Esperando noticias
Ella misma se encargaría de las flores
Ella misma se encargaría de las flores Iría en coche a la ciudad y se acercaría a Maxwell, en Castle Street, donde le pediría a la florista que le confeccionara un ramo, algo elegante. De color azul, para la sala de estar, en una cesta de mimbre para poder colgarla de la chimenea… ¿Le gustarían los delfinios? ¿Habría delfinios todavía? Aunque no importaba cuál fuera la temporada, pues las floristerías no conseguían las flores de jardines, sino de invernaderos en Holanda. Y de Kenia. En Kenia, donde probablemente no había agua suficiente para que la gente que vivía allí pudiera beber, no digamos ya para regar, cultivaban flores y luego las mandaban en aviones que desprendían toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera. Eso no estaba bien, pero ella necesitaba flores.
¿Podía alguien necesitar una flor? Cuando fueron a comprar el anillo de compromiso en la tienda de Alistir Tait, en Rose Street, Patrick le dijo al joyero: «Esta preciosa mujer necesita un gran brillante». Ahora, en retrospectiva, sonaba cursi, pero en su momento resultó encantador. Más o menos. Patrick eligió un diamante antiguo con una montura nueva y Louise se preguntó qué pobre tipo habría cavado tiempo atrás para arrancarlo del corazón de las tinieblas. Ella llevaba sangre en las manos.
Patrick era traumatólogo y estaba habituado a dirigir. «En realidad, la traumatología solo tiene que ver con martillos y cinceles, es una forma superior de carpintería», decía en broma cuando la conoció, pero estaba entre los mejores de su especialidad. Probablemente, podría ganar una fortuna en la medicina privada y sin embargo prefería dedicar su tiempo a
recomponer con alfileres a pacientes de la Seguridad Social. («A eso te lleva toda una infancia jugando con el Mecano.»)
A Louise nunca le habían gustado los médicos; nadie que hubiese estado en la universidad con estudiantes de medicina confiaría nunca en un médico. (¿Era Joanna Hunter la excepción que confirmaba la regla?)
¿Cómo se escogía a los médicos? Seleccionaban a niños de clase media buenos en ciencias, se pasaban seis años enseñándoles más ciencias y luego los soltaban para que practicaran nada menos que con la gente. Pero la gente no era ciencia, la gente era un absoluto desastre. «Bueno, es una forma de verlo», decía Patrick riendo.
Se habían conocido en un accidente, claro, ¿de qué otro modo conoce un policía a la gente? Dos años antes, Louise transitaba por la M8 en dirección a Glasgow, donde iba a asistir a una reunión con la policía de Strathclyde, cuando vio el choque en la calzada opuesta.
Fue la primera en llegar, antes que los servicios de emergencia, pero no pudo hacer nada. Un camión con tráiler se había empotrado contra la parte de atrás de un pequeño turismo de tres puertas con dos sillitas de bebé en el asiento trasero. La madre iba al volante y su hermana adolescente en el asiento del pasajero. El coche estaba parado en una cola ante los semáforos provisionales de unas obras. El conductor del camión no había visto los letreros que advertían de las obras, no había visto la cola de vehículos, solo vislumbró brevemente el pequeño turismo de tres puertas antes de embestir contra él a casi cien kilómetros por hora. El conductor del camión estaba escribiendo un mensaje en el móvil. Un clásico. Louise lo arrestó allí mismo. Le habría gustado matarlo. O mejor aún atropellarlo despacio con su propio camión. Empezaba a notar que estaba más sedienta de sangre que antes (y antes ya lo estaba bastante).
El coche y todos sus ocupantes quedaron completamente destrozados.
Como era la más menuda y delgada, Louise («¿Puede probar usted, jefa?») había introducido una mano por lo que antes había sido una ventanilla, tratando de palpar pulsos, de contar cuerpos, de encontrar alguna clase de identificación. Ni siquiera sabían que había bebés en el asiento de atrás hasta que sus dedos rozaron una minúscula manita sin vida. Los hombres se
echaron a llorar, incluido el poli de tráfico que era el oficial de enlace con la familia, y la buena de Louise, más endurecida que una piedra, lo rodeó con el brazo y le dijo «Dios mío, solo somos humanos», y se ofreció voluntaria para ser una de las que comunicara la noticia a los parientes cercanos, que era sin duda el peor trabajo del mundo. Por lo visto, se había vuelto más pusilánime. Sedienta de sangre pero pusilánime.
