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Vida y aventuras de Reggie Chase, con una crónica veraz de las fortunas y desventuras, florecimientos y caídas, y de la historia completa de la familia Chase
Vida y aventuras de Reggie Chase, con una crónica veraz de las fortunas y desventuras,
florecimientos y caídas, y de la historia completa de la familia Chase
Reggie metió una cucharada de alguna clase de puré de verduras en la boca del bebé. Menos mal que estaba atado a la trona, porque, de vez en cuando, estiraba brazos y piernas y trataba de lanzarse al vacío como una estrella de mar suicida. «No puede controlar la alegría —le había dicho a Reggie la doctora Hunter, riendo—. La comida lo pone muy contento.» El bebé no tenía manías, y eso que el puré («de boniato y aguacate») olía a calcetines sucios y tenía aspecto de diarrea de perro. Toda la comida del bebé era orgánica y casera: la propia doctora Hunter la preparaba para luego triturarla y congelarla en pequeñas tarrinas de plástico, de modo que Reggie solo tenía que descongelarla y calentarla en el microondas. El bebé tenía un año y la doctora todavía le daba de mamar cuando volvía del trabajo.
«Proporciona muchos beneficios para la salud a largo plazo —decía, para añadir cuando Reggie apartaba la vista avergonzada—: Para eso sirven los pechos.» El bebé se llamaba Gabriel. «Mi ángel», según la doctora.
Reggie llevaba seis meses como «aya» del hijo de la doctora Hunter. Se habían puesto de acuerdo en utilizar ese anticuado término en una entrevista de trabajo, por llamarla de algún modo, pues a ninguna de las dos le gustaba el de «niñera».
—Me suena a vieja gruñona —comentó Reggie.
—Yo tuve una niñera una vez —reveló la doctora—. Era un absoluto espanto.
Reggie tenía dieciséis años y aparentaba doce. Si se le olvidaba la tarjeta del autobús, aún podía viajar pagando la tarifa infantil. Nadie preguntaba, nadie comprobaba nada, nadie reparaba siquiera en ella. A veces se preguntaba si sería invisible. Era muy fácil colarse por las rendijas, en especial si eras menuda.
Cuando le caducó la tarjeta del autobús, Billy le ofreció hacerle otra. Le había hecho ya un carnet de identidad. «Para que puedas entrar en los bares de copas», le dijo. Pero Reggie nunca iba a bares de copas, para empezar, porque no tenía con quién ir; además, con su aspecto, el carnet falso no habría engañado a nadie. La semana anterior, sin ir más lejos, cuando hacía el turno del domingo por la mañana en la tienda del señor Hussain, una mujer le dijo que era demasiado pequeña para llevar maquillaje. A Reggie le habría gustado contestar: «Pues usted es demasiado vieja para llevarlo», pero, al parecer a diferencia del resto del mundo, guardaba sus opiniones para sí.
Reggie se pasaba la vida diciendo «Tengo dieciséis años» a gente que no la creía. Lo absurdo era que, en el fondo, tenía cien. Además, no quería ir a un bar de copas; no les veía sentido al alcohol ni a las drogas. La gente ya ejercía demasiado poco control sobre sus vidas, no les hacía falta perderlo aún más. Pensaba en mamá y en el Hombre-que-vino-antes-de-Gary empinando el codo con vino blanco barato del Lidl y «poniéndose alegres», como le gustaba decir al Hombre-que-vino-antes-de-Gary. Gary tenía dos grandes ventajas sobre el Hombre-que-vino-antes-de-Gary: una, no estaba casado, y dos, no le lanzaba miradas lascivas a Reggie cada vez que la veía. Si mamá no hubiese conocido a Gary, en ese preciso momento
—Reggie miró el reloj— estaría pasando códigos de barras por el escáner y deseando que llegara su hora de descanso de la tarde («Té, una barrita Twix y un pitillo, cariño»).
«¿Quieres un teléfono?», le preguntaba siempre Billy sacándose dos o tres del bolsillo. «¿Wadjyerwan, Nokia, Samsung?» ¿Para qué? Los
teléfonos de Billy nunca funcionaban más de una semana. Parecía más seguro, en todos los sentidos, conservar su móvil prepago de Virgin. A Reggie le gustaba la forma en que Richard Branson había convertido Virgin en una gigantesca marca global, como habían hecho los católicos con la madre de Jesús. Era agradable ver esa palabra por ahí. Reggie estaría muy contenta de morir virgen. La reina virgen, Virgo Regina. Una vestal. La señorita MacDonald decía que a las vestales que «perdían su inocencia sexual» las enterraban vivas. Dejar que se consumieran los fuegos vestales era indicio de impureza, lo que le parecía un poco cruel. ¿En qué clase de neurótica te convertía eso? En especial en una época anterior a las pastillas para encender fuego.
Juntas, habían hecho una rápida traducción de algunas cartas de Plinio.
«Plinio el Joven», puntualizaba siempre la señorita MacDonald como si fuera de crucial importancia no equivocarse de Plinio, cuando, en realidad, no debía de quedar prácticamente nadie sobre la Tierra a quien le importara un rábano cuál era el viejo y cuál el joven. A quien le importara un rábano cualquiera de los dos, y punto.
Aun así, era agradable pensar que Billy estaba dispuesto a hacer cosas por ella, aunque casi siempre fueran cosas ilegales. Había aceptado el carnet de identidad porque era práctico tenerlo a mano cuando nadie se creía que tenía dieciséis años, pero nunca había aceptado el ofrecimiento de la tarjeta de autobús. Nunca se sabía. Podía convertirse en el primer paso en una resbaladiza pendiente que acabara en algo más grande. Billy había empezado birlando caramelos de la tienda del señor Hussain, y no había más que verlo ahora, prácticamente un delincuente profesional.
—¿Tienes mucha experiencia con niños, Reggie? —le preguntó la doctora Hunter en la entrevista por llamarla de algún modo.
—Oh, sí, muchísima. Montones y montones de experiencia —respondió sonriendo y asintiendo con la cabeza para animar a la doctora, a la que no parecía dársele muy bien entrevistar a la gente—. Tengo mucha experiencia, se lo juro.
Reggie no se habría contratado a sí misma. Tenía dieciséis años y ninguna experiencia con niños, aunque sí contaba con estupendas referencias del señor Hussain y de la señorita MacDonald, así como con una carta de Trish, una amiga de mamá, en la que decía que era muy buena con los niños, basándose en el hecho de que, a cambio de la merienda, había pasado un año entero quedándose las tardes de los lunes con Grant, el hijo mayor de Trish y un verdadero tontorrón, tratando de ayudarlo a aprobar las matemáticas de los últimos cursos de secundaria (un caso perdido como no había otro).
En realidad, hasta entonces, Reggie nunca había visto de cerca a un niño de un año, ni a ningún otro niño pequeño, de hecho. Pero ¿qué había que saber? Eran pequeños, estaban desamparados y confusos, y ella podía identificarse fácilmente con esas cosas. Y no hacía tanto que Reggie misma era una cría aunque tuviera un «alma vieja», como le había dicho una vidente. Cuerpo de niña y mente de anciana. Vieja antes de tiempo. No era que creyera en videntes. La mujer que le dijo lo del alma vieja vivía en una casa nueva de ladrillo con vistas a los montes Pentland y se llamaba Sandra.
La había conocido en una despedida de soltera de una amiga de mamá que estaba a punto de embarcarse en otro matrimonio desastroso, y, como de costumbre, Reggie había acompañado a su madre como una mascota. Eso pasa cuando no se tienen amigos propios, la vida social consiste en expediciones para consultar videntes, a salas de bingo, a conciertos de Daniel O'Donnell («Dile a Reggie que se apunte a nuestra juerguecita»). No era de extrañar que tuviese un alma vieja. Incluso ahora que mamá no estaba, sus amigas seguían llamándola para decirle: «Nos vamos de compras a Glasgow, Reggie, ¿te vienes con nosotras?» o «¿Te apetece ver Hermanos de sangre en el Playhouse?». No y no. Se acabaron nuestras juerguecitas. Ja.
