Esperaré
Capítulo 12
MADRID. SIN NOTICIAS DE ALFREDO
Primero pasaron los seis meses en los que ya sabía que no iba a tener noticias de Alfredo. A María le costó acostumbrarse a no tener ninguna noticia suya ni recibir sus cartas, pero se consolaba pensando en que pronto estaría de vuelta.
Después siguió pasando el tiempo y seguía sin noticias. Al principio creyó que no tenía que preocuparse, pero con el paso de las semanas había empezado a pensar que algo estaba pasando. Entendía que si salía de Rusia el día en que hacía seis meses exactos desde que lo trasladaron, seguro que tardaría varios días en llegar hasta Málaga, también pensaba que era muy posible que le hubiesen hecho quedar algún día más así que por eso no se preocupó al principio, pero ahora ya hacía varias semanas que tendría que haber regresado.
Pasaron los meses y después el primer año y seguían sin tener noticias, ella estaba cada vez más desesperada. El problema principal con el que se encontraba era que no sabía a dónde acudir. Alfredo terminaba su periodo de seis meses en agosto de 1917. La guerra se había terminado. Alemania había perdido al pedir el armisticio a finales de 1918. Finalmente se decidió a escribir a Quintana en Madrid, pero no obtuvo respuesta.
Insistió una segunda vez pasados unos meses, pero igual que la primera vez, no obtuvo ninguna contestación. El tiempo pasaba lentamente, y ella seguía sin noticias. Llegó a pensar en que Alfredo debía haber encontrado otra mujer y ya no regresaría, pero en la última carta que le había escrito justo antes de salir de Berlín, le prometía que volvería con ella. Confiaba lo suficiente en él como para tener la seguridad de que si quisiese romper con ella se lo hubiese comunicado.
Marta se había casado y en la boda Juan y Lola quedaron muy preocupados al ver el estado de angustia en que se encontraba María. Estaba demacrada a pesar de que para algo tan especial como la fiesta de su hermana se había arreglado con sus mejores ropas.
—María, estoy muy preocupado por ti —le dijo Juan cuando le pudo llevar a un lugar un poco más apartado.
—Si niña —confirmó Lola— estás consumida. Tienes que hacer algo, no puedes seguir así, al final te vas a poner enferma. Ya ha pasado un año del final de la guerra y tú sigues esperando noticias. Si le hubiese pasado alguna cosa ya lo sabríamos. A lo mejor es que ha rehecho su vida y ha decidido no volver.
Ten en cuenta que ha sido mucho tiempo el que ha estado fuera.
Lola, lo decía con todo el cariño y con la mejor de las intenciones. Estaba segura de que esa era la razón por la que no sabían nada y le dolía ver a su cuñada como dejaba escapar el tiempo en una espera que no iba a dar ningún fruto. Ella pensaba que si hubiese muerte sin duda tendríamos noticias ya que el cadáver estaría localizado.
—Seguro que no debe poder volver por alguna razón. Cuando finalmente, sepamos la razón de ese retraso veréis que para todo hay una explicación — dijo Juan para compensar la crudeza con que había hablado su mujer.
—Yo sé que le pasa algo —dijo María—. Si él hubiese encontrado a otra mujer me lo hubiese dicho. Igual que si yo hubiese encontrado a otro hombre.
Siempre hemos pensado que ninguno de los dos podía retener al otro en vano, por eso creo que algo ha pasado. No le hubiese costado escribir una carta para dejarme si esa hubiese sido su intención.
—Pero ¿qué puede haber pasado que lo retenga y lo tenga incomunicado? —preguntó Juan—. Además, tú dices que si hubieses encontrado a otro hombre se lo habrías dicho, pero hoy en día no podrías. Igual él se encuentra en una situación similar.
—No tengo ni idea —le respondió María—. He leído que por toda Europa hay miles de hombres mal heridos y sin identificar esperando en hospitales a que alguien los reclame o los identifique. He escrito al hombre que se lo llevó cuando empezó todo. Un tal Quintana en Madrid. Al principio fue quien me tuvo informada. Cuando Alfredo ya estuvo situado en Berlín la correspondencia me llegaba a través de la embajada y a partir de aquel momento yo ya perdí el contacto con él, con Quintana quiero decir.
—Y ¿no has intentado comunicarte de alguna otra forma? —preguntó Lola cogiéndole cariñosamente la mano quizás para compensar por lo que había dicho antes—. Yo creo que si ese tal Quintana está en Madrid podrías intentar ir a visitarlo. La pena es que yo embarazada no voy a poder acompañarte que si no, aprovecharía y me iba contigo a ver si conseguía animarte un poquito. En Madrid tengo amigos y familia y lo pasaríamos bien.
—Gracias Lola —le dijo María con una leve sonrisa—. No creas que no se me ha pasado por la cabeza, pero no he encontrado el momento de decidirme e intentar ir a Madrid. Tampoco es tan complicado y no creo que haga falta muchos días para ir y volver y hacer alguna gestión en el ministerio.
—Yo te acompaño —dijo Juan espontáneamente—. Dame unos días y a final de mes nos vamos tú y yo. A todos nos puede ir bien. Yo miraré de contactar con algunos conocidos del partido que viven allí y tú puedes aprovechar para intentar recopilar toda la información que tengas.
—Caramba niño —dijo Lola— hace rato que estoy intentando que te decidas a acompañar a tu hermana y pensaba que no te ibas a decidir nunca, captas muy mal los mensajes que no son directos —bromeó Lola.
Todos rieron ante el comentario.
—Ya sabes que tú eres muy rápida y yo soy mucho más lento —dijo Juan a su mujer riendo con resignación— aunque al final también llego a la meta.
Aquilina, la hermana de Lola y su marido Antonio, se habían acercado al grupo hacia el final de la conversación.
—No te preocupes Juan —le dijo Aquilina— nosotros nos encargamos de que Lola este bien y que no les falte de nada durante estos días, además aún falta mucho para que nazca el niño así que te da tiempo de sobras de ir, hacer lo que tengas que hacer en Madrid y volver.
—Por la herrería tampoco te preocupes —dijo Antonio— si quieres yo iré mirando que todo vaya funcionando bien.
Lola, los miró a todos y dijo:
—Ya ves, que queremos que te vayas y ayudes a tu hermana a averiguar alguna cosilla de aquel alemán tan interesante. No puede ser que estemos todos con el alma en vilo esperando y ella consumiéndose. Además, ahora que también se va Marta de casa se va a quedar sola con tus padres y el niño, que cualquier día también se marcha.
—Si hombre vete y ayúdala a resolver este enigma —insistió Antonio que había vuelto a recuperar el humor anterior al viaje a Argentina.
María pasó aquellos días nerviosa, esperando que llegase final de mes para ir a Madrid a ver que conseguían averiguar. Pidió permiso en la escuela y no tuvo ningún problema para conseguir que le dejasen marchar unos días. Era una persona muy querida en su trabajo. Todas las demás colaboradoras y el equipo directivo la admiraban por la manera con la que se desenvolvía en las clases.
Seguía siendo una trabajadora muy responsable y en consecuencia muy apreciada. Durante aquellos días la suplirían sin problemas. Todas debían algún favor a María y era la ocasión para devolvérselo. Algunas de ellas estaban al corriente de una parte de la historia y habían visto cómo a lo largo de los años se había ido consumiendo. Quien más y quien menos sufría por su situación.
Eran ya cinco los años que habían pasado desde que Alfredo se había marchado y también hacía más o menos ese tiempo que María trabajaba con ellas. Los que no conocían la historia no entendían como María seguía soltera.
Era una joven guapa —aunque sin llegar a ser espectacular—, culta y buena persona. Ahora ya empezaba a ser mayor. Ese año había cumplido treinta y dos y pronto no encontraría novio a no ser que fuese un viudo con hijos.
