Esperando noticias

Kate Atkinson · Capítulo 8 de 44

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Esperando noticias

La casa Satis

Cuando Reggie llegó a la lóbrega casa en Musselburgh, la señorita MacDonald abrió la puerta.

—¡Reggie! —exclamó, como si se asombrara de verla, aunque su rutina de los miércoles era invariable.

De ser una mujer que se enorgullecía de que nada podía sorprenderla, la señorita MacDonald había pasado a ser alguien que se asombraba ante las cosas más simples («¡Mira qué pájaro!» «¿Eso de ahí arriba es un avión?»).

Tenía el ojo izquierdo inyectado en sangre, como si una estrella roja le hubiese explotado en el cerebro. Le hacía preguntarse a una si no sería mejor lanzarse en picado al vacío, pagar la cuenta y largarse pronto.

Advirtió que en casa de la señorita MacDonald no había ni rastro de la llegada de la Navidad. Se preguntó si eso iría en contra de su religión.

—La cena está servida —anunció la señorita MacDonald.

Todos los miércoles tomaban juntas una cena temprana, y luego la señorita MacDonald conducía hasta el otro extremo de Musselburgh (que Dios se apiadase de quien estuviese por las calles) para asistir a su reunión de «Sanación y oración» (que, reconozcámoslo, no le estaban yendo muy bien) mientras Reggie hacía los deberes y vigilaba a Banjo, el viejo perrito de la maestra. Cuando la señorita MacDonald volvía, con todos sus rezos cumplidos y las pilas espirituales cargadas, revisaba los deberes de Reggie ante un té con galletas, «una integral» para ella y un barquillo Tunnock al caramelo comprado especialmente para Reggie.

No sabía qué clase de cocinera habría sido la señorita MacDonald antes de que aquel tumor gruñón empezara a mordisquearle el cerebro, pero ahora era terrible. La «cena» solía consistir en pesados macarrones al queso o un pegajoso pastel de pescado, tras los cuales la señorita MacDonald se levantaba con esfuerzo de la mesa.

—¿Postre? —preguntaba, como si estuviera a punto de ofrecerle pastel de chocolate o crema quemada, cuando en realidad se trataba siempre del mismo yogur de fresa desnatado, que la observaba comer con una especie de placer ajeno que resultaba inquietante.

La señorita MacDonald ya no comía mucho ahora que a ella misma se la estaban comiendo.

La maestra tenía cincuenta y tantos años, pero nunca había sido joven.

Cuando daba clases en la escuela, tenía pinta de haberse planchado a sí misma todas las mañanas y jamás había manifestado un solo indicio de conducta irracional (más bien al contrario), pero ahora no solo se había vuelto adepta de una religión de chiflados, sino que se vestía como si estuviera a un paso de convertirse en una vagabunda, y su casa ya estaba dos pasos más allá de la miseria. Decía que se estaba preparando para el fin del mundo. Reggie no acababa de ver cómo podía una persona prepararse para algo así; por otra parte, a menos que el fin del mundo ocurriera muy pronto, no parecía probable que la señorita MacDonald estuviese allí para verlo.

Esa noche fueron espaguetis demasiado cocidos. La señorita MacDonald tenía una receta que hacía que espaguetis de verdad salidos de un paquete supieran exactamente igual que si fueran de lata, lo cual era una proeza considerable.

Ante su plato de espaguetis, la maestra parloteaba sobre «el éxtasis», y si vendría antes o después de «la tribulación», o «la trib», según la llamaba ella con íntima familiaridad, como si la persecución, el sufrimiento y el fin de los tiempos se hallaran al mismo nivel de molestia que un atasco de tráfico.

La religión había introducido a la señorita MacDonald, más bien tarde, en la vida social, y a su iglesia (también conocida como «culto religioso rarito») le encantaba celebrar cenas a las que todo el mundo contribuía con algún plato, así como aburridas barbacoas. Reggie había estado en unas cuantas, insoportables, y había comido con cautela las cosas chamuscadas que le ofrecían.