La vidente, Sandra, no era muy sobrenatural que digamos. Secretaria en un bufete, rolliza y cincuentona, llevaba un cardigan rosa con el cuello de chal sujeto por un camafeo de coral. En su cuarto de baño, todos los artículos de tocador eran de la línea Gardenia de Crabtree & Evelyn y
estaban alineados a dos centímetros justos del borde de los estantes, como si aún estuviesen en la tienda.
—Tu vida está a punto de cambiar —le dijo Sandra a su madre. No se equivocaba.
Aun ahora, a Reggie le parecía captar a veces el aroma empalagoso de las gardenias.
La doctora Hunter era inglesa, pero había estudiado medicina en Edimburgo y nunca volvió a cruzar la frontera sur de Escocia. Era médico de cabecera en un consultorio de Liberton, donde pasaba visita a partir de las ocho y media de la mañana, de modo que el señor Hunter hacía «el primer turno» con el bebé. Reggie se ocupaba de él a partir de las diez y esperaba a que la doctora llegase a casa a las dos (aunque solía ser cerca de las tres, «media jornada, pero da la sensación de que es jornada completa», se lamentaba con un suspiro), y entonces se quedaba hasta las cinco, que era la parte del día que más le gustaba, porque estaba con la doctora Hunter.
Los Hunter tenían un televisor de cuarenta pulgadas en el que Reggie veía los DVD de Balamory con el bebé, aunque él siempre se quedaba dormido en cuanto empezaba la música del programa, acurrucado en su regazo en el sofá, como un monito. Le sorprendía que la doctora Hunter dejara que el bebé viera tanta televisión, pero ella decía «Oh, cielos, ¿por qué no? ¿Qué daño puede hacerle, de vez en cuando?». Reggie pensaba que no había nada más agradable que tener a un bebé dormido encima, excepto quizá tener a un perrito o un gatito. Había tenido un perrito una vez, pero su hermano lo tiró por la ventana. «No creo que lo haya hecho a propósito», dijo mamá, pero nadie hace esa clase de cosas sin querer y mamá lo sabía.
Y Reggie sabía que su madre lo sabía. Mamá solía decir: «Billy puede ser problemático, pero es nuestro problema. La sangre es más espesa que el agua». Y también es muy pegajosa. El día en que el perrito salió volando por la ventana fue el segundo peor día de la vida de Reggie hasta el momento. El día en que se enteró de lo de mamá fue el peor de todos.
Obviamente.
La doctora y el señor Hunter vivían en la parte más bonita de Edimburgo, con vistas a Blackford Hill, a mucha distancia en todos los
sentidos de la caja de zapatos en una tercera planta en Gorgie, donde Reggie vivía sola ahora que su madre ya no estaba. En realidad, quedaba a dos trayectos de autobús, pero no le importaba. Siempre se sentaba en el piso de arriba y observaba el interior de las casas mientras se preguntaba cómo sería vivir en ellas. Ahora contaba con la ventaja añadida de ver los primeros árboles de Navidad en las ventanas. (La doctora Hunter siempre decía que los placeres simples eran los mejores, y tenía razón.) Además, podía adelantar un montón los deberes. Ya no iba a la escuela, pero estaba siguiendo el currículo escolar. Literatura inglesa, griego clásico, historia de la Antigüedad, latín. Cualquier cosa muerta, en realidad. A veces, se imaginaba a mamá hablando latín ( Salve, Regina), algo como poco improbable, siendo benevolente.
Por supuesto, no tener ordenador significaba pasarse mucho tiempo en la biblioteca municipal y en cibercafés, pero a Reggie le gustaba, pues en un cibercafé nadie iba a decirle «Regina rima con vagina», como le pasaba en la espantosa escuela pija a la que iba antes. Hasta que el trasto exhaló su último aliento, la señorita MacDonald tenía un Hewlett-Packard antediluviano que le permitía utilizar. Lo había comprado en la prehistoria, con Windows 98 y módem de AOL, lo que significaba que para entrar en internet había que armarse de paciencia.
La propia Reggie estuvo en posesión, por poco tiempo, de un MacBook con el que Billy apareció la Navidad anterior. No había entrado en una tienda a comprarlo, ni mucho menos, el concepto de venta al por menor era ajeno a Billy. Le había propuesto pasar la Navidad con ella juntos («nuestras primeras navidades sin mamá»). Incluso preparó un pavo, y hasta flambeó el pudin con brandy, pero Billy no llegó más que al discurso de la reina y dijo que tenía que «hacer algo».
—¿Qué? —quiso saber Reggie—. ¿Qué puedes tener que hacer el día de Navidad?
Billy se encogió de hombros y respondió:
—Esto y aquello.
Reggie pasó el resto del día con el señor Hussain y su familia, que celebraban una Navidad sorprendentemente victoriana. Un mes después,
Billy entró en casa cuando ella no estaba y se llevó el MacBook porque, obviamente, tampoco entendía el concepto de regalo.
Y había que reconocer que las bibliotecas y los cibercafés eran mejores que el piso vacío. «Ah, un lugar limpio y bien iluminado», comentó la señorita MacDonald. Ese era el título de un relato de Hemingway que le había hecho leer («Un texto fundamental», insistió), aunque no estuviera en el plan de estudios del bachillerato superior, de modo que Reggie protestó:
«¿No sería mejor que leyera algo que sí lo estuviera?, sssssñorita MacDonald?». Alargaba siempre la «s», como si fuera una avispa furiosa (que, por otra parte, era una descripción bastante buena de su carácter).
La señorita MacDonald insistía en que había que leer también sobre «el contexto de las lecturas obligatorias» («¿Quieres ser una chica culta o no?»). De hecho, casi siempre parecía más volcada en ese contexto que en las lecturas en sí. La idea de la señorita MacDonald de documentarse sobre el contexto de una lectura era comparable a coger un avión y comprobar hasta qué punto podías alejarte de ella. La vida es demasiado corta, habría protestado Reggie, solo que probablemente no era un buen argumento para esgrimir ante una mujer moribunda. Había elegido Grandes esperanzas y La señora Dalloway como lecturas obligatorias, y le parecía suficiente con documentarse sobre Dickens y Virginia Woolf (esto es, con leer toda su oeuvre, como insistía en llamarla la señorita MacDonald), incluidas sus cartas, diarios y biografías, sin desviarse por la carretera secundaria de los relatos de Hemingway. Pero cualquier resistencia era inútil.
La señorita MacDonald le había prestado casi todas las novelas de Dickens y las demás las compró en tiendas de beneficencia. Le gustaba Dickens; sus libros estaban llenos de valientes huérfanos abandonados que luchaban por abrirse camino en el mundo. Ella conocía demasiado bien esa senda. También estaba leyendo Noche de Reyes. Reggie y Viola, huérfanas de la tormenta.
La señorita MacDonald había sido profesora de literatura clásica; de hecho, había sido la profesora de clásicas de Reggie en la espantosa escuela pija a la que iba antes, y ahora le daba clases para que pudiera sacarse el bachillerato superior. La capacitación académica de la señorita MacDonald
para darle clases de literatura inglesa se basaba en su afirmación de que había leído todos los libros que se habían escrito. Reggie no lo ponía en duda, pues las pruebas estaban por todas partes en la casa vergonzosamente desordenada de la señorita MacDonald. Podría haber abierto una sucursal de una biblioteca (o provocado un incendio doméstico espectacular) con la cantidad de libros que tenía amontonados por doquier. Poseía asimismo todos y cada uno de los clásicos de la colección Loeb que se habían publicado, en rojo los latinos y en verde los griegos, centenares de ellos apretujándose en su estantería. Odas y epodas, églogas y epigramas. Todo.
Se preguntaba qué sería de todos aquellos preciosos clásicos de Loeb cuando la señorita MacDonald muriese. Suponía que no sería muy educado pedírselos.
