la joven.
—Creo que antes sí, pero ese defecto pudo remediarse —respondió Sylvester, y no quiso entretenerse recordando las veces que, exasperado al encontrar el vestíbulo de Chance lleno de humo, había jurado sustituir su chimenea medieval por una chimenea moderna.
—¡Qué suerte! —observó Phoebe.
Quedaron en silencio. La señorita Marlow permaneció sentada observando, absorta, un armario Buhl; el duque de Salford, poco acostumbrado a ese tratamiento, la miraba cada vez con mayor resentimiento. Estuvo a punto de volver a coger el periódico, y si no lo hizo fue sólo porque el disgusto que le producía la conducta de la joven no era excusa para que él olvidara sus buenas costumbres.
—Me ha dicho su padre, señorita Marlow, que es usted una excelente amazona — dijo en un tono de voz de quien intenta tranquilizar a una colegiala vergonzosa.
—¿En serio? Pues a mí me ha dicho que usted lo dejó a él en ridículo en la cacería de Heythrop.
Sylvester la miró, pero tras un instante decidió que el comentario era fruto de la inanidad.
—Supongo que no será necesario que le asegure que no hice tal cosa.
—¡No, claro! ¡Estoy convencida de que no!
Sylvester estuvo a punto de dar un brinco; persuadido de que aquella aparente torpeza era deliberada, empezó a sentirse tan interesado como alterada se sentía ella. Quizá había algo más de lo que él creía en aquella pequeña provinciana, aunque no entendía por qué tenía que hacer comentarios maliciosos. Sería desproporcionado que estuviera ofendida porque él no hubiera recordado en qué ocasión había bailado con ella: ¿acaso creía que podía recordar a cada insignificante damisela con la que se había visto obligado a bailar una danza folklórica? ¿Y qué diantre pretendía volviendo a refugiarse en un silencio indiferente? Sylvester decidió cambiar de táctica.
—Ahora le toca a usted, señorita Marlow, proponer un tema de conversación.
Phoebe apartó la mirada del armario y la dirigió fugazmente hacia el duque.
—Yo no tengo conversación —declaró.
Sylvester no supo si reír o enojarse; estaba intrigado, desde luego, y acababa de decidir que aunque no tuviera ni la más remota intención de proponerle matrimonio a esa indignante muchacha, quizá sería divertido descubrir qué había detrás de sus extraños modales (si es que había algo), cuando lady Marlow entró en la galería. Al comprobar que su invitado había llegado antes que ella, observó que había bajado antes de tiempo, a lo que él, ofendido, respondió:
—Culpe de mi atrevimiento al viento del nordeste, señora.
Su agudeza pasó inadvertida.
—Se equivoca usted, señor duque: no es ningún atrevimiento que haya bajado tan temprano. Es más, lo considero una excelente falta. Veo que mi hija ha estado haciéndole compañía. ¿De qué han hablado?
—No puede decirse que hayamos hablado de nada —contestó Sylvester—. La señorita Marlow me ha informado que no tiene conversación.
El duque observó a Phoebe mientras pronunciaba esas palabras, y al ver en su cara una expresión de tan feroz reproche se arrepintió e intentó remediar la situación añadiendo, risueño:
—De hecho, señora, la señorita Marlow ha entrado en la habitación apenas un minuto antes de hacerlo usted, de modo que no hemos tenido ocasión de conversar.
—Mi hijastra es muy tímida —replicó lady Marlow lanzándole a Phoebe una mirada que auguraba venganza.
Sylvester pensó que, tras el primer sobresalto, Phoebe no le había parecido tímida en absoluto. Recordó que lady Ingham había afirmado que su nieta no era una muchacha corriente, y se preguntó si habría algo más en ella que lo que él había detectado hasta ese momento. Como la joven no estaba haciendo nada para que él se interesara por ella, el duque dedujo que tal vez ignorara que había ido a Austerby para conocerla. Eso le permitía intentar que la joven abandonara aquella actitud tan huraña sin arriesgarse.
—Espero, entonces, que no sea demasiado tímida para conversar conmigo cuando nos conozcamos un poco mejor —dijo sonriéndole a Phoebe.