La señorita MacDonald pertenecía a la Iglesia del rapto venidero, y ella misma estaba, como anunciaba con suficiencia, «lista para el rapto». Era una pretribulacionista («pretribista»), lo que significaba que la subirían al cielo a toda velocidad, en clase preferente, mientras todos los demás, incluida Reggie, tendrían que padecer grandes dosis de sufrimiento y aflicción («Setenta semanas, de hecho, Reggie»). De manera que la cosa no era tan distinta de la vida cotidiana. Había asimismo postribulacionistas que tendrían que esperar hasta después del sufrimiento, pero podrían saltarse el cielo y entrar directamente en el Reino del Cielo en la Tierra, «que es de lo que se trata», decía la señorita MacDonald. Había también miditribulacionistas que, como su nombre indicaba, ascendían en medio de todo el confuso proceso. Resumiendo, la señorita MacDonald se salvaría y Reggie no.

—Sí, me temo que vas a ir al infierno, Reggie —le decía con una sonrisa benévola.

Aun así, a Reggie le quedaba un consuelo: la señorita MacDonald no estaría allí dándole la lata con la traducción de Virgilio.

Siempre que ocurría alguna tragedia espantosa, desde cosas gordas, como accidentes de avión y bombas que explotaban, hasta cosas más pequeñas, como que un niño se cayera de la bici y se ahogara en el río o la muerte súbita de un bebé en una casa calle abajo, la señorita MacDonald lo atribuía a «la intervención de Dios». «Está llevando a cabo Sus misteriosos designios», comentaba sabiamente cuando veía a la gente huir despavorida de los desastres en las noticias de la televisión, como si Dios dirigiese una oficina secreta que traficase con el sufrimiento humano. Solo Banjo parecía capaz de conmoverla. «Espero que él se vaya primero», decía. Iba a ser una carrera entre la señorita MacDonald y su terrier viejo y contrahecho. Era

sorprendente que ella fuera capaz de prodigar a Banjo todo aquel amor maternal y sensiblero, aunque también Hitler le tenía mucho cariño a su perra. (« Blondi —le dijo la doctora Hunter—. Se llamaba Blondi.») El perro de la señorita MacDonald tenía un par de patas en el otro mundo; literalmente, pues a veces las de atrás le fallaban y se quedaba sentado en el suelo con expresión de absoluto asombro ante su repentina inmovilidad. A la señorita MacDonald había empezado a preocuparle que se muriese solo durante las veladas de sanación y oración a las que asistía los miércoles, de modo que ahora Reggie se quedaba con él, por si estiraba las patas. Había formas peores de pasar una velada. La señorita MacDonald tenía un televisor que funcionaba, aunque, por desgracia, no conexión por cable como los Hunter, y Reggie tenía a su disposición toda la biblioteca y comida caliente a cambio de sus desvelos; además, la congregación entera (de ocho miembros) siempre rezaba una plegaria por ella, y ese era un caballo regalado al que no estaba dispuesta a mirarle el dentado. Podía no creer en todo ese rollo, pero era agradable saber que alguien pensaba en su bienestar, aunque fuera el rebaño de chiflados de la señorita MacDonald, que le tenían lástima por lo de que era huérfana, lo cual a ella ya le parecía bien; en su opinión, cuanta más gente le tuviera lástima, mejor. Pero no la doctora Hunter. No quería que ella la considerase otra cosa que heroica y alegremente competente.

Cuando Reggie se acababa el yogur, la señorita MacDonald exclamaba con grandes aspavientos: «¡Dios santo, mira qué hora es!». Últimamente andaba siempre sorprendiéndose de la hora que era. «¡No pueden ser las seis!» o «¿Las ocho? Parece que sean las diez» y «En realidad no es esa hora, ¿verdad?». Cuando diese comienzo todo el sufrimiento y la aflicción, Reggie la imaginaba volviéndose hacia ella para decirle: «¡No puede ser ya el fin del mundo!».

¿Existía acaso alguna clase de lotería (ella imaginaba una tómbola) de la que Dios sacaba tu manera de irte? Ataque al corazón para él, cáncer para ella, y veamos…, ¿hemos tenido ya este mes algún terrible accidente de coche? No era que Reggie creyera en Dios, pero a veces resultaba interesante imaginarlo. ¿Se levantaba Dios una mañana de la cama y abría

las cortinas (su Dios imaginario llevaba una vida muy doméstica) y pensaba

«Hoy me apetece que alguien se ahogue en la piscina de un hotel. Hace mucho que no tenemos ese caso»?