Una semana después había asistido al funeral. De los cuatro juntos. Fue insoportable, pero hubo que soportarlo porque eso era lo que la gente hacía, seguían adelante. Un pie después del otro, avanzando con esfuerzo día tras día. Si su hijo muriese, Louise no seguiría adelante; se quitaría de en medio con algo limpio y rápido, sin mucho estropicio, para no darles después mucho trabajo a los servicios de emergencia.
Archie quería clases de conducir como regalo por sus diecisiete años, y Patrick dijo: «Buena idea, Archie. Si apruebas el examen te conseguiremos un coche de segunda mano decente». Mientras, ella trataba de pensar en formas de impedir que Archie se sentara nunca al volante de un vehículo.
Se preguntaba si sería posible acceder al ordenador del Departamento de Tráfico y ponerle alguna clase de traba en su permiso de conducir provisional. Era inspectora jefe, no debería ser un problema; después de todo, ser policía no era más que el reverso de ser criminal.
El conductor del coche de delante había resultado también gravemente herido y Patrick se pasó horas en el quirófano, tratando de recomponer la pierna de aquel hombre. El chófer del camión, que no tenía ni un arañazo, fue condenado a tres años de prisión, y probablemente ya lo habrían soltado. Louise le habría sacado los órganos sin anestesia para dárselos a gente que los mereciera más que él. O eso le dijo después a Patrick, ante una taza de café asqueroso en la cantina del hospital.
—La vida es puro azar —respondió él—. Lo mejor que se puede hacer es recomponer los pedazos.
Patrick no era policía, pero no fue como casarse con alguien de fuera. Él la comprendía.
Era irlandés, lo que siempre ayudaba. Un hombre con acento irlandés podía parecer sabio, poético e interesante aunque no lo fuera. Pero Patrick además era todas esas cosas. «En este momento estoy entre una esposa y otra», comentó, y ella se había reído. Louise no quería un diamante, grande ni pequeño, pero acabó con uno de todas formas. «Puedes convertirlo en dinero cuando te divorcies de mí», dijo él. A ella le gustaba la forma en que Patrick asumía el mando, con aquella autoridad; no toleraba las tonterías de Louise y sin embargo se mostraba afable ante ellas, como si su esposa fuera preciosa pero tuviera sus defectos y esos defectos pudieran arreglarse; como no podía ser menos. Patrick era cirujano y, como tal, pensaba que todo tenía arreglo. Sin embargo, los defectos nunca podían arreglarse. Louise era la copa dorada, tarde o temprano se le vería la grieta. ¿Y quién iba a recomponer entonces los pedazos?
Por primera vez en su vida, había renunciado a tener el control. ¿Y qué le hacía eso a una? Le hacía perder por completo el equilibrio, eso le hacía.
O quizá un centro para la mesa del comedor. Algo tirando a pequeño, algo rojo. Para que hiciera juego con la figura roja de la alfombra. Nada de rosas. Las rosas rojas no transmitían lo correcto. No estaba muy segura de qué transmitían, pero fuera lo que fuese, no era lo adecuado.
—No te esfuerces tanto —le dijo Patrick, riéndose.
Pero a ella no se le daban bien aquellas cosas, y si no se esforzaba fracasaría.
—No puedo tener una relación con nadie —anunció la primera mañana en que despertaron juntos en la cama.
—¿No puedes o no quieres? —preguntó él.
La había domado como si fuera un caballo salvaje y muy nervioso.
(Pero ¿y si tan solo la había quebrantado?) Paso a paso, muy suavemente, hasta que quedó atrapada. La fierecilla domada. A las fierecillas les pasaba como a las musarañas, que en realidad eran inofensivas y no merecían su mala fama.
Él sabía cómo hacerlo. Había estado felizmente casado durante quince años, antes de que un vehículo lleno de ladronzuelos adolescentes que
adelantaba en una zona de un solo carril en la A9 chocara de frente con el Polo de su esposa. De eso hacía diez años. Fuera quien fuese el inventor del volante, tenía mucho de lo que responder. Samantha. Patrick y Samantha. A ella Patrick no había podido arreglarla, ¿verdad?