Las clases no eran exactamente gratis porque, a cambio, Reggie siempre andaba haciendo recados para la señorita MacDonald, como recogerle recetas y comprarle medias en los British Home Stores, crema de manos en Boots, y «esos pastelillos de cerdo que tienen en Marks and Spencer». Era muy específica con respecto a las tiendas en que una debía comprar. A Reggie le parecía que a una persona a las puertas de la muerte en realidad no debería preocuparle tanto de dónde salían los pastelillos de cerdo.
Probablemente, con un poco de esfuerzo, la propia señorita MacDonald podría haberse agenciado esas cosas por sí misma, puesto que aún tenía su coche, un Saxo azul que conducía como lo habría hecho un chimpancé excitable y miope, acelerando cuando debería frenar, frenando cuando debería acelerar, transitando despacio por una vía rápida, y rápido por un carril lento; más como si estuviera en el simulador de una sala recreativa que en una calle real.
Reggie ya no acudía a la espantosa escuela pija porque hacía que se sintiera como un ratón en una casa de gatos. «Extraescolares, vacaciones y alimentación incomparables.» Había obtenido una beca a los doce años, pero no era la clase de escuela a la que una persona llegaba desde otro planeta sin otra cosa que su cerebro para recomendarla. Una persona que nunca parecía llevar los complementos del uniforme que debía, que nunca contaba con el equipo de deporte adecuado (que, en cualquier caso, era un
desastre absoluto en deportes, con equipo adecuado o sin él), que nunca comprendía el lenguaje secreto de las jerarquías del colegio. Por no mencionar una persona que tenía un hermano mayor que a veces deambulaba ante las puertas de la escuela comiéndose con los ojos a las chicas de buena familia, con sus impecables cortes de pelo. Reggie sabía que Billy tenía tratos con algunos chicos (de buena familia, con cortes de pelo impecables, etcétera), chicos que, pese a estar destinados a seguir el código genético enroscado en sus venas y convertirse en abogados de los tribunales de Edimburgo, andaban consiguiendo drogas recreativas a través del hermano de Reggie Chase. Billy tenía la misma edad que ellos, pero era distinto en todos los demás sentidos.
Con lo que costaba la matrícula, podrían haberse comprado dos coches de lujo por curso; la beca de Reggie solo cubría una cuarta parte, y el ejército pagaba el resto. «Culpabilidad con retraso», decía su madre. Por desgracia, no había nadie para cubrir los extras, esos complementos del uniforme que ella nunca tenía, los libros, los viajes escolares, los impecables cortes de pelo. Su padre era soldado en el Regimiento Real escocés, pero Reggie no llegó a conocerlo. Su madre estaba embarazada de seis meses de ella cuando lo mataron en la guerra del Golfo, abatido por
«fuego amigo». La mayoría de la gente ya estaba fuera del seno materno cuando se topaba por primera vez con la ironía, le dijo un día a la señorita MacDonald.
—Relegada a la historia —respondió la maestra.
—Bueno, todos lo estamos, señorita Mac.
Tanto su madre como ella tenían siempre varios trabajos a la vez.
Aparte de su empleo en el supermercado, mamá planchaba para un par de pensiones, y Reggie trabajaba en la tienda del señor Hussain los domingos por la mañana. Incluso antes de dejar la escuela siempre había trabajado, repartiendo periódicos, en turnos de sábado y cosas por el estilo. Ponía a buen recaudo el dinero en su cuenta de ahorros, después de descontar hasta el último penique del pago del alquiler y las facturas, el móvil prepago y la tarjeta Topshop.
—Tus intentos de llevar la contabilidad doméstica son encomiables —
decía la señorita MacDonald—. Una mujer debe saber cómo administrar el dinero.
Su madre era de Blairgowrie, y, al dejar la escuela, su primer empleo había sido en una fábrica de pollos, controlando una cadena de rosáceos bichos desplumados mientras eran sumergidos en agua hirviendo. Con eso había establecido un listón, porque, a partir de entonces, hiciera lo que hiciese, decía: «No es tan malo como la fábrica de pollos». Reggie suponía que la fábrica de pollos habría sido terrible, porque su madre había tenido algunos empleos de porquería en su vida. Le encantaba la carne —
sándwiches de beicon, estofados, salchichas con patatas—, pero Reggie no la había visto nunca comer pollo, ni siquiera cuando el Hombre-que-vino-antes-de-Gary traía un cubo de esos del Kentucky Fried Chicken, y eso que el Hombre-que-vino-antes-de-Gary conseguía que mamá hiciera casi cualquier cosa. Pero comer pollo, no.
Pese a los aspectos académicos —diez calificaciones máximas en los exámenes del bachillerato elemental—, para Reggie supuso un verdadero alivio cuando falsificó una carta de su madre en la que decía que se mudaban a Australia y que la niña no volvería a la espantosa escuela pija tras las vacaciones de verano.
Mamá se había sentido muy orgullosa cuando obtuvo la beca («¡Tengo un genio de hija! ¡Yo!»), pero una vez que ella ya no estaba, no tenía mucho sentido. Y ya era bastante malo irse al colegio por las mañanas sin nadie a quien decirle adiós, pero volver a una casa vacía sin nadie a quien decirle hola era incluso peor. Jamás habría creído que dos palabras tan simples pudieran ser tan importantes. Ave atque vale.
La señorita MacDonald ya no iba a la espantosa escuela pija porque tenía un tumor creciéndole como un champiñón en el cerebro.
Reggie no pretendía ser egoísta ni nada parecido, pero confiaba en que la señorita MacDonald pudiese prepararla para los exámenes de bachillerato superior antes de que el tumor acabara de devorarle el cerebro. «Nada nuestra que estás en la Nada», solía decir la señorita MacDonald. En realidad, estaba bastante amargada. De una persona moribunda cabía
esperar que se sintiera un poco resentida, pero la señorita MacDonald siempre había sido así; la enfermedad no la había vuelto una persona más agradable, e incluso ahora que tenía la religión, no rebosaba precisamente de caridad cristiana. Podía mostrarse bondadosa en los pormenores, pero no en general. Mamá había sido buena con todo el mundo, eso era lo que la salvaba; incluso cuando era una estúpida —con el Hombre-que-vino-antes-de-Gary o hasta con el propio Gary—, nunca perdía de vista ser buena. Sin embargo, la señorita MacDonald también tenía cosas que la salvaban: era buena con ella y adoraba a su perrita, y esas dos cosas contaban mucho en opinión de Reggie.
A ella le parecía que la señorita MacDonald tenía suerte al haber dispuesto de mucho tiempo para hacerse a la idea de que se estaba muriendo. A Reggie no le gustaba pensar que podías andar por ahí más contenta que unas pascuas y al instante siguiente haber dejado simplemente de existir. Al salir de una habitación, al subirte a un taxi. Zambullirte en las aguas frescas y azules de una piscina y no volver a salir jamás. «Nada y después nada.»
—¿Entrevistó a muchas chicas para este trabajo? —le preguntó a la doctora Hunter.
—Sí, a montones —respondió la doctora.
—Miente fatal, doctora Hunter.
La doctora se ruborizó y rió.
—Es verdad, ya lo sé. Ni siquiera puedo jugar al mentiroso. —Y añadió
—: Pero contigo tuve un buen presentimiento.
—Bueno, siempre hay que hacer caso a los presentimientos, doctora Hunter —concluyó Reggie.
Aunque en realidad no lo creía, porque su madre había hecho caso a sus presentimientos cuando se fue de vacaciones con Gary y mira qué había ocurrido. Y los presentimientos de Billy rara vez lo llevaban a buen puerto.
Podía ser un retaco, pero era un retaco violento.
—Puedes tutearme y llamarme Jo —dijo la doctora.
La doctora Hunter decía que le había costado mucho volver al trabajo y que si de ella dependiera se habría quedado en casa.