La Iglesia del rapto venidero era una religión inventada, pues en realidad consistía en un puñado de gente que creía cosas increíbles. Ni siquiera tenían un local, sino que celebraban los servicios en las salas de estar de sus miembros de forma rotatoria. Ella nunca había asistido a uno de esos servicios, pero imaginaba que se parecerían mucho a las cenas en que todos aportaban algo, con debates sobre opiniones dispensacionalistas y futuristas, mientras se pasaban una bandeja de rollitos de higo. Con la única diferencia de que Banjo no asistía para babear y gruñir al ver los rollitos de higo.

—Dios nunca me bendijo con hijos —le dijo la señorita MacDonald en cierta ocasión—, pero tengo a mi perrito. —Y añadió—: Y te tengo a ti, por supuesto, Reggie.

—Pero no por mucho tiempo, señorita Mac —respondió. Por supuesto que no le había dicho eso. Pero era cierto.

Lo espantoso era que la señorita MacDonald era lo más parecido a una familia que tenía. Reggie Chase, huérfana de la parroquia, la pobre Jenny Wren, la pequeña Reggie, la niña fenómeno.

Reggie lavaba los platos y limpiaba los peores rincones de la cocina. El fregadero daba asco, con comida podrida en el sifón, bolsitas de té usadas, un trapo mugriento.

Nadie parecía haberle dicho a la señorita MacDonald que la limpieza era importante en la viña del Señor. Reggie vertía lejía pura en las tazas manchadas de té y las dejaba en remojo. La señorita MacDonald tenía tazas en las que se leían frases como «Jesús lo es todo» o «Dios te está mirando», algo que a Reggie le parecía improbable, pues seguramente Dios tendría cosas mejores que hacer. Mamá tenía una taza de la boda de Carlos y Diana que había sobrevivido al matrimonio de estos. Mamá idolatraba a lady Di y se lamentaba con frecuencia de su fallecimiento. «Se ha ido —decía negando con la cabeza con incredulidad—. Así, tal cual. Todo ese ejercicio

para nada.» El culto a Diana era lo más parecido que tenía mamá a una religión. Puestos a elegir una religión, Reggie también se decantaría por Diana, por la auténtica: Artemisa, la diosa de la pálida luna, de la caza y la castidad. Otra virgen poderosa. O por Atenea, la de los ojos brillantes, sabia y heroica, una virgen guerrera.

Lo lógico habría sido que, con su conocimiento de los clásicos, la señorita MacDonald hubiese elegido a un dios de un panteón más interesante: a Zeus, que arrojaba rayos como jabalinas, o a Febo Apolo, que conducía sus fogosos caballos a través de los cielos. O, teniendo en cuenta el tumor que le crecía como una seta, a Higea, diosa de la salud, y a Esculapio, dios de la curación.

Reggie dividió la basura entre los cubos rojo, azul y marrón. La señorita MacDonald no reciclaba nada, debía de ser la persona menos verde del planeta. No tenía sentido preservar la Tierra, le explicaba con tono amable, porque el Juicio Final no tendría lugar hasta que absolutamente todo sobre el planeta hubiese sido destruido: cada árbol, cada flor, cada río. Hasta la última águila, el último búho y el último panda, las ovejas en los campos, las hojas en los árboles, la salida del sol y las carreras de los ciervos. Todo.

Y la señorita MacDonald estaba deseando que sucediera. («Qué mundo este», habría dicho mamá.)

Reggie estaba decidida a crear su propia religión, una en la que no se destruyeran las cosas sino que se cuidaran, en la que los muertos renacieran (y no de manera simbólica) sin que todo lo demás tuviese que morir.

Entonces su madre estaría de nuevo en el sofá, viendo Mujeres desesperadas y comiéndose una bolsa de patatas fritas. Pero Gary no estaría allí manoseándola; solo mamá y ella. Juntas para siempre.

Habían pasado muchísimo tiempo las dos solas; bueno, también con Billy, pero Billy no era la clase de persona que se sentaba a comer y charlar y ver la tele (se hacía difícil decir qué hacía él exactamente), y luego apareció el Hombre-que-vino-antes-de-Gary, que resultó ser un «tonto del culo», según mamá (por no mencionar que estaba casado), y después llegó el «hombre de verdad» en la forma de Gary, y mamá empezó a decir «mi novio esto» y «mi novio aquello», y de pronto estaba acostándose con él y

todas sus amigas acudían a la casa a hablar de ello. Su madre se pavoneaba y soltaba risitas, «¡Tres veces en una sola noche!», y sus amigas chillaban de emoción y derramaban el vino.

