Esperando noticias
«La règle du jeu»
Margaret, te lamentas acaso por Goldengrove, que se queda sin hojas, ha llegado el verano, canta fuerte, cuco, había una vez una dama que se tragó una mosca, Adán yace encadenado, encadenado a una promesa, mucho camino que recorrer sin dormir, cinco lobitos tiene la loba. Corre, corre, Joanna, corre. Pero no podía correr porque estaba atada con una cuerda, como un animal. Pensó en los animales que se arrancaban una pata a mordiscos para liberarse de una trampa y trató de romper la cuerda con los dientes, pero era de polipropileno y no lo consiguió.
Sabía que aquel era el lugar oscuro al que siempre había estado destinada a volver. Que te ocurriera una vez una cosa terrible no significaba que no pudiese volver a ocurrirte.
Los hombres solo le hablaban cuando era necesario, pero no parecía importarles que les viera la cara. Tenían cierto aire militar, y se preguntó si serían de las fuerzas especiales. Mercenarios. Pensaba que más valía hablarles aunque ellos no contestaran. A uno, que era un poco más bajo, lo llamaba «Peter» («Lo siento, no sé cómo se llama, ¿le importa si lo llamo Peter?»). Al más alto lo llamaba John («¿Qué me dice de John, le va bien ese nombre?»). Decía «Gracias, John» cuando le llevaban agua o «Muy amable por su parte, Peter» cuando se llevaban el orinal para vaciarlo.
Suponía que acabarían matándola cuando hubiese cumplido su propósito, fuera este el que fuese, pero iba a ponérselo difícil, porque tendrían que recordar que había sido simpática con ellos, los había llamado
por sus nombres, aunque no fueran los verdaderos, y les había hecho ver que era una persona. Y que ellos también lo eran.
Además de agua le daban comida, cosas precocinadas y calentadas en el microondas que normalmente ni habría considerado comer, pero que ahora esperaba con ansia, porque tenía mucha hambre. Le daban potitos de bebé y leche de vaca en una taza, pero Joanna no se los daba al bebé, sino que se los tomaba ella y luego le daba el pecho. También le dieron un paquete de pañales desechables, de la talla equivocada, y una bolsa de basura para meter los sucios, aunque nunca vaciaban la bolsa.
El bebé estaba muy apagado, y suponía que era por la inyección que le habían puesto a ella el primer día y que hizo que se sintiera como con la cabeza de lana; alguna clase de benzodiazepina, o quizá Valium intravenoso. Ella misma se había preparado la vena después de que le pusieran un cuchillo al bebé en el cuello.
Le llevaron unos juguetes, una pelota y una caja de plástico con agujeros de formas distintas en un lado. Cuando metías la pizca correcta en su agujero correspondiente, se encendían unas luces y sonaba un timbre. Se veía que eran cosas de segunda mano y aún llevaban las etiquetas con el precio escrito a mano, como si procedieran de una tienda de beneficencia.
Una y otro no tardaron en aburrirse de los juguetes. La mayor parte del tiempo jugaba a las palmas palmitas con el bebé, le cantaba y le recitaba poemas infantiles y lo movía de aquí para allá para tenerlo entretenido, así como para mantenerlo caliente, porque en la casa no había calefacción. La hipotermia era un problema más inmediato que el aburrimiento. Le habían dado un par de mantas, muy viejas, pero no bastaban. Deseaba tener consigo el inhalador (tenía que esforzarse por permanecer tranquila), deseaba tener la mantita del bebé y que ambos llevaran ropa de más abrigo.
Cuando llegaron para llevársela, estaba cambiándose en el dormitorio.
Oyó a Sadie ladrar como una loca en el piso de abajo y luego unos golpetazos que no comprendió hasta que se dio cuenta de que la perra trataba de echar abajo una puerta para llegar hasta ella. Cogió al bebé y salió a toda prisa al rellano, y entonces los vio.
La cuerda era demasiado corta para llegar a la ventana, pero si se subía a la cama alcanzaba a ver el exterior. Campos, alrededor no había más que campos marrones, yermos por el invierno, iluminados por una luna brillante y fría. No había rastro de otras casas.
El segundo día, Peter le dio un bloc de papel y un bolígrafo y le dijo que le escribiera una nota a «su marido». ¿Qué debía decirle? Que morirían si no hacía lo que le dijesen, respondió Peter. Ella se preguntó qué habría hecho Neil para provocar aquello y qué estaba haciendo para encontrar una solución.
