Esperando noticias
El acebo y la hiedra
—Feliz Navidad —dijo la doctora Hunter levantando la taza.
La mañana de Navidad brindaron con café ante un desayuno de pastelitos de carne y mantequilla al brandy. («Oh, por el amor de Dios, ¿por qué no?», dijo la doctora.) El bebé tomó copos de avena y un huevo duro.
Entonces abrieron los regalos en torno al árbol. El bebé tenía un perro con ruedas que se parecía un poco a un labrador, aunque él estaba más interesado en el papel de envolver. Sadie, una perra de verdad, recibió un bonito collar y una pelota nueva que botaba hasta el techo. La doctora Hunter hizo llorar a Reggie regalándole un PowerBook totalmente nuevo que nadie iba a llevarse, cuando lo único que Reggie le había comprado a la doctora era una bufanda de terciopelo. Era muy bonita, de Jenners, y había empleado todo el dinero que le quedaba para comprarla.
Jackson Brodie había insistido en darle un cheque por una cantidad mucho mayor de la que Reggie le había prestado, pese a que ella le dijo:
«No, no tiene que hacer eso». Pero cuando fue al banco para cobrarlo y meterlo en su cuenta, el banco dijo que tendrían que «devolverlo al librador», que, según le había explicado el señor Hussain, significaba que lo habían devuelto y que Jackson Brodie no tenía dinero, pese a que le había dicho que era rico. Eso no hacía sino demostrar que creías conocer a una persona y resultaba ser otra. Él todavía le pertenecía, pero ya no estaba segura de querer que así fuera.
Reggie vivía ahora allí, «hasta que encuentres otro sitio —dijo la doctora—, pero es posible, por supuesto, que prefieras quedarte aquí para siempre, y eso sería estupendo, ¿verdad?».
No hablaban de lo que había pasado. Había cosas que más valía no comentar. Nunca hablaban, por ejemplo, de a quién pertenecía toda la sangre de la que estaban cubiertos la doctora y el bebé. Jackson no le permitió a Reggie entrar en la casa («Ni se te ocurra»), de modo que no sabía exactamente quién había dentro o qué le había ocurrido. Algo malo, era obvio. Algo irreversible.
Más adelante, leyó en el Evening News un artículo sobre dos hombres sin identificar que habían encontrado en una casa calcinada, y que todo aquello constituía un misterio, y pensó que una persona dispuesta a hacer lo que fuera por proteger a su bebé podía ser alguien a quien la policía relacionara con los asesinatos, pero no lo hicieron. Y no importaba cuántas veces interrogara la policía a la doctora Hunter sobre lo que le había ocurrido; ella siempre les decía que había salido a dar un paseo y sufrido alguna clase de amnesia, lo cual era un poco absurdo, pero no les quedaba más remedio que creerla.
—¿Qué crees tú que ocurrió, Reggie? —le preguntó la inspectora jefe Monroe.
—No lo sé, en serio —contestó, y era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
La doctora Hunter llevó la bufanda todo el día de Navidad, decía que era la bufanda más bonita que había tenido nunca. Tomaron champán y comieron pato asado y pudin de Navidad, y el bebé tomó helado rosa y se quedó dormido en las rodillas de Reggie mientras veían Los Teleñecos en Cuento de Navidad y, en general, fue la mejor Navidad que había pasado nunca y si mamá hubiese estado allí habría sido perfecta.
La señorita MacDonald fue enterrada justo antes de Navidad. El sargento Wiseman y el policía asiático acudieron al funeral, lo que a Reggie le pareció que iba más allá de sus obligaciones. Tuvo un sepelio cristiano corriente, porque su estrafalaria religión no daba en realidad para funerales.
Casi todos los miembros (cinco de los ocho) de su iglesia se pusieron en pie y dijeron algo sobre el rapto, la tribulación y esos temas, y ella se levantó y dijo «la señorita MacDonald siempre fue buena conmigo» y unas cuantas cosas más que eran un poco más elogiosas de lo que la señorita se merecía en realidad, porque una persona no debía hablar mal de un muerto a menos que fuera Hitler o el hombre que mató a la familia de la doctora Hunter.