A diferencia del Hombre-que-vino-antes-de-Gary, Gary no era malo, solo era un gran zoquete que, hasta que conoció a mamá (y después de conocer a mamá también, en realidad), se pasaba el día entero sentado con sus tejanos grasientos en la parte de atrás de una tienda de motos con un montón de clones de Gary hablando de la Harley-Davidson 883L Sportster que se iba a comprar cuando le tocara la lotería. Cortejaba a mamá con rosas de invernadero baratas compradas en Shell Shop y latas de chocolatinas, y cuando Reggie protestó ante ese tipo de romance tan de cliché, su madre contestó: «No vas a oír quejas por mi parte, Reggie», toqueteándose la fina cadena de plata del relicario en forma de corazón que él le había regalado por su cumpleaños.

Gary iba a llevarla dos semanas a España («A Lloret de Mar, ¿a que suena estupendo, Reggie?»). Su madre llevaba sin tomarse unas

«vacaciones de persona mayor como Dios manda» desde que estuvo en Fuerteventura, en 1989, de modo que él podría haberla llevado a un bungalow Butlins, en Skegness, y se habría quedado impresionada. Una vez, mamá los había llevado a ella y a Billy a pasar una semana en Scarborough, pero la cosa se estropeó cuando Billy desapareció una noche de la pensión y a la mañana siguiente lo trajo de vuelta un policía, tras haberlo encontrado dando tumbos por el paseo marítimo, totalmente borracho de cerveza. Entonces Billy tenía doce años.

Al cabo de una semana Reggie recibió una postal, de modo que su madre debía de haberla escrito poco después de llegar. Era una fotografía del hotel, un edificio de hormigón blanco que parecía construido con bloques mal hechos, pues las habitaciones quedaban en ángulos desiguales unas respecto a otras. En su centro rectangular había una piscina, turquesa y desierta, rodeada de tumbonas blancas pulcramente dispuestas. No se veía ni una sola persona, de manera que la foto se habría tomado probablemente

a primera hora de la mañana, cuando todo estaba aún impecable, sin toallas mojadas ni crema solar ni platos de patatas a medio comer.

En el dorso, mamá había escrito: «Querida Reggie, hotel muy bonito y limpio, un montón de comida, nuestro camarero se llama Manuel, ¡como en aquella comedia de John Cleese! Bebo un montón de sangría, ¡qué mala soy! Nos hemos hecho amigos de una pareja, se llaman Carl y Sue, de Warrington, y son muy simpáticos. Te echo de menos un montón. Hasta pronto, cariño. Mamá». Gary había añadido su nombre al final, con la letra grande y redonda de alguien no muy convencido aún del concepto de escritura colectiva. Sangría venía de la misma raíz latina que «sangre».

Vino rojo sangre. En la escuela habían estudiado un poema sobre un rey escocés que bebía vino rojo sangre, pero no conseguía recordar más. Se preguntó si acabaría por olvidar todo lo que había aprendido. En eso consistía la muerte, supuso. Se preguntó si su vida volvería a estar bien encarrilada antes de que se muriese. No parecía probable, pues cada día que pasaba tenía la sensación de quedarse un poco más atrás.

Estaba trabajando en su propia traducción para la señorita MacDonald del libro sexto de la Ilíada, uno de los textos griegos del programa. Pensó que podía echarle un vistazo a la competente edición de Loeb para comprobar qué tal iba de momento («Néstor se dirigió entonces a los argivos, en voz bien alta: “Valientes amigos y griegos, servidores de Ares, que ninguno se quede ahora atrás”»). Por supuesto, se suponía que no debía recurrir a la Loeb, pues según la señorita MacDonald eso era trampa.

Reggie habría dicho que era «una ayudita».

El primer volumen de la Ilíada estaba sin duda allí la semana anterior, pero cuando fue a buscarlo no vio ni rastro de él. Advirtió otros huecos en la estantería: los volúmenes primero y segundo de la Odisea y el segundo volumen de la Ilíada, el primero de la Eneida (uno de los textos latinos del programa). Era probable que la señorita MacDonald los hubiese escondido.

Continuó laboriosamente: «Matemos, hombres. Después ya dispondréis de tiempo para saquear los cuerpos de los muertos». Los muertos se contaban a montones en Homero.