Sin embargo, cuando Sylvester se levantó de la mesa, después de cenar, todo deseo de conocer mejor a Phoebe se había desvanecido, y lo único que deseaba era encontrar un pretexto para marcharse de Austerby a la mañana siguiente como muy tarde. La cena se le hizo interminable, pues tuvo que soportar, por un lado, el monólogo de su anfitriona, más trascendental que nunca, sobre asuntos de interés tales como las defecciones de los últimos titulares del beneficio de la parroquia, la excelencia del obispo, la decadencia de las buenas maneras y las costumbres que regían en la casa de su adorado padre; y por el otro, una serie de anécdotas de cacería relatadas por su anfitrión; de modo que no es de extrañar que la cara de sátiro se le acusara aún más. Jamás lo habían tratado como lo hacían en Austerby. Cuando aceptaba una invitación para pasar unos días en casa de algunos de sus amigos, sabía que se hallaría entre un grupo de personas agradables a las que conocía bien, y que se le proporcionarían todo tipo de actividades y diversiones para su entretenimiento. Se cazaba, se practicaba el tiro y, si el tiempo se volvía inclemente, se jugaba al whist, al billar, se participaba en obras de teatro o en bailes improvisados y se coqueteaba abiertamente con las damas más hermosas. Así era como él distraía también a sus invitados, y era algo que le parecía tan natural que nunca se le había ocurrido pensar que muchas de aquellas anfitrionas que lo invitaban a sus fiestas se esforzaban al máximo para tratarlo espléndidamente. Sin embargo, cuando se vio como único invitado en Austerby, y su anfitrión le prometió una partida nocturna de whist con dos desabridos terratenientes; y cuando su anfitriona prometió presentarle al obispo de Bath y Wells, pensó que lord Marlow, al no preparar adecuadamente actividades para su distracción, había incurrido en una incorrección social.
Lo había recibido una anfitriona que parecía creer que lo estaba agasajando espléndidamente. El duque detestaba las lisonjas y a los tiralevitas, y no esperaba que lo trataran con especial distinción, pero que se mostraran condescendientes con él era una experiencia nueva que le produjo considerable enojo.
Su dormitorio resultaba insoportable por el humo que salía de la chimenea; en el aguamanil el agua estaba tibia, y su ayuda de cámara había tenido que ir a las cocinas a cambiarla; la hija mayor de la familia había pronunciado apenas una docena de frases desde que entraran en el comedor, y aunque los vinos de lord Marlow eran buenos, la comida que les sirvieron resultó de lo más corriente.
Cuando lord Marlow, prometiendo unas partidas de piquet más tarde, lo llevó a reunirse con las damas en el salón, el duque ya se había resignado al aburrimiento. Sin embargo, cuando al entrar en la habitación reparó de inmediato en aquella mujer de aspecto severo, con un vestido de franela negra, sentada muy erguida en una silla ligeramente apartada del círculo alrededor de la chimenea, se dio cuenta de que había subestimado los horrores que se le presentaban. Detrás de esa adusta mujer había dos colegialas que se habían unido al grupo; la mayor era una muchacha alegre de cutis sonrosado y con los saltones y azules ojos paternos; la menor, una niñita cetrina demasiado vergonzosa como para apenas susurrar sin ruborizarse hasta las orejas. Lady Marlow se las presentó a ambas, pero prescindió de la mujer del vestido negro. El duque dedujo que debía de ser la institutriz, y al instante decidió demostrarle a su anfitriona lo que opinaba de sus pésimos modales. Saludó a la señorita Battery con una inclinación de la cabeza y le dedicó su mejor sonrisa, al tiempo que dirigía una mirada inquisitiva a lady Marlow que ésta no pudo pasar por alto.
—¡Ah, sí! La institutriz de mis hijas —se limitó a decir—. Por favor, duque, acérquese al fuego.
Sylvester eligió una butaca más cercana a la señorita Battery que a las del grupo que estaba sentado alrededor de la chimenea y le dirigió un comentario cortés. Ella repuso con compostura, pero con cierta aspereza, y lo miró con una fijeza desconcertante.