Estudió medicina porque quería ayudar a la gente. Era un tópico pero era verdad (aunque no lo era en el caso de todos los médicos). Quería ayudar a toda la gente que estaba enferma y sufría, de las paperas al cáncer, del abatimiento a la depresión. Si no podía curarse a sí misma, al menos podría curar a los demás. Por eso la había atraído Neil: no necesitaba que lo curasen, era un ser íntegro en sí mismo, no padecía el sufrimiento y la tristeza del mundo, se limitaba a seguir adelante con su vida. No tenía que cuidar de él, no tenía que preocuparse por él. Eso significaba, necesariamente, que convivir con él tendría sus inconvenientes, pero ¿quién era perfecto? Solo el bebé.
Se había pasado los treinta años transcurridos desde los asesinatos forjándose una vida. No era una vida real, sino un simulacro, pero funcionaba. Su vida real se había quedado en aquel otro campo dorado. Y
entonces había tenido al bebé y el amor que sentía por él le había insuflado vida al simulacro y este se había vuelto genuino. Su amor por el bebé era inmenso, mayor que el universo entero. Feroz.
—El tipo para el que trabajamos —dijo Peter— quiere que tu marido le ceda todos sus negocios. Tú eres el precio. Tiene todos los papeles listos para que los firme, todo limpio y legal.
A ella eso le pareció absurdo.
—Pero eso es coacción, cualquier tribunal anulará esos documentos.
El hombre se echó a reír.
—Ahora no estás en tu mundo, doctora.
Ella había confiado en que ese fuera el inicio de una conversación entre ellos, pero el hombre perdió interés y le indicó con la cabeza el bolígrafo y el papel.
—Así que hazlo bien.
Joanna se preguntó si Neil sabía cómo era la gente con la que estaba tratando y decidió que probablemente sí.
—¿Y si no lo hace? —quiso saber—. Si no firma para cedérselo todo a su jefe, ¿qué nos pasará a nosotros?
Pero el tipo se limitó a mirarla como si no estuviese allí.
De manera que escribió: «Si no haces lo que te dicen van a matarnos».
En algún momento de la madrugada del sábado, John la despertó, volvió a darle papel y bolígrafo y le dijo que escribiera algo.
—Lo que sea. El tiempo se te está acabando. —Y salió de la habitación.
Ella escribió con el bolígrafo: «Por favor, tienes que ayudarnos. No queremos que nos maten». Pese a lo que decían de los médicos, ella siempre había tenido buena letra. Puso los palitos a las tes y los puntos sobre las íes y subrayó «Por favor», y cuando John volvió en busca de la nota, le clavó el bolígrafo en el ojo con toda la fuerza que pudo. Le sorprendió que penetrara tan hondo.
Le tomó el pulso. Nada. El bebé seguía dormido. Empezó a sentir pánico; Peter no tardaría en volver. Tenía que estar preparada. Buscó un arma por todo el cuerpo de John, pero no tenía ninguna. Peter llevaba un cuchillo en una funda sujeta al tobillo, se lo había visto cuando se agachaba para dejarle comida en el suelo.
La puerta se abrió.
—¿Qué coño pasa aquí? —exclamó Peter al verla sentada en el suelo con John en el regazo, como una Piedad.
No pudo sacarle el bolígrafo del ojo a tiempo, de modo que le había girado la cabeza hacia ella para taparlo a medias con las manos.
—Le ha sucedido algo —contestó, mirando a Peter—. No sé qué, me ha parecido que se ha desmayado, pero no estoy segura… —Trató de que su tono fuera profesional, como el de una doctora.
Peter se puso en cuclillas y volvió hacia él la cabeza de John, y, mientras lo hacía, ella se levantó, haciendo rodar a John de su regazo al suelo, y arremetió con la base de la palma contra la tráquea de Peter, con todas sus fuerzas. El hombre cayó hacia atrás llevándose las manos al cuello, con ojos desorbitados, y Joanna se le acercó de un salto para arrancarle el cuchillo del tobillo y cortar la cuerda que rodeaba el suyo.
Se agachó a su lado y lo observó. Tenía muchos problemas para respirar, pero no había acabado con él. Joanna notaba su propio aliento entrecortado, con las vías respiratorias constreñidas y silbando. Estaba empapada en sudor pese al frío que hacía en la habitación.
No le dejó ver el cuchillo, pero él se retorció de todos modos, tratando de apartarse de ella.
—Chist —lo tranquilizó, apoyándole una mano en el brazo.
Y entonces, con suavidad para que no lo viera venir, le hundió el cuchillo en la arteria carótida común, en la izquierda. Y luego, por si acaso, se lo clavó también en la derecha, y la sangre manó como si hubiese encontrado petróleo.
El bebé se despertó y rió al verla, y ella le canturreó:
—«El pequeño Tittlemouse en una casita vivía, y en las charcas ajenas pececitos cogía».
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