Louise tenía tiempo de sobra, tiempo para comprar las flores, tiempo para hacer la compra en el Waitrose de Morningside, tiempo para preparar la cena. Lubina sobre un lecho de lentejas de Puy, suflés de roquefort horneados dos veces y tarta de limón para acabar. ¿Por qué hacerlo fácil cuando podías ponértelo lo más difícil posible? Era una mujer, de modo que, técnicamente hablando, podía hacer cualquier cosa. Los suflés de roquefort eran una receta de Delia Smith. Ascenso y caída de la burguesía.
Ja, ja. Oh, Dios santo. Qué le estaba pasando, se estaba convirtiendo en una persona normal.
Estaba mareada de cansancio, eso le pasaba. (¿Por qué? ¿Por qué estaba tan cansada?) En una vida anterior, antes de que su belleza se midiera por el tamaño de un brillante, se habría relajado en el sofá con una copa (muy grande) y pedido pizza, se habría quitado las lentillas, puesto los pies en alto y visto un poco de basura por la tele, pero ahora andaba corriendo por ahí como si llevara un cohete en el culo, preocupada por delfinios y por preparar recetas de Delia. ¿Habría alguna forma de dar marcha atrás a todo aquello?
—Podemos anularlo —le dijo Patrick por teléfono—. No pasa nada, estás cansada.
No pasaría nada para él, pero para Louise sí pasaba. La hermana de Patrick y su marido venían de Bournemouth o Eastbourne o algún sitio así.
La diáspora irlandesa. Estaban por todas partes, como los escoceses.
—Estarán encantados con queso y tostadas, o podemos comprar algo hecho —añadió Patrick.
Con qué maldita tranquilidad se lo tomaba todo. ¿Qué iban a pensar si ella no hacía ningún esfuerzo? Se habían perdido la boda; claro que se la había perdido todo el mundo. Era obvio que la hermana (Bridget) estaba molesta por todo el asunto de la boda.
—Nosotros dos solos en una oficina del registro —le dijo Louise a Patrick cuando por fin accedió a darle el sí.
—¿Qué pasa con Archie? —quiso saber Patrick.
—¿Tiene que venir?
—Sí. Es tu hijo, Louise.
Archie se había portado muy bien, ocupándose del anillo y aplaudiendo con discreción y timidez cuando ella dijo:
—Sí, quiero.
El hijo de Patrick, Jamie, no asistió a la boda. Era estudiante de posgrado y estaba en una excavación arqueológica en medio de algún sitio dejado de la mano de Dios. Era uno de esos chicos que disfrutaban de la vida al aire libre, y practicaba esquí, surf, submarinismo; «un auténtico chico», según Patrick, en contraste con el hijo de ella, su pequeño Pinocho.
Pidieron a dos personas de la boda siguiente que actuaran de testigos y, en agradecimiento, les dieron sendas botellas de buen whisky de malta.
Louise se había puesto un vestido de seda salvaje, de un color al que el dependiente personal en Harvey Nichols se había referido como «ostra», aunque a ella le parecía simplemente gris. Pero era bonito sin resultar recargado y mostraba sus estupendas piernas. Patrick había encargado flores, pues Louise no se habría molestado en hacerlo: un anticuado ramo de rosas de color rosado para ella y capullos del mismo tono para su ojal y el de Archie.
Un par de años atrás, no mucho después de conocer a Patrick y cuando el comportamiento de Archie estaba en su fase más preocupante, Louise se había sometido a terapia, algo que había jurado que no haría jamás. Nunca digas nunca jamás. Lo hizo por Archie, pensando que los problemas de su hijo debían de ser consecuencia de los suyos, que si conseguía ser una madre mejor la vida de él mejoraría. Y lo hizo también por Patrick, porque él parecía representar para ella una oportunidad de cambiar, de convertirse en una persona como las demás.
Se trataba de terapia cognitiva conductual que no hurgaba demasiado en las turbias aguas de su psicopatología, gracias a Dios. El principio básico era que debía aprender a evitar todo pensamiento negativo, lo que le
permitiría tener una actitud más positiva ante la vida. La terapeuta, Jenny, una mujer con buenas intenciones y algo hippy que tenía pinta de haberse tricotado a sí misma, le dijo que imaginara un sitio donde pudiese meter todos sus pensamientos negativos, y Louise había escogido un cofre en el fondo del mar, de esos que les encantaban a los piratas en los cuentos, con tapa convexa y bordes de metal, acolchado y con cerradura para mantener a buen recaudo no un tesoro, sino los pensamientos que no le eran de ayuda.