Lord Marlow, que siempre se mostraba campechano y bondadoso con las personas que tenía a su cargo, contribuyó a la contrariedad de su esposa diciendo:
—¡Ah, señorita Battery! No la había visto desde que volví a casa. ¿Cómo se encuentra? Pero no sé por qué lo pregunto, porque usted siempre está bien.
Ese dato brindó a Sylvester la oportunidad de preguntarle a la institutriz si estaba emparentada con una familia del mismo apellido que vivía en Norfolk.
—Me parece que no, señor —contestó ella—. No había oído hablar de ellos hasta que los ha mencionado usted.
Aquello no sorprendió al duque, pues esa familia de Norfolk sólo existía en su imaginación; pero su pregunta había roto el hielo: la señorita Battery, un tanto aplacada, reveló que ella era de Hertfordshire.
Lady Marlow interrumpió con brusquedad la conversación para expresar su convicción de que al duque le encantaría escuchar un poco de música, y le hizo señas a Phoebe para que se sentara al pianoforte.
Phoebe era una pianista mediocre, pero como ni su padre ni lady Marlow poseían talento musical, estaban muy satisfechos con sus interpretaciones, siempre que no vacilara ni se equivocara claramente de nota. Sylvester tampoco se hallaba dotado para la música, pero estaba acostumbrado a escuchar a los mejores músicos del momento, y le pareció que jamás había oído tocar a nadie con menos gusto y menos sentimiento. Sólo pudo alegrarse de que Phoebe no tocara el arpa; pero cuando, respondiendo a los cariñosos requerimientos de su padre, la joven cantó una antigua balada con débil e inexpresiva voz, pensó que incluso el arpa habría sido preferible.
Las colegialas y la institutriz se retiraron a las ocho y media, y tras media hora de desganada conversación, les sirvieron el té. Sylvester empezó a atisbar el final de su purgatorio, y no se equivocaba. A las nueve y media en punto, lady Marlow le informó que en Austerby se acostaban temprano, le dio las buenas noches con formalidad y se marchó acompañada de Phoebe. Mientras subían la escalera, lady Marlow le dijo con suficiencia a su hijastra que la velada había transcurrido muy bien. Y añadió que aunque temía que el duque era un hombre excesivamente moderno, en general le parecía aceptable.
—Tu padre me ha dicho que mañana no podrán salir a cazar. Si no nieva, le propondré a Salford que te acompañe a dar un paseo con tus hermanas. La señorita Battery irá con vosotros, por descontado, pero le diré que puede quedarse un poco rezagada con las niñas, y de paso le advertiré que no tome excesivo protagonismo, pues me ha sorprendido mucho ver cómo lo hacía esta noche.
Phoebe escuchó ese programa, que unas horas antes la habría horrorizado, con una serenidad fruto de su firme resolución de haberse marchado de Austerby mucho antes de que pudiera llevarse a la práctica el plan de su madrastra. Se separó de lady Marlow al final de la escalera y se dirigió a su dormitorio, pues sabía que Susan y la señorita Battery acudirían a verla allí, y por lo tanto sería arriesgado ir a la salita de costura antes de haber recibido esa visita.
De Susan no tardó en librarse; pero la señorita Battery, que entró después, parecía dispuesta a entretenerse durante más tiempo. Se sentó a los pies de la cama y, metiendo las manos en las mangas de su gruesa bata de lana, le dijo a Phoebe que creía que había sido injusta con Sylvester.
—¡Sibby! ¡No irás a decirme que te ha gustado! —exclamó Phoebe.
—No lo conozco lo suficiente para que me guste. Pero, en todo caso, no me ha disgustado. Se ha mostrado muy cortés conmigo.
—Sí, pero sólo para enojar a lady Marlow —argumentó Phoebe con astucia—. El duque se ha pasado toda la cena dominando el impulso de hacerle a mi madrastra algún comentario cortante.
—Bueno, no puedo culparlo por ello. Ya sé que no debería decirlo, pero es la verdad. Además tiene una sonrisa encantadora.
—No me he fijado.