Reggie le preguntó por qué no dependía de ella. Pues porque el negocio de Neil pasaba por «un gran bache», explicó la doctora. (Se había llevado
«un chasco» y ciertas cosas habían quedado «en nada».) Siempre que hablaba del negocio del señor Hunter, la doctora entrecerraba los ojos como si tratara de distinguir los detalles de algo que se encontraba muy lejos.
Cuando estaba en la consulta, la doctora Hunter llamaba a casa constantemente para asegurarse de que el bebé estuviera bien. Le gustaba hablar con él y mantenía largas conversaciones unilaterales mientras, al otro lado de la línea, el bebé trataba de comerse el teléfono. Reggie oía decir a la doctora: «Hola, garbancito mío, ¿lo estás pasando bien?» y «Mami no tardará en llegar a casa, pórtate bien con Reggie». O muchas veces le recitaba trozos de poemas y cancioncillas infantiles, parecía conocer centenares y siempre andaba soltando estrofas de repente: «Cinco lobitos tiene la loba» o «Estaba el señor don Gato». Muchas de las que sabía eran típicamente inglesas y a Reggie le resultaban extrañas, pues se había criado con canciones tradicionales escocesas.
Si el bebé estaba dormido cuando llamaba, la doctora le pedía que le pasara a la perra.
—He olvidado mencionarte algo —comentó la doctora al final de la entrevista, por llamarla de algún modo, y Reggie pensó: «Uy, el bebé tiene dos cabezas, la casa está al borde de un precipicio, su marido es un psicópata chiflado», pero lo que dijo fue—: Tenemos una perra. ¿Te gustan los perros?
—Me chiflan. Los adoro. De verdad, se lo juro.
Aunque la perra no pudiese hablar, parecía comprender el contenido de las conversaciones telefónicas («Hola, cachorrita mía, ¿cómo está hoy mi preciosa?») mejor que el bebé, y escuchaba atentamente la voz de la doctora mientras ella sostenía el auricular contra su oreja.
La primera vez que vio a Sadie, Reggie se había alarmado; era un enorme pastor alemán hembra, con pinta de estar vigilando un solar en
construcción.
—A Neil le preocupaba cómo reaccionaría la perra cuando llegase el bebé —comentó la doctora—. Pero pondría mi vida en sus manos, y la del bebé también. Hace más tiempo que conozco a Sadie que a cualquiera con excepción de Neil. De niña tuve un perro, pero murió, y entonces mi padre no me dejó tener otro. Ahora él también está muerto, de modo que eso lo demuestra todo.
Reggie no supo muy bien qué demostraba exactamente.
—Lamento su pérdida —dijo, como decían en las series policíacas de televisión.
Lo había dicho por el perro, pero la doctora Hunter entendió que se refería a su padre.
—No tienes por qué —contestó—. Vivió mucho más de lo que le tocaba. Y llámame Jo.
La doctora Hunter sentía verdadera pasión por los perros.
— Laika —prosiguió—, el primer perro que mandaron al espacio, murió de calor y estrés al cabo de unas cuantas horas. La habían rescatado de una perrera. Debió de pensar que iría a parar a una casa, a una familia, y en cambio la mandaron a la muerte más solitaria del mundo. Qué triste.
El padre de la doctora Hunter seguía viviendo a medias en sus libros —
había sido escritor— y ella decía que hubo un tiempo en que estaba muy de moda («Fue famoso en su época», añadió riendo), pero que sus novelas no habían «aguantado la prueba del tiempo».
—Esto es cuanto queda de él ahora —comentó, hojeando un libro mohoso con el título de El tendero, y añadió—: De mi madre no queda nada. A veces pienso que sería agradable tener un cepillo o un peine, un objeto que ella tocara todos los días, que formara parte de su vida. Pero todo ha desaparecido. No des nada por sentado, Reggie.
—Pierda cuidado, doctora H.
—Miras hacia otro lado y de pronto ya no está.
—Sé de qué habla, créame.
La doctora Hunter había relegado un inestable montón de novelas de su padre al pequeño desván sin ventanas de la casa. En realidad, era un gran
armario, «ni siquiera llega a ser una habitación», decía la doctora, aunque, de hecho, era más grande que el dormitorio de Reggie en Gorgie. La doctora Hunter lo llamaba «el depósito de basura», y estaba lleno de toda clase de cosas con las que nadie sabía qué hacer: un esquí sin pareja, un palo de hockey, una impresora rota, un televisor portátil que no funcionaba (Reggie lo había probado) y un gran número de objetos de adorno que habían sido regalos de Navidad o de boda.
— Quelle horreur! —exclamaba la doctora las veces en que asomaba la cabeza, y le decía a Reggie—: Algunas de estas cosas son realmente espantosas.
Espantosas o no, se resistía a tirarlas porque eran regalos y siempre había que aceptar los regalos.
—Excepto si son caballos troyanos —puntualizó Reggie.
—Pero, por otro lado, a caballo regalado no le mires el dentado —
respondió la doctora Hunter.
—Quizá habría que mirárselo a veces —opinó Reggie.
— Timeo Danaos et dona ferentes —dijo la doctora.
—Totalmente de acuerdo.
Pero los regalos no se aceptaban para siempre, había advertido Reggie, pues cada vez que echaban al buzón una bolsa de plástico para la beneficencia, la doctora Hunter la llenaba con objetos del depósito de basura y la dejaba, sintiéndose un poco culpable, ante la puerta de la casa.
—No importa de cuántas cosas me libre, nunca hay menos —se quejó la doctora con un suspiro.
—Son las leyes de la física —repuso Reggie.
El resto de la casa estaba muy ordenado, y decorado con buen gusto con alfombras, lámparas y distintos adornos. Eran objetos decorativos diferentes de las colecciones de dedales y teteras en miniatura de su madre, que pese al tamaño ocupaban un espacio valioso en el piso de Gorgie.
La casa de los Hunter era victoriana y, aunque disponía de todas las comodidades modernas, aún conservaba las chimeneas, puertas y cornisas originales, un milagro según la doctora. La puerta principal tenía vidrieras de colores, estrellas en rojo, copos de nieve en azul y rosetones en amarillo,
que proyectaban prismas de color cuando el sol incidía en ellos. Había incluso un juego completo de campanillas para el servicio y una escalera trasera que permitía a los criados corretear de aquí para allá sin ser vistos.
—Qué tiempos aquellos —comentó riendo el señor Hunter, pues pensaba que, de haber vivido cuando se construyó la casa, él se habría dedicado a encender la lumbre y lustrar las botas—. Y probablemente tú también, Reggie, mientras que Joanna andaría pavoneándose y dándose aires de grandeza por el piso de arriba, porque su familia era gente de dinero.
—De eso ya no queda nada —explicó la doctora cuando Reggie le dirigió una mirada inquisitiva.
—Por desgracia —añadió el señor Hunter.
—Malas inversiones, facturas de casas de beneficencia, despilfarros en tonterías —enumeró la doctora, como si el hecho de tener dinero y gastarlo no significara nada—. Por lo visto, mi abuelo era rico pero derrochador.
—Y nosotros somos pobres pero honrados —concluyó el señor Hunter.
—Aparentemente —apostilló la doctora.
En realidad, como la doctora admitió un día, sí había quedado algo de dinero, que utilizó para comprar aquella casa «muy, muy cara». «Una inversión» para el señor Hunter y «un hogar» según su esposa.
La cocina era la habitación favorita de Reggie. Su piso entero habría cabido en ella y aún quedaría espacio para unos cuantos elefantes columpiándose si te apetecía ponerlos. Por sorprendente que fuera, al señor Hunter le gustaba cocinar y siempre andaba liado en la cocina.
—Es mi lado creativo —decía.
—Las mujeres cocinan porque la gente necesita comer —comentaba la doctora—. Los hombres lo hacen para lucirse.
Había incluso una despensa, una habitación pequeña y fría, con suelo y estantes de piedra, y una puerta de madera con grabados en forma de corazón en los paneles. La doctora Hunter guardaba allí el queso, los huevos y el beicon, así como las latas de conserva.