Quien no conocía la historia pensaba que María debía estar esperando a un príncipe azul que no acababa de aparecer. Finalmente llegó el día del viaje y Juan pasó por casa de sus padres para recoger a María. Se acababa el mes y el año 1920 ya estaba muy avanzado. Hacía buen tiempo y estaban a unos seiscientos kilómetros de su destino.
Iban a viajar en tren. Aunque los trenes eran incómodos resultaba la mejor manera de desplazarse hasta la ciudad. Ninguno de los dos iba muy cargado.
Lola había insistido en que se quedasen en casa de su hermano Ramón, pero Juan había decidido alquilar dos habitaciones pequeñas en la Pensión Galaica que estaba en la Gran Vía, cerca de la plaza España y de todos los lugares que podría interesarle visitar.
Prometió a su mujer, que irían a visitar a su cuñado y a su familia. Juan había hablado ya con él para que intentase hacer alguna gestión con anterioridad a la visita, pero no quería causar molestias y también quería tener plena libertad para moverse por la ciudad a su antojo.
Llegaron a Madrid a primera hora de la tarde del día siguiente. El viaje había sido algo más lento de lo que esperaban porque habían tenido algún problema técnico en el camino y el retraso fue considerable.
A la estación de Atocha, llegaban los trenes que venían de Málaga. A María le sorprendió la grandeza del edificio. Era una estación de tren monumental. Ella nunca antes había salido de Málaga y alrededores. Juan ya conocía la ciudad y se dio cuenta de la impresión que le había causado la estación a su hermana.
—Cierra la boca María, que te van a entrar moscas —le dijo riendo—. No te preocupes que buscare tiempo para que conozcas la ciudad, al menos el centro. Ya verás cómo te gusta.
—Me ha sorprendido —le explicó María— no esperaba que la estación fuese un edificio tan grande.
—Ahora vigila tu equipaje. Madrid es una ciudad segura dentro de lo que cabe, pero entre tanta gente también se ocultan rateros y personas sin buena intención. Nosotros venimos de un entorno más seguro y Málaga es mucho más pequeña. Ya no te digo Guadalvalle.
Se dirigieron a la salida y sin mucho esfuerzo pararon un taxi de caballos.
En aquellos días ya convivían los taxis de caballos y los autotaxis. Juan por historia familiar y profesión no dudó a la hora de escoger un vehículo tirado por animales.
Pasaron por el Paseo del Retiro hasta la fuente de Neptuno y a partir de allí tomaron por la Carrera de San Jerónimo. Pasaron por delante del Congreso de los Diputados hasta llegar a la Puerta del Sol y luego continuaron por la calle Montera hasta la Gran Vía.
El taxista había callejeado un poco en su ruta a la pensión siguiendo instrucciones de Juan que quería que su hermana tuviese un primer contacto con el centro de la ciudad.
María, que era una persona instruida, supo apreciar los lugares por los que estaban pasando. Estaba emocionada. De algunos ya había visto fotos o dibujos y de otros tuvo que preguntar a Juan, que encantado se extendió en explicaciones y detalles. En algunos momentos el taxista también se añadía a la conversación. Llegaron a la dirección que Juan había dado al cochero y descargaron el equipaje. Ellos mismos lo subieron hasta el cuarto piso donde se encontraba la pensión.
El lugar era bastante discreto, pero estaba muy bien situado. Era una casa grande y espaciosa y el ambiente era agradable. La gestionaba un matrimonio de Ourense que se había instalado hacía bastantes años en Madrid. Los hijos se habían marchado y a ellos les sobraba espacio así que se decidieron a hacer las reformas pertinentes y se reservaron una pequeña parte de la vivienda para ellos mismos, dedicando todo el resto a pensión. Tenían cinco habitaciones que generalmente estaban ocupadas por pasantes de comercio que llegaban con regularidad desde Barcelona y Bilbao y hacían estancias cortas en la ciudad.
Muchos de ellos eran habituales y periódicamente repetían estancia en fechas concretas. Había ocasiones en que entre los propios huéspedes se conocían y el ambiente era bastante bueno. Doña África no preparaba comidas ya que la cocina que tenía era pequeña y pensaba que ya tenía bastante trabajo limpiando la pensión, pero eso no evitaba que esporádicamente y si realmente simpatizaba con alguno de los clientes, el matrimonio lo invitase a comer o a cenar con ellos.
Generalmente los huéspedes eran hombres y por eso se sorprendió al ver entrar a María, ya que Juan había hecho una reserva de dos habitaciones a su nombre, pero sin especificar quienes eran las personas que se iban a alojar.
Doña África abrió la puerta y les hizo pasar a la recepción. Era una mujer algo mayor, de aproximadamente cincuenta años. Simpática tan solo con verla y algo sobrada de peso. Llevaba el pelo recogido en un moño en la nuca y aquel día iba vestida con un conjunto azul oscuro que le sentaba bien.
La pensión era un piso grande, quizás dos pisos juntos de techos altos y estaba decorada muy de la época, aunque bastante funcional.
—Buenas tardes —saludó Juan—. Soy Juan Martí y esta es mi hermana María Martí. Un familiar vino a hacer una reserva de dos habitaciones a mi nombre.
—Buenas tardes señores. Me alegro mucho de verla por aquí señora Martí —dijo África que conservaba un fuerte acento gallego— y muy contenta de tener una huésped femenina.
—Mucho gusto —le dijo María estrechándole la mano mientras sonreía en respuesta a aquel buen recibimiento.
—A ver, a ver, aquí esta anotada su reserva señor Martí. Hace una semana vino su cuñado en persona y nos pidió dos habitaciones a su nombre. Si me acompañan les llevo a su cuarto.
—Gracias —dijeron a la vez los dos hermanos.
—Veo por ese acento que son ustedes andaluces —dijo África.
—Si —respondió María—. Venimos de Málaga.
—Pues si han llegado hoy deben estar cansados después de un viaje tan largo, así que tomen posesión de sus cuartos, descansen un poquito y así para la hora de cenar podrán salir a dar una vuelta. Ya verá María que la ciudad tiene muchas cosas para visitar —dijo África mientras los dejaba solos en sus cuartos.
Las habitaciones eran contiguas y en la de María había un pequeño cuarto de baño que podían compartir. Al quedarse solos Juan le dijo:
—Es una buena idea que descansemos un poco. Estírate un rato y a eso de las siete vengo a buscarte y nos damos un paseo por el centro y buscaremos algún sitio donde cenar. Yo me voy a dormir un poco.
—A las siete estaré lista para salir —le dijo María— tu descansa y luego nos vemos.
—Te aviso un poco antes de que nos vayamos a ir para que te prepares — dijo Juan.
—De acuerdo —dijo María mientras cerraba la puerta y se quedaba sola María inspeccionó la habitación. Le había caído muy bien la propietaria de la pensión, era muy simpática y la habitación era amplia y muy agradable.
Abrió la puerta del balconcillo y se asomó. Daba justo a la Gran Vía, a su derecha veía los árboles de lo que imaginaba que era la Plaza de España y a ambos lados de su ventana edificios.
Le llamaba mucho la atención el movimiento que había en la calle. Todo era gente que se movía de aquí para allá y vehículos de todo tipo: autos, coches de caballos y tranvías.
Le asustaba un poco todo aquello, pero era adrenalina pura para sus sentidos y estaba muy poco acostumbrada a vivir emociones desde que Alfredo se había ido hacía tanto tiempo.
Decidió hacer caso a Juan y descansar un rato hasta que su hermano viniese a buscarla. Se estiró en la cama, pero no conseguía cerrar los ojos. Sabía que Alfredo no estaba en aquella ciudad, pero le excitaba pensar en el tiempo que él había pasado allí. Él le había explicado algunas cosas sobre Madrid que podría comprobar por ella misma en los próximos días. Ahora era como recuperar un poco de aquellos primeros tiempos de su separación. Cuando volviese a leer las cartas seguro que pondría imágenes a algunos de aquellos lugares. Se sentía más próxima a él.