—Pues si te hubieras fijado en ese detalle, no te habría resultado tan antipático. Yo sí me he fijado. Es más —agregó la señorita Battery con franqueza—, ha soportado muy bien tu interpretación al piano. ¡Eso demuestra que es todo un caballero! Debe de estar decidido a proponerte matrimonio si te ha pedido que tocaras otra canción.
La institutriz se quedó un rato más, pero al ver que Phoebe hacía caso omiso a cualquier comentario que hiciera para congraciarla con Sylvester, acabó marchándose, de modo que Phoebe, tras un prudente intervalo, salió de su habitación y recorrió el pasillo hasta el ala oeste de la casa. Allí, además del aula, las habitaciones de las niñas y varios dormitorios, estaba lo que llamaban la salita de costura, una estancia que apenas se usaba. Estaba iluminada por una lámpara de aceite que reposaba en el centro de una mesa; y allí, en esa atmósfera en penumbra, se hallaba el joven señor Orde, con el sobretodo abotonado hasta el cuello, leyendo un libro de consejos sobre economía doméstica, que era la única literatura disponible en la habitación. Al parecer, lo había encontrado muy interesante, porque al entrar Phoebe levantó la cabeza y dijo sonriendo:
—¡Mira qué libro tan fabuloso he encontrado! Explica cómo conservar los callos para viajar a las Indias Orientales. ¡Da unos consejos muy interesantes! Lo único que hay que hacer es «coger un buen trozo de tripa, bien fresca…».
—¡Puaj! —dijo Phoebe, estremeciéndose, y cerró la puerta con cuidado—. ¡Qué asco! ¡Deja ese libro!
—Todo a su tiempo. Si no te interesa saber cómo se conservan los callos, ¿qué me dices de un «excelente plato para seis o siete personas por sólo seis peniques»? ¡Muy adecuado para las cocinas ducales! Se prepara con pulmón de ternera, pan, grasa, tripa de cordero y…
—¿Cómo puedes ser tan ridículo? ¡Cierra ya ese libro! —lo reprendió Phoebe.
—«Todo bien limpio» —prosiguió Tom—. Y si no te gusta la tripa de cordero, puedes utilizar tripa de cerdo, o…
Pero Phoebe le cogió el libro, y tras un breve forcejeo, Tom lo soltó.
—¡No rías tan fuerte, por lo que más quieras! —le suplicó la joven—. El dormitorio de las niñas está muy cerca. ¡Ay, Tom, no puedes imaginar qué velada más terrible! Le he pedido a mi padre que se libre del duque, pero se niega, así que he decidido marcharme.
Tom notó un vacío en el estómago, pero reaccionó incondicionalmente:
—Bueno, ya te dije que podías contar conmigo. Sólo espero que no encontremos las carreteras muy nevadas en el norte. ¡Si no hay más remedio que ir a Gretna Green, iremos a Gretna Green!
—¡No grites! ¡No vamos a ir a casarnos a Gretna Green! —repuso ella, indignada, bajando el tono de voz—. ¡No grites, Tom! ¡Si Eliza se despierta y nos oye hablar, se lo contará a lady Marlow! Y ahora, escúchame. Lo he estado pensado todo durante la cena. Tengo que ir a Londres, a ver a mi abuela. Una vez me dijo que podía contar con ella en caso de necesidad, y creo… Bueno, estoy segura de que si se entera de lo que está pasando me apoyará. Lo único es que… Tom, ya sabes que lady Marlow me compra los vestidos y que me da una asignación muy baja para mis gastos. ¿Podrías… prestarme el dinero para pagar el billete de la diligencia? Me parece que cuesta treinta y cinco chelines. Y luego está la propina del guardia, y…
—Claro, te prestaré todo el dinero que necesites —la interrumpió Tom—. Pero no pensarás viajar a Londres en la diligencia, ¿verdad?