—Debería hacer mermelada —decía en verano, con tono de culpa—.
Una despensa como esta pide a gritos mermelada casera.
Y ahora que se acercaba Navidad, comentó:
—Me siento mal por no haber hecho picadillo de frutos secos. O un pastel de Navidad. O un pudin. En una despensa como esta debería haber un pudin envuelto en un trapo y lleno de monedas de seis peniques y amuletos.
Reggie le preguntó a la doctora si estaba pensando en las navidades de cuando era niña, pero ella se apresuró a contestar:
—No, Dios santo, qué va.
Reggie pensaba que a la despensa no le faltaba nada, salvo un poco de orden, quizá. El señor Hunter siempre estaba revolviendo por allí, buscando ingredientes y desordenando las alineadas filas de latas y botes de la doctora Hunter.
La doctora Hunter («Llámame Jo»), que no creía en la religión, que no creía en «ninguna clase de trascendencia que no fuera la del espíritu humano», creía a pies juntillas en el orden y el buen gusto.
—Morris dice que uno no debe tener nada en casa a lo que no le encuentre utilidad o no le parezca hermoso —le dijo a Reggie mientras llenaban un bonito jarrón («Worcester») de flores cogidas del jardín.
Reggie pensó que se refería a alguien llamado Maurice, un amigo probablemente gay, hasta que advirtió una biografía de William Morris en la estantería y se dijo que era una tonta porque, desde luego, sabía quién era.
Dos veces por semana acudía a la casa una asistenta llamada Liz que se quejaba de todo el trabajo que tenía que hacer, pero Reggie pensaba que lo tenía bastante fácil, porque los Hunter lo tenían todo bajo control; no eran nazis de las tareas domésticas ni nada parecido, pero conocían la diferencia entre la comodidad y el caos, al contrario que la señorita MacDonald, cuya casa entera era un «depósito de basura», con trastos viejos por todas partes, recibos y bolígrafos, relojes sin llave, llaves sin cerradura, ropa apilada sobre las cómodas, montañas de periódicos viejos, media bicicleta en el vestíbulo, que apareció allí un buen día, por no mencionar la cantidad de libros digna de un bosque. La señorita MacDonald utilizaba como excusa la inminencia del rapto y del segundo advenimiento («¿Qué sentido tiene ya?»), pero en realidad era simplemente una persona poco ordenada.
La señorita MacDonald había «llegado» a la religión (solo Dios sabía cómo) poco después de que le diagnosticaran el tumor. Las dos cosas guardaban cierta relación. Reggie se decía que si a ella la estuviera devorando viva el cáncer, era posible que empezara a creer en Dios, porque sería agradable pensar que allí fuera había alguien dispuesto a cuidar de ti.
Aunque el Dios de la señorita MacDonald no parecía en realidad de los que andaban cuidando de nadie, sino más bien todo lo contrario, alguien indiferente al sufrimiento humano y obsesionado por la destrucción implacable.
La doctora Hunter tenía un gran tablón en la cocina, lleno de toda clase de cosas que le hacían a uno comprender mejor su vida, como un diploma de atletismo que mostraba que antaño había sido campeona del condado, otro que atestiguaba que había cursado hasta octavo curso de piano y una fotografía suya («de cuando era estudiante») sosteniendo en alto un trofeo, rodeada de gente que aplaudía.
—Era buena en todo —comentó riendo.
—Aún lo es, doctora H. —respondió Reggie.
En el tablón había fotografías que reflejaban la evolución de la vida de la doctora, otras de Sadie a lo largo de los años, montones del bebé, por supuesto, así como una de los señores Hunter juntos, riendo bajo algún sol extranjero. El resto del tablón era un popurrí de listas de la compra y recetas («Brownie de chocolate de Sheila») y también recordatorios que la doctora se dejaba a sí misma («No olvides decirle a Reggie que la clase de música para preescolares de este lunes se ha cancelado o que la reunión en la consulta se ha cambiado al viernes por la tarde».) También tenía clavadas todas las citas pendientes: con el dentista, la peluquería, la óptica. La doctora Hunter llevaba gafas para conducir, y la hacían parecer más lista incluso de lo que era. Se suponía que Reggie también debía llevar gafas, pero en ella tenían el efecto contrario, la hacían parecer una absoluta imbécil, de modo que solía ponérselas solo cuando no había nadie a la vista.
El bebé y la doctora no contaban, porque en su presencia podía ser tal cual era, hasta con las gafas.
También había clavadas un par de tarjetas de visita dejadas por el señor Hunter a la vuelta de sus «almuerzos de trabajo», pero en realidad era el tablón de anuncios de la doctora.
La tarde anterior una mujer había ido a ver a la doctora Hunter. Había llamado al timbre dos minutos después de que esta entrara en casa y Reggie se preguntó si habría estado merodeando por allí cerca, esperando a que llegara.
Reggie, con el bebé encajado en la cadera, la hizo pasar a la cocina y fue a avisar a la doctora Hunter, que había subido a cambiarse el traje de chaqueta negro que siempre llevaba para trabajar. Cuando Reggie volvió a bajar, la mujer estaba mirando el tablón de anuncios de una forma que le pareció demasiado impertinente en una extraña. La mujer se parecía un poco a la doctora; tenía el mismo cabello oscuro por encima de los hombros, la misma complexión delgada, quizá era un poco más alta. Y
también vestía un traje de chaqueta negro. No era una vendedora de Avon, eso seguro. Reggie se preguntó si alguna vez en su vida tendría que llevar un traje de chaqueta negro.
La doctora Hunter entró en la cocina. La mujer sacó una tarjeta del bolso y, tendiéndosela, preguntó:
—¿Podemos hablar un momento?
La doctora se volvió hacia Reggie.
—¿Puedes ocuparte del bebé unos minutos, Reggie?
El bebé estaba haciendo lo de la estrella de mar suicida, tendiendo sus bracitos regordetes hacia la doctora, como si le pidiera que lo rescatara de un barco que se hundía, pero ella se limitó a sonreírle, conducir a la mujer a la salita y cerrar la puerta tras ellas. La doctora Hunter nunca ignoraba al bebé, y nunca llevaba a nadie a la salita; siempre sentaba a la gente a la gran mesa de la acogedora cocina. Durante unos instantes, Reggie temió que aquella mujer tuviera algo que ver con Billy. Le revelaría a la doctora que ella era la hermana de Billy, el chico malo, y la echarían a la calle. Nunca había mencionado a la doctora Hunter que tenía un hermano. No es que hubiera mentido, se había limitado a dejarlo fuera de la historia de su vida, que, después de todo, era lo mismo que Billy le hacía a ella.
La perra había tratado de seguirla, pero la doctora le cerró la puerta en las narices sin decirle una palabra, algo inaudito en ella; la desterrada Sadie se sentó ante la puerta y esperó pacientemente. Habría fruncido el entrecejo si un perro hubiera podido hacerlo.
Cuando la mujer se marchó, la doctora Hunter tenía una expresión rara y tensa en la cara, como si tratara de fingir que todo era normal cuando no lo era.
Ahora había una nueva tarjeta en el tablón de anuncios. En ella se leía, grabado en relieve, «Policía de Lothian y Borders», un número de teléfono y un nombre, «inspectora jefe, detective Louise Monroe».
Reggie le dio un yogur al bebé, no uno normal, sino algún tipo de yogur orgánico especial, sin aditivos ni azúcar ni nada artificial. Cuando el niño hubo perdido interés, se lo acabó ella.
Fuera hacía frío y llovía, pero en la cocina se estaba calentito y a salvo.
Todavía no había adornos navideños, solo el calendario de Adviento que habían comprado el día del cumpleaños del bebé, pero Reggie podía imaginar los aromas a pino y mandarina y fuego de leña con los que, sin duda, la doctora llenaría la casa en cualquier momento. Sería su primera Navidad con la doctora Hunter y el bebé y se preguntaba si encontraría algún modo de insinuar pasarla con ellos en vez de sola o con los Hussain.