Cuanto más detallada fuera la imagen, mejor, dijo Jenny, de modo que Louise añadió corales y conchas a la arena gruesa, percebes que colgaban de los costados del cofre, peces y tiburones curiosos que lo husmeaban, langostas y cangrejos correteando por encima, montones de algas que se mecían en la corriente. Se convirtió en una experta en candados y llaves y podía visitar su mundo submarino en un abrir y cerrar de ojos mental. El problema fue que cuando hubo encerrado todos sus pensamientos negativos en el fondo del mar no quedó nada, ni el más mínimo pensamiento positivo.
—Supongo que sencillamente no soy una persona positiva —le dijo a Jenny.
Pensó que la terapeuta protestaría, que la atraería a su maternal y tricotado regazo y le diría que solo era cuestión de tiempo (y dinero) que se la pudiese arreglar. Pero Jenny se mostró de acuerdo con ella:
—No, supongo que no.
Dejó de acudir a la consulta y no mucho después aceptó la proposición de Patrick.
Archie estudiaba ahora en Fettes. Dos años antes, a los catorce, había estado a punto de meterse en algo feo; solo habían sido unos cuantos robos de poca importancia, faltas de asistencia al colegio y problemillas con la policía (oh, vaya ironía), pero ella supo, porque lo había visto suficientes veces en otros adolescentes, que si no se cortaba de raíz, no se trataría de una mera fase, sino de una forma de vida. Por suerte él estaba dispuesto a cambiar, o de lo contrario no habría funcionado. Louise utilizó el seguro de vida de su madre para pagar la exorbitante matrícula, «así la vieja bruja borracha habrá servido por fin para algo». La escuela era la clase de sitio en contra del que Louise se había manifestado toda su vida de revolucionaria:
privilegios, perpetuación de la hegemonía dominante, bla, bla, bla. Y ahora lo suscribía todo porque el bien común no era un argumento que ella fuera a esgrimir cuando se trataba de su propia sangre.
—¿Qué pasa con tus principios? —le preguntó alguien.
—Archie es mis principios —respondió.
La apuesta había dado sus frutos. En dos años Archie había pasado de gótico a empollón rarito (su verdadera vocación desde el principio) en un único movimiento relativamente fácil, y ahora rondaba con sus colegas empollones y raritos por el club de astronomía, el club de ajedrez, el club de informática y Dios sabía qué otras actividades que a ella le parecían completamente extraterrestres. Louise tenía un posgrado en literatura y estaba segura de que, de haber tenido una hija, habrían mantenido estupendas charlas sobre las Brontë y George Eliot. (¿Mientras qué?
¿Mientras horneaban pasteles y se maquillaban la una a la otra? Pon los pies en el suelo, Louise.)
—No es demasiado tarde —dijo Patrick.
—¿Para qué?
—Para un bebé.
Louise sintió que la recorría un escalofrío. Alguien había abierto una puerta en su corazón y había dejado entrar el viento del norte. ¿Quería Patrick un hijo? No podía preguntárselo, no fuera a decir que sí. ¿Iba a seducirla hasta conseguirlo, como la había seducido para que se casara con él? Ella ya tenía un hijo, un hijo que llevaba en el corazón, y no podía recorrer otra vez esa escarpada senda.
Toda su vida había sido una lucha.
—Ha llegado el momento de parar —le dijo Patrick, masajeándole los hombros tras un día de trabajo especialmente agotador—. Entrega las armas y ríndete, tómate las cosas tal como vengan.
—Deberías haber sido un maestro zen —respondió ella.
—Lo soy.
No esperaba llegar a los cuarenta y encontrarse de pronto con una familia con dos coches, viviendo en un piso caro y llevando encima una roca del tamaño de Gibraltar. La mayoría de la gente lo vería como una
meta o una mejora, pero Louise se sentía como si se hubiese internado en la carretera equivocada sin darse cuenta. A veces, en sus momentos más paranoicos, se preguntaba si Patrick se las habría apañado de algún modo para hipnotizarla.