Al final se quedó traspuesta y fue dormitando, aunque al cabo de poco rato estaba totalmente despejada. Su cabeza no dejaba de dar vueltas pensando en cómo encontrarían una pista para seguir el rastro de Alfredo.
Finalmente, cuando se cansó de estar estirada, decidió que se iba a asear un poco y entró en el cuarto de baño para arreglarse. Más tarde le pareció oír que alguien llamaba suavemente a la puerta. Primero no hizo caso porque creyó que se lo había imaginado, pero al cabo de unos instantes insistieron. No sabía quién podía ser. Si no se equivocaba aún faltaban un par de horas para las siete.
Fue y abrió. Se encontró con África que iba cargada llevando una bandeja con dos tazas de chocolate y unas rosquillas que parecían caseras y recién hechas.
—Perdone el atrevimiento —dijo tímidamente la mujer— quizás le estoy molestando.
—Ni mucho menos —le sonrió María— no puedo dormir la siesta y no sabía qué hacer hasta la hora de salir a cenar.
—He oído que corría el agua en su habitación y estaba haciéndome un poco de chocolate con pastas para merendar y he pensado que a lo mejor le apetecía un poco.
—Por favor, no se quede en la puerta —dijo María invitándola a pasar—. Si ese chocolate sabe tan bien como huele le aseguro yo que me va a sentar la mar de bien —dijo sonriendo.
África entró y dejó la bandeja en una mesita de escritorio que había en la habitación. Cogieron la silla y el taburete que había y se sentaron a merendar.
—Normalmente yo no soy tan entrometida —dijo África excusándose— pero es que casi siempre los huéspedes son hombres y yo me limito a limpiarles la habitación y nada más. Pocas veces me dan conversación. Por una vez que he visto que venía una mujer he pensado que no podía dejar pasar la ocasión de hablar un ratito.
—A mí también me vendrá muy bien hablar un ratito —le dijo María sinceramente— seguro que usted puede contarme muchas cosas de Madrid.
—Pues no crea Usted —le dijo África— normalmente no salgo de la Pensión. La compra me la traen y la verdad es que yo me puedo mover poco de aquí. Cuando he acabado la limpieza de las habitaciones ya tengo que estar preparando la comida para mi marido y la tarde pasa volando. Pero no crea que me quejo. Estoy muy contenta y hemos hecho unos ahorrillos para vivir bien.
Cada año nos vamos a pasar el mes de Agosto al pueblo en Orense y la verdad es que cuando vuelvo estoy como nueva.
—¿Y no tiene ocasión de visitar o pasear por la ciudad? —preguntó María sin comprender como alguien con tanta diversión y alicientes a su alcance no los aprovechaba.
—Si quiere que le diga, con el paso de los años sí que he acabado conociendo bien Madrid, poco a poco, lo que pasa es que es tan grande y cambia tanto y tan rápido que cuando conoces una zona y estás un tiempo sin pasarte por allí y vuelves te das cuenta de que todo es diferente. Nunca acabas de conocerla.
—¿Cómo son los madrileños? —le preguntó
María con curiosidad, mientras mojaba una rosquilla en el chocolate.
—Los madrileños son muy pocos. Te va a costar encontrarlos —le dijo África con una carcajada y tuteándola— en realidad la gente es de todos los sitios. Verás que hay muchos andaluces, extremeños, castellanos, murcianos y como no, gallegos. Llega gente de toda España. Imagino que en todas las ciudades pasa igual. Y a ti ¿qué te trae por aquí? —preguntó la mujer aún a riesgo de ser indiscreta.
—Es una historia un poco larga —le dijo María— aunque en realidad se puede resumir en pocas palabras. He venido buscando información sobre mi novio. Tan simple y tan difícil a la vez.
—¿Y cómo es eso? Acaso vino a trabajar a Madrid y le perdiste la pista —le preguntó África sorprendida por ver en esa situación a una mujer que le parecía tan atractiva e interesante —si es así no hace falta que pierdas el tiempo en alguien que no sabe valorarte.
—No es eso —dijo María—. Mi novio no es español. Durante la guerra su país le reclamó a través del ministerio de Exteriores. En 1917 dejamos de escribirnos por lo que tenían que ser seis meses. Él partía a realizar un trabajo especial. El caso es que nunca más he vuelto a saber de él. Ni bueno ni malo.
Desesperada escribí a la persona que conocía en el ministerio, pero no he recibido respuesta en ninguna ocasión. Aprovechando que mi hermano tiene familiares políticos y contactos en Madrid hemos decidido venir a ver qué podíamos averiguar.
—No quisiera desanimarte —le dijo África con tristeza, pero intentando infundir realismo a aquella conversación— pero si ya han pasado tres años desde que tuviste noticias de él por última vez y además hace un año que acabó la guerra, yo creo que o bien ha muerto o bien ha desparecido. Lamento ser tan directa, pero creo que está un poco difícil que puedas averiguar alguna cosa. Por lo que me cuenta mi marido de lo que lee en los diarios hay millones de muertos por toda Europa.
A María se le llenaron los ojos de lágrimas y se esforzaba en contenerlas.
—Perdóname que sea tan bruta —dijo África, arrepintiéndose de lo que había dicho— no tengo ningún tacto. No quería hacerte llorar.
—No se preocupe —respondió María— en estos años he pensado de todo. Sé que no ha muerto porque por el tipo de trabajo que hacía si hubiese aparecido su cadáver yo lo sabría. Me hubiesen avisado. También sé que no hay otra mujer porque hicimos un pacto de que si durante nuestra separación cualquiera de los dos se cansaba de esperar, lo único que tenía que hacer era romper la relación para que el otro no perdiese la vida esperando a alguien que ya no iba a volver.
—Estás muy segura de tu hombre, que envidia —le dijo África bromeando—. Yo del mío no me fío ni un pelo. Claro que si me has dicho que era extranjero a lo mejor en otros países funcionan diferente. Lo que si me da que pensar es que ha pasado mucho tiempo. Durante la guerra hubo muchos jóvenes que se alistaron con los franceses. Tengo un huésped habitual de Barcelona que me contaba que su hijo se había alistado. Al final de la guerra la mayoría de los que estaban desaparecidos volvieron a aparecer al ser liberados y los muertos fueron debidamente identificados y enterrados.
—Es que mi novio no era del bando de los ganadores. Era alemán y posiblemente no haya tenido la misma suerte.
Ambas se quedaron en silencio mientras siguieron tomándose el chocolate. África, que estaba callada pero no dejaba de darle vueltas al tema le preguntó a María:
—Y ¿Qué hacía un alemán en Málaga?
—Es toda una historia —le respondió María—. Tuvo problemas en su tierra y huyó. Al cabo de un tiempo y tras dar unas cuantas vueltas apareció en Málaga y allí nos conocimos.
—Niña, que vida tan interesante que tienes. Ya verás cómo lo vas a encontrar —dijo finalmente convencida—. Tengo una vecina del pueblo que también vive en Madrid y sabe tirar las cartas. ¿Quieres que le avise y mañana por la tarde le preguntamos si ve algo?
—No, no, por favor —le dijo María con superstición—. Todo esto que le he contado por favor que quede entre nosotras. Estoy un poco desesperada y necesitaba hablar con alguien. No quisiera que cualquier cosa que hiciese yo o cualquier indiscreción por mi culpa pudiesen interferir en algún aspecto en la búsqueda de mi novio.
—Bueno, como tú quieras —le dijo África mientras le acariciaba la mano cariñosamente— pero mi amiga Balbina es muy buena con las cartas y a lo mejor nos puede ayudar. Tan solo tienes que decírmelo y en un abrir y cerrar de ojos yo te la traigo aquí para que nos ayude.
—Muchas gracias —dijo María—. Si veo que nos puede ayudar la avisaré —dijo María sin mostrar mucho interés por el tema.
De pronto sonó el timbre de la puerta.