Después de la muerte de su madre, Reggie siempre tuvo cerca la postal de España, en el bolso o en la mesita de noche. Había estudiado cada detalle de la misma como si contuviese un secreto, una pista oculta. Su madre había muerto allí mismo, en aquel espacio desierto de agua color turquesa y, aunque la había visto muerta en el tanatorio, cuando la mandaron a casa, una minúscula parte de ella aún creía que su madre seguía viva en aquel brillante mundo de la postal y que si examinaba la imagen larga y detenidamente podría vislumbrarla.

Mamá se había levantado antes de que los otros huéspedes rondaran por allí; siempre fue madrugadora. Dejó a Gary roncando, durmiendo la mona de sangría de la noche anterior, se puso el bañador que tan mal le sentaba bajo el albornoz rosa y bajó a la piscina. Había dejado caer el albornoz rosa mientras estaba de pie en el borde, en la parte honda. Mamá nunca fue de las que doblan la ropa con pulcritud. Reggie la imaginaba levantando los brazos sobre la cabeza —era buena nadadora y buceaba con sorprendente elegancia— y zambulléndose en el fresco azul del olvido, con el cabello ondeando tras ella como si fuera una sirena. Vale, mater.

Después, en la vista judicial en España, a la que ni Billy ni Reggie asistieron, la policía informó de que habían encontrado el barato relicario de plata de su madre en el fondo de la piscina («El cierre no era muy de fiar», admitió Gary ante Reggie con expresión de culpa) y se especuló con que se le habría soltado mientras nadaba y que buceó para recuperarlo. Nadie lo sabía con seguridad, nadie presenció lo ocurrido. Ojalá hubiese sido la mañana en que el fotógrafo de la postal estaba tomando las fotos del hotel.

Encaramado a su atalaya, posiblemente en el techo del hotel, habría visto a mamá hendir las aguas azules, contemplando incluirla en la fotografía —

seguramente decidió que no, dadas la licra naranja y la rolliza palidez de su piel norteña— y luego alertado a alguien al ver que no volvía a salir. Pero no fue así como ocurrió. Cuando alguien advirtió que su precioso cabello estaba enganchado en un desagüe en las turquesas profundidades, ya era demasiado tarde.

Fue un camarero quien la vio, mientras preparaba las mesas para el desayuno. Reggie se preguntaba si sería el «Manuel» de la postal. Se había zambullido con su uniforme de camarero y tratado de liberar a la sirena inglesa sin conseguirlo. Entonces había vuelto a salir del agua y corrido a las cocinas, donde cogió un cuchillo y se precipitó de nuevo a la piscina para zambullirse otra vez y serrar el cabello de mamá hasta lograr por fin liberarla de su prisión submarina. Trató de reanimarla —en la vista judicial fue elogiado por sus intentos de salvar a la desafortunada turista—, pero por supuesto no sirvió de nada. Mamá se había ido. Nadie tenía la culpa, había sido un trágico accidente. Etcétera.

—Y lo fue, después de todo, Reggie —dijo Gary.

Había asistido a la vista y fue a ver a Reggie a su vuelta de España, apareciendo sin previo aviso en la casa con un paquete de seis Carlsberg en la mano «para brindar por una mujer excepcional». Estaba durmiendo mientras pasó todo, y cuando se despertó, abotargado y resacoso, cuando

«Carl y Sue, de Warrington» aporrearon su puerta, todo había terminado.

Estaba, según le dijo a Reggie, «muy disgustado» por lo ocurrido.

—Sí —contestó ella—. Yo también.

La policía española le devolvió el relicario en forma de corazón a Gary, que lo conservó «como recuerdo». En la vista no se mencionó qué había sido del grueso mechón de cabello de mamá que quedó en la piscina. Ni tampoco del cuchillo que lo había cortado. ¿Fue a parar al lavavajillas, volvía a estar picando verduras para una paella al final de la jornada? A Reggie le habría gustado tener un mechón de cabello de su madre como recuerdo. Habría dormido con él debajo de la almohada. Se habría aferrado a él como el bebé se aferraba al cabello de la doctora Hunter, como se agarraba a su mantita verde. Habría sido su talismán.

—Sí, eso lo demuestra todo —comentó Gary poniéndose filosófico tras la tercera Carlsberg—. Nunca sabes qué te espera a la vuelta de la esquina.