Nadie mencionó que la señorita MacDonald había provocado el accidente de tren de Musselburgh. La muerte absolvía de muchas cosas, por lo visto.
Reggie había organizado el funeral con la cooperativa, porque ellos se había ocupado también del de su madre. Y eligió el mismo salmo, Permanece a mi lado. Fue a ver a la señorita MacDonald cuando estaba en el ataúd. Estaba forrado de satén de poliéster blanco, de modo que, hasta el final, fue fiel a su preferencia por lo sintético. El de la funeraria le preguntó:
—¿Quieres que te deje a solas con ella?
Reggie asintió con expresión triste.
—Sí —contestó, y cuando el hombre salió de la habitación, embutió todas las bolsitas de heroína que había encontrado en los cofres secretos de los Loebs en el ataúd. Estaba garantizado que a la señorita MacDonald la droga no iba a hacerle ningún daño. Después de haberlas sacado de los ejemplares de Loeb, las había ocultado en el estante del garaje de la doctora Hunter detrás de las latas de pintura, porque, como decía la doctora, allí nunca miraba nadie.
No las había en todos los Loeb, pero sí en bastantes. Había pesado las bolsitas de plástico en la antiquísima báscula de la señorita MacDonald y casi llegaban al kilo, lo que representaba un montón de dinero. Supuso que Billy debía de haber estado quedándose con una parte del alijo que pasaba por sus manos y ocultándola, pero no se lo preguntó porque no lo había visto, y ahora la señorita MacDonald había sido pasto de las llamas junto con todas las bolsitas de plástico, y Pelirrojo y Pelopaja no iban a recuperar nunca su droga. Se habían enterado de que Billy escondía la droga en los ejemplares de Loeb, pero nunca sospecharon que había una biblioteca entera de ellos en la sala de la señorita MacDonald.
La señorita MacDonald dejó un testamento en el que decía que había que vender su casa y repartir lo obtenido entre la iglesia y Reggie, de forma que ahora ya tenía fondos para el instituto, así, por las buenas.
—¿Qué hace tu hermano en Navidad? —quiso saber la doctora Hunter.
—No lo sé. Lo pasará con sus amigos, supongo.
Una verdad y una mentira, pues no se podía pasar el tiempo con los amigos si no se contaba con amigos. No tenía ni idea de dónde estaba Billy.
Volvería a aparecer, la manzana podrida, la piedra en las lentejas.
Qué raro, ¿cómo sabría la doctora de su existencia? Estaba segura de no haberle mencionado nunca que tuviese un hermano. Un misterio más que añadir al montón de cosas misteriosas que rodeaban a la doctora Hunter y que habrían podido llenar el depósito de basura del desván hasta hacerlo rebosar.
El señor Hunter no estuvo allí el día de Navidad. La doctora le dijo que podía ir el día de San Esteban a desearle feliz Navidad al bebé. Lo habían acusado de prenderle fuego a uno de sus salones recreativos y estaba en libertad bajo fianza, alojado en una pensión de pinta bastante cutre en Polwarth mientras la doctora Hunter «decidía» si lo quería otra vez en su vida, pero estaba bastante claro que había tomado ya una decisión. Por lo visto, iban a declararlo en quiebra, de modo que era una suerte que la casa estuviese a nombre de la doctora.
—Supongo que lo intentó —dijo Reggie, sorprendida al oírse defender al señor Hunter, que no le había hecho muchos favores que digamos.
—Pero no lo suficiente —replicó la doctora. Dijo que, de haber estado el señor Hunter en su lugar, ella habría hecho lo que fuera por rescatarlo—.
Y quiero decir lo que fuera.
Lo dijo con una expresión tan feroz en la cara que Reggie supo que la doctora Hunter sería capaz de ir al fin del mundo por alguien a quien quisiera, y que ella, la pequeña Reggie Chase, huérfana de la parroquia, salvadora de Jackson Brodie, aya del bebé de la doctora Hunter, hija de
Jackie, estaba dentro de ese cálido círculo. Y ahora, para bien o para mal, tenía la vida entera por delante. Vivat Regina!
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