—¡Santo Cielo! —exclamó África levantándose y recogiendo todo lo que había traído para la merienda— ya está aquí el huésped que me faltaba. Tengo que irme y no te preocupes que no le contaré nada a nadie. Bienvenida a mi casa y espero que tengas muy buena suerte.
Y con la bandeja en la mano salió disparada de la habitación.
A las siete en punto, Juan llamaba a la puerta de la habitación de María.
Ella ya estaba lista para salir a conocer un poco la ciudad. Esperaba impaciente.
La verdad es que no sabía cuál sería el resultado de esta aventura, pero el hecho de estar haciendo algo para encontrar a Alfredo la estaba ayudando a sentirse mejor.
También le sentaba bien salir de Málaga durante unos días. Visitaba una ciudad nueva, llena de monumentos e historia, con gente diferente y desconocida, y eso siempre era interesante.
La conversación con África le había sentado bien. Se había podido desahogar un poco con una persona a la que no conocía de nada y que le había parecido muy simpática, si todas las madrileñas eran así se iba a sentir muy bien allí. No tenía intención de consultar a ninguna bruja, pero nunca se sabe. Si se desesperaba mucho quizás sí que intentaría que quedasen un día y consultarle, aunque tampoco creía mucho en estas cosas.
Juan y María callejearon por el casco antiguo de Madrid. Bajaron hacia la plaza de la Ópera y María no dejaba de sorprenderse con todo lo que veía.
Llegaron a la entrada del Palacio Real y se asomaron para ver el Campo del Moro. Desde allí, caminaron hacia la Plaza Mayor. Juan tenía intención de que cenasen algún plato típico de la ciudad y aquel era el mejor lugar. Había muchas tabernas, tascas y restaurantes en un espacio reducido y sería más fácil poder escoger que es lo que querían tomar.
Juan no dejaba de explicarle a María anécdotas de la ciudad y sus personajes históricos. Conocía bien la historia ya que le gustaba mucho leer. Además, él iba de vez en cuando a la ciudad y ya la empezaba a dominar.
María no dejaba de preguntar y de recopilar información. Ella también había leído mucho y disfrutaba de la historia, pero era la primera vez que se alejaba tanto de Málaga y entraba en un entorno tan diferente al suyo habitual.
De momento lo único que encontraba a faltar en Madrid era el mar. En la zona donde ella vivía de Málaga, el mar estaba siempre presente.
Al final se decidieron por una cena a base de tapas, de tortillas, chorizos fritos y un montón de otras tapas. Acompañaron la cena con una botella de vino tinto. Juan insistía en que cenasen cocido, pero María temía que fuese muy pesado para cenar y más cuando aún no hacía frío, así que al final dejaron el cocido para otra ocasión y se conformaron con una cena más ligera.
Bromearon todo el tiempo con anécdotas de sus vidas y del resto de la familia. Hablaron de sus padres y de sus hermanos. María conocía mejor a sus hermanos menores, aunque desde que Ana se había ido a Guadalvalle era Juan el que estaba más al día de sus cosas. Los líos de Ana daban para escribir un libro.
Hablaron de que sus padres empezaban a ser mayores y de que no sabían cómo iban a estar durante los próximos años. Juan también contó anécdotas sobre la familia de su mujer. Los apreciaba mucho pero siempre le habían parecido un poco estirados. Su cuñado compartía la misma visión, aunque venía de un mundo más fino que él. Había muchas anécdotas divertidas.
Lola era un caso, pero sabía hacerse querer. Desde que le había dado por la pintura cada uno se dedicaba a sus asuntos y vivían mucho mejor. Cuando estaban juntos se explicaban lo que había pasado durante el día. Los niños, desde que Ana estaba con ellos, no eran ningún problema. Estaban mucho más controlados. Faltaba ver que pasaría cuando Ana se casase el año que viene o el otro. De momento parecía que quería quedarse en Guadalvalle y eso era bueno para Juan ya que podría seguir ayudando a su mujer.
Hacia el final de la cena, Juan pasó a explicarle a su hermana el plan para el día siguiente.
—Mañana a las diez, nos esperan en el ministerio. Sé que mi cuñado Ramón ha movido cielo y tierra para conseguir que nos atiendan.
—Tengo que hacerle un buen regalo al hermano de Lola —interrumpió María— nos reservó la pensión y también se ocupó de la entrevista. Se ha portado muy bien conmigo.
—No te preocupes por eso. Es mi familia y entre familia tenemos que ayudarnos —respondió Juan volviendo al tema principal de la conversación —. Le dije a Ramón que habíamos tenido el contacto de un tal Quintana. Poco más sabemos de él. Realmente no sé con quién tenemos que vernos mañana pues quizás el Sr. Quintana ya se haya jubilado o lo hayan trasladado, pero sea como sea Ramón nos ha buscado a alguien que nos va a atender.
—Ojalá que nos pueda ayudar —dijo María esperanzada.
—No te preocupes, viniendo de él ten por seguro que hará todo lo que pueda. No te aseguro que lleguemos a tener pistas mañana mismo o que todo quede aclarado. Lo que estamos buscando es la punta del hilo que nos permita tirar de él hasta que lleguemos a desenredar toda esta historia. Quizás Alfredo tiene problemas y está en algún lugar desde donde no se puede comunicar con nosotros. Quizás está vivo y no va a volver o quizás —dijo haciendo una pausa y mirando de no ser brusco— ha fallecido y no lo han localizado.
—Dios mío —exclamó María— nada parece indicar que por mucho que lo encontremos o queramos ayudarle podamos finalmente hacer algo por él.
Sería mucho peor saber que está atrapado o prisionero y no podemos ayudarle.
Bueno, en realidad ya no sé ni que pensar.
—Es un riesgo que corremos, pero María vamos a ocuparnos de los problemas y sus soluciones y no a preocuparnos por lo que aún no sabemos —le dijo Juan tomando sus manos entre las suyas.
Acabaron de cenar y salieron a caminar un rato por las calles que rodean la Plaza y poco a poco se fueron encaminando hacia la pensión. Cuando llegaron ya eran las diez de la noche.
Saludaron a Ramiro, el marido de África, que los presentó y se dirigieron hacia sus dormitorios. Al despedirse, Juan le comentó a María que la recogería a las ocho de la mañana para poder desayunar tranquilamente y encaminarse hacia el Ministerio.
María pasó la noche muy inquieta e impaciente. Se movía de un lado para otro y durmió despertándose cada poco rato. Se pasó el tiempo contando las horas que faltaban para que amaneciese de una vez.
A las siete se levantó y decidió darse un baño. El pequeño aseo de la habitación no daba para mucho, pero se entretuvo lavándose recreándose y sin prisa.
Luego se arregló ante el espejo. Se cepilló su melena abundante y se pintó discretamente para la situación. Se vistió con su ropa más formal. Quería ofrecer una imagen seria ante el funcionario que les atendiese. Estuvo repasando mentalmente toda la historia con Alfredo. Estaba a explicar todo lo que hiciese falta sin ocultar ninguna información.
A las ocho en punto, Juan la recogió en la habitación. Iba arreglado con su traje oscuro y su corbata de color azul marino. La camisa impecable y blanca. También quería causar una buena impresión.
Cuando pasaron por el recibidor no había nadie, así que directamente se fueron camino de la calle. A pesar de la hora relativamente temprana la ciudad ya se había puesto en movimiento. La gente iba por la Gran Vía como si fuesen las seis de la tarde. Cada uno se dirigía a su puesto de trabajo, a realizar sus compras o a hacer lo que fuese que iban a hacer.
Juan y María se metieron en la multitud y se dirigieron hacia la zona donde estaba el Ministerio de Asuntos Exteriores. En realidad, el ministerio se llamaba oficialmente Ministerio de Estado y por aquellos días el ministro era Salvador Bermúdez de Castro, conservador del mismo partido que Juan aunque no se conocían personalmente.