Al mudarse, había cambiado su póliza de seguros y una mujer al otro lado de la línea telefónica le hizo todas las preguntas de rigor —antigüedad del edificio, cuántas habitaciones, existe ya un sistema de alarma— antes de preguntar si tenía «joyas, pieles o escopetas en la casa», y por un momento, Louise había sentido una emoción inesperada al imaginar una vida que contuviese esos elementos. (Por algo había empezado, tenía la joya.) Era obvio que se había equivocado de camino, compartimentándolo todo con pulcritud, sentando la cabeza, cuando lo que de verdad deseaba era estar en algún sitio por ahí fuera, llevando la vida del proscrito, cubierta de joyas y pieles y empuñando una escopeta. Ni siquiera la idea de las pieles le preocupaba demasiado. Era capaz de dispararle a algo, desollarlo y comérselo; le parecía mejor que la insensible distancia entre el matadero y los paquetes blandos y pálidos de la sección de carnicería de Waitrose.
—No —le dijo a la mujer de la compañía de seguros, recuperando la sensatez—, solo mi anillo de compromiso.
Una alhaja de segunda mano que valía veinte mil libras. Véndela y echa a correr, Louise. Corre, deprisa. Joanna Hunter había sido corredora (¿lo era todavía?), campeona de atletismo en la universidad. Una vez había corrido y eso le salvó la vida. Luego quizá había querido asegurarse de que nadie iba a atraparla jamás. Louise había visto el tablón en la cocina de los Hunter, los pequeños trofeos y recuerdos cotidianos de una vida: postales, certificados, fotografías, mensajes. Por supuesto, no había nada sobre el suceso que debía de haber conformado su existencia entera; el asesinato no era algo que uno anduviese clavando en el corcho de la cocina. Alison Needler, en cambio, no corrió. Ella se escondió.
Ahora casi no veía a Archie. Había decidido quedarse interno entre semana porque prefería vivir en una escuela que con su madre. Los fines de semana buscaba la compañía de los mismos chicos con los que estaba de lunes a viernes en la escuela.
—Deja ya de preocuparte —le dijo Patrick—. Tiene dieciséis años, está desplegando las alas.
Louise pensó en Ícaro.
—Y aprendiendo a volar.
Pensó en el pájaro muerto que había encontrado al salir de casa el fin de semana. Un mal presagio. Un pequeño gorrión macho abatido por un niño con arco y flecha.
—Tiene que hacerse mayor.
—No veo por qué.
—Louise —dijo Patrick con suave insistencia—. Archie es feliz.
—¿Feliz?
Feliz no era una palabra que ella hubiese empleado para referirse a Archie desde que era pequeño. Qué maravillosa y alegremente libre de ataduras había sido Archie entonces. Louise pensó que sería así para siempre, no comprendió que la felicidad de la infancia se evapora, porque ella nunca conoció la felicidad de niña. De haber sabido que Archie no iba a ser para siempre aquel niño risueño e inocente, habría atesorado cada instante. Ahora podría disfrutarlo de nuevo si quisiera. El viento del norte aulló. Louise cerró la puerta.
Regresaba de una reunión con los policías de Amatista en el centro comercial Gyle. Así fue como conoció a Alison Needler, seis meses antes de los asesinatos. Durante unos meses, a Louise la destinaron a Amatista, a la Unidad de Protección Familiar. David Needler, desobedeciendo la orden de alejamiento, se había apostado en el jardín de la familia, en Trinity, donde amenazaba con prenderse fuego con sus hijos, mientras su ex esposa miraba por la ventana del piso de arriba. Cuando Louise llegó, pisándole los talones al vehículo de respuesta inmediata, la hermana de Alison, Debbie, increpaba a su cuñado desde el umbral. («Una descarada, nuestra Deb», según Alison. Y bien que había pagado por ello.) Lo estaba provocando, quizá, más que increpando. («Vamos, adelante, cabrón, veamos cómo te prendes fuego».)
Al día siguiente, en los tribunales, David Needler recibió una amonestación y se le dijo que obedeciera la orden y permaneciera alejado de su familia. Y eso hizo, hasta que seis meses después volvió con una escopeta.
Louise entró en el aparcamiento en Howdenhall. Pasaría un momento por la comisaría, recogería su coche y se marcharía en cinco minutos. Tenía tiempo de sobra.
—Ha llegado el informe definitivo del forense, jefa —le dijo su jovencísimo ayudante, el detective Marcus McLellen, tendiéndole una carpeta—. Como suponía, el incendio del salón de juegos recreativos había sido sin lugar a dudas fruto de una tendencia pirómana.
