Esperando noticias
Qué mundo este
Reggie Chase, pequeña como un ratón, silenciosa como una casa sin nadie dentro, estaba rascando distraídamente la cabeza de Banjo. Tenía a Homero abierto sobre el regazo pero estaba viendo Coronation Street. Casi se había acabado la caja de bombones de violeta que había sacado del fondo de uno de los armarios de la cocina de la señorita MacDonald (cualquier puerto en una tormenta). Miró el reloj. La señorita MacDonald no tardaría en llegar.
Oía aproximarse un tren, con el ruido amortiguado al principio por el viento para aumentar luego más y más. No era el ruido habitual de un tren, sino un estruendo ensordecedor que parecía dirigirse directo hacia la casa.
Reggie se puso instintivamente en pie; tenía la sensación de que el tren iba a atravesar la casa. Se oyó entonces otro ruido muy agudo, como si una mano gigantesca arañase una pizarra gigantesca con uñas gigantescas, y por fin un tremendo estallido, como el de un trueno colosal. El Apocalipsis había llegado a la ciudad.
Y luego… nada. La estufa de gas siseó, Banjo roncó y gruñó, la lluvia continuó azotando la ventana de la sala de estar. Empezó a oírse el tema musical de Coronation Street al pasar los títulos de crédito. Reggie, con el libro en la mano y un bombón de violeta a medio comer en la boca, seguía de pie en el centro de la habitación, dispuesta a echar a correr. Durante unos instantes fue como si no hubiese pasado nada.
De pronto oyó voces y portazos cuando la gente de las casas vecinas empezó a salir corriendo a la calle. Abrió la puerta principal y asomó la
cabeza al viento y la lluvia.
—Un tren ha chocado —le dijo un hombre—. Justo ahí detrás.
Reggie descolgó el teléfono del vestíbulo y marcó el 999. La doctora Hunter le había contado que, en una emergencia, todo el mundo suponía que algún otro llamaría. Ella no pensaba ser la persona que suponía nada.
—Enseguida vuelvo —le dijo a Banjo, poniéndose la chaqueta.
Cogió la gran linterna que la señorita MacDonald guardaba en la caja de fusibles en la entrada, se metió las llaves de la casa en el bolsillo, cerró la puerta detrás de sí y echó a correr bajo la lluvia. El mundo no iba a acabarse esa noche, al menos si de ella dependía.
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