El ministerio estaba en el Palacio de Santa Cruz en pleno centro de Madrid así que llegaron con una hora de anticipación y sin haber desayunado.
—Vamos a desayunar algo —dijo Juan— seguro que cualquier cosa que tengamos que hacer la haremos mejor cuando no estemos en ayunas.
—No creo que me entre nada en el estómago —le dijo María— de lo nerviosa que estoy, pero si quieres entramos en algún sitio y tú te tomas algo.
Mira, ahí delante hay un bar donde podemos desayunar. Entraron en la cafetería que ya estaba llena de gente. Todo el mundo hablaba a la vez y el escándalo era considerable.
Encontraron en un rincón una mesa vacía. Se sentaron.
—¿Sabes qué? Voy a ir a la barra a pedir —dijo Juan viendo que si no se iban a atrasar mucho—. ¿Qué quieres que te traiga?
—No tengo ganas de comer —le respondió María—. Pídeme un café con leche y ya está.
Juan se fue a la barra y habló con el camarero que le dijo que en un momento se lo servía en la mesa.
—He estado pensando —dijo María— que no tiene ninguna lógica que intente ocultar nada al funcionario que nos atienda. Le contaré toda la verdad sobre lo que me pregunte. —Es una buena idea. Si nos tienen que ayudar, mejor que sepan todo lo que nosotros sabemos. Además, imagino que ellos ya saben todo lo que nosotros podamos explicarles. El camarero llegó con dos cafés con leche y un plato con churros. Juan empezó a desayunar mientras que María removía su café con leche sin probarlo.
—¿Te imaginas que entras en un bar en Guadalvalle?, seguramente dirían que eres una mujer muy fresca.
—No te creas. En Málaga no está tan mal visto, pero la gente no es tan libre como aquí.
Ambos rieron. Era verdad que en su pueblo las mujeres no eran bien recibidas en los lugares donde solían encontrarse los hombres. No pasaba nada si una mujer entraba en una cafetería en Málaga, aunque estaba mal visto que entrase en un bar.
En Madrid parecía como si cada uno fuese a sus asuntos y no se metiesen demasiado en lo que hacían los demás. A las diez en punto atravesaban la puerta del Palacio de Santa Cruz. En la puerta un guardia les preguntó a dónde iban y Juan le explicó que tenían una cita. Dio su nombre. El guardia entro al interior del Palacio —imaginaron que a consultar— y al cabo de un momento regresó.
—Pasen por favor, les están esperando. Siéntense en el recibidor de su derecha y en unos minutos les vendrán a buscar.
El guardia regresó a su puesto. Pasaron los dos y siguieron sus instrucciones y esperaron. Al cabo de cinco minutos apareció una jovencita de unos veinte años, muy extremada y con una gran sonrisa. Entró en la sala y preguntó:
—¿El señor Juan Martí? —saludó con una amplia sonrisa.
Juan se levantó y le dijo:
—Yo mismo, para servirle.
—Mi nombre es Jacinta Luque —dijo estrechándole la mano—. Usted es la señorita María Martí ¿no? —dijo dirigiéndose a María y extendiéndole también la mano.
—Sí —dijo María nerviosa— mucho gusto.
—Pero no esté nerviosa —le dijo Jacinta que se había dado cuenta—. Nosotros vamos a hacer todo lo que podamos por ustedes. De momento acompáñenme que les están esperando.
Atravesaron varios pasillos y tomaron la escalera hasta el piso superior.
El palacio por dentro era una maravilla. Realmente la situación del país sería la que fuese, pero en aquel palacio no faltaban los cuadros y los adornos. Tenía una decoración que parecía un museo de tantas obras de arte como había por todos los lados.
Había bastante gente trabajando en las salas que iban quedando a derecha e izquierda y Jacinta con su simpatía iba saludando a todo el que se encontraba.
Parecía que la joven era muy popular en el ministerio.
Cuando llegaron a una sala que parecía que era el lugar en que les aguardaban, Jacinta les indicó que se sentaran y que en un momento volvía a recogerlos y se alejó por una puerta que estaba al fondo de la sala.
Transcurrieron unos cinco minutos más, que a María le parecieron eternos cuando se volvió a abrir la puerta. Un hombre de poco más de cuarenta años salió y se dirigió hacia ellos.
—Buenos días —sonrió y extendió la mano— soy Javier Mateo.
—Buenos días —respondió Juan—. Yo soy Juan Martí y ella es mi hermana María.
—Acompáñenme por favor.
Juan y María siguieron a Javier Mateo dentro del despacho.
Aquel hombre debía ser alguien importante en el ministerio ya que su despacho era bastante más grande y lujoso que los que habían visto al pasar. El hombre parecía amable y sin duda simpático. Mateo conservaba la pinta de galán que había tenido en el tiempo que había vivido en Berlín.
Les invitó a tomar asiento y le pidió a Jacinta que fuese tan amable de traer algo de beber a los señores. Jacinta salió del despacho cerrando la puerta.
En ese momento Juan empezó a hablar.
—Señor Mateo, antes que nada, quisiera agradecerle su amabilidad por recibirnos y por regalarnos parte de su tiempo —dijo Juan mostrando cortesía.
—No se preocupe Señor Martí, ese es mi trabajo, pero además soy buen amigo de su cuñado Ramón Maura. Es un placer poderles ayudar o como mínimo intentarlo.
—Gracias por su amabilidad —le dijo María, que de momento se mantenía en un segundo plano.
—Yo no quisiera engañarles —dijo directamente Javier Mateo—. Es totalmente cierto lo que les decía de su cuñado Ramón, somos muy amigos, pero además de eso debo decirles que no es una casualidad que sea yo quien les reciba. Les explicaré. Estoy al corriente de toda la historia de Alfredo Estrella.
A María el corazón le dio un vuelco. Juan se recolocó en la silla.
—Bueno —dijo Javier Mateo al darse cuenta de que aquello que acababa de decir invitaba a crearse falsas expectativas— me he expresado mal. Conozco buena parte de la historia. Por desgracia no conozco el final. Ya ha pasado un tiempo prudencial desde que le perdimos el rastro y los intereses que teníamos en aquellos momentos han evolucionado y ya no son los mismos. Ahora podemos explicarles más detalladamente la información de que disponemos y darles alguna explicación. Confío en que todo lo que hablemos en esta sala se quedará en esta sala y que nunca va a trascender, por ejemplo a la prensa, ya que podría ser perjudicial para todos.
—Por supuesto —dijo Juan comprometiéndose— todo lo que hablemos aquí es privado y como usted ya debe saber hemos sido siempre muy comedidos en nuestras explicaciones y nadie más que nuestro círculo íntimo de familiares sabe la realidad de la historia del prometido de mi hermana — mintió Juan ya que la historia era conocida por bastante gente.
María dejó que Juan hablase. Ella estaba concentrada en retener cada una de las palabras de aquella conversación. Pensaba que sería más fácil que Juan obtuviese información que ella. Javier Mateo prosiguió.
—La verdad es que cuando llegó aquí Ramón Maura pidiendo una entrevista con Quintana a mí me sorprendió un poco. Como amigos que somos aprovechó la visita para verme y estuvimos hablando del tema. Ramón no sabía mucho, pero las pistas que me dio fueron suficientes.
Hizo una pausa.
—Quintana murió hace unos años.
María no se esperaba esa noticia y por supuesto Juan tampoco, aunque Juan nunca lo había llegado a conocer. Eso explicaba que no respondiese a las cartas de María.
—Fue en una misión. Lo enviamos a Londres a realizar unas gestiones y el barco en que viajaba fue atacado y hundido por los alemanes. Son cosas que pasan. De todas formas, el mundo es un pañuelo y a veces las cosas no pasan por casualidad. Durante la guerra yo estuve de agregado para información en la Embajada española en Berlín.
María se quedó lívida. La sangre le abandonó las mejillas. Delante de ella tenía un vínculo con su amado.