A los veintiséis años, Marcus tenía una licenciatura en periodismo por Stirling (¿y quién no?) y una mata de pelo que habría estado a la altura de la de Shirley Temple de habérselo dejado crecer en lugar de cortárselo, con mucha sensatez, a lo astracán. Era jugador de rugby y en una ocasión Louise lo había animado hasta quedarse ronca, temblando de frío un sábado por la mañana (una gran válvula de escape para la agresividad, descubrió), algo que nunca había podido hacer por el enclenque Archie, con su fobia a los deportes.
El bautismo de fuego de Marcus tras dejar el uniforme fue el caso Needler, y lo había llevado mejor de lo que ella esperaba. Era un chico dulce, un verdadero querubín, tan recto como una carretera romana, más duro de lo que parecía y siempre alegre. Como Patrick. ¿De dónde salía toda aquella alegría, la mamaban con la leche de su madre? (Pobre Archie, entonces.)
Había acogido a Marcus bajo su tutela, como una gallina clueca. Nunca hasta entonces se había sentido maternal con nadie con quien trabajara, y era una experiencia perturbadora. Debía de ser cosa de la edad, concluyó.
Pero ¿Marcus? Era un nombre extrañamente latino para alguien nacido en Sighthill. («Una madre ambiciosa, jefa —explicó él—. Pero mejor que Titus. O Sextus.») Se había mostrado entusiasmado con el caso Needler, pero ella lo había apartado y destinado a otra cosa. «Para que tengas más
experiencia», le dijo, aunque en realidad no quería que acabase tan obsesionado con Alison Needler como ella. De forma que Marcus trabajaba ahora en el caso de un salón de juegos recreativos que había ardido misteriosamente hacía un par de semanas.
—¿Por el seguro? —especuló Louise—. ¿O por pura malicia? ¿O solo unos gamberros jugando con cerillas?
«Fruto de una tendencia pirómana» era una barroca forma escocesa de referirse a un incendio provocado, cuyo principal sospechoso, en su opinión, iba a ser siempre el propietario. El dinero del seguro era una perspectiva demasiado tentadora cuando uno necesitaba dinero. Veinte mil por un brillante, ¿cuánto por un salón de juegos recreativos? Un salón cuyo propietario no era otro que el marido de la encantadora doctora Joanna Hunter, Neil. («Y ¿a qué se dedica el señor Hunter?», le había preguntado con despreocupación a Joanna Hunter en su visita del día anterior. «Oh, a esto y aquello —había respondido la doctora sin darle importancia—. Neil siempre anda en busca de la siguiente gran oportunidad, es un empresario nato.») A saber qué hacía la encantadora doctora Hunter casada con alguien con intereses comerciales en el triángulo púbico (así lo llamaban) de Bread Street con sus antros de striptease, pubs de mala muerte y bares con espectáculo. ¿No debería estar casada con alguien más respetable, un traumatólogo, por ejemplo?
Según su mujer, Neil Hunter estaba en «la industria del ocio», una expresión que parecía cubrir un montón de posibilidades. En su caso, se trataba por lo visto de dos o tres salas de juegos recreativos, un par de gimnasios (no de especial categoría), una pequeña flota de vehículos privados de alquiler (turismos de cuatro puertas de aspecto deslucido que se hacían pasar por «coches de ejecutivo») y un par de salones de estética, uno en Leith y otro en Sighthill, que no parecían muy recomendables para la salud; estaba casi segura de que Joanna Hunter nunca se había hecho una limpieza de cutis en ninguno de ellos, porque, desde luego, no eran el Sheraton One Spa.
—Ponme al corriente sobre nuestro señor Hunter.
—Bueno, cuando llegó a Edimburgo —explicó Marcus—, empezó con una furgoneta de venta de hamburguesas en Bristo Square. De esa forma, vendía tanto a los estudiantes como a la gente que salía de los pubs.
—Una furgoneta de hamburguesas, qué clase.
—Que ardió hasta el chasis de madrugada, cuando no había nadie dentro.
—Hombre, vaya coincidencia.
—Pasó entonces a un bar especializado en vinos, una cafetería, un servicio de comida preparada, cualquier cosa que le cayera en las manos, en realidad.
—¿Alguno de estos establecimientos acabó ardiendo?
—Sí, el café. Un cortocircuito.
—¿Y el salón recreativo?
—Había un montón de gasolina derramada —explicó Marcus—. No fue una decisión improvisada. La puerta trasera estaba forzada y todas las alarmas se dispararon, pero cuando llegaron los bomberos el sitio ya estaba en llamas.