No era que tuviese nada en contra de los Hussain, pero ellos no eran su familia. Y la doctora Hunter y el bebé sí lo eran.
Sadie esperaba pacientemente junto a la trona. Cada vez que el bebé dejaba caer un poco de comida, lo lamía del suelo. A veces se las apañaba para pillarla al vuelo. Se la veía muy digna para ser una perra que andaba en busca de migajas. («Empieza a hacerse vieja», decía con tristeza la doctora Hunter.)
Reggie le dio al bebé un bastoncito de cereal tostado para que lo mordisqueara mientras lavaba sus cuencos; a mano, porque no se fiaba de meterlos en el lavavajillas. La vajilla del bebé era de porcelana auténtica y con dibujos tradicionales. Sus juguetes eran de buen gusto y madera, nada de cosas chabacanas o ruidosas, y llevaba siempre ropita cara y nueva, nada
heredado o comprado en tiendas de segunda mano. Muchas prendas eran francesas. Ese día llevaba un pelele precioso de rayas azul marino y blancas («su atuendo de marinero», lo llamaba la doctora) que a Reggie le recordaba un traje de baño victoriano. El bebé tenía una alfombra de arca de Noé en su habitación y una lámpara con forma de gran seta roja con topos blancos de cuento de hadas. Sus sábanas estaban bordadas con barquitos de vela y sobre la cama había un cuadrito enmarcado con la fecha de nacimiento y el nombre, «Gabriel Joseph Hunter», bordados en punto de cadeneta azul.
El bebé no le tenía miedo a nada, con excepción de los ruidos fuertes e inesperados (a Reggie tampoco la entusiasmaban) y aplaudía cuando le decías «Haz palmitas», y si le preguntabas «¿Dónde está tu pelota roja?»
gateaba hasta la caja de juguetes y la encontraba. El día anterior había dado sus primeros pasitos, temblorosos pero sin ayuda. («Un pequeño paso para la humanidad es una zancada de gigante para un bebé», decía la doctora.) Sabía decir la palabra «perro» y también «pelota» y «matita», que era como llamaba él a su posesión más preciada, una manta que, antes de nacer, le había comprado la hermana del señor Hunter, de un verde pálido («musgo», según la doctora), para que sirviera para ambos sexos. La doctora Hunter le contó a Reggie que «en realidad» ella sabía el sexo del bebé, pero que no se lo había dicho a nadie, ni siquiera al señor Hunter, porque quería «tenerlo para ella sola lo máximo posible». Ahora, habían recortado la manta verde a la que el bebé tenía un cariño obsesivo para hacerla más manejable. «Es su objeto transicional winnicottiano —comentó la doctora con cierto misterio
—. O quizá se trate de su talismán.»
La semana anterior había sido el cumpleaños del bebé y, para celebrarlo, fueron los tres (sin el señor Hunter, que estaba «muy liado» y dijo que, de todas formas, «Gabriel ni siquiera se entera de que es su cumpleaños, Jo») en el coche a tomar el té a un hotel cerca de Peebles, y la camarera se había deshecho en halagos sobre lo guapísimo que era el bebé y lo bien que se portaba. A él le pusieron un platito de helado de color rosa.
—¡Es el primero de su vida! —exclamó la doctora Hunter—. Imagínate comer helado por primera vez, Reggie.
Al bebé casi se le salieron los ojos de las órbitas de pura sorpresa cuando probó el helado rosa.
—Ah, qué mono —dijo Reggie.
Reggie y la doctora se tomaron entre las dos una bandeja entera de pastelitos.
—Creo que en mi interior tengo una persona gorda que trata de salir —
exclamó Reggie.
La doctora Hunter se rió y a punto estuvo de ahogarse con un éclair de café en miniatura, aunque probablemente no le hubiese pasado nada, porque Reggie le había pedido que le enseñara la maniobra de Heimlich precisamente por si ocurría algo así.
—Soy muy feliz —declaró la doctora cuando se hubo recobrado, y Reggie dijo:
—Yo también.
Y lo estupendo fue que lo eran de verdad, porque resultaba sorprendente la frecuencia con que la gente decía que era feliz cuando no lo era. Como mamá con el Hombre-que-vino-antes-de-Gary.
Eso pasó el primer día del Adviento, y la doctora Hunter dijo que era un bonito día para cumplir años, aunque ella no fuera religiosa. Compraron el calendario de Adviento en Peebles. El pueblo estaba lleno de la clase de tiendas que les gustan a los viejos. A Reggie también le gustaron, y supuso que tenía algo que ver con su alma vieja.
El calendario de Adviento tenía chocolatinas detrás de cada puerta, y la doctora Hunter dijo:
—Pongámoslo en la cocina. Puedes abrir una puerta cada día y comerte una chocolatina.
Y eso fue lo que hizo Reggie, y lo que estaba haciendo en ese momento, reteniendo la chocolatina medio fundida con forma de Papá Noel en el carrillo para que durase más, mientras ponía los platos de Bunnikins del bebé en el fregadero y vertía jabón líquido Ecover en el agua caliente. La doctora Hunter no utilizaba ningún producto que no fuera ecológico, ni detergente en polvo ni jabón para suelos ni nada.
—Más vale no usar productos químicos dañinos en el entorno de un bebé —le decía a Reggie.
El bebé era un bien muy preciado, tan valioso como el objeto más valioso.
—Bueno, tuve que meterme en un montón de líos para conseguirlo —
comentó la doctora riendo—. No fue fácil.
La doctora tenía que andarse con cuidado porque tenía asma («Médico, cúrate a ti mismo», decía), que había heredado de su madre. Además, siempre se resfriaba, según ella porque la consulta de un médico era «el sitio menos saludable de la tierra para trabajar, lleno de gente enferma». A veces, si Reggie estaba muy cerca de la doctora, oía un resuello en su pecho. El aliento vital, le decía la doctora. El bebé no parecía haber heredado los problemas pulmonares de su madre. («Dickens tenía asma», dijo la señorita MacDonald. «Ya lo sé —contestó Reggie—. Me he documentado sobre el contexto.»)
No había evidencia alguna del gran «bache» del señor Hunter. Tenían una casa preciosa, dos coches, una nevera llena de comida cara, y al bebé no le faltaba nada.
Algunas mañanas, cuando Reggie llegaba, el señor Hunter se comportaba como un participante en una carrera de relevos: le tendía al bebé con tanta rapidez que el crío abría mucho la boca y los ojos de puro asombro ante la velocidad del intercambio. Entonces, ella y Sadie oían el fascinante bramido del enorme Range Rover al alejarse de la casa entre el crujir de la gravilla, como si el señor Hunter fuera un conductor fugitivo.
—Por las mañanas, a veces parece un oso —comentaba la doctora entre risas. Vivir con un oso no parecía inquietarla. La traía sin cuidado.
El señor Hunter y Sadie no tenían demasiada relación. Lo máximo que él le decía era: «Apártate, Sadie» o «Baja del sofá, Sadie». La perra
«formaba parte del lote», le contó a Reggie. «Sin Sadie no hay Jo.»
—Quien me quiera a mí, querrá a mi perra —decía la doctora—. El mejor amigo de la mujer.
Timmy, Milú, Jumble, Lassie, Bobby de Greyfriars. El mejor amigo de todo el mundo. Excepto la pobre Laika, la perra astronauta, que no era amiga de nadie.
Otras mañanas, el señor Hunter se quedaba en casa y hacía interminables llamadas telefónicas. A veces, salía al jardín para poder fumar mientras hablaba. Se suponía que no debía fumar, ni dentro ni fuera de la casa, pero las llamadas telefónicas parecían inclinarlo a hacerlo. «No digas nada», le pedía a Reggie guiñándole un ojo, como si la doctora no fuera a oler el tabaco en su ropa o a advertir las colillas entre la gravilla.