—¿Conoce usted a Alfredo? —se decidió a preguntar.
—Si señorita Martí. Durante el tiempo que yo estuve de agregado de información en Berlín fui su superior directo. Conocí bastante bien a Alfredo y en alguna ocasión me habló de usted.
A María le vinieron cientos de emociones a la vez a la cabeza y Juan le cogió de la mano disimuladamente para calmarla.
—Por lo poco que yo pueda saber se le veía enamorado —intentó tranquilizarla él—. Alfredo, era consciente de que estaba pagando una deuda teórica a cambio de una situación civil y en consecuencia actuaba. Era un buen trabajador, quizás el mejor ayudante que tuve durante aquellos años.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Juan al ver que a aquel hombre le costaba llegar al grano.
—La verdad es que tuvo mala suerte. Un buen día desde el Ministerio de Exteriores de Alemania empezaron a presionarnos. Querían enviar a alguien a retrogrado en Rusia. Sabían que la revolución estaba a punto de estallar y jugaban a imaginar que Rusia saldría de la guerra y Alemania ganaría en cuatro días. La presión fue tan alta que tuvimos que buscar a alguien que pudiésemos enviar sin problemas. Alfredo tenía el perfil perfecto. Era alemán, así que a los alemanes les costaba creer que les pudiese traicionar. Estaba sometido a un chantaje por parte de las autoridades españolas. Era buen trabajador y tenía facilidad para los idiomas. Había empezado a estudiar ruso siguiendo nuestras indicaciones.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó María— hasta ahí tenía la información directamente por él mismo. ¿No era muy arriesgado enviarlo a Rusia con la Revolución a punto de empezar? —dijo inquisitiva.
—Lo enviamos a Petrogrado con una función concreta. No hubiese corrido ningún riesgo si no hubiese empezado la revolución. Ahora que sabemos cuándo y cómo empezó podemos pensar que era peligroso, pero en aquel momento no lo pensamos. Nadie creía que iba a pasar todo aquello tan rápido. De haberlo sabido lo hubiese hecho salir de allí antes de que todo aquello se descontrolase. Sobre su función yo no puedo decirles nada porque realmente no sé nada. En principio el trabajo era solo por seis meses, pero sé que durante las revueltas de marzo de 1917 le perdieron el rastro. A partir de aquel momento todo se aceleró y no conozco más de la historia. Durante unos segundos todos quedaron en silencio.
—¿Sabe qué podemos hacer? —preguntó Juan—. A lo mejor alguna organización internacional como la Cruz Roja nos puede ayudar a buscarlo.
—La verdad es que no tengo mucha idea. Por aquellos días, yo estaba casado con Katharina que era alemana. Me abandonó de la noche a la mañana y se llevó a mis hijos. Por lo que he sabido se fue a los Estados Unidos y hoy en día viven en Texas en muy buena situación económica. Yo me había convertido en una vergüenza para las autoridades españolas y para mi familia así que me propusieron volver a Madrid y no me lo pensé. Estaba cansado de tanta guerra y de pasar hambre así que hoy en día estoy encantado de estar aquí. En aquel momento perdí todo el contacto con Alemania.
—Ya veo —dijo Juan mostrando poco interés por la historia personal de Javier Mateo—. Ahora sabemos que al menos hasta que empezó la revolución estaba vivo.
—¿Y nada más? —preguntó María enfadada, pero controlándose para no ponerse a gritarle—. ¿Lo envían a un lugar peligroso y le pierden el rastro y se queda tan tranquilo? —María parecía decidida a decir lo que pensaba.
—Lo lamento —respondió Javier Mateo—. Ya les he dicho que me convertí en una vergüenza para las autoridades. Seguramente tenían razón — el hombre parecía asumir su papel de irresponsable.
—Es usted un indolente consentido —dijo María sin levantar el tono de voz.
—Bueno María, cálmate —intervino Juan—. No nos vamos a rendir así como así.
—Debo aclararles que a pesar de sus orígenes hoy en día el señor Estrella tiene plena nacionalidad española. Ya no es alemán. Para los alemanes es como si se hubiese muerto. Ya no existe. Lo más irónico de todo es que él huyó de su tierra para no ser acusado, pero en realidad al cabo de muy poco tiempo se sabía que no era culpable de nada.
—¿Cómo ciudadano español que es, siguen buscándolo? —preguntó Juan intentando ser correcto porque era un amigo de su cuñado más que porque le faltasen ganas de soltarle alguna fresca.
—Sí —respondió Javier Mateo—, el problema es que está abierta la búsqueda de varios centenares de personas en muchos países a lo largo y ancho del continente. En algunos lugares la búsqueda es más activa que en otros. En Rusia siguen en guerra así que es difícil avanzar.
No se imaginan el caos en que vive aquella gente.
María se había ido tranquilizando mientras la conversación se iba desarrollando. Al menos ya no le temblaban las manos.
—Discúlpeme, no debía haberle faltado. ¿Qué nos aconseja que hagamos ahora? —preguntó María—. Es imposible viajar a Rusia en plena revuelta y además no creo que fuese fácil encontrarlo.
—Ya sé que suena cínico lo que le voy a decir —dijo Mateo— pero lo único que puede hacer en este momento es esperar. Puedo decirle que tenemos gente que lo busca desde que desapareció. No es gente que está directamente relacionada con nosotros, pero sí están colaborando directamente en su búsqueda. Usted sabe que él es judío ¿no?
—Por supuesto que lo sabía —dijo María.
Juan la miró sorprendido, no sabía nada. La única razón por la que María no se lo había contado es porque nunca pensó que fuese importante ese detalle.
—Pues hay personas entre la comunidad judía de Rusia que lo está buscando o al menos intentando certificar su defunción. El problema es el caos que reina en ese país tan enorme, bueno reinar ahora ya no reina nadie, —dijo Mateo, intentado aportar una nota de humor para destensar la situación.
Añadió:
—Solo pueden esperar. En algún momento estoy seguro que sabremos qué pasó con él. Si realmente está vivo, creo que por lo poco que lo conocí su prometido es muy tenaz, tarde o temprano volverá.
Mateo se levantó de la silla, Juan y María le imitaron. Les acompañó a la entrada. La reunión y el tiempo de Mateo se habían acabado.
—Gracias por su ayuda, aunque realmente ha sido muy poca. Al menos sé que hasta que abandonó Berlín estaba bien —le dijo María ya más serena— ha sido usted muy amable en atendernos. Me ayuda pensar que hay gente que le sigue buscando.
—Ha sido un placer. Lamento no haber sido de más utilidad —mintió Mateo estrechándole la mano a María—. Puedo asegurarle, por lo que puedo saber que él seguía enamorado de usted y todo lo que hacía era para volver a su lado.
—Gracias otra vez —le dijo Juan— si en algún momento tienen alguna noticia le agradecería que me lo hiciese saber.
—Sin duda. Igualmente les digo que si necesitan hablar conmigo no duden en contactar. Estaré encantado de atenderles —en realidad era más que nada por cortesía y por la relación con Ramón Maura.
Se dirigió a la mesa donde estaba sentada Jacinta, en la gran sala donde habían esperado al llegar. Mateo se dirigió hacia ella y le dijo en voz baja y con un tono cortante y bastante áspero:
—Acompáñalos a la puerta por favor y cuando vuelvas sigue buscándome a Nuria Vega. No sé dónde está en este momento, pero yo la buscaría en algún lugar de Asia o en el norte de África.
—Si señor Mateo, seguiré averiguando —dijo Jacinta detectando el mal humor de Mateo—, si me quieren acompañar les mostraré la salida —dijo dirigiéndose a los hermanos Martí que estaban un poco apartados de ellos, con una sonrisa en la cara.
Los acompañó a la puerta del Palacio y se despidió regresando al interior.
—¿Qué crees que podemos hacer ahora? —preguntó María mientras caminaban hacia la pensión.