—¿Y qué se dice últimamente por ahí sobre el señor Hunter?
—Dicen que está limpio —respondió Marcus—. Va un poco a la suya, pero a efectos prácticos es un hombre de negocios legal.
—Así pues, ¿es solo la gente con la que se asocia la que es chunga?
Había visto ya las fotos enviadas por la Comisión de Fraudes, imágenes bien nítidas de Hunter tomando copas a lo largo de las semanas con un tal Michael Anderson, de Glasgow, más toda una serie de parásitos.
—Son su séquito —explicó Marcus—. Mira esos tipos, con caras que solo una madre es capaz de amar.
Se sospechaba que Anderson traficaba con drogas en su ciudad natal, pero estaba tan arriba en la cadena alimentaria en su ático de lujo, que a la policía de Strathclyde le había resultado difícil acusarlo de nada.
—Buenos abogados —dijo Marcus.
—O malos, depende de cómo lo mires.
Los agentes de Fraude pensaban que Anderson se había quedado sin formas de blanquear dinero en Glasgow y que estaba mirando hacia
Edimburgo para utilizar un poco del «esto y aquello» de Neil Hunter, tal como lo expresaba su encantadora esposa. La doctora Hunter llevaba mucho mejor que Louise el título de «esposa».
—¿Cómo se conocieron ustedes dos? —le había preguntado el día anterior, fingiéndose la clase de mujer interesada en anécdotas románticas, que escuchaba Sunday Love Songs de Steve Wright en la radio mientras le llevaba a su marido el desayuno a la cama, y no una terca arpía que probablemente estaba a punto de enviar un informe sobre su marido al fiscal.
Joanna Hunter rió y contestó:
—Lo atendí en urgencias y me preguntó si quería cenar con él.
—¿Y aceptó? —Louise no fue capaz de ocultar cierta incredulidad en su voz.
—No, eso habría sido muy poco ético —respondió Joanna Hunter riendo de nuevo, como si ese recuerdo formara parte de alguna historia divertida muy preciada ( Cómo conocí a vuestro padre)—. Insistió, y acabé por ceder.
«Yo también», pensó ella, pero lo que dijo fue:
—Mis padres se conocieron en unas vacaciones.
—¡Ah, un romance de verano! —exclamó Joanna Hunter, y Louise no dijo que, en realidad, él había ligado con su madre en un bar de Gran Canaria y luego ella nunca consiguió recordar su nombre. Cosa que no importaba en absoluto, puesto que no era el único aspirante al codiciado papel de padre de Louise totalmente ausente.
—¿Qué hacía el señor Hunter en urgencias? —quiso saber.
—Lo habían atacado unos matones.
Propenso a accidentes y frecuentador de malas compañías; todos los indicios estaban ahí desde el principio. ¿Por qué demonios habría salido la encantadora doctora con alguien así?
—Me gustó su energía —explicó ella sin que se lo preguntara. Louise pensó que los perros tenían energía y sonrió.
—Sí —dijo—, eso mismo decía mi madre sobre mi padre.
No le mencionó a Joanna Hunter el incendio en el salón de juegos recreativos. Le pareció poco educado, dada la naturaleza de la noticia que la había llevado a su hogar.
—Llámeme Jo —dijo la doctora.
—No hay nada concreto que relacione a Hunter con ninguno de los tipos de Glasgow —le dijo Louise a Marcus—. Quizá Anderson y Hunter eran amigos en la escuela primaria.
—Bueno, también se dice por ahí que Hunter está al borde de la ruina
—explicó Marcus—. Hace algún tiempo que lo está. Meterse en negocios con Anderson puede ser una forma de mantenerse a flote, pero también puede serlo cobrar el seguro por un gran incendio.
—Hablaré con él —dijo Louise cogiendo el informe.
—¿Jefa?
—¿Qué? ¿No me toca a mí, estando él tan alto en el escalafón? Vive en la esquina de mi casa. Me pasaré un momento mañana, de camino al trabajo. —No dijo «Estoy leyendo la obra de su suegro». Ni, desde luego,
«Me tiene fascinada Joanna Hunter; es mi reverso, la mujer en la que nunca me convertí: la buena superviviente, la buena esposa, la buena madre»—.
Pidámosle una orden judicial al fiscal para hurgar en la documentación sobre Hunter.