Reggie no podía evitar oír al señor Hunter, porque siempre hablaba a voz en grito a la gente invisible del otro lado de la línea. Estaba
«explorando nuevas vías», les decía. Tenía «perspectivas muy interesantes en el horizonte» y «oportunidades que se abrían». Parecía muy desenvuelto, pero en realidad estaba suplicando. «Por Dios, Mark, me estáis sangrando, joder.»
El señor Hunter era guapo, y la suya era una belleza tosca y algo maltrecha, lo que aún lo hacía más interesante que si hubiese tenido un atractivo convencional. La doctora lo había conocido cuando era jefa de admisiones en el antiguo hospital Royal Infirmary, aunque él no era de Edimburgo. El señor Hunter la había cortejado mucho tiempo antes de que
«cediera» y se casara con él. Él se dedicaba a «algo de la industria del ocio», pero Reggie no acababa de entender a qué exactamente.
La doctora y el señor Hunter parecían llevarse bastante bien, aunque en realidad Reggie no tenía con qué comparar su relación salvo con la de su madre y Gary (aburrida) y la de su madre y el Hombre-que-vino-antes-de-Gary (espantosa). La doctora se reía de los defectos del señor Hunter, que nunca parecía irritarla por nada. «Jo es demasiado fácil de complacer para su propio bien», opinaba él. El señor Hunter, por su parte, irrumpía en la casa con un precioso ramo de flores y una botella de vino y saludaba a la doctora con un «Hola, muñeca», como un cómico de Glasgow. Luego le daba un gran beso y a ella le guiñaba un ojo diciéndole: «Detrás de toda gran mujer, hay algún tipo de mierda, Reggie, no lo olvides».
La mayor parte del tiempo, el señor Hunter se comportaba como si ni siquiera la viera, aunque a veces la sorprendía porque estaba muy simpático. En esas ocasiones, le decía que se sentara a la mesa de la cocina mientras él preparaba café y mantenía con ella una conversación algo torpe («Bueno, y ¿cuál es la historia de tu vida, Reggie?»), aunque a menudo antes de que ella empezara a contarle su (nada despreciable) historia, a él le sonaba el teléfono y se levantaba de un salto para caminar arriba y abajo mientras hablaba («Eh, Phil, ¿cómo te va? Me preguntaba si podríamos vernos, tengo una propuesta que me gustaría hacerte»).
El señor Hunter llamaba al bebé «el peque» y lo lanzaba mucho por los aires, haciéndolo chillar de emoción. Decía que estaba deseando que «el peque» pudiese hablar y correr por ahí e ir con él a los partidos de fútbol, y la doctora le contestaba: «Ya habrá tiempo para todo eso. Sácale partido a cada instante, que el tiempo pasa sin que te des cuenta». Si el bebé se hacía daño el señor Hunter lo cogía en brazos y decía «Vamos, hombrecito, estás bien, no ha sido nada», en tono alentador pero no muy compasivo, mientras que la doctora lo abrazaba y besaba y le decía «Pobre bollito mío», que era una frase aprendida de Reggie (quien a su vez la había aprendido de su madre). Cuando le decía palabras y expresiones escocesas, la doctora lo hacía con un acento escocés bastante bueno, de modo que casi parecía bilingüe.
Al bebé le gustaba bastante el señor Hunter, pero adoraba a la doctora.
Cuando ella lo tenía en brazos, no apartaba los ojitos de su cara, como si absorbiera cada detalle para un examen que debiera pasar después.
—Ahora soy como una diosa para él —admitía ella riendo—, pero algún día seré esa vieja pesada que quiere que la lleven al supermercado.
—Qué va, doctora H. Creo que para él va a ser siempre divina.
—¿No deberías haber seguido en la escuela, Reggie? —preguntó la doctora Hunter con un leve ceño en sus bonitas facciones.
Reggie supuso que debía de ser así con sus pacientes. («Debería perder un poco de peso, señora MacTavish.»)
—Sí, debería —contestó.
—Vamos, solete —le dijo Reggie al bebé, sacándolo de la trona para dejarlo en el suelo.
Tenía que vigilarlo en todo momento, porque en un instante estaba sentado tranquilamente tratando de averiguar cómo comerse uno de sus regordetes pies, y al siguiente gateaba en plan comando hacia el peligro más cercano. Su mayor deseo era meterse cosas en la boca y, si había un objeto lo bastante pequeño para ahogarse con él, sin duda iría directo en su busca, y ella tenía que andar siempre vigilando que no hubiese botones y monedas o uvas, que le gustaban especialmente. Había que partirle las uvas en dos, lo que era un verdadero engorro, pero la doctora le había contado el caso de una paciente cuyo bebé había muerto al atascársele una uva en la tráquea,
«y nadie había podido ayudarlo», añadió, como si eso fuera peor que el hecho de la muerte en sí. Fue entonces cuando Reggie le pidió a la doctora que le enseñara no solo la maniobra de Heimlich, sino también cómo hacer el boca a boca, cómo detener una hemorragia y cómo actuar en caso de una quemadura. Y ante una electrocución y un envenenamiento accidental. (Y
ante un ahogamiento, por supuesto.)
—Podrías asistir a un curso de primeros auxilios —dijo la doctora—, pero se pasan un montón de tiempo enseñándote a hacer vendajes innecesarios. Podemos practicar vendajes para muñecas y brazos, e incluso alguno básico para la cabeza, pero no necesitas nada más complicado. En realidad, solo te hace falta saber cómo salvar una vida. —Se llevó a casa un muñeco para prácticas cardiorrespiratorias que tenía en la consulta—. Lo llamamos Eliot, pero nadie recuerda por qué.
Cuando Reggie pensaba en el bebé que se había ahogado con una uva, lo imaginaba taponado como aquella anticuada botella de limonada con una canica en el gollete que había visto en el museo. Le gustaban los museos.
Eran lugares limpios y bien iluminados.
El señor Hunter era muy tranquilo con respecto al bebé. Decía que los bebés eran «prácticamente indestructibles» y que la doctora se preocupaba demasiado, «pero, claro, conociendo su historia, no se podía esperar otra cosa». Ella no sabía nada de la vida de la doctora Hunter (se imaginaba
preguntándole «¿Cuál es la historia de su vida, doctora H.?» y no le parecía adecuado). En realidad, lo único que sabía era que tenía a William Morris en la estantería del salón, mientras que a su propio padre lo había declarado oficialmente basura y vivía en la vieja tienda de curiosidades del desván.
Por su parte, Reggie pensaba que los bebés eran destructibles en extremo, y tras la historia de la uva la había vuelto especialmente paranoica la posibilidad de que el pequeño no pudiese respirar. Pero ¿qué otra cosa podía esperar ella, dada su historia? («La respiración —decía la doctora—. La respiración lo es todo.»)
A veces, tendida en la cama por las noches, Reggie contenía el aliento hasta que pensaba que los pulmones le iban a estallar, para saber qué se sentía, imaginando a su madre bajo el agua, anclada por el cabello, como alguna nueva y misteriosa clase de alga marina.
—¿Cuánto tiempo se tarda en morir ahogado? —le preguntó a la doctora Hunter.
—Bueno, hay una serie de variables, como la temperatura del agua y cosas por el estilo, pero más o menos entre cinco y diez minutos. No mucho.
Más que suficiente.
Reggie dejó los platos del bebé en el escurridero. El fregadero estaba ante una ventana que daba a un campo al pie de Blackford Hill. A veces había caballos en el campo, y a veces no. No tenía ni idea de adónde iban cuando no estaban allí. Ahora que era invierno llevaban encima unas mantas de un verde oscuro y mate, como el de las chaquetas Barbour.
En ocasiones, cuando la doctora Hunter llegaba temprano a casa, antes de que oscureciera, sacaban al bebé y a la perra al campo, y el bebé gateaba sobre la áspera hierba mientras ella perseguía a Sadie, porque a esta le encantaba que fingieras que le dabas caza, y la doctora reía y le decía al bebé «¡Vamos, corre, corre como el viento!» y el bebé se quedaba mirándola, porque, por supuesto, no tenía ni idea de qué era correr. Si los caballos estaban en el campo, permanecían alejados, como si estuvieran huyendo en secreto, lo que sin duda hacían.