Reggie aguantó aquella visita de pésame, lo más parecido a un velatorio que tendría su madre. Había estado en uno con ella, en uno irlandés auténtico celebrado por sus vecinos, los Caldwell, un par de años atrás, cuando el viejo Caldwell había muerto. Había sido una ocasión bastante

alegre, con un montón de cánticos, algunos muy desafinados, e interminables botellas de Bushmills aportadas por los muchos y variados dolientes, de modo que un joven grandullón de los Caldwell tuvo que llevar a mamá a casa y al día siguiente le contó a todo el mundo que mamá había tratado de meterlo en su cama antes de vomitarle encima. Aun así, como su madre comentó después, había sido una buena despedida para el viejo.

Gary se fue después de la cuarta Carlsberg y Reggie no volvió a verlo hasta unas semanas después, cuando se lo encontró en el supermercado, donde curioseaba en el pasillo de las sopas en lata en compañía de una mujer con demasiada henna en el pelo. Esperó a ver si la reconocía, pero Gary ni siquiera advirtió su presencia, pues su cerebro estaba ya a punto de estallar por el esfuerzo de elegir entre el gran caldo de ternera Heinz y la crema de tomate Batchelor. Era el supermercado donde había trabajado mamá, y le pareció poco respetuoso que Gary estuviese allí con otra mujer.

Casi como si fuera una infidelidad.

La postal había llegado al buzón prácticamente en el momento exacto (teniendo en cuenta la diferencia horaria entre Gran Bretaña y España) en que mamá abandonaba el planeta. Reggie pensó en Laika, la pobre perra espacial, surcando el cielo en su cohete y mirando hacia la tierra con ojos tan muertos como estrellas. Reggie creía que seguiría aún allá arriba, pero no, le explicó la doctora Hunter; al cabo de unos meses había caído de nuevo a la tierra y ardido al entrar en la atmósfera. Lassie, vuelve a casa.

Más o menos a esa hora de la tarde, Banjo se sentaba junto a la puerta de atrás y empezaba a gemir, y Reggie le decía: «Vamos, pobre bollito mío; ya es hora de sacarte de paseo», y Banjo recorría la calle con andares de pato hasta su farola favorita, donde, con torpeza, levantaba una artrítica pata. Llegaba a duras penas hasta la farola, pero normalmente había que llevarlo de vuelta. Al cogerlo en brazos, siempre la sorprendía lo poco que pesaba en comparación con el bebé.

La señorita MacDonald vivía en una vivienda de protección oficial cuya parte trasera quedaba casi encima de la línea férrea de la costa oriental. La casa entera se estremecía cada vez que pasaba un tren. La señorita

MacDonald estaba tan acostumbrada a los trenes que ni siquiera se daba cuenta del terremoto que causaban, al menos cuando circulaban puntuales.

A veces, a la hora del té, la maestra ladeaba la cabeza de forma muy parecida a como lo hacía Banjo antes de quedarse sordo, y decía: «Ese no puede ser el de las seis y veinte de Aberdeen a King's Cross, ¿verdad?» o algo similar.

Reggie, por su parte, oía todos los trenes. Se le formaba un extraño nudo en el estómago cuando los oía acercarse, una especie de miedo primitivo (¡atávico!), y se preguntaba si su cerebro de la Edad de la Piedra pensaría que el tren era un mamut lanudo o un tigre diente de sable o la criatura que fuera que hubiese hecho correr a sus antepasados hasta el fondo de la cueva, porque la doctora Hunter decía que, «después de todo», aún teníamos el ADN de los cazadores-recolectores del Paleolítico y, por lo que ella veía, no habíamos evolucionado biológica ni emocionalmente y seguíamos siendo gente de la Edad de la Piedra con «un fino barniz de cultura y sofisticación. Decapa ese barniz y volvemos a quedarnos en lo más básico, Reggie: amor, odio, comida, supervivencia. Aunque no necesariamente en este orden». Desde luego, era una teoría que ayudaba a explicar a Billy.

Esa noche Banjo estaba aletargado y no mostró interés por salir; siguió tendido ante el calor de la estufa de gas y Reggie se lo agradeció, pues hacía una noche espantosa, con ráfagas de viento que levantaban repetidamente el llamador de bronce de la puerta principal de la señorita MacDonald, haciéndolo parecer un visitante invisible desesperado por entrar. Cathy regresando a Cumbres Borrascosas. El fantasma de mamá que buscaba a Reggie. Hasta pronto. Je reviens. O, simplemente, nadie y nada. «Veloz se cierne el manto de la noche; la oscuridad se vuelve más intensa.»

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