—Sí, jefa. —Marcus pareció decepcionado de que le arrancaran el caso de las manos ante sus mismísimas narices.
—Solo voy a hablar con él —lo tranquilizó ella—, luego podrás volver a ocuparte tú. Tengo cierta conexión. Ayer tuve que ir a hablar con su mujer, eso es todo.
—¿Con su mujer?
—Joanna.
La detective Karen Warner entró en el despacho abierto de Louise y dejó caer un montón de carpetas en su escritorio.
—Son tuyos, me parece —dijo, apoyándose en un mueble.
Era un archivador andante, embarazada de ocho meses de su primer hijo y todavía trabajando («Hay que morir luchando, jefa»). Era mayor que
Louise («Primigrávida mayor, ¿no te parece que suena espantoso?»). La maternidad iba a suponer un tremendo shock para ella, pensaba Louise.
Estaba a punto de estrellarse contra la pared a cien kilómetros por hora y preguntarse qué había ocurrido.
Karen estaba aún en el equipo del caso Needler, reducido ahora a la mitad respecto al que había sido seis urgentes meses atrás, y trasladados sus miembros de Saint Leonard a Howdenhall para ocupar un espacio más pequeño. El superintendente de Louise sugirió que había llegado el momento de que ella «se apartara un poco» de ese caso, de que empezara a ocuparse de otros.
—Estás obsesionada con Alison Needler —dijo.
—Ajá —admitió ella alegremente—. Lo estoy. Obsesionarme es mi trabajo.
Karen desenvolvió una barrita Snickers y la mordió, dándose unas palmaditas en el vientre.
—Licencia para comer —le dijo a Louise—. ¿Quieres un poco?
—No, gracias.
Estaba muerta de hambre, pero no había nada que le apeteciera. El matrimonio parecía haber afectado a su apetito, normalmente bueno. Patrick parecía volverse cada vez más sano gracias a él, mientras que ella se desvanecía. En su adolescencia había tonteado brevemente con la bulimia, entre una etapa de autoinfligirse heridas y una temprana afición a las juergas alcohólicas (Bacardí con Coca-Cola, solo de pensarlo ahora le daban ganas de vomitar), pero todas esas cosas le parecieron adicciones de una u otra clase, de modo que las había dejado. En la familia solo había sitio para una adicta y su madre nunca tuvo intenciones de cederle el puesto.
Karen observó el informe sobre el escritorio de Louise.
—¿Es el mismo Hunter? —quiso saber—. ¿Neil Hunter es el esposo de Joanna Hunter? Guau. Eso sí que es una coincidencia.
—¿Debería sonarme el nombre de Joanna Hunter? —le preguntó Marcus a Louise.
—Es la que consiguió escapar —respondió Karen—. ¿Recuerdas a Gabrielle Mason y sus tres hijos? ¿Hace treinta años?
Marcus negó con la cabeza.
—Qué encanto, qué joven eres. Un tipo mató a la madre y a dos de sus hijos en un campo en Devon, Joanna salió corriendo, se escondió y la encontraron más tarde sana y salva. Joanna Hunter, de soltera Mason.
—El hombre al que condenaron por el asesinato se llamaba Andrew Decker —añadió Louise—. Lo declararon capacitado. Si acuchillar a una mujer y sus dos hijos es estar cuerdo, ¿cuál es entonces la definición de demente? Eso hace que una tenga sus dudas, ¿verdad? Y ahora lo van a soltar, ya está fuera, de hecho, y alguien se ha ido de la lengua. La noticia va a estar en todas partes durante al menos…, no sé, unas dos horas.
Llenando las fauces vacías de la prensa. Ayer fui a avisar a a doctora Hunter.
Karen arrugó el envoltorio de Snickers y lo arrojó a la papelera.
—¿Y es una víctima, jefa?
—Buena pregunta —respondió Louise.
Ya era demasiado tarde para ir a Maxwell, podía conseguir unas flores en Waitrose. Todavía tenía tiempo. El tiempo justo. Subió a su coche, un BMW serie 3 plateado, mucho más bonito que el megasensato Ford Focus de Patrick. Era sensato hasta en el coche que conducía.
Y entonces le sonó el teléfono. Durante un segundo dudó si contestar o no. Su instinto, su sexto sentido de policía, le dijo —más bien le gritó— que si contestaba no habría lubina ni suflés horneados dos veces.
Contestó al tercer timbrazo.
—¿Hola?
OceanofPDF.com