Los caballos eran unas bestias grandes y nerviosas y a Reggie no le gustaba la manera en que sus labios se curvaban hacia atrás sobre los enormes dientes amarillos; se los imaginaba confundiendo el excitado puño del bebé con una manzana y arrancándole el brazo de un mordisco.
—A mí también me inquietan los caballos —dijo la doctora Hunter—.
Siempre se los ve muy tristes, ¿no te parece? Aunque no tan tristes como los perros.
A Reggie los perros le parecían animales bastante felices, pero la doctora veía potencial para la tristeza en todas partes. «Qué triste», decía al ver caer las hojas de los árboles. «Qué triste», decía al oír una canción en la radio (Beth Nielsen Chapman). «Qué triste», decía cuando Sadie gemía por lo bajo al ver que ella se disponía a salir de casa. Incluso después del cumpleaños del bebé, cuando habían estado tan contentos, comiendo pasteles y helado rosa, en el coche, de vuelta a casa, la doctora dijo: «Su primer cumpleaños; qué triste, nunca más volverá a ser un bebé».
Para su cumpleaños, Reggie le había regalado al bebé un osito de peluche y un babero bordado en azul con patitos y las palabras «Primer cumpleaños del bebé». Las primeras cosas siempre eran agradables, las últimas no tanto.
Muchas veces, tras uno de sus arranques de tristeza, la doctora Hunter movía levemente la cabeza como si tratara de sacudirse de encima algún pensamiento, sonreía y decía:
—Pero no hay que desanimarse, ¿verdad, Reggie?
Y ella contestaba:
—No, pues claro que no, doctora H.
—Llámame Jo —decía la doctora Hunter, y añadía dirigiéndose al bebé
—: Cinco lobitos tiene la loba, cinco lobitos detrás de la escoba.
Reggie nunca le había dicho a la doctora Hunter que su madre estaba muerta, pues el peso de esa tristeza podría haber sido excesivo para la doctora, incluso sin contarle la forma innecesaria y trágica en que se había ido. Y porque entonces, cada vez que la mirase, la doctora Hunter tendría su expresión triste y eso también sería insoportable. Reggie prefirió inventarse una madre. Se llamaba Jackie y trabajaba de cajera en un supermercado de
un centro comercial al que la doctora Hunter nunca iba. De joven había sido campeona de danza folclórica escocesa (aunque nadie lo diría). Sus mejores amigas se llamaban Mary, Trish y Jean. Siempre andaba planeando la siguiente dieta, tenía el cabello largo (un cabello precioso, lástima que ella no lo hubiese heredado) y decía que iba a tener que empezar a recogérselo porque se estaba haciendo demasiado mayor para llevarlo suelto. Ese año cumpliría treinta y seis, la misma edad que la doctora Hunter. Tenía dieciséis cuando se comprometió con su padre, diecisiete cuando tuvo a Billy y ya era viuda a los veinte. Reggie suponía que estaba bien que lo hubiese hecho todo pronto.
Quedaba fatal en las fotos, y aún más con la cara de mema que ponía siempre que una cámara la enfocaba. Uno de sus dichos favoritos era «Qué mundo este», dicho con afecto, como si el mundo fuera un crío travieso. Le gustaba leer a Danielle Steel y su flor favorita era el narciso, y hacía un pastel de carne muy bueno. De hecho, todas esas cosas eran ciertas. Lo único inventado era el pequeño detalle de que estaba viva.
Cuando limpiaba la encimera, con el rabillo del ojo Reggie vio moverse algo al fondo del campo. El sol apenas había asomado ese día y a esa distancia se hacía difícil distinguir algo más que formas borrosas. No era un caballo, no hacía día para caballos; estarían llevando su misteriosa vida en algún otro sitio. Fuera quien fuese o lo que fuese, parecía corretear a lo largo del seto, un manchón negro. Le echó un vistazo a la perra para comprobar si su instinto canino la alertaba de algo, pero Sadie permanecía sentada estoicamente en el suelo junto al bebé, mientras este trataba de meterse su cola en la boca.
—Me parece que no, señorito —le dijo ella soltándole los deditos de un puñado de pelo y cogiéndolo en brazos.
Fue con el bebé hasta la ventana, pero ya no había nada que ver. El bebé le aferró un mechón de pelo; sus tirones eran terroríficos. «Instinto atávico, supongo —decía la doctora Hunter—. De los tiempos en que yo habría estado saltando de árbol en árbol y la vida de él habría dependido de lo fuerte que se aferrase a mi pelaje.» A Reggie le parecía muy cómico pensar
en la doctora, siempre tan pulcra con el traje de chaqueta negro que se ponía para trabajar, como una primitiva moradora de los árboles. Tuvo que buscar
«atávico». Aún no había tenido ocasión de utilizar el término. Estaba dedicándose a la letra «a» del diccionario, de modo que buscar la palabra le iría bien para su empeño de mejorar su vocabulario.
Últimamente, Reggie se quedaba cada vez más rato en casa de los Hunter, mientras que la doctora parecía pasar cada vez más tiempo fuera de casa. «Está montando algo, un nuevo proyecto», le contó alegremente el señor Hunter. La doctora parecía contenta de que ella estuviera allí. De pronto, miraba por la ventana y exclamaba: «Dios santo, Reggie, ya ha oscurecido, deberías marcharte a casa —pero entonces añadía—: Detesto este tiempo tan espantoso…, ¿nos tomamos otra taza de té?». O «Quédate y cena algo, Reggie, luego te acompaño a casa». Ella confiaba en que la doctora no tardara en decirle algún día «¿Para qué vas a irte a casa, Reggie?
¿Por qué no te mudas a vivir aquí?», y entonces serían una familia de verdad: la doctora Hunter, Reggie, el bebé y la perra. («Neil» en realidad no figuraba en sus ensoñaciones sobre la vida familiar.) En una de esas veladas, a propósito de nada («a propósito de» era otra nueva expresión), cuando estaban bañando al bebé, la doctora se volvió hacia Reggie y dijo:
—En realidad no hay normas.
—¿En serio? —respondió ella, pues le parecía que había un montón, como cortar las uvas en dos o llevar gorro cuando ibas a nadar, por no mencionar separar la basura para los cubos de reciclaje. A diferencia de la señorita MacDonald, la doctora ponía mucho entusiasmo en reciclar.
—No, no me refiero a esa clase de cosas, sino a la forma en que vivimos nuestras vidas. No hay una plantilla, una pauta que se suponga que debemos seguir. No hay nadie observando si lo hacemos bien, no hay una manera correcta de hacerlo, tan solo vamos improvisando sobre la marcha.
Reggie no estuvo segura de entender del todo de qué hablaba la doctora.
El bebé la estaba distrayendo con sus chillidos y chapoteos, como una criatura marina enloquecida.
—Lo que tienes que recordar, Reggie, es que lo único importante es el amor. ¿Me comprendes?
Eso le sonó muy bien a Reggie, un poco a lo Richard Curtis, pero muy bien.
—Alto y claro, doctora H. —contestó, cogiendo una toalla del radiador donde se estaba calentando.
La doctora sacó al bebé del agua, escurridizo como una anguila, y ella lo envolvió en la toalla.
—«Sabemos que cuando la luz se extingue, el brillo del amor permanece» —recitó la doctora Hunter—. ¿A que es bonito? Elizabeth Barrett Browning lo escribió para su perro.
—Para Flush —precisó Reggie—. Virginia Woolf escribió un libro sobre él. Me he documentado sobre el tema.
—Cuando todo lo demás se ha ido, el amor siempre permanece —
concluyó la doctora Hunter.
—Totalmente de acuerdo —respondió Reggie.
Pero ¿de qué le servía eso a una?
De nada en absoluto.
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