—Déjame que hable con Ramón a ver qué me aconseja él y también quiero mover algún contacto dentro del partido.
Regresaron derrotados a la pensión. Por el camino comieron alguna cosa y la mayor parte del tiempo estuvieron en silencio. Cada uno con sus propios pensamientos.
Durante el trayecto Juan iba reprimiendo una cuestión, pero al final se decidió a comentar…
—No me habías dicho que Alfredo es judío.
—Es verdad —dijo María— la verdad es que en algún momento pensé que tenía que comentártelo, pero al final decidí que no tenía ninguna importancia y francamente con el tiempo me olvidé. ¿Te molesta que lo sea? —preguntó María.
—La verdad es que no, pero sencillamente me ha sorprendido. En realidad, parece ser que eso le beneficia ya que pone a la comunidad judía rusa, que por cierto es muy importante, a buscarlo.
—No se me había ocurrido antes de que nos lo contaran. Si lo hubiese pensado quizás lo hubiese comentado antes —dijo María confusa.
—Imagino que Papá y Mamá no lo saben.
—De la familia no lo sabe nadie más que tú y que yo. Además, para casarnos estábamos mirando la posibilidad de poder falsificar una fe de bautismo alemana. De hecho, ya habíamos hecho algunas consultas.
—No me digas —dijo Juan riendo y cogiéndola cariñosamente por los hombros— que pena que no tuve ocasión de conocerlo un poco mejor, es un tipo con recursos.
Al entrar, África los saludo. Estaba acompañada de su amiga Balbina, la tiradora de cartas.
—Buenas tardes —saludó África cuando los vio entrar.
—Buenas tardes —respondieron.
—Mire María, por casualidad mi amiga Balbina ha venido a verme, ayer le hablaba de ella —aclaró África, la mujer era muy tozuda.
—Buenas tardes se saludaron.
—Yo les dejo —interrumpió Juan— me voy a estirar media hora y luego me iré a hacer visitas.
—¿Te recojo a las nueve para cenar? —preguntó a María.
—De acuerdo —respondió dándole un beso en la mejilla antes de que se alejase rumbo a su habitación.
—Íbamos a tomar un café mi amiga y yo —dijo África— ¿nos acompaña?, lo tomaremos en la cocina que estaremos muy cómodas.
—Iba a estirarme un poco —dijo María— pero en realidad no creo que pudiese dormir ni cinco minutos. Les acompañaré —decidió en el último momento.
Entraron las tres mujeres en la cocina. Era una sala que estaba muy bien ordenada y totalmente limpia. En el centro había una mesa de madera con cuatro sillas y sobre ella una bandeja con unos merengues que había traído Balbina.
Tomaron asiento las tres y África empezó a poner café.
—Imagino que esto le puede parecer una encerrona —le dijo África a María— pero es totalmente casualidad que yo ayer le hablase de mi amiga Balbina y de sus cartas y de que hoy la tengamos aquí. Es una coincidencia — intentó justificarse la mujer, aunque resultaba poco convincente.
—No se preocupe —dijo María sonriendo— me alegro de conocerla dijo mientras dirigía la mirada a Balbina.
—Bueno, en verdad, no es tanta casualidad —aclaró Balbina—. Tú, África sabes que cada tarde al acabar el día y antes de irme a dormir me hago una tirada de cartas para ver qué me dicen. Estoy convencida de que es el mejor momento. Cuando se ha acabado el día y cuando estamos dispuestos a descansar unas cuantas horas. Además, si algo no queda claro o yo no sé captarlo durante el sueño es fácil que me lleguen imágenes que sirvan para acabar de entenderlo todo.
María la miraba no sin una cierta extrañeza. No acababa de creer en todo aquello, aunque realmente era más el hecho de que no había intentado nunca hacerse con una opinión sobre este tema y francamente lo desconocía absolutamente todo.
—No se espante María —le dijo África acariciándole el brazo.
—El caso es que ayer —siguió Balbina— cuando me hice la tirada de la noche me vino insistentemente la orden de que tenía que venir a ver a África.
Como ve las cartas te ayudan y te cuentan secretos, pero a veces también te obligan a hacer cosas.
—¿Por qué no me tiras las cartas? —dijo África—. No creo que nuestra nueva amiga malagueña se asuste de nada que me puedas decir —rio.
—Bueno ahí va, pero mientras las tiro tenemos que guardar silencio.
Balbina desplegó su mantel de terciopelo azul que traía en el bolso y a continuación barajó las cartas. Hizo que África cortase y después las dividió en dos montones. Preguntó cuál de los dos prefería y cuando África había elegido esparció las cartas por encima del mantel.
A partir de aquel momento las dos amigas empezaron a hablar. África hacía preguntas y Balbina le iba dando respuestas argumentadas en función de lo que le salía en la distribución de las cartas. Estuvieron mucho rato discutiendo sobre varios asuntos de una forma muy coloquial.
Parecía bastante divertido. Balbina aconsejaba, ni adivinaba ni predecía un futuro terrible. Las cartas solo le sugerían a África cómo actuar ante diferentes cuestiones.
María lo miraba muy entretenida. Por algún momento se olvidó de su historia y de lo que la traía a la ciudad. Cuando dieron por acabada la sesión Balbina empezó a recogerlo todo. No le quedaba mucho tiempo. Tenía cosas que hacer antes de volver a su casa.
—¿Qué le ha parecido? —preguntó Balbina.
—No era lo que me imaginaba —dijo María— ha sido más una conversación entre amigas que otra cosa.
—Normalmente es así —dijo Balbina— lo que pasa es que en todos estos temas hay mucho vividor y mucho misterio. En realidad, créame, todo es mucho más sencillo de lo que parece.
—Balbina —dijo África— ¿no le podías mirar un poquito a mi amiga?
Esta desesperadita.
—¿Quiere usted? —preguntó Balbina— yo no tengo mucho tiempo, pero media horita más sí que la puedo pasar. Tenía que hacer un recado, pero también lo puedo hacer mañana.
—Me gustaría —se animó a responder María— pero me da miedo.
—Anímese —insistió África— ya ve que Balbina no le va a contar nada malo.
—Si quiere, propuso Balbina, yo empiezo y a partir de aquí usted me dice cuando quiere que pare.
—Está bien —dijo María prestándose al juego.
Mientras Balbina empezó a barajar las cartas África sirvió más café para las tres.
Cuando Balbina acabó le preguntó a María cuál era su fecha de nacimiento, el nombre de la persona por la que quería preguntar y la fecha de nacimiento de él.
Una vez que tenía las respuestas separó las cartas en dos montones y le pidió que escogiese uno de los dos. Así lo hizo María y Balbina empezó a distribuir las cartas por la mesa.
Pasaron unos dos o tres minutos mientras Balbina intentaba leer lo que le estaban diciendo las cartas. María y África estaban impacientes. Sin ninguna señal previa Balbina muy concentrada y seria empezó a hablar.
—Las cartas me están contando que tiene usted un problema de amor. Ha tenido la gran suerte de encontrar el amor verdadero. Es un amor que viene de otras tierras y que se le ha presentado sin que usted hiciese nada para buscarlo.
Por culpa de ese amor usted ha dejado su vida en espera, ¿eso es cierto?
—Sí —dijo María.
—Se trata de una historia kármica —siguió Balbina—. Sus guías del más allá le ponen ante un reto que debe superar. Las pruebas serán duras y puede que las pase o puede que no, pero si logra superarlas habrá valido la pena.
—¿Qué quiere decir? —preguntó María comprendiendo solo parcialmente lo que le había dicho aquella mujer.
—Que es una historia que debe superar por sí misma. Antes de nacer pactó con sus guías todo lo que está viviendo en relación a su novio. No está ante una historia en la que pueda decidir o hacer algo diferente a lo pactado.
Debe dejarse llevar y extraer el aprendizaje que tenga que conseguir.
María no entendía demasiado bien lo que estaba oyendo. Se perdía un poco en aquel vocabulario y en aquello de los guías y el karma.