—Sí, eso voy a hacer. ¿Cómo iba a ir en un coche de alquiler, aunque pudiera pagarlo? Sería muy complicado: cambiar los caballos… No, no, es imposible. Recuerda que no tengo una doncella que me acompañe. Viajaré mucho más segura en la diligencia. Y si consiguiera un asiento en uno de los coches rápidos que salen por la mañana…
—No lo conseguirás. Siempre se ocupan todos los asientos en Bath, y como no tienes plaza reservada… Además, si hay mucha nieve después de Reading, según dicen, esos coches no circularán.
—Bueno, no importa. Cualquier coche servirá, y seguro que encontraré asiento, porque a la gente no le gusta viajar con este tiempo, a menos que sea imprescindible. Estoy decidida a marcharme de aquí antes de que puedan impedírmelo, a primera hora de la mañana. Si consiguiera llegar a Devizes… Está más cerca que Calne, y sé que algunas diligencias de Londres toman esa carretera. Sólo llevaré un baúl de viaje y quizá una sombrerera, así que… ¡Ay, Tom! ¿Crees que podrías llevarme a Devizes en tu calesa?
—¿Quieres hacer el favor de dejar de preocuparte por todo? —dijo él con severidad—. Te llevaré a donde quieras, pero ese plan tuyo… Mira, no quiero entrometerme, pero me temo que no funcionará. ¡Maldito tiempo! No creo que llegaras ni siquiera a Reading. Piénsalo bien, Phoebe: te verías en un buen apuro.
—No, no, ya lo he previsto. Si el coche continúa, me quedaré en él, pero si hay demasiada nieve sé lo que haré. ¿Te acuerdas de Jane, esa doncella que estaba a cargo de las pequeñas? Se casó con un comerciante de grano que, según tengo entendido, se gana muy bien la vida, y vive en Reading. De modo que si no puedo viajar más allá de Reading, iré a su casa y me quedaré con ella hasta que la carretera vuelva a estar practicable.
—¿Vas a quedarte en la casa de un comerciante de grano? —preguntó él, incrédulo.
—¿Por qué no? Es un hombre muy respetable, y en cuanto a Jane, me cuidará con mucho cariño, te lo aseguro. ¿Acaso prefieres que me aloje en una posada?
—No, en absoluto. Pero… —Hizo una pausa; el plan de Phoebe no le gustaba, pero no se le ocurría otro mejor.
La joven intentó convencerlo, explicándole las ventajas de su plan y la desesperada situación en que se encontraría si se veía obligada a quedarse en Austerby. Y no tuvo que esforzarse mucho, porque Tom sabía que sin el apoyo de lord Marlow el caso de Phoebe no tenía remedio, y tampoco podía negar que su abuela era la persona ideal para protegerla; sin embargo, tardó un rato en convencerse de que no era ni peligroso ni indecoroso que su amiga viajara sola a Londres en una diligencia. Hasta que Phoebe le aseguró que si él no le prestaba ayuda estaba decidida a ir hasta Devizes a pie, Tom no se rindió. Después, sólo quedaba organizar los detalles de la huida, y lo hicieron rápidamente. Tom se comprometió a esperarla con su calesa en el camino, delante de una de las entradas de Austerby, a las siete en punto de la mañana siguiente. Phoebe prometió ser puntual y se despidieron, ella muy segura de sí misma y él intentando tranquilizarse.
Phoebe llegó puntual a su cita; él no, y durante veinte exasperantes minutos la joven se paseó por el camino arriba y abajo, protegida del viento por un seto vivo, mientras su descontrolada imaginación le planteaba las diversas calamidades que podían haberle sucedido a su amigo. La más probable era que se hubiera dormido, y esa posibilidad añadía rabia a su nerviosismo. Cuando Phoebe se vistió y metió su ropa de noche en el baúl de viaje, ya rebosante, todavía estaba oscuro, pero a las siete en punto era de día, y pensaba que en cualquier momento podía reconocerla algún vecino o algún peón. Era un día triste, soplaba viento del norte y en el cielo había unas henchidas y amenazadoras nubes. Phoebe cada vez estaba más furiosa y angustiada, pero la sorpresa se impuso sobre el resto de emociones cuando vio llegar a Tom al sitio acordado, pero conduciendo, en lugar de su calesa, el carrocín de su padre, tirado por sus dos hermosos caballos castaños, Trusty y True.
Tom detuvo el coche al lado de Phoebe y, sin preámbulos, le ordenó que se colocara junto a las cabezas de los caballos. Ella obedeció, pero mientras él se quitaba la manta que le envolvía las piernas y saltaba del coche dijo:
—Pero Tom, ¿qué pasa? ¿Por qué has traído el carrocín? ¿Tienes permiso?
Tom cogió el baúl de Phoebe y lo subió rápidamente al coche.
—Sí, tengo permiso. ¿Pensabas que no iba a venir? Perdona que me haya retrasado tanto, pero es que he tenido que volver. Vamos a poner esta sombrerera debajo del asiento. —La guardó mientras hablaba, y luego fue hacia Phoebe y dijo—: Déjame a mí. Sube al coche y coge las riendas. ¡Ten cuidado! Estos caballos no han salido desde que mi padre se marchó, y están muy briosos. Ahí está el viejo abrigo de viaje de mi padre: póntelo, y envuélvete bien con esa manta. ¡Y no pierdas el tiempo discutiendo! —añadió.
Phoebe obedeció, pero estaba muy desconcertada y, tan pronto Tom subió al coche, se sentó a su lado y cogió las riendas, preguntó:
—¿Te has vuelto loco, Tom? ¿Qué demonios…?
—No, no me he vuelto loco. Lo que pasa es que anoche fui un necio y no supe lo que debía hacer. Era muy sencillo, pero no se me ocurrió hasta que vine a buscarte. ¡Estaba atontado! Me he pasado toda la noche en vela preguntándome qué podía hacer. No lo he visto claro hasta que venía hacia aquí con la calesa. Así que he dado media vuelta, le he dejado una nota a mi madre, le he pedido a Jem que enganchara a Trusty y a True…
—Pero ¿por qué? —lo interrumpió Phoebe.
—Voy a llevarte a Londres.
Lo primero que sintió Phoebe fue gratitud, pero enseguida la asaltaron todo tipo de dudas, y dijo:
—¡No, no, Tom! ¡No puedes hacerlo!
—Claro que sí. Es lo más fácil. Trusty y True son capaces de cubrir dos etapas completas, e incluso más si no se los apura demasiado. Después tendré que alquilar otros caballos, por supuesto, pero a menos que cuando lleguemos a Reading nos digan que hay demasiada nieve en la carretera, llegaremos a Londres esta misma noche. No obstante, si las noticias fueran malas en Reading, no lo intentaría. En ese caso, te llevaré a casa de ese comerciante de grano y yo me quedaré en el Crown. El único problema es que quizá pases un poco de frío.
—Eso no importa. Pero Tom, creo que no debes acompañarme. Quizá…
—Mira, me da igual lo que pienses —replicó él—. De todas formas voy a hacerlo.
—Pero la señora Orde… tu padre…
—Sé que mi padre me diría que no debía dejarte ir sola; y en cuanto a mi madre, no se enfadará, porque le he dejado una nota diciéndole que no debe enfadarse. Y tú no armes tampoco un escándalo. No he dicho adónde iba, sólo que tenía que rescatarte de ese duque y que seguramente tardaría unos días en volver. Así que está todo arreglado.
Phoebe no podía estar del todo satisfecha, pero como era evidente que resultaría imposible hacer cambiar de idea a Tom, y como además estaba agradecida por no tener que viajar sola a Londres, no intentó disuadirlo.
—¡Así me gusta! —dijo Tom interpretando correctamente el silencio de su amiga —. Qué divertido, ¿verdad? Espero que no nos nieve, pues he de admitir que no me gusta nada la pinta del cielo.
—No, a mí tampoco, pero no pido nada más que llegar a Reading, porque aunque se descubriera adónde íbamos, no creo que me buscaran allí.
—¡Claro que llegaremos a Reading! —exclamó Tom, optimista.
Phoebe respiró hondo y dijo, agradecida:
—Tom, no sabes cómo te lo agradezco. La verdad es que no me hacía ninguna gracia emprender este viaje sola, pero ahora… ¡ahora puedo relajarme!