—¿Puedo preguntar si él está vivo y si va a volver?
—Preguntemos —dijo Balbina recogiendo las cartas y volviendo a repartirlas por la mesa.
Otra vez estuvo unos minutos mirando lo que aquellas cartas extrañas intentaban decirle.
—Es curioso —dijo Balbina— no suele pasarme, pero no estoy muy segura de entender bien lo que estoy leyendo.
—¿Es complicado? —preguntó María intrigada.
—Es complicado el mensaje. Verá, por un lado, me dicen que está vivo, aunque está muy lejos. Por otro lado, me dicen que él la quiere a usted con tanta intensidad como usted le quiere a él, aunque, y seguro que me equivoco, pero me dicen que le ha olvidado.
—Eso no tiene sentido —dijo África que no se pudo contener de entrar en la conversación.
—No lo tiene —dijo Balbina— le quiere, pero le ha olvidado. También veo que está enfermo pero esa enfermedad le está protegiendo. Seguramente esa protección también es kármicay esta acordada desde el más allá. En cuando a si volverán a estar juntos, las cartas no me cuentan nada. Si lo hiciesen todo el acuerdo con sus guías perdería valor y eso no está permitido. Debe luchar por él.
Las tres quedaron en silencio intentando aclararse con aquel mensaje tan extraño.
—En definitiva —dijo María— está vivo y me quiere, pero está muy lejos. A pesar de eso me ha olvidado, pero puede ser que sea porque está enfermo y a la vez esa enfermedad es algo que lo protege a él.
—Básicamente es eso —dijo Balbina—. Ya sé que parece un cúmulo de incoherencias, pero seguro que hay una explicación. Piense que puede ser una tarea cósmica o kármica, pero la prueba puede ser diferente para los dos, aunque la compartan.
—Me he quedado sin saber bien que pensar —dijo María.
—Dese un tiempo —le dijo África— a mí a veces me pasa y luego poco a poco las cosas van tomando su lógica.
—Ahora sí que tengo que irme —dijo Balbina recogiendo sus cosas— quédese con el último mensaje. Luche por él, eso estaba muy claro en las cartas.
Las tres mujeres se fueron hacia la puerta y allí se despidieron. Balbina intentó animar a María. Le dijo que las pruebas kármicas solían superarse positivamente, el único inconveniente era que solían ser muy complicadas y difíciles para el que le tocaba vivirlas. A veces se tardaba toda la vida.
Las dos mujeres siguieron hablando hasta que Juan volvió a recoger a María para cenar.
Salieron y estuvieron cenando. María le contó a Juan toda la experiencia de aquella tarde. De entrada, Juan se mostró incrédulo, pero eso no evitó que entre los dos le diesen cincuenta mil vueltas al mensaje tan confuso que María había recibido.
Juan había aprovechado la tarde para visitar a su cuñado que había estado haciendo llamadas dirigidas principalmente a conseguir que la búsqueda se activase y se priorizase.
Por otro lado, había conseguido para el día siguiente una visita con un compañero de partido que estaba en la comisión parlamentaria encargada de la búsqueda de los desparecidos durante la guerra europea. Por la mañana irían a visitarlo.
Aquella noche María descansó mejor. Por la mañana cuando se encontró con Juan estaba más animada a pesar del poco resultado. Desayunaron y se despidieron de África. Salieron a la calle que parecía igual de llena de gente que el día anterior.
La comisión se reunía en los salones del hotel Palace, justo enfrente del Congreso de los Diputados. Juan había quedado allí con su contacto. Preguntó por él a la entrada y les dirigieron a una sala. Al cabo de unos minutos entró.
—Buenos días —dijo estirando la mano hacia Juan— soy Sebastián Gil, diputado por Castellón. Creo que ayer acordaron que nos entrevistaríamos aquí.
—Si señor —respondió Juan— ayer en el partido me dijeron que pasase por aquí para hablar con usted. Le presento a mi hermana María.
—Encantado —le dijo Sebastián Gil— mientras hacía el gesto galante y anticuado de besarle la mano a María.
María se quedó sorprendida. Aquel hombre tenía un aspecto bastante cuidado. Se notaba que venía de una familia bien aposentada. Su vestimenta impoluta y perfecta, al igual que el corte de su barba y de su cabello, totalmente canoso. Debía andar por los sesenta años. Consideró que estaba tan anticuado como sus costumbres.
—Bueno, ¿en qué puedo ayudarles?
En esta ocasión fue María quien explicó una vez más toda la historia de Alfredo y como había desaparecido. El señor Gil lo oyó atentamente y en algún momento fue tomando notas sobre algunos aspectos que le parecieron importantes. Cuando María acabó se quedó unos segundos pensando y a continuación habló.
—Verán señores, yo creo sinceramente que la vía del ministerio es la que puede conducirles hasta el señor Alfredo Estrella. Ellos tienen los contactos y las herramientas. Otra cosa muy diferente es la situación actual. Ante eso nosotros podemos hacer poca cosa.
El desánimo volvía a aparecer en la cara de María y en la de Juan.
—No obstante —siguió— me ha dado una posibilidad de empezar a buscar por otro lado cuando me ha contado que su novio era judío y había contactado con la comunidad judía de Petrogrado. Por ahí podemos empezar a buscar. Ya saben ustedes que en España, no hay muchos judíos, pero sí que hay gente con dinero y esa gente con dinero, la mayoría conservadores de mi partido, contacta con gente con dinero de otros países y en ocasiones esos contactos son judíos.
—Me contó Alfredo que había una pequeña comunidad en Barcelona y otra mucho más importante en Gibraltar.
—Es cierto —dijo aquel hombre— de hecho, con la revolución alguno ha huido de Rusia y unos pocos han llegado a España y parece ser que se han instalado entre nosotros pero francamente son comunidades pequeñas y aisladas y no creo que estas en concreto nos puedan ayudar mucho. Tenemos que ir a buscar directamente a los judíos de Rusia, que son mucho más importantes. Si quiere que le diga la verdad ya he buscado algún contacto que nos puede ser útil para contactar con ellos. El problema es que parece que los han dispersado y sus direcciones han cambiado, pero eso solo será una cuestión de tiempo.
La expresión de María pareció relajarse un poco.
—Deje su dirección —mirando a Juan— buscaré a alguien que a su vez contacte con los hebreos de retrogrado. Les mantendré informados de cualquier cosa que podamos conseguir. No quiero engañarles, es muy difícil, pero lo intentaremos.
—No olvidaré su ayuda —dijo Juan mientras le estrechaba la mano.
—No se preocupe Sr. Martí, ya sabe que entre los políticos y los altos funcionarios intercambiamos favores y nos ayudamos unos a otros. Es lo más normal.
—Muchas gracias —le dijo efusivamente María.
Cuando ya estaban en la calle y caminaban hacia algún sitio donde comer algo comentaron los planes más inmediatos.
—Yo creo que mañana debemos volver a Málaga —dijo María—. Ya hemos acabado nuestro trabajo aquí. Acabemos de pasar el día y nos vamos.
Por otro lado, y respecto a Alfredo yo voy a seguir esperando como hasta ahora.
Estaré atenta a cualquier posibilidad de localizarlo. Me centraré en la escuela y en toda la gente que me necesita.
Juan acompañó a María a la pensión y él se fue a la estación de Atocha a comprar los billetes de vuelta. Afortunadamente había billetes para el día siguiente y todavía tenían plazas libres, así que Juan compró los dos billetes para el día siguiente a primera hora de la tarde.
Al día siguiente se despidieron de África que le contó a María que hubiese querido que se quedase más días. María le explicó que ya no les quedaba nada más que hacer allí y que era mejor que volviese al trabajo. La mujer la invitó a volver a Madrid cuando quisiera. Le deseó mucha suerte y se abrazaron tras intercambiar las direcciones para escribirse.
Volvieron a Málaga.